Cumpliendo órdenes

La señorita García permanecía de pie, expectante ante su nuevo jefe.

– Bienvenida a nuestra casa – dijo el jefe -. Aquí tiene sus tareas de hoy. Tiene que completar este balance trimestral, actualizar este grupo de nóminas y calcular los beneficios obtenidos con cada uno de los clientes de esta lista durante los dos últimos ejercicios.

La señorita García ocupó su puesto y realizó eficientemente sus tareas del día. Entonces regresó a casa, satisfecha de su primer día de trabajo.

Al día siguiente, su jefe le dijo:

– Señorita García, aquí le traigo sus tareas de hoy. Las encontrará similares a las de ayer.

La señorita García observó los papeles sobre su mesa.

– Un balance trimestral, un taco de nóminas y un cálculo de beneficios… – dijo mientras miraba en detalle los papeles.

Unos minutos más tarde, la señorita García abandonó su mesa y entró en el despacho del jefe.

– Señor, tiene que haber un error en mi trabajo asignado. El balance es el mismo de ayer, las nóminas también son de los mismos empleados, y los clientes para los que tengo que calcular los beneficios son también los mismos. Ni un solo dato ha cambiado. Todo es lo mismo – dijo extrañada.

– Efectivamente, sus tareas son exactamente las mismas que ayer, no hay ningún error – dijo el jefe -. Por favor, póngase a ello.

La señorita García dudó durante unos instantes. Luego pensó que aquello se trataba de algún tipo de extraña prueba, volvió a su puesto y se dispuso a completar las mismas tareas del día anterior. Los ficheros de ordenador que había elaborado el día anterior habían desaparecido, así que efectivamente tendría que empezar de cero.

La señorita García completó de nuevo las tareas con cierto disgusto y al final del día regresó a casa algo aturdida.

Al día siguiente, el jefe volvió a encomendarle exactamente las mismas tareas.

Harta de que le tomasen el pelo, la señorita García decidió despedirse de la empresa.

Tres días después, el señor López fue contratado en el puesto que antes ocupó la señorita García. De nuevo, el jefe le pidió las mismas tareas un día tras otro, hasta que el señor López también se hartó de que se rieran de él y se fue dando un portazo.

De esta forma, los mismos balances, nóminas y cálculos fueron repetidos durante meses por decenas de candidatos que tardaron entre dos y cuatro días en abandonar su puesto voluntariamente.

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El señor Campillo era un tipo pequeño y enjuto. Calvo y con bigote, portaba unas gruesas gafas con las patillas unidas por un cordel en su nuca.

– Señor, creo que hay un error. Las tareas que me ha encomendado son exactamente las mismas que ayer – dijo Campillo. Llevaba la misma camisa blanca y la misma pajarita que el día anterior (o quizás eran otras iguales).

– No hay ningún error. Sus tareas son exactamente esas – respondió el jefe.

– Entiendo. Me pongo a ello.

Campillo regresó a su puesto y repitió las tareas del día anterior.

Al día siguiente, volvió a repetir las mismas tareas. Esta vez asumió desde el principio que no había ningún error, y no consultó al jefe antes de iniciarlas.

Un día tras otro, Campillo repitió las mismas tareas. Cumplió una semana realizando el mismo trabajo un día tras otro sin quejarse una sola vez. No dijo nada cuando se percató de que los demás empleados tenían tareas diferentes cada día. Después cumplió un mes. No dijo nada cuando vio que ya habían entrado en un trimestre diferente pero le seguían pidiendo que cuadrase el mismo trimestre de siempre. Tampoco dijo nada cuando vio que despidieron de la empresa a uno de los empleados a los que todos los días actualizaba la nómina de la misma manera, y a pesar de ello siguieron pidiéndole que actualizara dicha nómina del mismo modo un día tras otro.

