La república de los inmortales

Tres días después de la muerte del señor Tirok, el reencarnador bajó a la cripta del templo para recoger el embrión de Tirok de la sala de embriones.

La sala de embriones era un lugar extraño, a medio camino entre una tumba de la antigüedad y un laboratorio de alta tecnología. Aquí se guardaban los embriones congelados de los clones de todos los fieles de la congregación local, en espera de que dichos fieles murieran. Una vez al mes, una máquina analizaba genéticamente todos los embriones, identificaba al feligrés del que dicho embrión era clon, y comparaba la secuencia genética del embrión con la secuencia guardada en la base de datos del ordenador. En caso de detectar alguna mutación, la máquina corregía los nucleótidos dañados. Tras la comprobación (y la reparación si procedía), la máquina ponía una nueva etiqueta en el envase del embrión para certificar que el embrión del feligrés correspondiente se conservaba en perfecto estado. Cuando llegase el momento de utilizar esos embriones, no debería haber fallo alguno.

El reencarnador regresó a la capilla, donde le esperaba toda la comunidad. Mostró a todos los feligreses el bote que contenía el embrión congelado del clon del señor Tirok. Puso el bote sobre la cabeza del difunto señor Tirok y pronunció las frases rituales.

Con dichas frases, se produjo el milagro de la transespirualización, es decir, el alma del difunto señor Tirok se había trasladado desde el cuerpo difunto al embrión del clon. Unas semanas más adelante, cuando se completasen los procedimientos burocráticos correspondientes, dicho embrión sería implantado en una mujer. Cuando posteriormente dicha mujer diera a luz, el señor Tirok se habría reencarnado en cuerpo y alma. Su alma volvería a la vida terrenal dentro de un cuerpo idéntico a su cuerpo anterior.

Los que tenemos el privilegio de vivir en este país somos inmortales por derecho divino,  y también por ley. Al morir, todos los habitantes de la República de los Inmortales somos sometidos al procedimiento de la transespiritualización. Mientras se aplique dicho proceso tras cada muerte corporal, se garantizará nuestra inmortalidad en cuerpo y alma por toda la eternidad. Nuestra inmortalidad depende de la existencia de nuestra amada nación.

Por supuesto, tras cada reencarnación, el nuevo individuo tarda años en recordar todo lo que sabía durante su encarnación anterior. Nosotros no tenemos escuelas, tenemos recordelas. En ellas, los nuevos cuerpos infantiles de los reencarnados recuerdan cómo se lee, cómo se suma, y cómo se hace todo lo demás.

Además, los nuevos reencarnados deben ver los vídeos de recuerdo para recordar quiénes son. Tu encarnación anterior comenzó a grabar esos vídeos cuando él mismo cumplió cuarenta años en su cuerpo. En esos vídeos, tu encarnación anterior te cuenta las cosas que piensa, las cosas que sabe, las cosas que le gustan y las que no. Tú comienzas a visualizar dichos vídeos cuando tu cuerpo llega a la preadolescencia. Gracias a esos vídeos, puedes recuperar tu antigua personalidad. Además, en esos vídeos la encarnación anterior también te explica cosas de su oficio. Así, tú podrás reincorporarte al mismo oficio que tenías en tu encarnación anterior.

Los vídeos de recuerdo se graban en presencia de un reencarnador, el cual orienta al individuo sobre las cosas que tiene que decir en dichos vídeos a su próxima encarnación para ésta que recuerde lo antes posible y vuelva a ser una pieza útil de la sociedad. A su vez, el nuevo reencarnado verá los vídeos de recuerdo en presencia también de un reencarnador, para que éste le oriente y le ayude a comprender.

