Fin de la novela

“Pedrícese el mundo” termina en la entrada siguiente con su noveno capítulo, sus dos epílogos y los agradecimientos. Como siempre, esta última entrega también está disponible en pdf aquí.

Os recuerdo que las entradas posteriores a ésa contienen todos los capítulo anteriores (en orden inverso, claro, pues las entradas más recientes aparecen antes). Además, todos están también disponibles en pdf (primer capítulo y prefacio aquí, segundo capítulo aquí, tercer capítulo aquí, cuarto capítulo aquí, quinto capítulo aquí, sexto capítulo aquí, séptimo capítulo aquí, octavo capítulo aquí, y los anteriormente citados noveno capítulo, epílogos y agradecimientos aquí).

Espero que la novela os haya gustado, se agradecen comentarios. También se agradecen contactos con algún editor al que le pudiera interesar.🙂

EDITO: Ahora tenéis toda la novela completa en un único fichero pdf aquí, y en epub aquí (para bajar este último, pulsad en el enlace anterior con el botón derecho, escoged “Guardar como” y, tras bajarlo, renombrad la extensión del fichero de “pdf” a “epub”). ¡Gracias a Fernando por corregir el estilo de los guiones (que en los ficheros sueltos de los capítulos es caótico), y a Luis por generar el epub!

***

Como siempre, os recuerdo también que podéis descargar todos los cuentos y entradas de este blog durante el año 2012 en un único fichero pdf aquí, y en formato odt aquí. También podéis descargarlo en formato epub aquí (pulsad con el botón derecho, “guardar como”, y tras descargarlo renombradlo para sustituir la extensión “.pdf” por la extensión “.epub”). ¡Muchas gracias, Silvia!

Índice de todas las entradas del blog:

2/1/2012: La cajita, El cuento de Pululgarcito espacial, Mundo Ciénaga, La extraña semana del borracho, Tierra de adictos, Seas quien seas, La república de los inmortales; 12/1/2012: Los de la O, El cumpleaños de Nacho, El quizás de Sandra; 29/1/2012: La librería, El espía a hombros, El test de la ignorancia y la desmemoria; 12/02/2012: Está escrito en pi, Cumpliendo órdenes, La estirpe de las tejedoras; 20/02/2012: Variando La cajita: Experiencia con alumnos de 1º de la ESO; 25/02/2012: Los pacientes mirokianos, Márquez y la máquina de café, Las normas de la colonia; 6/03/2012: Redecorando un poco el blog; 12/03/2012: El gusano del metro, La sacerdotisa del oráculo de Itkar, Vuelta a la prisión; 25/03/2012: Única, Conspiración en tiempos de crisis, Nuevo testamento solipsista; 8/04/2012: El dado de la ley, Bienvenida al club, Soy el centro; 15/04/2012: El proyecto (por Ana Belén Sánchez); 26/04/2012: Continuidad, El producto, Soy todos y nadie; 7/05/2012: Marichoni te guarda el secreto, Agitando las alas de la mariposa, Dios encerrado en el castillo asintótico; 21/05/2012: El contador, Atrapado mientras quieras, Mingón y Tiantó; 3/06/2012: El protocolo, En busca del desinterés total, País de virtuosos; 17/06/2012: Mi abrigo y yo (por Alberto Villares Fernández), Privación (por Ana Belén Sánchez); 01/07/2012: Las conquistas del capitán Kuk, Conclusiones, Siempre contigo; 16/07/2012: El aroma; 23/07/2012: Edén (por Alberto Villares Fernández); 29/07/2012: Los robots no se adaptan; 5/08/2012: Las palabras privadas; 12/08/2012: La alegría del portador de estaño; 19/08/2012: No infectes a mis hijos; 26/08/2012: Ella misma; 2/09/2012: Privación 2 (por Ana Belén Sánchez); 9/09/2012: Elmaryo (por Sonia Rodríguez Garate); 16/09/2012: La humillación de Viguray; 23/09/2012: Mi mamá me mima; 30/09/2012: La opción B; 7/10/2012: De nuevo cumpliendo órdenes; 14/10/2012: Entre sueños; 21/10/2012: El imperio del valle; 28/10/2012: El factor F; 4/11/2012: Despedida completa; 11/11/2012: Angosto; 18/11/2012: El mundo del eterno amanecer y del eterno ocaso; 25/11/2012: Celdín en CeldaPasilloPatio; 2/12/2012: Fusión y explosión, Con todos los honores; 9/12/2012: Érase un hombre a un móvil pegado; 16/12/2012: Todos los caminos a la felicidad; 23/12/2012: Todos refinados, Charlando; 29/12/2012: El libro de Siseneg, el último libro, Obsesión; 29/12/2012: Adiós; 2/09/2013: Los cuentos se esparcen; 3/09/2013: Predícese el mundo: Prefacio y Capítulo I; 20/09/2014: Pedrícese el mundo: Capítulo II; 27/09/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo III; 4/10/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo IV; 11/10/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo V; 18/10/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo VI; 25/10/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo VII; 4/11/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo VIII; 8/11/2013: Pedrícese el mundo: Capítulo IX y Epílogos.

(Si comentas en esta entrada, por favor no desveles los argumentos de los cuentos que has leído. Para comentar argumentos, pon tus comentarios en la entrada del cuento correspondiente.)

Publicado en sobre el blog | 25 comentarios

Pedrícese el mundo: Capítulo IX y Epílogos

CAPÍTULO IX

1

Muchos años atrás…

Los proyectiles de la artillería determinista estaban alcanzando, por primera vez, la mismísima Plaza Principal de Pueblo Tarao. Distinto y Pedro permanecían junto a varios soldados monteños leales que mantenían la posición en la planta baja del palacio.

–          ¡Bajemos al sótano para refugiarnos del bombardeo, Distinto! – gritó Pedro para que Distinto le oyera a pesar de las explosiones.

Distinto y Pedro se separaron de los soldados y bajaron rápidamente al sótano, la inmensa sala donde se ubicaba el tomador de planos y la máquina generadora.

–          Debemos buscar más armas. Venderemos cara nuestra vida – dijo Pedro mientras rebuscaba entre los estantes de una pared, repletos de libros.

Cuando Pedro se dio la vuelta, se quedó estupefacto. Distinto le estaba apuntando con su pistola reglamentaria.

–          ¿Qué estás haciendo, Distinto?

Distinto no respondió.

Secretamente, Distinto llevaba bastante rato tratando de encontrar el momento de atrapar a Pedro. Hasta entonces no había podido pues, cuando ambos estaban en la planta baja del palacio, estaban rodeados por soldados leales a Pedro. Sin embargo, ahora que estaban en el sótano, los dos estaban solos.

Pedro sintió una punzada en su corazón. No se esperaba aquella traición.

–          ¿Vas a buscar un trato? – preguntó Pedro muy serio, tratando de no mostrar emoción en su tono de voz – ¿Te vas a vender a cambio de un hipotético pacto con los invasores? ¿Y si no te ofrecen nada? No seas estúpido. ¡Todavía podemos escapar! ¡Todavía podemos salir de ésta!

Distinto permaneció callado.

–          ¿O acaso ya tienes ese trato? – preguntó finalmente Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se decidió finalmente a hablar. Estaba furioso y le brillaban los ojos.

–          Eres un ser odioso. Sin consultarme, me sometiste a tus planes viles y retorcidos, a planes que me llevaron a ser torturado y asesinado sin fin. Jamás consideraste mi opinión. Te convertiste en un monstruo, el peor que haya visto jamás este planeta. Pero ha llegado el momento de mi venganza. No escaparás. Ayudaré a los deterministas a hacerse contigo.

Entonces Distinto narró a Pedro el control al que había sometido los movimientos de Pedro para evitar que huyera del palacio, así como el registro constante que había hecho de las actividades de la máquina generadora a través del detector que había escondido en su teclado, que le avisaba de cualquier pulsación en el mismo incluso antes de que la generación desencadenada por dicha pulsación se hubiera hecho efectiva. Gracias al dispositivo, Distinto sabía que Pedro no se había duplicado.

Pedro se lamentó porque aquello era, efectivamente, cierto. Sintió que debió planear su huída con mayor antelación.

Cuando Pedro se llevó la mano a su pistola reglamentaria, Distinto le explicó que hacía tiempo que él había cambiado las balas de dicha arma por balas de fogueo.

La paradoja de aquella situación es que Pedro comprendió en aquel mismo instante que existía una posibilidad de escapar de aquello sano y salvo.

2

Hasta que Distinto reveló su traición a Pedro, Pedro había creído que sería imposible escapar del enemigo sin ser capturado antes o después.

En realidad, Pedro sabía que salir de aquel edificio que tan bien conocía era fácil. En el mismo sótano en que se encontraban, había una rejilla que comunicaba directamente al alcantarillado, y desde allí se podía llegar a un callejón que había tras el palacio. No obstante Pedro sabía que, si huía del palacio, los deterministas llevarían a cabo un enorme despliegue de búsqueda por toda la ciudad para localizarle, y no sería factible escapar de una ciudad totalmente ocupada con controles militares en todas las calles. Peinar una ciudad casa por casa para encontrar a alguien sería una operación muy costosa para los ocupantes, dada la radical similitud entre todos sus vecinos. Habría que evaluar con precisión la edad ósea de cada habitante para compararla con la fecha de nacimiento, además de interrogarle acerca de datos que solo pudiera conocer el sujeto. También habría que hacer complejas comprobaciones de cicatrices y pequeñas imperfecciones de la piel adquiridas a lo largo de los años, aunque a las mismas se les podían sumar otras nuevas no registradas con el paso del tiempo. Sin duda, llevar a cabo dicha tarea con todos los habitantes que quedaban en la ciudad llevaría meses, e impedir a todos sus habitantes que abandonasen la urbe durante ese periodo sería muy caro. No obstante, si los deterministas estimaban que aquélla era la única manera de capturar al auténtico Pedro, lo harían. Por tanto, Pedro sabía que huir del palacio acabaría siendo, probablemente, inútil. No podría escapar de una ciudad sitiada que se empeñase con todas sus fuerzas en encontrarle.

Una alternativa de huída más sofisticada sería duplicarse con la máquina generadora en secreto y permitir que su copia fuera capturada mientras él huía. Si los deterministas creían haber capturado al auténtico Pedro, renunciarían a llevar a cabo su costosísima búsqueda en la ciudad.

El problema era que, después de todas las artimañas que Pedro había llevado a cabo durante la guerra con ayuda de las máquinas generadoras, y muy en particular su manera de tomar Presa Mos y sus dos intentos de engañar al enemigo con ayuda de Distinto Único, los deterministas probablemente esperarían dicha jugada. Así que simplemente no se fiarían de haber capturado al verdadero Pedro y llevarían a cabo su costoso despliegue de búsqueda en la ciudad en cualquier caso.

No obstante, la traición de Distinto cambiaba las cosas. Pedro razonó que, si un bando deseaba asegurarse de la lealtad de un posible espía, podrían utilizar una máquina generadora para hacer copias que permitieran contrastar su lealtad en toda situación posible. Cualquier servicio de espionaje competente lo hubiera hecho. Por tanto, Pedro podía contar con que los deterministas se fiarían plenamente de Distinto. Dado que Distinto había comprobado rigurosa y sistemáticamente (y acertadamente) que Pedro no se había duplicado para huir, los deterministas se evitarían su costosa búsqueda si finalmente le capturaban y Distinto confirmaba que el capturado era necesariamente auténtico.

Lo que tenía que hacer ahora Pedro era duplicarse sin que Distinto llegara a saberlo.

Pero no sería fácil. Distinto tenía aquel detector que le avisaba de cualquier utilización de la máquina. Eso, y también una pistola con la que le estaba apuntando en aquel momento.

Pero todo eso podía solucionarse.

Pedro se llevó lentamente la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una libreta.

–          Echa un vistazo a esto, Distinto – dijo Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se acercó a Pedro para coger la libreta que le ofrecía.

Distinto no se percató de que, en su camino para acercarse a coger la libreta, pisó una zona del suelo muy peculiar justo cuando alcanzó la posición de Pedro.

Pedro recordó que, pocos meses atrás, en aquel mismo lugar, él había tomado de manera encubierta un plano de Distinto Único. El propio Distinto sólo supo que Pedro había hecho tal cosa cuando él mismo se lo explicó segundos después de hacerlo. A cada copia que Pedro extrajo de Distinto a partir de dichos planos, Pedro le explicó unos planes de batalla falsos. Así, cuando después dichas copias fueran secuestradas por el enemigo en el frente, dicha información falsa les confundiría. Todo aquel plan había requerido que dichas copias no supieran que eran copias, pues solo así cada copia creería fielmente las explicaciones falsas de Pedro. Efectivamente, aquel día Distinto no supo que se estaba tomando un plano suyo. Para poder tomar dicho plano de Distinto sin que Distinto lo supiera, previamente Pedro había puesto en aquella misma sala varios mecanismos que activaban el tomador de planos de diferentes formas.

Dichos mecanismos habían permanecido en sus mismas posiciones desde aquel día, y entre ellos había algunos botones ocultos bajo algunas zonas del suelo de la sala. Una de ellas era la que Distinto había pisado mientras se acercaba a coger aquella libreta que le ofrecía Pedro en aquel momento.

Así que Distinto fue inconsciente de que, al acercase a Pedro, la máquina tomadora de planos había tomado un plano suyo. De hecho, el plano no solo incluía a Distinto, sino también a Pedro, que se encontraba en aquel momento a su lado entregándole la libreta. Pedro había planeado que él mismo debía estar también en aquel plano.

Desconocedor de todo esto, Distinto miró la libreta y comprobó que contenía diversos recordatorios de Distinto que Pedro había guardado: su partida de nacimiento en Hogar, ocurrida en aquella misma sala, el diploma militar de Destino, o incluso su nombramiento político.

Tras unos segundos, Distinto encolerizó.

–          ¡No me vengas ahora con esta mierda! – dijo con la voz quebrada mientras mantenía firme el cañón en dirección hacia Pedro.

Mientras Distinto hojeaba furioso la libreta, Pedro se giró hacia la estantería y comenzó a rebuscar frenéticamente en ella.

Al igual que antes de que Distinto revelase su traición, pero esta vez por un motivo diferente, Pedro buscaba desesperadamente un arma entre los libros de la estantería. Buscaba la pistola con la que había disparado a los primeros individuos que generó con aquella máquina generadora el mismo día que, hacía años, la recibió de la República de la que entonces Montes Tarao formaba parte. Aquel lejano día, tras utilizar dicha pistola para matar a varios individuos que vinieron al mundo diciendo exactamente las mismas palabras que decían todos los demás, hubo un individuo que dijo algo distinto, el propio Distinto Único. Como recordatorio de aquel momento, aquel mismo día Pedro decidió depositar aquel arma en esa estantería.

Distinto levantó la vista y vio a Pedro buscando en la estantería. Entonces se rió socarronamente.

–          ¿Qué estás buscando tan desesperadamente? ¡Ahí no hay nada más que libros polvorientos! – dijo sonriente.

Pedro encontró el arma.

Entonces se dio la vuelta y, para absoluta sorpresa de Distinto, le apuntó a la cabeza y disparó.

El cuerpo de Distinto se derrumbó mientras le brotaba sangre del cráneo. El arma que, de alguna manera, le había creado, había sido finalmente la que le mató.

3

Pedro se paró unos segundos para planificar el resto de su maniobra de huída.

Ahora Pedro tendría que preparar la máquina generadora para que generase una copia del plano de Distinto y de sí mismo que había tomado hacía unos segundos, y que atesoraba el momento en que Distinto apuntaba a Pedro con una pistola mientras Pedro le entregaba una libreta a Distinto. “La próxima vez que genere esa escena, no ocurrirá lo mismo” razonó Pedro. La diferencia sería que, en dicha nueva vez, su copia no encontraría la pistola escondida entre los libros, pues se la había quedado él. Por tanto, su copia no podría librarse de Distinto y quedaría prisionero hasta que llegasen los deterministas. Cuando éstos llegasen, Distinto les confirmaría que Pedro jamás se había duplicado, pues había controlado escrupulosamente la actividad de la máquina generadora. El dispositivo que llevaba Distinto en el bolsillo para controlar el uso del teclado de la máquina generadora no le avisaría de la generación de sí mismo y de Pedro, pues dicho dispositivo avisaba de cada pulsación en el teclado de la máquina, y dicha pulsación sería necesariamente anterior a la generación de la cosa generada (es decir, el propio dispositivo en el bolsillo de la copia de Distinto). Por tanto, Distinto no sabría que la máquina se había utilizado, y tampoco sabría que él era una copia. Para los deterministas, contar con una confirmación de que el Pedro capturado era auténtico, y recibir dicha confirmación por parte de un espía al leal servicio de su bando, supondría la verificación definitiva de que habían capturado al Pedro auténtico.

Así que, cuando Pedro generase dicha escena y dejase que siguiera su curso, haría creer a los deterministas que le habían capturado, y Orilla Mos no pondría a todo su ejército a realizar la costosa operación de buscarle por toda la ciudad. Con unas medidas de seguridad más relajadas, Pedro tendría por fin opciones de escapar de la ciudad.

Pedro transfirió el plano de aquella escena desde el tomador de planos a la máquina generadora, e inmediatamente después lo borró del tomador de planos pulsando uno de sus botones. “Debo borrar cualquier prueba de esta maniobra. Si encontrasen el plano de esta escena en el tomador de planos, sospecharían de mi manipulación y me buscarían sin descanso” pensó Pedro. Después levantó una baldosa en la zona del suelo que contenía el mecanismo que había activado el tomador de planos, desconectó el mecanismo, y volvió a poner la baldosa en su sitio. “Cuando genere la escena en este mismo lugar y el nuevo Distinto vuelva a pisar el suelo aquí, no quiero que vuelva a guardarse otra vez un plano de dicha escena en el tomador de planos”.

Pedro abrió la trampilla del sótano que conectaba con el alcantarillado. Entonces arrastró el cadáver del Distinto que acababa de matar con su pistola y lo lanzó por la trampilla. Después regresó a la máquina generadora. Programó la máquina para que la siguiente generación de la máquina consistiera en crear la escena de Distinto y Pedro que acababa de transferir desde el tomador de planos. Configuró la máquina para que dicha escena se generase exactamente donde el tomador de planos la había tomado, aprovechando la información de posición que dicho tomador había transferido. Para que Distinto no sospechara que él era una copia, ambos protagonistas de dicha escena no debían notar ninguna discontinuidad en su entorno en el momento de ser generados.

Entonces Pedro pulsó el botón para generar la escena. Justo cuando comenzó a surgir la luz azulada, Pedro se apresuró a pulsar otro botón de la máquina para que, justo al terminar la generación, se borrase el plano de la misma escena que se estaba generando. “Para borrar mis huellas, el plano también debe borrarse en la propia máquina generadora. Si esperase a ordenar el borrado después de que Distinto ya hubiera surgido, el dispositivo que el Distinto recién generado lleva en su bolsillo se percataría de dicha pulsación y, de nuevo, Distinto podría sospechar” razonó Pedro. No obstante, al haber pulsado justo antes de que se generase el propio Distinto, dicho dispositivo todavía no existía en el momento de la pulsación. “Bueno, en realidad, el dispositivo que está en el bolsillo del otro Distinto, que antes maté y que ahora está en el corredor al alcantarillado, sí que existe. Pero de ese dispositivo ya me ocuparé luego” pensó.

Tras producirse una luz azulada, las copias de Pedro y Distinto surgieron en la sala y continuaron la escena como si nunca se hubiera interrumpido, inconscientes de haber sido generados en aquel mismo instante.

Distinto hojeaba la libreta que le había dado Pedro, y Pedro se volvió para buscar la pistola en la estantería. Entonces Distinto levantó la vista y vio a Pedro buscando en la estantería. Se rió socarronamente.

–          ¿Qué estás buscando tan desesperadamente? ¡Ahí no hay nada más que libros polvorientos! – dijo sonriente.

Aprovechando las ráfagas de explosiones que se oían de más arriba, el otro Pedro corrió agazapado por la pared del sótano hasta la trampilla del alcantarillado sin que los otros dos se percataran de su presencia. Entonces cogió la rejilla con una mano, se agazapó dentro del conducto y, mientras permanecía agarrado a la pared con la otra mano, cerró la rejilla desde dentro. Esperó a una nueva ráfaga de explosiones y se tiró por el agujero.

Mientras tanto, el otro Pedro se dio cuenta de que, efectivamente, no había ni rastro de la pistola en la estantería. ¡No estaba!

Entonces se dio la vuelta. Derrotado, vio cómo Distinto sonreía y comprendió. “Distinto la debió encontrar cuando, según él mismo ha dicho, entró en el sótano para colocar el detector en el teclado de la máquina generadora” descubrió Pedro. ¡Maldita sea, todo su plan de escape había fallado por aquello! El maldito Distinto se le había anticipado y le había quitado su única opción de escapar de aquella situación, ganándole por la mano.

No obstante, el motivo de la sonrisa de Distinto era, en verdad, lo absurdo y desesperado que le resultaba que Pedro hubiera tratado de encontrar un arma entre todos aquellos libros viejos. Como era lógico, ahí no había nada. ¿Cómo se le habría ocurrido una idea así? A los ojos de Distinto, Pedro estaba siendo presa del pánico y la desesperación.

Sin posibilidad de escape, Pedro quedó definitivamente indefenso y prisionero de Distinto. Pedro pidió a Distinto que le matara allí mismo, pero Distinto le dijo que los deterministas querían cogerle vivo.

Un rato después, los deterministas entraron en el sótano. Detuvieron a Distinto y a Pedro, y los condujeron afuera del palacio.

Al salir por la entrada principal, los soldados deterministas respondieron a la escena con gritos de júbilo y vítores.

Aquellos Distinto y Pedro jamás fueron conscientes de ser copias.

Mientras tanto, en las profundidades de las alcantarillas, el otro Pedro despedazaba el cadáver de Distinto con ayuda de una tubería y de un cuchillo encontrado en el traje del propio Distinto. Tras desnudarle, le amputó la cabeza y las extremidades, y llenó la piel de cortes aleatorios con el cuchillo. Dedicó más de dos horas para cortar a Distinto en los pedazos más pequeños que pudo. Después machacó el dispositivo que había utilizado Distinto para registrar a distancia las pulsaciones hechas en el teclado de la máquina generadora. Finalmente, esparció los pedazos de máquina y humano en conductos diferentes del alcantarillado.

Aquel tramo de alcantarillado no permitía ir más allá a no ser que uno pudiera bucear sin respirar durante más de tres kilómetros por una tubería totalmente inundada de mierda, así que había llegado el momento de salir a la superficie. Tras despojarse de toda su ropa militar y quedarse en calzoncillos y camiseta, salió a la superficie y apareció en un pequeño callejón aledaño al propio palacio.

Tras ocultarse tras una marquesina, oyó los vítores de los deterministas en la calle cercana.

“¡Camaradas! ¡Lo han cogido! ¡Lo tienen!”

“¿Es eso cierto?”

“¡Los del servicio de inteligencia ha confirmado que es el auténtico!” gritaban jubilosos.

Algunos soldados sacaron unas botellas de coliol y se pusieron a brindar.

Pedro esperó a que, un par de horas después, todas las botellas se hubieran acabado. Entonces se unió a un grupo de maltrechos y hambrientos civiles que, tras la destrucción de sus casas por los bombardeos, habían aguantado a la intemperie las últimas semanas. Vestían con harapos, no mucho mejor que él mismo. Cruzó junto a ellos el grupo de distraídos soldados deterministas.

Varios grupos de soldados borrachos después, Pedro ya estaba fuera del distrito gubernamental de Pueblo Tarao.

4

Pedro deambuló durante años por toda la geografía de Hogar, aterrorizado ante la idea de ser descubierto. En cada pueblo al que llegaba, tomaba el primer empleo no cualificado en el que le admitieran y, cuando tenía la más mínima sospecha de que alguien podía haberle identificado (una mirada, un gesto, cualquier cosa), partía hacia otro pueblo sin despedirse de nadie.

Tras más de diez años de huída sin rumbo, se atrevió a regresar los pueblos recónditos de Montes Tarao. Allí conoció a muchísimos hombres que, hacía muchísimo tiempo, fueron Acecho Segundo. Durante la guerra hubo millones de ellos así que, a pesar de las bajas sufridas por su ejército, seguían quedando millones de ellos. Pero ya ninguno se llamaba Acecho Segundo. Todos se habían puesto nombres nuevos que les permitieran olvidar su pasado y, mucho más importante, ocultar dicho pasado a los demás.

En realidad, durante los primeros años después de la guerra, la gente les identificaba sin problemas, pues todo el mundo conocía su patrón de comportamiento a base de tanto presenciarlo todos los días. Todos ellos coincidían incluso en la manera en la que intentaban no ser reconocidos, usando las mismas estratagemas y tratando de inventarse los mismos falsos pasados. La gente se sonreía cuando un tipo les contaba haber sido un soldado republicano que había estado destinado en la ocupación de Montes Tarao en el puesto de artillero bajo las órdenes del general Hermano 91279127, y que procedía de un pequeño pueblo de Pedregal Fideuá, donde había sido mecánico antes de ser reclutado y enviado al frente. O la historia del marino mercante que se había criado en Costa Mamá y cuyo barco había sido confiscado por el ejército republicano para que trasladara a soldados sobre el río Pedopís en la reconquista de Ciudad. No obstante, tras algunos años más, las diferentes vidas de los antiguos soldados monteños les permitieron, por fin, divergir de una manera razonable. Las historias del artillero y del marino mercante derivaron en cientos de ramificaciones, variaciones y modificaciones, adornadas por cada individuo de diferentes maneras según las experiencias vitales diferenciadas de los últimos años.

Pedro reconoció a sus antiguos soldados en múltiples ocasiones en su recorrido por el paisaje rural de Montes Tarao. Incluso a pesar de los años de divergencia, seguía conociendo a aquel soldado con el que había pasado tanto tiempo durante la guerra. Durante años de encuentros fortuitos, Pedro no se atrevió a dirigir la palabra a su antiguo soldado.

No obstante, en unas pocas ocasiones, Pedro se insinuó ante tipos que él identificó sin género de dudas como sus antiguos soldados.

Aquel día, Pedro se acercó a un tipo que esperaba solo en una parada de autobús ubicada a las afueras del pueblo.

–          ¿No eres tú Acecho Segundo? – dijo Pedro.

–          No, no soy él. Está usted confundido.

–          Acecho, ¿no me reconoces?

–          No soy Acecho. Y no, no le reconozco.

–          ¿Seguro?

Ante la insistencia, el tipo se fijó con detenimiento en Pedro.

–          ¿No te recuerdo a alguien? – insistió Pedro. Entonces Pedro señaló las cicatrices de su rostro y su cuerpo -. ¿No reconoces estas cicatrices?

–          No, no las reconozco. El tipo al que usted me recuerda lleva muerto desde hace mucho tiempo.

–          ¿No eres tú el soldado que era fiel a Antipedro Primero?

–          Discúlpeme, debo continuar mi camino – dijo mientras se levantaba del banco de la parada.

Además de aquella vez, Acecho Segundo negó a Pedro en otras dos ocasiones.

5

Durante años, el Distinto Único que entregó a Pedro siguió teniendo pesadillas con él cuando se iba a dormir.

Al poco tiempo de ser detenido por los deterministas junto al propio Pedro, los mandos de inteligencia le identificaron, le asignaron una identidad falsa y le liberaron como agradecimiento por sus servicios prestados. Para la opinión pública, el Distinto Único que se escondió junto a Pedro en el palacio durante los últimos días de su régimen había muerto en el asalto de los deterministas al palacio. No obstante, bajo un total anonimato, Distinto trabajaba en una fábrica colectivizada en Orilla Mos. Esto sólo lo sabían los altos mandos de Río Mos, así como los máximos líderes de la República.

Existían otras copias de Distinto Único que también estaban libres en Hogar. Los Distinto Único que Pedro utilizó para que se hicieran pasar por Acecho Segundo y sobrevivieron a la investigación determinista permanecieron en una cárcel durante la guerra y fueron liberados poco después. Los Distinto Único que, siendo ya miembros del gobierno de Montes Tarao, Pedro generó para que los republicanos y los deterministas les capturasen o copiasen en sus respectivos frentes, así como las copias que ambos bandos generaron a partir de ellos para interrogarlas de diversas formas posibles, también permanecieron en prisión algunos meses. No obstante, cuando las potencias ganadoras decidieron cargar todos los crímenes de la guerra a Pedro, fueron liberados. Existían decenas de Distintos Únicos en Hogar, lo que hacía que su nombre resultase paradójico.

Tras algunos años, el Distinto que entregó a Pedro decidió regresar al Montes Tarao en el que se crió. Allí siguió viviendo en el anonimato. Muchas noches se despertaba asustado imaginando que Pedro le encontraba, creaba cientos de miles de copias suyas, y fusilaba a todas ellas. Cuando se despertaba aterrorizado en su camastro, miraba de reojo una silla que había frente a su cama, donde solía colocar un montón de ropa. Durante unos segundos creía que aquel montón de ropa era Pedro, que le observaba allí sentado. El desasosiego le duraba mucho después de descubrir que estaba completamente solo en su habitación. “Maldita sea, murió hace muchísimo tiempo. ¿Por qué sigo teniéndole miedo?” se preguntaba entonces Distinto.

Como tantas veces antes, Distinto se despertó sobresaltado. Su ritmo cardiaco estaba acelerado, y estaba sudando. “Era un sueño” se repitió para consolarse.

Miró el montón de ropa en la silla, y entonces el montón de ropa habló.

–          Hola, Distinto – dijo una voz.

Distinto abrió mucho los ojos. Entonces, en la penumbra, se percató de que el montón de ropa era realmente una persona. Se trataba de un hombre mayor. En una mano tenía una pistola.

–          ¿Quién…? – logró decir aterrado mientras se preguntaba si seguía soñando.

–          ¿No me reconoces?

Distinto trató de fijarse bien. Entonces localizó en aquel rostro algunas cicatrices que conocía.

–          ¡No puede ser…! – gritó en un aullido.

–          Distinto, soy yo – dijo Pedro.

–          ¿Cómo…?

Pedro tardó unos segundos en responder.

–          Durante la guerra, conocía al menos media docena de maneras de salir del palacio de Pueblo Tarao. Después de tantos años y reformas, algunas siguen siendo sirviendo también para entrar. Como sabes, allí se custodian ahora los archivos de guerra de los territorios de Montes Tarao controlados por Ríos Mos. En esos archivos se habla mucho de ti y de lo que hiciste al terminar la guerra.

–          ¿Cómo es posible que estés… vivo?

–          El día que me entregaste, justo antes de que llegasen los deterministas, tomé un plano de ambos cuando estábamos solos en el sótano del palacio. Justo después te maté, y entonces generé dicho plano para que ambos volviéramos a surgir allí. Entonces huí. El férreo control al que habías sometido mis acciones durante las semanas anteriores me sirvió para que convencieras a los deterministas de que aquel tipo era yo, el auténtico. Sólo así pude escapar de la ciudad en aquellos días dementes. Los deterministas capturaron a una copia mía. Y tú también eres una copia.

Distinto tardó un rato en asimilar semejante cantidad de aplastante información. Se le ocurrían muchas preguntas sobre lo que Pedro acababa de contarle. Pero en aquel momento tenía una pregunta más importante.

–          ¿A qué has venido? – logró preguntar en un susurro.

–          A hacer justicia – dijo Pedro mientras movía el arma con la mano.

Distinto tragó saliva.

–          Un momento, un momento… ¡Maldita sea, un momento! ¡Joder! ¿Cómo…? ¿Cómo que hacer justicia? ¡Maldito cabrón, te lo merecías! ¿Sabes por lo que me hiciste pasar? ¡Joder, para mí eras como mi padre, y tú me lo pagaste mandándome a la tortura y la muerte una y otra vez! Además, qué cojones, yo nunca te he matado a ti. Tú escapaste. ¡Así que no te he hecho nada!

–          Pero mataste a mi copia.

–          ¡Maldito cabrón! ¿Y aquello que tú me decías cuando mandabas copias mías a la muerte y a la tortura infinitas? ¿No decías que no me estabas haciendo nada a ?

–          En cualquier caso, me traicionaste.

–          ¡A ti no! ¡A tu copia!

–          Traicionaste a Montes Tarao.

–          Pero… pero… ¡maldita sea, espera! ¿No has… no has dicho que lograste escapar gracias a la información que yo daba sobre ti? ¿No has dicho que jamás habrías escapado sin mí? ¡Mi traición fue necesaria para tu liberación! ¡Fue una traición necesaria! ¡Mi traición te mandó a la muerte para que pudieras vivir!

–          Nada de eso fue a propósito. Simplemente me traicionaste.

–          Pero… pero.. ¡espera!

–          Deja de hablar, Distinto. No te esfuerces.

Agotado, Distinto permaneció en silencio.

Pedro se acercó a Distinto. Le dio un beso en la frente y le quitó la almohada de debajo de la cabeza.

Colocó la almohada sobre el pecho de Distinto, apretó la pistola contra la almohada y disparó varias veces. La almohada amortiguó parte del sonido del disparo.

Pedro se apresuró a salir del apartamento de Distinto.

6

Aunque Distinto había vivido en el anonimato desde que entregó a Pedro a los deterministas, su asesinato hizo que su historia se desvelara a la opinión pública. Al no tener que proteger más a su antiguo espía, los deterministas consideraron que su caso ya no estaba clasificado. La República tampoco vio mal que su historia se conociera entonces. El papel de Distinto en el final de la guerra recibió la máxima atención de la prensa.

Inicialmente, la investigación del asesinato apuntó a algunos grupos marginales de nopedritas nostálgicos del antiguo régimen. No obstante, dado que la traición de Distinto se había mantenido en el más absoluto secreto y nunca había trascendido, se descartó que dichos grupos hubieran tenido un móvil para matarle. Al fin y al cabo, Distinto era un antiguo cargo de su idolatrado antiguo régimen. Por tanto, pronto la investigación derivó hacia la posibilidad de que los asesinos hubieran sido pedristas descontentos con que, al terminar la guerra, se amnistiara a todos los Distinto Único. Según la hipótesis de la investigación, un grupo de pedristas habría tratado de localizar en todo Hogar a algún Distinto para tomarse su justicia por su mano. Hacía muchos años que todos los Distinto Único que quedaban vivos habían cambiado de nombre y ocultado las huellas de pasado para evitar ser rechazados. No obstante, los pedristas debieron localizar finalmente a uno de ellos, la víctima. Desconocedores de que dicho Distinto era precisamente uno que había cambiado de bando, los pedristas decidieron asesinarle. Al quedar ésta como la única hipótesis plausible disponible, finalmente fue la explicación ofrecida al mundo. Fue entonces cuando el público pudo conocer por primera vez el cambio de bando de dicho Distinto Único durante la guerra.

A muchísimos kilómetros del lugar de aquel crimen, en una lejana isla de Costa Mamá, vivía un monje pedrista que había cuidado de un muy envejecido Hermano 27351 durante su último año de vida en aquel apartado lugar. Antes de morir, Hermano solía contar al monje una y otra vez su particular interpretación de las escrituras, aquella interpretación que finalmente le condenó al ostracismo en aquella recóndita isla. Cuando, muchos años después, el monje conoció por la prensa la verdadera historia de aquel Distinto Único que había sido asesinado, rememoró lo que Hermano insistió en explicarle una y otra vez durante aquel año que convivieron juntos.

El monje recordó que Hermano 27351 había acabado en aquella isla porque, tras la muerte de Antipedro Primero, Hermano insistió ante el cónclave pedrista en que dicho individuo era el inductor de la gloria del pedrismo, es decir, el que traería la destrucción y, tras ella, el regreso a la esencia pedrista. Los demás hermanos del cónclave ya habían desechado esa idea al observar que la gloria del pedrismo no había llegado al morir Antipedro Primero. Pero Hermano insistió. Analizando el epílogo del Libro de Pedro, había descubierto que Antipedro Primero no solo sería el inductor al que se referían los capítulos anteriores del libro, sino también Gran Pedro, es decir, el Hacedor, el creador de Pedro, el creador del mundo poblado por Pedro Martínez. No llegó a dicha conclusión por la evidente coincidencia de nombres entre Antipedro Primero y el allí nombrado. No hay que olvidar que Antipedro Primero conocía cómo llamaban los pedristas al demonio, y de hecho se puso aquel nombre para provocar a los pedristas. Por el contrario, Hermano realizó dicha identificación al observar la condena a muerte de Antipedro Primero y comparar sus consecuencias con lo descrito en el epílogo del Libro de Pedro.

Identificar a Antipedro Primero con Gran Pedro había sido demasiado para los miembros del cónclave, que no tardaron en obligarle a dimitir de sus cargos políticos y en meterle en el primer barco que partiera hacia aquella isla.

Hermano 27351 era uno de los pocos pedristas que, según los documentos hacía poco desclasificados sobre la muerte de Distinto, conoció desde su puesto en el gobierno de la República la traición del propio Distinto durante el mismo final de la guerra. Por tanto, no era de extrañar que a veces Hermano dijera al joven monje que Distinto había sido una especie de inductor del inductor. Al desclasificarse y revelarse la historia de Distinto, el monje comprendió por fin a qué se refería con aquello: al traicionar y entregar a Antipedro, Distinto había permitido que Antipedro muriera, y que así se cumpliera su destino escrito en el epílogo del Libro Sagrado de Pedro. Al traicionarle y llevarle a la muerte, había hecho posible que resucitara y que finalmente se convirtiera en Gran Pedro, el creador de Pedro.

Sin embargo, había una parte del epílogo del Libro Sagrado de Pedro que Hermano no llegó nunca a descifrar. ¿Cómo podría Antipedro liberar a Gran Pedro tras su penitencia y volverle a tentar? Razonó que Antipedro podría representar una faceta maligna de Gran Pedro que volvería a tentarle, pero ¿liberarle? ¿Qué quería decir aquello?

Tampoco el monje supo nunca la respuesta a esa pregunta.

7

Muchos años después, Pedro, ya muy anciano, paseaba tranquilo por las calles de Pueblo Tarao. Su piel profundamente horadada por la edad hacía imposible que nadie le reconociera. Como era tradición en aquella época del año, todos los viandantes llevaban puestas mascarillas en la cara. Las fechas de la gripe anual se acercaban.

Entonces Pedro vio una muchedumbre que se agolpaba junto a un portal. Con gran curiosidad, se acercó para ver qué ocurría. Unos médicos trasportaban un cadáver en una camilla. “Gripe anual” dijo uno de ellos. Esto produjo varios gritos de asombro entre los presentes, pues era la primera vez que veían morir a un habitante de Hogar por la gripe anual. Los médicos tampoco podían ocultar su incredulidad.

Pedro se alejó del tumulto y siguió caminando. Tres calles más adelante, observó cómo otros médicos introducían un cadáver en una furgoneta ante la mirada de los curiosos. Algunos de los presentes comentaban nerviosos que aquél era el quinto que veían morir de aquella forma esa mañana.

Inquieto al igual que sus vecinos, Pedro se detuvo un momento a pensar. Aquello no era normal. Sin embargo, todos esos sucesos le recordaban a algo que aprendió hacía muchísimo tiempo.

Recordó algunas cosas que le enseñaron los científicos a los que, muchos años atrás, puso al frente de su sueño de crear por primera vez una mujer en Hogar. Aquellos biólogos y médicos punteros, ahora todos muertos pero no igualados desde entonces, le enseñaron, entre otras muchas cosas, que los seres vivos evolucionan más rápidamente cuando son fuertemente presionados por el entorno, pues las mutaciones que en otro caso son pequeñas ventajas pasan a decidir entre la vida o la muerte. Los demás científicos de Hogar se habían mostrado tradicionalmente poco interesados en la evolución de las especies, pues no parecía aplicarse tal cosa en Hogar: Pedro Martínez nunca cambiaría sus genes porque no se reproducía, así que las bacterias y virus que se alimentaban de él, únicos otros habitantes de Hogar, no tendrían motivo para evolucionar nunca. Pero se equivocaban: si Pedro Martínez cambiaba sus hábitos, los virus cambiarán sus genes.

Pedro se dio cuenta de que, probablemente, estaba comprendiendo el gravísimo problema que se cernía sobre Hogar en aquel momento mejor que cualquier otro habitante del planeta. Entonces razonó las consecuencias que tendría todo aquello. “Tengo que decirle a cierta persona que hemos ganado” pensó.

Con todos sus ahorros, compró un comercio muy cercano a la Plaza Principal, un taller. Ya de noche, regresó al pequeño apartamento en el que vivía solo. “Mañana será un gran día” pensó justo antes de dormirse.

Al día siguiente, Pedro se dirigió a la Plaza Principal. Por el camino pudo ver cómo los médicos transportaban decenas de cadáveres ante la mirada atónita de los curiosos.

Aquél era el día de la ejecución anual de Antipedro Primero. Como casi todos los años, la época de la gripe anual volvía a coincidir con esa fecha.

En la plaza se vendían gorras de soldado NP a modo de souvenir. Pedro se acercó a uno de los puestos de venta. Inicialmente se interesó en una gorra de Comandante en Jefe idéntica a la que él mismo llevara hacía mucho tiempo, pero luego cambió de idea. “Un cobarde no es digno de esta gorra” pensó. “Yo escapé y él se quedó allí, sacrificándose por mí”. Para aceptar su sumisión ante aquel valiente que iba a morir en unos minutos, finalmente se compró una gorra de cabo.

Se situó al fondo de la plaza, se puso la gorra, y esperó a que el condenado surgiera de la nada. Cuando por fin surgió un hombre sobre la plataforma del patíbulo, Pedro le saludó de forma que sólo el otro pudiera verle. El otro, muy sorprendido, le respondió con un gesto que se había percatado del saludo.

“Hola, compañero” pensó Pedro mientras miraba fijamente a ese hombre que estaba a punto de morir y que un día fue él. “Fui un cobarde, y mi castigo será no ver nuestra gloria. Sólo tú la verás. Has vencido. Enhorabuena”.

Cuando el otro ya colgaba de una cuerda, Pedro regresó al taller. Abrió una caja de alambres y la dejó sobre el mostrador. “Esto servirá para que se libere de las esposas cuando aquí ya no quede nadie. Aunque yo no estaré allí para verlo, de esta forma me ocuparé de liberarle” decidió. Después se quitó la gorra, y la dejó sobre la caja. “Esto llamará su atención sobre la caja y le recordará quién es, para que no se le olvide nunca. Le recordará que su supervivencia significará la victoria del nopedrismo”. Entonces salió a la calle y cerró la puerta sin echar la llave.

Al salir a la calle, se diluyó entre la masa. En el cielo había oscuros nubarrones.

 

 

EPÍLOGO I

“Pedro creó a Gran Pedro. Y entonces Gran Pedro fue tentado por Antipedro. Para purificar su alma pecadora, Gran Pedro, mortal, perfecto, murió ciento cuarenta y cuatro veces, y ciento cuarenta y cuatro veces resucitó. Al finalizar la penitencia, Antipedro liberó a Gran Pedro y le volvió a tentar. Sin embargo, Gran Pedro renegó de Antipedro, y como prueba de su victoria y gloria eternas, Gran Pedro creó a Pedro”.

El Libro Sagrado de Pedro, Epílogo.

 

 

EPÍLOGO II

1

En otro mundo y en otro tiempo…

Un hombre que algún día se llamó Nopedro salió de la Catedral Pedrítica. Allí había descubierto una horrible verdad: Pedro Martínez estaba en todo el universo. Los mensajes que se recibían en la extraña máquina que allí se escondía no daban lugar a dudas. Después de todo, los pedrizadores tenían razón. La extraña historia que hacía tanto tiempo le contara Instancia 98452 era cierta. Igual que la pedrización había triunfado en Casa, lo había hecho igualmente en el resto del universo.

Con rabia, Pedro se preguntó a sí mismo si todavía podría hacer algo para evitar todo aquello. Miró a su alrededor, esperando algún tipo de señal que le inspirara. Intuía, o deseaba intuir, que algo de todo aquel proceso se le escapaba. No obstante, las calles permanecieron en silencio. La noche seguía silenciosa. Una oscura masa de nubes se acumulaba sobre Urbe.

En aquel momento, una gota de lluvia cayó sobre Pedro. Pedro miró al cielo. Estaba empezando a llover.

“Esas nubes no dejan ver las estrellas” pensó Pedro. “Ojalá las nubes nunca me hubieran dejado ver las estrellas. Ojalá nunca hubiera escuchado el mensaje que las estrellas tenían que decirme”.

Entonces, Pedro pensó por un momento en todas aquellas estrellas que no había podido escuchar, en todas esas estrellas de las que no había recibido mensaje alguno. Súbitamente, su rostro se iluminó.

“Todos los mundos que trasmiten algo al universo envían a Pedro Martínez. Si usara esa máquina para trasmitir cualquier cosa, cualquier objeto, entonces no haría más que corroborar que aquí tampoco ha sido posible crear un ser vivo diferente a Pedro Martínez. Es decir, estaría mostrando al universo que tampoco Casa ha logrado escapar a la pedrización. Por eso nadie realiza tal trasmisión; es inútil. No obstante, no puedo afirmar nada acerca de los mundos que no trasmiten nada. No puedo asegurar que estén vacíos. No puedo afirmar que estén formados por sociedades carentes de tecnología. No puedo saber si Pedro Martínez los habita, ni tampoco si, en tal caso, sus habitantes han logrado crear seres diferentes a Pedro Martínez. Simplemente, no se comunican. Si impido que Casa se comunique, entonces Casa entrará en esa misma incertidumbre. Pasará a formar parte de los mundos sobre los que nada puede saberse. Su futuro no estará escrito. El futuro de Casa será libre”.

Pedro tomó unas granadas y se adentró en la catedral. Una vez en la bóveda, se acercó al artilugio que había en el centro de la sala. Separó de él la máquina generadora y empujó ésta fuera de la sala. Después regresó a la sala, extrajo las anillas de varias granadas y las dejó junto al artilugio que había en su centro. Entonces se apresuró para salir de allí.

Poco después oyó una explosión. Pedro siguió caminando hasta que volvió a encontrarse al aire libre. La lluvia caía con profusión. Pedro dejó que el agua le empapara.

“Ahora 567 no podrá descubrir la pedricidad del universo” decidió Pedro. “Por tanto, no se convertirá en el primer pedrizador de Casa y no fundará la pedrización. No puedo evitar que antes o después los habitantes de Casa averigüen cómo enviar o recibir planos del resto del universo. No obstante, acabo de garantizar que no podrán hacerlo hasta dentro de mucho tiempo. Hasta que ese día llegue, el proyecto de crear una mujer se desarrollará sin las trabas de la predización. Y, cuando llegue ese día, los habitantes de Casa, posiblemente ya conscientes de que un mundo diferente es posible, serán fuertes y podrán evitar caer en la pedricidad. Ese día, esos mismos habitantes serán libres para decidir mantener su conocimiento en secreto y guardar silencio ante el resto del universo” pensó.

Pedro miró a su alrededor mientras la lluvia comenzaba a calarle.

“No puedo garantizar que nada de todo esto sea posible. Quizá todo este razonamiento no es más que el fruto de mis deseos y mi imaginación. Quizá, después de todo, la historia de Casa vuelva a repetirse exactamente de la misma manera en que lo ha hecho siempre hasta ahora. Sé que este mundo no es diferente a los demás y que no conseguirá nada que no hayan conseguido otros muchos mundos antes. Sin embargo, precisamente por esa misma razón, mi única esperanza de que Casa pueda llegar a lograr la pluralidad se basa en que otros muchos mundos de hecho la hayan logrado antes y que, dado que nadie ha comunicado tal noticia al universo, tales mundos hayan mantenido dicha pluralidad en secreto. Aunque la destrucción del artilugio de aquella bóveda no implica en modo alguno que Casa vaya a lograr la pluralidad, la pluralidad sólo es posible si ese artilugio no existe. No puedo pretender que mis actos garanticen el éxito. Sólo puedo pretender que, al menos, no lo impidan. Eso bastará para que desee seguir viviendo”.

Muy excitado, Pedro comenzó a desarrollar un plan. “Cuando cree a Dos, le diré que hay otros mundos habitados en el universo, pero que esos mundos anhelan nuestras riquezas. Le diré que llegará el día en que todos esos mundos tratarán de engañarnos con falsos reclamos y que entonces deberemos ser fuertes. Le diré que deberemos evitar que nos encuentren, y que para eso deberemos mantener nuestra existencia en secreto. Le diré que, para que eso sea posible, deberemos abstenernos de enviar mensajes al espacio. Le diré…”.

Mientras llovía, Pedro se inventaba un nuevo futuro.

2

–          ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–          En un mundo singular – respondió Pedro.

Con gran alegría, Pedro sintió que el futuro era incierto.

 

 

Dedico esta obra a mis padres y a mis hijos.

Dedico y agradezco esta obra a Laura, Javi y Fernando por llevar tantos años leyéndose cualquier cosa de ciencia ficción que escribo al poquísimo tiempo de escribirla, tanto esta novela desde sus mismos inicios, como un centenar de relatos cortos e intentos de relatos cortos (Javi: ¿de qué otra forma podríamos llamar a los de la adolescencia?), perdonándome mi estilo literario parco y simplista, entregándome extensos y detallados comentarios, corrigiendo tantos errores de consistencia (Fernando: que sepas que muchos de esos errores no los habrían visto ni el 1% de los lectores) y, sorprendentemente, pidiéndome siempre que les mandase más (Laura: ya sé que no te quedaba otra). Sin su entusiasmo, jamás hubiera terminado de escribir esta historia. Si uno no tiene al menos un lector, ¿para qué? Pero tener tres lectores habituales e inmediatos fue más de lo que nunca imaginé.

También agradezco a otros que descubrieron este hobby mío de escribir un poco más adelante y no dudaron en leerse esta obra para darme su útil opinión antes de hacerla pública: Cipri, Manu, Yohana, David, Pablo, Iván y Edu. ¡Gracias!

Es más, también agradezco, por la innegable inspiración prestada para la elaboración de esta novela, a Adolf Hitler, Joseph Stalin, Franklin Roosevelt, Simon Wiesenthal, Jesucristo, Judas Iscariote, Simón Pedro, Francisco Franco, Vladimir Lenin, Juan José Ibarretxe, Stephen Cook, Leonid Levin, Robert Heinlein e Isaac Asimov. Sin ellos, la historia que se narra en esta obra habría sido, sin duda, diferente.

Esta historia ha intentado tratar sobre diversos temas: la adolescencia y el pesado legado que nos deja, las golpecitos que nos llevan por un camino y no por otro, los misteriosos caminos que no escogemos, la soledad entre la muchedumbre, la uniformización por cojones, las ideologías y los pactos contra natura (o no), las crueles luchas contra nosotros mismos, la religión y sus maravillosas contradicciones, los encajes de bolillos, las cosas complejas en general (y, muy puntualmente, las NP-completas en particular; lo de P y NP iba a veces con segundas), la falsa sensación de continuidad de nuestra existencia que nos provoca nuestra memoria a corto plazo, la Historia y las historias que se repiten porque no aprendemos (o sí), y algunas cosas más. Además, la propia trama ha pretendido ser reflejo de las respectivas edades de su protagonista, madurando a la par que él: chascarrillos y sensación de desubicación adolescentes; ímpetu y rebelión juvenil; claridad de objetivos de la edad adulta; y replanteamiento de toda una vida y búsqueda de cierta trascendencia en la vejez. Respecto a la tecnología hipotética narrada en la historia, ésta ha servido de excusa para llenar el mundo de espejos, para explicar la realidad desde un absurdo (peculiar tarea, dado que falso implica cualquier cosa). Siendo esto una historia de ciencia ficción, decir que esta obra va sobre tecnología hipotética sería como decir que Moby Dick va sobre barcos. Eso sí, quiero una máquina generadora para Navidad.

Esta novela se escribió entre 2004 y 2011 (desde 2011 a 2013 me limité a dejar que una versión en papel con las últimas erratas anotadas por los lectores arriba mencionados acumulase polvo en un cajón, como si así se fueran a corregir solos). El caso es que pudiera haber estado terminada en 2005 (entonces ya tenía escrita una versión de unas 110 páginas con toda la trama principal), pero qué le vamos a hacer… Es lo que tienen los caminos.

Obra hecha pública originalmente en https://npcompleto.wordpress.com

Publicado en capítulo de novela | Deja un comentario

Pedrícese el mundo: Capítulo VIII

CAPÍTULO VIII

1

Pedro generó muchos más alimentos y comió hasta hartarse. Relajado, dedicó un rato largo a sentir el viento en su cara mientras permanecía sentado sobre la plataforma del patíbulo. A su alrededor se esparcían migas, envoltorios de yogures y cáscaras de pipas. Tras eructar un par de veces, observó la plaza que se extendía debajo de él y pensó en el misterioso hecho de que toda la ciudad estuviera vacía.

“¿Qué ocurrió?” se preguntó incrédulo. “Una ciudad bulliciosa no se abandona sin más. Debió ocurrir algún tipo de catástrofe. Pero no veo cadáveres de ningún tipo. Eso no tiene sentido…”. Miró las casas que se amontonaban alrededor de la Plaza Principal. “¿Habrá gente en otras ciudades? ¿Seré el último habitante de Hogar?”.

Se dio cuenta de que ni siquiera sabía el tiempo que había pasado desde que terminó la guerra y fue ejecutado por primera vez. A juzgar por los cambios en los edificios, habían pasado muchos años, pero ¿cuántos? Entonces pensó en el segundo misterio que le intrigaba enormemente.

“¿De dónde proceden todas esas coincidencias que me han permitido sobrevivir a la horca?” se preguntó. Comenzó a repasarlas mentalmente. “Los muebles bajo el patíbulo, el alambre para liberarme de las esposas, el agujero para ascender hasta la máquina generadora… incluso una caja de granadas, un vehículo militar y una gorra de cabo NP. Es imposible que todo eso fuera una casualidad…” decidió. Se dio cuenta de que la gorra podría ser una pista importante para resolver el enigma. “Quizá un grupo de antiguos soldados leales se levantó contra la República y llevó a cabo una operación de rescate…” imaginó. “Pero, si vinieron a rescatarme, ¿por qué no se quedaron hasta que yo surgiera en el patíbulo? ¿Por qué no hay nadie aquí ni en ningún otro lugar? Si consiguieron abrir un boquete en la plataforma para acceder hasta la máquina generadora, entonces ¿por qué no se la llevaron y me generaron en otro lugar? ¿Por qué esperaron a que el circuito automático desencadenara mi generación como todos los años?”. Todo le parecía muy raro. “Además, era innecesario que surgiera sobre esa trampilla y cayera por ella mientras creía que moriría… Podrían haber atrancado la trampilla y romper el blindaje que la rodeaba. Me hubiera evitado un momento terrible…”.

Entonces pensó en el final de la guerra y en su derrota. Aunque era consciente de que eso sucedió hacía muchísimo tiempo, no podía evitar tener la sensación de que apenas habían pasado un par de meses de todo aquello. Dedicó un rato a intentar averiguar el motivo por el que su proyecto de crear una mujer no había sido posible en Hogar. De acuerdo con Hermano 27351, tampoco habría sido posible en ninguno de todos esos supuestos mundos poblados por Pedro. Decidió que, en cuanto le fuera posible, trataría de averiguar si lo que le dijo Hermano 27351 era cierto.

Después pensó en posibles razones por las que Hogar podría haber iniciado una decadencia fatal que desencadenara en el exterminio de todos sus habitantes. Primero pensó en los posibles efectos que una total descentralización podría tener en aquel mundo peculiar. Después pensó en la bomba atómica. Pedro razonó que ambos sucesos habían sido inducidos, de una manera indirecta, por él mismo. No obstante, eso no le convertiría en el inductor de la gloria del pedrismo como dijera Hermano, sino más bien en el destructor de todos los habitantes de Hogar y de todos los pedristas en particular. Nada de aquello tenía sentido.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza que el motivo de la decadencia de Hogar pudiera ser otro distinto de los que consideró. En particular, ni tan siquiera imaginó que pudiera haber aparecido un virus mortal mutado a partir del de la gripe, cosa que, por otro lado, también habría provocado indirectamente él. La inexistencia de cadáveres consumidos hasta los propios huesos junto al patíbulo y, sobre todo, el hecho de que su cuerpo estuviera completamente sano y libre de cualquier infección, le impidieron considerar esa tercera posibilidad.

Dirigió su mirada hacia la máquina generadora. La máquina tenía adherida un circuito externo, una batería y un panel solar, todo ello construido por sus captores. El circuito activaba la máquina generadora cada año para que volviera a generarle. La energía necesaria para ello se almacenaba en la batería, y ésta se cargaba de un año al siguiente gracias a la energía captada día tras día por el panel solar. Pedro pensó en lo que la máquina generadora haría por sí sola dentro de exactamente un año, y entonces decidió que no quería que siguiera funcionando. Por un lado, no deseaba que sus sucesores siguieran sufriendo un martirio infinito, rompiéndose el cuello año tras año. Por otro lado, se dio cuenta de que tampoco quería que éstos sobrevivieran gracias a los muebles que se ubicaban bajo la trampilla o gracias a cualquier otro motivo que los salvara. Su antipedrismo había hecho que odiara profundamente la existencia de cualquier ser igual a sí mismo. Tener a su lado otro Pedro Martínez podía resultarle insufrible, pero tener junto a él a otro ser mucho más parecido, otro Antipedro Primero, le resultaría absolutamente atroz. Se incorporó y se acercó a la máquina generadora. Agarró el circuito externo y tiró de él con todas sus fuerzas y con ambas manos. El dispositivo se desprendió de la máquina con facilidad. Entonces lo atizó bruscamente contra el suelo. El circuito se quebró y sus pedazos saltaron y se esparcieron por toda la plataforma. “Esta máquina ya no volverá a activarse sola. Ahora soy único” pensó Pedro con gran satisfacción.

Una vez resuelto ese problema, Pedro decidió que había llegado el momento de intentar desvelar aquellas extrañas incógnitas que tanto le intrigaban. Si deseaba averiguar lo que había ocurrido en Hogar durante los últimos años, entonces tendría que ir a Ciudad. Ansioso por saber más, decidió que comenzaría los preparativos de su viaje inmediatamente.

“Me llevaré la máquina generadora, la batería y el panel solar conmigo. Eso garantizará mi sustento durante todo mi viaje” decidió. Descendió de la plataforma y recorrió los alrededores de la plaza en busca de cuerdas e instrumental de todo tipo. Abriendo las puertas de los comercios de Pueblo Tarao a golpe de granada, recopiló el material necesario para garantizar un descenso seguro de la máquina generadora desde lo alto de la plataforma hasta el suelo de la plaza. Cuando hubo recopilado todo lo necesario,

bajó cuidadosamente la máquina de la plataforma, y acto seguido la amarró y aseguró junto con el panel solar y la batería al techo del vehículo blindado. Después se introdujo en el vehículo. Cuando se disponía a ponerlo en marcha, se dio cuenta de que la energía del vehículo estaba muy baja, y claramente no sería suficiente para realizar aquel viaje.

Por primera vez desde que la fortuna comenzara a sonreírle misteriosamente, sintió una cierta frustración. Inquieto, observó la calle desierta y después sacó la cabeza por la ventanilla para dirigir su mirada hacia los artilugios que se amontonaban sobre el vehículo. Súbitamente se le iluminó la cara. “Puedo cambiar la batería del coche por la batería del patíbulo, que contiene carga de sobra” descubrió algo avergonzado. Una vez más, todo estaba dispuesto para favorecerle. Mientras bajaba la batería de la máquina generadora y la conectaba a la batería del vehículo, sintió que aquella tremenda suerte que le rodeaba comenzaba a producirle cierta inquietud.

Minutos después, mientras conducía a gran velocidad por la carretera de salida de Pueblo Tarao en dirección a Ciudad, se preguntó por un momento qué ocurriría si sacase el vehículo fuera de la carretera y lo dirigiera directo contra una gran roca. “¿Se apartará la roca sin más? ¿Caerá un rayo y destruirá la roca? ¿Comenzará a volar el vehículo?” se preguntó.

No obstante, decidió que prefería no comprobarlo.

2

Tras muchas horas recorriendo carreteras completamente vacías, cercano ya al anochecer, Pedro observó por primera vez la silueta de Ciudad en el horizonte. Por un momento creyó que los edificios despedían algún tipo de luz artificial. Unos minutos después se dio cuenta de que aquella luz era el simple reflejo de los últimos rayos de sol sobre los numerosos paneles solares que se desplegaban en lo alto de los edificios. Entonces comprendió que, en realidad, la ciudad no despedía signo alguno de vida.

Por primera vez, Pedro tuvo la certeza de que estaba solo en ese mundo. Aquella sensación le abrumó. Después de todo, aquello significaba que él había ganado la guerra. Todos los integrantes del bando enemigo habían muerto y él era un superviviente del bando que él mismo había liderado. Decididamente, Montes Tarao había conquistado Hogar. Pedro, su único habitante, era su líder indiscutible.

Cuando Pedro fue consciente de que, por fin, el pedrismo había desaparecido, no pudo evitar dejar caer una lágrima mientras sonreía emocionado.

–          ¡Acabé con vosotros! ¡Lo logré! ¡He ganado! ¡He vencido! ¡He sobrevivido a la muerte para triunfar! – gritaba eufórico mientras le temblaba la voz.

Se llevó la mano a la cabeza para notar el tacto de su gorra de soldado NP.

–          ¡Lo logramos! – volvió a gritar, tremendamente orgulloso de haber llevado a su bando hasta la vitoria.

El vehículo blindado se adentró en las calles de Ciudad.

3

Tras un rato ensimismado en sus pensamientos, Pedro se dio cuenta de que estaba recorriendo las calles de Ciudad al azar, sin rumbo alguno. La mayoría de los edificios habían cambiado, aunque el trazado de las calles permanecía tal y como él lo recordaba. Entonces se dio cuenta de que a su derecha se levantaba un antiguo cine que él recordaba de los viejos tiempos en los que vivió en Ciudad. Con curiosidad y nostalgia, detuvo el vehículo y se acercó a su puerta.