Los compañeros de Campillo, asombrados con la paciencia que mostraba aquel nuevo empleado, se reían de él, al principio a sus espaldas y luego abiertamente. Cuando Campillo abandonaba su puesto para ir al servicio, los compañeros cambiaban al azar las casillas que se mostraban en la pantalla de su ordenador. Luego, cuando Campillo se sentaba de nuevo, se dedicaba metódicamente a recuperar los valores anteriores mientras sus compañeros trataban de aguantarse la risa.

Llegó el momento en que el señor Campillo se sabía de memoria lo que tenía que poner en cada una de las mil doscientas y pico casillas de la hoja del balance. También se sabía de memoria cómo quedaría cada campo de las nóminas que tenía que realizar. Y, a pesar de saber de antemano la cantidad de beneficios obtenida con cada cliente en los dos últimos ejercicios, un día tras otro volvió a rellenar todos los campos de la hoja de cálculo para presentarla adjunta a sus resultados, que eran los mismos.

Cada día, los compañeros trataban de convencer a Campillo para que les acompañara en su media hora para el café, tiempo que en realidad solía extenderse entre una hora y una hora y media. No obstante, Campillo acostumbraba a declinar la invitación argumentando que entonces no le daría tiempo a acabar sus tareas del día. Esta respuesta solía provocar las carcajadas de los compañeros. A veces volvían a insistir, pero Campillo se mantenía firme.

– ¡Joder, nos han mandado un robot! – solían protestar los compañeros en esos casos, unos aparentando estar indignados y otros riéndose sin ningún pudor.

Unos cinco meses después, en el primer día de trabajo tras el fin de año, el jefe se acercó a la mesa de Campillo para decirle que los dos ejercicios en los que tenía que calcular los beneficios de los clientes eran los mismos de siempre, que no habían cambiado por cambiar de año. Campillo asintió y volvió a calcular lo mismo de siempre.

El día que Campillo cumplió un año realizando exactamente las mismas tareas un día tras otro, el jefe realizó una llamada de teléfono.

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– Campillo, le presento al general Valdés – dijo el jefe.

Campillo estrechó la mano del general.

– Iré directamente al grano, señor Campillo – dijo el general -. Usted conocerá, al igual que conoce todo el mundo, las dos misiones de viaje tripulado al sistema estelar Alfa Centauri que el gobierno de nuestro país trató de llevar a cabo durante las tres últimas décadas. También sabrá que, lamentablemente, ambas misiones fracasaron.

Campillo asintió.

– Verá, dichas misiones nos enseñaron que contar con potentes motores, que permiten realizar el trayecto desde nuestra estrella hasta Alfa en apenas algo más de una década, no es suficiente para alcanzar el hito de ser la primera nación que lleve un ser humano sano y salvo a otro sistema estelar. En los libros de Historia leerá que la primera misión falló por una descompresión a los tres años de viaje, y que la segunda falló por una explosión a los siete años de trayecto. No obstante, en realidad no se dieron tales percances. Los motivos de ambos fracasos no fueron realmente técnicos.

El general se aclaró la voz antes de continuar.

– Como sabe, los ordenadores de a bordo lo controlaban todo, así que los tripulantes no tenían que hacer nada… nada de nada, y ahí está el problema. Si la crionización fuera una realidad, no estaríamos ahora hablando de esto, pero no lo es. No es fácil mantener a una tripulación despierta y confinada dentro de una nave durante tantísimo tiempo. En el primer viaje, el ambiente se enrareció considerablemente tras un año y medio de encierro en unos doscientos metros cuadrados. Entonces comenzaron las peleas, luego los asesinatos y finalmente los suicidios. En el segundo viaje se decidió retirar algunas funciones al ordenador de a bordo para que los tripulantes tuvieran algo que hacer. Eran personas muy preparadas, con gran conocimiento, ya se lo imagina, así que, para matar el tiempo que les quedaba libre después de cada jornada, fueron capaces de crear máquinas y programas que realizaban sus tareas por ellos. Entonces volvieron al caso anterior… y, bueno, acabó sucediendo lo mismo.