Recuerdo la primera vez que vi un vídeo de recuerdo de mi encarnación anterior, unos días después de cumplir los doce años en mi nuevo cuerpo. Vino a mi casa el reencarnador Tobías, que curiosamente había sido también (dentro de su cuerpo anterior) el reencarnador que había asistido a mi cuerpo anterior en la elaboración de dichos vídeos. Todos mis amigos me decían que era afortunado por esta coincidencia, y que alcanzaría la consrencarnación, o sea, la conciencia plena de que eres la reencarnación de tu encarnación anterior, en poco tiempo. Las encarnaciones anteriores de Tobías y la mía murieron con apenas dos semanas de diferencia. Sin embargo, la encarnación actual de Tobías tenía algo más de treinta años, mientras que yo no llegaba a los doce. El motivo es que mi encarnación anterior murió a los cuarenta y tres años en un accidente de tráfico, mientras que la encarnación anterior de Tobías murió con más de setenta años por un cáncer fulminante que le diagnosticaron apenas un mes antes. Cuando alguien muere con más de sesenta y cinco años, se le reencarna lo antes posible. Después del mes o los dos meses que suele suponer el papeleo, su embrión se implanta en una mujer inmediatamente. Sin embargo, cuando alguien muere con menos de sesenta y cinco años, la reencarnación no se realiza hasta que se cumplen sesenta y cinco años desde la fecha de nacimiento. Por eso yo fui reencarnado en mi cuerpo actual veintidós años después de morir. Esta norma se creó para evitar que los más devotos se suicidasen prematuramente para volver a disfrutar rápidamente de un cuerpo nuevo. Bajo esta norma, si alguien hacía tal cosa entonces tendría que esperar algunos años en el limbo antes de regresar. El limbo es un estado misterioso y un poco temido, así que la gente ya no quiere morir pronto.

Tobías puso en marcha la visualización del que sería mi primer vídeo de recuerdo. Entonces vi en él a un individuo que, indudablemente, parecía una versión envejecida de mí mismo. Eso, sin duda, me ayudó a confiar en él. También aparecía en los vídeos su reencarnador, Tobías, que también era una versión mayor de mi propio reencarnador.

En el vídeo, mi cuerpo anterior me decía que le gustaba el senderismo, la música jazz y los macarrones con queso. Esto me chocó bastante, pues aborrezco esas tres cosas. Me gusta el cine de acción, la música clásica y el chuletón. Expliqué esto a mi reencarnador. Él me dijo que debería empezar a hacer senderismo, escuchar jazz y comer macarrones con queso para recordar esas actividades y empezar a volver a disfrutarlas.

Estuve los días siguientes haciendo lo que el reencarnador me dijo. Me aburrieron las rutas de senderismo, me irritaron las interminables horas de jazz, y me dieron asco los macarrones con queso. Así se lo comuniqué al reencarnador la semana siguiente.

– Hijo, debes perseverar – me decía Tobías -. Dentro de unas semanas amarás esas tres cosas, pues son las que más amabas antes de morir. Es lógico que tardes en recordarlo. Si dentro de un mes no las amases todavía, tendría que hablar con mis superiores. Entonces tendríamos que asegurarnos de que no seas un alma intrusa.

Tobías torció el gesto. Sentí pavor. Entonces él sonrió de repente.

– Pero yo estoy seguro de que no lo eres, ¿verdad, Darío? – preguntó.

Yo me quedé paralizado sin decir palabra y solo logré negar con la cabeza.

– En tu encarnación anterior fuiste un hombre muy devoto – añadió -. Esas cosas tan malas no suelen ocurrir a los devotos.

Cuando los reencarnadores encuentran un alma intrusa, purifican su cuerpo. Nos hacen ir a ver cómo se purifican los cuerpos. Tiemblo.

Apenas unas semanas antes de aquel encuentro, nos habían llevado a todos los alumnos de la recordela a ver una purificación. No era la primera vez.

No es agradable ver cómo queman viva a una persona atada a un poste. Al menos, aquella vez no había niños entre los purificados.

Los reencarnadores nos explicaron que ese acto permitía expulsar las almas intrusas de esos cuerpos. Unos días después, volverían a transespiritualizar las almas de los legítimos dueños de esos cuerpos usurpados a sus respectivos clones, y así dichos dueños se reencarnarían y volverían a disponer de sus cuerpos. Por eso, las purificaciones no eran más que actos de sanación, de desparasitación.

En mi segundo encuentro con el reencarnador Tobías, le dije que amaba el senderismo, el jazz y los macarrones con queso. Yo no quería ser un alma intrusa.

– Muy bien, hijo, vas por el buen camino – me dijo Tobías, sonriente -. Debes seguir avanzando hacia tu consrencarnación. Tu siguiente paso será hacer que tu aspecto sea similar al que tenía tu encarnación anterior.

Eso implicaba que debería vestirme con chaquetas de pana y llevar una barba corta. Yo pensaba que ese aspecto no me pegaba nada, pero debía continuar el camino. No quería ser un alma intrusa.

En los vídeos de recuerdo siguientes, mi encarnación anterior me explicó los secretos del oficio que él había tenido: guardia jurado.

Yo no quería ser guardia jurado, y así se lo expliqué a Tobías.