Junto a la puerta había un decrépito cartel que anunciaba la película que se proyectaba en el cine, o al menos la que se había estado proyectando antes de que aconteciera la misteriosa desaparición de los habitantes de Hogar. Curiosamente, se trataba de una vieja película que él mismo recordaba. Era de la época en la que llegó a Hogar, cuando contaba con apenas diecisiete años. “La victoria de Pedro” rezaba el rótulo junto a la entrada.

Se sentó junto a la puerta del cine para pensar. “He ganado. He cumplido el sueño de mi vida. Lo he hecho…” pensó. Lentamente, comenzaba a calmarse.

Repasó con la mirada las calles que se desplegaban a su alrededor. Todo aquello era su reino. Lo que alcanzaba con la mirada y lo que no. Todo el planeta era suyo. Un reino que nadie podría arrebatarle, pues no había nadie más que él.

Por otro lado, sus necesidades estaban cubiertas. La máquina generadora que llevaba consigo le proveería de alimentos suficientes para sobrevivir. Incluso aunque el panel solar que portaba no le proporcionase la energía que necesitaría diariamente para generar una cantidad adecuada de alimentos, siempre podría abastecerse de la energía requerida utilizando los paneles solares que se amontonaban en lo alto de casi todos los edificios de aquella ciudad. Abrumado por la tranquilidad y satisfacción, suspiró largamente.

“¿Y qué hace uno cuando cumple lo único que ha querido durante toda su vida? ¿Qué hace después?” se preguntó algo confuso. Se sorprendió al comprobar que no se le ocurría ningún nuevo objetivo. Una cierta sensación de satisfecho vacío le inundó. Después la sensación se transformó en confusión y en algo de decepción.

“Ya no hay pedristas” recordó para reconfortarse. “Ya no hay seres que se vanaglorien de sus miserias en un mundo absurdo. De hecho, ya no hay nadie en absoluto”.

Se sorprendió preguntándose a sí mismo si ése era el mundo que realmente deseaba. “¿Prefiero estar solo a estar en ese extraño mundo que conocí?”. Recordó que, durante unas pocas veces a lo largo de su vida, había llegado a disfrutar conversando con otros habitantes de Hogar. Con gran amargura, recordó que había pasado grandes momentos conversando con Distinto Único, al cual había educado explícitamente para que exaltara su diferencia. También había disfrutado esporádicamente hablando con otras personas que habían decidido voluntariamente desarrollar un carácter diferenciado del resto, lo que solía hacerles también diferentes al propio Pedro. Sentía una gran repulsión por los temas de conversación que incluían a Pus Day, Dogfucker o Val Hancín, entre otros muchos gustos de la adolescencia de Pedro Martínez. Afortunadamente, estos temas rara vez interesaban a hombres suficientemente mayores que no fueran pedristas, es decir, a hombres que hubieran divergido voluntariamente del Pedro Martínez original durante suficiente tiempo. Hacía mucho tiempo, el recuerdo de esas pocas conversaciones que valieron la pena llevó a Pedro a ansiar un mundo en que todos los hombres se alejaran lo más posible de la absurda peculiaridad que les había tocado vivir en aquel mundo ridículo, lo que era la antítesis del ideario pedrista.

Sin embargo, en un mundo vacío no podía hablar con nadie salvo consigo mismo.

Miró a su alrededor. Los edificios permanecían quietos a su alrededor. Pedro sabía que jamás le dirigirían la palabra. Sólo el ruido del viento le acompañaba. Pensó que podría volverse loco y tratar de buscar mensajes ocultos en el ruido aleatorio del viento. Eso le podría dar cierta compañía. Desgraciadamente, ese tipo de locuras no le sucedían a Pedro Martínez. Se lamentó de que su cerebro no tuviera tendencia a la paranoia. Decididamente, estaría condenado a ser esclavo de su cordura.

“En realidad, éste es el mundo menos plural que existe” pensó algo apenado. “He sustituido un mundo en el que todos los habitantes podían tratar de evitar ser un individuo concreto, Pedro Martínez, por uno en el que todos sus habitantes, de hecho el único que hay, no puede evitar ser igual a uno concreto, Antipedro Primero. En el fondo, todo esto tiene algo de pedrista” sintió con cierta irritación. Por un momento trató de relacionar todo aquello con aquellas misteriosas palabras de Hermano 27351 que le situaron a él mismo como inductor de la gloria del pedrismo. Después meneó la cabeza. “Esto no me sitúa como inductor del pedrismo. En todo caso, me situaría como el inductor de la gloria del antipedrismo, entendiéndolo no como antítesis del pedrismo, sino como la exaltación absoluta de mi propia personalidad, es decir, de la personalidad de Antipedro Primero, que no es de la del Pedro Martínez de diecisiete años”. Decididamente, las palabras de Hermano 27351 seguían sin tener sentido. Sin embargo, la vaga e irónica similitud entre el ideal pedrista y su propia situación no dejaba de molestarle. “¿Es realmente imposible conseguir lo opuesto al pedrismo?” se preguntó con cierta tristeza.

Asustado por sus propios pensamientos, Pedro recordó apesadumbrado que el pedrismo nacía a partir de un cierto sentimiento de rendición. “Cuando piensas que es imposible evitar que el mundo sea como es, te desesperas. Entonces sólo encuentras consuelo convenciéndote a ti mismo de que éste es en realidad el mundo que deseas. Cuando este odioso mundo te vence, te vuelves pedrista. Por eso mi lucha no ha terminado. Ahora que he vencido a los pedristas, será el propio pedrismo el que me retará”. Pedro sintió un hormigueo por el estómago. “Me atacará con más fuerza que la de las balas, las bombas atómicas o las horcas, pero resistiré”. Pedro apretó sus dientes. “El pedrismo no es inevitable. Puedo crear nuevos Pedro Martínez de diecisiete años con una máquina generadora y establecer una nueva sociedad opuesta al pedrismo en la que divergir de Pedro Martínez sea un valor en sí mismo. Puedo hacer muchas cosas. Puedo hacerlo bien. No estoy vencido”.

“Descubriré que lo que dijo Hermano era falso. El pedrismo no triunfará gracias a mí. Demostraré que todo era mentira. Al contrario, destruiré el pedrismo. Tras destruir a los pedristas, eliminaré el propio pedrismo como idea”.

“No lo logrará… No…”.

4

Pedro regresó al vehículo y se dirigió hacia el Gran Templo Pedrista de Ciudad. “Si los pedristas sabían algo, ese algo debe estar allí”.

Muy preocupado, condujo el vehículo hacia el templo. El Gran Templo era un lugar al que siempre había evitado acercarse. En los años en los que vivió en Ciudad, solía esquivar las calles que desembocaban en aquella gran mole informe. Se trataba de un imponente edificio de piedra flanqueado por estatuas de varios metros levantadas en honor de ciertos héroes de la adolescencia de Pedro Martínez como Val Hancín o Ankikilator. “Parque temático” era como Pedro solía llamarle sin ocultar cierta aprensión y asco. Incluso en los tiempos en los que su ejército ocupó Ciudad, Pedro se limitó a ordenar la destrucción de toda la decoración interior y exterior del edificio, así como su sustitución por obras de exaltación nopedrista, todo ello sin tan siquiera acercarse por allí. Durante la guerra, todo el complejo se utilizó como arsenal.

Detuvo el vehículo bajo una inmensa efigie de Kakakulo. Todas las antiguas estatuas pedristas que antaño flanquearon la entrada del templo habían sido reconstruidas hacía ya mucho tiempo. Tras entrar en el templo, sus ojos tardaron algunos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. El sol se había puesto hacía rato y la iluminación exterior dentro del edificio era muy escasa.

También el interior del templo había sido completamente reconstruido. Ante él, sobre el altar mayor, se mostraba altiva la figura de la divinidad de Pedro Martínez. Ésta consistía en un relieve del rostro de Pedro inscrito dentro de un triángulo del que emanaban líneas a modo de rayos de luz. A juicio de Pedro, la imagen resultaba ridículamente ostentosa. Gruesas columnas se alineaban a poca distancia de las paredes laterales del templo. Aparte de los relieves mostrados en las paredes, la decoración de la sala era austera y diáfana.

Pedro recorrió la cámara en busca de alguna pista acerca de la misteriosa historia del inductor que le contara Hermano 27351. Los grabados de las paredes se limitaban a mostrar los héroes del imaginario de Pedro Martínez de diecisiete años en diferentes poses.

Tras una hora de búsqueda exhaustiva, la falta de luz exterior provocó que decidiera desistir.

“Mañana seguiré buscando” decidió.

Cansado por el largo viaje, se apoyó en una pared. Después se acercó a una esquina de la sala y se echó al suelo. Tras acurrucarse en posición fetal, tardó pocos minutos en dormirse.

5

A la mañana siguiente, con más luz, Pedro reanudó su búsqueda. Durante las horas siguientes escudriñó todos los detalles de la sala en busca de alguna reliquia o prueba de aquella historia que Hermano le contara. Al mediodía decidió que, si aquel lugar encerraba algún secreto, lo encontraría aunque tuviera que utilizar medios más expeditivos. Salió del templo y recorrió los alrededores para aprovisionarse de todo tipo de herramientas. Después regresó al interior del templo.

Pedro observó las paredes y el suelo en busca de algún punto que pudiera atravesar con ayuda de sus herramientas. Diversas figuras con motivos pedristas se desplegaban por el suelo. Entonces fijó su mirada en una gran P que se extendía en el punto central del suelo. Estaba formada por un gran mosaico de baldosas. Su primera tentación fue atravesar alguna de esas baldosas con un pico, pero luego se dio cuenta de que sería más fácil cortar la argamasa que unía las baldosas entre sí, algo malograda por el paso del tiempo, y después hacer palanca con alguna herramienta apropiada para apartar algunas baldosas enteras.

Tras quitar la primera baldosa, Pedro observó que había otra capa de suelo justo debajo. Decidió desmontar más baldosas para poder acceder más fácilmente a la capa de suelo inferior. Unas pocas baldosas más tarde comprobó que la capa inferior también mostraba algún tipo de dibujo o símbolo. Otro buen montón de baldosas más adelante, Pedro pudo por fin identificar la figura del nivel inferior. Se trataba de un gran símbolo NP.

Pedro no pudo evitar emitir una carcajada. Después comprendió. “Parece que, cuando los pedristas retomaron el control de este lugar al final de la guerra, redecoraron el lugar a base de añadir una nueva capa por encima de la propia decoración que hicieron mis hombres”. Pudo observar el gran trabajo que habían hecho los artesanos monteños. Por un momento se le ocurrió que podría continuar su búsqueda por otro punto y permitir que aquel símbolo permaneciera donde estaba. No obstante, decidió ser práctico y continuar atravesando el suelo por el mismo punto, ya que en aquel momento era el de mayor profundidad.

El nuevo suelo también estaba formado como un mosaico, así que decidió utilizar la misma técnica que antes para poder atravesar el nuevo dibujo.

Tras desmontar varias baldosas del nuevo nivel, comenzó a surgir una nueva capa bajo el símbolo NP. Finalmente descubrió que ésta mostraba, de nuevo, una gran P. “Ésta debe ser la P que había en el templo antes de que el edificio fuera tomado por mi ejército. Parece que construir unas capas sobre otras es una práctica habitual entre los artesanos de Hogar…”. Se encogió de hombros y se dispuso a desmontar la nueva capa de baldosas.

Tras varios minutos cortando argamasa y haciendo palanca para sacar baldosas, una nueva figura volvió a surgir entre las baldosas. Esta vez, Pedro se sorprendió de verdad.

Parecía tratarse de un nuevo símbolo NP. Excitado, Pedro continuó desmontando baldosas de la capa anterior para poder ver mejor aquella nueva figura. Finalmente comprobó que no cabía ninguna duda: un gran símbolo NP se desplegaba en la nueva capa. No obstante, el nuevo símbolo era ligeramente distinto al que se había mostrado en los estandartes de su ejército. Los trazos eran un poco más delgados y la figura era un poco más ancha que alta. Aturdido, Pedro dejó sus herramientas en el suelo.

“¿Cómo es posible? ¿Cuántas veces tomamos Ciudad?” se preguntó incrédulo. Las sutiles diferencias de aquel símbolo con el símbolo oficial de Montes Tarao le intrigaban. “No, no fuimos nosotros. ¿Acaso hubo hace muchísimo tiempo una nación que se identificó con nuestra ideología y que también tomó Ciudad?”. Las dudas atormentaban a Pedro. “Si es así, incluso se identificaron con un símbolo muy similar… Bueno, teniendo en cuenta que podría haber sido diseñado por alguien muy similar a mí, no es extraño que se parezca tanto…”.

Pedro meneó la cabeza y volvió a agarrar sus herramientas para desmontar el nuevo nivel. Un rato después apareció una nueva capa con una nueva P que tenía un diseño ligeramente distinto al anterior. Sin salir de su asombro, continuó desmontando la nueva capa hasta que apareció otra nueva capa con un nuevo símbolo NP. Éste tenía las esquinas ligeramente redondeadas, pero se trataba sin duda del mismo símbolo. Tras examinar su nuevo hallazgo, Pedro continuó su tarea. Entonces siguieron aparecieron alternativamente nuevas capas con símbolos P y NP, uno tras otro. Siguió desmontando una tras otra todas esas capas.

Finalmente, llegó el momento en que encontró un suelo simple, diáfano, sin dibujos. Llegado a este punto, no le quedó más remedio que utilizar métodos más expeditivos. Pedro agarro el pico que había traído junto a sus herramientas y picó el suelo durante alrededor de una hora. Por fin, un negro agujero apareció bajo sus pies. Pedro sonrió. Continuó golpeando hasta que la anchura del agujero fue suficiente para caber por él. Ató un extremo de una cuerda a una columna y el otro extremo a su propia cintura. Tomó una linterna y se deslizó al interior del agujero.

6

Linterna en mano, Pedro comenzó a recorrer un estrecho pasillo. Unos pasos más adelante encontró una escalera de mano que subía hacía el techo, pero éste estaba tapiado en el extremo superior. Pedro estimó que aquella escalera se encontraba todavía por debajo de la sala principal del templo. Examinó el techo que taponaba el acceso al nivel superior y, por su posición más elevada que el resto, dedujo que su grosor era pequeño. “Después de todo, había un punto en que podría haber tardado bastante menos en atravesar el suelo. Bueno, ya no importa…”.

Continuó andando por el pasillo y finalmente desembocó en una gran sala abovedada. A lo largo de la pared circular se extendían estanterías repletas de libros muy antiguos. El techo semiesférico parecía ser metálico. En el centro de la sala había una extraña máquina que Pedro no conocía, y junto a ella había una máquina generadora. Pedro se acercó al artilugio no identificado y lo observó. Había una pantalla y una serie de botones sin ninguna marca adicional. Pedro decidió pulsar uno de ellos al azar.

Entonces, la bóveda del techo comenzó a separarse en dos. Cuando Pedro vio el cielo a través de la ranura que se agrandaba, se dio cuenta de que se había hecho de noche. Ante él se desplegaban dos de las lunas de Hogar y muchísimas estrellas, muchas más de las que jamás había visto desde Ciudad. Pedro pensó que la ausencia de luz artificial en toda Ciudad tenía algo que ver con aquello.

Miró la pantalla de la máquina. Ésta mostraba la imagen del cielo que podía verse sobre su cabeza. Una de las estrellas se mostraba inscrita dentro de un cuadrado. Se trataba de la estrella que se encontraba más cercana al centro de la imagen. Pedro pulsó un botón y el cuadrado se posó sobre una estrella diferente. Un dispositivo de la máquina cambió su ángulo lentamente hasta apuntar directamente a la dirección del cielo en la que se encontraba aquella estrella. Entonces Pedro pulsó otro botón diferente y la máquina produjo un agudo pitido. El dispositivo que apuntaba hacia aquella estrella se iluminó y produjo un chasquido seco. A modo de respuesta, la máquina generadora que se ubicaba junto al extraño mecanismo emitió un leve zumbido. Pedro identificó dicho sonido como el que producía cualquier máquina generadora cuando recibía en su memoria los planos de un objeto nuevo.

Se acercó a la máquina generadora y pulsó el botón que servía para generar el último plano recibido. Surgió una luz azulada. De la nada surgió una figura humana. Pedro comprobó que aquella figura le resultaba familiar.

–          ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! – gritó el recién llegado.

Entonces Pedro se sentó en el suelo. La tristeza le invadió. Sacó una granada y le quitó la anilla.

–          ¿Dónde pelotas estoy? – preguntó aquel adolescente.

Pedro se acercó al recién llegado. Éste se le quedó mirando muy sorprendido. Pedro le ofreció la granada y el chico la cogió.

–          ¿Qué…? ¿Qué mierdas es esto? – preguntó el chico mientras sostenía con su mano aquella extraña chirimoya de metal.

–          Ya, ya sé que no sabes lo que es eso – respondió Pedro mientras se alejaba caminando del chico.

El chico miró la esfera con gesto incrédulo.

–          Hermano tenía razón – dijo Pedro mientras le daba la espalda al chico -. Tenía razón… – añadió con voz algo temblorosa. Entonces, Pedro no pudo evitar que unas pocas lágrimas se desprendieran de sus ojos. Sentía rabia.

Pedro oyó una gran explosión a su espalda. Entonces apretó los dientes.

–          Tenía razón…

7

Durante los días siguientes, Pedro experimentó sin descanso con aquella máquina. Una y otra vez, apuntó el dispositivo de la máquina hacia cada una de las estrellas que se mostraban en la pantalla. Algunas estrellas no trasmitían señal alguna, lo que probablemente indicaba que no contenían ningún mundo que estuviera habitado por algún tipo de sociedad tecnológica. Sin embargo, otras muchas estrellas trasmitían señales que eran captadas por aquel artilugio. Cuando esto ocurría, Pedro se dirigía a la máquina generadora que se encontraba a su lado para producir los planos que acababa de recibir. En todos los casos, el resultado fue idéntico. Todos y cada uno de los mundos que trasmitían alguna señal al espacio trasmitían a Pedro Martínez. Con gran dolor y frustración, Pedro eliminó el resultado de todos sus experimentos.

Presa de su decepción, Pedro pulsó todos y cada uno de los botones de la máquina en una búsqueda desesperada de obtener un resultado diferente. Un día descubrió que algunos botones permitían recibir, a través de canales diferentes, otro tipo de mensajes procedentes de otros mundos. Así, comprobó que los demás mundos trasmitían no sólo el plano de Pedro Martínez, sino también algunos mensajes sonoros en su propio idioma, en el mismísimo acento de su barrio e incluso con su misma voz. Estos comentaban en un cierto tono místico diversas revelaciones sobre ciertos personajes llamados Pedro, Gran Pedro, Antipedro o el Inductor. Cuando Pedro examinó algunos de los libros que se amontonaban en las estanterías de la sala, pudo comprobar que estos contenían mensajes que se expresaban en términos muy similares. “Los pedristas registraban lo que escuchaban por ese aparato en estos libros” razonó. “Y, probablemente, el Libro Sagrado de Pedro fue creado a partir de esta información”.

Algún tiempo después, Pedro descubrió que otros botones de aquel artilugio servían para realizar las operaciones inversas a las que estaba realizando, es decir, para trasmitir a las estrellas mensajes hablados o incluso los planos que contenía la máquina generadora que se ubicaba junto al artilugio. Decidió que no le apetecía hacer tal cosa.

Tras una semana de experimentos, Pedro abandonó la bóveda y volvió a salir a la calle. Se sentía cansado y rendido. Fuera la noche era cerrada. Cientos de estrellas se desplegaban sobre su cabeza.

No había duda. “Todos esos mundos trasmiten lo mismo” pensó con rabia mientras miraba todas aquellas estrellas. “No pueden enviar otra cosa. En todos ellos está Pedro Martínez…”. Sus ojos permanecían brillantes mientras apretaba furioso los puños. “No hay nada más en este maldito universo” pensó mientras repasaba con la mirada la silueta de los edificios de Ciudad. “Si crease una nueva sociedad, si generase a varios Pedro Martínez y los educara de acuerdo con mis principios para que después ellos a su vez crearan a otros Pedro Martínez y les educaran en también en base a mis principios, entonces al final, al cabo de muchas generaciones, volvería a suceder lo mismo. Otra vez surgirían los pedristas. Otra vez el proyecto de crear una mujer o algo diferente a nosotros mismos se truncaría antes de alcanzar el éxito. Otra vez nuestra sociedad degeneraría inexorablemente”. Pedro pensó en las capas de símbolos de ideología opuesta que se alternaban en el suelo del templo pedrista y rió amargamente. “Hasta inventamos las mismas banderas una y otra vez…”.

“Sólo hay dos opciones: la extinción de la vida en Hogar o la repetición de su Historia. Si yo mismo comienzo la repoblación del planeta, entonces los sucesos que vendrán después convergerán hacia el mismo final de una forma o de otra. Una sociedad formada por individuos exactamente iguales, no sólo en su físico sino también en su mente, está condenada a repetir una y otra vez los mismos errores, a recorrer los mismos pasos, a repetirse sin fin. Nuestra sociedad está formada por individuos inevitablemente educados de la misma manera. Por tanto, los valores culturales de la propia sociedad son, esencialmente, inalterables en el tiempo. Nuestros individuos son previsibles, y nuestra sociedad, resultado de la interactividad de dichos seres previsibles, es más previsible aún”.

Con rabia, Pedro se preguntó a sí mismo si todavía podría hacer algo para evitar todo aquello. Miró a su alrededor, esperando algún tipo de señal que le inspirara. Intuía, o deseaba intuir, que algo de todo aquel proceso se le escapaba. No obstante, las calles permanecieron en silencio. Las estrellas siguieron inmóviles. Pedro sintió que la amargura de la derrota le invadía.

“Todos esos mundos son una prueba irrefutable. Por mucho tiempo que pase, Pedro Martínez está condenado a ser Pedro Martínez. Si los habitantes de esos miles de mundos no consiguieron evolucionar, no hay motivo alguno para que Hogar lo logre. Si inicio la repoblación de Hogar, entonces cualquier nuevo intento de lograr la pluralidad fracasará igual que fracasó todas las veces anteriores en Hogar y en el resto del universo. El desprecio de cada Pedro Martínez por conocer su historia nos condena. Cualquier cosa que le diga a mis sucesores se perderá inevitablemente en el tiempo”.

Pedro se rindió ante la evidencia. Hermano tenía razón. Era imposible escapar al pedrismo.

8

Durante meses, Pedro recorrió frenético las calles de Ciudad. Presa de una gran frustración, decidió que ocuparía su mente tratando de averiguar algo más sobre el misterioso mal que había acabado con toda la población de Hogar mucho tiempo atrás. Ninguno de los habitantes de Hogar se había interesado demasiado por la lectura, así que el número de bibliotecas en todo Hogar era muy escaso. No obstante, existían unas pocas fuentes documentales por las que Pedro podría tratar de averiguar el origen de aquel misterioso desastre. Aunque las productoras de televisión acostumbraban a no almacenar su material durante demasiado tiempo, era probable que la llegada repentina e inesperada del desastre hubiera sorprendido a todos, permitiendo la permanencia en el tiempo de todo aquel material. Pedro recorrió varias productoras y estudió las cintas que se amontonaban en sus almacenes. Los últimos informativos registrados hablaban de ciertas tensiones internacionales, de la subida de la inflación, del ligero adelanto de la gripe anual y de la construcción de nuevas infraestructuras en Ciudad. No obstante, nada de ello era fuera de lo normal.

Al cabo de algún tiempo, Pedro se cansó de buscar. A partir de entonces, se limitó a comer, dormir y pasear por aquella ciudad vacía. Adoptando una cierta actitud de hastío y decepción, decidió que ya no tenía ningún objetivo concreto en la vida y que se limitaría a vivir los años que le quedaran lo más cómodamente posible.

Un día, Pedro se percató de que se sentía solo en aquel lugar. Decidió que, si tenía que elegir entre la extinción de toda forma de vida en Hogar y la repetición de toda su Historia, prefería lo segundo. Sus motivos eran puramente egoístas: algún día se haría viejo y echaría en falta la ayuda de la gente joven. Al fin y al cabo, la lucha contra el pedrismo estaba perdida, por lo que, hiciera lo que hiciera, no podría traicionar sus principios. Por tanto, decidió que algún día generaría un nuevo Pedro Martínez que le acompañara.

Entonces se dio cuenta de que, cuando llegase ese día, no sería buena idea contarle a ese individuo que él fue un genocida causante directo de millones de muertes y, muy posiblemente, indirecto de todas los demás, aunque de lo segundo no pudiera estar seguro. Llegado el momento, tendría que inventarse alguna explicación alternativa que ocultara su pasado.

“Podría contar a mi sucesor que una gran catástrofe natural acabó con toda nuestra sociedad de Pedros Martínez. No obstante, si le explico tal cosa, el temor a que se repita dicha catástrofe hará que, por su propia seguridad, mis sucesores quieran indagar lo más posible dicha catástrofe. No, no deseo que nadie examine el pasado, al menos voluntaria y conscientemente, y mucho menos mientras yo viva. El motivo por el que el mundo está vacío no debe ser amenazador, o bien mis sucesores no deben saber que el mundo está vacío”. Se le ocurrió una idea que explotaba esa segunda posibilidad. “Podría crear a un ciudadano en cada ciudad y hacerle creer a cada uno de ellos que ninguno es el primero, que hay millones de otros ciudadanos en otras ciudades. Podría decirle a cada uno que él mismo forma parte de un plan de colonización de la República en el que primero se construye una ciudad entera y luego ésta se habita con un primer colono que tiene la responsabilidad de crear a todos los demás”. Entonces se dio cuenta de que esa idea era bastante ridícula. “No, no tiene sentido. Además, cada grupo evolucionaría sin mi control, y antes o después esos individuos viajarían y se encontrarían. Entonces comprobarían que todos tienen la misma edad, lo que resultaría bastante sospechoso…”.

Unos días después, Pedro encontró una solución que le satisfacía. Pensó que, cuando llegase el momento de crear a su primer sucesor, le contaría que a él mismo, a Pedro, le crearon los alienígenas, como si él mismo fuera Uno. En tal caso, su sucesor no se sentiría amenazado por el miedo a que se repitiera cierta catástrofe misteriosa que causó la casi extinción de la humanidad en Hogar. No obstante, este plan tenía un problema. Pedro razonó que su sucesor, Dos, le preguntaría algún día por qué aquel mundo estaba repleto de manifestaciones artísticas de todo tipo dedicadas a Pedopís o Val Hancín. “Esas estatuas y casas están allí, repartidas por todo el mundo, y jamás podría derribarlas todas” pensó preocupado.

Entonces Pedro decidió que le diría a Dos lo siguiente: “Los alienígenas, por alguna razón, me adoraron como a un dios. Entonces llenaron su mundo con mis símbolos, que también son los tuyos”. Pedro razonó que su mentira requería de detalles adicionales. “El metabolismo de los alienígenas era muy rápido, y cada individuo vivía apenas un par de años. A lo largo de todas las generaciones de alienígenas que se sucedieron desde que llegué al planeta, éstos modificaron sus ciudades y sus casas para que se parecieran a las que yo describía, lo que les acercaba a la divinidad. Adoptaron mis propios gustos como sus símbolos divinos”. Estas explicaciones justificarían por qué los edificios y calles de todo Hogar estaban repletos de tan claras referencias al imaginario cultural de Pedro Martínez.

Pedro decidió que no sería difícil convencer a Dos de que todo aquello fue construido por los alienígenas, pues Dos comprendería inmediatamente que Pedro jamás podría haber construido todo aquello él por sí mismo. Pedro razonó que Dos sería incapaz de encontrar una explicación diferente, pues su egocentrismo y la sensación de haber partido de la Tierra hacía apenas unos segundos harían que le resultara inconcebible que pudieran haber existido miles de millones de Pedros Martínez antes que él mismo. “Aunque, claro, sólo un imbécil podría creerse que unas casas iguales a las de su barrio de la Tierra pueden ser hogares idóneos y acogedores para una extraña especie alienígena. ¿Por qué iban a tener dichos seres un tamaño y anatomía parecida a la humana?” se preguntó Pedro mientras meneaba la cabeza. Después, sonrió con amargura. “Bueno, un imbécil no basta. Hace falta un imbécil inmaduro” se dijo a sí mismo mientras observaba la piel arrugada de su mano. “Cuando muchos imbéciles inmaduros lo crean, los imbéciles maduros, que son los propios imbéciles inmaduros tras cierto tiempo, lo acabarán creyendo igual. Y si llega el día en que esos imbéciles deciden que la historia no cuadra, que ya no se lo creen, se reunirán y se inventarán su propia explicación de lo que pasó, hasta que se vuelvan a hartar de ella, y así sucesivamente. Pero para entonces ya no me importará, pues ya estaré muerto”.

Mientras la brisa golpeaba su cara, Pedro se dio cuenta de que, antes de crear a Dos, debería destruir cualquier referencia documental a su persona para evitar que se supiera quién fue él. En realidad, dada la escasa tendencia de los habitantes de Hogar a registrar su pasado, no debería resultar una tarea demasiado difícil. Decidió que debería eliminar las pruebas que pudieran permanecer en todas las bibliotecas de Hogar, así como en todos los archivos de televisión, radio y cine de todo el mundo. Entonces se dio cuenta de que si el motivo de la destrucción final estuvo relacionado con la descentralización excesiva del mundo entonces la tarea de destrucción de archivos podría ser ingente, pues en tal caso podría tener que recorrer varios miles de lugares susceptibles de almacenar documentación. Deseaba, por tanto, que el motivo de la misteriosa decadencia hubiera estado relacionado con algún tipo de guerra atómica o guerra basada en otras armas que él mismo no pudiera imaginar, pues en ese caso las máquinas generadoras y la capacidad de autonomía que éstas proporcionaban podrían haber permanecido en manos de unos pocos estados. El desarrollo de una bomba atómica o similar requeriría, en principio, una gran infraestructura científica e industrial, impropia de naciones minúsculas. Por tanto, si el motivo de la decadencia hubiera sido una guerra total, entonces la centralización podría haber permanecido a lo largo del tiempo, y los documentos que Pedro deseaba destruir se encontrarían concentrados en unos pocos edificios en todo Hogar. “No obstante,” pensó Pedro preocupado “muchos países minúsculos podrían haber acabado poseyendo el plano de la bomba. Las armas sofisticadas no tendrían por qué haber sido monopolio de grandes países con una gran infraestructura industrial”. Pedro decidió que, hasta que obtuviera más información, no tenía sentido seguir especulando. Tenía suficiente tiempo libre como para imaginarse decenas de opciones alternativas cada día, y todas ellas serían igual de inútiles.

Entonces Pedro se detuvo a analizar si sería necesario eliminar algo más para borrar las huellas de su pasado. Pedro pensó en los muertos que debió producir la misteriosa catástrofe que acabó con la población de Hogar. Recordó que, a lo largo de sus interminables y solitarios recorridos por Montes Tarao y Ciudad, jamás encontró un solo cadáver. Imaginó que el arma que mató a todos los habitantes del planeta debió ser terriblemente destructiva. Entonces Pedro trató de imaginar otras pruebas de la presencia humana en Hogar que pudieran echar por tierra su teoría de los alienígenas. Recordó que la gente no guardaba fotos de sí mismo en su casa, pues eso no tenía sentido en un mundo en que todos los individuos eran idénticos. “Bastará con destruir los libros y el material audiovisual”. Pedro se dio cuenta de que también debería manipular la máquina generadora que llevaba consigo en su vehículo blindado desde el día en que la sustrajo de su propio patíbulo en Pueblo Tarao. Entre los objetos que dicha máquina podía generar, se encontraba él mismo (es decir, Antipedro Primero, no Pedro Martínez) en una situación muy comprometedora. Decidió que se acercaría a la máquina y borraría dicho plano de su memoria.

Pedro decidió que comenzaría su misión ese mismo día.

9

El proceso de destrucción de pruebas que Pedro inició aquel día duró veinte años. Durante todo ese tiempo, Pedro viajó solo por todo Hogar. A lo largo de sus viajes, observó con satisfacción que la centralización del mundo había sido muy alta hasta la misteriosa catástrofe, lo que facilitó su tarea destructora. “No podré eliminar todas las pruebas del pasado” razonó. “Sin embargo, me basta con que no se encuentre ninguna de esas pruebas mientras viva”.

Tras tantos años de duro trabajo, realizó una última acción para completar su tarea de ocultar el pasado. Selló la entrada del Gran Templo pedrista de Ciudad con un grueso muro de piedras.

Unos pocos años después de que por fin diera por completada su misión, Pedro se dio cuenta de que se había hecho muy mayor. Entonces decidió que había llegado el momento de crear a su sucesor.

Pedro pulsó el botón de la máquina generadora y creó al nuevo Pedro. Cuando su sucesor surgió de entre la luz azulada, Pedro le llamó Dos.

Unos instantes después, Pedro se arrepintió de haberle puesto ese nombre. “Podría haberle llamado 568, es decir, el número del primer pedrista que hubo en Hogar más uno” pensó mientras su sucesor observaba inquieto e incrédulo su alrededor. “De esta forma habría evitado que alguien pudiera llamarse algún día igual que el que fundara el pedrismo en el pasado” se lamentó. “Aunque, si hubiera hecho eso, el recién nacido me habría preguntado antes o después qué sucedió con los números anteriores… Bueno, podría haberle dicho que los números anteriores están en otras ciudades… Bah, da igual, ya está hecho. De todas maneras, el pedrismo es inevitable”.

Durante los meses siguientes, Pedro dedicó todo su tiempo a la instrucción de Dos conforme al plan que había ideado muchos años atrás.

Mientras tanto, un pensamiento le atormentaba secretamente. Una y otra vez, Pedro pensó en las sospechosas coincidencias que existían entre lo que estaba sucediendo en esos momentos y lo que él mismo había creído siempre acerca del pasado más antiguo de Hogar. “Mi vida encaja por completo con la de Uno tal y como me fue contada. Incluso resulta que fui adorado por los alienígenas como un dios, tal y como Hermano contó que fue adorado Uno. ¿Soy Uno?”. Esta posibilidad le hizo pensar que quizá la historia de Hogar fuera más repetitiva de lo que había creído nunca. Hasta entonces se había limitado a imaginar que, tal y como indicaban los símbolos que se superponían en el templo pedrista de Ciudad, Hogar había conocido anteriormente otras luchas entre el pedrismo y el nopedrismo. Sin embargo, la posibilidad de que no sólo él mismo, sino también todos los que jugaron un papel idéntico al suyo en el pasado, hubieran sido Uno parecía sugerirle que la ciclicidad de Hogar podría ir más allá de lo que suponía. La tendencia de Hogar a repetir su historia podría no sólo abarcar los grandes movimientos sociales, bélicos o ideológicos, sino también incluso los personales, es decir, la biografía concreta de algunos de los individuos que alguna vez poblaron Hogar o la poblarían en el futuro. Al fin y al cabo, la educación idéntica de todos los individuos de Hogar provocaba que cada uno reaccionara de la misma manera ante los mismos condicionantes sociales e históricos. “Otros han sido como yo en el pasado y probablemente lo serán en el futuro. Otros se enfrentaron al pedrismo con todo su aliento, y otros volverán a hacerlo. ¿Pasaron y pasarán todos ellos de ser Antipedro a ser Uno, como parece que me ha sucedido a mí mismo?” razonó.

Pedro recordó que los motivos que le permitieron a él mismo sobrevivir al patíbulo y liberarse de él fueron un cúmulo de extrañas circunstancias misteriosas que difícilmente podría calificar como coincidencias. Por otro lado, razonó que era difícil imaginar que la historia de Hogar fuera un ciclo perfecto. Las construcciones caerían algún día y serían sustituidas por otras, por lo que los edificios actuales no podrían coincidir con los del lejano pasado ni con los del lejano futuro. Además, sus científicos le habían explicado que, debido a la entropía, el movimiento perpetuo era imposible, por lo que un ciclo perfecto y eterno no sería concebible ni con el favor de la más prodigiosa casualidad.

“El ciclo perfecto es imposible en un universo que se degrada inexorablemente. Además, alguien tuvo que poner ahí las máquinas generadoras en un principio. Los alienígenas tuvieron que existir en un principio. Y, en cualquier caso, el hecho de que algo se repita una vez no significa que se repita para siempre. ¿Cuál fue el principio? ¿Hubo un principio? Un mundo perfectamente cíclico sería concebible si ese maldito patíbulo me hubiera mandado al pasado, en lugar de al futuro. Conocemos poco del funcionamiento de esas extrañas máquinas generadoras, pero creo que adjudicarles prodigiosos poderes de viaje en el tiempo resulta excesivo, por mucho que, en cierto sentido, parezcan invertir parcialmente el proceso natural del avance de la entropía. No, eso no tiene sentido. Por otro lado, ¿Es concebible una secuencia histórica cíclica sin un bucle en el tiempo? Al igual que cada Pedro Martínez tiende a repetir el mismo comportamiento una y otra vez, una sociedad formada por millones de Pedros Martínez podría tender a repetir una misma historia una y otra vez. Para que eso fuera posible, las condiciones del entorno tendrían que ser suficientemente parecidas todas las veces. ¿Compensa la predecibilidad de Pedro Martínez y la de su sociedad las posibles diferencias que cada vez existen en el entorno? ¿Es concebible que no haya existido un principio? Desgraciadamente, no sé responder a estas preguntas”.

La duda acerca de la posible ciclicidad de la historia en Hogar llegó a atormentar a Pedro durante los años siguientes. “Lo peor de este misterio es que sé que moriré sin resolverlo. Nunca sabré si nuestra historia es cíclica, o si por el contrario las improbables coincidencias que me han conducido a esta situación no son más que eso mismo, coincidencias”.

Había un pensamiento que solía divertir a Pedro. “Si, de un modo u otro, nuestra historia es realmente cíclica, entonces, después de todo, es cierto que Uno fue generado en Montes Tarao, como yo dije siempre a mis ciudadanos. Allí estaba mi patíbulo, así que allí nací”. Este simple razonamiento solía hacer que Pedro se riera a carcajadas durante algunos minutos. Algo más tarde, cuando paraba de reírse, no podía evitar sentir cierta tristeza.

Durante aquellos años, otros complejos interrogantes atormentaron a Pedro. Durante un tiempo, se preguntó con gran desasosiego acerca de si su propio modelo, Pedro Martínez, habría triunfado también en la Tierra. “Sea cual sea el motivo de mi triunfo en cada mundo de este estúpido universo, dudo que ese mismo motivo sea aplicable en la Tierra. Allí todos podrían saber que Pedro Martínez no es más que un imbécil. ¿Por qué iba a triunfar también allí, si yo mismo no lo hice cuando era un simple adolescente? Por otro lado, ¿sería concebible que la Tierra no hubiera existido nunca? Nunca lo sabré”.

Muchos años más tarde, Pedro renunció con resignación a hacerse más preguntas sobre los temas que tanto le habían atormentado. Un día, ya muy anciano, decidió escribir algunas de sus reflexiones.

10

Hace muchos años que generé a Dos. Ahora ya somos cerca de un centenar, y nuestra pequeña sociedad ya está preparada para funcionar sin mí. Vuelvo a estar cerca de la muerte, pero esta vez la más extraña de las casualidades no podría salvarme como ya lo hiciera hace años. Por eso pienso que ha llegado el momento de hacer balance.

He de confesar que no consigo encontrar un sentido a mi vida. No consigo entender la moraleja de esta historia. Todos los inocentes murieron, mientras que yo, un genocida, fui el único superviviente. Quizá la clave para entender los extraños sucesos de mi vida consista en entender que las historias reales no tienen moraleja. La Historia no enseña nada.

He de confesar, igualmente, que mi obstinación contra el pedrismo se ha ido apaciguando con el tiempo y, actualmente, en el ocaso de mi vida, he comenzado a sentir algunas simpatías ante dicha doctrina. Este mundo me venció el día que me di cuenta de que había ganado al pedrismo pero no sentía nada. Cuando este mundo te vence, cuando no te queda más remedio que admitir su victoria y tu sometimiento, entonces no tienes más alternativa que hacerte pedrista para soportar tu propia existencia.

Hace algunos meses regresé al Gran Templo pedristra de Ciudad y desmonté el muro de piedras que hace años coloqué yo mismo para sellarlo. Entonces accedí a la bóveda secreta del templo pedrista y leí cuidadosamente los libros que allí se esconden desde hace muchísimo tiempo. Una vez que conocí el significado del Epílogo del Libro Sagrado de Pedro, comprendí por fin mi propio papel dentro de las profecías que allí se cuentan. Entonces tomé la decisión de ampliar la información que cada habitante de este universo, es decir, que cada Pedro Martínez, tiene sobre Uno, el Inductor, Gran Pedro o Antipedro. Yo, al igual que otros que vinieron antes de mí y que interpretaron mi mismo papel, decidí aportar mis propias experiencias a nuestro conocimiento colectivo para mejorar así nuestro entendimiento de ese fenómeno tan complejo y fascinante que es el pedrismo. Yo, al igual que todos los que fueron Uno igual que yo, envié al resto del universo mi conocimiento y mi experiencia sobre las figuras claves del pedrismo. Yo, al igual que los que fueron Yo en cualquier mundo de este universo, trasmití mi mensaje a quien pudiera escucharlo. Por medio del artilugio que se esconde en aquella sala, me comuniqué con el universo por primera vez.

Una vez que hube compartido mi conocimiento con las estrellas, colaboré, al igual que mis antecesores, con la expansión de Pedro Martínez por todo el universo. Volví a utilizar el artilugio, esta vez para trasmitir el plano de Pedro Martínez hacia las estrellas. Así, el universo sabrá que Pedro Martínez también triunfó en nuestro Hogar. Así, Pedro alcanzará nuevos lugares, si es que todavía no los ha alcanzado todos. Así, me comuniqué con el universo por segunda y última vez.

Entonces regresé a la sala principal del templo y recoloqué, capa por capa, todos los niveles de mosaicos de símbolos P y NP que yo mismo desmonté tantos años atrás para poder acceder al nivel inferior y así alcanzar la bóveda. Tras volver a colocar y unir todas las baldosas originales en sus posiciones iniciales con nueva argamasa, todas aquellas capas quedaron tal y como me las había encontrado tantos años antes.

Finalmente salí del templo, me acerqué a la orilla del río Pedopís y lancé mi vieja gorra de soldado cabo NP. Supongo que ya habrá llegado al mar.

Hoy pienso que, a pesar del papel privilegiado que he tenido en este mundo, sigo sin entender mi vida. A pesar de que fui singular en un mundo uniforme, sigo sin encontrar un sentido a mi existencia. A pesar de que por fin comprendí mi papel en el centro de una religión que me sitúa en su propio centro, sigo creyendo que mi vida ha sido absurda. Si hice lo que estaba escrito que haría, entonces soy sustituible. Si hice lo que estaba escrito, entonces nunca hice nada.

Al fin y al cabo, yo no soy 95271105. No soy Andro. No soy Antipedro. Tampoco soy el Inductor ni Gran Pedro. Ni siquiera soy Zum. Sólo soy, al fin y al cabo, Pedro Martínez.

Publicado en capítulo de novela | Deja un comentario

Pedrícese el mundo: Capítulo VII

CAPÍTULO VII

1

La reconstrucción del Parlamento de Ciudad, tan solo seis meses después del final de la guerra, fue un evento muy celebrado por todos sus habitantes, a los que se sumaron ciudadanos procedentes de provincias cercanas. Frente a la tribuna de autoridades desfilaban lentamente las nuevas adquisiciones del ejército de la República entre los aplausos del público. Tras los tanques de última generación desfilaba la unidad antivírica de infantería. Los soldados integrantes vestían sofisticados trajes antivirales preparados para impedir el contagio en la semana anual de la gripe.

–          Hermano, creo que debemos comenzar la explotación comercial de esos trajes entre la población civil – dijo Negocio Quinto a Hermano 27351 mientras no dejaba de saludar con la mano a los soldados desde su asiento.

Hermano guardó silencio mientras también saludaba. A lo lejos, los nuevos carros de artillería cruzaban lentamente el puente nuevo sobre el río Pedopís en dirección hacia al parlamento. La muchedumbre se apretujaba en los laterales del puente mientras aclamaba a los soldados. Cientos de banderas republicanas ondeaban al viento. La concentración de gente en los laterales del puente era tan grande que varias personas se tiraron al agua ante el temor de ser aplastadas por la marea humana. Abajo navegaban varias fragatas ligeras como parte del desfile y algunos marinos se tiraron al agua para socorrer a los civiles. Tras unos segundos, los marinos comenzaron a subir de nuevo a la fragata llevando consigo a los civiles sanos y salvos. La gente que se arremolinaba a la orilla del río comenzó a lanzar nuevos vítores y aplausos.

–          Todos estos juguetitos cuestan mucho dinero – añadió Negocio -, y creo que estarás de acuerdo conmigo en que el ejército va a necesitar cada vez más ingresos adicionales.

Hermano asintió con la cabeza.

–          El despliegue del ejército determinista a lo largo de la frontera entre su porción  de Montes Tarao y la nuestra – continuó Negocio – ha vuelto a superar a nuestro propio despliegue, así que urge que volvamos a incrementar nuestra presencia hasta volver a superarles. La nueva movilización de soldados no será barata.

Mientras hablaba, Negocio dedicaba una amplia sonrisa al público congregado. Hermano también sonreía, mucho más comedido. Negocio volvió a dirigirse a Hermano.

–          No debemos olvidar la última provocación de Martillo Noveno. En estos momentos se celebra en Orilla Mos un desfile similar a éste.

Una fila de camiones se acercaba muy lentamente para gran excitación del público. Cada uno portaba un misil tierra-aire de alcance continental cargado con una ojiva nuclear.

–          Y en ese desfile también hay de éstos – añadió Negocio con gravedad mientras señalaba con el dedo uno de los camiones.

Hermano asintió con seriedad. Negocio continuó.

–          Sé que te opones a que vendamos máquinas generadoras a aquellos ciudadanos particulares que puedan permitirse una increíble suma de dinero en beneficio del erario público. No entiendo esta oposición, pues una vez que sabemos que los máximos enemigos de la República disponen de ellas, no encuentro ningún motivo para que no podamos confiárselas a la élite de nuestra propia sociedad. No obstante, nuestras recientes necesidades financieras exigen tomar alguna medida urgente.

Hermano se decidió a intervenir.

–          Las máquinas generadoras no deben salir del gobierno – dijo rotundo -. Basta con que vendamos una sola copia para que el receptor de ésta pueda venderle una nueva copia a otro, y éste a otro. Si no mantenemos el monopolio sobre la producción de alimentos, este país se desmoronará en cientos de nacionzuelas minúsculas comandadas por señores que un día compraron una copia de una máquina generadora a otro señor, y el proceso de división no tendrá fin. Y el día en que todos esos reyes de micromundos comiencen a luchar entre sí por minúsculas parcelas de poder, la paz terminará, y con ella el comercio y la prosperidad que tu partido tanto ama.

Negocio frunció el ceño.

–          Si no recaudamos suficiente dinero, esa paz se acabará mucho antes – dijo mientras trataba con dificultad de seguir sonriendo al público -. Hermano, tu poder y el de tu partido decaen, y algún día no podrás oponerte a mis medidas.

Hermano cerró los ojos y tragó saliva.

–          Acepto la venta de trajes antivirales – dijo mientras dirigía su mirada al suelo -, pero te advierto de que seguiré vetando cualquier propuesta de cambio de la constitución que trate de legalizar la venta de máquinas generadoras. Mientras mi partido importe, eso no sucederá jamás.

Tras los camiones desfilaba a pie un grupo de héroes de guerra. Éstos se detuvieron ante la tribuna de autoridades en posición de firmes. De acuerdo con el programa, Negocio y Hermano les impondrían varias medallas al valor y al patriotismo por sus recientes acciones en la reciente guerra contra el nopedrismo.

–          Vamos, Hermano – dijo Negocio mientras se disponía a bajar las escaleras -. Tenemos que poner unas cuantas chapas de AhorraPlus.

Hermano le acompañó. Abajo, un soldado anunció el honor que iban a recibir los veteranos allí presentes. Mientras clavaba una medalla, Hermano no podía quitarse un pensamiento de la cabeza.

“En otras circunstancias, estas medallas las hubiera puesto sólo yo”.

“Sólo yo”.

2

Bajo una inmensa P, el Hermano preclaro 31415 se dispuso a ceder la palabra la palabra al Hermano preclaro 27351.

El vigésimo quinto Cónclave pedrista había despertado una gran expectación dentro de todo el mundo pedrista. Según se había comunicado en todos los oficios a lo largo de la República, los hermanos preclaros, es decir, todos aquéllos a los que el gran misterio de la pedricidad había sido revelado, habían sido convocados al cónclave por el Hermano 27351 por un asunto relacionado con una “necesaria e importante rectificación en la interpretación de las escrituras pedristas”. La curia pedrista, poco proclive a comunicar la modificación de dogmas y menos aún a comunicar su intención en público con tanta claridad, había sorprendido a los fieles con dicho anuncio.

Las deliberaciones del cónclave se desarrollaban a puerta cerrada dentro de los gruesos muros del Gran Templo de Ciudad. Éste había servido de arsenal al ejército monteño durante la ocupación. Tras la liberación, los primeros preclaros que se adentraron en el templo comprobaron horrorizados que todo el arte sacro había sido destruido y sustituido por todo tipo de horripilantes símbolos de carácter nopedrista. No obstante, también observaron con alivio que el sello que comunicaba la sala principal con el sótano, oculto tras una gran estatua que antaño había sido de Anikilator y que ahora representaba al soldado monteño anónimo, no había sido profanado. Esto significaba que los secretos que permanecían ocultos bajo el suelo del templo habían sido preservados.

–          Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró Hermano 27351 de manera solemne -. Hermanos preclaros, nos encontramos aquí reunidos bajo el triángulo sagrado que el mismo 567 esculpiera hace muchísimo tiempo por un motivo crucial y solemne, y que fue salvajemente destruido por nuestros enemigos en fechas recientes. Su reciente reconstrucción, símbolo de nuestro renacimiento, nos contempla – dijo mientras señalaba un relieve que mostraba el rostro de Pedro Martínez inscrito dentro de un triángulo equilátero desde el que emanaban líneas rectas a modo de rayos de luz -. Hermanos, creo que hemos cometido un error a la hora de interpretar el papel del inductor de la gloria del pedrismo que se anuncia en las profecías. Como todos nosotros hemos observado con gran pesadumbre, la muerte de aquél que habíamos identificado con el Inductor, el infame Antipedro Primero, no ha traído, como nosotros esperábamos, la inmediata victoria del pedrismo. Por contra, durante los últimos meses hemos asistido a una pérdida de poder del pedrismo en el parlamento de la República, fruto de la gran pérdida de fieles sufrida durante la guerra. Como fuerza minoritaria en el parlamento ya no nos resulta posible formar parte de ninguna mayoría. Desde la independencia de Río Mos y la expulsión de los deterministas del parlamento, sólo quedamos dos partidos en el parlamento, por lo que ya no es posible crear alianzas desde la minoría. Si seguimos perdiendo fuerza de esta manera, llegará el día en que ni siquiera podamos vetar cambios constitucionales.

Los preclaros escuchaban a Hermano con gran seriedad y preocupación.

–          Estas realidades nos han hecho preguntarnos por el papel de las profecías que anunciaban la llegada del inductor. La magnitud de las atrocidades cometidas por Antipedro Primero hizo que este mismo cónclave identificara inmediatamente a dicho sujeto con el anunciado inductor de la gloria pedrista. Cabe recordar que la decisión de realizar tal identificación fue tomada en este mismo lugar por unanimidad. Sin embargo, los sucesos acaecidos desde el final de la guerra han sembrado de duda nuestros corazones. La claridad con la que las profecías se referían al Inductor, así como la manera en la que la cruda realidad desde el final de la guerra ha distado de lo que dichas profecías anunciaban, han hecho que muchos pedristas se replanteen su fe. Yo mismo recuerdo con gran pena y angustia el suicidio de mi aprendiz, que fue acompañado por el de otros muchos pedristas en toda la República que se preguntaban desolados por la futilidad de su sufrimiento durante la guerra. Mi propia moral se derrumbó durante aquellos duros días.

Como gesto de respeto ante las muertes y el sufrimiento de los pedristas suicidados, Hermano se acercó solemnemente a las estatuas de Kakakulo y Pedopís, también reconstruidas, e hizo una reverencia que fue acompañada por una breve oración de los preclaros. Después, volvió a dirigirse a ellos.

–          Por otro lado – continuó Hermano –, a los hermanos perdidos por la muerte se unen aquéllos a los que el incumplimiento de una profecía pedrista les ha llevado al desengaño y a abrazar otras creencias alejadas de la naturaleza de Pedro Martínez. Hermanos, asistimos con preocupación al nacimiento y proliferación de nuevas sectas paganas que crecen al aliento del clima de euforia, escepticismo y nerviosismo surgido en toda la República desde el final de la guerra, al cual también colabora la tensión belicista actual con Río Mos. Entre ellas, nos ha de inquietar por ejemplo el tierrismo, que promulga que Hogar es en realidad la Tierra y que, debido a un supuesto engaño de los sentidos, todos los habitantes del mundo nos vemos como seres idénticos, cuando en realidad todos somos diferentes y nunca hemos dejado de serlo. Sus miembros justifican esta aberrante y absurda visión diciendo que la soledad del modo de vida moderno de la Tierra, supuestamente impersonal, deshumanizado y orientado a tratar a todos los hombres como cifras anónimas para las que es imposible destacar sobre la masa, habría producido la falsa ilusión de igualdad total y simetría. No es ésta la única secta que amenaza el pedrismo. Existe otro grupo que promulga que la vida entera en Hogar es un sueño y que la naturaleza egocentrista de dicho sueño, que sitúa a Pedro Martínez como centro de todo, se debe a la falta de autoestima del individuo que lo sueña, Pedro Martínez. Según ellos, sólo existe un único hombre, que curiosamente es aquél al que trasmiten en cada momento su revelación, y todos los demás seríamos únicamente personajes de su extraño sueño. Les cito estas dos doctrinas porque son las que más frontalmente se enfrentan a nuestras más profundas creencias, pero existen otras muchas más.

Los gestos de preocupación de los preclaros eran patentes. Alguno de ellos mostraba verdadera tristeza y desesperación.

–          Una posible solución a estos problemas podría ser la de revelar el misterio de la pedricidad a todos los pedristas y a todo Hogar. Nuestros más estudiosos teólogos, algunos de los cuales están presentes en esta sala, han anunciado que el momento de dicho anuncio debe seleccionarse con mucha cautela, pues el conocimiento de la pedricidad máxima podría conducir, paradójicamente, a la desaparición de la iglesia pedrista como institución: Si todos saben que el universo es pedrista entonces ¿para qué esforzarse en el mantenimiento de su pedricidad por medio de sus ritos y costumbres, si en cualquier caso el universo seguirá siéndolo? ¿Para qué colaborar con nuestro esfuerzo con el mantenimiento de la iglesia pedrista, si es innecesario? Es por ello que los mismos estudiosos afirman que el anuncio debe realizarse únicamente en un momento en que la conciencia colectiva del planeta se encuentre drásticamente afectada por ciertos acontecimientos sobrecogedores y, a su vez, la coyuntura política permita a nuestra iglesia la obtención del poder. Sólo entonces la asimilación del misterio podría ser adecuadamente reconducida por medio de la educación hacia el cumplimiento de nuevos ritos que servirían para evitar nuevas amenazas. Como todos sabemos, hace poco tiempo creímos haber encontrado el momento adecuado para trasmitirlo, pero el momento se frustró de la terrible forma en la que todos los presentes en este templo conocen.

Los preclaros asistieron con la cabeza.

–          Por todos los motivos expuestos, parece que nuestra fe pasa por un momento muy amargo del que será difícil sobreponerse.

Entonces Hermano 27351 sonrió por primera vez en su discurso.

–          No obstante, queridos hermanos – dijo sin ocultar cierta excitación -, os traigo una buena nueva que pondrá fin a nuestras dudas.

Los preclaros murmuraron con excitación.

–          Hermanos – continuó –, las claras referencias del Libro Sagrado de Pedro al Inductor hacen indudable la identificación de éste con Antipedro Primero. Esto es innegable. No obstante, el Libro Sagrado afirma lo siguiente: ‘El Inductor atacará la Esencia de Pedro con toda la fuerza de su ira y desencadenará una gran destrucción. Entonces, la destrucción provocará el renacimiento de la Esencia y su gloria eterna’. Sin embargo, recordemos que en ningún punto del Libro se menciona que el inductor tenga que provocar el triunfo del pedrismo de manera inmediata.

Un preclaro interrumpió a Hermano.

–          Hermano preclaro – dijo mostrando cierta indignación –, si lo que pretende decirnos es que debemos esperar más, entonces sospecho que este cónclave que usted ha convocado es inútil. Las bases fundacionales de nuestra fe se cimientan en hechos directamente palpables, y siempre nos hemos enorgullecido de esta característica. Pedro Martínez está en todas partes, y esto es innegable. Sin embargo, parece que usted nos sugiere que el pedrismo se convierta en una religión de eterna espera en la que quepan las interpretaciones matizadas cada vez que una profecía del Libro no se cumpla de manera clara. No, hermano, no renunciaré a creer que el Libro dice la verdad sin necesitar extrañas contextualizaciones, ni retorcidas interpretaciones, ni complejas matizaciones. El Libro siempre ha dicho la verdad, y debe seguir haciéndolo.

Los presentes apoyaron con sus murmuraciones y comentarios las palabras del preclaro. Hermano 27351 volvió a hablar.

–          Y mantengo su postura, hermano – dijo -. Afirmo que el Libro anuncia con suma claridad lo que nos aguarda, aunque nuestros prejuicios nos impiden aceptarlo. Hermanos, observen las condiciones en las que ha llegado el fin del Inductor, es decir, de Antipedro Primero. Ahora, hermanos, recuerden las palabras con las que termina nuestro libro sagrado, en las que se enuncia la relación entre Pedro y Gran Pedro, entre el individuo anónimo y el Hacedor, entre el hombre y su creador.

Algunos presentes comenzaron a comprender las palabras de Hermano. Varios preclaros murmuraban entre ellos. Un presente se levantó de su asiento, visiblemente enfadado.

–          ¿Está usted sugiriendo que…?

–          Estoy sugiriendo que el inductor es Gran Pedro – dijo Hermano con solemnidad.

Las murmuraciones de los asistentes se convirtieron rápidamente en gritos de cólera.

–          ¡Herejía! – gritó un preclaro.

En medio de los gritos de los preclaros, Hermano trató de hacerse oír.

–          ¡Hermanos! ¡Todo encaja de manera sublime! ¡Analicen con detenimiento las circunstancias en las que murió el inductor! ¡Recuerden el Libro y entonces deducirán fácilmente el momento en que llegará la gloria del pedrismo! ¡Está escrito con suma claridad!

–          ¿Está usted loco? ¿De verdad cree que el pedrismo tiene que esperar ciento cuarenta y cuatro años para alcanzar la gloria? – gritó un preclaro.

La indignación de los presentes iba en claro aumento. Los preclaros se levantaban de sus asientos para increpar a Hermano.

–          ¡Está clarísimo! ¡Lean el Libro! – gritó Hermano mientras pedía calma con las manos.

–          ¡Hereje! ¿Cómo se atreve a identificar a un asesino, encarnación de Antipedro en Hogar, con el mismísimo Hacedor de Pedro? – gritó un preclaro.

–          ¡Blasfemia! – gritó otro.

–          ¡Este hombre que nos habla es Antipedro en persona!

–          ¡No es digno de estar aquí entre nosotros!

–          ¡Fuera de aquí!

Hermano 27351 no daba crédito a lo que estaba oyendo.

–          ¡Lean el Libro sin prejuicios! ¡Está muy claro! – gritaba mientras trataba de ocultar el creciente miedo de su rostro.

Los preclaros se abalanzaron sobre Hermano, al que tiraron al suelo. Éste trató de forcejear, pero resultó en vano ante la red de brazos que le rodeaba. Una vez que estuvo inmovilizado, los preclaros comenzaron a gritar el destino de Hermano.

–          ¡Expulsión! – gritó uno.

–          ¡Destierro! – gritó otro.

Hermano trató de emitir un grito, pero éste se convirtió en un ahogado aullido.

–          ¡Olvido! – gritó un tercero.

Un numeroso grupo de preclaros levantó a Hermano en volandas y comenzó a desplazarlo en dirección a la salida del templo.

3

A pesar del grave clima de tensión política existente, los dirigentes de Río Mos y la República se saludaron con suma cordialidad. Un año después de la muerte de Antipedro Primero, los ganadores de la guerra se reunían en Pueblo Tarao para celebrar el aniversario de dicho acontecimiento. De común acuerdo, decidieron que el acto se convirtiera en una exaltación de lo que les había unido durante la guerra, que era su rechazo al nopedrismo y al destructivo expansionismo monteño. Tras guardar cinco minutos de silencio por todos los que murieron en su lucha por la libertad, Martillo Noveno y Negocio Quinto retiraron la tela que cubría una estatua levantada en el centro de la Plaza Principal en honor del aviador Sexto Rasante, espía republicano cuyas copias habían sido asesinadas en masa en esa misma plaza. El monumento también recordaba al entonces Consejero de Seguridad de Montes Tarao, que colaboró con el infiltrado y corrió su misma suerte.

–          Siento la reciente muerte de Hermano 27351. Todos recordaremos su papel en nuestra victoria – dijo Martillo a Negocio.

Un mes antes, Hermano había muerto en una pequeña isla cercana a Costa Mamá. Se desplazó a ella inmediatamente después de que anunciara su retirada de la política. Ésta tuvo lugar en un momento inesperado, principalmente debido a la inusitada dureza con la que se enfrentaba por aquellos días al partido comercialista en el parlamento de Ciudad. En un breve comunicado, se limitó a argumentar problemas de salud debidos a su ya avanzada edad. Sus funerales, presididos por el nuevo líder del partido pedrista, Hermano 31415, tuvieron el rango de funeral de Estado, y el propio Martillo Noveno se desplazó a Ciudad para asistir.

