El quizás de Sandra

“Otra vez tienes latas caducadas, Felipe. Deberías fijarte más” digo. Felipe, detrás del mostrador, se limita a asentir. “Y deberías mirar tu olor corporal, chico. Podría traerte algo, si quieres” añado. Felipe nunca responde a ese tipo de críticas. Cuando le digo estas cosas, se limita a mirar hacia abajo, algo avergonzado. Este chico debería espabilar. Me llevo unas cuantas latas y regreso al coche.

Estás esperándome sentada en el coche, distraída en tus cosas. “Tenemos que comprar gasolina” te digo. Me quedo maravillado mirándote, como me ocurre a veces. Tímida, rehúyes mi mirada. Conduzco.

Recuerdo cuando nos conocimos. Hace más de una década yo solía frecuentar aquella pequeña librería, la única del pueblo. Entré como cualquier otro día y quedé prendado al verte por primera vez. Habías sustituido al viejo Faustino, que se había jubilado el día anterior. “Tiene que ser mía” me dije entonces.

Un día me atreví y te invité a salir. Aquel día me rechazaste. Decidí que algún día serías mía, que perseveraría.

Ahora que te veo a mi lado, me doy cuenta de lo afortunado que soy.

En el camino a la gasolinera pasamos junto a los manzanos de la carretera principal. “Vaya, ya están maduras”. Paro el coche y me acerco a coger unas cuantas manzanas. Ya se lo diré luego a Rodrigo. Sé que no se enfadará, les estoy ayudando mucho con lo suyo, tanto a él como a Amparo, su mujer. Continuamos el camino.

Entro a saludar a Jesús, el gasolinero. Los estantes de chucherías junto a su mostrador están como siempre, vacíos. Le hago algún comentario sobre los malos tiempos que corren. Es inevitable que ése sea nuestro tema de conversación más recurrente. Entonces me dirijo a los surtidores. Veo que no sale ni una gota de la manguera, pero parece que no es por culpa de la bomba del surtidor. El generador diesel de electricidad de la gasolinera, que yo mismo ayudé a Jesús a instalar hace años, cuando empezaron los cortes de luz, sigue funcionando. “¡Jesús, tienes esto vacío!” grito. Jesús me mira resignado y yo asiento. “Lo siento, chico, pero tendré que irme a la gasolinera de Robledales. ¿Lo entiendes, verdad?”. Claro que lo entiende. Todos comprenden que estamos en época de escasez, y que no hay perspectivas de que vaya a mejorar.

Vuelvo al coche. Tendremos que ir a Robledales. Vuelvo a observarte y me vienen más recuerdos a la cabeza, de hace diez años, cuando trataba de conseguirte. Todos los días intentaba salir pronto del laboratorio para ir a verte a la librería. Tú seguías rechazándome con tus palabras, pero estoy seguro de que yo ya estaba en tu corazón. Te enviaba flores y bombones todas las semanas. Varias veces te volví a pedir salir, pero me seguías diciendo que no. No sabías lo paciente que podía llegar a ser.

Me carcomía por dentro no poder contarte nada sobre mi trabajo. Mi trabajo no era como el de los palurdos del pueblo, te habrías dado cuenta de que era un tipo importante. Pero me hubieran fusilado de haberte contado algo. Ni siquiera podía decirte que trabajaba en la base. Tendría que seguir siendo un palurdo más.

Sigo conduciendo y finalmente llegamos a Robledales. Echo gasolina y lleno otras cinco latas, más vale estar bien provisto. Ya solo queda una cosa más. Tendré que pasar por la farmacia para comprar lo necesario para tus curas. Además, por la tarde me gustaría hacerle algunas curas a Felipe. Antes le he visto muy mal, al pobre.

Tras aprovisionarme en la farmacia, vuelvo al coche y regresamos a casa. Aparco junto a la entrada y salgo. Abro la puerta de tu asiento y cargo contigo en mis brazos, como tantas veces he hecho antes. Te veo y vuelvo a lamentarme una vez más. “Maldita sea, ¿por qué no te tomaste la pastilla? ¿Por qué? Todo hubiera sido más fácil. ¿Por qué no lo hiciste?”. Esto lo pienso, no te lo digo. No me gusta decírtelo mientras cargo contigo, siempre te enfadas cuando lo hago. Te hace sentir culpable y vulnerable.

Recuerdo el día en que por fin me abriste tu corazón. Tu primer quizás. Ese día supe que estabas preparada para mí. Me pusiste condiciones. Sin dudarlo, decidí cumplirlas.

Mientras cargo contigo, me vuelves a sonreír. Eso, como siempre, me llena de fuerzas.

Entramos en casa y te pongo suavemente en el sofá del salón. Saco los ungüentos de la farmacia y te aplico las curas. Como siempre, te estoy dejando preciosa. Tú te resignas estoica sin gritar ni una sola vez. Tan solo muestras alguna mueca, sabes que es necesario. Mientras me aplico en mi tarea pienso que, con lo que me sobre, podré curar por la tarde a algunos vecinos que también lo necesitan.

Recuerdo que no dudé ni un momento en cumplir las condiciones que me pusiste aquel día para estar conmigo. Puse en marcha el plan que indicaste. Te envié tu pastilla a casa por correo, y apenas unos días después llegó el momento propicio. Cumplí mi parte y salí eufórico del trabajo. Unas horas después yo me tomé mi propia pastilla. Por fin había llegado el momento de reunirnos.

