Seas quien seas

Mi coche se desliza raudo por la autopista a poca distancia del tuyo. Aceleras, pero te estoy recortando distancia.

Te atraparé. Es sólo cuestión de tiempo.

Cuando saltes, lo notaré. Da igual dónde estés. Por eso sé que te atraparé.

Cuando saltes y yo localice el cuerpo que hayas abandonado al saltar, yo saltaré a ese cuerpo y repasaré sus recuerdos. Entonces no tendré más que recordar a quién has dado la mano. Al igual que yo, para ocupar un cuerpo nuevo tienes que darle la mano. Solo así puedes registrarlo y preparar los parámetros de tu salto a su cuerpo. Así que, para averiguar cuál es tu nuevo cuerpo, no tendré más que repasar los recuerdos del cuerpo que hayas abandonado y buscar a quién ha dado la mano ese cuerpo. Así sabré a qué cuerpo has saltado.

Antes o después ocurrirá que encontraré el cuerpo que habitas antes de que hayas podido saltar a otro cuerpo. Y entonces mataré dicho a cuerpo y tú morirás con él.

Tomas la salida de la autopista y yo te sigo a poca distancia. Cada vez estoy más cerca.

Podrás despistarme durante un tiempo con tus saltos, pero sabes que esta persecución tendrá un final. Nadie puede habitar más de cuatro cuerpos diferentes desde que llega a este mundo. Ni tú ni yo podemos. Cuando no puedas saltar más, no podrás despistarme más y te atraparé. Hasta ahora ambos hemos ocupado únicamente un cuerpo, el que ocupamos respectivamente. Nos quedan tres cuerpos nuevos a cada uno.

Tú conduces de manera temeraria a unos cien metros por delante de mí. Yo me juego la vida en cada adelantamiento para acercarme a ti.

Detienes el coche en el aparcamiento de una tienda y sales del vehículo. Eres un tipo canoso, de unos cincuenta años. Entras corriendo en la tienda. Yo freno a unos metros de tu coche y salgo también. Saco mi pistola con silenciador y, cuando nadie mira, disparo a una de las ruedas de tu coche. No escaparás volviendo a montar en este mismo coche.

Entro en la tienda. Está muy concurrida a esta hora. No te veo entre los estantes. Veo paquetes en el suelo que delatan tu precipitada huída hacia un extremo de la tienda.

Entonces lo noto. Estás saltando.

Sigo el rastro de paquetes caídos y encuentro al tipo canoso detrás de un estante. Está de cuclillas, parece mareado. Sé que recuerda lo que ha hecho mientras le ocupabas, pero no entiende nada. Le pregunto si acaba de dar la mano a alguien, pero no me responde. Está demasiado aturdido para responderme. Estoy perdiendo un tiempo muy valioso, debo saltar a él. Dejo mi pistola en el suelo y le doy la mano para ayudarle a levantarse. Él me coge la mano. Entonces salto a él.

Desde los ojos de mi nuevo cuerpo observo que mi cuerpo anterior mira desorientado a su alrededor. Yo, por mi parte, trato de acostumbrarme al nuevo cuerpo que habito, tengo que darme prisa. Tengo que recordar antes de que huyas. Recuerdo. Has dado la mano a una mujer hace menos de un minuto. Tiene que ser ella, tienes que haber saltado a ella. Por el ventanal de la tienda veo a la mujer corriendo por la calle. Tiene unos treinta años y viste un abrigo morado.

Cojo la pistola del suelo y me dispongo a correr de nuevo detrás de ti, pero justo entonces percibo otro recuerdo en la mente que ocupo y que tú ocupaste antes. Unos segundos antes de dar la mano a esa mujer, te has tomado unas pastillas. Muchas pastillas.

Quieres matarme. O quieres obligarme a abandonar un cuerpo que has condenado a muerte para hacerme gastar un salto más. O quieres que, mientras salvo la vida de este cuerpo para poder permanecer en él y así ahorrarme un salto, pierda un tiempo precioso que te permita huir.