El propio Hermano 31415 se encontraba ahora cerca de la estatua recientemente desvelada, si bien el protocolo lo había ubicado en un lugar ligeramente apartado que indicaba su papel de líder de la oposición, no de representante del Estado de la República.

El siguiente acto de la celebración era el desfile por la plaza de algunos veteranos de guerra de los dos bandos vencedores. Sin embargo, el acto central de la celebración vendría inmediatamente después.

El patíbulo en el que había muerto Pedro hacía un año permanecía en el mismo lugar de la plaza. De acuerdo con la sentencia dictada por el tribunal internacional que lo condenara a muerte, Pedro volvería a ser generado para ser ejecutado inmediatamente después, y el lugar de la nueva ejecución sería el mismo. Unos operarios se afanaban para subir una máquina generadora a la superficie del patíbulo. Esta máquina contenía el plano de Pedro que se había tomado exactamente un año antes, justo antes de su ejecución. Mientras los operarios terminaban sus preparativos, los veteranos que habían desfilado subían a una grada improvisada para ocupar los asientos con los que habían sido premiados, frente al patíbulo. Cuando las autoridades ya habían ocupado su lugar, un veterano fue invitado por un soldado a subir al patíbulo para tener el honor de activar la palanca que mataría a la nueva copia de Pedro.

Entonces, los operarios anunciaron que todo estaba listo. A una señal de un soldado, un operario pulsó un botón en la máquina generadora. Apareció una luz azulada.

4

“Ojalá todas las cabezas de todos los habitantes de este maldito mundo cupieran junto a la mía en esta soga” pensaba Pedro mientras una soga se apretaba contra su cuello.

Un operario pidió a Pedro que sonriera “para una foto”. El operario accionó un mecanismo en el extraño dispositivo de yogures y clips, y un haz de luz que contenía un plano completo de Pedro fue enviado a un receptor. Entonces, Pedro fue testigo de un prodigioso suceso.

De repente, el escenario cambió. Se encontraba en la misma plaza, pero la plaza había cambiado súbitamente de un instante para otro. Enfrente de él, junto al patíbulo, había surgido de la nada una grada llena de soldados. Kakakulo ya no estaba situado junto a la palanca de la horca, y en su lugar había un soldado lleno de chapas de AhorraPlus. A lo lejos, Pedro pudo ver lo que parecía una estatua aparecida como por arte de magia.

Entonces, un soldado pidió a Pedro que dijera sus últimas palabras. Pedro buscó con la mirada al Hermano 27351, pero extrañamente éste había desaparecido. De hecho, la tribuna de autoridades había desaparecido. Con un rápido vistazo encontró otra tribuna de autoridades en una ubicación diferente. En ella se encontraban Martillo Noveno y Negocio Quinto, pero no había rastro de Hermano. Todo era muy extraño. “¿Me quedaré sin ver la cara que pone ese maldito cabrón al descubrir que reniego de él y regreso triunfante al nopedrismo?” se lamentó con tristeza.

Entonces Pedro miró al soldado, y como única respuesta hizo su habitual saludo militar: “¡Muera Pedro!”. Estas palabras provocaron un revuelo de comentarios entre el público. “Otra vez lo mismo” creyó oír en uno de ellos. “¿Cómo es posible?” decía otro. Esto volvió a sorprender a Pedro, que esperaba que su manera de renegar del pedrismo sorprendería al público.

Entonces el soldado de las chapas activó la palanca. Mientras Pedro caía a toda velocidad por el agujero de la trampilla, por fin se dio cuenta de lo que ocurría. “Soy una copia” fue su último pensamiento.

5

Un año tras otro, Pedro fue generado e inmediatamente después ahorcado en cada aniversario de su primera muerte, tal y como dictaba su condena. Mientras los cambios sociales se precipitaban lenta pero inexorablemente en todo Hogar, la ejecución anual de Pedro se convirtió en toda una tradición que atraía a cientos de miles de personas a la Plaza Principal de Pueblo Tarao y sus alrededores. Cada año se reunían varios miles de veteranos de guerra y de supervivientes del exterminio alrededor del famoso patíbulo para ver morir a Pedro. La tribuna de autoridades se convirtió en un reflejo de los cambios políticos que se sucedían en Hogar: a los pocos años, ni Negocio Quinto ni Martillo Noveno se encontraban ya allí.

Si bien durante los primeros años la sensación del público al contemplar al mismísimo líder del mal era de trágica solemnidad y cierto terror, el paso del tiempo transformó la reacción de los asistentes en un no disimulado odio hacia el condenado. El hecho de que el condenado hubiera sido finalmente derrotado hizo olvidar lentamente el miedo que había infundido entre sus enemigos, y finalmente solo quedó el recuerdo de los actos que había cometido. Año tras año, la ira de los asistentes era cada vez más evidente. En una ocasión, justo después de que la figura de Pedro surgiera tras disiparse la luz azulada, los veteranos le lanzaron coliflores. Alguna alcanzó a Pedro en la cabeza. A pesar de que su impacto no resultó muy dañino para el condenado, la sensación de que el acto podría llegar a degenerar en un linchamiento público desagradó a los organizadores del evento, que reaccionaron instalando una mampara blindada que rodeaba toda la planta superior del patíbulo. Ésta sería utilizada por primera vez el año siguiente.

Debido a la manera en que la existencia de Pedro había removido la conciencia colectiva planetaria, la tradicional oposición de los dirigentes de Hogar a registrar la Historia se relajó en todo lo referente a la figura de Pedro y a la guerra que había provocado. Con el paso de los años, Pedro se convirtió en un mito para los jóvenes que no habían llegado a conocerle. Los que asistían a la ejecución anual solían hacer comentarios del tipo de “¡Es igual que en los libros!” justo después de que Pedro surgiera de la nada. Otros más mayores solían responder “Claro, es que es él”. Por otro lado, la manera en que la República modificaba la historia antigua de Hogar a su antojo hizo que algunos de los jóvenes que eran recibidos por primera vez en el parlamento de Ciudad salieran de él preguntándose si el mismísimo Antipedro Primero, personificación de todos los males del mundo, también era una mentira. Los veteranos de guerra se indignaron profundamente, y los políticos reaccionaron ordenando que todo el material audiovisual referente a la guerra se emitiera en televisión una y otra vez.

A medida que el número de ciudadanos que había vivido la guerra en primera persona se reducía con el paso de los años, el comportamiento del público durante cada ejecución fue transformándose. El odio hacia el condenado fue paulatinamente sustituido por el desprecio. El público comenzó a gritar la ya célebre frase “¡Muera Pedro!” exactamente en el momento en que el mismo Pedro la pronunciaba, justo después de que se le pidiera que dijera sus últimas palabras. Este hecho solía desconcertar gravemente al condenado, cuyo cuerpo caía por la trampilla inmediatamente después entre las carcajadas de los asistentes. Con el objetivo de que el grito del público se sincronizara completamente con el de Pedro, los que iban a asistir a la ejecución anual ensayaban juntos el grito desde unos días antes de la ejecución, reloj en mano.

En todas las ocasiones, Pedro percibía o creía percibir que el escenario de su ejecución cambiaba bruscamente justo después de que alguien le pidiera que sonriera para una foto. Antes de ese instante, se encontraba sobre el patíbulo original ante la atenta mirada de Martillo Noveno, Negocio Quinto y Hermano 27351. Justo después, pasaba a encontrarse muchos años después, aunque igualmente con una soga al cuello y a punto de morir. Pedro, inconsciente durante los primeros segundos de ser una copia e incapaz en cualquier caso de saber lo que había ocurrido durante las ejecuciones anteriores, no podía evitar despedirse siempre con la misma frase año tras año, ante la burla de todos.

Mientras tanto, algunos de los políticos más jóvenes comenzaron a afirmar que probablemente la guerra nunca había existido. Ante la indignación de los mayores, el mensaje caló en una parte de la juventud, que había sido educada para mostrar escepticismo ante cualquier tipo de relato histórico, incluso aunque muchos de los que hubieran vivido los sucesos relatados estuvieran todavía vivos. Mientras tanto, el proceso de banalización de la ejecución continuó inexorablemente, y la propia ceremonia de ejecución sufrió ciertas transformaciones. Personajes famosos comenzaron a recibir el honor de activar la palanca. Pasada la época en que dicha acción correspondía a veteranos de guerra, supervivientes del exterminio o políticos, llegó la etapa de los escritores, los artistas, los cantantes y, finalmente, los ganadores de concursos de televisión. En torno al lugar de ejecución se montaron puestos de comida rápida y una feria con atracciones. La ejecución de Pedro se convirtió en toda una manifestación cultural y turística de Pueblo Tarao.

Al cabo de muchos años, los cambios sociales y de mentalidad que estaban teniendo lugar en todo Hogar desembocaron en que las máximas autoridades políticas del planeta acordaran abolir la pena de muerte de la justicia internacional. Los ciudadanos de Pueblo Tarao protestaron enérgicamente, pues la ejecución anual de Pedro se había convertido en el mayor acontecimiento turístico de todo Hogar, y los ingresos que aportaba no pasaban desapercibidos en una ciudad que había evolucionado desde su antiguo carácter minero hacia el sector de servicios. El escepticismo en torno a la existencia de la guerra, fomentado por una parte de la clase política, había crecido notablemente. Esto enfadó mucho a los supervivientes de la guerra, que veían como algunos de sus vecinos jóvenes les hablaban de la “alucinación colectiva” de los mayores y cosas parecidas. Dicho escepticismo, lejos de hacer disminuir el interés por la ejecución de Pedro, aumentó más aún su leyenda, pues los escépticos habían llegado a desarrollar todo tipo de teorías acerca de quién era el individuo que era ajusticiado un año tras otro. Estas especulaciones habían sido enriquecidas por la acción de la distorsión popular hasta convertirse en variopintas y contradictorias leyendas. “Es el último alienígena, el último antiguo poblador de Hogar que queda vivo. Tomó nuestra forma para camuflarse entre nosotros. Logró manipular la mente de todos los habitantes de una generación entera para hacerles creer que hubo una guerra o algo así. Pero, a pesar de la confusión que provocó, logramos seguir celebrando la repetición de su muerte, que es la conmemoración de nuestra victoria” decían algunos. “Es el demonio, un ser maligno que debe ser eliminado todos los años como muestra de nuestra orientación hacia al bien. A pesar de estar atrapado, es un capaz de distorsionar nuestra mente para llenarla de mentiras. Debemos permanecer diligentes, debemos seguir por el camino recto” decían otros. El resultado era que, tanto los que todavía creían en la existencia de la guerra como los que no, mostraban un gran interés y curiosidad por aquel acontecimiento.

Un reducido grupo de empresarios del sector turístico, que había formado un importante bloque internacional de poder, presionó para que la ejecución Pedro pudiera seguir realizándose año tras año a pesar de la abolición de la pena de muerte. Aduciendo que la sentencia de condena a muerte era anterior a la abolición de esta pena, propusieron una fórmula que fue aceptada por los políticos y que hacía compatible el mantenimiento de la tradición con la ilegalidad de matar a cualquier ser humano en cualquier circunstancia. Para que Pedro pudiera seguir siendo ejecutado, justo antes de que la abolición de la pena de muerte entrara en vigor se mandó automatizar el patíbulo para que todos los años generara a Pedro y le colgara inmediatamente después de manera completamente autónoma. Para que nadie tuviera ninguna responsabilidad penal por la actividad que llevaba a cabo por dicho mecanismo, el día antes de la abolición se equipó el patíbulo automático con un panel solar que permitiría su funcionamiento autónomo sin necesidad de ser conectado a la red eléctrica general. De esta forma, nadie activaría nada, nadie sería responsable. El patíbulo automatizado generaría a Pedro automáticamente en cada aniversario, ya rodeado en su cuello por un cable en forma de soga. Al cabo de unos segundos, se abriría la trampilla. Para que Pedro no pudiera apartarse de la trampilla justo después ser generado, se levantó alrededor de la trampilla una nueva mampara trasparente. La máquina generaría a Pedro ya dentro de ella. Unos minutos después de que la trampilla se abriera, el mecanismo abriría automáticamente el cable, y cuando el cadáver de Pedro cayera al suelo, un operario pasaría a retirarlo. La ejecución de Pedro siguió celebrándose año tras año con el nuevo mecanismo automático.

En una de las ejecuciones que se celebraron durante aquellos años sucedió que, poco después de que Pedro surgiera de la nada, un anciano que llevaba puesta una gorra NP de soldado cabo saludó discretamente a Pedro desde el fondo de la plaza mientras levantaba el brazo. Los ojos del anciano estaban empañados por las lágrimas. Nadie entre el público se percató de la indumentaria del anciano, pues todos los presentes atendían ansiosos a lo que sucedía en la dirección opuesta. No obstante, el llamativo emblema de la gorra llamó la atención de Pedro, que se emocionó al comprobar que un veterano monteño leal de baja graduación había venido a despedirse de él a pesar del riesgo que podría correr por ello. Aquel año, el público congregado no consiguió averiguar por qué se habían visto unas lágrimas en el rostro de Pedro, cosa que no había sucedido en ninguna de las veces anteriores, ni volvería a suceder. No obstante, a pesar de la pequeña sorpresa, la multitud aplaudió rabiosa como siempre poco después, cuando el cuerpo de Pedro se balanceaba como un saco empujado suavemente por el viento.

6

Pasaron muchos más años.

En otro de los aniversarios de su primera muerte, Pedro volvió a surgir de la nada sobre la superficie del patíbulo con la soga al cuello. De nuevo, Pedro volvió a sentir cómo el escenario en el que se sentaban ante él los líderes que ganaron la guerra cambiaba repentinamente por otro escenario más moderno y sofisticado en el que dichos líderes habían desaparecido. No obstante, el cambio de escenario era en esta ocasión mucho más radical. Pedro observó con gran sorpresa que el público había desaparecido. Esto le desconcertó. Mientras el corazón le latía con fuerza, una voz metálica pregrabada le pidió que dijera sus últimas palabras. Ante la absoluta soledad de la plaza, Pedro dudó en hablar, pero poco después volvió a desearle la muerte a Pedro. Entonces, se abrió la trampilla y Pedro cayó por ella.

Su corazón se aceleró más aún mientras su cuerpo se desplazaba en caída libre. De repente, sus pies chocaron contra algo blando y su caída se frenó en seco. Mientras permanecía con los ojos cerrados y los dientes apretados, se sorprendió de poder sentir algo. Durante unos instantes se preguntó si acababa de entrar en el infierno de la religión pedrista. Con gran temor, se atrevió por fin a abrir los ojos. Entonces se dio cuenta de que no se había roto el cuello. Se encontraba bajo la plataforma del patíbulo. Seguía estando en la Plaza Principal de Pueblo Tarao. Seguía vivo.

Entonces Pedro decidió averiguar cuál era el objeto blando que había frenado su caída. Dirigió su mirada hacia abajo y sintió repulsión. Bajo sus pies se amontonaba una gran pila de cadáveres cuya caótica forma se asemejaba vagamente a una pirámide, y él se encontraba justamente sobre su cúspide. El hedor a putrefacción era insoportable. Entonces su repulsión pasó a convertirse en terror. Al observar las vestimentas de los cadáveres que se amontonaban bajo sus pies, vio que coincidían con las suyas propias.

“¡Soy yo mismo!” pensó con horror. “¡Esos cadáveres son de mí mismo!”.

Mientras temblaba, trató desesperadamente de entender lo que estaba sucediendo. Para evitar volverse loco, decidió descartar voluntariamente la posibilidad de que todo aquello fuera el fruto de su imaginación. Trató de concentrarse.

“Soy una copia. Por eso antes el escenario cambió de repente” pensó. Pedro recordó la sentencia de su condena a muerte. “Soy uno de esos Antipedros que serían generados y ejecutados en los aniversarios de mi primera muerte” pensó. Entonces decidió que esa peculiaridad no le afectaría en absoluto. Incluso en aquellos terribles momentos consiguió hacer uso de su habitual sentido práctico. “No creo que esté en una situación en la que pueda permitirme que los problemas de identidad me preocupen. Aunque en sentido estricto acabe de nacer, mis recuerdos me indican que sigo siendo la misma persona. Recuerdo lo mismo, pienso lo mismo y opino lo mismo. Dado que todo así me lo indica, decido que soy el mismo”.

Entonces intentó averiguar por qué existía aquella pila de cadáveres que se levantaba bajo sus pies. Encontró una posible explicación. “Estos cadáveres son el resultado de las ejecuciones anteriores” pensó. Miró el enorme tamaño de la pila. “Sin duda, esta pila es el resultado de muchos años de ejecuciones continuadas” pensó horrorizado. “Todos ellos murieron, y parece que nadie se preocupó de recogerlos. Por eso se han amontonado aquí abajo, justo debajo de la trampilla de la que cayeron, y por eso me han salvado la vida”.

“Entonces, ¿quién me ha generado y quién ha abierto la trampilla del patíbulo?” se preguntó desconcertado. “Quizá sea algún tipo de mecanismo automático” concluyó. “Quizás mi propia generación fuera provocada hace unos minutos por un mecanismo que se inició automáticamente con algún tipo de temporizador”.

Pedro intentó guardar el precario equilibrio que le mantenía sobre la cúspide de la pila. El cable que pendía de lo alto del patíbulo y todavía rodeaba su cuello no había llegado a tensarse porque el primer cadáver de la pila le había frenado unos pocos centímetros antes de que esto ocurriera. Si se resbalaba de la cúspide, entonces caería del montón y su destino sería aquél que estaba dictado desde un principio. Pensó por un momento en el primer cadáver de la pila. “No viviste por poco. Por poquísimo, me tocó vivir a mí” pensó.

Sintió que lo extravagante y terrorífico de aquella situación comenzaba a superarle.

No podía zafarse del cable que rodeaba su cuello porque sus manos permanecían esposadas a su espalda. Sintió verdadero pánico al darse cuenta de que estaría condenado a permanecer en pie sobre ese montón putrefacto todo el tiempo que sus piernas se lo permitieran y que, en cuanto éstas flaquearan, caería y el cable se tensaría. Entonces moriría de asfixia, y su muerte sería mucho más terrible que si se hubiera roto el cuello desde el principio. Sintió que el hedor a putrefacción procedente de los cadáveres comenzaba a producirle náuseas.

Se preguntó si todo aquello sería algún tipo de macabro espectáculo destinado a que durante unos instantes creyera que podría salvarse y que, después, se diera cuenta de que cualquier intento sería en vano. “Quizá algún chiflado haya querido darle algún tipo de significado alegórico al hecho de que trate desesperadamente de mantenerme de pie sobre una montaña formada por mis propios cadáveres. Quizá ahora mismo hay alguien riéndose detrás de esas ventanas” pensó mientras miraba primero hacia su antiguo palacio y después hacia el sorprendentemente reconstruido templo pedrista.

Entonces, el cable que rodeaba su cuello se abrió automáticamente y quedó libre. Mientras Pedro no podía evitar emitir un ahogado grito de alivio, observó estupefacto cómo algún tipo de mecanismo automático empujaba el cable hacía arriba y lo enrollaba en lo alto del patíbulo. Cuando el cable desapareció por el agujero de la trampilla, la trampilla volvió colocarse en su sitio y la plataforma superior del patíbulo volvió a quedar sellada.

Eufórico y emocionado, Pedro comenzó a descender del montón de cadáveres con mucho cuidado. La falta de manos con las que apoyarse hacía que se moviera con gran torpeza en aquel entorno blando y putrefacto. A cada pie que apoyaba, se oía el crujido de algún tipo de tejido orgánico putrefacto que cedía ante su peso. La presencia de vísceras hacía que todo estuviera resbaladizo. Todos los movimientos de Pedro eran lentos y muy calculados. “Después de la muy improbable secuencia de golpes de buena suerte que me ha salvado, resultaría absurdo e irónico que muriera resbalándome y estrellando mi cabeza contra el duro suelo de la plaza” pensó.

Por fin, Pedro alcanzó tierra firme. Observó que los cadáveres que se situaban en las posiciones más bajas de la pila, probablemente los más antiguos, se encontraban carcomidos hasta los propios huesos. “Durante la guerra lo vi prácticamente todo, pero jamás había visto un cadáver que hubiera sido consumido por la putrefacción de esta manera” pensó Pedro extrañado. “Tras mucho tiempo los huesos también se pudren, pero no de esta manera”. Pedro pensó que la violencia o agresividad de lo que estaba pudriendo esos cadáveres era sorprendente y desconocida para él.

Pedro dirigió su mirada al resto de la plaza. La plaza estaba completamente vacía, y no se oía ruido alguno salvo el viento. Durante unos instantes se detuvo a pensar que realmente había sobrevivido a la horca. Esto le produjo una súbita subida de adrenalina y una sensación de euforia. Entonces decidió que tenía que contener sus sensaciones. Aunque no entendía por qué la plaza estaba vacía, él era ahora mismo un prófugo de la justicia que se había escapado de su propia ejecución. “Debo evitar que nadie me vea” pensó temeroso. Echó un último vistazo al patíbulo y acto seguido comenzó a correr sin rumbo para alejarse de él. Sus manos seguían encadenadas a su espalda. Abandonó la plaza y, algo desorientado, se adentró en las calles de Pueblo Tarao.

7

Pedro se desplazaba agazapado por las calles de Pueblo Tarao. Agachado, corría con gran recelo para esconderse temeroso detrás de cualquier objeto del mobiliario urbano que pudiera servir para esconder su cuerpo. Cuando por fin comprobaba que ni se veía ni se oía a nadie en los alrededores, volvía a levantarse para correr en dirección al parapeto más cercano. Mientras corría desesperado, comprobó que la ciudad había cambiado mucho desde que él fuera su gobernante. La mayoría de los edificios que él conociera ya no existían y, en algunos lugares, de la antigua ciudad sólo quedaba el trazado de las calles.

En su aleatorio recorrido, Pedro no encontró a nadie. Al cabo de un rato corriendo solo por las calles, fue relajándose, y cada vez puso menos empeño en mantenerse oculto. Tras un rato más, llegó a la conclusión de que se había quedado absolutamente solo en Pueblo Tarao. Agotado por la carrera, se paró unos instantes para tomar aire y comenzó a caminar erguido. “¿Por qué no habrá nadie en Pueblo Tarao?” se preguntó intrigado. Sin duda, se había perdido demasiadas cosas durante los últimos años. De repente, una posibilidad más drástica se le pasó por la cabeza. “¿Y si no existiera nadie más en todo Hogar?”.

Ahora que había decidido que probablemente su vida no corría peligro en un plazo inmediato, Pedro se detuvo para pensar en qué debía hacer ahora. Sus manos seguían esposadas a su espalda. Pensó que debía encontrar como fuera la manera de abrir o cortar sus esposas. De no lograrlo, su sorprendente liberación podría revelarse inútil, pues con las manos atadas le resultaría imposible desenvolverse y, probablemente, conseguir comida. Su aparente suerte podría conducirle, después de todo, a una lenta muerte por inanición.

Mientras deambulaba preocupado, Pedro se dio cuenta de que su recorrido aleatorio le había devuelto de nuevo a la Plaza Principal. Trató de evitar el patíbulo con la mirada. Nervioso, comenzó a recorrer las calles aledañas en busca de algo que pudiera servirle para liberar sus brazos. Al cabo de un rato, en una calle que salía directamente de la plaza, Pedro encontró un taller. Se preguntó cómo podría entrar. Muy escéptico, se dio la vuelta para intentar girar el picaporte con sus manos. Entonces observó incrédulo que el picaporte giraba, y la puerta se abrió.

“Es muy extraño que esta puerta no estuviera cerrada con llave. Parece como si los dueños hubieran tenido que huir a toda prisa”.

Pedro entró lentamente en el taller. El polvo acumulado parecía indicar que el lugar llevaba mucho tiempo cerrado. Pedro tosió un par de veces. En la penumbra, comenzó a examinar el contenido del taller en busca de algo que pudiera resultarle útil. Observó que sobre la mesa del mostrador había una caja, y sobre ella una gorra de soldado NP. Esto llamó enormemente la atención de Pedro, que se acercó para mirar el contenido de la caja. La caja estaba llena de alambres de distintos grosores y longitudes. Pedro se dio la vuelta para intentar alcanzar los alambres con las manos. Al comprobar que su esfuerzo era inútil, tiró la caja al suelo con la cabeza y se sentó en el suelo mirando en dirección opuesta al montón de alambres caídos para poder manipularlos con sus manos. Repasó el grosor y la forma de cada alambre con los dedos. Tras escoger un par de ellos que le parecieron idóneos, tomó uno con cada mano y los introdujo simultáneamente en la cerradura de las esposas a modo de ganzúa.

Tras unos minutos de desesperados intentos, quizá incluso una hora, sonó un “click”, y las esposas se abrieron. Lentamente, Pedro sacó las manos de los aros que las oprimían. Por primera vez desde que, poco antes del amanecer (aparentemente, de aquel mismo día), un soldado le pusiera las esposas en su celda, Pedro podía mirarse las manos. “Míratelas bien, que las volverás a ver” dijo el soldado mientras se las agarraba y se las ponía a la espalda. El movimiento brusco del soldado le retorció uno de los brazos de tal forma que no pudo evitar emitir un aullido de dolor. El comentario del soldado y la reacción posterior de Pedro habían provocado la risotada de los demás soldados.

Mientras observaba que las esposas le habían dejado marcas en las muñecas, Pedro pensó con gran satisfacción que probablemente todos esos soldados habían muerto. Muy sonriente, se puso en pie y cogió la gorra de soldado NP. Se trataba de una gorra de cabo. Se la puso en la cabeza. Por primera vez en mucho tiempo, sintió verdadero orgullo. Se sentía exultante.

Buscó en el taller otros objetos que pudieran resultarle útiles. Encontró un cuaderno y un lápiz en un cajón, y los cogió. Al volver a salir a la calle, Pedro se percató de que, por fin, era libre.

Razonó que, si estaba en lo cierto al pensar que él era único superviviente en el planeta, entonces, después de todo, Montes Tarao había ganado la guerra, pues él sería el único superviviente de uno de los bandos y el pedrismo había sido eliminado por completo. De hecho, él podría ser la prueba viva de su victoria final.

8

En ese mismo momento, Pedro se dio cuenta de que tenía hambre. Después de tantos años en Hogar, Pedro no podía dejar de desear algunos manjares propios de la Tierra cada vez que sentía verdadero hambre. Como cada vez que eso ocurría, trató de borrar esos pensamientos de su cabeza, y centró sus deseos en el clásico bocata de chopped con el tradicional mordisco de Gómez y sus nutritivas babas.

Rápidamente, Pedro pensó que podría utilizar la máquina generadora de su patíbulo para generar comida. Era probable que la máquina generadora que usaba su propio patíbulo para generarle a él todos los años incluyera a su vez los planos necesarios para generar los cuatro alimentos de Hogar. Esto sería así si dicha máquina generadora era a su vez una copia de otra máquina generadora que incluyera dichos planos. Pedro no recordaba ninguna máquina que no incluyera los planos de los alimentos, pues, junto a la reproducción, la alimentación era el principal objetivo de cualquier máquina generadora de Hogar.

Por un momento, Pedro recordó el pánico que le producía el patíbulo y la repulsión que le producía la pila de malolientes cadáveres de sí mismo que se amontonaban justo debajo. Después decidió que en aquel momento su hambre superaba su rechazo, y comenzó a caminar con decisión hacia la Plaza Principal.

Al llegar al patíbulo, lo observó con detenimiento. Sobre la plataforma del patíbulo descansaba una máquina generadora que estaba conectada a otro dispositivo que le resultaba desconocido. “Debe tratarse del mecanismo que lo automatiza todo” pensó. “Éste ordena a la máquina generadora crearme cada año, activa la voz que me pide mis últimas palabras, abre la trampilla, espera unos minutos, abre el cable para que caiga mi cadáver, lo vuelve a enrollar y vuelve a cerrar la trampilla. Y así hasta el año que viene, momento en que supongo que pondrá el cable a la altura de mi cuello, lo cerrará, y acto seguido me volverá a generar”.

Con gran decepción, Pedro observó que no resultaría nada fácil acceder a la plataforma del patíbulo y a la máquina generadora que encerraba, pues toda la plataforma estaba rodeada por un grueso cristal que, a juzgar por su aspecto, estaba blindado. La única forma de acceder a la parte alta sería a través del agujero de la trampilla, pero el mecanismo ya se había ocupado antes de cerrarla.

Pedro decidió que la única forma de acceder a la máquina generadora requeriría destruir el blindaje superior, y para eso haría falta explosivos. Pensó que podría buscarlos en alguno de los polvorines secretos que utilizó su ejército durante la guerra; quizá alguno de ellos nunca hubiera sido descubierto. Sin embargo, para eso tendría que andar varios kilómetros, así que decidió que primero buscaría algunos restos de comida entre los edificios cercanos. Recordó que, durante su reciente caminata por Pueblo Tarao, había visto algún supermercado. Trató de recordar el camino y se puso en marcha. Al cabo de unos minutos alcanzó la tienda. Intentó abrir la reja que rodeaba la puerta, pero ésta sí estaba cerrada con llave. “Habría sido demasiada suerte” pensó.

Miró alrededor. Sus tripas comenzaban a protestar sonoramente por la falta de nutrientes. Decidió introducirse en alguna casa en busca de restos de comida. Encontró un portal cuya puerta no estaba cerrada con llave y se adentró en su interior. “Es curioso, ni siquiera cuando el poder de mi gobierno era máximo podía entrar en un hogar con esta misma facilidad” pensó Pedro. Después de varios intentos deambulando por la escalera y recorriendo varias plantas, encontró una puerta que no estaba cerrada con llave y entró en el apartamento. Se dirigió a la cocina, pero la nevera estaba vacía. Volvió a salir a la escalera. Probó otras puertas, pero las demás estaban cerradas. Entonces, decidió volver a salir a la calle. “Bah, no merece la pena” pensó decepcionado. “Aunque al final consiga encontrar alimentos, éstos estarán probablemente podridos. En tanto tiempo, las bacterias descomponedoras habrán hecho su trabajo. No me queda más remedio que buscar los explosivos”.

En ese momento sintió que su cansancio era aún mayor que su hambre, debido posiblemente a las fuertes emociones que había vivido recientemente. Decidió que, antes de salir en busca de los explosivos, descansaría un rato. Se sentó en el suelo sobre el bordillo de la acera, y entonces fue consciente por primera vez de lo extenuado que se encontraba.

Decidió tratar de relajarse pensando durante un rato en cosas que no tuvieran nada que ver con su futuro más inmediato. Durante unos instantes se dedicó a escuchar el viento. La posición de Pueblo Tarao, ubicada sobre una meseta, hacía que los vientos fueran muy habituales. No obstante, Pedro nunca había podido escucharlos con tanto detenimiento como entonces. A ratos el sonido parecía el de un silbido humano, y tomaba un tono que era similar al de una advertencia. Pedro recordó que el bullicio de la gran ciudad le había impedido detectar esos detalles en los viejos tiempos. Ahora, el silencio provocado por la ausencia humana resaltaba esos detalles. Al darse cuenta de que no reconocía los edificios que se apretujaban en aquella calle, sintió algo de tristeza. “Allí había una tienda de música. Había todo un estante dedicado a música patriótica” pensó con nostalgia. Sus recuerdos estaban muy vivos, pues para él apenas habían pasado dos meses desde que fuera encarcelado y no pudiera volver a ver las calles de su ciudad. Miró más allá, en dirección a un cruce de calles. Antaño, allí mismo se levantaba el museo dedicado a su persona. Los visitantes, grandes patriotas monteños, podían observar ciertos objetos que le habían pertenecido y que gustoso había donado al museo. Pedro siempre se sintió orgulloso de que aquel museo no hiciera referencia a nada que tuviera que ver con la Tierra o con las costumbres del deicisieteañero que la abandonara. “Ni Kakakulo, ni Val Hancín, ni Anikilator” pensó feliz. En la sala principal del museo, los visitantes observaban con veneración una papelera abollada a la que él había dado un gran valor sentimental. Nunca reveló el significado de aquella papelera, aunque el letrero que la acompañaba rezaba que “supuso para nuestro gran líder el comienzo de su cruzada contra el pedrismo organizado”. Hoy en día, el antiguo emplazamiento del museo era ocupado por dos edificios de menor tamaño: un pequeño templo pedrista en un pobre estado de mantenimiento y una tienda de ropa.

Entonces dedicó sus pensamientos a intentar buscar la razón por la que su proyecto de crear una mujer no fue posible en Hogar. De hecho, si hacía caso a la extraña historia que le había contado Hermano 27351 en su celda, ese proyecto tampoco habría tenido éxito hasta el momento en ninguno de los otros mundos poblados por Pedro Martínez, pues todos ellos estarían poblados únicamente por dicho individuo. Tomó nota mental de que, si le resultaba posible, algún día intentaría averiguar si toda esa historia era cierta.

Antes de eso, trataría de comprobar si realmente él era el último habitante vivo de Hogar. Razonó que, de ser así, la sociedad de Hogar debió entrar en algún tipo de decadencia fatal. Esta decadencia habría tenido lugar mientras él moría una y otra vez, inconsciente de lo que sucedía a su alrededor. Entonces se le ocurrió una posible explicación para esa decadencia que, en realidad, era un viejo miedo que había atormentado clásicamente a la República: quizás, a lo largo del tiempo, muchos habitantes de Hogar acabaron teniendo su propia máquina generadora, y eso supuso el fin de todo gobierno centralizado. El mundo se llenó de señores feudales que tenían su propio generador e impedían el comercio con sus interminables guerras y su minúsculo pedazo de poder absoluto sobre sus respectivos súbditos. El resultado fue la decadencia total del mundo. Pedro razonó que, de ser éste el verdadero motivo, entonces dicha crisis la habría iniciado, al fin y al cabo, él mismo. La razón era que su desmedida violencia contra los deterministas en sus tiempos de consejero de seguridad de Montes Tarao desencadenó, como reacción, la rebelión determinista en Ciudad y el posterior robo de máquinas que permitiría, finalmente, su independencia.

Después se le ocurrió otro posible motivo de la decadencia mundial: la bomba atómica, cuya investigación y desarrollo había desencadenado él mismo al iniciar la guerra y provocar a sus enemigos, habría acabado con todos los hombres de aquel mundo.

Entonces Pedro decidió que no importaba demasiado el motivo concreto de esa supuesta decadencia, pues quizás el problema se pudiera explicar de una manera general que justificase, si lo dicho por Hermano era cierto, la ausencia de variedad de Pedro Martínez en todos los mundos. Razonó que cualquier habitante que, como él, fuera tan poderoso y tan enemigo de la uniformidad obligatoria de Pedro Martínez como para iniciar el proyecto de la creación de una mujer, tendría una necesidad tan grande de cumplir su objetivo que su impaciencia le llevaría a desestabilizar inevitablemente el mundo. Sería fácil intuir que cualquier personaje así tendría realmente esa misma impaciencia, pues ésa era la impaciencia que él mismo sentía, es decir, la que habría sentido cualquier Pedro Martínez que hubiera deseado lo mismo y que se hubiera encontrado en la misma situación. Tras la grave desestabilización del mundo a la que darían lugar sus acciones, el mundo iniciaría una decadencia que haría que el proyecto de crear una mujer se volviera inviable.

Pedro pensó que, si la revelación de Hermano era cierta, entonces el ingrediente básico de todas las sociedades en el universo conocido era el mismo en todos los casos: Pedro Martínez. Por tanto, la evolución de todas esas sociedades solo podría diferir en las peculiaridades del entorno. Si era cierto que tales mundos existían, entonces la historia de todos ellos sería, probablemente, muy similar a la de Hogar.

Si la hipótesis de que él mismo habría desencadenado el fin del mundo era correcta, entonces la afirmación que le hiciera Hermano 27351, en la que anunciaba que él mismo sería una especie de inductor de la gloria del pedrismo, no tendría sentido. “Si por mi culpa hubieran muerto todos los habitantes de este mundo, y con ellos todos los pedristas, entonces ¿qué tendría mi acción de beneficiosa para el pedrismo?” se preguntó.

Algo más relajado, Pedro se preguntó intrigado la razón por la que los únicos cadáveres que había encontrado hasta entonces eran los de él mismo que se pudrían bajo su patíbulo. Resultaba extraño que no pudiera encontrar un solo cadáver de ninguna otra persona en ningún otro lugar. También resultaba extraño que algunos de sus propios cadáveres, concretamente los más bajos de la pila bajo el patíbulo, se encontraran consumidos hasta sus propios huesos, mostrando un proceso de putrefacción y degeneración de agresividad desconocida para él.

“Demasiadas incógnitas” pensó inquieto.

9

Pedro se percató de que llevaba sentado en la acera varias horas enfrascado en sus pensamientos. En ese mismo momento, notó que tenía calor y le dolía la cabeza. Intentando buscar una explicación a dicho malestar, recordó que su propio juicio y su ejecución habían tenido lugar poco antes de la habitual época de gripe anual. “Dado que mi muerte se ha repetido siempre en el aniversario de la primera de ellas, ahora mismo la época del año coincide con la de entonces. Probablemente me haya contagiado de la gripe anual de Hogar” pensó, algo contrariado.

Súbitamente, comenzó a sentir náuseas. Incapaz de contener la intensa arcada, vomitó con profusión. Los líquidos que expulsaba por la boca le salpicaban en el pantalón después de golpear en el asfalto. Ante su sorpresa, su vómito estaba formado fundamentalmente por sangre. Mientras el mundo daba vueltas a su alrededor, tocó el suelo con las palmas de las manos, y le pareció que el suelo estaba congelado. “Estoy ardiendo” pensó. Sus síntomas no le resultaban familiares a los de otras gripes anteriores. “Esto no es la gripe anual, esto es algo que no he sentido nunca”.

Mientras Pedro sentía el sabor de su propia sangre en la boca, similar al del hierro oxidado, se dispuso a ponerse de pie apoyando su peso sobre un brazo. Entonces oyó un chasquido y emitió un agudo alarido de dolor. Su brazo, literalmente, se había tronchado por la mitad al apoyarse sobre él. En medio de intensísimos dolores, Pedro observó un pedazo de hueso ensangrentado sobresalir de su propia carne. Logró levantarse entre intensos gritos al apoyarse sobre sus piernas. “Algo me está comiendo por dentro” razonó. Su pulso estaba acelerado. Notaba cómo su frente palpitaba al ritmo que marcaba una vena que le pasaba cerca de la sien. Simultáneamente, sentía frío. Mientras permanecía de cuclillas y el mundo daba vueltas a su alrededor más rápidamente, Pedro trató como pudo de mantener la cabeza despejada para intentar averiguar lo que estaba ocurriendo.

“El virus o lo que sea que tengo es mucho peor que la gripe”. Tras unos instantes razonó que eso que ahora sufría él era, probablemente, la misteriosa causa por la que habían muerto todos los habitantes de Pueblo Tarao, y quizás también los de todo Hogar. Desesperado, intentó buscar en su memoria algún recuerdo que pudiera valerle para entender aquella situación. El dolor le sacudía por oleadas. Durante los breves descansos que le ofrecía, se concentró en intentar recordar las cosas que le habían enseñado sus científicos durante sus largas conversaciones con ellos en el búnker de Villa Tarao.

“Los únicos virus existentes en Hogar son los que Pedro Martínez trajo de la Tierra. Por tanto, lo que me está matando tiene que ser una mutación de alguno de ellos. Probablemente, una mutación del propio virus de la gripe”. Entonces sintió una nueva punzada procedente de su brazo y gritó. Tras pasársele la oleada de dolor, Pedro trató de volver a concentrarse. Recordó que, de acuerdo a lo que le dijeron sus científicos, un ser vivo sometido a una gran presión ambiental tiende a sufrir mutaciones a lo largo de las generaciones. “Yo mismo introduje por primera vez la costumbre de defenderse de la gripe entre mi propio ejército. Después, durante mi propio juicio, vi que algunos civiles también habían comenzado a defenderse. Probablemente, tras unas cuantas generaciones, todos los habitantes de Hogar pasaron a cubrirse regularmente el cuerpo con algún tipo de traje antiviral para evitar contagiarse de la gripe”. Pedro comprendió que esta costumbre habría tenido fatales consecuencias. “Antes de que se implantara esa costumbre, el virus permanecía idéntico de un año a otro porque estaba perfectamente adaptado para invadir a Pedro Martínez. Después de que eso ocurriera, el virus perdió su adaptación, y la presión ambiental le obligó a mutar. Como resultado, la gripe mutó a una forma mucho más agresiva, mortal”. Entonces, razonó Pedro, la gripe pasó de ser una simple molestia anual para los habitantes de ese mundo a matar a toda la población. La completamente nula biodiversidad genética entre la población humana de Hogar hizo que el virus, que resultaba mortal para un individuo, lo fuera también para todo el resto de los individuos.

Pedro volvió a retorcerse. Notó que su cuerpo había alcanzando un umbral en el que era incapaz de enviarle señales de dolor aún más intensas, por lo que, paradójicamente, empezaba a tolerar las oleadas algo mejor. Volvió a concentrarse. “Entonces, tal y como sospechaba, yo mismo podría ser el responsable del fin de la civilización en Hogar. Mi idea de aislarnos radicalmente de la gripe acabó volviéndose letal” razonó. Ahora que por fin comenzaba a comprender la razón por la que Pueblo Tarao estaba muerto, se mostró más convencido que nunca de que, muy probablemente, también todo Hogar estaba muerto. Pedro pensó que, en el fondo, había algo de justicia en todo aquello. “Si no hubieran lanzado una bomba atómica sobre mis científicos, ellos podrían haber advertido del peligro. Yo mismo sólo he podido comprenderlo a posteriori, después de haberlo visto, y lo mismo le debió suceder a mucha gente en Hogar en cuanto todo ya había comenzado, en cuanto ya era tarde. Pero mis científicos estaban capacitados para predecirlo, y no pudieron hablar”.

A pesar de la satisfacción que Pedro sentía por sus recientes descubrimientos, las oleadas de dolor le devolvían periódicamente a la realidad. Sintió que las fuerzas comenzaban a faltarle. “Parece que yo acabaré de la misma manera” pensó mientras se miraba el hueso sobresaliendo de su brazo.

Al igual que el dolor le afligía por oleadas, el propio ataque que parecía estar destruyendo lentamente su cuerpo también parecía avanzar por oleadas. En aquellos momentos le empezó a dar una cierta tregua. A pesar de la fiebre alta, Pedro sintió que, en esos momentos, su única fuente de dolor era su brazo. Decidió que haría todo lo posible para entender lo que había ocurrido en Hogar antes de morir. Volvió a concentrarse en sus pensamientos.

Pedro se dio cuenta de que aquel terrible virus, aquel ser microscópico que habría matado a todos los habitantes de Hogar y ahora le mataba a él, había adaptado su forma completamente para atacar y matar a Pedro Martínez. Por tanto, para sobrevivir en el tiempo, el virus necesitaría de la existencia del único ser que le servía de sustento, es decir, necesitaría que existieran cuerpos de Pedro Martínez. Pedro pensó en la total ausencia de cadáveres en Pueblo Tarao. “No es posible que todos los habitantes de la ciudad huyeran antes de morir. Más bien al contrario, probablemente mucha gente de los alrededores acudió a Pueblo Tarao en busca de ayuda médica”.

Entonces recordó el extraño y extremo estado de descomposición de sus cadáveres bajo su patíbulo, y comprendió. “No quedan cadáveres porque ese terrible virus consigue comérselo todo. Su adaptación a Pedro Martínez y a sus tejidos es total. Por eso no queda nada” razonó. “Entonces, ¿por qué el virus sigue existiendo? ¿Por qué no se extinguió cuando el propio Pedro Martínez se extinguió de Hogar?” se preguntó.

Pedro se miró a sí mismo y comprendió. “Si hace muchos años que esos virus se comieron los cadáveres de los demás ciudadanos de Hogar hasta sus huesos, entonces el virus sólo puede sobrevivir año tras año gracias a los cadáveres de mí mismo que quedan bajo el patíbulo”. De acuerdo con el tamaño del montón de cadáveres que nadie había podido recoger, Pedro estimó que hacía décadas que los virus vivían con el único sustento de sus cadáveres. De repente, Pedro sintió una gran excitación. Después de todo, podría haber una salida a todo aquello.

10

Frenético, Pedro trató de recordar todo lo que sus científicos le habían explicado a lo largo de los años que pudiera tener algo que ver con los virus. Cualquier detalle podría ser primordial. Recordó que un virus era poco más que una simple cadena genética. “Los agentes externos como la luz o la temperatura tienen el poder de alterar esa cadena” recordó. “Sin embargo, los genes de una población de virus se mantienen más o menos estables de acuerdo al patrón original, pues cada virus se reproduce y se copia a sí mismo muy rápidamente, en general mucho antes de que dichos cambios puedan afectarle sensiblemente. Y las mutaciones que se producen en un virus antes de que éste se reproduzca no tienen efectos negativos a la larga sobre la población total de virus, pues la selección natural hace que se mantenga óptima la capacidad de la población para infiltrarse en el ser al que parasita”.

Pedro razonó que, no obstante, todo aquello podría cambiar si los virus no lograban entrar en contacto con el ser al que parasitaban y para el cual estaban completamente adaptados. “Si un virus no encuentra células para parasitar que le permitan reproducirse, entonces, a la larga, el virus desaparece. Mientras los factores externos alteran su estructura genética como siempre, la inexistencia de seres que parasitar hace que la selección natural deje de preservar la optimalidad de su forma. Entonces, dicha forma pierde su capacidad de penetrar en su objetivo. Es decir, los virus no necesitan morir para desaparecer. Basta con que la inexistencia de su sujeto objetivo haga que dejen de permanecer tal y como son”.

“Entonces”, razonó Pedro, “para acabar con el virus, los sujetos objetivo del propio virus tienen que dejar de existir, al menos durante un largo periodo de tiempo”. En su caso, pensó Pedro con gran excitación, un año completo. No podía estar seguro de que eso fuera suficiente. No obstante, Pedro comenzó a desarrollar una idea que se basaba en ello. Necesitaba que un año fuera suficiente.

Pedro razonó que, aunque probablemente él mismo ya estaba condenado, esos cadáveres de sí mismo que servían al virus de único sustento para reproducirse debían ser eliminados. “Si consigo que no exista ningún cuerpo de Pedro Martínez durante un año completo, entonces todos los virus que ahora mismo sobreviven gracias a mis propios cadáveres morirán o mutarán bajo la acción continuada de agentes externos durante un año completo, o al menos eso espero. Si realmente toda la población de virus está bajo mi patíbulo, entonces su población es muy pequeña. Es posible exterminarlos”. Pedro decidió que el verdadero motivo para exterminar al virus no era permitir su propia supervivencia, pues él ya estaba infectado y eso no tenía solución. El verdadero objetivo sería dar una oportunidad de supervivencia a algún otro Pedro que fuera generado automáticamente en el patíbulo en el futuro. “Esa máquina seguirá generando Antipedros Primeros un año tras otro. Alguno de ellos vivirá” decidió.

Volvió a vomitar sangre, y esta vez su vómito incluyó algunos restos sólidos. Esto le preocupó, pues estaba más decidido que nunca a que no se iría del mundo sin llevar a cabo su última tarea. Decidido a que el dolor del brazo dejara de interferir en su labor, tomó el valor necesario para tratar introducir el hueso en su sitio. Tras gritar como nunca lo había hecho antes y estar cercano a perder el sentido, hundió el hueso entre la carne y la sangre. Volvió a vomitar y trató de concentrarse como pudo. Decidió cerrar los ojos para evitar que la sensación de desorientación le atrapara.

Consiguió recordar su pensamiento anterior: “Para eliminar los virus que sobreviven sobre mis cadáveres, debo eliminar los propios cadáveres. No basta con apartarlos y llevarlos lejos. Por lejos que los lleve, los virus podrían sobrevivir en ellos, y el viento podría volver a traerlos al patíbulo. Hay que eliminar por completo esos cadáveres”. Pedro razonó igualmente que su propio cuerpo, ya infectado, también debía ser eliminado por completo. “Yo soy como cualquier otro cuerpo. También yo permito que el virus sobreviva. Por tanto, debo ocuparme personalmente de que mi cadáver desaparezca cuando yo muera”. Entonces, Pedro se dio cuenta de que, dado el lamentable estado en que se encontraba, jamás podría llevar a cabo las tareas que estaba planeando él solo. “No podré acabar con todos esos cadáveres yo solo”. Decididamente, necesitaba ayuda.

Sacó la libreta y el lápiz y comenzó a escribir una nota en la que explicaba al siguiente Pedro, es decir, al aquel que sería generado en el patíbulo dentro de un año, que debería quemar los cadáveres de sí mismo que se amontonaban bajo el patíbulo. Añadió también la instrucción de que debería igualmente quemar su propio cuerpo. Pedro razonó que la segunda tarea era igual de necesaria. “Yo mismo no podré eliminar todos esos cadáveres. Por tanto, en cuanto mi sucesor surja de la nada, éste quedará inmediatamente infectado por acción de los virus presentes en los cadáveres que todavía queden junto al patíbulo. Así que, cuando lea la nota que ahora escribo, su cuerpo estará también infectado, y estará tan condenado a morir como yo. De hecho, sólo aquel lejano sucesor que surja justo después de aquél que elimine el último cadáver será libre y podrá sobrevivir”.

La nota comenzaba diciendo: “La eliminación del grave mal que te matará requiere seguir las siguientes instrucciones al pie de la letra”. Los intensos dolores que sufría Pedro en ese momento hicieron que decidiera no perder el tiempo en añadir ninguna explicación adicional en la nota que estaba escribiendo. “Me queda poco tiempo y mucho por hacer” pensó. Decidió que no malgastaría su tiempo explicando la existencia del virus ni los motivos que le habían llevado a deducir dicha existencia. “No hace falta que explique nada” decidió. “Mis sucesores descubrirán todos esos detalles por sí mismos al cabo de un rato, en cuanto comiencen a sentir los primeros síntomas. En ese momento, llevarán a cabo exactamente los mismos razonamientos que he hecho yo mismo. Sin embargo, al contrario que yo, los llevarán a cabo mientras trabajan para lograr nuestro fin, no mientras permanecen sentados en una acera perdiendo el tiempo. Es inútil que cada uno de nosotros pierda el tiempo elaborando el mismo plan una y otra vez. Basta con que lo haga uno”.

La nota continuaba presentando las dolorosas instrucciones que debería cumplir aquél que las leyera: eliminar tantos de los cadáveres que se amontonaban bajo el patíbulo como fuera posible y asegurarse así mismo de que el propio cuerpo del que leyera la nota también fuera eliminado al morir. Después, la nota presentaba una prueba de que el autor del mensaje era él mismo, es decir, una prueba de que la nota había sido escrita por otra copia anterior de Antipedro Primero. Ésta consistía en incluir el último pensamiento que tuvo Pedro antes de que se le tomase la foto en el patíbulo: “Ojalá todas las cabezas de todos los habitantes de este maldito mundo cupieran junto a la mía en esta soga”. Finalmente, la nota pedía que la ganzúa y la gorra que se adjuntaban a la nota se dejasen junto a la propia nota donde estaban. La ganzúa, porque todos sus sucesores surgirían del patíbulo esposados a la espalda como él lo hizo. La gorra, para que sirviera de reclamo hacia la nota a los que vinieran después.

Entonces Pedro comenzó a caminar lentamente por la acera en dirección a la Plaza Principal. Cuando llegó allí, se dirigió hacia el patíbulo. La intensa sensación de mareo hacía que sus pasos fueran torpes e imprecisos. Tras evitar por dos veces caer al suelo, alcanzó la pared de la plaza que se encontraba más cercana al patíbulo, ubicaba bajo un amplio porche. Clavó un alambre en la pared a través de una fisura entre dos ladrillos, ensartó firmemente la nota en el alambre, y colgó la gorra en su extremo.

11

Pedro se apoyó en la pared mientras miraba hacia el suelo y apretaba los dientes. Escupió sangre un par de veces.

“Realmente no he vencido todavía. Mi lamentable estado y mi inevitable final hacen que, en justicia, no pueda considerarme el último superviviente de la guerra, y por tanto su vencedor. No obstante, ese maldito virus no me privará de alcanzar la victoria final. Me matará, pero me lo llevaré conmigo a la muerte, aunque me lleve cientos de vidas y muertes”. Entonces Pedro agarró fuertemente un cadáver con su brazo sano por un pie y lo arrastró fuera de la pila. “Aunque nadie pueda verlo ni apreciarlo, yo mismo daré ejemplo. No tengo fuerzas para arrastrar a más de uno, pero si todos llevamos al menos uno, cosa de la que estoy seguro, al final lo lograremos. Nuestro objetivo no es mantener la vida en este maldito planeta. Muy al contrario, creo que la extinción de vida es lo mejor que podría sucederle. No. Nuestro objetivo es ganar la guerra. Cuando uno de nosotros sobreviva definitivamente y no exista un solo pedrista, habremos ganado”.

Pedro pensó que él, al igual que todos los que vendrían después de él, sabía muy bien a dónde había llevar a los cadáveres para su eliminación: a la central de biomasa de Pueblo Tarao, lugar que él mismo había mandado construir durante su gobierno y a la que había enviado tantos pedristas durante la guerra. La central estaba situada en una colina a las afueras de la ciudad en Monte Tarao, a unos pocos kilómetros de la Plaza Principal. “Espero que el horno siga allí. La sentencia que me condenó a muerte también hablaba de mantener esos centros intactos para mi perpetuo escarnio histórico. Una vez allí, este cadáver que arrastraré y yo mismo tendremos el final que nos corresponde. Cuando lo logre, quedarán dos cuerpos menos que eliminar”. Usando uno solo de sus brazos y sufriendo intensos dolores, Pedro comenzó a arrastrar el cadáver en dirección hacia la calle que conducía a la central.

En el camino, cientos de veces se paró exhausto para descansar, y decenas de veces para vomitar. La fiebre y el dolor de cabeza se hacían insoportables. Deseaba con todas sus fuerzas que su brazo roto se le separara del tronco. Por un instante pensó que realmente sería una buena idea encontrar algún objeto con el que amputarlo. No obstante, después pensó que entonces correría el riesgo de desangrarse y morir antes de alcanzar su objetivo. Además, ese brazo también podría alimentar a los virus, por lo que también tendría que ser transportado y eliminado. Sin embargo, su único brazo libre estaba cumpliendo la ímproba labor de empujar un cadáver, por lo que no habría forma de cargar a la vez con el otro brazo. Por tanto, no le quedaba más remedio que aguantar los intensísimos dolores que le atormentaban.

Solo la sensación de estar llevando a cabo una labor trascendental le proporcionaba las sobrehumanas fuerzas que necesitaba en ese momento. Pensó en las condiciones excepcionales de su viaje: Entre grandes sufrimientos que le torturaban, un condenado a muerte cargaba como podía con un gran peso mientras continuaba su recorrido hacia la cima de un monte, donde moriría tal y como él mismo había escogido con el único objetivo de que su propia muerte sirviera para liberar a los que vendrían después de él. Entonces pensó que lo que él estaba haciendo en aquel momento trascendía su propia vida y elevaría su obra hasta la épica divina.

Se hizo de noche y otra vez de día. Hacía frío, y a ratos llovió. La lluvia disolvía las gotas de sangre que caían de su brazo y de su boca. Cuando por fin alcanzó la cima del monte, observó con gran satisfacción que la central seguía en su sitio, tal y como habían solicitado los que le condenaron a muerte. Mientras sentía una gran presión en el pecho que le impedía respirar con fluidez, Pedro siguió arrastrando el cadáver con su brazo sano, extenuado, hasta la entrada del recinto. Al llegar a la entrada, Pedro observó que había una taquilla y que, según parecía, se cobraba por entrar. Con el paso de los años, la central se había convertido en una especie de atracción turística. “Vaya, reconozco que eso no se me ocurrió: cobrar a los pedristas por entrar” pensó mientras sonreía con las escasas fuerzas que le quedaban. Pedro siguió arrastrando el cadáver hacia el horno, y lo introdujo a trompicones en su interior. Después se dirigió a los controles del horno. Mientras volvía a vomitar sangre, observó una inmensa batería junto a los controles. Deseó con todas sus fuerzas que no estuviera completamente descargada. Con un inmenso esfuerzo, se incorporó. Mientras sospechaba que se había fracturado una costilla, pulsó un botón, y el panel se iluminó. A pesar de los gestos de dolor que no conseguía reprimir, Pedro sintió cierto alivio al ver el panel en funcionamiento. Pulsó otro botón y se inició la secuencia de encendido. Mientras el horno se calentaba lentamente, Pedro se dirigió a su interior tirando del delgado hilo que le unía a la vida, y entonces cerró la puerta desde dentro. El cadáver que él mismo había empujado hasta allí yacía a su lado. Sintió que el creciente calor le reconfortaba. Después, mientras ya se abrasaba, sonreía cansado.

12

Pedro volvió a surgir de la nada. Entonces comprobó que todo el escenario que le rodeaba cambiaba súbitamente por el de una plaza completamente vacía y quedó muy sorprendido. Una voz pregrabada le pidió que dijera sus últimas palabras. Mientras trataba de encontrar a Hermano 27351 con la mirada, se limitó a desearle la muerte a Pedro en voz alta. Entonces la trampilla bajo sus pies se abrió y cayó sobre una pila de cadáveres. Tras unos minutos angustiosos, el cable que rodeaba su cuerpo se abrió automáticamente y quedó libre para bajar de aquella pila maloliente.

Cuando se disponía a huir corriendo de tan atroz lugar, vio una gorra de soldado NP colgando de una pared cercana coronada por un porche. Incrédulo, se acercó. La gorra pendía de un alambre, y en el mismo alambre había una nota manuscrita. Al identificar la caligrafía de la nota, se sorprendió enormemente. Más allá de las peculiaridades que resultaban completamente comunes a cualquier habitante de Hogar, había otros detalles en ella que eran propios del modo de escritura particular de Pedro. Se apresuró a leerla. Contenía unas extrañas y espeluznantes instrucciones relacionadas con un supuesto mal. Las instrucciones parecían directamente dirigidas a él mismo. Las últimas líneas de la nota, en la que se recordaba el último pensamiento que había tenido antes de que se le tomara aquella extraña foto en el patíbulo, trataban de corroborar la tesis de que aquél que la había escrito era otro superviviente del patíbulo como él, es decir, otro de los Antipedro Primero que vinieron antes que él.

Usó el alambre para liberarse de las esposas que le oprimían las manos y después dejó el alambre, la nota y la gorra donde los había encontrado, tal y como solicitaba la propia nota. Entonces trató de decidir si debía obedecer las demás órdenes de aquella nota. Ésta le invitaba a suicidarse en cierto horno crematorio, no sin antes colaborar en un extraño proceso de limpieza cadáveres. Por un momento pensó que lo lógico sería creer y obedecer a otra instancia de sí mismo que podría saber cosas que él no sabía. Al fin y al cabo, las motivaciones de aquel individuo deberían ser las mismas que las suyas, pues ambos opinaban igual. Después pensó en la referencia que había en la nota al último pensamiento que tuvo sobre el patíbulo. “Eso prueba que se trata de mí” pensó en un primer momento. Sin embargo, después desconfió y pensó que podría tratarse de algún tipo de trampa urdida por sus enemigos. Al fin y al cabo la nota le pedía, entre otras cosas, que se suicidase. “El pensamiento íntimo que ahí se escribe podría haberse obtenido a alguno de mis antecesores bajo torturas. Mi letra podría ser una imitación, y es fácil fabricar una gorra de soldado NP”.

Entonces decidió que ignoraría lo que ponía en aquella nota. Tenía hambre, así que comenzó a recorrer los alrededores en busca de alimento. Tras unas horas de búsqueda infructuosa, comenzó a sentir algo de fiebre. Un rato después, la agresividad de los síntomas hizo que descartara la gripe anual como causa de su malestar. Pensó en la nota y en la extraña circunstancia de que todo Pueblo Tarao estuviera vacío. Intentó averiguar para qué podría servir obedecer las instrucciones de la nota, y entonces comprendió lo que sucedía. Más rápidamente de lo que lo hiciera el antecesor que había escrito la nota, dedujo la existencia del virus letal mutado a partir del de la gripe, y entendió las razones del plan que se le proponía. Sin dudarlo, se acercó al patíbulo y comenzó a arrastrar un cadáver.

Mientras ascendía entre intensos dolores por la cuesta que conducía a la central de biomasa, vio pequeños restos de tela a lo largo de la carretera. Eran restos de su propio traje de preso, muy envejecidos por el paso del tiempo. “Esa tela se desgarró de los trajes de otros cadáveres al ser arrastrados por el asfalto. Otro u otros ya han seguido este camino antes que yo”. Al ser testigo del sacrificio de los que habían venido antes que él, sintió fuerzas renovadoras. En aquellos penosos momentos, las necesitaba.

Un rato más tarde, su cuerpo se asaba en compañía del cadáver que había empujado con tanto empeño.

13

Muchos años más tarde, como todos los años, Pedro volvió a surgir de la nada. Poco después, se abrió la trampilla y su cuerpo cayó al vacío. Su caída fue frenada cuando las puntas de sus pies chocaron contra una masa blanda, que se desplazó como efecto del choque. Al desaparecer su base, sus pies volvieron a quedar suspendidos en el aire. Mientras se asfixiaba, Pedro notó que seguía vivo y que no se había roto el cuello como esperaba. Presa del pánico, movió su cuerpo compulsivamente y comenzó a balancearse como mecido por el viento. Desesperado, trató de extender las puntas de los pies en busca de una nueva base. Entonces sus pies chocaron con algo y su balanceo se frenó bruscamente. En un equilibrio muy precario, las puntas de sus pies se apoyaban nuevamente sobre algo blando. Al no estar completamente suspendido sobre su propio peso, la fuerza ejercida sobre su tráquea descendió levemente. Esto permitió que pudiera pasar un hilo de aire hasta sus pulmones. Pedro apretaba su diafragma con fuerza para que el vaciado de sus pulmones aumentara la velocidad con la que el aire entraba. A pesar de la nueva fuente de aire, la cantidad de éste seguía siendo insuficiente. Su rostro comenzó a amoratarse. Tras unos minutos, la base que tocaba con sus puntillas comenzó a escurrirse. Entonces, la falta de aire le hizo perder la consciencia.