– Señor Tobías, las personas cambian de idea con los años, ¿no? ¿No podría yo desear ahora tener un oficio distinto con este cuerpo nuevo? Creo que quiero ser médico.

Tobías me miró con condescendencia.

– Hijo, llevas más de trescientos años y cinco reencarnaciones siendo guardia jurado. Has sido feliz durante todo ese tiempo. ¿Por qué querrías cambiar ahora de oficio? No es propio de ti. Te conozco bien. En tus encarnaciones anteriores trabajabas para mí en el templo. Sé que amabas esa profesión.

– Pero… – intervine.

Tobías se aclaró la garganta.

– Darío, si insistes, creo que tendré que sospechar de ti. El Darío que llevo conociendo desde hace más de cien años no diría esto que estás diciendo ahora. ¿Debo consultar a mis superiores?

Permanecí callado y negué con la cabeza.

– Así me gusta, Darío – dijo mientras frotaba su mano contra mi cabeza -. Bueno, creo que puedo irme.

– ¡Espere! – me apresuré a decir -. Antes quisiera preguntarle algo.

– ¿Sí, Darío?

– En los vídeos de recuerdo que grabó para mí mi encarnación anterior, a veces aparece también usted bajo la forma de su encarnación anterior. En esos vídeos usted aparece vistiendo de una manera muy distinta a como lo hace ahora. Ahora, usted viste según la moda actual. ¿Por qué lo hace?

Tobías me miró muy serio. Entonces se aclaró la voz y sonrió.

– Los reencarnadores somos gente muy dinámica e inquieta, Darío. Por eso, si vistiera de la misma manera que en mi encarnación anterior, no estaría comportándome conforme a mi naturaleza. Cambiar de gustos con frecuencia es parte de mi naturaleza.

– Comprendo – respondí.

Un año después de aquello, admití solemnemente ante Tobías que, sin lugar a dudas, yo era la nueva encarnación Darío. Tobías, muy complacido, ofició el rito de mi consreencarnación.

Con eso me convertí en adulto, ya era un miembro útil de la sociedad. Me reincorporé al puesto de trabajo que había ocupado mi encarnación anterior, el de guardia de seguridad en el templo de reencarnación de Tobías.

Continué viendo vídeos de recuerdo de mi encarnación anterior. Tobías tenía que atender a un gran número de jóvenes feligreses que en aquella época asistían a sus primeras sesiones de vídeos de recuerdo, así que solía tener poco tiempo para ver vídeos con consreencarnados como yo. Al fin y al cabo, los consreencarnados ya no éramos potenciales almas descarriadas. Por eso ya casi nunca venía a ver mis vídeos conmigo.

Viendo aquellos vídeos solo, comprobé que la encarnación anterior de Tobías ya no asistía a las grabaciones de dichos vídeos que realizaba mi encarnación anterior. Probablemente los motivos eran similares. Tobías ofrecía su asistencia a los que empezaban a grabar sus vídeos de recuerdo para su encarnación posterior, pero pasado un tiempo tenía que ocuparse del resto del rebaño.

Sin duda, mi encarnación anterior había sido muy devota. Hacía sentidas referencias a su futura reencarnación.

No obstante, de alguna forma empecé a intuir que mi encarnación anterior no sentía una gran simpatía hacia la encarnación anterior de Tobías. Cuando mencionaba las cosas que no le gustaban, con frecuencia citaba unas formas de vestir, de expresarse, o incluso de moverse que eran exactamente las del Tobías.

Me pregunto a qué podía deberse esa antipatía. Quizás no comulgara con la visión “dinámica e inquieta” que Tobías tenía de sí mismo. Quizás pensaba que Tobías no estaba siendo fiel a su propio carácter, actitud que los reencarnadores exigían a los demás, así que de alguna forma no era un buen reencarnador.

Por aquel entonces ya no me quedaban muchos vídeos por ver, pues en los últimos vídeos mi encarnación anterior ya tenía cuarenta y tres años, edad a la que murió.

Un día, al poner el siguiente vídeo de recuerdo, me quedé estupefacto. Mi encarnación anterior miraba fijamente a la cámara. Podría asegurar que su mirada era desafiante.

– Jódete, hijo de puta – dijo mi encarnación sin vacilar.

Entonces abrí mucho los ojos.

– A partir de ahora ya sé que no eres yo – continuó diciendo -. Que te jodan. Yo seré mucho mejor reencarnador que tú. No busques en las grabaciones de seguridad. Hace años que las habré borrado. Si hubieras sido un buen reencarnador, habrías mirado alguna vez estos vídeos de recuerdo, ¿no? Pero no lo eras, así que estaba seguro de que no lo harías. ¡Que te jodan!