Recuerdo que llegué a tu casa y me asusté al ver que no respondías al llamar a la puerta. Tiré la puerta abajo y te encontré ida, tirada en el suelo. Vi en tu casa mis flores, mis bombones, y también mi paquete con la pastilla, que no habías abierto. Maldita sea, ¡no te habías tomado la pastilla!

Comprendí que todavía estaba a tiempo de salvarte. Cargué contigo en brazos, aquel día  por primera vez en mi vida, y te monté en el coche. ¡Tenía que darme prisa! Llegué a la farmacia y compré las medicinas. Pasé toda la noche tratándote y al final, amada mía, volviste.

Siempre que me encuentro angustiado o solo, recuerdo aquella conversación que tuvimos unas semanas antes de aquello. Estábamos los dos en la librería, y entonces me diste tu primer quizás. Aquella fue la conversación en la que nuestra historia comenzó por fin.

“¿Y su fuéramos el último hombre y la última mujer sobre la Tierra? ¿Qué me dirías entonces?” te dije.

Dudaste.

“Entonces me lo pensaría” respondiste por fin.

¡Te lo pensarías! ¡Aquello era maravilloso! ¡Era tu primer quizás! ¡Tu primer mensaje!

Cumpliría tu condición. No necesitaba que me dijeras nada más. Había comprendido tu petición. Volví a casa eufórico.

Apenas unas semanas después, inhalé el virus en el laboratorio. Jamás hubiera podido sacar un frasco de allí, nos revisaban todos los días a la salida de la cámara limpia con el escáner. No obstante, trabajando ocho horas al día dentro de aquella cámara, lo que sí podía hacer era inhalarlo. Lo hice rápidamente mientras manipulaba cuidadosamente los frascos con mi instrumental, como hacía todos los días para cumplir el procedimiento de mantenimiento. Nadie se dio cuenta.

Días antes de aquello, ya me las había ingeniado para hacerme con dos pastillas de antídoto, utilizadas habitualmente por técnicos como yo para preparar los experimentos y algo menos controladas que el virus en sí. Nada más robar las pastillas del almacén de suministros, te había enviado una por correo junto con una nota de instrucciones.

Mientras mi cuerpo incubaba aquella cosa, paseé por el pueblo. Visité el bar, las tiendas y la plaza, me relacioné con la gente. Aquella cosa alcanzaría hasta el último rincón del planeta en apenas una semana.

Entonces seríamos, tal y como tú me habías pedido, el último hombre y la última mujer con vida en la Tierra.

Me tomé mi pastilla justo antes de que acabase el periodo de incubación en mi cuerpo. Creía que, tal y como te indicaba en la carta del paquete, tú harías lo mismo.

Pero no lo hiciste. Ni siquiera la leíste.

Ahora sé que no te tomaste la pastilla porque estabas enfadada conmigo por algún motivo que desconozco, nunca me lo has explicado. Debe ser por eso que encontré mis  bombones y flores semanales en el cubo de basura de tu casa, junto al paquete con la pastilla. Debiste enfadarte conmigo. Pero eso ya está olvidado.

Cuando vi que yacías en el suelo, como todos los demás en el pueblo, me dije que no podías haber muerto, simplemente no podía ser. No habías muerto. No, no, ¡no! Nadie había muerto. Eso es. ¡Eso es, nadie había muerto! Decididamente, el plan de convertirnos en el último hombre y la última mujer en la Tierra había fracasado. No obstante, a pesar de ello, en adelante estarías conmigo. Por fin.

Vuelvo desde mis recuerdos al presente. Como siempre, me miras sonriente. Yo te aplico los ungüentos de embalsamar. Con lo que me sobre, repasaré esta tarde el embalsamamiento de varios vecinos. Algunos vuelven a oler. Es incómodo. Los primeros serán los pobres a los que se les ha vuelto a caer algún trozo. Pobre Felipe, como siempre tirado tras el mostrador.

Amor mío, aquí estamos los dos. No fue necesario estar solos para que me quisieras.

Simplemente me quieres, sin condiciones.

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4 respuestas a El quizás de Sandra

  1. Yohana dijo:

    Mi favorito…

  2. javirl dijo:

    Sí, también es uno de mis favoritos, aunque es lo contrario al anterior (“El cumpleaños de Nacho”), puesto que el desenlace resuelve la tensión creada por acontecimientos cuya disonancia va aumentando a medida que lees… Muy bien tramado.

  3. Isma dijo:

    Contar algo de manera difusa, de forma que el lector vaya sabiendo más poco a poco, obliga a tener mucho cuidado con la información que vas liberando… Las sorpresas finales están muy bien, pero hay que liberar información intrigante poco a poco para que el lector te perdone su sensación de desorientación mientras lee. ¡No hay que abusar de su paciencia o expectación! Esto es algo que intento tener en cuenta siempre…

    Por supuesto, mi tendencia a escribir historias donde al final descubres que te han tomado el pelo tiene un riesgo: los que habéis leído muchas historias mías (como vosotros dos, Yohana y javirl) siempre estáis en estado de alerta cuando leéis algo nuevo mío. Por eso necesito intercalar este tipo de historias con otras que sean sinceras desde el principio (como “El cumpleaños de Nacho”).

  4. Yohana dijo:

    Pues a mí me parece que a este se le podía dar todavía más algo de tempo, sin pasarse, claro. Alguna descripción de la vida particular del personaje en el pasado y presente, algun histrionico e irónico recuerdo del personaje en relacción con su amada..etc

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