La recuperó unos segundos después, cuando el cable que sujetaba su cuello se abrió automáticamente y su cuerpo cayó rodando hasta el suelo por una maloliente montaña de extraña textura, a veces dura y a veces blanda. Fue el seco golpe de su espalda contra el suelo lo que le despertó de su letargo. Dolorido, amoratado y casi asfixiado, Pedro abrió la boca todo lo que pudo para tomar aire. La bocanada de fétido aire le produjo náuseas, pero su necesidad de aire era aún muy grande, por lo que continuó aspirando todo el aire que pudo mientras notaba su pulso muy acelerado.

Entonces observó la pila de cadáveres que le había salvado de vida. Trató de levantarse como pudo. Cuando lo logró, vio una gorra de soldado NP que colgaba de un alambre apoyado en una pared cercana. Se acercó, tomó una nota que colgaba del mismo alambre que mantenía la gorra y la leyó. Liberó sus brazos utilizando el alambre en el que se apoyaba la gorra y decidió ignorar la nota, dejándola junto a la gorra y el alambre. Tras unas horas caminando, Pedro notó unas sensaciones extrañas en su cuerpo, y tras unos minutos más decidió que obedecería a la nota. Regresó al patíbulo y se dispuso a tomar un cadáver de la pila.

Al separar un cadáver de la base a empujones, el resto del montón se desmoronó unos centímetros. Cuando lo observó, pensó en lo poco que le había faltado a él mismo para que sus pies dejaran de entrar en contacto con algo firme. Entonces se dio cuenta de que el plan de la nota tenía un error.

“Si dejo el montón de cadáveres tal y como está ahora, entonces mi sucesor que surja dentro de un año morirá, pues esta pila, de altura algo menor, no frenará su caída desde la trampilla. Si después su cadáver se amontona y se alinea correctamente con los demás tras ser soltado por el cable, entonces el sucesor de éste sí vivirá. Por contra, si no es así, quizá harán falta unos cuantos cuerpos, es decir, unos cuantos años más, para que el siguiente sucesor sobreviva” pensó Pedro. No obstante, lo que más le preocupaba no era la supervivencia de unos pocos de sus sucesores; al fin y al cabo, el virus que ahora atacaba su cuerpo condenaría igualmente a sus sucesores posteriores, y la implementación del plan de la nota conducía a la muerte en un horno crematorio. Lo que verdaderamente le preocupaba era el éxito final del plan, independientemente del número de sucesores que hicieran falta para terminar con el virus.

“Cuando cada uno de nosotros quita un cadáver de la pila para llevárselo, la pila se reduce sensiblemente, y si queremos tener éxito no podemos permitir que este proceso continúe sin fin. Si yo no evito que mi sucesor se rompa el cuello entonces, cuando al final el tamaño de la pila se vuelva a recuperar por la acumulación de los que mueran después de él, el siguiente sucesor podrá sobrevivir de nuevo. Pero entonces el mismo proceso volverá a comenzar desde el principio. Es decir, los que vengan después de dicho sucesor quitarán cadáveres hasta que la pila se vuelva insuficiente para el siguiente, y entonces el siguiente o siguientes volverán a morir hasta que la pila se recupere. Y esto ocurrirá, una y otra vez, para siempre. Si yo, que soy el último antes de que la pila sea insuficiente, no evito este problema, entonces ninguno de los sucesores que se encuentren exactamente en esa misma situación en el futuro se dará cuenta tampoco. Todos razonamos de la misma manera. Por lo tanto, para evitar que comencemos un bucle sin fin, debo solucionar este problema yo mismo”.

Pensó que la solución más segura consistía en atrancar la trampilla para que nunca llegase a abrirse. Después descartó la idea, pues entonces el siguiente Pedro quedaría encerrado para siempre dentro de la mampara blindada que rodeaba todo el patíbulo. Necesitaba una solución diferente. Salió de la plaza y se adentró en una calle con la intención de encontrar algo que pudiera valerle.

Entró en un portal y subió las escaleras en busca de algún apartamento cuya puerta no estuviera cerrada con llave. Encontró uno y entró. A pesar de los síntomas de la enfermedad que iban en aumento, sentía algo de hambre, así que se dirigió a la nevera. Para su sorpresa, ésta estaba abierta. Desgraciadamente, también estaba vacía. Decepcionado, Pedro decidió concentrarse en su labor y se dirigió al salón. Allí encontró un gran armario con una amplia base. Como casi todos los armarios en Hogar, era de metal. Dada la ausencia de vida vegetal e hidrocarburos en Hogar, el metal era el material habitual para construir muebles. Pedro empujó el armario fuera del apartamento y después, con gran dificultad, escaleras abajo.

Extenuado y febril, lo siguió empujando por la calle hasta que llegó a la plaza. Entonces abandonó el armario cerca del patíbulo y se subió a la cima de la pila de cadáveres. Allí retiró el primero de ellos a empujones y lo apartó de la pila unos metros. Volvió a subir a la cima y apartó el siguiente. Así, una y otra vez.

Los efectos de la enfermedad que lo mataba iban en aumento. Cansado, Pedro subía una y otra vez a la cima de la pila para apartar un cadáver más. Cada vez lo hacía más despacio.

Después de innumerables veces más, cuando la sangre de sus vómitos se mezclaba con la carne putrefacta de los cadáveres, por fin consiguió retirar el último de los cadáveres que se amontonaban debajo de la trampilla. Ahora los cadáveres se esparcían sin orden en el espacio alrededor del patíbulo. En ese momento, Pedro sentía como si su cuerpo pesara el doble de lo normal, y tenía mucho frío. Su fiebre era muy alta.

“Todavía no… No puedo morir ahora… Debo hacer una última cosa” pensó extenuado. Tras pararse una vez más para vomitar, se acercó al armario y comenzó a empujarlo en dirección al patíbulo. Una y otra vez lo intentaba, y una y otra vez paraba extenuado. En cada intento, apenas lo desplazaba unos centímetros. Debido a su esfuerzo y a la repentina debilidad de sus huesos, primero se le rompió un brazo, y después el otro. Al final, entre las intensas náuseas y un insoportable dolor de cabeza, comenzó desplazar el armario apoyando sobre él uno de sus hombros y haciendo fuerza con las piernas en dirección contraria.

Tras interminables intentos, el armario quedó colocado justo debajo de la trampilla.

“Ya está. Ahora el plan es correcto” pensó mientras se desplomaba junto a los demás cadáveres.

14

Pedro volvió a surgir de la nada. Poco después, su cuerpo caía sobre un armario. Este hecho sorprendió enormemente a Pedro. “¿Quién ha puesto esto aquí?” se preguntó extrañado. Trató de mantener el equilibrio sobre él, consciente de que se ahorcaría si cayera. Observó muy extrañado los cadáveres que se esparcían alrededor del armario. Tras unos minutos de angustiosa incertidumbre, el cable que rodeaba su cuello se abrió, liberándole. A pesar del inmenso alivio, la situación no era todavía sencilla: tenía que bajar de lo alto de un armario de unos dos metros de altura con las manos esposadas a la espalda.

Consciente de que de aquella situación no lo libraría nadie, trató de sentarse en la superficie del armario con las piernas colgando hacia fuera. De esta forma, reduciría la distancia de su caída. Después, se desplazó hacia delante para dejarse caer. Para su mala fortuna, hizo este movimiento con gran torpeza, de tal forma que su cuerpo giró sobre sí mismo hacia delante mientras caía. Mientras era consciente de que caería de bruces, trató instintivamente de extender sus brazos hacia delante, pero éstos permanecieron sujetos por las esposas que las oprimían. Su caída se frenó con el duro choque de su cuerpo contra el suelo de la plaza. Había caído sobre sus costillas. A pesar del miedo que le producía que alguien pudiera oírle, no pudo evitar emitir un grito de dolor. Al levantarse escupió sangre. “Parece que me he roto algo por dentro” pensó.

Entonces vio la gorra y leyó la nota que lo acompañaba. Su contenido le sorprendió más aún.

“¿Mal que me matará?” se preguntó mientras se abría las esposas con un alambre. Dejó la nota donde estaba y se miró el cuerpo. “El golpe ha sido brusco y doloroso, y es posible que incluso me haya roto algo, pero me parece muy exagerado que vaya a morir por ello…”. Se miró al estómago y sintió miedo. “No lo entiendo, el dolor es superficial…”.

Miró los cadáveres que rodeaban al armario. “Y sin embargo, todos esos son yo…”. Volvió a mirar el armario. “¿Todos ellos murieron por el golpe que se dieron al caer del armario?” se preguntó mientras meneaba la cabeza. “O sea, que todos ellos fueron igual de torpes que yo… Bueno, eso es lógico”.

Pedro se tocaba el pecho en busca de alguna anomalía, pero no encontró nada fuera de lo común. A pesar de ello, la nota y la presencia de los cadáveres era muy clara. Sintió algo de temor. Entonces volvió a mirar el armario. “Según la nota, la solución a este problema consiste en eliminar todos estos cadáveres y en eliminarme a mí mismo”. Esto era lo que le producía más incredulidad. “¿Qué tiene que ver eso con… algo?” se preguntó.

Sintió hambre y partió en busca de posibles alimentos en los alrededores. Al cabo de un rato comenzó a sentir fiebre. El mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas y vomitó. Estaba ardiendo. Temeroso, se dio cuenta de que todos esos síntomas parecían dar la razón a la oscura profecía de esa misteriosa nota. Se estremeció al pensar que su vida podía estar efectivamente en peligro. “Decididamente, me debí romper algún órgano interno o algo así”. Sintió miedo. Mientras se miraba el pecho con incredulidad, pensó que, después de haber sobrevivido a la horca, ésa era la muerte más estúpida que se le podía ocurrir. Regresó al patíbulo para volver a leer aquella nota.

Poco después los síntomas de su debilidad se hicieron extremadamente agresivos, y entonces llegó a la conclusión de que realmente iba a morir. “Así que todos mis sucesores murieron debido al golpe sufrido al caer de ese armario” razonó. “No obstante, la solución que propone la nota es absurda. ¿Para qué iba a eliminar esos cadáveres y mi propio cuerpo?”. Se dio cuenta de que la solución correcta a ese problema era, en realidad, extremadamente sencilla. “¿Y si busco otro armario más pequeño y lo pongo al lado de éste a modo de escalera?”. Convencido de que eso sí tenía sentido, salió hacia los alrededores en busca de algún objeto que le valiera.

Tras una intensa búsqueda por los apartamentos cercanos, encontró un mueble de metal macizo que le pareció adecuado. Al comenzar a desplazarlo se sorprendió de lo pesado que era. Mientras sentía intensas náuseas, lo empujó por las escaleras hasta que lo sacó a la calle. Entonces lo arrastró por la calle hasta la plaza y lo colocó junto al otro armario. Se detuvo para tomar aire y para observar todo el conjunto. “No puede ser que esto sólo se me haya ocurrido a mí. No lo entiendo. No soy más listo que los otros”. Entonces subió al armario pequeño y luego desde éste al grande. Se puso las manos a la espalda para simular estar esposado y trató de bajar al armario más bajo con la máxima torpeza que pudo. A pesar de ello, cayó correctamente a éste, y después de éste al suelo. “Sencillísimo” pensó.

Indignado, pensó que lo más surrealista de toda aquella situación era la absurda solución que la nota proponía para evitar que cada Pedro muriera de la misma manera. Furioso por las absurdas instrucciones de la nota, pero más furioso aún porque la sencilla solución que él había ideado le salvaría la vida a su sucesor pero no a él, se acercó a la nota con la intención de romperla. Cuando la nota ya estaba en el interior de su puño hecha una bola, se detuvo para pensarlo una segunda vez.

“No puede ser que esta solución se me ocurriera sólo a mí”. Una nueva arcada le hizo volver a vomitar. Esta vez había sangre entre los restos de su vómito. Lo absurdo de toda aquella situación le superaba. “Algo no cuadra” pensó mientras sentía la acidez de su garganta. “Tiene que haber algo que no esté teniendo en cuenta”. Miró la nota arrugada en su mano. “No puedo destruir algo que no entiendo” decidió mientras volvía a colocarla en su sitio. Se sentía ardiendo y las arcadas eran constantes. Miró el patíbulo y los cadáveres.

“Está bien” pensó. “El que venga detrás de mi no hará lo mismo que yo, pues las cosas ya no son iguales. Ahora hay dos armarios bajo el patíbulo en vez de uno, así que el siguiente bajará segura y cómodamente al suelo gracias a mi escalera. Él no se romperá nada al caerse, pues no se caerá. Si él entiende la nota, entonces que la obedezca él” pensó. Después se sentó en el suelo dispuesto a no moverse de allí.

Cuando los síntomas de lo que le mataba ya eran extremadamente ostensibles y dolorosos, se recostó en el suelo. Se dio cuenta de que su cuerpo comenzaba a oler como los cadáveres que había a su alrededor. Se lamentó de su absurda muerte.

15

Pedro volvió a surgir de la nada. Al cabo de un rato cayó sobre un gran armario. Un rato más tarde, el cable que rodeaba su cuello se abrió. Entonces bajó desde el armario sobre el que se apoyaba a otro más pequeño, y desde éste al suelo. A su alrededor se tendían varios cadáveres de sí mismo en diferentes estados de descomposición. Vio una nota junto a una gorra y la leyó. Al no sentir ningún mal, decidió no obedecerla, la dejó donde estaba, y comenzó a recorrer la ciudad. Cuando, poco después, comenzó a sentir los dolorosos síntomas de una extraña enfermedad que había contraído, pensó en la nota. Por inspiración de ésta, razonó que el origen de su mal debía ser un virus letal mutado a partir del de la gripe. Volvió al patíbulo y tomó un cadáver por los brazos. Comenzó a arrastrarlo por la calle que conducía a la central de biomasa de Pueblo Tarao.

Muchos años más tarde, como todos los años, Pedro volvió a surgir de la nada. Entonces repitió igualmente, como siempre, la misma operación, los mismos pasos. No obstante, esta vez el cadáver que trasladaba era el último de los cadáveres que quedaba junto al patíbulo.

16

Pedro volvió a surgir de la nada. Un rato más tarde, tras la habitual secuencia de miedos, dudas y sorpresas, se encontraba leyendo una nota. Ésta hacía referencia a un supuesto mal e invitaba a hacer algo con ciertos cadáveres y con el propio cuerpo, supuestamente moribundo, de aquél que la leyera. La gorra NP que acompañaba a la nota y una cita que contenía al final parecían indicar con claridad que la nota estaba destinada a él.

No obstante, Pedro no entendió a qué cadáveres se refería la nota. No había cadáver  alguno en torno al patíbulo. Tampoco sentía ninguna enfermedad. Ante lo absurdo de la nota, Pedro decidió ignorarla.

Comenzó a recorrer las calles de Pueblo Tarao. Para su sorpresa, la ciudad estaba completamente vacía. No consiguió entender la razón por la que no había persona alguna. “Debió suceder alguna horrible catástrofe” imaginó. Elaboró varias teorías que podrían explicar todo aquello. Todas ellas justificarían la misteriosa erradicación de la vida que había sufrido Hogar mientras él mismo moría en el patíbulo una y otra vez. Desgraciadamente, no tenía forma de comprobarlas. Lo que más le sorprendía era la total ausencia de cadáveres en la ciudad. “Si ocurrió una catástrofe, deberían quedar pruebas de ella, ¿no?” se preguntó intrigado. Para eso no tenía respuesta.

Al cabo de unas horas de inspección sintió hambre. En un primer momento, pensó en  la máquina generadora que le generaba a él mismo todos los años en el patíbulo. Muy probablemente, aquella máquina también podía generar los cuatro alimentos de Hogar. Desgraciadamente, la máquina estaba encerrada dentro del blindaje que rodeaba todo el patíbulo. Necesitaría explosivos para destruir dicho blindaje. Decidió que, por ahora, se limitaría a buscar comida entre las tiendas y los apartamentos de la ciudad. A pesar de su afanosa búsqueda, no encontró nada.

Mientras continuaba su infructuoso recorrido, pasó por una calle en cuyo asfalto se acumulaban cientos de pequeños restos de tela vieja. Algunos de los pedazos de tela parecían muy antiguos. Pedro se sorprendió enormemente cuando consiguió identificar el origen de aquella tela. “¡Son pedazos de mi propio traje de preso!” descubrió. Entonces se dio cuenta de que se encontraba en la calle que conducía a la central de biomasa de Pueblo Tarao.

“Parece que mis antecesores en el patíbulo, o más probablemente sus cadáveres, han sido arrastrados por el suelo una y otra vez por aquí” dedujo. Observó que el rastro conducía a la central de biomasa. “Otros que vinieron antes de mí cumplieron lo que pedía esa nota acerca de eliminar ciertos cadáveres. Y parece que esos cadáveres eran en realidad de mí mismo. Pero, ¿de dónde sacaron ellos los cadáveres? ¿Por qué yo no los veo?” se preguntó. Entonces se dio cuenta de que, posiblemente, le faltaban datos importantes para entender todo aquello. “Creo que ellos entendieron el mensaje porque vieron algo que yo no vi. Hasta que yo no vea eso mismo, no lo entenderé”.

Decidió que seguiría ignorando lo que había leído en la nota y continuaría su búsqueda de alimentos. Tras un rato más de búsqueda se dio cuenta de que, después de tantos años, sería imposible encontrar comida que no se hubiera descompuesto. Dedujo que su única fuente de alimentos era la máquina generadora. Entonces decidió que buscaría los explosivos que necesitaba entre los arsenales secretos que había utilizado su ejército durante la guerra. Éstos se repartían en los alrededores de Pueblo Tarao, en un radio de unos veinte kilómetros. “Espero que alguno de ellos nunca fuera descubierto” deseó. En un primer momento se le ocurrió que podría tratar de utilizar alguno de los vehículos que se encontraban aparcados desde hacía años en las aceras de la ciudad. Entonces observó que los carriles metálicos del suelo no trasmitían energía. “Tras años sin mantenimiento alguno, la red eléctrica se colapsó” dedujo. Decidió que, probablemente, alguno de los arsenales secretos que buscaba albergaría algún vehículo militar autónomo, pero no tendría más remedio que realizar la búsqueda a pie.

Durante los cinco días siguientes, Pedro recorrió caminando las carreteras vacías que rodeaban Pueblo Tarao en busca de los lugares en los que antaño se situaban los arsenales de explosivos de su ejército. Aunque la temperatura y el clima le acompañaron muy favorablemente, el gran esfuerzo físico y la falta de alimentos hicieron que el camino se le hiciera cada vez más pesado.

Caminando sin descanso, alcanzó una decena de los lugares en los que algún día hubo arsenales de su ejército. No obstante, los arsenales que antaño había ocupado dichas posiciones habían sido descubiertos y adecuadamente desmantelados hacía mucho tiempo.

Aunque bebía el agua de los ríos, su hambre se había convertido en un problema real. Poco a poco, comenzaron a faltarle las fuerzas necesarias para continuar su búsqueda. Las largas caminatas por aquellas carreteras solitarias se le hacían eternas. Deseaba con todas sus fuerzas encontrar algo que llevarse a la boca. Pensó en la comida de la Tierra. Después pensó en la comida de Hogar, y notó que, a pesar de ello, la saliva seguía inundando su boca. Decididamente, estaba muy hambriento.

Todavía quedaba otra veintena de posiciones más por explorar, pero su debilidad hizo que se replanteara la utilidad de continuar aquella búsqueda. Mientras caminaba por el asfalto de una de aquellas carreteras infinitas, decidió pararse durante unos momentos para descansar y, sobre todo, pensar. Se apoyó sobre una piedra cercana a la carretera. Aquel territorio era llano y anodino. Sintió el viento golpear su cara.

“Tiene que haber algún otro modo de abrir ese maldito blindaje” deseó. Tras unos minutos en los que no encontró ninguna alternativa, se incorporó y se dispuso a continuar. Sin embargo, justo en ese momento recordó aquella misteriosa nota. Por un momento sospechó que esa nota tenía algo que ver con todo aquello. Sus tripas protestaron sonoramente. Entonces comprendió.

“Ese mal al que se refiere aquella nota… el mal que me matará… ¡Es el hambre!” descubrió súbitamente. Entonces trató de utilizar su hallazgo para comprender el resto de la nota. “¿Por qué iba a solucionarse ese mal por medio de la eliminación de cadáveres, o incluso por medio de mi propia eliminación? Si sólo citara la primera de ambas cosas, entonces quizá se tratara de una invitación a que me los comiera… No, no puede ser… No soy un ave carroñera, así que mi estómago no podría digerir la carne descompuesta. Tiene que referirse a otra cosa…”.

Entonces pensó en todos los cadáveres que sus antecesores habían transportado misteriosamente hasta la central de biomasa de Hogar. Su delgada cara se iluminó.

–          ¡Ya lo tengo! – gritó al viento. Éste no le contestó.

“La central de biomasa permite extraer la energía liberada por la descomposición de los cadáveres” pensó. “Con la energía obtenida de esa manera se podría llenar una gran batería eléctrica. Entonces podría colocar esa batería junto al blindaje que rodea el patíbulo y cortocircuitarla. Si el voltaje fuera muy alto o la energía acumulada fuera suficiente entonces produciría una explosión… ¡y el blindaje quedaría abierto!”. Su corazón comenzó a acelerarse. Ahora, todo tenía sentido. “¡La nota trató de decírmelo! ¿Cómo pude no darme cuenta?” se lamentó.

“Por fin lo entiendo” pensó triunfal. “Cumpliendo las instrucciones de la nota, todos mis antecesores transportaron a la central todos los cadáveres que encontraron. Por medio de la acción conjunta desarrollada por cada uno de ellos, trataron de acumular la energía necesaria para llenar una de esas baterías. Primero debieron trasladar todos los cadáveres de los antiguos ciudadanos de Pueblo Tarao que encontraron por las calles; por eso no hay cadáver alguno en la ciudad. Cuando éstos se agotaron, comenzaron a trasladar los cadáveres de sus propios antecesores del patíbulo, los cuales habían muerto ahorcados o, tras librarse de la horca, de hambre. Cada uno de mis antecesores debió utilizar todas las fuerzas que tenía para trasladar cadáveres a la central, hasta que finalmente el hambre hizo que no pudiera más. Cuando cada uno de ellos observó que no había acumulado la suficiente energía, extenuado por la falta de alimentos y cercano a la muerte por la hambruna decidió obedecer la segunda instrucción de la nota y colaborar a la causa con su propio cuerpo. De esta forma permitiría que alguno de los sucesores, algún Antipedro Primero, lograra sobrevivir” pensó Pedro. Bajo los efectos del hambre atroz que le atormentaba, sintió que todo aquello cuadraba. Sintió que, después de todo, quizás se encontrara cerca de poder comer. “Quizás mi último antecesor que sacrificó su cuerpo aportó con dicho acto la energía que faltaba para llenar la batería hasta el nivel necesario. Quizá yo mismo pueda sobrevivir…”.

Con renovadas fuerzas, se dirigió hacia la central de biomasa de Pueblo Tarao. Allí encontró una batería. Se extrañó al verla conectada al horno crematorio en lugar de a la cámara de descomposición. Presa de su ansia, pasó el hecho por alto y se apresuró para comprobar el nivel de la batería conectándola a un instrumento de medición. Estimó que, de encontrarse llena o casi llena, podría servir para su plan y utilizarse como explosivo. Nervioso, se concentró en el instrumento medidor.

Entonces sintió una terrible decepción. La carga de la batería era inferior a una cuarta parte del total.

Su decepción se transformó después en desesperación. Definitivamente, moriría de hambre. Ya no le quedaban ni fuerzas ni ganas para continuar buscando explosivos por aquellas carreteras solitarias. Mientras sentía un inmenso cansancio, decidió que era imposible que alguno de esos arsenales siguiera existiendo.

Entre sollozos, tomó la firme decisión de que su muerte no sería en vano. Colaboraría con todos aquellos que eran iguales a él aportando a la causa común la poca energía que todavía se almacenaba en su cuerpo. Tomó la batería y se dirigió a la cámara de descomposición de la central.

Mientras caminaba cansado, por un momento se le ocurrió que podría ahorrarle algunas caminatas a sus sucesores si les advertía de que buscar explosivos era inútil y les mostraba claramente el verdadero significado de la nota. Después pensó que se encontraba demasiado cansado como para volver a bajar al pueblo, buscar algún lápiz, enmendar la nota que colgaba de aquella pared y volver a subir hasta la central. “Bah, todo eso es innecesario. Al final, todos ellos entenderán la nota al igual que yo mismo logré hacerlo.”.

Entonces decidió que era el momento de cumplir con su destino. Conectó la batería con la cámara de descomposición y después se arrastró dentro de la cámara. Consciente de que la puerta sólo se podía abrir desde fuera de la cámara, la cerró desde dentro.

Unos días después, Pedro se consumía definitivamente. No obstante, fue el hambre y el cansancio, y no una concentración muy elevada de bacterias descomponedoras, lo que le mató. Después de muchísimos años de desuso total de la central, dichas bacterias ya no ocupaban la cámara de descomposición. Las únicas bacterias descomponedoras que se encontró allí fueron las que su propio cuerpo transportaba sobre su piel desde que fue generado en el patíbulo. Como resultado, la concentración de éstas no fue la adecuada para provocar una invasión que fuera energéticamente eficiente. La degradación de su cadáver, básicamente fruto de la simple deshidratación de sus tejidos y de la rotura de sus membranas celulares, fue lenta e incapaz de desencadenar algún tipo de energía que pudiera ser captada por los mecanismos de la cámara. Tras su muerte, la carga de la batería permaneció inalterada.

Si bien su cuerpo apenas fue afectado por bacterias descomponedoras, el verdadero hecho singular fue que aquélla fue la primera vez que Pedro no fue infectado por virus alguno. Tras un año de ausencia total de cualquier resto biológico de Pedro Martínez en Hogar, el virus que había mutado hacía mucho tiempo a partir del virus de la gripe para matarle había, a su vez, muerto de hambre.

Mientras tanto, el undécimo arsenal secreto, siguiente en la lista de arsenales prioritarios de Pedro y primero que decidió no visitar, esperaba repleto e intacto.

17

Pedro volvió a surgir de la nada. Unos minutos después leyó una nota y decidió ignorarla. Tras buscar comida sin éxito, decidió que necesitaba explosivos para acceder a la máquina generadora de su patíbulo. Después de buscar en una decena de posibles ubicaciones, el hambre acuciante y el cansancio acumulado hicieron que se detuviera a tratar de encontrar una solución alternativa. Cuando ya se disponía a desistir en su búsqueda de opciones alternativas, recordó la misteriosa nota del patíbulo. Entonces decidió que por fin había entendido el significado de aquella nota. Muy excitado, se dirigió a la central de biomasa en búsqueda de una fuente de energía potencialmente explosiva. Tras observar con gran decepción que ésta no alcanzaba sus expectativas, decidió que le faltaban las fuerzas necesarias para continuar la búsqueda. Entonces se introdujo en la cámara de descomposición para colaborar en el proceso, aunque en vano.

Una y otra vez, Pedro volvió a surgir de la nada para repetir el mismo patrón. Los años en los que las condiciones climatológicas de la época posterior a surgir del patíbulo le acompañaron favorablemente, llegó a visitar diez antiguos arsenales antes de que el cansancio y el hambre le hicieran replantearse su búsqueda y, debido a ello, encontrara su solución alternativa. No obstante, hubo muchos años en los que las persistentes lluvias o un calor sofocante provocaron que se replanteara su búsqueda un poco antes, tras visitar sólo ocho o nueve de los lugares en los que podría encontrar explosivos. En un par de ocasiones, una ola de frío y unas lluvias torrenciales provocaron que concluyera su búsqueda tras sólo seis o siete. En una ocasión, la combinación de ambas condiciones hizo que desistiera tras sólo cinco.

Una y otra vez, Pedro corrió la misma suerte. Una y otra vez, la carga de la batería no aumentó ni lo más mínimo.

Una y otra vez…

18

Un día, el efecto acumulado del polvo, la temperatura cambiante y la humedad de las lluvias a lo largo de tantos años hizo que el texto de aquella nota que se sujetaba sobre un alambre clavado en una pared quedara muy débil, casi ilegible e imperceptible. Ese año Pedro volvió a surgir de la nada. Al bajar del patíbulo, se interesó como siempre por aquella nota. A duras penas consiguió leer su contenido.

A pesar de que la nota hablaba de cadáveres y de males que no existían, la manera en la que citaba un pensamiento que no le había contado a nadie y que había tenido hacía unos pocos minutos, antes incluso de que la máquina generadora le creara, le intrigaron. “Ojalá todas las cabezas de todos los habitantes de este maldito mundo cupieran junto a la mía en esta soga” citaba la nota con asombrosa precisión. Decidió que, aunque no cumpliría lo que allí se decía, trataría de preservar el contenido de aquella misteriosa nota.

Comenzó a buscar algo que pudiera ayudarle para mantenerlo. Encontró un lápiz y un papel en un taller cercano a la plaza. El lápiz era corto por haber sido muy usado antes, pero estaba en buen estado. Lo utilizó para copiar palabra por palabra el mensaje que contenía la nota en el papel nuevo. Entonces intercambió la nota antigua por la nueva. Por si la nota volvía a borrarse, dejó el lápiz junto a la nota. Así, él mismo o cualquier otro podrían evitar de la misma forma que aquella misteriosa nota se perdiera. Después comenzó a recorrer los alrededores en busca de comida.

Paso por paso, volvió a repetir las mismas acciones de los que le precedieron. Como siempre, comenzó su peregrinaje en búsqueda de explosivos. Como siempre, cuando el hambre le acució abandonó su búsqueda para implementar la idea alternativa que aquella nota le había inspirado. Como siempre, murió de hambre en una cámara de descomposición sin bacterias descomponedoras.

De igual forma, tras muchísimos años más, el mensaje volvió a quedar semiborrado por efecto del entorno. Cuando Pedro volvió a surgir aquel año, se dio cuenta del problema y utilizó el pequeño lápiz que adjuntaba a la nota para reescribirlo. Entonces transcurrieron muchos más años de la misma manera, el mensaje se volvió a borrar, y el Pedro que surgió aquel año volvió a restaurarlo de nuevo.

Así una vez, y otra, y otra…

Hasta que, un día, el lápiz que cada Pedro usaba para reescribir el mensaje cada muchísimas veces se agotó.

Muchos años después, el mensaje volvió a quedar semiborrado por acción del entorno. Entonces el correspondiente Pedro volvió a percibir, al igual que hicieran otras veces sus antecesores, que el mensaje no se leía bien y que debía repasarse. Dicho Pedro buscó un nuevo lápiz, pero tras una intensa búsqueda no lo encontró. Rebuscó intensamente en un taller que encontró, pero no halló nada. Entonces comenzó a sentir hambre, y decidió que su necesidad de comida era más imperiosa que la de mantener esa extraña e incomprensible nota. “Bah, todavía es posible leerlo. Aunque fuera cierto lo que dice y fuera a morir, aunque las instrucciones que incluye fueran importantes, no creo que éstas se pierdan para siempre por no copiarse justo ahora”. Entonces, salió en busca de comida y obró como sus antecesores.

19

Pedro volvió a surgir de la nada. Al bajar del patíbulo, vio una gorra de soldado NP colgada de un alambre. También había una nota. Usó el alambre para liberarse de sus esposas. Entonces se concentró en la nota.

Se lamentó de que el contenido de la nota fuera ilegible para él. Por más que lo intentó, no consiguió más que deducir algunas letras sueltas y ni una sola palabra. Le preocupó el hecho de que aquel papel pudiera tratar de decir algo importante, pero no tuvo más remedio que renunciar a descifrarlo. Decepcionado, se encogió de hombros.

Como no pudo leer cómo la nota le pedía que no se llevara la gorra, Pedro la tomó y se la puso. Pensó que ya no necesitaría el alambre, así que lo dejó donde estaba, y sobre él volvió a ensartar la inescrutable nota. Mientras se sorprendía de la asombrosa secuencia de casualidades que le había permitido sobrevivir al patíbulo, decidió que tenía hambre. Al comprobar que la máquina generadora estaba encerrada dentro de un blindaje, decidió que, por el momento, se conformaría con buscar alimentos en los alrededores de la plaza. Tras una infructuosa búsqueda, dedujo que su única fuente de alimentos era la máquina generadora. Por lo tanto, necesitaría explosivos. Entonces partió hacia los arsenales de su antiguo ejército.

Tras visitar los diez primeros sin éxito, se replanteó la utilidad de aquella búsqueda. Trató de encontrar alguna opción alternativa.

Después de pensar durante un rato, no encontró ninguna solución que le satisficiera. En aquel momento no encontró ninguna fuente de inspiración que le aportara nuevas ideas. Pensó en que aquella extraña nota que no había podido leer quizás guardara alguna relación con todo aquello. Desgraciadamente, no había logrado descifrarla. Al final, desistió de su búsqueda de alternativas y decidió que no había otra opción posible: su única posibilidad de conseguir alimento seguía consistiendo en encontrar los explosivos que escondió su ejército. Por tanto, tenía que continuar su búsqueda. A pesar del hambre y del cansancio, continuó su viaje y se dirigió hacia el undécimo arsenal.

La entrada de éste consistía en un pequeño pasadizo que se ocultaban entre unas colinas, lejos del pueblo más cercano. Al arrastrarse por él y acostumbrarse a la oscuridad, Pedro observó con inmensa alegría que sus tesoros permanecían intactos. Ante sus ojos se apilaban ordenadamente todo tipo de armas e instrumental relacionado. No encontró cartuchos de explosivos, pero halló una caja repleta de granadas. En una esquina de la sala se encontraba un pequeño vehículo blindado. Pedro se acercó y comprobó con gran satisfacción que su batería no estaba completamente descargada. “No es mucho, pero creo que llegará hasta Pueblo Tarao. Me ahorraré la caminata de vuelta” decidió con satisfacción mientras se frotaba las doloridas piernas con los brazos. Entonces agarró la caja de granadas y salió al aire libre. Dejó la caja en el suelo y tomó una granada. Le quitó la anilla y la lanzó lejos. Al cabo de unos diez segundos, la granada explotó sonoramente dejando un  pequeño cráter en el suelo. “Servirá” decidió con satisfacción. Entró en el arsenal para coger un rollo de cinta aislante. Descartó llevarse cualquier otra cosa y comenzó a palpar el polvoriento suelo con las manos. “Aquí está” se dijo cuando sus manos encontraron una cuerda que se extendía oculta por el suelo. Tiró de ella con fuerza y entonces un lateral de la sala se derrumbó con estrépito, abriendo una nueva salida al exterior. Agarró la caja de granadas con ambos brazos y se introdujo en el vehículo blindado. Tras sentarse en el asiento del piloto, lo puso en marcha y lo condujo al exterior del arsenal. Mientras recorría la carretera de vuelta a Pueblo Tarao, Pedro no podía ocultar su inquietud ante la posibilidad real de volver a comer.

Al adentrarse en las avenidas de Pueblo Tarao, se dio cuenta de que le resultaba raro no tener que pararse en los cruces cuando su calle no tenía prioridad. Poco después se acostumbró a no parar. “La nueva situación es que siempre tengo la prioridad. Vuelvo a ser prioritario” decidió con gran satisfacción. Poco después, detuvo el vehículo en la Plaza Principal y se acercó a pie al patíbulo.

Mientras observaba la estructura, trató de calcular cuántas granadas harían falta para hacer un agujero en aquella mampara blindada de tal forma que la onda expansiva no dañara a la máquina generadora que se encontraba encerrada en su interior. Echó un rápido vistazo a todo el conjunto. Entonces pensó que destruir la mampara era posiblemente una mala idea. “Si trato de hacer un agujero en la mampara blindada entonces posiblemente la mampara al completo se hará añicos y varios cientos de kilos de fragmentos de cristal blindado caerán sobre la máquina generadora”. Decidió que, en lugar de destruir la mampara, trataría de acceder a la máquina generadora abriendo un agujero en la plataforma metálica del patíbulo.

Pedro escaló la misteriosa escalera de armarios que se ubicaba bajo la trampilla del patíbulo y que había permitido que sobreviviera a la horca algunos días antes. Observó que desde el armario más alto era capaz de alcanzar la trampilla con el brazo extendido. “Volaré la trampilla” decidió. Miró la caja de granadas y decidió que tres granadas serían suficientes. Una a una, las pegó con esmero a la trampilla aplicando abundante cinta aislante. Metió tres de los dedos de su mano derecha en las tres anillas de las granadas. Respiró hondo y sacó las tres anillas de un único tirón. Mientras cargaba con un brazo la caja que contenía el resto de las granadas, se apresuró para bajar de los armarios.

Corrió para cobijarse detrás de una de las columnas del patíbulo. Dejó la caja de granadas sobrantes en el suelo. En ese momento contaba mentalmente hasta tres. “Un tiempo record” pensó.

Entonces palideció. Desesperado, comenzó a correr de vuelta hacia los armarios. En su frenética carrera, notó cómo la gorra de soldado NP se le desprendía de la cabeza.

“He colocado las granadas en la trampilla que se abre cada año para ahorcarme, pero la máquina generadora está muy cerca de aquel lugar” pensaba tremendamente inquieto mientras se afanaba en escalar los armarios. “Si las granadas explotan ahí mismo, destruirán la máquina generadora y moriré de hambre”.

Se apresuró para despegar la primera de las granadas.

Cinco.

Despegó la segunda. La cinta aislante se entremezclaba entre sus dedos.

Seis.

Despegó la tercera. Su mano era un manojo de dedos, cinta aislante y tres granadas.

Siete.

Giró su brazo con fuerza tratando de lanzar las granadas muy lejos. A pesar del aspaviento, éstas siguieron pegadas a su mano. Trató de despegárselas con la otra mano. El resultado fue que dos de ellas se adhirieron a su otra mano.

Ocho.

“Ya no hay tiempo” pensó desesperado. Pedro miró la superficie del armario bajo sus pies y se dio cuenta de que el extremo opuesto estaría algo más alejado de la trampilla y de la máquina generadora. Rápidamente dio un par de pasos por la superficie del armario hasta situar sus pies sobre el extremo opuesto.

Nueve.

Entonces pensó que incluso aquel lugar podría no estar suficientemente alejado. En un intento de alejarse más aún, inició un paso más hacia el vacío. Justo cuando su cuerpo se inclinaba peligrosamente hacia delante, extendió los brazos hacia arriba hasta que se apretaron fuertemente contra el techo, contra la plataforma del patíbulo. Esto frenó en seco su caída hacia delante y le dejó en una posición en la que sólo sus pies se situaban sobre el armario. Ahora sus explosivas manos tocaban la plataforma del patíbulo todo lo lejos de la trampilla que era posible.

“Espero que esto sirva al que me suceda” pensó mientras su corazón palpitaba con fuerza.

Diez.

Su cuerpo y una parte de la superficie del patíbulo explotaron a la vez con un gran estruendo. Los pedazos de su cuerpo cayeron al suelo. Justo después, numerosos fragmentos de piedra procedentes del recubrimiento que se extendía sobre la plancha metálica del patíbulo se desprendieron en masa y sepultaron sus restos mortales.

20

Pedro volvió a surgir de la nada. Extrañado, observó que, a unos dos metros de la trampilla donde se encontraba, había un gran boquete en el suelo del patíbulo. Entonces la trampilla se abrió y, para su sorpresa, sus pies cayeron sobre la superficie de un armario que se encontraba ligeramente inclinado. Se sentía eufórico por haber sobrevivido. No obstante, poco después comenzó a sentir gran preocupación por el cable que oprimía su cuerpo. Decidió observar su entorno en busca de algo que pudiera ayudarle. Se sorprendió de que el armario sobre el que se apoyaba se mantuviera en pie, pues uno de sus laterales estaba destrozado. Una esquina había reventado, y en el resto del lateral el grueso metal estaba abollado hacía dentro. Entonces observó que, en el lado opuesto al de los destrozos, había otro mueble más pequeño, aparentemente muy pesado, que evitaba su caída y le mantenía en aquel extraño equilibrio. “Qué asombrosa coincidencia” pensó mientras no daba crédito a lo que veía.

Comenzó a preocuparse muy seriamente por el cable que le rodeaba. Cuando unos minutos después el cable que rodeaba su cuello se abrió y se elevó en dirección hacia la trampilla, volvió a agradecer en silencio su increíble suerte. Entonces descendió desde el armario al mueble pequeño, y desde éste al suelo. A unos pocos centímetros de los muebles se levantaba un gran montón de cascotes. Justo sobre su vertical se situaba el boquete del patíbulo. Pedro dedujo que ése era el origen de los escombros. Junto al montón de cascotes había un gorra de soldado cabo NP. Esto sorprendió a Pedro más aún. Con gran orgullo, decidió cogerla y ponérsela. Jamás imaginó que el cadáver del último dueño de esa gorra yacía sepultado apenas a unos metros de él, oculto bajo esos escombros.

Miró a su alrededor en busca de nuevos extraños prodigios. Entonces encontró un papel que colgaba de un alambre que se encontraba ensartado en una pared cercana. Se acercó para mirar el papel.

Desgraciadamente, su contenido era ilegible. Entonces, se dio cuenta de que la verdadera utilidad de ese conjunto no residía en aquel extraño papel sino en lo que lo sostenía. Sacó el alambre de la pared y lo utilizó para liberarse de sus esposas. “¡Menuda suerte!” pensó.

En medio de aquel ambiente raro, pensó que lo único que le faltaba era algún tipo de arma con el que garantizar una huída segura de aquella plaza, así como algún medio de transporte. Entonces encontró una caja con granadas detrás de una columna del patíbulo. Mientras sonreía incrédulo, echó un vistazo a toda la plaza y halló un vehículo militar autónomo en el extremo opuesto de la plaza, aparentemente sin ocupante alguno. Entonces rió a carcajadas. Agarró la caja de granadas, se introdujo en el vehículo y emprendió la huída por las calles de Pueblo Tarao.

Tras unos minutos conduciendo por aquellas calles solitarias, intuyó que se encontraba solo en aquella ciudad, lo que le intrigó y le relajó a la vez. Decidió que tenía hambre. Recordó el patíbulo y el extraño boquete que contenía. “Por medio de ese agujero podría alcanzar la máquina generadora” pensó. Su suerte comenzaba a tomar un cariz surrealista. Regresó a la Plaza Principal y, tras situarse bajo el patíbulo, empujó los dos muebles unos metros en dirección hacia los cascotes para que le permitieran alcanzar el extraño boquete. Subió por ellos y después se encaramó por el agujero haciendo fuerza con sus dos brazos. Finalmente logró alcanzar la superficie del patíbulo.

Se acercó a la máquina generadora y pulsó unos botones. Tras aparecer una luz azulada, surgió de la nada un bocata de chopped. Observó que la placa solar que alimentaba la batería de la máquina había recolectado durante el último año mucha más energía de la que hacía falta para generarle a él. “Los que construyeron esto querían que ni el año más nublado de la historia me librara de volver a morir…” pensó. Entonces calculó que la energía sobrante de la batería le permitiría generar de una tacada alimentos para muchos meses. Mientras se llevaba el bocata recién generado a la boca, sintió que había algo de irónico en que pudiera alimentarse gracias a los frutos de su patíbulo.

“¡Qué fácil!” pensó mientras sonreía. Entonces comenzó a reírse a carcajadas. Las migas del bocadillo se caían de su boca. Tras casi un minuto riendo, se restregó los ojos con una mano para quitarse las lágrimas. “¿Habré muerto y subido al cielo?” se preguntó incrédulo.

“No entiendo nada, pero me gusta” pensó mientras seguía mordisqueando el bocadillo.

Publicado en capítulo de novela | 2 comentarios

Predícese el mundo: Capítulo VI

CAPÍTULO VI

1

Las puertas de la furgoneta se abrieron y la luz exterior entró como un fogonazo. Dos guardas entraron y empujaron a Pedro afuera.

La Plaza Principal de Pueblo Tarao era testigo de un acontecimiento histórico. El comienzo del juicio contra Antipedro Primero, dos meses después del final de la guerra, había atraído a Pueblo Tarao a varios millones de personas. Los gobiernos de Ciudad y Orilla Mos habían decidido responsabilizar de la guerra y juzgar únicamente al antiguo líder de Montes Tarao, e indultar al resto de altos cargos. Durante la guerra, con el objetivo de justificar el bombardeo de las poblaciones monteñas, la propaganda y la prensa de la República y de Orilla Mos habían demonizado a todos los monteños. Una vez terminada, las dos potencias ganadoras pasaron a mostrar el régimen monteño como el resultado de un individuo destructivo que había ejercido un poder despótico sobre todos los que le rodeaban, incluidos sus altos mandos, sobre los que las purgas con puño de hierro habían sido habituales. Por tanto, Montes Tarao habría sido dirigido por un régimen personalista que había subyugado a todo su pueblo. De esta forma se trataba de mostrar que el nopedrismo era el resultado de la locura de un sólo individuo y que esta doctrina, fruto de los delirios de un solo hombre, era injustificable y absurda como ideología colectiva. Los antiguos altos cargos de Montes Tarao aceptaron de buen grado esta versión de los hechos, y las potencias ganadoras esperaban que ésta se extendiera entre la propia población monteña, para que finalmente ningún monteño recordase o afirmase recordar haber sido nopedrista.

Más allá del cordón de seguridad que impedía el acceso a la plaza, la muchedumbre se apretujaba entre gritos y consignas. Al ver aparecer a Pedro, los gritos se hicieron ensordecedores. Cientos de coliflores volaron desde la masa en dirección hacia Pedro, pero ninguna alcanzó a recorrer ni la tercera parte de la distancia que los separaba de él.

Pedro observó con curiosidad que un gran porcentaje de los congregados tenía puesta una mascarilla en la cara. Se estimaba que en unos pocos días comenzaría la semana de gripe anual, y eran muchos los que habían decidido evitarla ese año. “Vaya, esos que tanto me odian están usando una idea mía” pensó Pedro. Recordó lo curioso que siempre le pareció que algo que era poco más que una simple cadena genética pudiera penetrar en todos los individuos y vencerlos. “Mientras tanto, yo mismo, con todas mis armas, fui derrotado” pensó con amargura. Pedro pensó que, entre los gobiernos ganadores, debía existir una cierta prisa por colgarlo antes de que llegase el parón productivo por la gripe anual.

Rodeado de la coraza de escudos antibalas que los guardias habían desplegado, Pedro pudo entrever los cambios que se estaban llevando a cabo en la plaza. El templo pedrista que él mismo vio arder hacía algún tiempo estaba siendo reconstruido y, a juzgar por el estado de las obras, a ritmo frenético. Entre los obreros que se afanaban en sus andamios, Pedro creyó ver a alguno de los que en su día había participado de su gloriosa y liberadora destrucción. También su antiguo palacio estaba siendo reconstruido, al menos el ala central. No en vano, éste sería el lugar en el que se celebraría el juicio contra él.

Pedro fue conducido al interior del edificio, donde dos largas filas de soldados republicanos y deterministas le tenían preparado una especie de pasillo que supuestamente era de seguridad, si bien posiblemente se tratara más bien de un pasillo de la deshonra creado para regocijo de los soldados integrantes. Pedro pudo observar muchas chapas AhorraPlus al valor colgando de los uniformes de los soldados, por lo que dedujo que la presencia en esa fila debía ser una especie de premio. Al final del pasillo se abría la gran sala que había sido habilitada para el juicio. Pedro fue conducido al banquillo de los acusados y fue obligado a sentarse.

Entonces un soldado anunció la constitución del tribunal para juzgar los crímenes de guerra de Antipedro Primero. El tribunal estaría formado por los republicanos Noveno Ingreso y Hermano 9127, así como por el determinista Destino Tercero. Los jueces entraron en la sala y el público congregado, formado fundamentalmente por periodistas y soldados, se puso en pie. Los dos guardias que custodiaban a Pedro hicieron un amago para levantar a Pedro, pero éste se negó. Se acercaron otros cuatro guardias y le levantaron por la fuerza. Cuando dejaron de agarrarle, Pedro volvió a sentarse. Un soldado se disponía a golpearle en el estómago con su fusil, cuando el juez Ingreso intervino.

–          No, soldado, déjele estar como quiera. El hecho de que un detenido no acate la autoridad de un tribunal no afecta la legitimidad de éste.

Entonces Pedro, la única persona sentada en la sala, comenzó a gritar desde su asiento.

–          ¡Malditos! – exclamó mientras miraba a Ingreso a los ojos y levantaba el puño – ¿Para qué montáis esta farsa de juicio? ¡Si vuestra legitimidad es la de las armas, matadme sin montar este circo!

Ingreso no se dio por aludido. Mientras Pedro gritaba, Ingreso sacó un papel y comenzó a leerlo.

–          Comienza el juicio de la Autoridad Militar Internacional de Montes Tarao contra Antipedro Primero…

Mientras Ingreso leía, Pedro seguía gritando.

–          ¡La única razón por la que soy yo el que está sentado aquí en lugar de vosotros es que vosotros ganasteis!

Destino se dirigió en voz baja a Ingreso.

–          Si persistiera en su actitud, podríamos desalojarle y continuar sin él…

Hermano 9127 intervino, también en voz baja.

–          No, debe permanecer aquí – dijo mientras miraba fijamente al acusado -. Ya se cansará.

Ingreso siguió leyendo en voz alta.

–          …por los cargos de genocidio, ruptura de la paz y crímenes de guerra…

–          ¡Yo no habría montado esta farsa! – interrumpió Pedro – ¡Os habría mandado fusilar sin más!

Ingreso vaciló durante unos instantes. Consciente de que cualquier interrupción sería una pequeña victoria del acusado, reanudó la lectura inmediatamente.

–          …según el código militar internacional creado ex profeso para la celebración de este juicio.

Ante estas palabras, Pedro comenzó a reírse sonoramente.

–          ¿Un código hecho para mi propio juicio? – preguntó Pedro – ¿Y qué pone? ¿Artículo 1: Antipedro Primero es culpable? ¿Para qué gastar más papel?

Ingreso ignoró el detalle y se dirigió directamente a Pedro.

–          ¿Cómo se declara el acusado? – preguntó Ingreso.

Pedro prolongó su risa durante unos segundos más. Después habló.

–          Podría declararme culpable y terminar rápidamente – dijo -. No obstante, dado que los señores de la prensa han venido a verme, creo que aprovecharé la oportunidad que me brindan para explicar mi causa a Hogar. Las próximas generaciones analizarán lo que yo diga en este juicio. Puedo afirmar, estoy completamente seguro de ello, que algún día el nopedrismo triunfará. Por tanto, me declaro inocente.

Las palabras de Pedro provocaron murmullos entre el público. Los jueces se miraron entre sí. Los gobiernos de Ciudad y Orilla Mos decidieron desde un principio que el juicio no debería convertirse en una apología del nopedrismo. Además, con el objetivo de facilitar la transición de todo Hogar, existía la clara intención de que el proceso no se prologara demasiado en el tiempo.

–          Está bien – dijo Ingreso -. El soldado jurista Hoz Cuarto será su abogado.

El aludido se levantó de una silla contigua al banquillo y se dispuso a acercarse. Pedro comenzó a reírse de nuevo.

–          ¿Un determinista? – dijo sonriéndose -. Esto es una burla…

Los jueces volvieron a mirarse. El código militar elaborado para el juicio impedía claramente que el acusado fuera defendido por un monteño. El juez Destino habló.

–          Si lo prefiere, el acusado puede defenderse a sí mismo – dijo.

–          No lo prefiero. Quiero otro abogado.

Los jueces callaron, estupefactos. Bajo su estrado, Ingreso ocultaba la copia del código militar que había recibido tres días antes desde Ciudad. Disimuladamente, miraba hacía abajo mientras pasaba páginas frenéticamente en busca de alguna referencia a posibles cambios de abogado. En ese momento, comenzó a sentir que preferiría estar en su villa de Costa Mamá que en esa sala. Mientras leía en voz baja, 9127 se dirigió a Ingreso y a Destino.

–          Lo que quiere es un abogado pedrista – dijo con voz grave.

–          Menudo hijo de puta – dijo Destino.

Ingreso seguía concentrado en su lectura furtiva. Después intervino.

–          Sí, puede hacerse…

–          Aceptemos el reto… – respondió 9127.

9127 llamó a un soldado y le habló al oído. Éste se dirigió al público y habló con un presente. Éste se levantó y se dirigió hacia el estrado.

–          Está bien – dijo 9127 -. Su abogado será el soldado Hermano 374512.

Pedro respondió.

–          Vale, el número no me importa – dijo mientras esbozaba una amplia sonrisa.

2

El fiscal exponía a la sala su alegato inicial mientras Pedro bostezaba. Todos los desaires de Pedro eran recogidos inmediatamente por los ávidos fotógrafos de la prensa, mientras que los jueces habían decidido ignorarle. Después de un rato escribiendo, Pedro mostró al público el resultado de su trabajo: un dibujo con una caricatura de los tres jueces.

–          Señores – continuaba el fiscal –, estamos hablando de una guerra que ha causado más de cien millones de muertos entre los ciudadanos de la República y de Río Mos. Y, no lo olvidemos, cada uno de esos individuos comparte con todos nosotros lo más íntimo: nuestra propia identidad. Todos ellos fueron nosotros durante muchos años. Durante los primeros días de sus vidas, todos ellos, todos nosotros, fuimos Pedro Martínez. Por eso, esas muertes deben dolernos especialmente, y no pueden pasar desapercibidas.

Pedro sonreía. El fiscal miró a Pedro con desprecio y continuó.

–          Es de destacar el contrasentido que supone la ideología maquinada e implementada por el acusado. El nopedrismo es una ideología basada en el nacionalismo radical. El nacionalismo promueve que los individuos se sientan completamente identificados con una tierra, con una patria, basándose únicamente en la ubicación física de la máquina generadora que les trajo al mundo. Este argumento es absurdo, pues la máquina generadora en la que cada uno de nosotros nace no depende de nosotros. No es una decisión nuestra, y no influimos en ella de ninguna manera. Por tanto, basar nuestro total amor u odio hacia otros semejantes en criterios de nacionalidad es basar dichos sentimientos en un factor completamente aleatorio. Es como si un individuo, al llegar a una determinada edad, lanzara un dado para decidir a qué vecinos de su bloque va a odiar y a cuáles va a amar, con cuáles se va a aliar y cuáles serán sus enemigos.

–          El nopedrismo no tiene nada de absurdo – intervino Pedro, levantándose por primera vez del banquillo. Varios flashes surgieron desde la zona del público -. ¡Unió a la gente contra el pedrismo, principal mal de este mundo!

Esta vez el fiscal ignoró a Pedro.

–          Es por ello – continuó – que resulta más absurdo y más atroz si cabe lo que el acusado inició: una guerra de exterminio contra algunos de los individuos de este mundo. Muy concretamente, contra los pedristas.

El fiscal solicitó permiso al tribunal para apagar las luces de la sala y proyectar unas diapositivas. Un soldado apagó la luz. Pedro se agitó ligeramente en su asiento. De manera instintiva, sus guardianes decidieron agarrarle fuertemente por los brazos mientras los fotógrafos hacían su trabajo. Entonces una pantalla de proyección se iluminó y el fiscal pulsó un botón. Surgió la imagen de una diapositiva. Mostraba una especie de instalación industrial.

–          Señorías, esta es una de las centrales de biomasa que Montes Tarao edificó a lo largo de todo el territorio que su ejército llegó a controlar. Estos lugares fueron verdaderos centros de horror y atrocidad. Los pedristas que eran capturados durante la guerra eran enviados a alguna de ellas. Estos centros estaban concebidos para extraer de manera natural la energía acumulada dentro de los hombres que eran enviados a ellos. Para ello, los pedristas eran hacinados dentro de una cámara sellada con una alta concentración de bacterias descomponedoras. La variedad de bacterias descomponedoras que están presentes en Hogar es notable debido a la poca higiene que tenía la casa de Gómez en el momento en que la estructura de Pedro Martínez fue captada y enviada.

El fiscal pasó a una nueva diapositiva.

–          Durante varios días – continuó -, el hambre, pero mucho más la sed, provocaba una gran agonía en los cautivos. Cuando las defensas de los individuos más desnutridos decaían, las bacterias comenzaban a decomponerlos. Este proceso comenzaba cuando todavía estaban vivos. Entonces, el calor producido por la reacción oxidativa de las células descomponedoras, debido principalmente a la descomposición de las moléculas de ATP de los tejidos de los cuerpos, era aprovechado para producir energía. Cuando la mayor parte de materia orgánica acumulada en las cámaras era consumida por las bacterias, los restos sobrantes de los cuerpos, fundamentalmente tejidos de descomposición muy lenta e improductiva como los huesos, eran introducidos en una segunda cámara cuya función era la simple eliminación. Se trataba, básicamente, de un horno crematorio. Una pequeña parte de la energía obtenida y acumulada en el primer proceso, el de descomposición, alimentaba los hornos. No obstante, el resto de la energía obtenida en dicho proceso era utilizada por el ejército monteño para generar nuevos soldados preparados para la guerra y totalmente equipados.

El fiscal pulsó un botón y surgió una nueva imagen. Mostraba los restos de cadáveres que se encontraron dentro de un horno. El juez 9127 murmuró una oración.

–          Es de destacar que este mecanismo de producción de energía no es muy eficiente, pues la descomposición de la materia orgánica provocada por las bacterias, aunque efectiva, es lenta. La energía acumulada en la materia orgánica se libera despacio cuando se extrae de esta manera, lo que resulta inútil para desencadenar procesos explosivos. Por lo tanto, no debemos olvidar que estos centros tenían otro papel no necesariamente secundario: el de exterminar a los pedristas. Es decir, el de llevar a cabo un genocidio – el fiscal se dirigió hacia todos los presentes. Después volvió a mirar al tribunal -. Señorías, ¿cómo es posible que el acusado ordenara a su ejército eliminar a sangre fría a millones de seres que eran idénticos a él mismo y a cualquier habitante de este planeta?

El fiscal guardó silencio durante unos segundos.

–          Es por ello – continuó – que debo solicitar la pena de muerte para el acusado.

3

–          El abogado de la defensa puede hacer su exposición inicial.

Pedro miró a 374512 con gesto risueño. 374512 se puso en pie y se situó en el centro de la sala. Miró a los ojos uno por uno a todos los miembros del tribunal, y después centró su mirada en Pedro. Se acercó a él.

–          Tú te escapaste de mis garras – dijo Pedro, sonriente -, ¿eh, pequeño acólito de Gran Pedro?

El abogado guardó silencio. Entonces, sacó su pistola reglamentaria y apuntó a Pedro a la cabeza. Este movimiento sorprendió a toda la sala. En particular, Pedro pareció muy gratamente sorprendido.

–          ¡Deténgase, abogado! – gritó Ingreso.

Varios soldados apuntaron sus fusiles a la cabeza del abogado.

–          ¡Tire el arma! – gritó un soldado.

–          ¡No puedo hacerlo! – gritó el abogado.

–          ¡Repito! ¡Tire el arma! ¡Es completamente innecesario!

–          ¡No puedo! – repitió el abogado.

–          ¡No se lo volveré a repetir!

El abogado quitó el seguro de la pistola. Entonces un soldado disparó su fusil. La cabeza del abogado estalló en múltiples pedazos. La sangre salpicó a Pedro en la cara.

La sala quedó en completo silencio.

Pedro sonrió. Estaba exultante.

–          Incluso desde el banquillo de los acusados del tribunal que me condenará a muerte consigo seguir matando pedristas – gritó triunfal mientras sacaba la lengua para chupar la sangre que le había caído cerca de su boca.

Los fotógrafos, frenéticos, comenzaron a retratar a Pedro, que permanecía sonriente con restos de sangre y sesos en su cara. Pedro cogió un pedazo de sesos que le había caído en la frente y lo mostró a los objetivos, orgulloso.

9127 se levantó de su asiento enfurecido.

– ¡Basta! – tronó, enfurecido – ¡En adelante, la sesión continuará a puerta cerrada! ¡Que todo el público abandone la sala! ¡Se suspende la sesión hasta mañana!

4

Pedro fue conducido a su celda. En lugar de cena, sus guardianes le propinaron una gran paliza. Al día siguiente, cuando la furgoneta que le conducía llegó a la Plaza Principal, Pedro salió de ella dolorido pero altivo. Se proponía mostrar sus moratones al mundo, pero observó sorprendido que esta vez no había público ni prensa alrededor de la plaza. Varios helicópteros sobrevolaban la plaza. Se oían gritos a varias calles de distancia. “Han ensanchado el cordón de seguridad para que nadie me vea. Parece que he causado un gran revuelo” pensó con orgullo. “Me tienen miedo”.

Nuevamente fue conducido a la sala del juicio, esta vez sin público. Para su sorpresa, el juez Ingreso ya no estaba en la terna de jueces. En su lugar, un nuevo juez se presentó.

–          Soy el juez Transacción Décimo Sexto. Sustituyo al juez Noveno Ingreso por una circunstancia extraordinaria.

–          Parece que han rodado cabezas por el espectáculo de ayer, ¿eh? – dijo Pedro, divertido – ¿He hecho caer el gobierno de la República? ¿Habrá elecciones anticipadas? ¿Tan fácil ha sido acabar con los políticos que ganaron la guerra?

Un soldado se acercó y le golpeó con su fusil en la cara. Pedro cayó al suelo, ensangrentado. Otros dos soldados le levantaron y le volvieron a sentar en el banquillo.

–          Acusado, no toleraremos más espectáculos – dijo Transacción.

En medio de un intenso dolor, Pedro se limitó a sonreír.

–          Ahora, por favor – continuó Transacción -, haga su alegato de defensa.

–          ¿No tengo abogado? – preguntó Pedro. Al abrir la boca, salió algo de sangre de ella.

–          Sí lo tiene. Es usted mismo.

Pedro volvió a sonreír.

–          Entiendo… Bien, trataré de hacer que entiendan mis actos durante los últimos años. Al fin y al cabo, considero que si todos hubieran entendido mis motivos, todos los habitantes de este planeta me hubieran dado la razón.