Trato de memorizar una descripción detallada de la mujer y escojo la última de las opciones anteriores. Me dirijo al cuarto de baño de la tienda, me pongo de rodillas delante de un inodoro y me meto los dedos en la garganta. Vomito profusamente. Vuelvo a meterme los dedos y vuelvo a vomitar.

Creo que estoy limpio. Me siento realmente mal pero debo continuar.

Salgo de la tienda. Ahora sería imposible localizarte entre todas estas calles.

Me dirijo a la comisaría del pueblo. Entro en el pequeño edificio y observo que hay dos policías. Me acerco a uno de ellos. Mi primera idea es darle la mano, pero después me doy cuenta de que puedo hacer algo más útil.

Para sorpresa del policía, le agarro por el brazo y le encañono con mi pistola mientras me pongo a su espalda. Saco su arma del cinto y grito al otro policía que deberá cumplir mis condiciones o mataré su compañero. El otro policía saca su arma y me apunta sin dudarlo. Con mi mano libre, la que no sujeta la pistola, doy la mano al policía al que estoy agarrando desde atrás y salto a su cuerpo. El hombre cuyo cuerpo he abandonado, el tipo canoso, se sorprende al ver la situación en la que se encuentra y baja inmediatamente el arma. El otro policía le reduce y le pone las esposas. Desde mi nuevo cuerpo de policía, pido por favor a mi compañero que se encargue él de llevar al detenido al calabozo. Él comprende que he pasado por un momento de gran tensión y accede a ello sin dudarlo.

Cuando mi compañero abandona la sala, me dirijo por radio a todos los policías que están de patrulla en el pueblo y les pido que arresten a una mujer cuya descripción encaje con la del cuerpo que ocupas, pues es sospechosa de haber llevado a cabo un robo a mano armada. Poco después, mi compañero regresa desde el sótano tras haber metido al tipo canoso en el calabozo. Le indico que hemos recibido un aviso de robo y que la sospechosa está en busca y captura.

Una hora más tarde noto que estás saltando. Apenas dos minutos más tarde, un agente me informa por radio de que su compañero y él han atrapado a la mujer y que la traen a la comisaría. Tú ya has huido a otro cuerpo, claro.

Al llegar la mujer a la comisaría, me empeño en interrogarla personalmente. Podría darle la mano, pero entonces perdería la oportunidad de hacer un salto más. Ella afirma no entender lo que ha hecho en la última hora. Cuando le digo que se le acusa de robo a mano armada, dice que no recuerda en absoluto haber hecho tal cosa, pero que recuerda haber estado huyendo por el pueblo sin saber muy bien de qué o por qué, que era como si no fuera ella, como si no pudiera controlar lo que hacía. Afirma que recobró el control de sí misma justo cuando vio a los agentes de policía al otro lado de la calle, pidiéndole que se detuviera inmediatamente.

Le pregunto si, justo antes de recobrar el control de sí misma, dio la mano a alguien. Me dice que no. Insisto, pero me responde lo mismo. No recuerda haber dado la mano a nadie. No tendría ningún motivo para mentirme en un detalle tan irrelevante que no perjudica su situación. Pero entonces, ¿cómo has saltado?

Maldita sea, estoy perdiendo el tiempo. Por un momento pienso que la única solución posible es darle la mano a la mujer y pasar a ser ella.

Entonces, justo antes de hacerlo, cambio de idea. Se me ha ocurrido una posibilidad. Pienso que la mujer podría estar diciendo la verdad.

En ese mismo momento noto que estás dando un salto. Lo noto muy intensamente, estás saltando desde un cuerpo que está muy cerca de mí ahora mismo, en este mismo edificio.

Bien, es lo que sospechaba. Ahora todo cuadra. Huiste del cuerpo de la mujer saltando directamente al cuerpo del tipo canoso que está ahora mismo encerrado en el calabozo, al cual pudiste saltar sin darle la mano porque en realidad ya le tenías registrado de antes. Pero, ¿por qué lo has hecho?