¿De qué demonios estaba hablando mi encarnación anterior?

Entonces desapareció del plano de la cámara y no volvió. El resto de la grabación mostraba la sala de grabación vacía.

Me apresuré a poner los vídeos siguientes. En los pocos vídeos de recuerdo que me quedaban por ver se mostraba lo mismo: minutos y minutos de una sala de grabación vacía.

Al día siguiente, al incorporarme a mi trabajo en el templo, consulté la grabación de seguridad del día en que mi encarnación anterior grabó aquel extraño vídeo de recuerdo. En los archivos de mi cabina de control se guardaban grabaciones de seguridad desde tiempos inmemoriales. Sólo el reencarnador del templo, Tobías, tenía los permisos de acceso necesarios para borrarlas. Nunca lo hacía.

No vi nada raro en la grabación de aquel día. Entonces miré la grabación de seguridad del día anterior a aquél. Ahí estaba.

Vi cómo mi encarnación anterior entró en la sala de embriones, en la cripta del templo. Allí se guardan los embriones de los clones que se usan en las ceremonias de transesperitualización, acto que se realiza cuando mueren las personas de las que esos embriones son clones. Entonces vi cómo mi encarnación anterior cogió los botes de dos posiciones de la estantería e intercambió sus etiquetas.

En la grabación no podía leerse lo que ponía en las etiquetas, así que bajé a la sala de los embriones para comprobar in situ qué botes se guardaban en esas posiciones de la estantería.

Eran el clon de Tobías y el mío propio.

Entonces comencé a entender. Mi encarnación anterior pensaba que Tobías era un mal reencarnador, quizás porque no preservaba su personalidad, quizás porque desatendía a sus feligreses, o quizás por cualquier otro motivo. Entonces decidió que él sería un mejor reencarnador que Tobías y que algún día lo sería. Como era muy creyente, no le importó que eso sucediera en su siguiente reencarnación. Así que cambió las etiquetas de los botes de los clones. Así, al morir él, su alma sería transespiritualizada al clon de Tobías, y el alma de Tobías pasaría a su clon, o sea, mi cuerpo. Según eso, ahora mismo su alma ocuparía el cuerpo de Tobías, mientras que el alma de Tobías ocuparía el mío.

Por eso él me decía aquellas cosas en aquel vídeo de recuerdo. El día que llevó a cabo el intercambio de etiquetas supo que en adelante, en los vídeos que recuerdo que estaba grabando, se dirigiría en realidad al alma de Tobías, que estaría viviendo dentro de una encarnación del cuerpo de Darío.

Tanto la encarnación anterior de Tobías como la mía murieron poco después de que se grabase ese desafiante vídeo de recuerdo. Posiblemente mi encarnación sabía que Tobías estaba a punto de morir, así que decidió que aquel era el momento de cambiar las etiquetas de los embriones. Una vez al mes, la máquina de la sala de embriones reanalizaba los embriones en busca de pequeñas mutaciones, y en dicho proceso ponía nuevas etiquetas en todos los botes. Esas nuevas etiquetas volverían a identificar correctamente a los dueños de esos embriones. Por tanto, para que realmente las etiquetas estuvieran intercambiadas al realizarse las ceremonias de transesperitualización, la muerte de Tobías tenía que tener lugar antes de la siguiente pasada de la máquina. También la muerte de mi encarnación anterior tenía que tener lugar antes, claro. Por eso deduzco que el accidente de tráfico de mi encarnación anterior fue un acto deliberado.

Cuando las ceremonias de transespiritualización de ambos ya habían tenido lugar y el embrión de cada uno ya había recibido el alma del otro, la siguiente pasada de análisis de corrección de la máquina puso nuevas etiquetas que identificaban correctamente los embriones de esos botes. Pero esas etiquetas no identificaban las almas que les habían sido transferidas, pues no hay forma física de analizar tal cosa. Poco después, el embrión de Tobías con el alma de Darío fue implantado en una mujer. Veintidós años más tarde, el embrión de Darío con el alma de Tobías fue implantado en otra mujer, y de ahí nací yo.