–          Permítame dudarlo – intervino el juez Hermano 9127 con cierto sarcasmo.

Pedro quedó sorprendido por la interrupción. Se dio cuenta de que, tal como había tratado de provocar el día anterior, la formalidad del juicio había desaparecido por completo. Paró un momento para escupir sangre y acto seguido continuó hablando.

–          Ustedes afirman que este mundo está poblado por seres exactamente iguales. Sin embargo, el reciente exterminio de pedristas es una prueba implícita de que eso no es cierto, pues existe un criterio según el cual determinados individuos fueron exterminados y otros no, es decir, existe un criterio de distinción. Verán ustedes, existen dos opciones con respecto a mi opinión sobre el pedrismo. O bien mi opinión es correcta, y el pedrismo es una doctrina absurda, aberrante y destructiva que debe ser eliminada, o bien no tengo razón. En caso de estar en lo cierto, mi cruzada habría estado justificada bajo el pretexto de salvar a Hogar de un gran mal. En caso de no estarlo, entonces yo mismo sería el ser aberrante que debería ser eliminado. Entonces yo, como una instancia más de Pedro Martínez, supuesto ser perfecto de innata bondad, soy la prueba viviente de la falsedad del pedrismo, pues un ser procedente del molde divino de Pedro Martínez debe ser un ser perfecto. Los pedristas divinizan a todos los individuos por su propia procedencia divina, pero yo, personificación del mal en sí mismo, no puedo ser divino o perfecto. Dios no podría no creer en Dios, pues entonces no sería perfecto y no sería Dios. En los dos casos que he considerado, que son los únicos casos posibles, el pedrismo es falso.

Entonces Pedro guardó silencio. 9127 habló.

–          Los argumentos del acusado – dijo – son falaces, pues el acusado olvida el papel colectivo de la perfección de Pedro Martínez. De la perfección del individuo surge la perfección del colectivo y esta perfección, suma de la perfección de todos los individuos, supera la de cualquier ser individual. Es por ello que hay que interpretar la perfección de todos los sucesos acaecidos durante la guerra de Hogar en su conjunto. La guerra en este mundo ha representado una lucha interna de Pedro Martínez, cuya mente se ha debatido entre el bien y el mal. El debate de esta mente global ha quedado representado por la lucha entre todas las instancias de Pedro Martínez en Hogar, es decir, entre todos los habitantes de nuestro planeta. Todo este mundo y su sociedad es una representación a gran escala de los pensamientos más profundos y de las potencialidades de Pedro Martínez. En esta lucha, ha ganado el bien. El pedrismo, tras el sacrificio y martirio de sus individuos, ha quedado reforzado. Hemos probado a Hogar no sólo nuestra victoria moral, sino también nuestra victoria social.

Los jueces Transacción y Destino dirigieron su mirada hacia 9127. Sus rostros mostraban cierto gesto de desaprobación.

–          El pedrismo no ha logrado una victoria global – indicó Pedro-. Habéis perdido unos cuantos millones de votos en las próximas elecciones al parlamento de la República. Han muerto muchos más pedristas que comercialistas, y esto se notará en el próximo parlamento de Ciudad.

–          No creo que esto tenga que ver con los temas que atañen a este tribunal – intervino rápidamente el juez Transacción.

Por un instante, 9127 pensó en comentar la futura propuesta del partido pedrista de redistribuir los escaños del parlamento de la República para dar más peso a las provincias tradicionalmente pedristas que habían sufrido las mayores operaciones de exterminio. Después recordó la oposición que había mostrado el partido comercialista ante la propuesta, y decidió callarse. “Ese maldito nos está poniendo de nuevo en ridículo” pensó irritado. Entonces decidió cambiar de tema.

–          Las aberrantes ideas del acusado – dijo – han tenido consecuencias terribles para todo Hogar. El acusado convirtió su locura personal en nuestra pesadilla colectiva.

–          Su visión miope y partidista le impide ver la realidad – respondió Pedro -. Fue la locura colectiva la que causó mi pesadilla personal. Un mundo poblado por individuos exactamente iguales es un mundo que no merece la pena ser vivido, pues es un mundo de agobiante soledad. La mera posibilidad de eliminar o apaciguar esa condición exaltando nuestra diferencia era lo único que mantenía mi deseo de vivir.

Los ojos de Pedro estaban vidriosos y febriles. Tras unos segundos de pausa continuó hablando.

–          Sé que la sentencia de esta parodia de juicio, mi condena a muerte, está decidida desde un principio. Si los pedristas tienen razón, entonces cuando muera iré al infierno para expiar todos mis pecados contra el pedrismo y contra mi propia naturaleza pedrista. No obstante, según la propia religión pedrista, el infierno es un lugar exento de la perfección de Pedro, es decir, es un mundo plural. Para mí ese mundo sería un verdadero paraíso en el que se cumplirían todos mis anhelos. Por tanto, si los pedristas tienen razón, entonces ejecutándome me harán un gran favor. Por el contrario, el paraíso pedrista, lugar de unicidad pedrista total, sería para mí un verdadero infierno.

Pedro miró fijamente a cada uno de los miembros del tribunal.

–          No tengo absolutamente nada más que decir – añadió.

5

Tras el discurso de Pedro, el tribunal quedó en silencio. Al final, el juez Destino habló.

–          Está bien, se suspende la sesión. El caso queda visto para sentencia. Este tribunal volverá a reunirse dentro de diez minutos para comunicar la sentencia.

–          ¿Y por qué no ahora mismo? – preguntó Pedro – No hay prensa que pueda quejarse de ninguna anomalía, así que podrán irse antes a sus casas.

Los tres jueces se miraron entre sí y se encogieron de hombros. 9127 había comenzado a sentir una verdadera irritación por la arrogancia de Pedro. Se apresuró a hablar.

–          Vale, ningún problema – dijo 9127 sonriendo -. Se considera al acusado culpable de todos los cargos y se le condena a morir en la horca mañana al salir el sol. Además, se ejecutará nuevamente al acusado cada año en el día del aniversario de su primera muerte, hasta que sus muertes igualen a las de sus víctimas. Para que eso sea posible, se tomará el plano del acusado antes de ser ejecutado, y cada año se generará una copia de él, que será colgada inmediatamente después.

Pedro no pudo ocultar que la sentencia le sorprendió, aunque le pareció algo ridícula.

–          ¡Eso es absurdo! – protestó – Salvo la primera vez, los demás individuos que serán ejecutados no serán yo mismo, sino una copia mía. Es cierto que todos ellos serán seres idénticos a mí en todo lo físico y, por tanto, en el contenido de su cerebro. Es cierto que todos ellos recordarán lo que yo recuerdo y pensarán como yo lo hago. ¡Pero no será mi consciencia la que sienta esos cuerpos ni la que los gobierne! ¡Al castigarles, no me estarán castigando a ! Pensemos en cualquiera de los Pedro Martínez de diecisiete años que son generados diariamente en Hogar con el mismo cerebro, los mismos recuerdos y los mismos pensamientos. ¿Acaso hay una única consciencia común que siente y gobierna todos ellos? ¿acaso hay una única consciencia que nos siente y gobierna a todos los habitantes de Hogar? ¿alguno de ustedes siente dos o más cuerpos a la vez? – preguntó sin ocultar cierto tono de burla. Nadie contestó -. ¡Todo esto es una idiotez! ¡Todas esas veces que ejecutarán una copia mía, no será a mí a quien castiguen!

El juez Transacción se apresuró a responder a Pedro.

–          Tiene razón en sus argumentos, pero nada de eso importa – dijo -. Lo que importa es que cada uno de ellos será alguien que se sentirá tan orgulloso de esos actos como lo está usted ahora. Y lo más importante es que, aunque cada uno de ellos no sea usted, sus recuerdos harán que tenga la conciencia y la completa sensación de ser usted. Eso, a efectos jurídicos lo convierte en usted, pues cada uno de ellos será tan culpable como usted. Y, por supuesto, su ejecución sucesiva nos proveerá nuestra necesaria sensación de venganza.

Pedro meneó la cabeza, estupefacto.

–          Ridículo… – dijo.

Finalizada la interrupción, 9127 decidió seguir comunicando la sentencia.

–          Por último, este tribunal internacional desearía hacer una petición a todas las autoridades competentes para que, en la medida en que sea posible, mantengan todas las centrales de biomasa que construyó el ejército monteño por todo Hogar, sin modificación alguna, para que puedan servir de recuerdo ante las generaciones futuras de todo lo que sucedió en Hogar y no debería volver a repetirse.

9127 buscó por la mesa algún mazo con el que golpear la mesa y dar por concluido el juicio. Entonces, el juez determinista Destino le tocó el hombro para interrumpirle e indicar su intención de intervenir.

–          Este tribunal quiere hacer una puntualización a la sentencia – dijo Destino. Transacción y  9127 se miraron sorprendidos -. El tribunal desea añadir que no culpa al acusado, pues el motivo de sus actos es su entorno y él no escogió dicho entorno. Nada distingue a un Pedro Martínez de ningún otro al nacer en Hogar, ni sus genes ni sus recuerdos, por lo que la responsabilidad de sus actos pertenece al entorno que le guió por un determinado camino en lugar de otro. Cualquier Pedro Martínez al que le hubieran afectado los condicionantes que le afectaron a usted habría obrado de igual manera.

Los otros dos jueces miraron a Destino muy fijamente. Transacción fruncía el ceño y 9127 sentía una cólera creciente.

–          No obstante – continuó Destino -, la existencia del acusado supone un grave riesgo para el bien y la seguridad común, y es por ello que, sin poseer el mérito o la culpa de sus actos, debe ser eliminado. El mundo no se divide entre buenos y malos, sino entre gente cuyos intereses son compatibles con los de los demás, y gente cuyos objetivos son incompatibles con los de los demás. Cuando la incompatibilidad es extrema, el individuo que la provoca debe ser, según su peligrosidad, apartado o eliminado. Esta sentencia no es un castigo, sino una medida por el bien común de la mayoría.

Irritado por el discurso proselitista del juez Destino, el juez Transacción se apresuró a intervenir.

–          Este tribunal desea retirar las palabras del juez Destino y añadir que el acusado tiene la libre responsabilidad y culpa por todos sus actos y que debe responsabilizarse de ellos con su muerte. Un mundo en el que no existe culpa es un mundo sin incentivos para actuar de ninguna manera determinada, y se convierte en un mundo caótico en el que…

El juez Destino se disponía a responder a las palabras de Transacción cuando el juez 9127 comenzó a su vez a hablar. Las voces de Transacción y 9127 sonaban a la vez.

–          El comportamiento del acusado – decía 9127 -, completamente contrario a la naturaleza pedrista inherente a todo habitante de este mundo, supone el máximo pecado imaginable contra la naturaleza divina de Pedro Martínez. La expiación de este pecado y el regreso a la naturaleza puramente pedrista requiere necesariamente la purificación por la muerte del sujeto que…

El juez Destino comenzó a emitir su enérgica protesta contra las palabras que estaba oyendo. Ahora las tres voces se oían a la vez. Entonces, una cuarta voz se sumó a las otras. Pedro se reía a grandes carcajadas. Poco a poco, las otras voces fueron apagándose. Cuando Pedro dejó de reírse, intervino.

–          Aunque ya traían pensadas de antemano las ocurrencias de su original sentencia, fruto de su deseo de pasar a la historia y de ocultar su mediocridad e incompetencia, quizá sí que necesitaban esos diez minutos para deliberar – dijo Pedro sin ocultar una amplia sonrisa.

Transacción sintió una punzada al percatarse de que habían vuelto a caer en una provocación del acusado. Iracundo y avergonzado a partes iguales, comenzó a buscar frenéticamente un mazo con el que golpear la mesa y dar el caso por terminado.

–          Ya veo lo fácil que les va a resultar repartirse Montes Tarao – añadió Pedro.

Fuera de sí, Transacción decidió golpear la mesa con su propio puño.

–          ¡Caso cerrado! – gritó, haciendo un pequeño gallo.

Pedro se puso en pie y señaló con el dedo a los jueces. Ahora mostraba un gesto más serio.

–          Nadie, ni este patético tribunal ni ninguna ideología me quitará la gloria de ser el que intentó librar a este podrido mundo del cáncer que lo carcome. Aunque perdí, la gloria de haberlo intentado por primera vez, de marcar el sendero a los que vengan después de mí, no podrá quitármela nadie, ni la horca más alta. Me da igual si tengo el mérito de lo que hice. Siempre he sido un hombre pragmático, y sé que lo único importante es que lo hice. Y, pueden estar seguros de ello, sus patéticas visiones del mundo morirán con ustedes, y la verdad que mostré al mundo perdurará. Ustedes morirán y yo sobreviviré.

Los guardias levantaron a Pedro por los brazos y le sacaron de la sala.

6

–          Tiene una visita – dijo el carcelero desde detrás de las rejas de la ventanilla.

Pedro se levantó de su camastro y se acercó a la puerta de la celda.

–          ¿Una visita? – preguntó intrigado.

Se oyó el chirriar de las llaves girando dentro de la cerradura oxidada. La puerta se abrió con un quejido. Dos figuras entraron en la celda. Tras acostumbrar su vista a la repentina claridad, Pedro quedó asombrado.

Uno de ellos era el mismísimo el Hermano 27351, presidente del partido pedrista y uno de los hombres notables de la República, recientemente encumbrado a héroe junto con Negocio Quinto tras su victoria contra Montes Tarao. La tensión de la guerra había hecho mella en el aspecto físico del, por otro lado, veterano político. Su acompañante era un joven monje aprendiz.

En un primer instante, Pedro no supo qué pensar ante la visita. Sin embargo, tras unos segundos sintió rabia, y después cólera.

–          ¡Maldito cabrón! ¡Maldito hijo de puta! ¿Por qué estás aquí? – gritó mientras apretaba su puño – ¿Tan morboso, macabro y cruel eres? ¿Has venido a por regocijo? ¿A ver al patético enemigo vencido? ¿Por qué has venido? ¿Por qué? ¡Largo de aquí! ¡Fuera!

Al ver la postura agresiva de Pedro, el carcelero se acercó mientras desenfundaba su porra. Hermano le indicó con un gesto que no hacía falta. Mientras Pedro gritaba, el aprendiz bajaba su mirada hacia una especie de rosario con cuentas de colores que sostenía entre sus manos. Mientras pasaba una a una las cuentas con los dedos, murmuraba muy concentrado una serie de sonidos casi inaudibles.

Hermano permaneció en silencio, decidido a que Pedro se desahogara durante todo el tiempo que hiciera falta. Después de algunos insultos más, Pedro paró extenuado. Su respiración estaba acelerada y su rostro se mostraba enrojecido.

–          Si soy yo el que está aquí en lugar de tí – dijo mientras señalaba a Hermano con el dedo índice – es sólo por culpa de una serie de decisiones estratégicas, no por justicia.

Hermano permanecía en silencio, impasible. Pedro miró un momento hacia atrás. Después se volvió para señalar de nuevo a Hermano.

–          Si hubiera conseguido a tiempo el arma secreta que buscaba, entonces habría ganado la guerra. Todo hubiera sido distinto. Todo – apretaba el puño con fuerza mientras hablaba. Los ojos le brillaban.

Entonces Hermano decidió intervenir.

–          Sí, pero no fue así. Nosotros tuvimos la bomba antes y ganamos la guerra.

Pedro sonrió por primera vez. Meneó con la cabeza y emitió una carcajada. Hermano miró a Pedro con gesto extrañado.

–          ¿La bomba? – preguntó Pedro con tono burlón – ¿Quién habla de la bomba? ¿Vuestros espías no consiguieron averiguar lo que hacíamos en el búnker de Villa Tarao? ¿O es qué ni siquiera sabíais dónde teníamos el laboratorio?

Al comprobar el silencio de Hermano, Pedro lanzó una risotada.

–          Bueno, creo que ya no habrá ningún problema en que lo cuente – dijo señalando con los brazos las paredes de su celda -. Al fin y al cabo, destruisteis el laboratorio de desarrollo de mi arma secreta con vuestra propia arma secreta…

Pedro decidió sentarse en el camastro. Levantó la vista para mirar a Hermano a los ojos.

–          Nuestro proyecto no consistía en crear una bomba, sino en crear una mujer.

Hermano miró a Pedro estupefacto. El aprendiz seguía centrado en su rosario, quizá en un intento de que su capacidad de concentración impresionara a Hermano.

–          ¿Pero, cómo? – preguntó Hermano.

Pedro sonrió.

–          A partir de nuestros propios genes – respondió -. De los veintitrés pares de cromosomas que tiene cualquier ser humano, uno de ellos decide nuestro sexo. En todos los habitantes de Hogar, esta pareja contiene un cromosoma X y un cromosoma Y, es decir, todos somos varones. Para obtener una mujer, estos cromosomas deben ser dos X. Esto puede obtenerse a partir de cualquier sujeto de este mundo: basta con descartar la Y y duplicar una de las dos X. De esta forma se obtendría una secuencia genética que daría lugar a una mujer.

Hermano tenía muchas preguntas que formular, pero decidió dejar continuar a Pedro. Trató de recordar todos los informes que había leído sobre la capacidad de Pedro de aturdir a sus interlocutores con su poderosa seguridad en sí mismo, su violenta agresividad verbal y su extraño carisma. No podía olvidar la manera con la que su comportamiento estrambótico había logrado incitar la ira incontrolable y fatal de un pedrista durante el reciente juicio. Estos sucesos enfurecieron a su vez al propio Hermano, que había tenido que observar cómo se empañaba la imagen de seriedad, autocontrol y rectitud del pedrismo ante todo Hogar en un momento tan histórico. Este lamentable suceso trajo a Hermano a la memoria el día en que un jovencísimo y todavía anónimo Pedro le había increpado e irritado muchos años atrás durante la primera visita de éste al parlamento de Ciudad. No obstante, esta vez Hermano estaba decidido a no permitir que el imprevisible comportamiento de Pedro le permitiera controlar el encuentro. A pesar de la sorprendente revelación que estaba oyendo, sería él mismo el que impresionaría a Pedro, llegado el momento adecuado.

–          La idea de crear una mujer me rondó la cabeza durante mucho tiempo – continuó hablando Pedro -, pero en un principio pensé que su utilidad práctica sería reducida. El motivo es que, aunque el proyecto fuera viable, cosa que estaba por demostrarse, la mujer que se obtendría por este método sería prácticamente igual a cualquiera de los individuos de este mundo, pero en mujer. Por tanto, lo más probable es que dicha mujer suscitara cierta indiferencia sexual en el resto de habitantes de este mundo, incluso la repulsión de muchos de ellos. Ciertamente, la atracción suscitada sería mayor que la que en general produce cualquier individuo de este mundo en cualquier otro – añadió Pedro, mientras Hermano 27351 torcía el gesto -, pero aún así correríamos el riesgo de que su efecto social fuera marginal. Por otro lado, el sujeto obtenido no resultaría viable para dar lugar por primera vez en Hogar a la reproducción natural, pues su total consanguineidad con cualquier posible padre podría dar lugar a graves problemas genéticos en la posible descendencia.

Pedro mostró un gesto grave.

–          La probable falta de atracción física – continuó – y la inviabilidad reproductiva hacían que no mereciera la pena enfrentarse a la inmensa dificultad técnica que suponía el reto de crear el primer óvulo artificial y la primera placenta artificial de la historia. Pero entonces, al hilo de los experimentos realizados por mis científicos, se me ocurrió buscar ADN diferente al propio, es decir, diferente al de todos los habitantes de este mundo, entre los restos de nuestro propio viaje desde la Tierra, así como entre los viajes de los alimentos que envió Gómez. Tras una afanosa búsqueda, se encontró el ADN del propio Gómez en las babas presentes en el mordisco sobre el bocata de chopped, así como el ADN de un reponedor de AhorraPlus en un pelo adherido al envase del yogur de pera. Este descubrimiento era clave, pues a partir de estos restos podría lograrse una verdadera pluralidad genética.

Pedro, emocionado, aceleraba la velocidad de su exposición.

–          Por fin habíamos alcanzado una situación en la que, de ser posible la creación de una mujer, entonces sería posible iniciar un proceso reproductivo normal. Eventualmente, tras varias generaciones de reproducción natural las mutaciones surgidas espontáneamente aumentarían esa pluralidad. Mis científicos me explicaron que un ser vivo sometido a una cierta presión ambiental tendería a producir mutaciones, pues las mutaciones aleatorias que acontecen de manera habitual pueden suponer, en entornos hostiles, la diferencia entre el exterminio y la supervivencia. Por tanto, a la larga, la superpoblación de Hogar haría su propia aportación para mejorar la pluralidad genética en Hogar. Es decir, Hogar podría llegar a estar poblado, por primera vez, por hombres y mujeres diferentes genéticamente entre sí. Recordemos que el proceso reproductivo habitual en Hogar, llevado a cabo a través de máquinas generadoras, no fomenta la diversidad genética, pues todos los individuos surgen siempre del mismo patrón. Por el contrario, la reproducción natural permitiría lograr, por primera vez, la diversidad.

Las revelaciones de Pedro estaban resultando especialmente importantes para Hermano, que pensaba frenéticamente. En particular, daban una nueva dimensión a la interpretación pedrista de la guerra que él mismo había desarrollado. “Ahora ya no dudo” pensó “Este es el hombre del que hablan las profecías del Libro Sagrado de Pedro”.

–          Por todo lo dicho – continuó Pedro -, el complejo, costoso e incierto proyecto de investigación que se desplegaba ante nosotros pasó a resultar potencialmente práctico e interesante. Y, lo más importante, su consecución exitosa supondría el derrumbe de la ideología pedrista – llegado a este punto, los ojos de Pedro brillaban con gran intensidad -. Desde ese mismo momento, decidimos que merecía la pena enfrentarse esforzadamente al enorme reto que supondría crear una placenta artificial.

Pedro miró entonces al techo de la celda.

–          Desgraciadamente, se nos agotó el tiempo y el proyecto quedó inacabado.

Entonces Pedro guardó silencio. Hermano intervino.

–          Hay algo en su argumentación que no tiene sentido. La consecución de este proyecto no habría permitido a Montes Tarao ganar la guerra, pues no les habría dado nuevas o mejores armas para repeler nuestro contraataque.

Pedro frunció el ceño.

–          Si usted afirma tal cosa – dijo enérgicamente –, eso significa que nunca entendió mi guerra. Mi guerra no consistía en conquistar el mundo, sino en acabar con el pedrismo. La supervivencia de Montes Tarao o la mía propia no eran relevantes. Si no podía eliminar el pedrismo desmontando su fundamento ideológico, entonces eliminaría físicamente a sus partidarios. Cuando observamos que nuestro proyecto científico no daba los resultados deseados tan pronto como esperábamos, comenzamos la otra guerra, la de las armas. Mi objetivo, por cualquier medio, era acabar con ustedes.

Al oír hablar a Pedro, el aprendiz pasó a recitar sus oraciones más alto, mientras cerraba fuerte los ojos y apretaba los dientes. Era como cuando oía a papá pegar a mamá de pequeño, y se refugiaba en su cuarto a leer en voz alta lo primero que encontraba, siempre gritando. Mientras tanto, Hermano trataba de mantenerse impasible.

–          Su proyecto científico jamás podría haberse llevado a cabo con éxito – dijo. “Ha llegado el momento” pensó con excitación.

Pedro torció el gesto. Antes de que pudiera intervenir, Hermano continuó.

–          Para probarle que tengo razón, le revelaré el secreto más sagrado de la religión pedrista. Le revelaré el misterio de la pedricidad de todo el universo.

Pedro mostró una mueca no disimulada de desprecio y hastío.

7

–          Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró Hermano mientras miraba hacia abajo. Acto seguido levantó la vista -. El misterio de la pedricidad explica lo siguiente. Estos hechos sucedieron hace muchísimo tiempo, en los tiempos antiguos de las primeras generaciones de Pedro Martínez en Hogar. Concretamente, en los tiempos de 567, que fue el individuo que descubrió por primera vez los captadores de mapas alienígenas, es decir, las máquinas que permiten capturar la estructura de cualquier objeto o ser vivo en la forma de un plano que posteriormente puede introducirse en una máquina generadora para su duplicación. Sucedió que 567 hizo un segundo hallazgo que sólo los conocedores del gran misterio saben. 567 encontró las máquinas que los alienígenas utilizaron para captar los mensajes de otros mundos. Para continuar la labor de intercambio de conocimiento universal que iniciaran los propios alienígenas, 567 decidió usar dicha máquina para buscar posibles mensajes de otros mundos, y, a su vez, mandar el propio plano de Pedro Martínez a otros mundos para colaborar en el proceso de intercambio y continuarlo. Observó entonces que Hogar ya estaba recibiendo mensajes de otros mundos, posiblemente como respuesta a antiguas propuestas de intercambio realizadas por parte de los anteriores moradores de Hogar. Los mensajes que se estaban recibiendo contenían los planos de los propios seres que habitaban en los mundos de procedencia de dichos mensajes. Con gran excitación, 567 decidió generar uno de ellos. Introdujo un plano en una máquina generadora y pulsó el botón de generación.

Hermano guardó silencio durante unos instantes. Incluso el aprendiz paró durante unos instantes de murmurar. Todas y cada una de las veces que el aprendiz había oído en labios de Hermano la revelación del misterio, había sentido la misma excitación al llegar a ese punto. Hermano continuó. Mientras tanto, Pedro mostraba cierto desdén.

–          Tras surgir de la nada una luz azulada – continuó Hermano -, apareció una figura junto a la máquina generadora. La forma parecía tener una familiar forma humana. Esas greñas, esa ropa… ¡Era Pedro! ¡Pedro Martínez! ¡Otra vez!

Pedro frunció el ceño.

–          La sorpresa de 567 fue inmensa. ¿Había otros mundos cuyos habitantes también eran Pedro Martínez? Entonces 567 decidió generar otros de los planos que se estaban recibiendo en el captador, es decir, otros de los planos que estaban llegando en ese instante a Hogar desde otros mundos lejanos. Nervioso, introdujo cada plano en el generador y generó cada uno de ellos. Su sorpresa aumentó.

El rostro de Hermano estaba iluminado.

–          Pedro Martínez. Una y otra vez, Pedro Martínez. Siempre, Pedro Martínez. Todos los mundos del Universo enviaban el plano del mismo individuo: Pedro Martínez.

Pedro no daba crédito a lo que estaba oyendo.

–          567 decidió reflexionar ante tan impactante realidad – continuó Hermano, excitado -. Concluyó que todo ello sólo podía significa una cosa: los demás mundos también recibieron el plano de Pedro de otros mundos con Pedro, hacía muchísimo tiempo. Igualmente, se dio cuenta de que era ingenuo pensar que Hogar estaba en α Cas. Era perfectamente posible que la estrella que iluminaba Hogar fuera cualquier otra, es decir, que la verdadera ubicación de Hogar fuera un lugar cualquiera del universo en el que, como en muchísimos otros lugares, se habría recibido un mensaje con el plano de Pedro. Además, la procedencia del mensaje que alcanzó Hogar podría ser cualquier otro de los mundos ya habitados por Pedro, el cual tampoco tendría que ser necesariamente ni la Tierra ni α Cas. El mensaje con el plano de Pedro podría haber pasado por cientos de mundos antes de llegar a Hogar. De hecho, el mensaje podría haber salido de la Tierra hacía millones de años, y no unos pocos miles de años atrás como los habitantes de Hogar siempre habían creído. De esta forma, la pedricidad del universo se habría extendido de mundo en mundo, como una red, desde un remoto pasado imposible de situar, cuando el mensaje original abandonó la Tierra.

El gesto de Hermano había tomado poco a poco un aspecto místico que a Pedro le parecía aterrador.

–          ¡Pedro había triunfado en todas partes! – exclamó sonriente mientras miraba al techo de la celda -. Pedro había sustituido como un parásito a todas las especies inteligentes de todo el universo alcanzable desde la Tierra. Pero, ¿por qué triunfó un imbécil en todo el universo conocido? Ahí está el misterio: por eso el pedrismo es una religión, y no una ciencia. Existen ciertos indicios que podrían explicar en parte el éxito de Pedro. Hay ciertas leyendas que indican que Uno supuso un enorme impacto cultural y religioso entre los alienígenas del mundo que le recibió, los cuales comenzaron a adorarle con fervor religioso tras su llegada. Según estas leyendas, los alienígenas llegaron a levantar grandes construcciones en su honor, que desgraciadamente no han llegado a nuestros días. Esto mismo pudo haber sucedido en todos los demás mundos donde el mensaje de Pedro fue recibido. No obstante, no existen pruebas que confirmen esa leyenda. Somos religiosos, no ingenuos ni crédulos. No podemos estar seguros de ella.

Durante unos instantes, Hermano parecía haber olvidado que se encontraba en la celda de un condenado a muerte, y se movía y gesticulaba como si se encontrara en el púlpito del Gran Templo, en Ciudad.

–          Tras observar la abrumadora superioridad universal de Pedro, 567 se convirtió en el primer pedrista de Hogar. Que Gran Pedro guarde en la memoria a 567.

8

Mientras Hermano hablaba como un profeta, Pedro se concentraba en analizar las revelaciones que estaba escuchando. Se encontraba verdaderamente aturdido. Su mayor preocupación era la de averiguar si las palabras de Hermano eran ciertas o no. Toda la historia que estaba escuchando podría ser en realidad una serie de mentiras destinada a minar la moral de un hombre desesperado. Si, estando atado y con la soga preparada ante millones de teleespectadores, Hermano obtuviera de él unas palabras de arrepentimiento, o, mejor aún, de súbita conversión al pedrismo, entonces el pedrismo podría verse socialmente reforzado de una manera revolucionaria, quizá hasta el punto de provocar la repentina conversión en masa de todo el planeta.

Hermano continuó hablando.

–          Se sorprendería al ver lo coherente que es la religión pedrista – dijo mientras miraba a Pedro a los ojos. Las palabras de Hermano hicieron que Pedro encontrara nuevos indicios de sus sospechas -. Esta coherencia se hace especialmente palpable cuando comparamos nuestras doctrinas con las de otras religiones de la Tierra o, al menos, con lo poco que recordamos y conocemos de ellas. No, no me dedicaré a discutir los hechos concretos que dichas religiones afirman, los cuales sin duda han llegado a nosotros de forma muy imprecisa. Por contra, comentaré las consecuencias de sus dogmas más básicos, los cuales parece que sí alcanzamos a conocer. Algunas religiones afirman que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Afirman igualmente la perfección de Dios y la imperfección del hombre, cuya tendencia hacia el pecado, consecuencia de su libre albedrío mal utilizado, es una prueba de su imperfección. Sin embargo, es innegable que esas mismas doctrinas religiosas atribuyen a ese Dios, implícita o explícitamente, ciertas características humanas, tales como la misericordia, la compasión y la benevolencia. A veces le atribuyen incluso imperfecciones, como la ira y la venganza ante el pecador. No lo olvidemos, castigar a un individuo a quemarse en las llamas eternas por sus pecados no es una forma de reconducir al pecador, sino una venganza, pues tras el castigo ya no cabe la enmienda. No, no es el castigo educativo de un padre, sino más bien el castigo ejemplarizante de un gobernante que teme perder su reino.

Pedro trataba de interpretar un posible doble sentido en las palabras que estaba escuchando.

–          Es más – continuó Hermano -, el simple acto de creación divina es un gesto de imperfección de Dios, pues a un ser perfecto no le falta nada, por lo que no existe ningún motivo ni para que realice una creación ni para que realice ningún otro acto. Todo acto consciente tiene un fin, y tener un fin es la prueba de que hay algo que todavía no se tiene. Necesitar algo es un símbolo de imperfección humana, y necesitar crear es, igualmente, una muestra de imperfección. Esto es un contrasentido, pues Dios debe ser perfecto.

Hermano gesticulaba con la cara y los brazos cada uno de sus argumentos, completamente inmerso en su papel de orador.

–          Sin embargo, el pedrismo no sufre de estas contradicciones – afirmó -. Para el pedrismo, Gran Pedro crea a Pedro a su imagen y semejanza, pero, a su vez, Pedro crea a Gran Pedro a su imagen y semejanza. El acto de creación deja de ser una muestra de imperfección en el mismo momento en que aceptamos que las características de Pedro son perfectas por definición de perfección, es decir, que tanto Pedro como Gran Pedro son perfectos. El acto de creación de Gran Pedro puede tener una finalidad, es decir, puede obedecer a la realización de un objetivo no alcanzado todavía, de igual forma que los actos de Pedro tienen una finalidad. Sin embargo, todo ello no implica la imperfección, pues carecer de lo que se desea no es para el pedrismo un signo de imperfección. La verdadera perfección no consiste en no tener carencias, sino en mantener la esencia pura de Pedro, incluida, por ejemplo, su torpeza o estupidez. Gran Pedro es perfecto, por lo que su obra, Pedro, también es perfecta. La obra de Gran Pedro (es decir, Pedro) es tan perfecta y poderosa que incluso puede renunciar voluntariamente a su propia perfección. Pedro puede alejarse de su esencia, y con ello perder su perfección. O, dicho con otras palabras, Pedro puede crear una piedra tan grande que él mismo no la pueda mover. Como ve, nuestra religión logra una coherencia nunca lograda por otra religión, al menos entre todas las que Pedro recuerda.

Hermano señaló a Pedro con el dedo.

–          Si ningún mundo de este universo ha podido recuperar la inmunda pluralidad después de alcanzar la felicidad y perfección de Pedro, entonces Hogar tampoco lo hará. Tenga en cuenta que ese proyecto científico suyo se le puede haber ocurrido a cualquier habitante de cualquier otro mundo poblado por Pedro. ¿O es que usted es más listo que cualquier Pedro del Universo? ¿O es que las condiciones de este planeta permiten una inspiración que no es posible en otros millones de planetas? Lo que usted quiso hacer debe haberse intentado miles o millones de veces en otros mundos poblados por Pedro. Pero, por la razón que sea, nunca será posible. Su proyecto no se ha logrado nunca, ni se logrará jamás. Posiblemente, no es técnicamente realizable, o simplemente Pedro Martínez no es suficientemente listo como para lograrlo. En este segundo caso, la estupidez de Pedro podría ser el motivo de su perfección, pues gracias a aquélla se alcanzó la unicidad universal de Pedro Martínez. En realidad, no me importa el motivo. Para darme cuenta de que lo que usted intentaba estaba destinado al irremediablemente fracaso me basta con observar que Pedro está en todo el universo observable.

Mientras miraba el suelo, Pedro intervino.

–          ¿Por qué me cuenta todo esto? ¿Cuál es su objetivo?

Hermano se sentó en el camastro junto a Pedro.

–          Le ha sido revelado el misterio de la pedricidad porque, según algunas profecías, usted tiene un papel relevante dentro del pedrismo. Estas profecías no han sido reveladas por medio de apariciones divinas, sino que han sido elaboradas a través de la información recibida en varios mensajes reales llegados a Hogar desde otros mundos poblados por Pedro. Según estas profecías, usted será el inductor de la gloria del pedrismo, como lo es Judas de Jesús o lo es Dogfucker de Anikilator. Usted será aquél que, tras comandar el más furibundo y despiadado ataque contra pedrismo, inducirá, de alguna manera no revelada en las escrituras, el triunfo definitivo del pedrismo.

El corazón de Pedro latía con fuerza.

–          ¿Qué espera de mí? ¿Espera mi conversión sobre el patíbulo?

Hermano sonrió y guardó silencio durante algunos instantes.

–          El misterio de la pedricidad – dijo – se le revela sólo a unos pocos fieles de la religión pedrista. El motivo para recelar de su divulgación es nuestra necesidad de evitar que, al conocerlo, los fieles se dejen llevar por el triunfalismo ante la aparente sensación de victoria definitiva. Muchos fieles no entenderían que el Reino de Pedro no es un destino que alcanzaremos algún día, sino un camino eterno de lucha entre la perfección y la imperfección.

Hermano volvió a ponerse en pie.

–          No obstante – añadió –, el pedrismo ha albergado siempre la esperanza de que llegaría el día en que la divulgación del misterio sería por fin posible. A lo largo de innumerables generaciones, hemos esperado pacientes el momento en que la comunicación del misterio pudiera ser más adecuada y efectiva. Y creo que ese momento ha llegado. El indudable papel que le asignan a usted las profecías pedristas así lo indican con gran claridad. En particular, creo que la conversión del hombre más antipedrista de la historia de Hogar, acontecida inmediatamente después del fin de una guerra devastadora y acompañada de la revelación más grandiosa del pedrismo, podría impactar a los hombres de este planeta más allá que cualquier otro suceso. Trasmitiría el claro mensaje de que oponerse al pedrismo es inútil, así como de que cualquiera puede cambiar de opinión y abrazar la verdad pedrista, independientemente de sus errores y del tipo de vida que haya llevado.

Pedro repasó con la vista las cuatro paredes que le rodeaban.

–          ¿Me está proponiendo algún tipo de trato? – preguntó.

Hermano asintió con la cabeza.

–          ¿Qué me ofrece? – preguntó Pedro.

–          Vivir – dijo Hermano.

Entonces Pedro también se puso en pie.

–          Mi vida a cambio de la victoria total y absoluta del pedrismo.

–          Así es.

Pedro reflexionó durante unos instantes.

–          ¿Puede hacer eso? ¿Los comercialistas y los deterministas no tienen nada que decir sobre mi muerte?

–          No puedo liberarle sin contar con ellos, pero sí puedo pedir una moratoria de la ejecución justo después de que usted hable. Y, créame, después de unos días, cuando los habitantes de Hogar reflexionen sobre las verdades reveladas, no quedarán comercialistas ni deterministas en Hogar. El comportamiento de la población de este planeta es más fácil de predecir de lo que nuestra aparente diversidad parece indicar. En el fondo, a pesar de nuestra constante divergencia desde el día en que llegamos aquí con diecisiete años de edad, todos somos un único individuo.

Entonces Hermano hizo un gesto a su aprendiz y el aprendiz guardó el rosario en bolsillo. Hermano se acercó a la puerta de la celda y llamó al carcelero. El carcelero abrió la puerta y los dos pedristas se dispusieron a salir por ella. En ese momento, Pedro intervino.

–          ¿Qué significaba lo que hacía el aprendiz? – preguntó Pedro, intrigado.

Hermano se dio la vuelta.

–          Resulta que no es usted el único que se interesó en la genética, aunque fuera por motivos muy diferentes. El rosario del aprendiz representa un fragmento del código genético de Pedro Martínez que los pedristas terminamos de extraer por completo hace unos pocos años. Los cuatro colores de las bolitas representan respectivamente la adepina, la kakakulina, la pedopisina y la anikilina, que son los cuatro tipos de componentes de la cadena genética

Como Pedro también sabía, el Pedro Martínez de diecisiete años sólo recordaba el nombre “adepina”, o “adetina”, o algo así, de sus clases de Ciencias Naturales en el instituto de la Tierra, así que los científicos de Hogar de las generaciones anteriores, muchos de ellos pedristas, pusieron ese nombre a una cualquiera de las cuatro bases cuando las descubrieron e inventaron aquellos otros nombres para las demás, para irritación de Pedro.

–          El tramo de colores que se incluye en el rosario – continuó Hermano – no es un tramo escogido al azar. Como sabe, el ADN retuerce su forma sobre sí mismo varias veces para dar lugar a una compleja estructura tridimensional. El tramo representado en ese rosario es un tramo cuya posición tridimensional coincide exactamente con la posición de las estrellas en el sector de la galaxia en que nos encontramos. Por si tiene curiosidad, nuestra estrella es una timina.

Hermano hizo una indicación al aprendiz y éste sacó su rosario. Hermano señaló a una de las cuentas.

–          Muchos pedristas memorizamos largos tramos del código genético de Pedro Martínez, pues dicho código es la palabra de Gran Pedro y su esencia más profunda.

Hermano hizo un ademán y el aprendiz volvió a guardar el rosario.

–          La posición actual de las estrellas en torno a Hogar es uno de los indicios que indican la relevancia de este momento histórico para la pedricidad en Hogar. Las estrellas están en constante movimiento. Su posición relativa actual no coincide con su posición pasada y cambiará en el futuro. Por tanto, el propio universo nos indica que éste es el momento. Usted decide.

Hermano se dirigió de nuevo a la puerta. Cuando el aprendiz y él salieron fuera, el carcelero la cerró. Durante unos instantes se oyeron los pasos que se alejaban. Después la celda quedó en completo silencio.

9

Pedro volvía a estar completamente solo. Entonces comenzó a reflexionar acerca de la conversación que acababa de tener con Hermano. Las dudas que se agolpaban en su cabeza le atormentaban.

“¿Es cierto lo que me ha contado?”.

“¿Es verdad que el pedrismo es inevitable?”.

“¿Realmente sobreviviré si hago lo que dice?”.

Repasó mentalmente algunas de las frases de Hermano palabra por palabra. Se sentía verdaderamente tenso. El sudor le caía por la frente mientras era capaz de sentir su propio pulso acelerado. Mientras imaginaba su cuerpo deslizándose por una trampilla, comenzó a sentir frío. Restregó las manos contra el suelo mugriento de la celda para deshacerse del sudor de sus palmas. Entonces se puso de pie y caminó por la celda. Después volvió a sentarse y se retorció en su camastro hasta ponerse en posición fetal. Miró por el minúsculo ventanuco de su celda y vio que ya era noche cerrada. Ni siquiera se había dado cuenta de que se hubiera hecho de noche.

Volvió a acurrucarse en el camastro y pensó en un mundo completamente pedrista.

Después pensó en Rocío y lloró como un niño.

Entonces se restregó los ojos con ambas manos para enjugarse las lágrimas. Con los ojos muy irritados y todavía brillantes, se levantó con decisión del camastro. Apretó los puños y los dientes. Estaba furioso.

–          ¡Maldito pedrismo, reniego de tu maldita tentación! – gritó radiante, exultante – ¡No me tentarás con tus falsas promesas de vida! ¡Moriré, y me llevaré conmigo todas las profecías que prometen tu victoria!

Se volvió pasar las manos por el rostro para quitarse los últimos restos de lágrimas.

–          ¡Mi muerte mostrará la falsedad de todas tus profecías de gloria! – exclamó iracundo – ¡Cuando muera y el día de gloria del pedrismo se derrumbe, el propio pedrismo comenzará su propio derrumbe! ¡Así, yo, Antipedro Primero, entregaré mi vida por el regreso de nopedrismo!

Se arrodilló en el suelo mientras miraba fijamente una de las lunas de Hogar, cuya luz entraba directamente por el minúsculo ventanuco de la celda y le golpeaba la cara. Mientras se empapaba de la luz del satélite, Pedro gritó.

–          ¡Y, algún día, el nopedrismo reinará!

10

Antes de que amaneciera, las puertas de la celda se abrieron y Pedro fue conducido a una furgoneta, donde diez soldados se sentaron a su lado. El vehículo se detuvo en la Plaza Principal de Pueblo Tarao, donde una inmensa muchedumbre se agolpaba ruidosa. La puerta de la furgoneta se abrió, y Pedro fue conducido a través de un cordón de seguridad que se afanaba para que la muchedumbre no se abalanzara sobre Pedro.

Al final del pasillo se erguía el patíbulo, al que se subía por unas escaleras. Sobre el patíbulo se situaba la horca, que estaba rodeada por extrañas estructuras repletas de envases de yogures y clips pisapapeles. Mientras era empujado por los soldados, Pedro admiró la perfecta ejecución y el acabado de la obra. Salvo la grotesca extravagancia de los clips y los yogures, le pareció incluso estética. Recordó los patíbulos que había levantado su propio ejército para eliminar a los pedristas que eran capturados en el frente cuando éste se encontraba demasiado lejos de la central de biomasa más cercana, lo que podía hacer demasiado caro su transporte. Entonces pensó que el patíbulo que se mostraba ante él era un gran patíbulo, digno del momento histórico para el que había sido construido. “Sin duda lo estrenaré yo” pensó con cierto orgullo.

Con las esposas puestas a la espalda, Pedro subió vigoroso las escaleras que conducían a la plataforma del patíbulo. Entonces vio por primera vez a sus verdugos, que estaban enfundados dentro de grotescos disfraces de Kakakulo y Pedopís. Kakakulo tenía una inmensa cabezota azul, y Pedopís tenía una cabeza triangular naranja, con un ojo en cada dirección. El motivo de tales disfraces, recordó Pedro, era que ambos representaban para los pedristas el símbolo sagrado de la putrefacción de la muerte.

Al verlos, Pedro pensó indignado que se negaba a ser ejecutado por dos absurdos muñecos televisivos para adolescentes, y, zafándose bruscamente de sus carceleros, comenzó una huida imposible por la superficie del ancho patíbulo. “No seré ejecutado por Espinete y Don Pimpón” pensó, iracundo. Fue interceptado a unos pocos metros por más carceleros que se abalanzaron sobre él tirándole al suelo. Mientras tanto, el numeroso público congregado en la plaza, inconsciente de la aversión de Pedro ante los símbolos mostrados por sus verdugos, interpretó su intento de huida de la horca como un patético gesto de debilidad para alguien otrora tan poderoso.

Mientras Pedro seguía inmovilizado en el suelo, los dos muñecos se acercaron a él y comenzaron a propinarle una dura paliza a base de patadas en la cara y el estómago. Cada patada era aclamada con pasión por el público congregado. Cuando Pedro ya casi no podía moverse, le levantaron y le colocaron sobre la trampilla del patíbulo. Mientras la sangre caía de su cara por varias brechas abiertas, los verdugos le pusieron la soga al cuello. Este momento fue celebrado con gran regocijo y vítores por el público.

Muy dolorido, Pedro decidió buscar la tribuna de autoridades desde su posición privilegiada. Entonces encontró a Hermano 27351, que se sentaba junto a Negocio Quinto y a Martillo Noveno. Mientras los dos últimos parecían estar contándose algo gracioso a juzgar por sus risas, Hermano se movía inquieto en su asiento, muy atento a cualquier movimiento de Pedro y sin poder ocultar cierta impaciencia. Pedro centró su mirada en Hermano y esbozó una leve sonrisa. Hermano pareció algo aliviado por el gesto, y meneó muy levemente la cabeza, algo menos nervioso.

Mientras sentía agudos dolores sufridos por la reciente paliza, Pedro reflexionó sobre su situación. “Este mundo no tiene ni puta gracia” pensó. “Parece un chiste malo. Voy a ser ejecutado por… ¿mí mismo? ¿Es esto un suicidio? Me hubiera suicidado gustoso si haciéndolo hubiera podido mataros a todos. Todos los seres de este maldito mundo sois mis enemigos. Ojalá todas las cabezas de todos los habitantes de este maldito mundo cupieran junto a la mía en esta soga”.

Un operario pidió a Pedro que sonriera “para una foto”. El operario accionó un mecanismo en el extraño dispositivo de yogures y clips, y un haz de luz que contenía un plano completo de Pedro fue enviado a un receptor. El público congregado recordó que el objetivo de aquel plano sería poder generar nuevas copias de Pedro con las que se llevarían a cabo futuras ejecuciones destinadas al regocijo general.

Entonces, un soldado republicano pidió a Pedro que dijera sus últimas palabras. Pedro fijó completamente su mirada en Hermano 27351. Éste se removía muy nervioso en su asiento mientras abría sus dos ojos como dos platos. Entonces Pedro miró al soldado, y como única respuesta hizo su habitual saludo militar: “¡Muera Pedro!”. Nadie le respondió, y entonces Kakakulo activó la palanca. Mientras Pedro caía a toda velocidad por el agujero de la trampilla, se afanó para observar el gesto de horror que mostraba Hermano 27351. Entonces Pedro sintió verdadera felicidad.

La soga se tensó bruscamente emitiendo algo parecido a una nota musical. El cuello de Pedro se rompió.

La plaza comenzó a rugir con consignas, vítores y aplausos. Pedro había sido ahorcado ante el júbilo de todos los presentes bajo las cuatro lunas de Hogar, en un universo donde, hasta allá donde alcanzó la luz, el único habitante, la única forma de vida inteligente, era Pedro Martínez.

Publicado en capítulo de novela | Deja un comentario

Pedrícese el mundo: Capítulo V

CAPÍTULO V

1

Tengo un maravilloso sueño que acaricia mi mente con suavidad una y otra vez. Sueño con un mundo sin pedrismo.

Nuestro mundo es suficientemente horrible como para merecer ser odiado. Cuando despierto cada día, no hago más que ver el mismo rostro hasta la noche. El día transcurre lánguido mientras me encuentro rodeado de fantasmas. No puedo dialogar normalmente con nadie, pues ni siquiera puedo estar seguro de quién es. En palacio, no puedo dirigirme a nadie sin que haya habido un complejo proceso previo de validación de chapas identificativas, contraseñas y localización de cicatrices. Y después de esa gran molestia, descubro que tengo poco o nada que decirle a mi semejante. “¿Sabes que he cogido la gripe?”. “Sí, lo sé”.

Sin embargo, al llegar el final del día duermo y sueño. Y entonces, por un momento, soy libre. Sueño con un mundo que no sea una parodia de mí mismo. Sueño con un mundo sin Kakakulo, Val Hancín ni Anikilator. Sueño con un mundo en que todos somos diferentes, donde de verdad merece la pena hablar con alguien.

Los monteños, con un gran esfuerzo, hemos comenzado a desarrollar una identidad nueva y renovadora. Sentimos nuestro monte, nuestra música y nuestra escultura. Somos trabajadores, emprendedores y sofisticados. Pero, sobre todo, comenzamos a ser diferentes a Pedro Martínez.

Sin embargo, los pedristas odian nuestra diferencia. Son un lastre que, en su obstinación, niega nuestra identidad propia, así como la de todos los individuos de este mundo. Exaltan su abominable inmutabilidad eterna. Por eso, no tienen cabida en este mundo. Por eso, son un estorbo para el bien común. Por eso, deben ser eliminados.

Lamento profundamente el lejano día en que un individuo débil de este mundo, ante la desdicha que le acechaba, decidió que el motivo de su frustración era, en realidad, el motivo de su perfección. Nuestra debilidad, nuestro frustrado deseo natural de ser el centro del universo, conduce inevitablemente a ese razonamiento engañoso aunque temporalmente liberador. Si yo observo que el mundo está compuesto exclusivamente por formas iguales a mí, eso indica que mi forma es perfecta. Entonces, para no perder mi perfección, debo evitar mi divergencia del modelo original, es decir, debo mimetizar y mantener el modelo original de Pedro Martínez. El universo perfecto se alcanzará cuando la pureza pedrista de nuestras formas sea total. Entonces se logrará la armonía del universo con su pieza básica, y se creará el Reino de Pedro. Y la perfección del Todo otorgará la felicidad eterna a cada una de sus partes.

Ese falaz argumento, apología de un ponzoñoso proceso autodestructivo, pasa por la eliminación de nuestra pequeña identidad, que es la única fuente de nuestra pequeña felicidad. Sin embargo, los monteños lograremos evitar la consecución de ese maléfico plan. No sólo conseguiremos nuestra propia libertad, sino la libertad de todos los habitantes bienpensantes de Hogar, que agradecerán por siempre nuestro gran esfuerzo. El día en que el último pedrista yazca descuartizado en un charco de sangre bajo el último templo pedrista en llamas, Hogar será libre.

Lamento profundamente que otros modos de pensamiento no hayan atajado al pedrismo antes de que creciera como una mala hierba. Lamento que las religiones de la Tierra no consiguieran ocupar su lugar, ofreciendo a tiempo su consuelo al desamparado. Dadas las raíces culturales de Pedro Martínez, sólo el cristianismo podría haber conseguido despertar cierto sentimiento religioso de ese adolescente agnóstico y desencantado. Sin embargo, la jerarquía primigenia de la Iglesia católica en Hogar tuvo que echar por tierra cualquier esperanza, con sus desgraciadas decisiones.

Recuerdo el día en que recibí al obispo católico en palacio, hace unos pocos años. No representaba a más de un par de centenares de feligreses en todo Montes Tarao, pero di una gran importancia a la reunión. Por aquel entonces, todavía barajaba la posibilidad de dotar a la identidad monteña de algún tipo de cariz religioso que hiciera las convicciones más intensas. Sin embargo, cuando el obispo me explicó su interpretación de su religión, le eché a patadas, furioso.

Según me contó, cuando Seis y Trece refundaron la Iglesia católica en Hogar, desearon crear un código de conducta basado en su rescrita Biblia, escrita tal como la recordaban. Entonces analizaron el vigésimo quinto mandamiento, aquél que decía que se debían santificar las fiestas. Tras una reunión entre los dos que tuvieron la osadía de llamar “concilio”, observaron que, muy posiblemente, la humanidad estaba condenada inexorablemente al infierno. El motivo era que la humanidad podría estar contabilizando mal los días desde el principio de los tiempos, tanto en Hogar como en la Tierra. En tal caso, los verdaderos domingos desde el comienzo de la creación podrían caer, por ejemplo, en nuestros martes, por lo que la humanidad llevaría milenios provocando y humillando a Dios al celebrar las fiestas equivocadas, y todo debido a un lamentable error perpetuado semana tras semana a lo largo de las generaciones. Dado que resultaría imposible conocer cuál de los días era el verdadero domingo, el error no podría subsanarse, y la humanidad no podría redimirse jamás.

Al oír semejante argumento me enfurecí, pues entendí inmediatamente por qué los católicos de Hogar no habían conseguido ocupar el espacio del pedrismo. Lo peor de ese argumento sobre la condenación no es que fuera imbécil, sino que su resultado inevitable era una religión que no podía prometer nada, en la que era imposible progresar: si ya estamos condenados, no hay ningún código de conducta que seguir, no hay nada que hacer. Para que cualquier ideología política o religiosa triunfe entre las masas, ésta debe hacer la promesa de que, cuando sus prefectos se cumplan, se logrará un mundo perfecto en el que los ancianos serán atendidos, los solitarios recibirán una mano amiga y todos ascenderán en el trabajo a la vez. Nadie envejecerá, y la sabiduría de todos los individuos será total desde su nacimiento. Los iletrados entenderán inmediatamente las revelaciones de los sabios. Todos los individuos, sin excepción, sentirán el regocijo de ganar a todos los demás. No importa que las promesas sean contradictorias, mientras sean bellas y ofrezcan consuelo a nuestras más profundas frustraciones.

Sin embargo, una doctrina que parte de la imposibilidad de lograr un objetivo ideal a partir de un cierto comportamiento es inútil. Por eso, los seguidores de ese obispo no pasaban de doscientos en todo Montes Tarao. Comprendí, por otro lado, que no podía exigirse un gran conocimiento y entendimiento de la fe cristiana a Seis y a Trece, ni tampoco a ningún otro individuo de Hogar. Reconozco que, a pesar de mi enfado, ese argumento sobre los días de la semana me pareció divertido. Evidentemente, lo mismo le pareció a todos los habitantes de Hogar, desde los tiempos de Seis y Trece.

El nopedrismo, sentimiento nacional arraigado en el corazón de todo monteño, promete la posibilidad real de alcanzar un mundo mejor. Ofrece un futuro paraíso en que la repugnante simetría de Hogar será minimizada, y cada individuo podrá encontrar su propia identidad fuera de la masa para exaltar su propia fuerza. Algunas formas de pensamiento fallaron cuando se enfrentaron al reto de expulsar al pedrismo de este planeta. Otras, como el comercialismo y el determinismo, se obstinan en enfrentarse entre sí mientras, con una venda en los ojos, se niegan a identificar al verdadero enemigo de la vida en Hogar. La República, envenenada en su seno por los propios pedristas, se mostró inoperante para resolver el gran problema de Hogar. Ante eso, nosotros reaccionamos.

Nosotros no fallaremos. La Historia ha llamado a nuestra puerta, y no miraremos a otro lado. Atenderemos diligentes a su llamada. La cobardía del resto de los habitantes de Hogar ante dicha llamada no justificaría en modo alguno nuestra propia cobardía. No eludiremos nuestra responsabilidad. Si tenemos que ganar esta batalla solos, lo haremos. Ganaremos.

2

Hermano 27351 y Negocio Quinto se reunían, junto a un pequeño grupo de parlamentarios de ambos partidos, con el Estado Mayor de la República de Hogar. El lugar de reunión del gabinete de crisis era un pequeño salón del Parlamento. El general Escuadrón Primero describía la situación actual. Se podía sentir la tensión en el gesto grave de todos los presentes, acompañada por algunas toses debidas a la gripe anual. Todos se mostraban claramente cansados. El anuncio de que los soldados que habían invadido Valle Pedopís estaban equipados con trajes que habían evitado que contrajeran la gripe hacía que cada tos en la sala sonara como un desagradable símbolo de debilidad. El miedo estaba latente.

–          Parlamentarios, militares – dijo el general -, la situación es extremadamente grave. Según nuestras estimaciones, el ejército invasor cuenta, al menos, con un millón de soldados.

El dato desató varios murmullos de sorpresa y alguna exclamación de pánico.

–          Dicho contingente – continuó Escuadrón – es mayor que todo el ejército de la República junto. Durante nuestra historia, nuestro monopolio sobre las máquinas generadoras y la ausencia de enemigos ha hecho innecesaria la creación de un gran ejército. Sin embargo, la tensión de los últimos tiempos indicaba claramente la necesidad de aumentar los efectivos del ejército, así como su presupuesto – lanzó una clara mirada acusadora hacia todos los políticos presentes. Después echó un vistazo a sus anotaciones. Volvió a mirar a los presentes -. Hay un sorprendente detalle acerca del ejército invasor que deben conocer. Señores, todos sus soldados son iguales.

Algunos de los presentes emitieron sonoras carcajadas. Algunas de ellas, excesivamente sonoras, delataban el nerviosismo de sus autores.

–          Creo que no me han entendido – respondió Escuadrón, frunciendo el ceño -. No me refiero a iguales como ustedes y yo. Me refiero a que esos soldados fueron todos el mismo individuo, como mucho, hace un mes.

Las carcajadas desaparecieron repentinamente.

–          ¿Sugiere que han sido generados a partir de un individuo adulto? – intervino incrédulo un parlamentario.

Escuadrón paró un momento para sonarse los mocos. Después continuó.

–          Adulto, gran soldado y muy bien preparado. La coordinación de esos soldados en la batalla es sorprendente. Apenas necesitan dirigirse la palabra para que cada uno de ellos adopte la posición idónea en el grupo.

–          ¡Eso es absurdo! – exclamó otro parlamentario -. Montes Tarao no cuenta con energía suficiente como para engendrar un millón de individuos en menos de un mes. Antes de su independencia, el embargo energético de los deterministas afectó tanto a su industria como a la de toda la República. Y desde la independencia, Montes Tarao se ha convertido en un estado aislado con un grave déficit energético, pues disfruta de unos recursos energéticos muy inferiores a su verdadera necesidad industrial.

–          General – intervino otro -, ¿podríamos aplicar nosotros ese mismo método para crear un gran ejército a partir de un único gran soldado?

–          Es una posibilidad que desearía que ustedes los políticos debatieran aquí y ahora – respondió el General, rotundo.

Los murmullos inundaron la sala. Un parlamentario intervino.

–          Señores, creo que crear un ejército de esa manera es una inversión a corto plazo pero una trampa a largo plazo. El coste energético para crear cada nuevo soldado es inmenso, pero la República no necesita máquinas generadoras para crear un inmenso ejército. A pesar de las recientes pérdidas de nuestra soberanía, seguimos siendo, con diferencia, la nación más poblada de Hogar. Por tanto, propongo iniciar un reclutamiento masivo de soldados entre todos los ciudadanos sanos de la República. A su vez, reconvertiremos nuestra industria de bienes de consumo en industria armamentística. Todo individuo que no sea útil en la industria bélica o en sus industrias dependientes irá al frente. Cuando nuestros ciudadanos ganen la experiencia necesaria en el combate y la producción bélica alcance su nivel óptimo, podremos responder a la horda monteña con toda nuestra fuerza desplegada.

Las réplicas se sucedieron, algunas a gritos.

–          ¿Quién garantiza que, para cuando llegue ese momento, la República seguirá existiendo? – gritó una voz alzándose por encima de las demás.

–          ¡No olvidemos que en este mismo momento algunos soldados monteños ya han cruzado la frontera entre Valle Pedopís y la provincia de Pedregal Fideuá! – gritó otra voz – ¡Al paso que van, no tardarán mucho tiempo en llegar aquí mismo, a Ciudad!

Cuando los parlamentarios contemplaron la posibilidad de que los ejércitos monteños llegaran al mismo lugar que ellos ocupaban ahora, se alarmaron enormemente. Se oyeron algunos aullidos de pánico.

–          ¡El sacrificio en vidas podría ser espantoso! – gritó otra voz – ¡Debemos responder con la máxima fuerza ya!

Negocio Quinto pidió la palabra.

–          Señores – dijo en tono sereno -, quiero pedirles un poco de tranquilidad y que estén a la altura de las circunstancias. Desconozco si creando un ejército con las máquinas generadoras podríamos repeler con éxito el ataque monteño. Sin embargo, quiero que noten que el gasto energético sería tan grande que incluso aunque ganásemos con rapidez (cosa que dudo pues el enemigo nos lleva la delantera) nuestras reservas energéticas quedarían extenuadas, y nuestra capacidad industrial quedaría en niveles mínimos, al menos durante un tiempo. Esa debilidad crítica podría ser aprovechada, en ese mismo momento, por la República Determinista de Río Mos, que se encontraría con el escenario idóneo para extender su revolución por el mundo. En tal caso, estaríamos totalmente a su merced.

–          ¿Y cree que no estaríamos también a su merced después de perder a la mitad de nuestros hombres en el campo de batalla? – preguntó un parlamentario.

–          ¡Los hombres se sustituyen fácilmente! – replicó otro, posicionándose con Negocio – ¡Basta pulsar un botón! Sin embargo, la inoperancia de nuestra industria nos dejaría definitivamente a merced de los deterministas. Los hombres pueden morir, pero los ideales de la República deben sobrevivir ante las generaciones venideras.

–          ¿Cómo puede poner los ideales delante de las personas que los profesan? – se opuso otro, alarmado.

La tensión se desató por completo ante ese comentario. Partidarios y detractores de utilizar la máquina se dedicaron insultos a gritos.