Pienso durante unos segundos y entonces comprendo. Sabías que yo había saltado desde el cuerpo del tipo canoso a otro que desconocías, pues tú también notas mis saltos igual que yo noto los tuyos. Por eso querías entrar en la mente del tipo canoso, para ver a qué cuerpo había ido yo después. Ahora sabes lo que hice en la comisaría cuando yo ocupaba el cuerpo del tipo canoso, por lo que también sabes que entonces pasé a ocupar el cuerpo del policía.

Cuando saltase al tipo canoso desde el cuerpo de la mujer, dicho cuerpo no fue para ti un cuerpo nuevo, por lo que ese salto no te ha limitado el número de cuerpos diferentes que puedes ocupar en adelante. Ha sido una manera gratuita de seguirme la pista y a la vez huir del cuerpo de la mujer que iba a ser detenida (o quizás ejecutada inmediatamente, pues en ese momento tú no podías saber si alguno de esos policías que te pedían que te parases inmediatamente era yo). Muy hábil.

Lo que no sabías en ese momento es que el tipo canoso estaba encerrado en un calabozo de la comisaría, así que esa maniobra no te sirvió para huir realmente. Por el contrario, cuando repasaste la mente de ese tipo y descubriste que yo salté desde ese cuerpo al de un policía, te diste cuenta de que te habías metido en la boca del lobo. Por eso has vuelto a saltar después a otro cuerpo que desconozco. Pero, ¿cómo lo has conseguido? ¿a quién has saltado?

Siguiendo tu misma estrategia, salto inmediatamente desde el policía al tipo canoso, cuerpo en el que yo ya he estado antes, así que tampoco me limita mi futura ocupación de cuerpos nuevos. Ahora estoy en la celda del calabozo. Repaso la memoria del tipo. Recuerdo que, cuando tú ocupabas este cuerpo, has repasado su mente hasta darte cuenta de que tiene un abogado. Has pedido llamarle por teléfono y entonces él ha venido. Al llegar le has dado la mano. ¡Ahora eres el abogado!

Todo ha ocurrido muy deprisa, apenas han pasado dos minutos desde que te has transformado en el abogado. Desde entonces, has tenido que perder cierto tiempo pidiendo que te saquen de la celda, esperando que mi compañero te abra, subiendo la escalera a la planta de arriba y después saliendo a la calle. Me transformo otra vez en el policía, que está en la sala de interrogatorios en la planta de arriba. Con esto te he ganado casi un minuto para llegar hasta esa planta. Salgo de la sala de interrogatorios y le pido a mi compañero que continúe el interrogatorio por mí. Corro fuera de la comisaría.

Te veo a lo lejos, andando por la acera. Entonces corro detrás de ti. Te das la vuelta y me ves. Tú sabes que ese policía puedo ser yo, así que huyes despavorido.

En la huida, te metes en una iglesia. Poco después entro yo también.

La iglesia está llena de gente, justo ahora hay misa. Te has mezclado entre la multitud. Ando despacio por un pasillo lateral, tratando de localizarte en alguno de los bancos de madera donde se sientan los feligreses.

El cura anuncia que los asistentes deben darse la paz. Entonces todo el mundo comienza a darse la mano. Noto que saltas. Maldita sea, qué suerte tienes, has dado un golpe maestro. ¿A dónde demonios has ido ahora?

Puedes estar dentro de cualquiera de las personas a las que hayas dado ahora la mano en esta iglesia. También puede ser que hayas regresado al tipo canoso o a la mujer. No obstante, en ese caso, ¿para qué habrías esperado a que todo el mundo se diera la mano? No necesitas dar la mano a nadie para regresar a esos cuerpos, solo necesitas hacerlo para registrar un cuerpo nuevo al que saltar. Bueno, no puedo descartar que hayas regresado a los cuerpos anteriores, podría ser una manera de despistarme.