Mi encarnación anterior tenía tanta fe en las reencarnaciones que pensaba que, tras su reencarnación en el cuerpo de Tobías, recordaría su plan sin problemas y podría eliminar de los registros del templo la grabación de seguridad de aquel día en que entró en la sala de congelación e hizo el cambio de clones. Sólo el reencarnador de un templo puede eliminar una grabación del sistema de seguridad, así que no podía eliminarla él mismo en aquella vida, dentro del cuerpo de Darío. Tendría que esperar a su siguiente vida para eliminar la prueba de su fechoría. Contaba con que, en el futuro, podría eliminar esa grabación con su nuevo cuerpo de Tobías, así que la grabación no podría existir en estos momentos en que yo estaba viendo sus vídeos. Por eso, su crimen no podría probarse nunca. Solo quedaría aquel extraño vídeo de recuerdo, ese en que me decía descaradamente todas esas cosas. En realidad, ese vídeo no probaba nada.

Un plan brillante…

…siempre que asumas que todo eso de las reencarnaciones es verdad, claro.

Pero mi opinión es distinta. Se la voy a contar.

Yo pienso que las reencarnaciones solo son una inmensa mierda destinada a que todos asuman su papel en la vida sin rechistar y que determinadas personas, los reencarnadores, sean los únicos que pueden hacer lo que les dé la gana.

Por eso, al ver lo que mi encarnación anterior hizo, yo ideé otro plan brillante.

Envié el vídeo de seguridad de aquel día a los superiores de Tobías. El delito de manipular embriones de clones es gravísimo y se castiga con la purificación. Es un delito que no prescribe. Obviamente, los delitos que no prescriben no dejan de ser perseguidos tras la muerte, pues nunca morimos realmente, solo nos reencarnamos de un cuerpo a otro. Según las reencarnaciones que, conforme a aquel intercambio de clones, efectivamente habían tenido lugar, el alma culpable de ese delito estaba ahora dentro del cuerpo de Tobías. Era a ese cuerpo al que había que castigar. Yo, que supuestamente era el alma de Tobías encerrada dentro del cuerpo de Darío, tendría que ser restituido en mi puesto de reencarnador que ese usurpador de Darío me había arrebatado con su maléfico plan.

Me imagino a los superiores de los reencarnadores, esa panda de hipócritas, llegando a la conclusión de que, según sus propias normas, deben castigar a uno de los suyos aunque saben que no puede ser culpable, pues las reencarnaciones son una patraña. ¡Que se jodan! ¡Que se coman su sistema de mierda!

Asistí a la purificación de Tobías, pero debo reconocer que lo hice obligado. “La víctima debe asistir” me dijeron los reencarnadores. Por mucho que Tobías truncara todos mis sueños de niño, pienso que este acto atroz que supone una purificación no debería hacerse nunca. Nunca he asistido con gusto a estos odiosos inventos de los reencarnadores.

Ahora soy reencarnador. Dentro del cuerpo de Darío, en el que la maléfica alma de Darío me condenó a vivir, se me ha restituido mi cargo como el Tobías que necesariamente soy. Soy una persona… ¿cómo dicen ellos?, inquieta y dinámica, la élite de la sociedad, su parte creativa. Así que puedo hacer lo que me dé la gana y viajar a donde me dé la gana.

No obstante, he recibido cartas de mis superiores en las que me sugieren que subsane la anomalía que sufro lo antes posible. Dicha anomalía consiste en que estoy viviendo un cuerpo que no es el mío. No es culpa mía, es culpa de esa alma malnacida de Darío, pero aún así, según mis superiores, debería ir pensando en subsanar el problema.

Entiendo que me están sugiriendo que me suicide para que vuelva a reencarnarme, esta vez en mi cuerpo correcto, y así todo vuelva a la normalidad. O que me ayudarán amablemente a suicidarme.

Entiendo que estén enfadados.

Me voy de esta mierda de país. Me voy a uno normal en el que la gente se muera. No quiero ser inmortal.

Mientras mi vuelo despega en dirección a una tierra lejana, hay una sola cosa que me inquieta. Recuerdo que, cuando se me restituyó oficialmente en mi identidad como Tobías, los reencarnadores me dieron todos los vídeos de recuerdo que la encarnación anterior de Tobías había guardado para la siguiente encarnación, o sea, yo. Por simple curiosidad, vi algunos de ellos.

Todavía se clava en mi mente el momento en que, en el primero de aquellos vídeos, aquel antiguo Tobías confesaba a la cámara su afición por las películas de Bruce Lee, la música de Tchaikovsky y las chuletas de ternera.

El avión sobrevuela ya las nubes, rumbo hacia mi nuevo destino.

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