Mientras tanto, Hermano 27351 permanecía callado al fondo de la sala junto a su aprendiz, otro parlamentario pedrista. Éste estaba preparándose para ingresar como monje dentro de la Iglesia Pedrista y Hermano 27351, también ordenado, era su mentor. El aprendiz repasaba entre murmullos una especie de rosario con cuentas de cuatro colores. Sus murmullos parecían ser una secuencia aleatoria de las primeras cuatro letras del abecedario. Hermano se levantó. Murmuró su oración habitual y después se dirigió a la sala.

–          Apoyo la propuesta de no utilizar las máquinas generadoras. A pesar de los riesgos, nos prepararemos para crear un ejército convencional. Mientras tanto, debemos conseguir toda la información posible sobre ese soldado que es la pieza única del ejército monteño. Necesitamos conocer toda su vida desde su nacimiento en Hogar, dónde y cómo recibió su instrucción militar, sus gustos, todo. Señores, necesitamos conocer a nuestro enemigo.

3

El ejército monteño tomó el control, por este orden, de Pedregal Fideuá, Llanos Abuela, y Acantilado Val Hancín. Ante la marcha de la guerra, y a modo de burla ante su enemigo, Pedro decidió llamar a uno de sus batallones Dogfucker, malvado villano de las películas de Anikilator. La crueldad de este batallón ante sus enemigos hizo que su mero nombre provocara la rendición de muchos pueblos y ciudades, cuyos ciudadanos delataban rápidamente a sus vecinos pedristas para salvar la vida. Mientras el ejército monteño expandía los territorios bajo el dominio de Montes Tarao, todos los pedristas de Valle Pedopís que no renegaron de sus vestimentas pedristas antes de la llegada del ejército monteño fueron grabados en su frente con un hierro al fuego que tenía la forma de una gran P. Después fueron conducidos a un barrio de Suburbio Pedopís que se rodeó con un alto muro. Sus ocupantes sólo podían circular dentro  de su perímetro tapiado. El incumplimiento de esta norma suponía la horca.

Al mismo tiempo, los ayuntamientos de todas las localidades bajo el control de la República elaboraban a marchas forzadas censos de oficios de sus ciudadanos. La superioridad aplastante de los monteños en el frente hizo que muchos ciudadanos no cualificados huyeran de los pueblos para evitar el ejército y se escondieran en la montaña. El suceso se generalizó hasta tal punto que los oficiales que recorrían los pueblos organizaron batidas para capturar a los desertores. En un momento de máxima estampida ciudadana, los soldados llegaron a fusilar a algunos de los desertores como método de escarmiento público. Otros ciudadanos trataron de falsificar documentos que acreditasen sus oficios de ingeniero o técnico industrial. Muchos de ellos fueron encarcelados.

El gobierno de la República ordenó la construcción de nuevos altos hornos que permitiera aumentar la producción de acero. La producción de ácido sulfúrico y cemento también se incrementó notablemente. Con las piezas que salían de estas fábricas, se reconvertían fábricas de autobuses en fábricas de tanques, fábricas de tuberías y emplomados en fábricas de fusiles, y fábricas de televisores en fábricas de radios de campaña.

Al cabo de dos meses de avance pedrista, la República consideró que había llegado el momento de que su recién formado ejército se enfrentara por primera vez a los monteños. Fue en la frontera entre Acantilado Val Hancín y Risco Anikilator. Por un lado estaban los vehículos acorazados monteños acompañados por un numeroso grupo de infantería. El primer soldado de la formación mostraba orgulloso la bandera NP del nopedrismo. Al otro, lado, varios miles de reservistas republicanos. Muchos de ellos eran desesperados voluntarios pedristas que se negaban a esperar a la muerte sentados en sus casas. Algunos de ellos, como gesto desafiante, enarbolaban una gran P, símbolo sagrado del pedrismo, en un intento de dar valor a sus compañeros y a sí mismos.

Rápidamente, los soldados monteños se dieron cuenta de que ni siquiera tenían que recorrer los quinientos metros que los separaban de la línea enemiga. El alcance de los cañones de los tanques monteños abarcaba esa distancia, pero los fusiles republicanos no lo hacían. Así que los tanques se limitaron a disparar, mientras los soldados de infantería observaban entre risas cómo caían uno tras otro los soldados republicanos, paralizados e impotentes, sin saber qué hacer. Entonces, algunos soldados republicanos decidieron por su cuenta que no se quedarían esperando sin más, y lanzaron un desesperado ataque que fue repelido con una superioridad humillante. Los jefes monteños de ametralladora apostaban entre ellos para ver cuál de ellos conseguía mantener el cuerpo muerto de un pedrista bailando de pie sin caer al suelo, ante la ráfaga ininterrumpida de la ametralladora.

Ante semejante espectáculo, el capitán republicano ordenó la inmediata retirada. “Esos malditos NP son mucho más potentes que nosotros. Su preparación militar y su capacidad técnica nos sobrepasan. Les hemos visto la cara pero todavía estamos vivos, y ya es hora de que alguien pueda volver para contarlo” razonó el capitán. Los soldados republicanos se dieron la vuelta y huyeron en una desordenada estampida.

Un capitán monteño preguntó al coronel si debían cortarles la huída. Entre risas, el coronel respondió que no.

–          Si llegan a sus casas y cuentan lo que han visto, no hará falta disparar un solo tiro en los próximos cincuenta kilómetros.

Otros cincuenta kilómetros más adelante se encontraba Ciudad.

Cuando los soldados monteños hubieron comprobado que la posición era definitivamente suya, el coronel hizo una comunicación por radio a Pueblo Tarao. Desde allí recibió la confirmación de Pedro.

Al caer la tarde, mientras montaban las tiendas de campaña del campamento, los soldados de infantería comenzaron a señalar al cielo. Como una inmensa bandada de patos, los bombarderos monteños se dirigían lentamente hacia Ciudad.

4

Pedro recorría junto al grupo de científicos uno de los interminables pasillos del Centro Secreto de Investigación Militar, varios metros por debajo de la superficie de Villa Tarao, segunda ciudad de Montes Tarao. Pedro atendía con gran interés las explicaciones de los científicos. Durante sus últimas visitas al centro había hecho un especial esfuerzo en aprender y recordar todo lo que le explicaban. Orgulloso, se dio cuenta de que durante las dos últimas reuniones había conseguido entender casi todo lo que le dijeron.

–          Señor – dijo un científico -, tenga en cuenta que iniciar la reacción en un entorno tan… inusual resulta muy complejo. Desgraciadamente, todos nuestros intentos anteriores han conducido al fracaso. El problema consiste en provocar una evolución provocada y controlada del proceso.

–          Sí, pero… ¿no podrían modificarse las condiciones físicas o químicas del entorno? – respondió Pedro.

–          Esto intentamos, señor. Tenga en cuenta, igualmente, que no es fácil encontrar personal que quiera ayudarnos a llevar a cabo estos experimentos. Como podrá suponer, la peligrosidad de cada experimento es evidente.

–          Por eso no se preocupen, yo mismo me ocuparé de que encuentren la colaboración necesaria.

Entonces, el grupo observó al consejero de seguridad acercarse por el pasillo a paso ligero. Cuando alcanzó al grupo, se cuadró. Pedro pidió a los científicos que le disculpasen durante y momento y se dirigió al consejero.

–          ¡Muera Pedro! – dijo Pedro, ritualmente.

–          ¡No soy Pedro! ¡No soy pedrista! – respondió el consejero, con gesto marcial.

–          Dígame, consejero.

–          Señor, he de informarle de que, a pesar del éxito de la operación de ataque aéreo sobre Ciudad, se hacen recomendables algunas modificaciones en el futuro.

–          ¿Modificaciones?

–          Sí, señor. Acecho Segundo es un excelente militar y su formación es muy completa. Sin embargo, no es un especialista del pilotaje de bombarderos. Si bien los destrozos causados por el bombardeo han causado una gran desmoralización entre la población civil de Ciudad, hay de añadir no obstante que la mayoría de los objetivos militares no han sido alcanzados. Ha sido, señor, un ataque aleatorio.

Pedro pensó durante unos segundos.

–          Entiendo. ¿Qué propone, consejero?

–          Creo que deberíamos buscar un nuevo militar como prototipo de piloto para nuestra aviación. Un piloto especialista.

–          Está bien, así se hará. Mándeme a su mejor candidato cuando acabe el periodo de formación.

–          Bien, señor.

5

El operario de primera categoría del Cuerpo de Manipuladores de la Máquina Generadora de la República hablaba frenético por teléfono.

–          ¡Señor, los monteños ya están aquí! – gritó.

Su ayudante esperaba nervioso junto a la pila de rifles. En previsión de la inminente llegada de los monteños, el gobierno había provisto a cada almacén de la máquina generadora con un centenar de rifles con su correspondiente munición. No obstante, en aquel momento ni un solo soldado custodiaba aquel recinto.

El ayudante miraba a través de la ventana. A lo lejos podía verse la fila de tanques monteños que se dirigían lentamente hacia allí. Aquel almacén, ubicado en las afueras de Ciudad, se convertiría en el primer objetivo militar del ejército nopedrista en su asalto a Ciudad.

El operario colgó el teléfono y se dirigió a su ayudante. Su rostro estaba pálido.

–          Di… Dicen que éste no es un lugar de defensa estratégica prioritaria – le dijo muy nervioso. Su ayudante abrió mucho la boca y no pudo evitar una mueca de horror -. Dicen que el abastecimiento de máquinas generadoras de la República está garantizado. Desde otros almacenes ya se ha procedido al envío de copias de la máquina generadora a otros puntos de Ciudad, así como a otras provincias. Por otra parte, el enemigo también cuenta con sus propias máquinas generadoras, así que no podrá conseguir aquí nada que no tenga ya. Defender este sitio es… no prioritario.

Horrorizado, el ayudante cogió un rifle y se lo ofreció al operario.

–          Dispáreme, señor – le dijo.

El operario cogió el rifle y lo miró. Entonces meneó la cabeza.

–          Se me ocurre algo mejor. ¿Cuánta energía nos queda en la batería de la máquina?

Entonces el ayudante comprendió. Frenético, se dirigió a los controles de la máquina generadora. Venderían cara su vida. Comenzó a surgir una luz azulada.

–          ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! – gritó la nueva figura.

Los dos técnicos se acercaron al recién llegado. Éste los miraba con gran incredulidad.

–          ¿Dónde pelotas estoy? – preguntó.

–          En un almacén de máquinas generadoras de Ciudad. El enemigo monteño nos acecha y debemos repelerlo para salvar la vida. Perdona que no te lo explique mejor, pero no tenemos tiempo.

El recién llegado no entendió absolutamente nada. Muy nervioso, se quedó mirando fijamente al técnico mientras se decía a sí mismo que aquel tipo se parecía a su tío Ramón.

–          ¿Sal… salvar la vida? ¿No estoy en… la Tierra? – preguntó.

El operario le ofreció un rifle. Aturdido, el recién llegado lo cogió mecánicamente.

–          Ahora sal ahí y demuestra lo que vales – dijo el operario mientras le empujaba hacia la puerta.

El ayudante regresó a los controles y volvió a salir la luz azul. Justo cuando otro recién llegado comenzó a gritar “¡Gordo chiflado!”, el operario empujó al primer chico a la calle y cerró la puerta tras él.

Éste no salía de su asombro. Hace apenas un minuto se encontraba en el salón de Gómez, y una hora antes en un botellón con sus amigos. Ahora llevaba un rifle en las manos. Observó que a cierta distancia había una hilera de tanques dirigiéndose hacia él.

Desesperado, trató regresar a aquella sala, pero la puerta no se abría. Entonces se echó al suelo y empezó a llorar.

“¡Quiero volver a casa! ¡Quiero ir con mamá!” pensó. “¿Qué pelotas estoy haciendo aquí?”.

Entonces la puerta volvió a abrirse y salió de ella otro individuo idéntico a él, también a empujones. También éste portaba un rifle. Ambos chicos se miraron incrédulos. Por la ventana de la sala volvía a surgir aquella luz azul. Una voz al otro lado de la puerta les gritó “¡Vamos, id a por ellos! ¡A por los tanques!”.

Quizás por el aturdimiento, los chicos comenzaron a correr hacia aquellos tanques. “Esto no puede ser real” pensaban simultáneamente.

El primer disparo de tanque hizo que el primero de ellos saltara en pedazos.

6

Los habitantes de Ciudad jamás habían imaginado que sus calles se convertirían en el frente de la guerra contra Montes Tarao. El gobierno de la República lo contempló vagamente, pero nunca se lo había llegado a creer del todo. Sin embargo, allí estaban.

El primer objetivo de la infantería monteña fue tomar el barrio B, zona de los principales centros de investigación de la ciudad. El principal interés estratégico del barrio consistía en que, a pesar de encontrarse en las afueras de la ciudad, estaba ubicado sobre un gran promontorio desde el cual se podía otear toda la urbe. Tras una rápida barrida de la aviación, la infantería entró al asalto e hizo salir uno a uno a los ocupantes de los edificios científicos. Aunque no se esperaba una peligrosa resistencia por parte de éstos, los soldados tenían órdenes de encontrar a algunos científicos importantes y conducirlos a Montes Tarao.

Cuando ya ondeaba una bandera NP del Centro de Investigación Energética, las piezas de artillería se situaron en el punto más alto de la colina y comenzaron a disparar hacia el barrio G, ubicado en su falda y sede de los más emblemáticos edificios gubernamentales de la República. Para entonces, varios coches oficiales republicanos ya se encontraban a varios kilómetros de Ciudad en dirección a Costa Mamá. En ellos viajaban Hermano 27351, Negocio Quinto, y la plana mayor del gobierno de la República. Mientras se lamentaban ante la posible pérdida de Ciudad, llevaban consigo su plan de reubicar la sede del gobierno de la República del Hogar en Puerto Mamá.

Cuando muchos edificios del barrio G ya estaban en llamas, la infantería comenzó su descenso desde el barrio B. Al caer la noche ya controlaba toda una orilla del río Pedopis, que dividía Ciudad en dos. Entonces, el ejército republicano hizo explotar sincronizadamente todos los puentes que lo cruzaban. Todos los puentes de Ciudad sobre el río Pedopís esperaban desde hacía días cargados de dinamita. Ante el imparable ataque monteño, los oficiales republicanos entendieron que había llegado el momento de hacerlos explotar.

Ante la imposibilidad técnica de continuar el ataque, el ejército monteño esperó en su orilla del río dos días, hasta que llegaron desde Pueblo Tarao varias barcazas de transporte, cargadas sobre grandes camiones. Mientras tanto, la aviación seguía castigando la orilla contraria. Al poco de introducir las barcazas en el río Pedopís, la artillería monteña comenzó a disparar hacia la orilla opuesta para cubrir el corto viaje de sus soldados. Algunas barcazas fueron alcanzadas por unas pocas piezas de artillería republicanas que esperaban al otro lado. Sin embargo, el grueso de la infantería monteña cruzó con éxito al otro lado.

Allí, el ejército monteño encontró menos resistencia de la que esperaba. La mayoría de los habitantes que vivían en la otra orilla de Ciudad habían abandonado la ciudad dos días antes. Los pocos que quedaban eran en su mayoría ancianos y enfermos que nadie se había molestado en llevarse con ellos. Al cabo de unas horas se constató el hecho: Ciudad, la antigua capital de la República del Hogar, desde la cual se había gobernado todo el planeta, había caído en manos de Montes Tarao.

7

Pedro observaba con interés unas ruinas de bloques de pisos en el barrio G. Varios generales le acompañaban.

–          En esa casa me crié yo – dijo Pedro, intentando ocultar su emoción.

Ante la intensidad del momento, los generales guardaron silencio como respeto hacia su líder. Pedro observó una papelera verde abollada junto a la entrada de su portal. Al recordarla, sitió cierta nostalgia ante tan simple objeto. Aunque conseguía recordar la abolladura, se dio cuenta de que había visto durante muy poco tiempo la papelera con ese desperfecto.

“De hecho, sólo la vi un día así…” meditó. Y entonces consiguió recordar.  “Esa abolladura la causó ese maldito pedrista al caer desde mi ventana”. Entonces sonrió. “Allí, ese mismo día, comenzó el camino hacia la gloria”. Se le escapó una lágrima, y ordenó a un soldado desmontar la papelera y enviársela posteriormente. El soldado, que comprendió inmediatamente la carga emocional de ese objeto para Pedro, comenzó a desmontarla con devoción, mimo y delicadeza.

Entonces Pedro echó un último vistazo al portal, se dio la vuelta, y comenzó a caminar calle abajo. El grupo de generales le siguió. Cuando alcanzaron el edificio del Parlamento, Pedro se dirigió a uno de sus generales.

–          Demoledlo. No debe quedar nada.

–          Sí, señor – respondió el general.

Siguieron caminando por la Ciudad mientras Pedro se mantenía en silencio. Cuando encontraban alguna estatua dedicada a Kakakulo o Anikilator, Pedro indicaba a uno de sus generales que esa estatua debía ser demolida. Entonces, el general anotaba la orden en una libreta.

Tras mucho rato, llegaron a la Avenida Rocío. Mientras caminaban por el centro de la calle, flanqueada por edificios en ruinas, varios tanques que patrullaban la zona comenzaron a acompañarlos a modo de comitiva. Por extraño que pudiera parecer, Pedro parecía un poco más bajo que los generales que lo acompañaban. Si bien Pedro no era tan mayor como para haber perdido una cantidad sensible de altura, se había observado que los recién nacidos que iniciaban inmediatamente la carrera militar crecían un poco más. Quizá el ejercicio físico tenía una leve influencia sobre el crecimiento de los habitantes de Hogar siempre que se realizara antes de que dicho crecimiento se detuviera, habitualmente unos cuatro o cinco años después de su nacimiento.

Al poco tiempo, la avenida se abrió en una gran plaza. El centro de la plaza era coronado por una estatua que mostraba a Rocío junto a un sujeto con gesto moribundo y una moto. El general se paró un momento para sacar su libreta. Dirigió su mirada a Pedro.

–          Cortad de la estatua ese antiestético moribundo y su moto. El resto se queda como está.

El general se encogió de hombros, hizo una anotación y continuó su marcha.

8

Pedro observaba sentado en una silla el paso de varias filas de prisioneros encadenados, junto a su consejero de seguridad, que permanecía de pie. Esa tarde la temperatura era muy buena para estar al aire libre. Los edificios derruidos permitían que corriera una leve y agradable brisa.

Los prisioneros se dividían en dos grupos, los pedristas y el resto. Los pedristas hacían una fila al final de la cual se les grababa a fuego la P en la frente. Los gritos de los pedristas molestaban a Pedro, pues le distraían del disfrute de la brisa.

Un soldado se acercó al consejero y le hizo un anuncio. Entonces, el consejero se dirigió a Pedro.

–          Señor, acaba de llegar desde Pueblo Tarao el mejor piloto de la última promoción de pilotos. Su nombre es Sexto Rasante. He de añadir, señor, que tuve la oportunidad de conocerle antes de su graduación, y puedo decir que es un gran patriota.

Pedro sonrió al consejero. Varios soldados acompañaron al piloto a la presencia de Pedro. Pedro levantó el brazo.

–          ¡Muera Pedro!

–          ¡No soy Pedro! ¡No soy pedrista! – respondió el piloto.

Pedro observó al recién llegado durante unos segundos. Después sacó de su cinto su pistola y se la ofreció.

–          Muy bien chico, has hecho un largo viaje. Te mereces un premio. Escoge los seis que quieras.

Sexto tomó el arma dubitativo. Pedro le miró sonriente, algo apremiante.

Entonces, Sexto se acercó a una fila de prisioneros pedristas e hizo varios disparos a algunas cabezas. Al desplomarse, los cuerpos sin vida tiraban de las cadenas y arrastraban al suelo a los prisioneros más contiguos de la fila. Algunos prisioneros lanzaron alaridos de terror. Sexto se dio la vuelta y miró a Pedro.

–          Llevas cinco, chico. Uno más.

Sexto dudó durante unos instantes. Después se dio la vuelta e hizo un disparo más, dirigido a la frente de un último pedrista.

–          Muy bien – dijo Pedro -. Acércate.

Sexto se acercó. Pedro extendió su mano y Sexto le devolvió el arma. Pedro sonrió de nuevo. Miró a su consejero.

–          Aquí tenemos al nuevo piloto del ejército monteño. Conducidle al cuartel general de aviación.

El piloto se cuadró y se alejó, acompañado por dos soldados. Pedro volvió su mirada a los prisioneros. Los soldados desencadenaban a los prisioneros muertos y reenlazaban la secuencia de la cadena con los que quedaban vivos. A muchos de ellos les temblaban las piernas. Entonces Pedro se fijó en la fila de prisioneros que no eran pedristas. Localizó en un rostro unas cicatrices y marcas que le eran muy familiares. Se dirigió al consejero.

–          ¿No es ése Eslabón Tercero? – preguntó.

–          Sí, señor – respondió el consejero -. Lo encontramos en una prisión a las afueras de la ciudad. Ante nuestra llegada, los republicanos abandonaron la prisión con los presos dentro. Llevaban días sin comer.

Pedro meditó durante unos instantes.

–          Apartadlo – dijo Pedro -. Le daremos un trato especial. Nos puede ser útil.

–          Sí, señor.

9

Pedro se reunía en el campamento monteño con la cúpula de su ejército. Ante un mapa, discutían por dónde debía continuar la invasión. Entonces, un general intervino.

–          Señor, he de recordarle que hasta ahora el ejército republicano apenas nos ha hecho frente. Cada vez que han hecho un amago de ofrecernos resistencia, se han batido en retirada poco después, al comprobar nuestra superioridad. Sin embargo, al eludir el combate directo tantas veces, han sufrido relativamente pocas bajas. Nos han estado tanteando, esperando el momento en que sus ejércitos contengan suficientes soldados con la experiencia necesaria para, al menos, llevar a cabo una retirada ordenada y bien planificada. Mientras tanto, su industria bélica ha seguido creciendo, y la instrucción de sus nuevos soldados ha comenzado a completarse. La República sigue siendo el país más poblado de este planeta, y en breve comenzará a tener un ejército respetable. Por tanto, señor, creo que necesitamos incrementar sensiblemente nuestro número de efectivos antes de continuar nuestro ataque.

Pedro observaba el mapa con cierta preocupación.

–          Sin embargo – respondió Pedro –, nuestras reservas de energía son insuficientes para costear la generación de un gran número de nuevos soldados. Las provincias conquistadas son pobres en recursos energéticos.

–          Señor – intervino otro general -, me atrevo a sugerir que quizá sea éste un buen momento para comenzar a formar a nuestros ciudadanos para la guerra. Esta medida puede suponer un cierto impacto en la cómoda vida que hasta ahora han disfrutado, pero el apoyo de los monteños a nuestra gloriosa cruzada es total. También deberíamos considerar la construcción de una industria bélica convencional. No podemos seguir basando nuestros nuevos refuerzos y su equipamiento en las máquinas generadoras. No podemos costearlo.

–          Creo que esa medida es adecuada – replicó Pedro -, pero sus frutos no se notarían hasta dentro de algunos meses. En la creación de un ejército convencional, la República nos lleva la delantera. Además, la propia construcción de nuevas industrias supone una gran inversión inicial en energía. Necesitamos más energía ahora.

Los generales guardaron silencio. La única solución agolpaba la mente de todos los presentes, pero suponía ciertos inconvenientes que debían sopesarse. Un general propuso una solución alternativa.

–          Podemos ofrecer a la República Determinista de Río Mos reforzar nuestro actual intercambio de materias primas por energía.

–          No creo que acepten – dijo gravemente otro general -. No necesitan más minerales. Su nivel de desarrollo, a pesar de estar en crecimiento, no les permitiría sacar partido de ellos.

Entonces Pedro intervino.

–          Al menos lo intentaremos. Además, como gesto de buena voluntad, les enviaremos a su líder determinista, Eslabón Tercero.

–          ¿Y si no aceptan, señor? – preguntó un general.

Todos dirigieron su vista al mapa. Y todos miraban al mismo punto.

10

Los focos de luz barrían el terreno a intervalos regulares.

“Vamos, ya he hecho lo más difícil” se decía Hermano 787980 mientras permanecía agazapado tras una roca. Se miró las manos. Todavía sangraban. Varias filas rojas paralelas las cruzaban de lado a lado. Si no gritó cuando el alambre de espino se clavó en su carne, no gritaría ahora. Después de haber conocido el infierno, aquel lodazal no le parecía un lugar tan desagradable. Tuvo ganas de sonreír, pero no pudo.

Aquella noche, dos de las lunas de Hogar estaban llenas y podían verse en el cielo a la vez. La luz que desprendían provocaba que se vieran menos estrellas que de costumbre. El hermano se llevó la mano a la frente. Todavía le escocía. Recordó cómo le habían marcado como una res el día de su llegada. Aquel hierro candente con forma de P mostraría para siempre su fe. Él no era más que un asqueroso pedrista.

Se abrieron las puertas del centro y salieron al exterior varios camiones. El hermano pudo contar más de una docena. Mientras miraba agazapado, no dejaba de cavar con sus propias manos para hacer más hondo su escondite. “Debo permanecer aquí. Es un buen escondite” se decía a sí mismo mientras arrancaba el suelo arcilloso con las uñas. “Debo esperar”. Los focos barrían sistemáticamente las colinas circundantes. Escalarlas en aquel mismo instante sería un suicidio.

Los camiones se adentraron en la carretera. Un par de minutos después se detuvieron. Los soldados monteños comenzaron a bajar de ellos. La sincronización de sus movimientos era perfecta.

“Por Gran Pedro… debe haber más de doscientos…” pensó el hermano. Tragó saliva. Pensó que probablemente ése debía ser el famoso Acecho Segundo del que tanto se hablaba.

En menos de diez segundos, el grupo de soldados se organizó en un cuadrado perfecto de dieciséis por dieciséis soldados. Entonces, sin mediar palabra, ese cuadrado se dividió en otros cuatro cuadrados de cuatro por cuatro individuos. Cada cuadrado comenzó a marchar hacia un punto cardinal diferente.

El hermano se sorprendió de que todos aquellos soldados pudieran poner en práctica aquella coreografía sin hablar. Entonces se dio cuenta de que estaba temblando. Frenético, siguió cavando más rápidamente que antes. Algunas uñas ya se le habían arrancado de la carne. El roce de la arcilla con la carne viva de sus dedos hizo que se estremeciera y apretara los dientes. No podía parar. Estimó que ya cabría medio cuerpo.

Cada uno de los cuatro grupos de soldados anduvo en una dirección diferente durante un par de minutos. Entonces, sin mediar palabra, los cuatro grupos se pararon en seco en sus respectivas posiciones. Súbitamente, cada grupo de cuatro por cuatro hombres se dividió en cuatro grupos de dos por dos y, acto seguido, cada uno de dichos grupos tomó una dirección diferente.

El hermano sintió terror al comprobar la coordinación de aquellos hombres y les maldijo. Uno de los grupos de dos por dos soldados se dirigía hacia él.

A unos veinte metros de su escondite, dicho grupo se dividió, y entonces cada soldado siguió una dirección diferente. Hasta donde le alcanzó la vista, el hermano pudo comprobar que todos los demás grupos se habían disgregado de la misma manera y exactamente a la vez.

“Están barriendo el terreno de manera absolutamente sistemática. ¿Cómo es posible?” se preguntó mientras cavaba frenéticamente. Un soldado se dirigía directamente hacia su posición. Ya no quedaba tiempo. De un salto se metió en su madriguera.

El soldado se encontró a aquel individuo con medio cuerpo agazapado dentro de un agujero y las manos ensangrentadas. Mientras el hermano se percataba de que en realidad había estado cavando su propia tumba, el soldado disparó. La ráfaga fue corta y eficiente. La cara del pedrista quedó mirando boca arriba, con la P de su frente iluminada por las lunas de Hogar.

Ante el sonido de los disparos, los otros doscientos cincuenta y cinco soldados NP detuvieron sus movimientos en seco. Sin mediar palabra, todos ellos se dirigieron en línea recta hacia los camiones.

11

Hermano 27351 se dirigía a sus feligreses en el gran templo pedrista de Puerto Mamá. Las estatuas de Kakakulo y Pedopís coronaban el altar.

–          ¡Hermanos! ¡No os dejéis engañar por estos convulsos tiempos! – gritaba Hermano 27351 mientras apretaba su puño –. Recordad siempre que no hay motivo alguno para que ansiemos una pluralidad que jamás hemos contemplado. No debemos dejarnos engañar por los sucesos que impregnan nuestra mente desde nuestro nacimiento, pues, no lo olvidemos, no son nuestros recuerdos. Las escenas que muestran no nos pertenecen. ¡Debemos permanecer críticos, atentos y vigilantes! Las doctrinas monteñas tratan de tentar a este mundo con sus mentiras sobre la pluralidad, como el mismísimo diablo. No hay mayor engaño que desear lo que nunca hemos visto, y no hay mayor manipulación que alentar ese deseo.

Los feligreses escuchaban sentados en el suelo mientras con los dedos recorrían concentrados sus rosarios de cuentas de colores.

–          Y ahora, hermanos, salgamos juntos del templo y participemos del sagrado botellón a la intemperie, tal y como lo hiciera el mismísimo Pedro Martínez.

Entonces, todos los feligreses salieron del templo, acompañados por Hermano 27351. Fuera del templo llovía intensamente, y hacía bastante frío. Con gran ritualismo, Hermano comenzó a repartir las botellas de coliol, los yogures y las bolsas de supermercado entre todos los presentes. En la plaza había algunos bancos rituales. Los presentes se congregaban por grupos en torno a ellos.

–          Hermanos, pasad a mezclar los ingredientes del botellón como lo hiciera Pedro Martínez, según el proceso característico que lo distinguía.

Los feligreses comenzaron a verter el coliol y el yogur en las bolsas de plástico. Entonces, cuando ambos ingredientes estaban bien mezclados, volvían a verter el contenido de la bolsa en la botella de coliol, que esperaba vacía.

–          No olvidemos el significado este gesto. Representa la incapacidad de Pedro Martínez para comprar vasos, lo cual es un símbolo de su gran pobreza y humildad. Y ahora, hermanos, bebamos y completemos el rito de la comunión.

Los feligreses bebieron. Unos a otros se pasaban la botella y bebían de ella a morro. Entonces todos comenzaron a cantar una canción de Pus Day. La gesticulación en el cántico se consideraba una exaltación de la fe, lo que hacía que algunos feligreses adoptasen posturas imposibles. “La había dejado rota, y entonces… Eché la pota ¡¡¡pota, pota, pota!!!” gritaban al unísono. Al finalizar la canción, Hermano 27351 intervino.

–          Hermanos, que Pedro os acompañe.

De acuerdo al procedimiento ritual, dejaron las botellas y bolsas en el suelo, y abandonaron ordenadamente la plaza para volver a sus casas. Los ayudantes del templo pasaron a iniciar su recogida.

Cuando Hermano 27351 se volvía a dirigir al templo, un fiel le abordó.

–          Hermano, soy Hermano 91279127, capitán del ejército de la República.

–          Que Pedro te acompañe, hermano – respondió Hermano 27351, con voz pausada.

–          Hermano, necesito su consejo espiritual.

–          ¿Qué te atormenta, hermano?

–          No consigo comprender por qué perdemos esta guerra, hermano. Pierdo a mis hombres ante el enemigo, y eso me atormenta. No consigo entender cómo un ser engendrado a partir de Pedro Martínez puede ser tan vil, tan… antipedro. No entiendo cómo todo esto puede emanar de la perfección de Pedro Martínez. Hermano – en este punto le tembló ligeramente la voz -, estoy perdiendo la fe.

Hermano 27351 le miró a los ojos y le puso la mano sobre el hombro.

–          Hermano, tus grandes sacrificios por Pedro merecen el sagrado honor de la revelación del misterio de la pedricidad.

Hermano 91279127 se mostró muy sorprendido ante semejante anuncio, y algo nervioso.

–          Hermano, ¿estoy preparado para recibir el misterio?

–          Lo estás, hermano. Tú alma bondadosa necesita consuelo.

Los hermanos pasaron al interior del templo. Tras una hora, Hermano 91279127 salió del templo exultante, lleno de fuerza.

12

–          Señor, hemos recibido respuesta de Orilla Mos – dijo el consejero de relaciones externas.

–          ¿Cuál es la repuesta? – preguntó Pedro, algo ansioso.

–          Señor, Martillo Noveno rechaza nuestra oferta de intensificar nuestro tratado comercial.

Pedro guardó silencio, consternado. Los gestos de gravedad de los generales eran elocuentes. Ya no quedaba alternativa.

–          Hay algo más, señor – continuó el consejero -. Cuando nuestros emisarios entregaron a Eslabón Tercero a Martillo Noveno en Orilla Mos, Martillo Noveno lo mandó apresar. Se le acusó formalmente de traicionar la revolución determinista de Ciudad por haber hecho un llamamiento público al abandono de la lucha armada el mismo día de la revuelta. En el juicio, celebrado el día posterior, se afirmó que Eslabón Tercero estuvo a punto de hacer fracasar la revolución determinista al crear división y confusión entre los rebeldes. Además, se le acusó de provocar una derrota parcial, pues esa misma confusión habría sido la causa de que ese mismo día Hogar no se convirtiera en una única república determinista global. Hoy mismo ha sido fusilado.

Pedro reflexionó sobre dicho anuncio. Entonces entendió. “Martillo Noveno no quería tener cerca a un líder carismático” pensó Pedro. “Eslabón podría haber competido por el poder como nuevo líder del sector crítico. La decisión de Martillo ha sido la más lógica”. Entonces, Pedro se dirigió a todos los presentes.

–          Señores, el asesinato de un prisionero de Montes Tarao por parte de la República Determinista de Río Mos supone una ruptura unilateral de nuestro pacto bilateral de no agresión. Por tanto, Montes Tarao se declara con la libertad de ir y tomar la energía que necesite allá donde se encuentre. Generales, dos terceras partes de nuestro ejército partirán mañana hacia la frontera entre Valle Pedopís y Río Mos.

13

El ejército monteño avanzaba lentamente por las extensas llanuras de Río Mos. Hasta ahora, el ejército determinista no se había enfrentado a ellos en ningún momento, ni siquiera les habían visto. Los pueblos que encontraban a su paso estaban abandonados.

En el centro del grupo, algunos tanques escoltaban a camiones que portaban máquinas generadoras. Durante el ataque a la República, esta técnica se había generalizado como manera eficiente de que cada batallón dispusiera de su propio abastecimiento de alimentos e incluso refuerzos. Al hacer innecesario el establecimiento de rutas que abastecieran a cada batallón periódicamente, la libertad de movimientos de la tropa mejoraba sensiblemente.

El ejército se dirigía hacia la presa del Precipicio Mos, primer gran objetivo estratégico del ejército monteño en Río Mos. Se trataba, de hecho, de una de las mayores centrales hidroeléctricas de Hogar. Ante la importancia del enclave, se esperaba en sus cercanías la primera gran batalla contra el ejército determinista. Los soldados monteños, ya veteranos, no se mostraban nerviosos ante el encuentro inminente, aunque sí algo ansiosos.

Una patrulla de reconocimiento se unió al grupo y se dirigió a un general.

–          Señor, venimos de Precipicio Mos.

–          Bien, capitán. ¿Cómo anda de fuerza el enemigo? ¿A qué nos enfrentaremos allí?

–          A nada, señor. No hay soldados deterministas allí.

–          ¿Cómo dice?

–          Señor, han volado la presa. Parece que muy recientemente.

El general ordenó a un oficial dar una señal. A los pocos segundos, todos los vehículos del batallón frenaron en seco.

–          Bien, señores. Cambio de ruta. Nos dirigimos a la presa de Rápidos Mos.

14

Los oficiales monteños observaban el gran agujero en el centro de la gran estructura de cemento, ennegrecida por la explosión. El agua fluía tranquila de uno al otro lado de la presa de Rápidos Mos. Algunas piezas metálicas, posiblemente partes del circuito de alta tensión eléctrica, flotaban en el agua.

El gesto de los oficiales mostraba una gran desolación. Un oficial de intendencia se acercó al general.

–          General, nuestras reservas de alimentos se agotan. Necesitamos conectar la máquina generadora a alguna fuente de energía ya. Si no, tendremos que solicitar que se establezca de una ruta convencional de abastecimiento desde Valle Pedopís.

–          ¡No diga bobadas! – respondió el general -. Nos separan mil kilómetros de la frontera con Valle Pedopís, y en todo ese recorrido no hemos tomado un solo pueblo. Para el enemigo sería muy sencillo asaltar los convoys de abastecimiento. No, la solución es otra. La voladura ha sido reciente. El enemigo observa nuestros movimientos, destruye las presas a las que nos dirigimos, y huye a esconderse para iniciar su siguiente movimiento. Debemos batirles la retirada.

El general se acercó a un oficial de comunicaciones. Tomó su radio portátil y ordenó que la aviación localizara y destruyera el comando determinista que les llevaba la delantera.

15

Los soldados monteños comían en el campamento que habían instalado a la orilla del río Mos. Siguiendo la política de preservar la simetría de sus comportamientos lo más posible, las tiendas de campaña se disponían en un círculo perfecto. Las mesas que los soldados ocupaban en aquellos momentos, hora del rancho, también se disponían de manera circular. Un soldado repartió bolsas de pipas entre todos los presentes. Entonces, todos los demás comenzaron su ingesta al unísono. Esto siempre daba lugar a un extraño espectáculo. Mientras que en todo Hogar la ingesta comunitaria de pipas daba lugar a una nube de caóticos eructos descompasados, en aquel campamento daba lugar a una secuencia de atronadores eructos completamente sincronizados como si fueran tambores. El resultado era una escena de un aspecto bastante aterrador, algo grotesca y, no obstante, muy marcial.

Todos aquellos soldados habían sido educados para que trataran de ignorar conscientemente sus divergentes influencias externas y tomaran sus decisiones tal y como las habrían tomado en el momento en que fueron copiados del modelo original. Ni siquiera se les asignaba un número distinto a cada soldado para distinguirlos pues, si cada sujeto pensaba en su propio número, diferente de los demás, podrían crearse pequeñas divergencias entre los soldados. Muchos de los soldados de ese batallón pertenecían a una hornada reciente, nacida a partir del patrón común de Acecho Segundo hacía apenas dos semanas, justo antes de abandonar Valle Pedopís. Por tanto, forzar el comportamiento simétrico, tanto en el combate como fuera de él, no resultaba muy complicado.

Los soldados percibieron levemente el sonido de aviones en vuelo. Entonces miraron expectantes hacia el cielo. Sabían que en breve serían sobrevolados por los bombarderos monteños en su ruta hacia el enemigo.

Los vítores de los soldados cuyas sillas se disponían en dirección a los aviones anunciaron a los otros la llegada. Esto desencadenó una sincronizada ola de cabezas girándose que se propagó desde dichas sillas hacia el resto de la mesa circular. Todos los soldados comenzaron a saludar a la comitiva agitando sus brazos.

Entonces, cuando los aviones sobrevolaban sus cabezas, se oyó una gran explosión. Era una bomba procedente de uno de los bombarderos.

–          ¿Qué ha ocurrido? – preguntó confuso el soldado que se encontraba más cercano al punto de la explosión.

Se oyó otra explosión.

–          ¡Eh! ¡Imbéciles! ¡Que somos nosotros! – gritó el soldado más cercano a esa otra explosión.

Una tercera bomba cayó a un metro de él. Con una gran deflagración, sus pedazos se esparcieron por el suelo.

–          ¡Soldados, a cubierto, es una trampa! – gritó un capitán.

–          ¡Traición!

Los bombarderos parecían concentrar su ataque sobre los vehículos blindados que esperaban aparcados en hileras junto al campamento monteño. En medio de las explosiones, el general se apresuró a comunicar a Pueblo Tarao la situación. Ante la gravedad de la noticia, el mismísimo Pedro se puso al habla. Cuando comprendió la crítica situación, dijo a su general:

–          General, me temo que nos han colado un espía. Y lo hemos copiado diez mil veces – dijo Pedro. Entonces hizo una pausa y añadió – Pero no se preocupe, la situación está bajo control.

–          ¡Señor, la situación es desesperada! – replicó el general, muy nervioso.

Al otro lado de la línea, Pedro podía oír las explosiones de las bombas.

–          General, no desespere. Tras los bombarderos, pilotados por copias del traidor Sexto Rasante, mandé salir a cierta distancia a los cazabombarderos. Éstos están pilotados por copias de Acecho Segundo.

El general guardó silencio.

–          General – continuó Pedro -, jamás habría puesto mi total confianza sobre un soldado que hemos copiado después de que el enemigo conociera nuestros métodos. El riesgo de infiltrados en la Academia Militar era no despreciable. No me equivoqué.

16

Al día siguiente, se construyó un inmenso patíbulo con cinco mil una horcas en la Plaza Principal de Pueblo Tarao. Todos los reos, menos uno, eran las copias de Sexto Rasante que no habían salido de misión el día anterior. El último reo, con un lugar especial en el centro de la plaza, era el consejero de seguridad de Montes Tarao.

El último pensamiento de todas las copias de Sexto Rasante fue para el momento en que tuvieron en sus manos la pistola cargada de Antipedro, y a Antipedro desarmado, sonriente, sentado en su silla. Recordaron que sus órdenes fueron siempre muy claras: debilitar el ejército monteño. “Cuando caiga el ejército monteño, acabará la guerra. Si cae Antipedro, la guerra no tiene por qué acabar” le dijo su general antes de su partida.

El último pensamiento del consejero de seguridad fue que el fracasado ataque aéreo estuvo a punto de parar una locura. Una locura que nunca debió comenzar.

17

Pedro repasaba la situación junto a sus generales.

–          Señor, nunca conseguiremos tomar una ciudad o pueblo que albergue una central hidroeléctrica sin que los deterministas la hayan destruido antes. En todos los casos se ha repetido el mismo patrón: mientras pueden, mantienen sus centrales al máximo rendimiento de producción eléctrica. Entonces, en el preciso momento en que la llegada de nuestro ejército es inminente, vuelan la presa, abandonan el pueblo y emprenden la huída.

–          Por otro lado – intervino otro general –, recientemente hemos observado que el enemigo comienza a plantarnos cara de manera puntual. Pequeños comandos enemigos han tratado de asaltar nuestros convoys, hasta ahora sin éxito. Parece que en todos los casos su objetivo principal es alcanzar algún camión que transporte alguna de nuestras máquinas generadoras. He de decir que están muy bien informados acerca de dónde llevamos en cada momento nuestras máquinas.

Los generales mostraron su consternación. El reciente episodio de espionaje había puesto en entredicho todo su protocolo de seguridad. Inevitablemente, todos los presentes se miraban y trataban con cierto recelo.

–          ¿Nuestras máquinas generadoras? – se preguntó otro – ¿Para qué? ¿Para destruirlas? Un regimiento cuya máquina fuera destruida por el enemigo podría recibir otra nueva si uno de nuestros aviones la lanzara en paracaídas cerca de su posición, incluso si el regimiento se hubiera adentrado mucho en el frente. ¿Para robárnoslas? Ellos tienen las suyas propias, y al igual que nosotros pueden hacer nuevas copias… Así que, ¿para qué las quieren?

–          Nuestras máquinas generadoras no sólo sirven para generar a Pedro Martínez con diecisiete años y a todos los alimentos disponibles en Hogar. Además, nuestras máquinas son las únicas que permiten generar a Acecho Segundo – respondió otro -. Por tanto, sospecho que su objetivo es poder estudiar con detenimiento el modelo de Acecho Segundo. Dado que en la batalla se enfrentan a un solo enemigo, desean conocerlo en detalle.

Aquella posibilidad era muy real. Tanto los republicanos como los deterministas habían enviado algunos reducidos grupos de asalto contra pequeños retenes de soldados monteños ubicados en pueblos poco estratégicos. Su objetivo era capturar con vida a algunos Acecho Segundo para llevarlos ante su servicio de inteligencia e investigar a fondo su comportamiento. No obstante, Acecho Segundo estaba entrenado para que, si era capturado, modificase su comportamiento habitual. Para cada acción para la que contemplase varias alternativas factibles, no escogía sistemáticamente la que estimase como más apropiada, sino que elegía alguna de las alternativas según algún criterio arbitrario, por ejemplo en función del color de las paredes, qué número de minuto fuera, o lo primero que se le ocurriera. Todos los soldados capturados seguían comportándose igual entre sí ante situaciones iguales pues, ante entornos idénticos, a todos se les ocurrían los mismos criterios arbitrarios para alterar su comportamiento normal. No obstante, dicha manera de comportarse no era la que seguirían en el campo de batalla. Finalmente los enemigos se percataron de que, por algún motivo, los prisioneros capturados no les servían para estudiar el verdadero comportamiento de Acecho Segundo.

–          Lo que necesitan es capturar una de nuestras máquinas y generar a Acecho Segundo haciéndole creer que está entre los suyos, para que así no modifique su comportamiento. Si consiguen una máquina, se disfrazarán de nosotros, le generarán, y le someterán a situaciones de combate ficticias. Así podrán observarlo con detenimiento y anticiparse a sus decisiones en el campo de batalla real.

Pedro observaba preocupado la situación. Realmente existía la posibilidad de que los deterministas acabaran consiguiéndolo. En ese caso, Acecho Segundo dejaría de ser el soldado perfecto para luchar contra el enemigo.

18

–          Este lugar es muy tranquilo y todos me tratan muy bien – dijo Distinto Único -. Lo que no comprendo es por qué la gente me mira con extrañeza al presentarme con mi rango y no con mi nombre. Los demás militares también se presentan con sus rangos y a nadie le extraña.

–          No les hagas caso, te tienen envidia – respondió Pedro.

–          ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme?

–          Hemos entrado en guerra.

Hubo unos segundos de silencio.

–          Entonces la lucha contra el pedrismo mundial ha comenzado por fin.

–          Así es – dijo Pedro -. Los soldados de los que disponemos actualmente son eficientes y patriotas, pero tenemos sospechas de que en cualquier momento una maniobra del enemigo podría provocar que estos soldados ya no resultasen útiles. Por eso tenemos que estar preparados para que tú los sustituyas si llegase ese momento.

–          ¿Yo?

–          Muchísimas copias tuyas.

–          Entiendo. Tomaremos un plano mío con la máquina generadora.

–          Así es. En el momento de tomar el plano estarás completamente equipado para el combate. Así, al generar cada copia tuya, dicha copia estará preparada para actuar inmediatamente.

Ambos hicieron los preparativos para la toma del plano. Montaron el tomador de planos hecho con los clips pisapapeles y los envoltorios de yogur. Después Pedro ayudó al otro a ponerse el uniforme de campaña y las armas reglamentarias.

–          Vale, estoy preparado.

–          Debes ser consciente – aclaró Pedro – de que cada copia tuya podría ser generada en un momento diferente de la guerra. Puede ser que, inmediatamente después de tomar el plano, pases a encontrarte en algún momento futuro, donde ya haya pasado mucho tiempo desde el comienzo de la guerra.

–          ¿Sentiré de repente que salto a otro lugar y otro momento?

–          Como sabes, el individuo con el que estoy hablando ahora no se va a mover del sitio en cuanto tomemos el plano. No obstante, dado que cada nuevo individuo será creado con un cerebro idéntico al que tienes ahora, incluyendo los recuerdos a corto y largo plazo que tienes exactamente ahora, dicho individuo creerá haber pasado del lugar que ocupas ahora mismo al campo de batalla en un instante. Digamos que la mayoría de los individuos que crean haber tenido esta conversación conmigo van a viajar a otro lugar…

–          Comprendo. Vamos allá.

Entonces Pedro activó el mecanismo.

–          Ya está – anunció Pedro tras unos segundos de espera. Entonces se acercó al otro y le abrazó.

–          Bueno, parece que sigo aquí – dijo el otro.

–          Sí… Acabas de hacer un sacrificio por la patria… Un inmenso sacrifico – dijo mientras ayudaba al otro a quitarse el uniforme -. Ahora hablaremos. Tengo muchas cosas que explicarte.

19

En cada reunión con su estado mayor, Pedro no podía ocultar su preocupación de que en algún momento la utilización de Acecho Segundo pudiera resultar inadecuada. Todo su ejército estaba formado por dicho soldado. No sólo se trataba de un extraordinario soldado, sino que la coordinación y sincronización derivadas de utilizar un único soldado suponían una ventaja fundamental a la que no deseaba renunciar. No le agradaba la posibilidad de que los deterministas acabaran capturando uno de sus modelos y analizaran todo su comportamiento. Por eso, se había preparado ante tal eventualidad. Sin embargo, mientras los acontecimientos no le forzaran a cambiar, su ejército seguiría estando formado sólo por Acecho Segundo. Las máquinas generadoras seguirían produciendo únicamente a Acecho Segundo.

No obstante, tras un mes de continuos ataques a los convoys monteños, el ejército determinista finalmente tuvo éxito en su misión, si bien de una manera inesperada. Un avión de carga que trasladaba una máquina generadora con destino a un regimiento monteño en el frente fue abatido por un disparo de artillería del ejército determinista. El ejército determinista alcanzó los restos del avión siniestrado a pocos kilómetros de la localidad de Presa Mos. La máquina generadora, muy bien protegida por su embalaje, se encontraba en buen estado a pesar del impacto. Los soldados la condujeron al pueblo. Ante la noticia de la captura, algunos altos mandos deterministas partieron hacia Presa Mos.

La mayor parte de los habitantes de la pequeña localidad de Presa Mos eran empleados de su gran central hidroeléctrica. Las casas de los habitantes del pueblo se distribuían a ambos lados de la presa en un territorio escarpado. Una única carretera serpenteante comunicaba la localidad con el exterior.

Cuando Pedro conoció la noticia del robo de la máquina, protestó furioso por el descontrolado uso que hacía su ejército de las máquinas generadoras en el frente. Aunque inicialmente este uso había servido para favorecer la movilidad de la tropa, en última instancia dicha práctica se había generalizado ostensiblemente, lo que había desembocado en un gran riesgo para la seguridad. Durante los días siguientes, Pedro purgó con dureza algunos mandos de su ejército. Después, en una reunión de urgencia, Pedro discutió con sus generales si en adelante el ejército debería generar a otro soldado distinto de Acecho Segundo. Dado el inmenso número de soldados Acecho Segundo desplegados en aquel momento a lo largo de todo el frente, así como la ventaja en la coordinación que suponía seguir utilizando un único modelo de soldado, cambiar de modelo en aquel mismo momento podría resultar catastrófico. Por tanto, Pedro decidió que, al menos de momento, la producción de Acecho Segundo continuaría inalterada. Quizás algo más adelante habría que considerar otra opción.

Un día después del siniestro, Pedro ordenó a su aviación que bombardeara Presa Mos. El número de bombarderos monteños disponibles se había reducido considerablemente tras el reciente sabotaje de Sexto Rasante, si bien los efectivos eran suficientes para bombardear una pequeña localidad. Los bombardeos se concentraron en atacar la carretera de acceso y las casas de la población. Al cabo de una semana de ataques continuos, las bajas humanas entre sus habitantes fueron considerables, reduciéndose la población total a la tercera parte. Como era habitual en los ataques monteños, los bombardeos no atacaron la central hidroeléctrica. Esto provocó que el resto de habitantes se trasladara de manera permanente a la propia central.

Mientras tanto, los mandos y especialistas deterministas llegados desde Orilla Mos examinaban la máquina generadora en una cueva ubicada cerca de la central. Generaron a Acecho Segundo y analizaron su comportamiento. Una y otra vez lo generaban, lo examinaban hasta ponerle en situaciones extremas, y acto seguido lo eliminaban para volver a empezar. Los especialistas no dejaban de hacer anotaciones. Diariamente enviaban por radio un nuevo informe a Orilla Mos.

A pesar de los bombardeos y de encontrarse completamente aislados, los deterministas se encontraban razonablemente seguros en Presa Mos. De todas las centrales hidroeléctricas de su territorio, ésta era una de las más difíciles de atacar debido al escarpado territorio colindante. Esto la convertía en objetivo poco apropiado para los monteños. A su vez, la disponibilidad de energía propia y de la recientemente sustraída máquina generadora garantizaba el abastecimiento de alimentos a sus habitantes. Por otro lado, la producción energética de la central seguía resultando útil a todo el país, pues los bombardeos no habían destruido los cables de alta tensión enterrados que partían desde el pueblo hacia el exterior. Sin embargo, dicha aportación se había resentido considerablemente desde el bombardeo. La falta de mano de obra había desembocado en una infrautilización de la estructura y en un inadecuado mantenimiento, lo que había mermado considerablemente la producción diaria de energía de la central.

Mientras tanto, los monteños siguieron acosando otras localidades deterministas donde se ubicaban centrales hidroeléctricas. Una y otra vez, los deterministas volaron las presas antes de que los monteños las alcanzaran. En una ocasión, el ataque simultáneo de los monteños a tres presas ubicadas en alturas diferentes del mismo río provocó que, tras las respectivas explosiones, el caudal del río se desbordara hasta el punto de llevarse a su paso algunas ciudades deterministas ubicadas en su orilla. Los deterministas se preguntaron durante semanas si la acción había sido coordinada a propósito por los nopedristas para causar dicho efecto o bien había sido una casualidad.

El acoso sistemático de los nopedristas a la infraestructura energética de Río Mos provocó que por primera vez su populosa capital, Orilla Mos, sufriera desabastecimiento energético. Entonces los mandos deterministas enviaron la orden de que todas las centrales que siguieran en pie deberían incrementar su producción como fuera.

En respuesta a la orden, los mandos en la incomunicada Presa Mos decidieron utilizar la máquina generadora en su poder para producir nuevos ciudadanos de diecisiete años. Éstos se ocuparían en adelante de las tareas de mantenimiento de la central que requerían menos cualificación. Así, el resto de extenuados empleados podrían ocuparse de otras actividades más especializadas. En unos días, la población de Presa Mos se triplicó. En un mes, la producción energética de la planta prácticamente había regresado a los niveles anteriores al ataque.

20

Un empleado adolescente de la central hidroeléctrica de Presa Mos recordaba secretamente el comienzo de su partida.

Fue aquel día, en casa de Gómez. ¿Cuántos días de verdad habrían pasado desde entonces? Quizás hubieran pasado sólo unas pocas horas o unos pocos minutos. No había forma de saberlo.

Sólo recordaba que en un simple instante pasó de encontrarse en medio del salón de Gómez a percibir la pantalla de presentación del juego. Su primera reacción fue la de gritar “¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder!”. Entonces se iluminaron unas letras en medio de aquella oscura sala. Estas mostraban un sugerente mensaje: “Bienvenido a α Cas, el nuevo juego de simulación bélica de Producciones de Software Gómez S.L.”.

A continuación, un texto de brillantes colores describía el objetivo del juego. Así, el chico descubrió que en realidad estaba participando en un sofisticado juego de realidad virtual diseñado por Gómez en el que el objetivo era infiltrarse en las filas enemigas para tomar el control de una presa. Se trataba de un juego on-line en el que colaboraría con otros jugadores en dicho objetivo. Al tratarse de la versión beta del juego, todos los jugadores se mostrarían físicamente como su primer jugador, Pedro Martínez, si bien esto sería corregido en versiones posteriores.

Los jugadores deberían obedecer al pie de la letra al misterioso grupo en el que se infiltrarían, llamado los deterministas. Entonces, todos esperarían una señal para levantarse contra dicho grupo y tomar el control de la presa sin destruirla. La señal sería simple: un avión del bando de los buenos sobrevolaría las instalaciones con una bandera de color azul. Entonces, todos iniciarían simultáneamente el ataque.

El juego pedía valor a los participantes. “Cada uno de vosotros contará con siete vidas, así que no debéis temer a las dificultades que se os
presenten. No obstante, no perdáis vidas a la ligera, pues al final del juego las vidas sobrantes sumarán puntos extra. Aquellos de vosotros que pierdan todas sus vidas quedarán eliminados y saldrán del juego. Recordad que las sensaciones percibidas en el juego serán muy realistas. No obstante, no os dejéis engañar. Es sólo un juego”.

Finalmente, las instrucciones del juego exhortaban a memorizar una serie de frases que el jugador debería pronunciar convincentemente nada más comenzar la partida. Si estas frases no se pronunciaban idénticamente o con una entonación equivocada, entonces serían descubiertos por el enemigo y perderían todas las vidas.

La primera frase era la siguiente: “¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder!”. Después venían otras.

Mientras transportaba unas cajas con una carretilla, el chico recordaba divertido el complejo argumento que ambientaba aquel mundo virtual. A lo largo de los últimos días había tenido oportunidad de descubrirlo conversando con los deterministas, que eran los personajes del juego simulados por la inteligencia artificial. El realismo de las sensaciones que sentía en aquel mundo le llegó a hacer dudar en algún momento de que realmente se encontrara dentro de un videojuego. No obstante, las deficiencias de simulación gráfica que descubrió le convencieron finalmente de ello. Entre ellas destacaba el hecho de que todos los personajes fueran físicamente idénticos a él. La vagancia y desidia de los diseñadores gráficos, llegando incluso a forzar un extraño requiebro argumental para justificar dicho entorno de seres idénticos (aquella increíble historia sobre las “máquinas generadoras”) era sorprendente. A esto había que añadir la obviamente mala simulación de cómo sería él físicamente con más edad (tomada sin duda de su tío Ramón) o el hecho de que el paisaje fuera completamente yermo y los diseñadores no se hubieran molestado en simular ni una brizna de hierba ni un pájaro ni nada por el estilo. La decoración de aquel mundo virtual era realmente muy pobre. A pesar de estos errores clamorosos, sentenció que los diseñadores habían hecho un trabajo aceptable.

El chico dejó las patas traseras de la carretilla en el suelo para descansar. Entonces oyó el ruido de un avión. Miró hacia el cielo y allí estaba. El avión con la bandera azul. El chico miró a otro jugador y le guiñó el ojo divertido. ¡Había llegado el momento!

Todos los chicos comenzaron a correr al unísono hacia la presa. Los sorprendidos soldados deterministas, en abrumadora inferioridad numérica, dispararon a la marea humana. Unos pocos chicos cayeron abatidos. No obstante, esto no parecía asustar a los que venían detrás. “Mirad, ése ha perdido una vida” gritaban algunos chicos mientras saltaban por encima de sus compañeros muertos. Los soldados no lograban comprender el significado de aquellas extrañas palabras. Aturdidos ante semejante ataque de chicos desarmados pero sorprendentemente valientes, los soldados fueron finalmente alcanzados por la marea de chicos. Éstos levantaron en volandas a los soldados deterministas y los tiraron uno a uno al río. Al cabo de un cuarto de hora, ya no quedaba un solo soldado en la central.

Entonces los chicos comenzaron a gritar “¡Victoria!”.

El avión de la bandera azul hizo una nueva pasada, y esta vez algunos hombres saltaron de él en paracaídas. Tras aterrizar con suavidad sobre la presa, los recién llegados se dirigieron al grupo de chicos.

“Muy bien hecho, chicos. ¡Nivel 1 superado!” gritó el hombre mientras levantaba un puño.

Los chicos respondieron con vítores y gritos de júbilo.

“¡Ahora, lanzaros al río para teletransportaros al nivel 2!”.

Los chicos comenzaron a tirarse desde lo alto de la presa. “¡Justo como en Anikilator III, el videojuego!” pensaba cada uno de ellos. Felices, muchos gritaban consignas mientras caían.

Cuando ya no quedaba ninguno, el hombre hizo una llamada por radio “Mi general, la operación ha sido completada con éxito. Ya no quedan ni deterministas ni especímenes. La central ya es nuestra”.

“Buen trabajo, sargento” fue la respuesta.

21

El capitán determinista se presentó ante su coronel. Después habló.

–          Señor, los soldados nopedristas no se comportan en el campo de batalla como indican los informes del experimento del sujeto de Presa Mos – dijo el capitán determinista a su superior.

El coronel guardaba silencio. Sin duda, aquel capitán tenía razón. Llevaba oyendo la misma apreciación durante los últimos tres días. A pesar de que los agentes de inteligencia deterministas se presentaban ante aquel sujeto como nopedristas, y se vestían como tales para que el individuo no sospechase que en realidad se encontraba ante el enemigo, sus acciones en el campo de batalla ficticio que le presentaban después no eran las que se observaban en la batalla real. Todos los que se habían enfrentado con nopedristas en el campo de batalla real corroboraban esa opinión.

Entonces el coronel habló.

–          Ese sujeto… no era Acecho Segundo. No podría serlo. También nos engañaron en eso – respondió con gravedad.

–          Pero señor, los interrogatorios fueron… expeditivos – dijo el capitán.

Entonces el capitán recordó que tener la posibilidad de matar al interrogado el número de veces que hicieran falta era una ventaja considerable sobre un interrogatorio convencional.

–          Cuando nuestros agentes desvelaban que eran deterministas y torturaban al sujeto – añadió el capitán -, ¿cómo podría haber mentido aquel sujeto sobre su identidad? ¡Una y otra vez, en todas las condiciones imaginables, le sacamos los mismos datos! Que su rango militar es Acecho Segundo… Que fue el primero de su promoción… Que, como todos los demás soldados idénticos, en aquel momento percibía como si hubiera acabado de ser generado para entrar en combate real por primera vez… Incluso le sacamos otros detalles inesperados, como que era íntimo amigo de Antipedro Primero y que su nombre civil es Distinto Único

–          Probablemente ese tipo creía ser Acecho Segundo. Probablemente le educaron para que lo creyera realmente. Pero no lo era. ¿No es extraño que nunca nos constara que Acecho Segundo fuera un rango en lugar de un nombre?

–          Entonces todos los experimentos… Todo aquel esfuerzo… fue inútil – respondió preocupado el capitán.

El coronel paró unos segundos para reflexionar. Entonces miró hacia arriba.

–          No lo creo – opinó -. Quizás no sea importante saber cómo se comporta un Acecho Segundo. Quizás lo único importante sea que, en realidad, sin realizar experimento alguno, podemos averiguar cómo se comportarán muchos de ellos.

El capitán se mostró intrigado ante la respuesta del coronel. El coronel volvió a hablar.

–          Tengo que hablar inmediatamente con Orilla Mos. Con el mismísimo Martillo Noveno.