Llamo a la comisaría por la radio y, susurrando, pido a mi compañero que no permita que nadie toque a ninguno de los dos detenidos y que tampoco los toque él. Mi compañero se muestra muy extrañado y aprovecha para preguntarme por el atraco a mano armada de la mujer, ya que no le consta nada sobre el mismo. Le digo que ya se lo explicaré luego y que me mande refuerzos a la iglesia cercana a la comisaría.

Ningún feligrés se ha movido de su sitio. Nadie que hubiera venido por sí mismo se iría de la misa antes de que termine, así que tampoco lo harás tú para no delatarte. O bien estás en esta iglesia, o bien estás encerrado dentro del calabozo de la comisaría. Te tengo atrapado. Ahora sólo tengo que averiguar quién eres.

Entonces noto que das un salto, y después otro, y luego otro más. Noto que algunas veces saltas desde un cuerpo que está aquí, en la iglesia, mientras que otras veces saltas desde algo más lejos, sin duda la comisaría. Sigues dando saltos, ya llevas más de una docena.

Me da igual. En cualquier caso, sigues estando detenido en la comisaría o dentro de esta iglesia. Dar más saltos no te va a permitir ir más lejos que eso. Esos saltos delatan tu desesperación.

Planeo cómo te localizaré. Todavía puedo transformarme en un cuarto cuerpo, pues hasta ahora sólo he ocupado el conductor del coche en la persecución inicial, el tipo canoso y el policía. Por tu parte, tú ya has sido el tipo canoso, la mujer y el abogado, a los que ahora mismo puede sumarse cualquier persona presente en esta iglesia.

Me da igual quién seas ahora. Cuando averigüe cuál es tu cuarto cuerpo, le llevaré detenido a la comisaría junto con el abogado. Entonces, cuando el tipo canoso, la mujer, el abogado y tu cuarto cuerpo estén en los calabozos, mataré a los cuatro. Dará igual cuántas veces saltes de un cuerpo a otro, tus cuatro cuerpos posibles estarán allí y los cuatro morirán. Así te mataré con toda seguridad.

Localizo al abogado sentado en un banco de la iglesia como un asistente más. Desenfundo despacio mi pistola. Noto que vuelves a saltar. El abogado se lleva la mano a la cabeza y mira sorprendido a su alrededor.

Esta es mi oportunidad para averiguar cuál es tu cuarto cuerpo. Me acerco al abogado y, para su sorpresa, le cojo la mano. Me transformo en él.

Repaso sus recuerdos y noto que antes diste la mano a más de diez personas de la iglesia. Tengo que recordar el momento exacto en que el abogado notó que recobraba el control, pues tuvo que saltar a la persona a la que diera la mano justo antes de eso.

Entonces, durante unos brevísimos instantes, noto cómo una bala atraviesa mi cerebro. Mi mente se desvanece, no tengo fuerzas para volver a saltar. Noto vagamente los gritos de los feligreses que me rodean.

Mi última imagen es para ti. Veo cómo huyes dentro del cuerpo del policía. Saltaste a ese cuerpo hace unos segundos, cuando cogí la mano del abogado que en realidad ocupabas. Así que no habías saltado antes a ningún asistente de la misa, no habías ocupado ningún cuerpo nuevo. Por el contrario, cuando encontré al abogado, fingiste estar aturdido cuando me dirigí a ti. Te reservaste para mí.

¡Bravo!

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2 respuestas a Seas quien seas

  1. Pablo Molano dijo:

    Muy chulo, lo del momento de la misa al darse la paz es muy bueno 😉

    • Isma dijo:

      Para poder montar el final, necesitaba una situación de confusión total sobre sobre la ubicación del perseguido, y me di cuenta que en la misa católica se chocan muchas manos, que era lo que necesitaba para que el perseguido pudiera ser cualquiera…

      Recuerdo una película (¿quizás de Hitchcock?) donde un tipo se escondía de su perseguidor metiéndose en una iglesia en plena misa. Eso sí, el tipo simplemente se escondía, no tenía poderes sobrenaturales 😉 (¿alguien recuerda la peli?)

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