22

Pedro le había explicado a Distinto Único su verdadero papel en la misión mucho antes de que ésta se llevase a cabo. Apenas unos minutos después de tomar su plano, Pedro puso a Distinto al día en todo lo que no le había contado hasta entonces, y dijo que en adelante daría órdenes para que todos le llamasen por su nombre, Distinto Único.

Distinto comprendió que, para que el plan funcionara, realmente había sido necesario que él creyera ser el tal Acecho Segundo, aquel desconocido compañero de promoción suyo, en el momento en que Pedro tomó su plano. De otro modo, las confesiones hechas por las copias procedentes de aquel plano no habrían resultado creíbles ante los deterministas.

Pedro felicitó reiteradamente a Distinto por el gran sacrificio que había hecho. Al fin y al cabo, le decía Pedro, había sido torturado y asesinado una y otra vez por la inteligencia determinista para cumplir la misión.

Secretamente, Distinto pasó las semanas siguientes estremeciéndose cuando pensaba que, justo cuando se tomó su plano, él tuvo apenas una probabilidad entre varios cientos de seguir con vida. Le podría haber tocado ser cualquiera de los otros. Realmente, el auténtico Distinto Único seguiría en aquella sala tras tomar el plano, bajo la seguridad del palacio. Sin embargo, otros cientos de Distintos habrían tenido igualmente la sensación de haber sido él justo antes de que se tomase su plano (recordarían tal cosa) y de que habían sido teletransportados desde aquel lugar seguro a otro lugar donde estarían condenados a morir bajo las torturas del enemigo.

Cada noche, Distinto soñaba con el atroz destino que habrían tenido sus otros cientos de copias. Cualquiera de ellas podría haber sido él.

Cuando Distinto todavía creía ser aquel gran soldado que Pedro le había dicho que era, se había mostrado completamente dispuesto a arriesgar su vida por el nopedrismo en el campo de batalla, es decir, a que, tras tomar su plano, fuera generado en el frente y, tras percatarse de ser una copia, se lanzase a combatir al enemigo con sus armas. Sin embargo, ser copiado precisamente para ser torturado y asesinado una y otra vez le pareció cruel y aterrador.

Distinto comenzó a sentir miedo hacia aquel hombre que le trataba como un hijo, preguntándose cómo era posible que alguien que le amaba le hubiera deparado tal destino. Un día explicó sus temores a Pedro.

– Distinto, yo nunca te haría tal cosa – replicó Pedro -. Sabía que seguirías allí, en aquella sala.

Distinto no se sintió convencido. Al fin y al cabo, todos los demás sintieron abandonar aquel lugar. Sentía que le podría haber tocado a él.

23

El control de Presa Mos supuso para los monteños una gran inyección de moral. La victoria fue muy celebrada en Pueblo Tarao.

En los últimos meses de la guerra, la falta de energía había provocado que las raciones de comida del rancho de los soldados fueran escasas. La tropa esperaba que esta nueva fuente de energía sirviera para mejorar esas raciones. Sin embargo, las órdenes de Pedro fueron otras: se utilizaría toda la energía adicional para generar nuevos soldados. Todos ellos, como siempre, Acecho Segundo. Pedro razonó que un gran refuerzo de soldados permitiría conquistar rápidamente Orilla Mos, lo que previsiblemente provocaría la rendición de Río Mos. Con la guerra terminada en el frente determinista y las presas de su territorio reconstruidas y bajo control monteño, ya habría tiempo para comer hasta hartarse.

La medida no fue muy popular entre la tropa. No obstante, la habilidad con la que Pedro había gestionado la toma de Presa Mos y el engaño a la inteligencia determinista hicieron que contara con el beneplácito de sus soldados.

El ejército nopedrista, muy reforzado en número, se dirigió a Orilla Mos.

24

–          Como os dije, el enemigo no podía esconderse eternamente. Ahí lo tenemos.

El general monteño señaló con el dedo hacia delante. A lo lejos se erguía la gran urbe de Orilla Mos. Y estaba habitada.

–          Señor, la ciudad parece mucho más grande que en los mapas. Parece que gran parte de la población se haya concentrado allí – dijo un oficial.

–          Entonces, al tomar la ciudad tomaremos el país entero – respondió el general.

Las tripas del general hicieron una sonora llamada de socorro. El oficial se habría sonreído ante semejante suceso, pero recordó que su estómago solía rugir más fuerte aún que el del general.

–          No se me ocurre mejor motivación para nuestros soldados – dijo el general – que decirles la más absoluta verdad: allí hay comida.

–          ¿Cómo entraremos, señor?

–          Con la flota de bombarderos diezmada, y la división de tanques muy tocada y con poca energía, no nos queda más opción que hacerlo por nosotros mismos, caminando.

25

Los soldados de infantería monteños corrían entre las primeras casas de Orilla Mos. Los deterministas, en número escaso, no lograban frenar su arrollador ataque. El objetivo del batallón de infantería monteño era alcanzar el río Mos y tomar el control de los puentes que lo cruzaban, a ser posible, antes de que fueran dinamitados por los deterministas. Los soldados se dividían en pequeños grupos, cada uno de los cuales recorría una calle diferente, en paralelo a las demás calles. De esta forma se minimizaba el posible impacto de una emboscada.

Entonces, cuando las calles comenzaban a iniciar su bajada hacia el río, algo les interrumpió el paso. Cortando cada una de las calles en dos, se alzaba un extraño y asimétrico muro de cemento que impedía el acceso hacia el río. No obstante, el muro que dividía cada calle incluía una pequeña abertura que parecía dejar pasar al otro lado. Conscientes de que tras cada abertura se podía esconder una trampa muy obvia, el capitán comunicó por radio a los soldados de cada calle que volaran el muro con explosivos. Así lo hicieron, pero las respuestas al capitán fueron desconcertantes. “Señor, tras el muro volado hay otro muro. Parece que han construido un laberinto, señor”.

La primera reacción del capitán fue gritar furioso “¡Un laberinto! ¡Menuda majadería!”. Después, cuando se hubo calmado, pensó “Vivimos una época de ataques a larga distancia en la que las armas pueden derribar los muros. Un laberinto no tiene ningún sentido. Parece que esos deterministas intentan burlarse de nosotros”.

El capitán contempló la posibilidad de hacer llegar los tanques para que demolieran los muros a su paso. “Las calles son muy estrechas en esa zona” pensó. “Podría ser una manera muy simple para hacernos meter los tanques en una ratonera. Los deterministas podrían alcanzar fácilmente nuestros tanques con munición anticarro. No, debe hacerlo la infantería”. La necesidad de alcanzar los puentes con rapidez le apremiaba. “Deben entrar”.

Entonces comenzó a sopesar los posibles riesgos. “Los edificios de la calle son una referencia clara. No es posible perderse, basta mirar arriba para orientarse. Y si hace falta, pueden escalar o volar cualquier muro con explosivos. Ninguna de las dos opciones requeriría más de un par de minutos de preparación”. Pensó en los propios edificios colindantes. “Habrá que mirar arriba con sumo cuidado en busca de francotiradores. Pero eso no es mucho más preocupante que en calle abierta, pues bastaría con agacharse tras los muros para refugiarse de cualquier ataque”. El capitán meneó la cabeza, incrédulo. “Un laberinto, menuda estupidez”.

Entonces se percató de un riesgo que de verdad le inquietaba. “El laberinto podría estar plagado de minas camufladas en el suelo… No obstante, el trazado debe seguir algún patrón sencillo. Los soldados y ciudadanos deterministas que deben haberlo cruzado desde hace semanas no pueden haber memorizado miles de pasillos, ni miles de posiciones de minas. Y, desde luego, no pueden llevar mapas consigo, pues bastaría capturar a uno solo de ellos para neutralizar su ventaja. La ciudad se habría paralizado por completo si el patrón del trazado no fuera trivial”.

Entonces razonó que, una vez que descubriera ese patrón, encontraría la regla que seguían las posibles trampas. Podría comunicarse fácilmente por radio con todos los grupos para que los errores de cada grupo no fueran cometidos por todos los demás. “Si algunos soldados caen por culpa de las minas, podré avisar a los demás grupos para que estén atentos. El patrón debe ser sencillo. Tiene que serlo. El número de bajas será escaso, no caeremos dos veces en la misma piedra” razonó. Ese mismo argumento aconsejaba que cada grupo penetrase por la correspondiente entrada de su calle, en lugar de reunirse todos los grupos en una misma calle y penetrar por la misma entrada. “Así se hará. Alcanzaremos el río a través del maldito laberinto” pensó.

No obstante, algo inquietaba al capitán. “Ese estúpido laberinto tiene que estar ahí por alguna razón”. No encontrar esa razón le inquietaba. Inconscientemente, agarró el brazalete NP de su uniforme con fuerza.

–          Está bien – comunicó simultáneamente a todos los grupos por radio -. Entren en los laberintos en fila de a uno. El primer y último soldado de cada fila guardarán la vanguardia y retaguardia de su fila apuntando en sus respectivas direcciones, mientras que los demás estarán atentos a las ventanas de las casas en busca de francotiradores. Guarden los recodos de los pasillos con cautela, no sabemos lo que podría esperar detrás.

Cada grupo penetró en la entrada del laberinto que se abría en su correspondiente calle. Los pasillos eran angostos, por lo que entrar en filas de a uno era una absoluta necesidad. El capitán se comunicaba nervioso con cada grupo. De acuerdo a las informaciones que recibía, llegó pronto a la conclusión de que todos los recorridos eran iguales. “Dos giros a la izquierda, dos a la derecha…” contabilizaba. “Parece que los recorridos que parten de cada calle son idénticos. Es lógico, pues si memorizas el camino que parte de una de las calles, conoces todos los demás. Espero que, si hay trampas, todas estén también en el mismo sitio”. Eso era lo que más le inquietaba en ese momento.

Todos los grupos parecían moverse con sincronización perfecta entre sí, pues todos informaban sobre los mismos cruces y recodos exactamente a la vez. “Esta sincronización es la envidia de nuestros enemigos” pensó el capitán orgulloso, en un intento por tranquilizarse.

Entonces, desde su punto de control cercano al inicio de los laberintos, el capitán oyó decenas de explosiones simultáneas. Comenzó a recibir mensajes de todos sus soldados, exactamente a la vez. “¡Una mina ha matado a los primeros tres hombres de nuestra fila, señor!”. “¡Una mina ha matado a los primeros tres hombres de nuestra fila, señor!”. “¡Una mina ha matado a los primeros tres hombres de nuestra fila, señor!”. Entonces, el capitán se apresuró para enviar un mensaje simultáneo a todos los grupos. “¡Soldados! ¡Mina tras el séptimo giro a la derecha!”.

Ningún grupo se sorprendió ante el anuncio. “¡Todos lo han sufrido!” se dio cuenta el capitán, sorprendido. Entonces palideció. “¡Ahora lo entiendo! ¡Malditos deterministas!”.

– ¡Soldados! – gritó por su radio.

– ¿Sí, señor? – respondieron al unísono los supervivientes de todos los grupos.

El capitán no pudo responder, pues un cuchillo se estaba clavando en su espalda.

26

Todos los grupos de soldados se pusieron muy nerviosos ante la ausencia de comunicaciones del capitán. No obstante, las órdenes habían sido muy explícitas, así que todos decidieron continuar.

Cuatro explosiones en otros cuatro puntos redujeron cada fila a sólo cinco individuos. Las cuatro se produjeron exactamente a la vez en todos los grupos.

Finalmente, todos los grupos alcanzaron, nuevamente a la vez, su respectiva salida del laberinto. Todas las salidas confluían a una misma plataforma semicircular, muy ancha y completamente simétrica, desde la cual partía, en el centro, una estrecha escalerilla de bajada. Agazapados detrás de cada salida, los primeros miembros de cada fila acertaron a ver más allá de la estrecha escalera un puente sobre el río Mos. Una formación de soldados deterministas cruzaba el puente desde la orilla contraria, en dirección hacia ellos. Además, el primer individuo de cada fila de soldados monteños podía ver a los primeros miembros de las demás filas, agazapados tras su correspondiente salida.

“Debemos abandonar nuestro escondite y bajar la escalera rápidamente, para enfrentarnos ya abajo a esa formación. No podemos enfrentarnos desde la plataforma, pues no ofrece parapeto alguno y seríamos un blanco fácil” razonaron a la vez todos los primeros miembros de cada grupo. “Por otro lado, no podemos hacer que cada fila abandone su escondite a la vez, pues entonces se formaría un tapón en torno a esa estrecha escalera. Los soldados que aguardásemos turno para bajar seríamos un blanco fácil para esa formación determinista que se acerca” volvieron a pensar todos.

“Esa escalera está exactamente a igual distancia de todos nosotros. No hay motivos para que vaya uno en lugar de otro. Debo ser valiente y tomar la iniciativa. Seré yo” concluyeron todos. Todos a la vez hicieron una seña a todos los demás para indicar que serían ellos mismos los que iniciarían la maniobra. Entonces, se dieron cuenta del problema que suponía el que todos lo decidieran a la vez. “Está bien, alguno tiene que aceptar no ir para que este problema de sincronización se resuelva. Seré yo el que esperaré”. Todos a la vez hicieron gestos a todos los demás, en los que indicaban que aceptaban no ser ellos los que tomarían primeros la escalerilla.

Tras varios turnos de pensamiento sincronizado y señas idénticas, en los que todos se ofrecían y se dejaban de ofrecer a la vez, el grupo de soldados deterministas alcanzó la plataforma. Sus soldados se agazaparon tras un parapeto en la calle y comenzaron a lanzar granadas hacia todas las salidas de los laberintos.

Unos segundos después, un soldado determinista subió a la plataforma y comenzó a inspeccionar los cadáveres de los soldados nopedristas. Pisó con su bota una gorra con el emblema NP.

27

–          Señor, esta ciudad es un infierno – dijo el general a Pedro por radio -. Los deterministas han llenado su ciudad de trampas que obligan a nuestros soldados a tomar decisiones simultáneas e incompatibles. Por toda la ciudad se aprovechan de la sincronización total de nuestros soldados para masacrarnos. Estamos sufriendo unas bajas terribles.

Al otro lado del auricular, Pedro permanecía en silencio, furioso.

El general continuó hablando.

–          Podríamos tratar de fomentar ahora la divergencia de los soldados, pero no resulta sencillo. Si pedimos a algunos que sigan el protocolo que deben aplicar cuando son capturados, entonces modifican su comportamiento, pero todos lo hacen exactamente de la misma manera. Podríamos asignar un número único a cada soldado de nuestro ejército y dar órdenes diferentes según el número que se tenga, pero no estamos en condiciones de organizar tal cosa. Muchos grupos permanecen aislados, tratando de repeler los ataques deterministas que les rodean, y otros están incomunicados. Pero, señor, lo peor de todo es que, si realmente lográsemos que los soldados divergieran, necesitarían una preparación adicional para aprender a coordinarse por métodos convencionales, cosa que no han tenido que hacer nunca en combate. Y en las condiciones actuales tampoco podemos darles dicha preparación. Simplemente hemos perdido demasiados efectivos. Están acabando con nosotros.

El canal siguió en silencio. Sólo se oía el ligero zumbido de la distorsión sonora de la radio.

–          ¿Señor? ¿Está usted ahí? – preguntó el general.

Unos segundos después, Pedro contestó.

–          General, ordene la retirada.

28

Mientras el grueso del ejército monteño era duramente castigado en Orilla Mos, el ejército de la República comenzó a armarse al abrigo del cese del acoso monteño en ese frente.

Los republicanos empezaron a realizar pequeñas escaramuzas contra los enclaves invadidos menos defendidos. El capitán Hermano 91279127 comenzó a destacar como carismático líder. Su valor, digno del que tiene fe completa en su razón, le valió muchas condecoraciones y una fulgurante carrera hasta el puesto de general en sólo cuatro meses.

Cuando el ejército republicano se encontró con suficiente fuerza, el gobierno de la República ordenó el ataque para la liberación de Ciudad.

El número de soldados monteños de ocupación en Ciudad había descendido sensiblemente desde que Montes Tarao se embarcara en su nueva aventura en la República Determinista de Río Mos. La disminución de las raciones de comida y las noticias procedentes del frente determinista habían comenzado a minar la moral de los soldados monteños destacados en Ciudad, que llevaban meses aburriéndose y emborrachándose.

El ataque republicano comenzó en el mismo lugar en que comenzara el propio ataque monteño meses atrás. Los atacantes se concentraron en tomar la colina en la que se alzaba el barrio B.

En lo alto de la colina, un contingente monteño esperaba al invasor. El capitán al mando era un soldado que había conseguido su cargo riéndoles los chistes a los oficiales de mayor rango. Su ascenso fue muy mal visto por sus compañeros, que veían cómo otros oficiales habían conseguido su cargo jugándose la vida en el campo de batalla. Sin embargo, ellos llevaban meses sin ver el campo de batalla.

Entonces, cuando los republicanos ya iniciaban su ascenso a la colina, el capitán ordenó a sus soldados salir al encuentro de los invasores, aprovechando la ventaja de su posición más alta. Ante la mirada escéptica de sus soldados, el capitán quiso dar ejemplo y, fusil en mano, comenzó a descender la cuesta mientras llamaba al resto de los soldados a acompañarle.

“Ése es una copia de Acecho Segundo, igual que yo. De hecho, salimos del generador el mismo día” pensó un soldado, irritado.

“Eso no tiene más méritos que yo. ¿Por qué él es capitán y yo no?” pensó otro.

“Que baje él solo” pensó un tercero.

Los soldados no necesitaban hablarse para entenderse. Cuando el capitán prácticamente se encontraba encima de los republicanos, se dio cuenta de que estaba realmente solo.

Unas horas después, un soldado republicano, pedrista, sustituía la bandera NP que ondeaba sobre el Centro de Investigaciones Energéticas por la bandera P del pedrismo. Ante la amonestación a gritos de un capitán, la sustituyó obediente por la bandera de la República.

29

Consternado por sus recientes derrotas ante los deterministas y los republicanos, Pedro purgó el gobierno y sus mandos militares. Ahora que era evidente que el plan que había llevado a cabo con Distinto Único no había servido para confundir a los deterministas, o sí les había confundido pero finalmente no había servido de nada, decidió sacar a Distinto de su oscuridad pública y le puso en el gobierno, nada menos que como su mano derecha. Esto disgustó a los nuevos consejeros nombrados por Pedro, que no reconocían los méritos del chico. Pensaban que su única distinción había sido dejar que tomaran un plano de él disfrazado de soldado, y a la postre dicha acción había resultado inútil. A Distinto, que tanto pavor le había producido tal operación, le dolía que los consejeros no le reconocieran su terrible sacrificio. Pero lo que más dolía a Distinto era el rumor de que se había ganado su puesto por ser amante de Pedro. Nada más lejos de la realidad. Hasta donde sabía, Distinto pensaba que Pedro era célibe, tanto con otros como consigo mismo.

Distinto aparentó recibir su cargo de buen grado pero, en secreto, su nueva posición le aterraba. Los nuevos consejeros del gobierno estaban ávidos de poder, y Distinto sospechaba que, si Pedro muriera y él tuviera que heredar el poder de Montes Tarao, dichos consejeros no tardarían en asesinarle para ponerse ellos mismos en el poder.

Distinto descubrió pronto que, para todo lo que importaba en aquellos tiempos, que era la guerra, el gobierno era Pedro. Distinto comenzó en sentirse como una especie de pregonero de festejos, pues se pasaba el tiempo presidiendo desfiles militares y otros actos patrióticos en Pueblo Tarao mientras Pedro se enfrascaba en la estrategia militar.

Un día Pedro condujo a Distinto a las profundidades del palacio. Charlaron durante un rato en la sala de la máquina tomadora de planos.

– Distinto – dijo Pedro al cabo de un rato -, aunque no te diste cuenta, un tomador de planos tomó un plano tuyo mientras caminabas por la sala hace unos minutos. Justo ahí – dijo mientras señalaba con el dedo – hay un detector de movimiento que ha activado la toma de tu plano cuando te ha detectado. Coloqué algunos mecanismos que dispararían silenciosamente la toma de planos, y has activado ése.

Distinto se mostró muy sorprendido.

– ¿Para qué?

Pedro sonrió.

– Tengo un plan para confundir a nuestros enemigos.

Distinto se estremeció. “¡Otra vez! ¡No puede ser!” pensó aterrado Distinto.

– Voy a hacer lo siguiente – anunció Pedro -. Dentro de un rato, cuando ya no estés en la sala, transferiré el plano tuyo que acabo de captar a la máquina generadora y generaré dicho plano en el mismo lugar donde lo tomé. Al haber tomado tu plano sin que lo supieras, dicha copia tuya no sabrá que es una copia. Creerá ser el auténtico Distinto Único. Entonces explicaré a tu copia mis próximos planes de batalla y la mandaré al frente republicano para que se ponga allí al frente del ejército. Después filtraré al enemigo su posición y todas sus medidas de seguridad para que el enemigo trate de capturarle. Créeme, no perderán la oportunidad de capturar al número dos del gobierno. Para que no nos percatemos de la captura, y así sigamos confiando en que los secretos que conoce tu copia siguen a buen recaudo, imagino que duplicarán inmediatamente al capturado y liberarán una de las dos copias, si pueden incluso antes de que sepa que realmente había sido capturado. Así nos harán creer que no hubo captura o que el capturado escapó sin revelar información crítica. Pero la realidad será otra. Torturarán a la copia con la que se queden, duplicándola más veces y llevando su tortura hasta el límite de la muerte tantas veces como hagan falta, hasta que les revele nuestros planes de batalla, que serán falsos, pero que creerán ciertos al haberlos obtenido realmente del cargo político que buscaban. No será como cuando buscaban a Acecho Segundo y se encontraron contigo. Esta vez buscarán a Distinto Único y lo encontrarán. También generaré otra copia tuya más y haré lo mismo con ella en el bando determinista. Esto nos permitirá confundir a nuestros enemigos.

Distinto encolerizó.

– Pero… ¿cómo puedes hacer tal cosa? ¿Cómo puedes volver a someterme a tal sufrimiento? Maldita sea, esos individuos se sentirán yo igual que yo mismo, y recordarán la conversación anterior a que tomases mi plano exactamente igual que la recuerdo yo. ¿Por qué no podría haberme tocado a mí ser alguno de ellos? Si vas a generar dos copias mías que serán secuestradas y torturadas, ¿cuál era la probabilidad de que me tocase a mí ser el que se queda aquí? ¿Una tercera parte?

Pedro se mostró condescendiente.

– Como te expliqué la otra vez, seguirás aquí. De hecho, sigues aquí.

De nuevo, el argumento no convenció a Distinto.

– ¿Y por qué no haces esto contigo mismo? ¡El enemigo se creería mucho mejor esos planes si los oyera del mismísimo Antipedro Primero!

– Montes Tarao no puede tener más de un jefe del Estado. ¿Te imaginas el problema que supondría que los hubiera? Eso que dices es absurdo. Además, si yo me duplicara, ¿cuánto crees que tardarían las alimañas que tengo por consejeros en dudar la autenticidad de mí mismo como el líder original?

Distinto trató de mantener la compostura. Pedro volvió a intervenir.

– ¿No te das cuenta de que es un gran honor que me ayudes en estas misiones? ¿No te das cuenta de que no podría confiar estas misiones a nadie más?

Distinto se preguntó si aquel comentario era un cumplido.

– Este plan tuyo solo funcionará si revelo los planes de batalla que me cuentes al ser torturado, así que estás asumiendo implícitamente que soy incapaz de resistir la tortura sin hablar.

– No te preocupes, lo harás muy bien.

Enfurecido, Distinto salió de la sala.

Al pensar lo que le esperaban a sus dos copias y a las muchísimas más que salieran de ellas, las cuales podrían haber sido él mismo y de hecho recordarían haber vivido los últimos días igual que lo había vivido él, sintió pánico.

30

–          ¿Qué es eso de ahí? – preguntó el soldado determinista a un compañero mientras señalaba el cauce del río.

Su compañero miró en la dirección indicada y encontró una figura humana.

–          ¡Hay más detrás! – gritó otro.

El grupo entero se acercó a la orilla. Poco a poco aparecieron más figuras. Al cabo de un par de minutos, las aguas se llenaron de siluetas humanas. Cientos, quizás miles de cuerpos flotaban cabeza abajo mientras eran empujados suavemente por la corriente.

–          ¡Algunos cuerpos se mueven! ¡Hay algunos vivos! – anunció un cabo.

Varios soldados se adentraron en el agua para alcanzar a los individuos que parecían vivos. Tanto los vivos como los muertos eran jovencísimos, cercanos a los diecisiete años iniciales. Todos ellos vestían los monos de trabajo de la compañía eléctrica colectiva de Presa Mos. El capitán pidió refuerzos a la base.

Uno a uno los soldados deterministas fueron sacando a los chicos que encontraban con vida, todos ellos exhaustos. Al cabo de un rato, llegaron más soldados en varios camiones y se unieron al rescate.

Un teniente se sentó junto a uno de los chicos que aparentaba encontrarse mejor.

–          ¿Qué ha ocurrido aquí, muchacho? – preguntó muy intrigado.

El chico tomó aliento antes de hablar.

–          ¿No… no ha funcionado el teletransporte? – respondió. Desconcertado, miró a su alrededor – ¿Estamos ya en el nivel 2?

El teniente frunció el ceño.

–          ¿De qué hablas, hijo? ¿Qué teletransporte?

El chico dudó unos instantes.

–          La mayoría debe haber perdido una vida en el salto… – dijo – Como mucho, nos habremos librado un centenar… No pensamos que esto sería tan duro… – dijo mientras surgían unas lágrimas en sus mejillas -. Qui… quiero salir del juego… estoy harto.

–          ¿Juego? – preguntó el teniente.

–          Sí… me… me pregunto en qué lugar del mapa habrán surgido los demás al perder la vida. A lo mejor han aparecido en la central otra vez… – el chico cerró los ojos -. Estoy muy cansado. ¡Quiero salir del juego…!

El teniente se detuvo unos segundos para pensar. Entonces recordó un informe que había leído hacía unos días. En él se detallaban las últimas comunicaciones de los soldados de Presa Mos antes de ser sorprendentemente derrotados.

Aunque la táctica utilizada por el ejército determinista contra los nopedristas en Orilla Mos estaba resultando extraordinariamente efectiva, lo cierto es que los mandos deterministas seguían intrigados acerca de cómo había sido posible que un grupo de chicos, muy numeroso pero completamente desarmado, hubiera encontrado el valor suficiente para enfrentarse, sin temor alguno a la muerte, a unos soldados deterministas completamente armados y equipados.

Entonces el teniente comprendió. Como a cualquier habitante de Hogar, no le costó recordar las muchas horas que pasó junto a sus videojuegos durante su adolescencia. Efectivamente, se podía engañar a aquellos chicos de esa manera.

Su primera sensación fue de rechazo hacia las técnicas sin escrúpulos de los nopedristas.

No obstante, unos segundos después reconsideró su posición.

Al fin y al cabo, sólo otro ataque suicida permitiría recuperar Presa Mos. Cualquier soldado determinista en sus cabales preferiría ser fusilado en un consejo de guerra a lanzarse en paracaídas sobre Presa Mos. Pero ellos…

Poco a poco, el rostro del teniente se iluminó.

–          ¡Efectivamente, chico, has llegado al nivel 2! – exclamó el teniente con gran entusiasmo -. Pero he de decirte una cosa: habéis sido traicionados por vuestros supuestos amigos – añadió en voz baja  -. ¡En realidad quisieron deshacerse de vosotros! Luego te contaré los detalles… – musitó entre dientes mientras le guiñaba un ojo.

–          ¿Co… Cómo dice? – preguntó el chico mientras se pasaba las manos por los múltiples heridas y moratones de su cuerpo. Cada vez que tocaba una herida cerraba los ojos con fuerza. Todavía recordaba con pavor cómo la corriente le había empujado como a un títere contra las rocas una y otra vez.

El teniente esbozó una sonrisa.

–          Es más, el desenlace del juego está cerca – añadió -. ¿No querrás abandonar ahora, verdad? ¿No querrás ser recordado por abandonar en el juego más realista creado hasta la fecha? Créeme, este juego será un clásico dentro de unos años, y todos recordarán esta primera partida…

El chico entreabrió ligeramente los ojos.

–          Es más, el ganador de este nivel se llevará muchísimos puntos. ¡Nada menos que mil…!

El chico frunció el ceño. El teniente se apresuró a continuar.

–          ¡Mil… millones de puntos! ¡Mil millones de puntos! ¿No querrás renunciar a batir el record, verdad?

El chico abrió un poco más los ojos.

–          ¿Alguna vez has manejado una metralleta? ¿Y saltado en paracaídas? ¡Chico, ahora viene la parte emocionante! – dijo mientras ponía su mano en el hombro del chico.

El teniente se incorporó y miró a los demás.

–          ¡Bienvenidos todos al nivel 2! – gritó a todos los presentes.

Mientras otros chicos sonreían cansados, los demás soldados miraron a su teniente con curiosidad.

31

Pedro se reunía en las profundidades de Villa Tarao junto al grupo de científicos. Distinto Único observaba la escena desde el fondo de la sala.

–          Señores – dijo Pedro -, no sé si son conscientes de la situación actual. Los ejércitos republicano y determinista se han aliado vilmente contra Montes Tarao y han comenzado una gran contraofensiva. Nuestras reservas de energía son escasas, insuficientes para seguir manteniendo el necesario refuerzo de soldados – Pedro se estaba poniendo nervioso mientras hablaba. Sin darse cuenta, estaba elevando sensiblemente el tono de su voz. Al darse cuenta, se paró durante unos segundos, respiró hondo, y puso un tono de voz ligeramente suplicante -. Sólo una gran arma secreta como la que están desarrollando ustedes podría cambiar en este momento el curso de los acontecimientos. Señores, el fruto de sus investigaciones podría hacernos ganar la guerra. Sin embargo, nos aguarda un oscuro futuro si fracasan.

–          Señor, somos conscientes del problema – respondió un científico -. Hemos hecho algunos progresos, pero las dificultades técnicas no son fáciles de salvar. Estamos trabajando en turnos triples, señor. En algunos laboratorios están trabajando simultáneamente cincuenta personas. Hemos alcanzado el máximo rendimiento posible, señor.

–          No saben hasta qué punto la patria les necesita. Sinceramente, les deseo suerte.

Pedro se despidió de los científicos.

32

Tal y como Pedro había planeado, los deterministas capturaron a Distinto Único utilizando la información que el propio Pedro había ordenado que se filtrase.

Ocurrió de la siguiente manera. Durante el viaje de Distinto hacia el frente determinista a través de los abruptos territorios ocupados de Río Mos, el coche de Distinto y los otros cuatro que le escoltaban llegaron a un estrecho túnel en el que tuvieron que introducirse en fila. Entonces el primer coche del convoy se topó con unas rocas que obstruían la salida del túnel. Los coches se detuvieron y los soldados salieron rápidamente de ellos, temiendo una emboscada. No obstante no apareció ningún enemigo. Tras unos minutos de tensión, los soldados decidieron que no había peligro y se pusieron a retirar las rocas. No se percataron de que, tras la delgada pared izquierda del túnel, había una máquina tomadora de planos. Oculto al otro lado de la pared, un soldado determinista utilizó dicha máquina para tomar un plano de toda la parte trasera del tercer coche del convoy, lugar donde, según el protocolo, debía sentarse Distinto Único.

Cuando los monteños terminaron de retirar las rocas que obstruían su camino, volvieron a los coches y continuaron su camino. Ni Distinto Único ni el resto de su comitiva fueron conscientes de que, tras aquella pared del túnel, en una pequeña sala, los deterministas estaban generando en ese mismo momento su propia copia de Distinto Único junto con una parte del asiento trasero de su coche.

El que sí fue consciente de lo que había ocurrido fue dicha copia, que sintió como se teletransportaba repentinamente desde el asiento de su coche hasta una sala llena de enemigos, donde curiosamente también estaba sentado en parte del asiento de su coche. Tal y como Pedro había previsto, la inteligencia de Río Mos generó y torturó hasta la muerte a Distinto Único varias decenas de veces para extraerle todos los secretos bélicos posibles que fueran propios de su cargo.

No obstante, la información que los torturadores finalmente obtuvieron de Distinto fue diferente de la que Pedro había previsto.

Tras múltiples preguntas relativas a Antipedro Primero y a su entorno, los deterministas descubrieron algo sorprendente: Distinto Único odiaba a su líder. Odiaba ser sometido constantemente al martirio para cumplir sus retorcidos planes y odiaba no ser tenido en cuenta para nada.

Entonces los deterministas decidieron cambiar de táctica: tratarían de ganarse a Distinto Único para su causa. Evidentemente, no esperaban lograrlo con un Distinto Único al que previamente le habían amputado los brazos como parte de la tortura, así que eliminaron a dicho individuo y generaron uno nuevo al que tratarían correctamente desde el principio.

Conforme a todo lo aprendido con los Distintos torturados antes, los espías deterministas trataron de ofrecer al nuevo Distinto lo que necesitaba. Le dijeron que, si cambiaba de bando y trabajaba de manera encubierta para Orilla Mos, entonces Orilla Mos le recompensaría ofreciéndole una vida normal, sin sobresaltos, sin el temor de ser enviado constantemente a la muerte por los caprichos de un líder endiosado y ofuscado por su odio. Escucharon atentos todas sus palabras de desahogo y le describieron las maldades del régimen nopedrista.

Tras varias semanas ofreciendo a Distinto un trato muy amable y considerado, lograron que dicha copia de Distinto Único se derrumbara y cambiara de bando, uniéndose a Orilla Mos. Entonces los deterministas pidieron ayuda a Distinto.

– Te pedimos que regreses al palacio de Pueblo Tarao y permanezcas constantemente junto a Antipedro Primero – le dijeron los deterministas.

Distinto sabía que podría volver a entrar en el palacio, pues conocía los códigos y contraseñas necesarias para hacerlo. “Los soldados que me vean llegar pensarán que soy el Distinto Único que habita allí, y que debí haber salido antes del palacio”. Una vez allí, localizaría al Distinto Único original que allí vivía, y le mataría para suplantarle.

Inicialmente, a Distinto le resultó algo extraña la idea de que debería matar a otra instancia de Distinto Único. No obstante, ¿acaso no consistía toda aquella guerra en matar a otras instancias del Pedro Martínez, que al fin y al cabo era un individuo que todos habían sido también alguna vez? Por otro lado, el Distinto Único original era, en realidad, un privilegiado, pues era el único que nunca sufría con las extravagancias de Pedro. Cada vez que Pedro tomaba su plano para mandarle a la muerte de alguna manera retorcida, aquel Distinto Único siempre permanecía allí, en la comodidad del palacio. Ese privilegiado no merecía su compasión.

Los deterministas explicaron a Distinto que, después de que se librase del Distinto Único original y ocupase
su lugar, su misión sería estar constantemente junto a Pedro.

– No queremos que le mates. Si lo hicieras, conforme a la constitución de Montes Tarao, pasarías a liderar el país, pero nos consta que en menos de una semana serías asesinado por alguno de los (al menos) tres consejeros que sabemos que ansían dicho puesto. Entonces tendríamos en Montes Tarao a un nuevo líder al que ya no podríamos observar. No, tu misión no será matarle, sino observar sus decisiones y comunicárnoslas por radio.

Distinto asintió.

– Una cosa más – dijeron los espías -. Si finalmente logramos ganar la guerra, deberás evitar que se suicide o que huya. Queremos capturarle vivo.

La noche anterior a que Distinto regresara hacia Pueblo Tarao, los deterministas tomaron un nuevo plano suyo mientras dormía. A la mañana siguiente, poco después de que Distinto partiera hacia Pueblo Tarao para realizar su misión, los deterministas generaron una copia de dicho plano en la misma habitación en la que Distinto había dormido. Inconsciente de ser una copia, dicho nuevo Distinto creyó que le estaban despertando para partir hacia Pueblo Tarao, tal y como le habían indicado la noche antes. Entonces los deterministas dijeron al nuevo Distinto que, durante la noche, se había recibido de Orilla Mos la orden de que finalmente se acercarían a Antipedro Primero utilizando otro contacto menos evidente que Distinto, así que la misión prevista para Distinto había sido cancelada. Ya no tendría que partir hacia Pueblo Tarao. No obstante, tras el supuesto cambio de planes, ofrecieron a dicho Distinto la opción de que, si lo deseaba, podría seguir sirviéndoles en misiones de sabotaje contra las líneas monteñas en el frente determinista. También le dijeron que, conforme a la decisión de los mandos de Orilla Mos, no se le asignaría ninguna misión de nivel superior durante la guerra.

– Esta nueva copia de Distinto Único  – se decían los espías deterministas en privado – ya no tiene expectativas de que más adelante realizará misiones más importantes. Por tanto, no tiene que fingir estar de nuestro lado a corto plazo, con la esperanza de que así le asignemos después otras misiones más importantes en las que pueda traicionarnos. Tampoco sabe que la verdadera misión importante, esa que le dijimos inicialmente que iba realizar en Pueblo Tarao, está siendo llevada a cabo ahora por una instancia de él anterior. Así que no tiene por qué fingir su lealtad a nuestra causa para encubrir a dicha instancia anterior, pues desconoce su existencia. Simplemente, hará lo que le pidamos en adelante sólo si realmente está de nuestro lado. Mediremos la lealtad del Distinto Único que hemos mandado a Pueblo Tarao en función de la lealtad que nos muestre este otro nuevo Distinto Único en las misiones menores que ahora le encomendemos.

La nueva copia de Distinto respondió satisfactoriamente en sus nuevas misiones.

33

El ejército determinista, prácticamente desconocido hasta su súbita aparición en Orilla Mos, comenzó su arrollador contraataque por las llanuras de Río Mos apenas dos días después de que un sorprendente ataque suicida, llevado a cabo por jovencísimos chavales de diecisiete años, le permitiera recuperar el control de Presa Mos. Los monteños, muy debilitados tras el varapalo de Orilla Mos, se batían en retirada. Algunos escuadrones monteños que cubrían la retaguardia de la retirada fueron alcanzados y aniquilados por los deterministas. Finalmente, los restos del contingente monteño cruzaron la frontera con Valle Pedopís. Los deterministas no se detuvieron allí, y cruzaron la frontera tras ellos. La consigna desde Orilla Mos era la misma que desde Ciudad, donde volvió a instalarse el gobierno de la República: Aniquilar al régimen nopedrista de Pueblo Tarao.

Mientras los republicanos cruzaban la frontera entre Risco Anikilator y Acantilado Val Hancín, los deterministas se adentraban en Valle Pedopís. Entonces, un contingente determinista de reconocimiento hizo un hallazgo fuera de lo común. Cerca de un pequeño pueblo, varios soldados anunciaron a sus oficiales que habían encontrado un gran recinto vallado que despedía un olor nauseabundo. Ante el anuncio, un capitán les acompañó para investigar su contenido. Dentro del recinto, junto a unos barracones, encontraron a unos hombres famélicos que imploraban ayuda a susurros. Se dieron cuenta de que se trataba de prisioneros pedristas. Se encontraban demasiado exhaustos y hambrientos para explicar el cometido de ese lugar, así que, tras darles algo de comida, los soldados comenzaron a investigar el recinto por ellos mismos. Inicialmente pensaron que se trataba de un campo de trabajo monteño. Poco después, al encontrar un gran horno y un complejo mecanismo, los soldados se dieron cuenta de que era algo más. Algunos soldados examinaron un extraño mecanismo conectado al horno, en medio de un olor insoportable. Al final, un soldado ingeniero se dirigió a su capitán mientras se tapaba la nariz con la manga de su uniforme.

–          Capitán, creo que este lugar es una central eléctrica.

–          ¿Cómo dice, soldado?

–          Sí señor. Los monteños traían a los pedristas para quemarlos vivos y sacar energía de ellos.

Un soldado cercano oyó la conversación y, al descubrir el origen del olor, comenzó a vomitar. El capitán no pudo ocultar su incredulidad y horror.

–          Pero, ¿cómo es posible? Para quemar una rodaja de… chopped, tengo que gastar energía, no la gano – el capitán se dio cuenta inmediatamente de que su símil no había sido muy afortunado. Como consecuencia, otros soldados se pusieron de cuclillas en el suelo y acompañaron a su compañero en sus vómitos. Los pocos que permanecían de pie estaban profundamente impresionados.

El soldado ingeniero respondió a su capitán.

–          Señor, todo cuerpo es un almacén de energía. Para extraer esa energía, sólo hay que iniciar los procesos químicos adecuados. Según parece, los monteños han creado la primera central energética de biomasa en Hogar.

El capitán permaneció en silencio durante unos instantes. Después habló.

–          Muchos de los soldados monteños que nos atacaron en Orilla Mos, posiblemente miles de ellos, habían sido generados recientemente. ¿Cuántos pedristas hay que quemar ahí dentro para obtener la energía necesaria para generar un nuevo soldado monteño?

El soldado ingeniero dudó durante unos instantes.

–          Es difícil de saber, capitán. Cientos, quizá miles.

Después de tomar algunas fotografías para su informe, los soldados y el capitán comenzaron su regreso al campamento. Durante todo el trayecto, todos ellos permanecieron en silencio.

34

Los proyectiles de la artillería determinista estaban alcanzando, por primera vez, la mismísima Plaza Principal de Pueblo Tarao. Tras varias semanas de acoso a la capital de Montes Tarao, una gran parte de la ciudad estaba ya tomada por Río Mos, y varios retenes del diezmado ejército monteño encargado de la defensa de la ciudad habían comenzado a rendirse y entregarse al enemigo.

En el interior del palacio, ubicado en la misma plaza que estaba siendo bombardeada, Pedro se refugiaba de las explosiones junto a Distinto Único y a un grupo de soldados leales que trataban de defender el edificio. Hacía horas que no llegaban partes de ninguno de los regimientos monteños encargados de la defensa.

Con una terrible sensación de derrota, Pedro aceptó la evidencia de que su reinado había llegado a su fin. No obstante, se esforzó en mantener la compostura.

–          ¡Distinto, bajemos al sótano para refugiarnos del bombardeo! – gritó Pedro para que Distinto le oyera a pesar de las explosiones.

Mientras los soldados leales seguían disparando a los atacantes a través de las ventanas del palacio, Distinto y Pedro bajaron rápidamente al sótano, la inmensa sala donde se ubicaba el tomador de planos y la máquina generadora del gobierno de Montes Tarao, única de la ciudad. Era la misma máquina que había visto nacer al propio Distinto.

–          Debemos buscar más armas. Venderemos cara nuestra vida – dijo Pedro mientras rebuscaba entre los estantes de una pared, repletos de libros.

Entonces Pedro se dio la vuelta y se quedó estupefacto. Distinto le estaba apuntando con su pistola reglamentaria.

–          ¿Qué estás haciendo, Distinto?

Distinto no respondió.

Secretamente, Distinto llevaba bastante rato tratando de encontrar el momento de atrapar a Pedro. Hasta entonces no había podido pues, cuando ambos estaban en la planta baja del palacio, estaban rodeados por soldados leales a Pedro. Sin embargo, ahora que estaban en el sótano, los dos estaban solos.

Pedro sintió una punzada en su corazón. No se esperaba aquella traición.

–          ¿Vas a buscar un trato? – preguntó Pedro muy serio, tratando de no mostrar emoción en su tono de voz – ¿Te vas a vender a cambio de un hipotético pacto con los invasores? ¿Y si no te ofrecen nada? No seas estúpido. ¡Todavía podemos escapar! ¡Todavía podemos salir de ésta!

Distinto siguió sin hablar.

–          ¿O acaso ya tienes ese trato? – preguntó finalmente Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se decidió finalmente a hablar. Estaba furioso y le brillaban los ojos.

–          Eres un ser odioso. Sin consultarme, me sometiste a tus planes viles y retorcidos, a planes que me llevaron a ser torturado y asesinado sin fin. Jamás consideraste mi opinión. Te convertiste en un monstruo, el peor que haya visto jamás este planeta. Pero ha llegado el momento de mi venganza. No escaparás. Ayudaré a los deterministas a hacerse contigo.

Ante la mirada atónica de Pedro, Distinto sentía toda la rabia que, hacía no mucho tiempo, había sido su miedo. En verdad, hacía tiempo que la transformación de un sentimiento al otro se
había completado. Finalizó el día en que, tras llegar a Pueblo Tarao de incógnito y esperar dos semanas a que su instancia anterior hiciera lo propio desde el frente determinista, usó su contraseña personal para entrar en palacio, se dirigió a sus aposentos y mató sin dudarlo a su propia instancia anterior. No le frenó pensar que, en cierta forma, se estaba matando a sí mismo. No le frenó recordar que aquel Distinto Único que estaba en palacio se sentía igual de aterrado que él y odiaba en secreto a Pedro igual que él. Sólo sintió que aquella instancia de sí mismo a la que estaba disparando era la privilegiada instancia a la que, por la suerte del azar, nunca le había tocado ser capturada por el enemigo. Era la instancia que no había tenido que padecer todas las atrocidades que habían padecido todas las demás, aunque estuviera igual de aterrada temiéndolas. Dicho sentimiento de injusticia fue suficiente para que disparara a su otro yo en su habitación sin mediar palabra, y después se deshiciera del cuerpo metiéndolo en una de las grandes bolsas de basura resultantes de la celebración de un banquete del Estado Mayor en la noche anterior. Tras reemplazar en secreto a su otro yo, Distinto se acercó sistemáticamente a Pedro durante las semanas siguientes, e informó a los deterministas de todos sus movimientos tal y como estaba previsto.

Aquella larga vigilancia estaba a punto de llegar a su fin aquel día, en aquel sótano. Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto miró la máquina generadora.

–          Hace semanas – dijo Distinto a Pedro -, cuando todavía creías fervientemente que Montes Tarao podría remontar, comencé a observarte constantemente para asegurarme que no salieras del palacio. Enfrascado y obsesionado en la estrategia militar, no lo hiciste. También sé que no has usado la máquina para duplicarte, lo que te hubiera podido servir ahora para entregar a un doble en tu lugar. Sé que no lo has hecho porque el día que empecé a vigilarte oculté un detector en el teclado de la máquina generadora. Cuando se pulsa cualquier tecla en la máquina generadora, un dispositivo que siempre llevo conmigo me comunica instantáneamente dicha pulsación, incluso antes de que la generación provocada por dicha pulsación se complete. Así, en adelante podría saber en cada momento cada cosa que fuera generada: alimentos, Pedro Martínez con diecisiete años, Acecho Segundo, yo mismo – añadió mientras fruncía el ceño -, o incluso la propia máquina generadora. Y también cualquier objeto que fuera distinto de los anteriores. Lo he controlado todo. Siempre estuve preparado para acudir aquí si detectaba un movimiento sospechoso, pongamos por caso una duplicación de un objeto nuevo (quizás tú) o de la propia máquina generadora. Pero tal cosa nunca sucedió.

Pedro se sorprendió por la sofisticada infraestructura utilizada por Distinto para evitar su huída. Sin duda, había sido ayudado desde el exterior. ¡Maldito traidor!

Pero Pedro debía reconocer que Distinto le había ganado por la mano, pues era cierto que no había hecho nada de lo que Distinto había dicho. Ahora que el fin estaba cerca, Pedro se lamentó de no haber planificado su eventual huída con más antelación.

Los proyectiles deterministas se oían ahora mucho más cerca. Estaban impactando dentro del propio palacio.

Pedro se llevó la mano a su pistola reglamentaria, pero Distinto negó con la cabeza mientras sonreía.

–          Hace tiempo que cambié las balas de tu pistola por unas de fogueo. Dispara si quieres.

Pedro abrió el cargador y comprobó que Distinto tenía razón.

Entonces Pedro se llevó lentamente la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una libreta.

–          Echa un vistazo a esto, Distinto – dijo Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se acercó a Pedro para coger la libreta que le ofrecía.

Distinto comprobó que la libreta contenía diversos recordatorios de Distinto que Pedro había guardado: su partida de nacimiento en Hogar, ocurrida en aquella misma sala, el diploma militar de Destino, o incluso su nombramiento político.

Tras unos segundos, Distinto encolerizó.

–          ¡No me vengas ahora con esta mierda! – dijo con la voz quebrada mientras mantenía firme el cañón en dirección hacia Pedro.

Mientras Distinto hojeaba furioso la libreta, Pedro se giró hacia la estantería y comenzó a rebuscar frenéticamente en ella.

Al igual que antes de que Distinto revelase su traición, pero esta vez por un motivo diferente, Pedro buscaba desesperadamente un arma entre los libros de la estantería. Buscaba la pistola con la que había disparado a los primeros individuos que generó con aquella máquina generadora el mismo día que la recibió hacía años, entregada voluntariamente por la República de la que entonces Montes Tarao formaba parte. Aquel lejano día, tras utilizar dicha pistola para matar a varios individuos que vinieron al mundo diciendo exactamente las mismas palabras que decían todos los demás, hubo un individuo que dijo algo distinto, el propio Distinto Único. Como recordatorio de aquel momento, aquel mismo día Pedro decidió guardar aquel arma en esa estantería.

Distinto levantó la vista y vio a Pedro buscando en la estantería. Entonces se rió socarronamente.

–          ¿Qué estás buscando tan desesperadamente? ¡Ahí no hay nada más que libros polvorientos! – dijo sonriente.

Pedro se dio cuenta de que, efectivamente, no había ni rastro de la pistola. ¡No estaba! Entonces se dio la vuelta. Derrotado, vio cómo Distinto sonreía y comprendió.

Aquello era, definitivamente, el fin.

Distinto ordenó a Pedro que caminara en dirección a la salida de la sala y Pedro obedeció. Se oían enfrentamientos de soldados en la planta de arriba, dentro del palacio. Los deterministas habían entrado.

Los dos se detuvieron en la entrada del sótano, en cuyo suelo embaldosado se dibujaba una gran bandera NP. Distinto decidió esperar a que no quedasen soldados monteños vivos en las plantas superiores del palacio.

–          Distinto, has ganado. Dispárame. Acabemos de una vez – dijo Pedro mientras miraba a Distinto a los ojos.

–          Ni hablar. Te quieren vivo – respondió Distinto, esquivando la mirada.

Mientras ambos esperaban tensamente la llegada de los deterministas, Pedro se lamentaba de su suerte. Recordó su proyecto científico. “Si lo hubieran conseguido, si hubiera dado tiempo, habría ganado esta guerra. Me ha faltado tiempo. Sólo tiempo”.

Entonces se oyeron golpes en la puerta del sótano.

“Maldita sea, ya están aquí” pensó Pedro.

Un soldado raso determinista entró en la sala y apuntó a Pedro.

Distinto tiró su arma al suelo y levantó las manos. Sabía que sería otro prisionero más hasta que pudiera hablar con los mandos deterministas y le reconocieran sus servicios.

El soldado determinista, que llevaba mucho tiempo fantaseando sobre qué diría en una situación así, no acertó a decir nada. Otros soldados llegaron y emitieron una exclamación de asombro.

Los soldados esposaron a Pedro y a Distinto y les acompañaron fuera del búnker. Al llegar a los pasillos de palacio, Pedro observó los estragos que habían hecho las bombas sobre todo el edificio. Había agujeros por todas partes y un ala entera estaba derruida.

Al salir por la entrada principal, los soldados deterministas reaccionaron a la escena con gritos de júbilo y vítores.

35

La caída de Pedro provocó la rendición de la mayoría de los regimientos monteños que permanecían desperdigados por Montes Tarao. No obstante, una división se hizo fuerte en Villa Tarao.

Un mes después del arresto de Pedro, un avión de la República sobrevoló Villa Tarao y lanzó la primera bomba de fusión de uranio jamás creada en Hogar. Hubo cientos de miles de muertos. Cientos de edificios se desmoronaron como el papel al paso de la onda expansiva. Todos los científicos que trabajaban en laboratorio secreto de la ciudad perecieron instantáneamente. Del propio laboratorio no quedó ni una sola piedra en pie.

Al conocer el ataque a Villa Tarao, Pedro se agarró a los barrotes de su celda y gritó histérico, sin control. Al pasar varios minutos sin que cesaran sus alaridos, sus carceleros entraron en la celda y le propinaron una gran paliza.

Mientras tanto, los pocos generales monteños que permanecían en la lucha se reunían y firmaban la rendición incondicional de Montes Tarao ante la República del Hogar y la República Determinista de Río Mos.

Publicado en capítulo de novela | Deja un comentario

Pedrícese el mundo: Capítulo IV

CAPÍTULO IV

1

Pedro observaba la Plaza Principal de Pueblo Tarao desde su balcón del palacio de gobernación. Al otro lado de la plaza se encontraba la catedral pedrista de Pueblo Tarao. Aquel día era especial para los pedristas. Fieles venidos de todos los puntos de la provincia hacían cola pacientemente fuera del templo para participar en el rito de la pipa. Mediante el mismo, los pedristas eran bendecidos por los eructos de los sacerdotes del templo, los cuales trasmitían de esa manera el espíritu de Pedro Martínez a través de la sala. Pedro se estremeció de sólo pensarlo. Sintió un profundo desprecio hacia aquellos individuos.

La cola era tan numerosa que daba varias vueltas a la catedral. Todos los individuos tenían las mismas greñas que el Pedro Martínez adolescente, y vestían la misma camiseta y los mismos vaqueros. Jóvenes y ancianos, gordos y flacos, todos vestían igual.

–        Son lamentables – dijo Pedro a su consejero de seguridad.

–        Sí, señor – respondió el consejero.

Entonces Pedro tuvo una idea.

–        Consejero, haga venir a unos cuantos soldados – dijo divertido.

El consejero se encogió de hombros y abandonó el balcón. Al cabo de unos minutos se presentó con una docena de soldados en el balcón. Pedro les dio unas instrucciones muy precisas. Entonces los soldados salieron del balcón.

Tras una hora, Pedro pudo ver a los soldados en la plaza. Éstos ya no lucían sus habituales uniformes, sino que vestían la típica indumentaria pedrista. Sus pelucas hacían las veces de las rituales greñas. Dichas pelucas no eran difíciles de conseguir. Los propios pedristas más mayores las utilizaban cuando iban al templo para mostrar un aspecto más digno del Pedro Martínez original.

Siguiendo las instrucciones de Pedro, la mitad de los soldados se unieron a la cola como cualquier otro pedrista. Su indumentaria les hizo pasar desapercibidos. Una hora más tarde, cuando ya habían dado una vuelta completa a la catedral y se encontraban cerca del punto de partida, el resto de los soldados se unieron a la cola por el final. Ambos grupos de soldados se encontraban muy próximos entre sí, si bien en vueltas diferentes de la espiral. En medio de la muchedumbre, los últimos soldados que se encontraban en el surco interno abandonaron a sus compañeros y se unieron a los soldados del surco externo, lo que hizo que todos los pedristas que venían detrás de ellos en la cola, que desconocían la maniobra realizada algo más adelante, les siguieran en el nuevo recorrido. Como resultado, el surco externo de la cola se había desconectado de la cola y se había convertido en un círculo independiente. Entonces los soldados fueron abandonando uno a uno y con discreción el círculo. Los huecos que dejaban eran aprovechados por los que venían detrás para avanzar unos pasos hacia delante, lo que a su vez hacía andar a los detrás de ellos, y así sucesivamente. Debido a la forma circular de aquella secuencia, dicho proceso se propagó sin cesar de manera cíclica. El resultado fue una cola circular que avanzaba.

En el balcón, Pedro comenzó a reírse con sonoras carcajadas mientras daba palmadas en la barandilla.

–        ¡Sí! – dijo Pedro a su consejero – ¡Ahí lo tienes! ¡Una cola de pedristas siguiéndose a sí misma! ¡Qué seres más lamentables! ¿No es deplorable?

El consejero afirmó con la cabeza.

Poco a poco, el rostro de Pedro fue cambiando desde la sonrisa inicial hacia la ira.

– Hay que exterminarlos – susurró mientras apretaba los dientes -. Hay que exterminarlos.

2

Un trágico suceso llenó las portadas de la prensa de Montes Tarao un mes después. Un pedrista había acudido a una oficina del registro de Pueblo Tarao y había solicitado llamarse, simplemente, Pedro Martínez. Al ver el impreso de cambio de nombre, los funcionarios se negaron a aceptárselo. Ante el rechazo, el pedrista, muy enfadado, tiró diversos objetos de la oficina al suelo de manera airada. Unos minutos después fue detenido.

Lo que habitualmente se habría convertido en una noche en el calabozo desembocó en un cautiverio que ya se prolongaba algo más de un mes. A los cargos iniciales de desorden público, la fiscalía de Montes Tarao había añadido el nuevo delito de conducta anti-monteña. Esto produjo un rotundo rechazo de la comunidad pedrista de Montes Tarao, que organizó una gran manifestación de protesta a través de las calles de Pueblo Tarao. A la manifestación se unieron pedristas de otras provincias, así como algunos defensores de los derechos civiles de otros puntos de la República.

Abría la manifestación una pancarta que rezaba “Todos somos Pedro Martínez”. Mientras los manifestantes recorrían las calles, algunos ciudadanos monteños observaban a la comitiva con desaprobación y recelo. Otros incluso les insultaban. Esto dio lugar a algunos episodios de tensión entre los manifestantes y otros grupos de ciudadanos.

Pedro, que era informado puntualmente del transcurso de la manifestación, vio en dichos focos de violencia un motivo para disolver aquella reunión obscena. En lugar de recurrir a métodos propios de un enfrentamiento con civiles, Pedro solicitó al ejército que se ocupara de dicha tarea.

Los soldados con los que había compartido luchas en las minas monteñas respondieron gustosos a la petición, y se aplicaron contra aquella muchedumbre de la misma forma en que lo habían hecho en aquellas misiones. El resultado de aquella noche fue una veintena de muertos y varios cientos de detenidos.

A la mañana siguiente, los locales y templos pedristas amanecieron cubiertos de pintadas amenazantes.

3

El escultor mostraba a Pedro el esquema de la obra que proponía. Tras la mesa de escritorio, Pedro meditaba. Después intervino.

–        ¿Usted ha visto alguna vez un caballo?

El artista se mostró dubitativo durante unos segundos.

–        Sí… digo… – torció el gesto – no. No he visto nunca un caballo.

–        ¿Existen caballos en Hogar?

–        No.

–        Por tanto, ¿existen caballos en Montes Tarao?

Tras unos segundos, el artista contestó.

–        No.

–        ¿Entonces, qué sentido tiene hacer una escultura ecuestre de mi persona?

–        Es… un símbolo.

Pedro dio un puñetazo a la mesa. El escultor cerró los ojos mientras apretaba los dientes.

–        No acepto símbolos basados en cosas tan lejanas – dijo Pedro con seriedad -. Mire a su alrededor. Nuestra tierra tiene suficiente belleza como para que no tenga que abrazar símbolos extraños o extranjeros. Observe el monte, los desfiladeros, los riscos y los valles. La tierra rojiza. ¿No la oye hablar? ¿No la oye exaltar el carácter propio de Montes Tarao?

El escultor dudó durante un momento. Un hombre llamó a la puerta y entró en el despacho. Se trataba del Consejero de Educación.

–        Gobernador, tiene que aprobar el borrador de contenidos de los cursos de reeducación de Montes Tarao para el nuevo curso – dijo mientras le mostraba unas hojas grapadas.

Pedro hojeó brevemente las hojas.

–        Conforme a nuestra reunión anterior – continuó el consejero -, hemos introducidos en el temario los nuevos agravios comparativos de la República hacia Montes Tarao.

–        Bien.

Pedro sonrió y firmó una por una todas las páginas del borrador. Después se las entregó al consejero. Antes de que el consejero saliera del despacho, otro hombre golpeó la puerta para anunciar su llegada. Se trataba de su ayudante de imagen.

–        Gobernador, ya es la hora de su discurso de aniversario.

Pedro se levantó de su sillón, apretó brevemente la mano del escultor y siguió a su ayudante por las dependencias del palacio de gobernación, hasta que entraron en una pequeña sala. Tras ella, un balcón daba directamente a la Plaza Principal de Pueblo Tarao. Pedro abrió las puertas del balcón y saludó a la multitud. La muchedumbre que inundaba la plaza le devolvió el saludo con gritos de júbilo y una gran ovación. Banderas con el dibujo de unos sinuosos montes ondearon con fuerza. Grandes carteles se congratulaban del décimo aniversario del Pedro como gobernador de Montes Tarao.

–        ¡Queridos compatriotas! – dijo al público. Éste le respondió incrementando el volumen de sus gritos – ¡Querida Patria de Montes Tarao! Quiero que sepáis una cosa. Por más insultos que recibamos de los políticos de Ciudad, por más agravios que recibamos por parte de la República, por más que se nieguen a aceptar nuestro carácter diferenciado, sacrificado y noble, sofisticado, trabajador y emprendedor, fruto de los rigores de nuestra agreste tierra, por más insistan, ¡seguiremos aquí! ¡Somos monteños, y Montes Tarao es nuestra patria!

Una ensordecedora nube de vítores le sucedió. Las banderas ondearon.

–        Los hombres del llano – continuó – llegan en masa a nuestras montañas alentados por la República. Llegan sin conocer nuestra historia y sin respetar nuestras costumbres. Llegan sin modales y amenazantes, afirmando desafiantes y orgullosos que se encuentran en territorio de la República, y que no tienen por qué observar ninguna de nuestras costumbres. ¡Esos hombres os invaden, y os quitan vuestros empleos! – gritó elevando la voz.

Comenzaron a surgir gritos de indignación entre la muchedumbre. Pedro esperó para dejar que se oyeran con claridad.

–        Si la República no hace nada, tendremos que hacer algo, compatriotas. Ésos, – dijo señalando con el dedo hacia el cielo mientras ondeaban las banderas en la plaza – ¡Sí!, ésos vienen a por nuestra riqueza. Nos ha costado enormes esfuerzos domar esta tierra agreste e ingrata. Mucho sudor y vidas nos ha costado extraer los frutos de las entrañas de nuestra tierra. Y ahora, después de tanto esfuerzo, quieren venir ellos a llevárselas. ¿Vamos a aceptarlo? ¡Compatriotas! ¿Vamos a aceptarlo?

Un rugido de insultos brotó del ambiente. Los ánimos se caldeaban por momentos.

–        ¡Compatriotas! ¿Sabéis quién alienta todo esto? ¿Sabéis quién se empeña vilmente en hacer creer que nada nos diferencia, que los monteños no tenemos identidad…? ¿Sabéis quién quiere obligarnos a que todos seamos exactamente iguales? ¿Sabéis quién quiere imponer sus decadentes costumbres a todos nosotros? ¿Sabéis quién quiere forzarnos a dejarnos invadir por los extranjeros? ¡Ellos! ¡Los pedristas! – aulló mientras señalaba con el dedo. Esta vez no señalaba al cielo. Señalaba al punto opuesto de la plaza, donde se levantaba la catedral pedrista de Pueblo Tarao. La muchedumbre tronó. Pedro, apelando a toda la potencia de su voz, gritó – ¡Son ellos!

Repentinamente, surgieron antorchas de entre la masa. Una ola humana se dirigió en dirección hacia el templo como un viscoso fluido. Algunos individuos sacaron una gran barra metálica y la usaron a modo de ariete para tirar la puerta de entrada. Una vez que la puerta cayó, la muchedumbre se adentró en la catedral.

Al cabo de unos minutos, las llamas aparecieron en las ventanas del templo.

4

Aquellos hechos habrían llenado las portadas de la prensa en toda la República, de no ser por los extraordinarios y violentos sucesos que acaecieron en Ciudad ese mismo día.

Temprano por la mañana, salieron de tres cuarteles del ejército de Ciudad camiones cargados de soldados de infantería flanqueados por un gran número de vehículos blindados. Estos contingentes se dirigieron simultáneamente a los seis almacenes en los que se custodiaban las máquinas generadoras mediante las cuales todos los alimentos de Hogar, e incluso todos sus ciudadanos, surgían. Los seis almacenes se encontraban situados en extremos opuestos de la ciudad, formando los vértices de un hexágono. Cuando cada contingente alcanzó el correspondiente almacén, los soldados salieron de los camiones y procedieron a asaltarlo. Tras unos minutos de confusión, los asaltantes llegaron a controlar cinco de ellos. Entonces, los militares al mando en el resto de los cuarteles comprendieron que los mandos de esos tres cuarteles habían comenzado un levantamiento contra la República. De dichos cuarteles partieron más soldados hacia los almacenes para sofocar la rebelión y recuperar su valiosa carga.

A media mañana, uno de los militares sublevados, el General Yunque Cuarto, habló a la Ciudad a través de una radio clandestina. Afirmó que, en coordinación con varios sindicatos y representantes de la clase obrera, una parte del ejército había decidido sublevarse contra la opresión de las clases dominantes hacia los trabajadores, para la instauración de una República Determinista. Afirmó igualmente que su sublevación era la respuesta a la dura atroz represión que estaba ejerciendo la República contra la causa determinista. Criticó la extrema e innecesaria dureza con que la República había sofocado algunas revueltas deterministas durante los últimos veinte años en algunas provincias.

Ante dicho anuncio, algunos obreros salieron de sus fábricas en el barrio A y se apresuraron a apoyar a los militares sublevados con su fuerza. Similarmente, algunos intelectuales del barrio C salieron a las calles y gritaron públicamente su apoyo a la sublevación. Por otro lado, en algunos barrios de clases medias y acomodadas, varios ciudadanos se dispusieron a apoyar a la República por cualquier medio que estuviera a su alcance. En algunos barrios se desataron duros enfrentamientos entre grupos de ciudadanos armados.

En torno a los almacenes se oyeron tiroteos y grandes explosiones. La noticia de la rebelión se propagó rápidamente por toda la República. En la extensa provincia de Río Mos, territorio poco desarrollado pero que suponía la mayor fuente energética de la República gracias a sus cientos de presas hidráulicas, dos divisiones del ejército decidieron unirse a la rebelión, y fueron acompañadas por una gran parte de la población. En un primer intento, la República envió un contingente leal para sofocar la rebelión desde la vecina Costa Mamá, provincia eminentemente comercial en la que se concentraban los principales puertos marítimos que abastecían a Ciudad. Este contingente, formado principalmente por vehículos blindados, fue fácilmente repelido por los sublevados. La falta de buenas comunicaciones, así como el desconocimiento del terreno de las divisiones atacantes, influyó decisivamente en aquel resultado.

La ausencia de las tropas en los puertos de Costa Mamá fue aprovechada por algunos sublevados para tomar el control de varios buques de guerra en sus puertos. Estos buques remontaron el curso del río Pedopís hacia Ciudad. Al llegar a Ciudad, bombardearon el Parlamento, que se ubicaba a escasa distancia de la orilla.

Tras unas horas de duros enfrentamientos en Ciudad, el ejército leal tomó el control de dos almacenes. Mientras tanto, otros focos de rebelión surgieron en otras provincias, si bien todos ellos fueron repelidos con rapidez. Al mediodía, y a pesar de las informaciones contradictorias que se comunicaban, se hizo patente que la rebelión había tenido éxito únicamente en Ciudad y en Río Mos. Esto permitió que algunas divisiones del ejército ubicadas en otras provincias se dirigieran hacia Ciudad para sofocar la rebelión. Simultáneamente Eslabón Tercero, líder del partido determinista y hasta entonces en paradero desconocido, emitía un comunicado por radio en el que llamaba a que los deterministas depusieran las armas y se dispusieran a realizar la revolución determinista sólo por la vía pacífica. También negaba cualquier relación con los sublevados y refundaba su partido con el nombre de Partido Determinista Legalista.

Se hizo la noche y continuaron los tiroteos junto a los almacenes. Por la noche se sucedieron sangrientos enfrentamientos tanto entre soldados como entre ciudadanos. Al amanecer llegaron los refuerzos desde las provincias más cercanas a Ciudad, y el ataque a los sublevados atrincherados se intensificó. Poco después, los leales tomaban un almacén más. En dicho ataque moría Yunque Cuarto.

Cerca del mediodía, los sublevados se dieron cuenta de que la batalla por el control de Ciudad estaba perdida. Entonces, la división que controlaba uno de los dos almacenes restantes cedió su control a los asaltantes y se dirigió hacia el aeropuerto de Ciudad. Con sus efectivos casi intactos, tomaron rápidamente el control del aeropuerto. Simultáneamente, la otra división cargó varias de las máquinas generadoras en los camiones y huyeron en dirección al aeropuerto. El ejército de la República, confundido ante la creencia de que los sublevados pretendían controlar Ciudad, reaccionó tarde a la maniobra, y no alcanzaron el aeropuerto a tiempo. Para cuando acabaron con los militares que cubrían la retirada de los demás, un avión cargado con varias máquinas generadoras volaba ya hacia destino desconocido. La mayoría de los aviones estacionados en tierra eran bolas de fuego.

Entonces, muchos simpatizantes de la rebelión, bastantes de ellos armados, abandonaron sus hogares en todos los puntos de la República y se dirigieron hacia Río Mos.

Al día siguiente, el capitán sublevado Martillo Noveno comunicaba al mundo desde Orilla Mos que Río Mos se declaraba independiente de la República y pasaba a denominarse República Determinista del Río Mos. Así mismo, anunciaba la voladura de las conexiones que trasmitían la electricidad de Río Mos hacia el resto de la República. Esto produjo grandes apagones en Ciudad y en las principales ciudades de la República. Muchas cadenas de montaje pararon. La economía de la República, muy globalizada y especializada, se resintió muy sensiblemente ante la caída de una de sus piezas clave.

Durante las semanas siguientes, el ejército de la República inició diversos ataques hacia Río Mos, pero todos ellos fracasaron ante un ejército ya unificado, arropado por un gran número de incondicionales, y conocedor del terreno.

Tras unas semanas, la República tomó conciencia de que no podría reconstruir su ejército con una industria paralizada. Así mismo, los ciudadanos de todas las provincias, poco acostumbrados a las molestias de guerra, comenzaron a presionar a sus representantes para buscar una salida negociada.

Un mes después de la rebelión, la República admitía resignada la existencia de la República Determinista de Río Mos como Estado independiente, y enviaba un embajador a Orilla Mos.

5

–        Según parece, la rebelión determinista no se notó en tu territorio – dijo Valor Séptimo, recostándose sobre su sillón.

–        Aquí la gente tiene otros ideales – respondió Pedro con una sonrisa, a la vez que adoptaba una postura más cómoda. Mientras observaba la Plaza Principal de Pueblo Tarao a través de la ventana de su despacho, continuó – Mi gente es leal a su tierra. Los pedristas huyeron hace tiempo a su guarida en la fronteriza provincia de Valle Pedopís. Por otro lado, los pocos deterministas que quedaban aquí se han ido a Río Mos durante los últimos días.

Valor miró a Pedro con satisfacción.

–        He de admitir – continuó Valor – que tu forma de afrontar el problema determinista no me convenció en un principio. Para empezar, no creía factible que varios individuos pudieran agruparse por criterios identitarios en contra otros individuos que son genéticamente iguales y comparten la misma educación hasta la adolescencia.

–        La territorialidad existía en muchos animales de la antigua Tierra – respondió Pedro –, y ésta se acentúa cuando se pone en duda el acceso a los recursos. Nosotros pertenecemos a ese tipo de animales.

–        Llegué a temer – reconoció Valor – que los mercados de Montes Tarao y el resto de la República se mostrarían cierto escepticismo mutuo. Sin embargo, no fue así – aceptó. Entonces esbozó una amplia sonrisa -. Los negocios con Montes Tarao van mejor que nunca.

–        A la gente no le importa dónde se hacen las cosas, sino lo que cuestan.

Valor miró a Pedro con cierta admiración. Después, mostró un gesto ligeramente más serio.

–        Has de reconocer – dijo en tono más grave – que has generado cierta alarma y recelo en los políticos de Ciudad.

Pedro pensó su respuesta durante unos segundos. Después se echó hacia delante, y como si se dispusiera a revelar un gran secreto, sonrió y susurró:

–        Diles de mi parte que la tensión nacionalista puede ser más nacionalista que la propia independencia.

Valor le devolvió el gesto cómplice. Después, como si recordara de repente un tema menos agradable, su gesto se endureció.

–        La verdad es que el ambiente en Ciudad es muy tenso – dijo -. La posibilidad de una nueva rebelión determinista está en la mente de todos. Los sucesos del mes pasado han supuesto el mayor ataque que se recuerda a la República. No debemos olvidar que la República pudo haber perdido todas sus máquinas generadoras. Si hubiera ocurrido tal cosa, hoy todos estaríamos a merced de un estado determinista que abarcaría todo lo que en su día fue la República. Por supuesto, ya hemos regenerado las máquinas necesarias hasta volver a alcanzar la producción óptima de alimentos y ciudadanos en toda la República. No obstante, cualesquiera medidas de seguridad que podamos añadir sobre nuestras máquinas parecen ser insuficientes. No olvidemos que los deterministas ya no necesitan robar las máquinas generadoras, pues ahora les basta con destruirlas. En ese caso, se convertirían en el único productor de alimentos de todo Hogar.

Pedro asintió con la cabeza.

–        Es por ello – continuó Valor – que varios parlamentarios han planteado la posibilidad de enviar copias de las máquinas generadoras a otros puntos de la República. No es seguro tener todos los huevos en la misma cesta. Yo mismo propuse al partido la posibilidad de enviar una máquina aquí, a Montes Tarao.

Pedro escuchó con gran interés. Valor se aclaró la voz y continuó.

–        No conozco en toda la República un baluarte mejor contra el determinismo que Montes Tarao. Las máquinas no podrían estar más alejadas de los deterministas de lo que estarían aquí mismo. Es más, en caso de que ocurriera lo peor y los deterministas lograran el control de Ciudad, este territorio con voluntad de gobierno podría independizarse de dicho estado maligno y ser el verdadero heredero de la antigua República.

Valor paró un momento para beber un trago a su copa de coliol de reserva.

–        Ni que decir tiene – continuó – que el refundado Partido Determinista Legalista está en contra, por muy legalistas y leales que digan ser – dijo Valor con cierto sarcasmo -. Y, observando tu trayectoria personal como gobernador, no debería extrañarte que los pedristas también se opongan. Aunque volvemos a ser el partido más votado del parlamento, no podemos sacar adelante una medida así sin la mayoría absoluta, así que necesitamos el apoyo de al menos otro de los partidos. Esto exige pactar con los pedristas. Por su parte, los pedristas afirman que aceptarían una medida así sólo si Valle Pedopís recibiera otra máquina.

Pedro torció el gesto.

–        Hoy por hoy – continuó Valor -, nuestro partido no considera aceptable dicha contraoferta. Si un feudo pedrista contara con una máquina generadora, sus gobernantes se dedicarían a engendrar millones de nuevos individuos para exaltar así el pedrismo en el mundo. Esa gente no tiene sentido de la medida ni conciencia de las limitaciones físicas de este planeta. Además, educarían a todos esos individuos de acuerdo a sus preceptos, y tendríamos una inmensa generación de fanáticos que absorberían rápidamente a todos los demás – dijo. Ante el gesto alarmado de Pedro, Valor añadió – Conozco tu particular visión sobre los pedristas, y te puedo decir que no tienes por qué preocuparte. Por todo lo que he dicho, no nos hemos planteado aceptar su oferta. Sin embargo, mientras no alcancemos un acuerdo, la seguridad de la República seguirá gravemente amenazada. Todos los huevos siguen en una sola cesta.

Pedro meditó durante unos segundos. Su mente analizaba las nuevas noticias frenéticamente.

–        Estoy seguro de que los políticos de Ciudad podréis arreglar este problema –respondió Pedro -. Por el bien de todos.

6

La derrota de la República en Río Mos supuso una gran conmoción en la conciencia colectiva de todos sus habitantes. El único estado conocido hasta entonces en Hogar había sido vencido y ahora existían dos estados diferentes. La República nunca había tenido ningún enemigo externo, por lo que el sentimiento nacional había sido hasta entonces muy endeble. Montes Tarao había desarrollado un sentimiento nacional propio durante los últimos años, principalmente desde que sus ciudadanos veían a los ciudadanos de la propia República como sus enemigos. Este nacionalismo monteño llevaba algunos años provocando, como reacción, un incipiente sentimiento nacional en el resto de la República, pero éste era todavía muy escaso.

Como resultado, no fue el sentimiento nacional republicano el agredido, sino más bien el panteón de las cosas indudables que nunca cambian. Surgió una grave y repentina sensación general de desencanto. Esta sensación afectó sensiblemente a los mercados. Las bolsas se mostraban igual de dubitativas que la propia población. A su vez, la escasez de patriotismo hizo que la respuesta inmediata a la derrota no despertara un gran resentimiento hacia los nuevos extranjeros, sino más bien una cierta autocrítica. Los habitantes de la República todavía no habían aprendido a odiar al nuevo país, formado por sus antiguos hermanos. Por otro lado, los motivos de la secesión habían sido ideológicos, y el problema de la división ideológica seguía presente dentro de las propias fronteras de la República.

Tras unos meses, algunos periódicos comenzaron a encender a la opinión pública, y no apuntaban a enemigos externos sino a internos. En particular, dudaban del papel supuestamente leal del nuevo Partido Determinista Legalista. Aunque no consiguieron establecer pruebas claras, se preguntaron reiteradamente por el papel que tuviera el supuestamente neutral Partido Determinista durante la pasada rebelión, e insinuaron la necesidad de ilegalizar el nuevo partido. A medida que la carestía debida a la falta de recursos energéticos se hizo más patente, el número de partidarios de dicha opción creció. La mayoría de los ciudadanos desconocía, por otro lado, que los accionistas principales de esos periódicos eran importantes empresarios monteños cercanos al gobierno de Montes Tarao.

Durante los siguientes meses, la República se dedicó a financiar la construcción de grandes centrales energéticas para sustituir la gran pérdida en infraestructuras sufrida en Río Mos. Este aumento del flujo de dinero desde el Estado hacia la industria y, en última instancia, hacia los ciudadanos provocó, tras un año, el resurgimiento de la demanda, y la economía comenzó poco a poco a levantar cabeza. Los apagones se redujeron en frecuencia, y el impacto emocional de la derrota se fue disipando. Similarmente, el clima de opinión favorable al gasto público, que alcanzó incluso parte de las filas del partido comercialista dada la coyuntura excepcional, hizo que se disminuyeran las tensiones con el nuevo partido determinista, y las voces favorables a su ilegalización disminuyeron.

Entonces, una mañana fría, el presidente del parlamento recibió una llamada urgente del Gobernador de Montes Tarao. El ejército monteño comunicaba la reciente captura en Pueblo Tarao de varios individuos presuntamente implicados en la preparación de una nueva conspiración determinista. Según dichas informaciones, la nueva conspiración habría tenido lugar nuevamente en Ciudad. A través de sus conexiones con varios conspiradores afincados en la capital de la República, los detenidos preparaban un atentado con coches bomba contra todos los almacenes de máquinas generadoras de Ciudad. Ante el aviso, las fuerzas de seguridad de Ciudad se presentaron en los domicilios indicados y localizaron varios pisos con explosivos y armamento. Presumiblemente, los destrozos causados por el ataque podrían haber destruido todas las máquinas generadoras de Ciudad. En una gran operación, se detuvo a una centena de simpatizantes deterministas entre Ciudad y Pueblo Tarao, muchos de los cuales pertenecían al Partido Determinista Legalista. Eslabón Tercero, que negó conocer cualquier tipo de conspiración, fue también detenido.

Cuando se conoció la grave noticia, miles de ciudadanos se echaron a las calles para reclamar la ilegalización del nuevo partido determinista. Hubo una sesión de emergencia del Parlamento, y en ella pedristas y comercialistas se unieron para votar la ilegalización del Partido Determinista Legalista.

Tras la ilegalización, sólo existían dos partidos en la cámara, y el Partido Comercialista pasó a tener la mayoría absoluta de los escaños disponibles. Ante el reciente nuevo peligro que había sufrido la República, gran parte de la población pasó a reclamar el envío de máquinas generadoras a otras provincias más seguras. Simultáneamente, ante la gran lealtad demostrada por Montes Tarao en la última crisis, la opinión pública hacia dicha provincia y sus dirigentes mejoró sensiblemente.

En la siguiente votación de la cámara, el Parlamento daba una respuesta al nuevo clima de opinión política. Con los votos a favor del Partido Comercialista y los votos en contra del Partido Pedrista, se aprobaba el envío de una máquina generadora a Montes Tarao para que fuera custodiada por las autoridades provinciales.

7

Pedro observaba la máquina generadora en la soledad del sótano de palacio. Jugueteaba con su pistola mientras observaba detenidamente los controles de la máquina. “Éste es el origen de todo. Este mundo absurdo y odioso, este mundo poblado por individuos iguales a todos los demás y a mí mismo, esta ridícula parodia hipertrofiada de todas mis miserias y de las lamentables miserias de mis patéticos vecinos, es el fruto de esta maquinita” pensó con cierto desprecio. “Y algunos nacen de esa maquinita queriendo ser más igual que igual, más lamentable que lamentable, más odioso que odioso”. Mientras jugaba con la pistola y se la acercaba a la cabeza, pensó “Si suicidándome pudiera llevarme por delante a todos los imbéciles de este desgraciado punto en el universo, digno de ser olvidado, lo haría ahora mismo”.

Se acercó a los controles. Conforme a las instrucciones que le habían explicado los técnicos de Ciudad, pulsó ciertos botones en un orden determinado.

Surgió un resplandor azul, y apareció una figura conocida. De hecho, la misma figura que llevaba viendo durante los últimos treinta años.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy? – gritó nervioso el recién llegado.

–        Eres igual de patético que todos los demás – respondió Pedro.

El recién llegado miró a Pedro con incredulidad. Pedro apuntó su revolver a su cabeza y disparó. Mientras el cuerpo sin vida caía de espaldas, un reguero de sangre brotó de la cabeza e impregnó la estructura metálica de la plataforma. Pedro se acercó a la plataforma, tomó el cuerpo por los tobillos y lo arrastró fuera de la plataforma.

Después, Pedro se acercó a la plataforma y repitió la secuencia anterior.

Volvió a surgir la luz azulada. Tras el resplandor inicial, volvió a surgir de la nada un individuo sobre la plataforma.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–        Otro lamentable pedrista – dijo Pedro.

–        ¿Có… cómo dice? – respondió el otro, incrédulo.

Pedro apuntó la pistola al recién llegado, de nuevo sobre la cabeza, y volvió a disparar. El cuerpo del recién llegado se desplomó sobre el suelo. Pedro se acercó de nuevo para retirarlo. Gracias a la sangre salpicada, el cuerpo resbalaba mejor y era más fácil desplazarlo. Tras dejarlo a un lado de la plataforma, regresó a los controles, volvió a pulsar los botones de la máquina, y surgió de nuevo el resplandor.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–        ¿Tantos años luz y sólo se te ocurre decir lo mismo que los demás? – preguntó Pedro mientras volvía a disparar, ya con cierta desgana.

El charco de sangre sobre la plataforma era ya voluminoso. Tras volver a retirar el cadáver, se dirigió una vez más a los controles.

Tras el resplandor, volvió a aparecer la misma figura. Cuando se disponía a hablar, se escurrió sobre el charco de sangre sobre el que se apoyaba, y cayó de espaldas. Mientras se llevaba la mano a su dolorida cabeza y se incorporaba, observó con incredulidad lo que tenía bajo sus pies.

–        ¿Qué… qué es esto? ¿Sangre? ¿Do… Dónde estoy? – preguntó aturdido.

Pedro observó durante unos segundos al recién llegado con gran fascinación. Después se acercó a él y, ante la sorpresa de éste, le dio un sentido abrazo. Mientras tiraba su pistola al suelo, se le escaparon algunas lágrimas.

Puso la mano sobre el hombro de aquel adolescente. Éste seguía estando algo aturdido.

–        Chico, en adelante te llamaré Distinto Único – dijo Pedro, profundamente emocionado.

Se enorgulleció de que sus actos con aquella pistola le hubieran permitido crear, por fin, algo diferente. Aquel chico nuevo era, en sí mismo, una maravillosa promesa de futuro.

Pedro recogió el arma del suelo. Decidió que debía hacer algo que le permitiera rememorar aquel maravilloso momento en el futuro. Entonces depositó el arma que le había permitido alcanzar tal gesta en las estanterías de la sala. Allí quedaría como recordatorio de aquel momento.

Orgulloso, Pedro se acercó al chico y le acompañó a la salida de la sala. Afuera, junto a la puerta, aguardaban varios técnicos monteños.

–        ¿Todo en orden, gobernador? – dijeron – ¿Funciona correctamente la máquina?

–        Sí, perfectamente – respondió Pedro, señalando al adolescente que le acompañaba –. Pueden pasar para comenzar la producción de nuevos individuos.

8

Pedro dejó durante un momento de escribir para estornudar. Tenía fiebre. No obstante, se encontraba suficientemente lúcido para continuar. Le gustaba trabajar durante largas horas solo en su despacho.

Como el noventa y nueve por ciento de la población en aquel mismo instante, Pedro tenía la gripe. Todos los años, en algún momento a finales del otoño y dependiendo de la evolución de las temperaturas, la población mundial reaccionaba en una fulminante cascada ante la gripe anual. Supuestamente, el virus había sido introducido en Hogar por todos y cada uno de sus habitantes en su propio nacimiento, pues Pedro Martínez portaba y desarrollaba una gripe en el mismo instante en que su molde fue tomado en la Tierra. Con el paso de los años y tras sucesivas mutaciones, se había desarrollado una cepa del virus autóctona que garantizaba su triunfo sobre los únicos individuos vivos que habitaban ese planeta, los cuales resultaban tener exactamente los mismos genes y la misma capacidad para generar defensas. El virus se adaptó por completo a ese cuerpo, y ganaba todos los años de manera implacable y sorprendentemente sincronizada. Los habitantes de Hogar entendieron pronto que era una batalla perdida, y todos los años la actividad productiva de Hogar quedaba paralizada durante una semana aproximadamente. Sólo los individuos que permanecían completamente aislados conseguían librarse de la gripe ese año, pero el esfuerzo del aislamiento total no solía valer la pena.

Pedro recordó que, durante muchos años, creyó que ése había sido el misterioso virus que había acabado con los alienígenas que poblaron originariamente Hogar. Eso cuadraba con la proyección que le mostraron durante su primer día en ese mundo. Luego, el día que asistió al parlamento de la República por primera y última vez, se dio cuenta de que eso podía ser cierto… o no. Y también se dio cuenta de que, hasta entonces, el hecho de que hubiera descubierto tal cosa por sí mismo había provocado que diera más verosimilitud a la historia de la proyección… exactamente como le sucedió a todos los de su generación, que también hicieron ese mismo descubrimiento por sí mismos. Sin duda, dicha proyección había sido calculada muy bien.

Pedro hizo un esfuerzo para concentrarse en sus anotaciones. Estaba escribiendo el guión de la proyección que verían los nuevos individuos recién generados por la máquina generadora de Montes Tarao. Básicamente, coincidía con el conocimiento popular en Montes Tarao, según el cual todos los monteños sabían que Pedro Martínez surgió en Hogar por primera vez en Montes Tarao, y no en Ciudad. También explicaba cómo los habitantes de Ciudad, ávidos de las riquezas de los monteños, atacaron a éstos, les robaron las máquinas generadoras, y las instalaron en Ciudad.

Además, contaba que, tras su robo, los antiguos habitantes de Ciudad crearon una secta secreta, los pedristas, destinada a eliminar cualquier rasgo de identidad propia en Montes Tarao, así como en cualquier otro lugar de la recién fundada República. Para ello, se instituyeron bajo el aspecto de una religión y promovieron la absoluta igualdad de valores, gustos y maneras, conforme a aquellos mostrados por el Pedro Martínez original. De esta forma, la desdicha de un mundo de seres iguales no sólo no fue combatida, sino que fue fomentada por una banda de fanáticos que se regodeaban en su propio patetismo.

Desde entonces, Montes Tarao lucha por la exaltación de su identidad y por la eliminación de aquéllos que quieren negársela, los cuales además quieren arrastrar a todo el planeta hacia su abismo simétrico. El principal objetivo de todo buen monteño es hacer todo lo que esté en su mano para acabar con el pedrismo en el mundo. Fin.

En ese momento llamaron a la puerta del despacho. Entró el Consejero de Seguridad.

–        Gobernador, me ha llamado usted, ¿verdad? – dijo el recién llegado, con la voz tomada y un claro gesto de cansancio.

–        Sí, sí, pase. Siéntese, por favor.

El consejero se sentó y cerró los ojos durante unos segundos. Después los abrió con gran esfuerzo, sacó un pañuelo y se sonó los mocos.

–        Consejero, he observado que en su última petición presupuestaria solicita ampliar el número de plazas de la Academia Militar de Montes Tarao, así como incrementar la producción de equipamiento militar.

Estas palabras sorprendieron al consejero.

–        Gobernador, estamos viviendo tiempos muy convulsos. Necesitamos un gran ejército para responder a cualquier ataque.

–        Y estoy de acuerdo con usted, consejero. Pero no lo haremos como usted dice. Reduzca el número de plazas de la academia, y mejore el equipamiento de entrenamiento. Ahora no quiero un gran ejército regular. Eduque a sus soldados para crear un pequeño grupo de soldados de élite. Al acabar la instrucción, mándeme al mejor de la promoción. Éste debe ser patriota y disciplinado, y debe contar con una gran forma física y un gran entrenamiento en combate. A los demás, mándelos a su casa hasta nueva orden.

–        ¿A… su casa, gobernador?

–        Así es.

9

Pedro se encargó personalmente de que Distinto Único ingresara en la reformada Academia Militar de Montes Tarao. Solicitó expresamente que se le diera un entrenamiento por separado del resto y se le mantuviera aislado del resto de los reclutas, a los que ni siquiera conocía.

A petición de Pedro, el chico era conducido desde el campo de entrenamiento  a su encuentro al menos una vez por semana. Ambos pasaban largas tardes conversando en las dependencias del palacio de gobernación. Al principio el chico se mostraba muy aturdido por los cambios que había experimentado, igual que cualquier recién llegado a Hogar. No obstante, el trato cercano que le proporcionó Pedro, único que le trataba de aquella manera desde su llegada, hizo que su recelo desapareciera y volcara su confianza en Pedro. Por otra parte, Pedro no podía ocultar su simpatía hacia aquel chico, al que estaba educando a su imagen y semejanza. Le agradaba el hecho de que su manera de expresarse y de comportarse, muy influenciada por él mismo, fuera tan diferente de la de otros chicos de su edad. Con el paso de los meses, la relación entre ambos llegó a parecerse vagamente a un parentesco paterno-filial.

Más allá de su musculatura (era increíble lo que el ejercicio constante podía lograr en un cuerpo tirando a enclenque como el de Pedro Martínez), las calificaciones de Distinto en la academia eran mediocres, pero esto no sorprendió ni decepcionó a Pedro. Sus puntuaciones eran aproximadamente la mitad que las obtenidas por el recluta que por aquel entonces era el primero de la promoción, un tal Acecho Segundo. Pedro sabía desde el principio que un entrenamiento militar en aislamiento no sería tan eficiente como el ambiente de los barracones, más proclive al intercambio de ideas entre los reclutas y a la competitividad. Distinto nunca sería un gran soldado. Por el contrario, otra sería la utilidad que Pedro le reservaba, llegado el momento.

Mientras tanto, Pedro animaba a Distinto en su carrera militar. Al finalizar el periodo de instrucción, Pedro dijo a Distinto que había sido el primero de su promoción y que recibiría un nuevo rango militar. El chico abrazó a Pedro, entusiasmado por la noticia.

– En adelante te presentarás ante todos por tu nuevo rango y no por tu nombre. Todos deberán saber con quién están tratando. Todos sabrán lo que has conseguido por méritos propios, no por mí, y que como tal deberán respetarte.

10

La junta extraordinaria de consejeros comenzó puntual. Mientras la mayoría de los consejeros cuchicheaban preguntándose extrañados el motivo de la tal reunión, el consejero de seguridad se dirigió a Pedro.

–        Gobernador, el soldado Acecho Segundo espera en la puerta.

–        Que pase – respondió Pedro, sonriente.

Ante la atenta mirada de los demás consejeros, el consejero de seguridad abrió la puerta de la sala e hizo pasar a un soldado. Se trataba de un individuo fornido y musculado. Por fin Pedro tenía la oportunidad de conocer en persona a aquel gran soldado de la misma quinta que su querido y mediocre Distinto Único. El soldado se acercó unos pasos y se mantuvo en posición de firmes ante los presentes. Su porte impresionó satisfactoriamente a Pedro, que se levantó de su asiento y se le acercó.

–        Consejeros, les presento al soldado Acecho Segundo, primero en la última promoción de la Academia Militar de Pueblo Tarao – dijo Pedro con cierto orgullo, mientras escudriñaba al soldado –. Soldado, le he hecho venir para explicarle, tanto a usted como a este consejo, el papel que la Historia tiene reservado para usted.

Los consejeros se miraron entre sí sin conseguir disimular su curiosidad. Por contra, Acecho se mantenía impasible en su posición. Se hizo un silencio expectante que parecía invitar al soldado a responder. Éste, disciplinado, se mantuvo callado unos segundos, hasta que observó el gesto apremiante de Pedro. Al final, dijo con firmeza pero con cierta timidez:

–        Señor, sería un honor servir a nuestra patria monteña en cualquier circunstancia.

Pedro devolvió al soldado una sonrisa satisfecha y se dirigió a todos los presentes.

–        Consejeros, ante ustedes tienen la pieza básica de nuestro ejército. Un soldado patriota, fuerte, entrenado y disciplinado. Pensarán que es una forma de dirigirme a todos los soldados monteños, pero no. Me refiero a este soldado. Este soldado es la pieza básica de nuestro ejército. ¿Para qué crear un ejército en que alguno de sus soldados no sea el mejor?

Los consejeros le devolvieron un gesto de extrañeza. Al poco tiempo, algunos de ellos comenzaron a comprender. Pedro continuó.

–        Consejeros, la última noche que el soldado Acecho durmió en la Academia, tomamos sin su conocimiento un plano de él. Lo hicimos utilizando el artilugio que los alienígenas describieron a los demás mundos para que sus habitantes pudieran tomar planos completos de objetos y enviárselos, como de hecho hizo Gómez en la Tierra con Pedro Martínez. Entonces, introdujimos el plano extraído de Acecho en la máquina generadora y duplicamos su molde un millar de veces como prueba inicial. Consejeros, entre mil soldados no tiene por qué haber novecientos noventa y nueve… subóptimos. Es más, como todos sabemos, la coordinación es clave en la batalla. Si nuestros soldados desplegados en un campo de batalla fueron el mismo hombre hace sólo unos días, resultará fácil que cada uno de ellos pueda casi adivinar el pensamiento de sus compañeros. Bastará con que cada uno piense en qué haría si, en lugar de estar donde está, estuviera donde está el otro. De esta forma, la coordinación será casi perfecta. Este plan se llevó a cabo sin el conocimiento del soldado para no condicionar su conocimiento inicial.

Los consejeros observaron la explicación de Pedro con gran sorpresa. Entonces miraron al soldado. Pedro puso su mano en el hombro del soldado y se dirigió a él.

–        Soldado, quiero conocer su opinión sobre este plan.

El soldado se sorprendió de ser preguntado. Dudó durante unos segundos.

–        Soldado, quiero que me dé su verdadera opinión sobre este plan – insistió Pedro.

Ante la petición reiterada, el soldado respondió.

–        Señor, con todos los respetos, ese plan se basa en aprovechar la existencia de seres totalmente idénticos, lo que lo hace un poco… pedrista.

Se hizo el silencio en la sala. Tras unos segundos, Pedro rompió a carcajadas y apretó la mano del soldado, ante la respuesta un poco sorprendida de éste. Los demás consejeros comenzaron a reírse igualmente.

–        Según se mire, puede ser exactamente lo contrario – respondió Pedro muy sonriente –. Los pedristas desean llenar el mundo de individuos que sean iguales a Pedro Martínez. Esas alimañas luchan durante toda la vida para recuperar la pureza que, afirman, sólo tuvieron en el mismo instante de su nacimiento en Hogar – después dirigió una mirada algo emocionada al soldado –. Soldado, no se me ocurre nada más diferente a Pedro Martínez que un patriota monteño – el soldado le devolvió un gesto de orgullo. Después, Pedro continuó – Soldado, ¿qué opina realmente sobre este plan?

El soldado respondió ahora con una gran decisión.

–        Señor, su plan es un medio para aumentar nuestra fuerza contra el pedrismo. Me permitirá servir a la patria con orgullo y eficacia – respondió mientras le brillaban ligeramente los ojos.

Pedro sonrió muy satisfecho.

–        Soldado, he de decirle que le he mentido. El plan que he explicado no se está llevando a cabo.

Algún consejero emitió un sonido ahogado de sorpresa. Se hizo un gran silencio.

–        No le hemos copiado. Simplemente deseaba ver su reacción – continuó Pedro –. En ningún caso hubiera deseado llevar a cabo un plan así sin conocer la reacción del sujeto. Si la reacción instantánea hubiera sido en contra, ahora tendría a mil soldados en contra del plan – Pedro se detuvo durante unos segundos. Después continuó -. No obstante, dada su reacción positiva, lo haremos.

Pedro volvió a sonreír.

–        Señor, será un gran placer servir a la patria.

–        Muy bien, soldado. Puede retirarse.

El soldado Acecho Segundo se dio la vuelta y salió de la sala con paso marcial. Cuando las puertas ya se habían cerrado, Pedro volvió a sentarse en su asiento. Se armó un gran revuelo de murmullos y comentarios entre los consejeros. Al final, la voz del consejero de trabajo se hizo oír por encima de las demás.

–        Gobernador. Creo que debo recordarle que, hasta ahora, nadie en Hogar ha considerado beneficioso copiar individuos adultos. La República ha evitado siempre esa política con el objetivo de maximizar la variedad entre los individuos. Una sociedad eficiente necesita individuos especializados, y para especializarse hay que diferenciarse. Nuestros genes, conocimientos y estado físico idénticos en nuestro nacimiento hacen que esa tarea no sea fácil. Si nuestros nuevos individuos salen de un molde más especializado aún que Pedro Martínez, nuestra variedad decrece. La acción que propone no es muy común.

Pedro se levantó de su asiento y se tomó unos segundos para responder. Recorrió uno a uno con la vista a todos sus consejeros y respondió.

–        Entiendo sus argumentos, consejero, pero los tiempos que vivimos tampoco son comunes. Durante los últimos meses hemos asistido a un cambio en el equilibrio de fuerzas en Hogar. Se vislumbran tensiones, y debemos estar preparados para ellas. Los tiempos venideros decidirán de manera clave el futuro de la Historia, y la gloria espera sólo a los que estén preparados – Pedro cerró el puño mientras hablaba. Elevó la mirada –. Consejeros, aguardan tiempos de gloria para Montes Tarao, y tiempos de destrucción y sufrimiento para sus enemigos. Estaremos preparados. Nuestro soldado perfecto, oda a la perfección de la raza monteña, serán los brazos que nos llevarán a la victoria contra el pedrismo mundial.

Los consejeros escuchaban a Pedro con gran atención. Algunos de ellos mostraban verdadera admiración. Sin embargo, unos pocos fruncían el ceño.

–        Para garantizar la veteranía de nuestro soldado – continuó -, éste se enfrentará durante las próximas semanas a situaciones reales de combate. Después, tomaremos su modelo para la copia y le duplicaremos en serie. Para garantizar la precisión y coordinación de todas las copias de nuestro soldado, todas ellos se albergarán juntos en barracones circulares con comodidades completamente simétricas. De esta forma minimizaremos la divergencia en su comportamiento, y las posibilidades de coordinación se mantendrán intactas hasta la eventual batalla.

Algunos consejeros afirmaban emocionados con la cabeza. Pedro continuó.

–        Nuestro ejército no sólo será la exaltación de nuestra estirpe, sino también de nuestra tecnología y conocimiento superiores. El soldado Acecho Segundo estará completamente equipado y armado con el último y más avanzado material militar en el instante de la toma de su modelo. Otros tardarían años en crear una industria capaz de producir dichos artilugios punteros en serie. Todo nuestro ejército dispondrá de ellos desde ya mismo. Así mismo, algunos artilugios de última tecnología, diseñados como componentes para algunos vehículos bélicos de última generación, también serán producidos por las máquinas generadoras.

–        Gobernador – intervino el consejero de economía –, debo recordarle que la producción industrial por copia en máquina generadora también ha sido siempre descartada por la República. El gasto energético que supone cada copia es prohibitivo. Es cierto que, antes de disponer de una industria de producción adecuada para un producto, dicho coste es considerablemente más bajo que el necesario para producir cada unidad de manera artesanal. Sin embargo, el coste de producción a través de una cadena de montaje, una vez que ésta existe, es muy inferior. La República ha evitado la política de usar las máquinas generadoras como base para la industria con el objetivo de promover la creación de fábricas que, si bien requieren una gran inversión inicial, a la larga permiten reducir los costes de producción drásticamente. Una economía basada en las máquinas generadoras no es sostenible. Además, Gobernador, debo recordarle que, si bien Montes Tarao es rica en materias primas minerales, no lo es en recursos energéticos, y más aún tras el embargo energético que la República Determinista de Río Mos aplica a toda la República. Su plan, por tanto, significaría renunciar a nuestra ventaja competitiva.

–        Sin embargo, consejero – respondió Pedro con rapidez -, las necesidades de la coyuntura histórica actual, repleta de tensiones bélicas e incertidumbres que se podrían desatar en breve, apunta a la absoluta necesidad de ponernos a la cabeza ahora, de contar ya con el mejor ejército sobre la faz de Hogar, y no después cuando ya podría ser demasiado tarde.

Pedro volvió a dirigir su mirada lentamente hacia todos los presentes. Todos ellos albergaban complejas emociones.

–        Consejeros. Creedme. ¡La gloria de Montes Tarao está cercana! – exclamó mientras le brillaban los ojos y apretaba su puño derecho -. Y ahora, si me disculpan, tengo asuntos importantes que tratar con el consejero de relaciones externas.

Los consejeros se fueron levantando de sus mesas a la vez que murmuraban. Mientras todos salían de la sala menos el citado consejero, Pedro se dirigió a su secretario en voz baja.

–        Prepara los documentos para la inmediata destitución de los consejeros de trabajo y economía.

–        Si, señor.

Pedro se quedó solo con su consejero de relaciones externas.

11

Pedro disfrutaba cuando estaba solo. Últimamente sólo interrumpía su soledad para encontrarse ocasionalmente con alguno de sus consejeros o para conversar un rato con Distinto Único, que a petición de Pedro había sido trasladado al palacio tras licenciarse en la academia militar. Mientras Distinto permanecía en las dependencias del palacio, aislado del mundo exterior, Pedro se ocupaba personalmente de su educación y de comunicarle, a su manera, lo que ocurría en dicho exterior.

En aquel momento, Pedro se encontraba solo en su despacho. Ante él tenía una hoja de papel. Se giró un momento para observar la bandera de Montes Tarao que había a un lateral de su sillón, que él mismo había diseñado algunos años atrás. Volvió a centrarse en el papel.

“Es el momento de que los símbolos de Montes Tarao se adapten a su destino universal” pensó. “Los nuevos símbolos deben ser la representación de su inherente voluntad contra el pedrismo mundial, por la exaltación de un mundo sin Pedro Martínez. Deben representar los ideales presentes en el corazón de todo monteño”. Entonces pensó que un símbolo de dicha ideología tendría que ser fuerte, impactante y con gran contraste, casi hipnótico. “Debo encontrar un anagrama que resuma nuestra ideología”. Debería mostrar algo que resumiera todos los anhelos de su gran cruzada.

Entonces recordó las grandes P que coronaban los templos pedristas. En un principio pensó en mostrar ese símbolo tachado, pero los trazos se cruzaban de una manera algo confusa. Luego escribió “AP” por “Antipedro”. Lo descartó, pues no quería identificar su lucha con su propio nombre. Después escribió “NP”  por “No Pedro”. Le gustó, pues era simple y directo. Ahora necesitaba un anagrama fuerte y vistoso que lo expresara.

Tras varios intentos lo encontró. Puso un rotulador negro grueso sobre el papel e hizo un trazo de abajo a arriba de un centímetro. Entonces, continuó desde ahí, de izquierda a derecha, otros dos centímetros. Después, uno arriba, uno a la izquierda, y, finalmente, dos abajo, lo que cruzaba perpendicularmente otro trazo anterior. Quedaba un extraño y asimétrico símbolo esquemático que, no obstante, podía interpretarse como una pequeña n minúscula adosada por su trazo vertical derecho a una P mayúscula, ambas letras pintadas a base de trazos rectos y ortogonales, símbolos de fuerza. Entonces, giró el papel medio ángulo recto de dirección contraria a las agujas del reloj. Se dio cuenta de que, prescindiendo del primero de los trazos que había pintado, el símbolo le recordaba a algún símbolo que había visto en su juventud, quizá en pintadas en las paredes, pero no recordaba qué significaba. Después volvió a girar el papel desde su posición actual, esta vez un ángulo recto completo siguiendo las agujas del reloj, lo que hacía un total de medio ángulo recto desde la posición original. Observado desde esa posición, parecía el símbolo matemático de infinito, escrito a base de trazos ortogonales, al que le faltaba un tramo para estar completo. “La perfección, la infinitud, no se ha logrado todavía. Este símbolo representa que todavía estamos en lucha contra el pedrismo. Representa mi lucha”. Pensó entonces que quizá no sería fácil interpretar todos esos significados a partir del dibujo original. “Mejor” pensó. “Un símbolo siempre parece más poderoso y profundo cuando te lo tienen que explicar. Cuando gracias a la explicación localizas la imagen oculta, cuando por fin unes mentalmente los trazos como debes y te das cuenta de que la imagen siempre estuvo allí, te haces consciente de tu pequeñez por no haberlo encontrado por ti mismo”. Recordó que más adelante debería buscar algún significado para el giro de cuarenta y cinco grados que permitía encontrar el segundo significado. “¿Alguna referencia geográfica?” pensó mientras miraba un plano de Montes Tarao. “¿Algún año?”. Ya lo pensaría.

Los gruesos trazos negros contra el fondo blanco daban un efecto potente a la imagen. No obstante, Pedro deseaba color. Un color impactante. Cogió un rotulador rojo y comenzó a rellenar los alrededores de la figura, hasta que ésta acabó ocupando el centro de un disco circular que Pedro había dejado deliberadamente en blanco, mientras todo el exterior del disco quedaba bañado de un rojo intenso. La imagen global volvía a recordarle vagamente a algo. Esta vez, a algo que había visto de pequeño en libros y películas. Si bien no conseguía recordar a qué, recordó que ese símbolo que no conseguía recordar le había infundido poder, respeto y miedo. “Entonces, causará exactamente la misma sensación a mis ciudadanos y a mis enemigos” pensó sonriente. Decidió que ése sería el nuevo símbolo de Montes Tarao, y su nueva bandera.

Entonces decidió buscar un saludo carismático para dirigirse ante la plebe. Para preparar a sus ciudadanos ante la actual era de tensión belicista, debía parecer un saludo militar. También debía resultar una provocación contra sus enemigos, lo cual lo convertiría a su vez en una exaltación patriótica. Debía exaltar la identidad de aquella tierra y sus ideales. “Un saludo militar o patriótico típico consiste en dedicar un ¡Viva! a algo o a alguien”. Entonces dio con ello.

Él, ante la muchedumbre entregada, gritaría “¡Muera Pedro!”. Entonces, la muchedumbre le respondería “¡No somos Pedro! ¡No somos pedristas!”.

Alguien llamó a su puerta, devolviéndole brutalmente a la realidad.

–        Gobernador, el grupo de científicos que solicitó ha venido a verle.

–        Que pasen – respondió, todavía algo ensimismado. Entonces recordó la importancia de esa reunión, y se centró.

Un grupo de cinco científicos entró en el despacho de Pedro. Pedro les invitó a sentarse.

–        Señores, les he hecho venir para preguntarles por la posible viabilidad de un proyecto científico.

–        Señor, usted dirá – respondió con curiosidad uno de ellos.

–        Resulta que he ojeado algunos de sus trabajos científicos recientes – Los presentes se sorprendieron mucho ante semejante anuncio -. He de confesarles, no obstante, que no he entendido nada. Soy un político y mi misión es otra. No obstante, me ha parecido interesante alguna de las perspectivas que plantean antes de que lleguen esas fórmulas y palabras extrañas que, sinceramente, me obligan a dejar de leer.

Pedro abrió una botella de coliol y les ofreció un trago a los presentes. Sólo dos aceptaron la invitación. Uno de los científicos, visiblemente nervioso, elucubraba secretamente sobre la terrible sospecha de que, en adelante, el gobernador obligara a todos los científicos a escribir sus textos en un lenguaje comprensible. “¡Sería el fin!” pensó muy preocupado.

–        Verán ustedes – dijo Pedro -, como pueden observar, la tensión belicista de esta época hace que el futuro de Montes Tarao dependa de cualquier aspecto que pueda darle una ventaja en la lucha. Si no he entendido mal, algunos de sus trabajos plantean que, con suficientes fondos, podría abordarse cierta investigación cuyos resultados podrían resultar muy interesantes y provechosos. Resulta que yo puedo proveer esa financiación.

12

Valor Séptimo abrazó a Pedro sonriente, como acostumbraba a hacer en todos sus encuentros. Dos soldados permanecían junto a la puerta del despacho.

–        Es siempre un placer volver a verte – dijo Valor. Se dio la vuelta para comprobar si los soldados abandonaban la sala. Observó que no lo hacían y volvió a dirigirse a Pedro. Éste le invitó a tomar asiento.

–        ¿Has tenido un buen viaje desde Ciudad? – preguntó Pedro, con gesto serio.

–        Sí, sí… – respondió Valor, algo extrañado. Después, con cierta inquietud, continuó –. Por cierto, el tren se detuvo largo rato en Vado Tarao, primer pueblo en tu provincia según se llega de Ciudad. Parece que tus chicos se están tomando muy en serio la seguridad… Bueno, tú me dirás qué es eso tan importante…

Pedro se levantó del asiento.

–        Valor, quiero anunciarte que dentro de una hora haré un comunicado por radio a todo Montes Tarao. En él anunciaré que Montes Tarao declara su independencia de la República.

Valor se rió estruendosamente.

–        Vamos, ahora en serio – respondió Valor sonriente.

–        Valor, hablo en serio.

Esta vez Valor cambió su gesto completamente.

–        ¿Qué? ¿Qué… memeces estás diciendo? ¡No digas bobadas! – respondió nervioso, levantando la voz.

–        Valor, esta tierra y yo tenemos planes que ya no pasan por la República.

–        ¿Qué estás diciendo? – ahora ya estaba furioso – ¿Te parece que éste es un buen momento para que luchemos separados contra el determinismo mundial? ¿Eres consciente de lo que está ocurriendo en Río Mos durante los últimos meses? ¿Has oído los discursos de Martillo Noveno, en los que llama a extender la revolución determinista a todo Hogar? – Valor señaló a Pedro con el dedo -. Montes Tarao recibió una máquina generadora para que la provincia se convirtiera en un seguro contra los deterministas en un caso de emergencia… ¡Pero jamás para que se separase de la República! ¡Eso es absurdo!

–        Las prioridades de Montes Tarao son otras en este momento.

–        ¿Tú… tú eres consciente de quién eres? – preguntó Valor, iracundo – ¿Eres consciente de quién te puso donde estás? ¡Tú no eres nada!

–        He de anunciarte igualmente – continuó Pedro en tono bajo y sereno – que la independencia económica y productiva de Montes Tarao requiere que nuestro gobierno tome el control de ciertas infraestructuras de interés estratégico. En concreto, los centros de producción de varias materias primas han pasado a estar desde hoy mismo bajo el control de inversores locales o del propio gobierno directamente.

–        ¿Qué? ¿Es ése tu respeto a la propiedad privada? ¿Te has vuelto determinista tú también?

–        Hago lo que mi patria necesita en este momento.

–        ¿Tu patria? ¿Qué palabra es ésa? ¡Despierta! ¡No estás dando un discurso en tu plaza!

–        Valor, el plan de expropiaciones afecta a tus posesiones en este país. A todas ellas. Desde hoy mismo.

Valor Séptimo guardó silencio durante un momento. Señaló a Pedro con el dedo. Sus ojos se inyectaron en sangre. Los soldados que aguardaban junto a la puerta hicieron un amago de acercarse, pero Pedro les indicó con un gesto que no lo hicieran.

–        ¡No puedes hacer esto! ¡Traidor! ¡Yo te di todo lo que tienes! ¡Yo hice de ti lo que eres! ¡Maldito traidor! – exclamó a gritos.

–        Y ahora – continuó Pedro, impasible –, debes disculparme. Debo preparar mi discurso.

–        ¡No puedes hacer esto!

Los soldados se acercaron a Valor y le agarraron por los brazos. Éste se zafó de ambos con un violento ademán. Pedro levantó el brazo para evitar que los soldados intervinieran.

–        ¡Me voy solo! ¡No hace falta que nadie me acompañe! – dijo Valor –. Esto no se queda así – señaló a Pedro de manera amenazante -. Me voy a reclamar lo que es mío.

–        Valor, ya no es tuyo. No lo hagas.

Valor lanzó una mirada fulminante a Pedro. Se dio la vuelta y salió por la puerta.

13

Mientras Pedro dirigía su discurso de declaración de independencia por radio a todo Montes Tarao, un taxi dirigía a Valor Séptimo a una de sus minas de cobre. Al llegar, encontró la entrada cerrada. Varios soldados del ejército monteño custodiaban la reja de entrada.

–        ¡Abrid la puerta! ¡Ésta es mi mina! – gritó.

Un soldado se le acercó.

–        Esta mina es propiedad del gobierno de Montes Tarao. Abandone la entrada al recinto, por favor.

–        ¡Imbécil! ¡Esta es mi mina!

El soldado permaneció callado. Valor, fuera de sí, sacó un revólver de su chaqueta e hizo un disparo al aire. El soldado reaccionó apuntando su fusil a Valor. Los demás soldados se acercaron corriendo y apuntaron a Valor.

–        ¡Abrid la puerta! ¡Esta mina es mía! – volvió a gritar Valor.

–        ¡Tire esa pistola! ¡Ahora! – gritó un soldado.

–        ¡Esta mina es mía!

–        ¡No volveré a repetirlo! – exclamó el soldado.

–        ¡Tire el arma! – gritó otro soldado.

Valor apuntó con su arma hacia los soldados. Un soldado disparó a Valor. Su cuerpo cayó al suelo.

Mientras se retorcía de dolor en posición fetal, expulsando sangre del estómago, alcanzó fuerzas para gritar por última vez.

–        ¡Esta mina es mía!

14

El Parlamento se reunió en sesión especial de urgencia. Hermano 27351, algo más envejecido de lo que se correspondía con su edad, se dirigió a la cámara.

–        Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró para sus adentros antes de comenzar -. Señores, la República, casa común de todos los hijos de Pedro en Hogar y símbolo de la unidad de todos ellos, debe reaccionar urgentemente ante semejante desplante a su soberanía. El régimen instaurado en Montes Tarao se está convirtiendo en el origen mismo del mal. Durante los últimos años, la dirección de su actual Gobernador ha empujado a sus gentes hacia un nacionalismo racista, algo que resulta una aberración en un mundo donde todos somos Pedro Martínez. Millones de fieles pedristas han sufrido durante los últimos años la persecución o el destierro en esa tierra desbocada hacia la más esperpéntica ruina moral. Es por ello que solicito al Partido Comercialista la inmediata aprobación del envío del grueso del ejército republicano para sofocar semejante amenaza no sólo a nuestra nación sino a nuestra moral más sagrada. No olvidemos, por otro lado, que este hecho podría ser el detonante de la secesión de otras regiones de la República en el futuro.

Negocio Quinto, cabeza visible del Partido Comercialista desde que Primer Mercante se retirara de la política cinco años atrás, subió al estrado.

–        Señores parlamentarios, deseo iniciar mi intervención anunciando que el Partido Comercialista lamenta profundamente el acto de desleatad mostrado por Montes Tarao hacia la República. Además lamentamos, de una manera más cercana y humana, el reciente fallecimiento de un gran mentor de nuestro partido, Valor Séptimo, en manos del ejército monteño, en lo que sin duda fue debido a una lamentable y terrible confusión. Sin embargo, todos los hombres de bien que entendemos el significado de la responsabilidad y del propio esfuerzo, que condenamos el determinismo y su actitud de hacer a todos iguales, premiando al que no tiene mérito, no debemos enfrentarnos entre nosotros en un momento tan crítico para la libertad en Hogar. La antigua provincia de Río Mos, por medio de su dirigente Martillo Noveno al frente, realiza llamamientos constantes a la revolución determinista mundial y ha anunciado que, en caso de necesidad, hará el uso de la fuerza para liberar a los obreros de toda la República. Su actitud peligrosamente beligerante dirige su mirada hacia la provincia de Valle Pedopís, que su ejército podría tratar de ocupar para aumentar su radio de influencia. En este contexto, iniciar una operación de castigo contra Montes Tarao por su reciente movimiento podría ser una forma de debilitar a ambas partes, a lo que queda de mundo libre, contra nuestro enemigo común. A pesar de su error actual, el gobernador de Montes Tarao, Andro Primero, se ha mostrado históricamente ante todo Hogar como un valedor de la libertad contra el determinismo revolucionario. En muchas ocasiones comandó sus ejércitos en Montes Tarao para frenar peligrosos focos de rebelión determinista que podrían haber desatado una grave revuelta determinista como la que finalmente golpeó Ciudad, de infausto recuerdo, y desde la cual una parte de la población mundial vive bajo el yugo determinista. Es por ello que el Partido Comercialista propone a esta cámara ofrecer un pacto antideterminista a Montes Tarao y aceptar su autonomía sin restricciones para no entorpecer su aportación a nuestra cruzada común contra el determinismo.

Ante los abucheos de los pedristas y la mirada crítica de algunos comercialistas, Negocio bajó del estrado y ocupó su asiento. Hermano 27351 volvió a dirigirse a los presentes.

–        Señor Negocio, consideramos que su visión de la magnitud del problema al que nos enfrentamos es muy ingenua. Los rumores de que Montes Tarao ha estado desarrollando en secreto un enorme ejército, el cual excedería con creces aquél que la República permite desarrollar autónomamente a cada provincia, son bien conocidos por todos. ¿Podemos confiar en que ese inmenso ejército, que podría incluso superar al de toda la República, se comportará de manera fiel a los intereses de la República?

La intervención de Hermano 27351 desató los rumores de los parlamentarios. Negocio volvió a tomar la palabra.

–        Hermano, considero que la creación de un gran ejército por parte de un aliado en nuestra lucha común puede ser la mejor garantía en nuestro éxito global contra el determinismo.

El presidente de la cámara preguntó a los líderes de ambos partidos si deseaban continuar el turno de réplicas. Ante el escueto “Está todo dicho” de Hermano 27351, el presidente convocó la votación. Con los votos mayoritarios del Partido Comercialista, y ante las protestas e insultos de los pedristas, se aprobó la aceptación de la independencia de Montes Tarao y su secesión de la República del Hogar.

15

Pedro siempre se mostraba exultante cuando hablaba ante su gente. Las masas le hacían sentir fuerte e invencible. Su triunfo sobre la masa, sobre los habitantes de ese mundo que le había tocado vivir, era paradójicamente un reflejo de su triunfo sobre sí mismo, o más bien sobre las vidas que le hubieran podido corresponder.

Abrió las puertas del balcón de palacio. La Plaza Principal de Pueblo Tarao le respondió con el más ensordecedor de los rugidos. Al lado derecho del balcón, ocupando el resto de la fachada del palacio, se encontraba una inmensa bandera. Era la bandera que Pedro había diseñado unos meses atrás, con su hipnótico y complejo nP central.

Pedro se acercó al micrófono. Levantó el brazo y extendió la mano.

–        ¡Muera Pedro! – gritó.

La masa, como un sólo hombre, le respondió “¡No somos Pedro! ¡No somos pedristas!”. Pedro sonrió con satisfacción.

–        ¡Hijos monteños! ¡La patria es nuestra! ¡Nuestro destino es nuestro!

Los gritos de júbilo inundaron la plaza. Pedro esperó unos segundos antes de continuar.

–        ¡Hijos monteños! ¡Nuestra patria ha comenzado su inexorable camino hacia la gloria! Compatriotas, nuestra patria tiene que cumplir su destino universal que trasciende sus propias fronteras. ¡Nuestra cruzada contra el pedrismo mundial ha comenzado!

La masa volvió a tronar.

–        ¡Compatriotas! Esta cruzada requerirá grandes esfuerzos de todos nosotros. Sin embargo, nuestra estirpe está preparada para el reto. Nos mantendremos unidos, como un sólo hombre, en esta nueva etapa que iniciamos. Para lograr la victoria necesitamos disciplina. Necesitamos mantener nuestra pureza contra los enemigos internos y externos. En este mismo momento, todos nosotros declararemos nuestra lealtad total con nuestra patria, sin sombra de desunión ni discrepancia. En adelante, los corruptos e ineficientes partidos políticos de la República, que nada nos han aportado jamás, quedarán abolidos. Nuestra lucha quedará representada por el símbolo de nuestra comunión con nuestra patria, materializada en el recién creado Partido Antipedrista, del cual yo mismo tengo el honor de declararme primer miembro.

Se produjo un gran clamor general. Miles de ciudadanos manifestaban a gritos su deseo de unirse al partido.

–        ¡Compatriotas! Ante nosotros tenemos una gran misión. La conspiración pedrista, que durante toda su historia ha luchado contra todos los monteños, que durante tanto tiempo ha tratado de nublarnos la vista con sus horribles objetivos y falaces ideales, está a punto de sucumbir ante nuestra fuerza. ¡Les demostraremos nuestra superioridad! ¡Ganaremos! La Historia observará el sacrificio de sus hijos monteños en su cruzada contra el pedrismo. La Historia sabrá reconocer nuestra abnegación con agradecimiento infinito.

Muchos ciudadanos escuchaban el discurso de Pedro con el brazo levantado y la mano extendida, manteniendo sin descanso el saludo inicial desde que Pedro apareciera en el balcón.

–        ¡Monteños! Hoy es el día en que todos debemos desatar nuestra verdadera naturaleza antipedrista. Seré yo mismo el primero en hacerlo. He de confesaros, compatriotas, que mi nombre no es Andro Primero. Andro es un acrónimo de mi verdadero nombre. Hijos míos, me llamo Antipedro Primero. ¡Soy vuestro Antipedro, y será un honor guiar a la raza monteña a la victoria!

La masa comenzó a gritar al unísono “¡Antipedro! ¡Antipedro! ¡Antipedro!”.

16

Pedro notó que la fiebre de la gripe anual invadía su cuerpo. Había llegado el momento.

Fue a las dependencias de Distinto Único, también griposo, y le anunció que aquel sería un día grande. Después regresó a su despacho y convocó una reunión urgente de su estado mayor.

Entonces dio la orden. Un millón de soldados monteños, todos ellos Acecho Segundo, perfectamente armados y equipados, salieron de sus barracones embutidos dentro del traje antiviral con casco que habían llevado puesto ininterrumpidamente durante las últimas dos semanas. Todos ellos se montaron en camiones y, flanqueados por varios miles de tanques, se dirigieron hacia la frontera con Valle Pedopís.

Allí, dos destacamentos de soldados republicanos con gripe y peor equipados tardaron dos horas en ser eliminados completamente. En la operación militar más rápida y fulgurante que se recordaba en Hogar, y con una superioridad aplastante, el ejército monteño tardó menos de cuatro horas en ocupar completamente la provincia de Valle Pedopís.

Seis horas después del inicio del ataque, Negocio Quinto se reunía con Hermano 27351 en Ciudad y aceptaba la evidencia. Ante la ausencia de cualquier tipo de comunicado desde Pueblo Tarao, la República del Hogar declaraba la guerra a Montes Tarao.

Publicado en capítulo de novela | Deja un comentario