“ Se llegó a la conclusión de que el ordenador de a bordo debería realizar menos tareas aún pero, ¿qué podríamos hacer? ¿obligar a los tripulantes a dar pedales, y si no la nave se para? Cualquier tarea rutinaria acabaría siendo rechazada por la tripulación, si no el primer año entonces el segundo o el tercero, y entonces se desesperarían, o bien buscarían la forma de evitar esas tareas. En ambos casos, la misión fracasaría.

Campillo ya sabía por dónde iba el general.

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Como todos los días a las 17:48 GMT, Campillo regó las dos macetas de su camarote. Luego, como todos los días a las 17:50 GMT, planchó sus camisas y su pajarita.

Campillo se sentía bien estando solo a bordo de aquella nave. Siempre pensó que en aquellas naves tendría que ir gente más lista o con más preparación que él. Pero, curiosamente, resultó que él era la persona apropiada para aquella misión. El ordenador lo hacía todo. Él, simplemente, tenía que mantener una rutina diaria con la máxima precisión posible. Y se le daba bien.

Como todos los días, Campillo miró el calendario de la pared a las 18:17 GMT. Se percató de que ese día cumplía cinco años solo en aquella lata de sardinas. Se permitió el lujo de arquear una ceja y continuó con su rutina.

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El caso del astronauta Campillo fue seguido con gran interés en la Tierra, donde sus orígenes de persona corriente atrajeron la simpatía de la mayoría de la población mundial. Un efecto inesperado del viaje de Campillo fue un aumento medio del 2% en la productividad empresarial. Se cree que este cambio se debió a que muchos empleados encargados de tareas rutinarias en miles de empresas de todo el mundo albergaban la secreta esperanza de que quizás se les estuviera poniendo a prueba para mandarles a las estrellas, al igual que a Campillo.

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Un día después de alcanzar las órbitas de los planetas interiores del sistema Alfa Centauri, y siguiendo estrictamente el programa previsto, el ordenador de a bordo envió sondas a todos los planetas y satélites del sistema para analizar sus gases, temperaturas y estados geológicos y biológicos. Entonces el ordenador decidió que el aterrizaje tendría lugar en el cuarto planeta del sistema. Campillo se enfundó el traje indicado por el ordenador. El ordenador calculó el lugar óptimo de aterrizaje y emprendió la ruta hacia allí.

Mientras tanto, en tierra firme, los alfanuecas aguardaban ansiosos el aterrizaje de la nave procedente de las estrellas, que ya habían detectado sus satélites de observación unos días antes. Esperaban que la nave aterrizase en el mismo lugar en que lo habían hecho las dos anteriores. También esperaban que sus tripulantes estuvieran, esta vez, vivos, y así pudieran por fin establecer contacto con seres vivos de aquella misteriosa estrella lejana cuyas máquinas ya les habían visitado dos veces.

Los miembros del comité de recepción alfanueca portaban consigo varias piezas del mineral más preciado del planeta, que serviría de regalo de bienvenida para los visitantes. Los miembros científicos del comité estaban muy excitados ante todo lo que podrían aprender de aquellos sabios visitantes durante el periodo que durase su visita.

Mientras tanto, el ordenador de a bordo de la nave eligió el mismo punto que sus dos predecesoras como lugar óptimo de aterrizaje, y descendió suavemente sobre aquel lugar.

Campillo pisó el suelo de aquel planeta un 18 de septiembre de 2083 a las 17:32 GMT. Entonces, conforme al protocolo que se le había indicado trece años atrás en la Tierra, pulsó el botón de su traje que le permitiría leer las instrucciones de lo que tendría que hacer al pisar el suelo de un cuerpo celeste de Alfa.

Los alfanuecas se acercaron cautelosos al lugar del aterrizaje y se situaron a una distancia cercana desde la que alienígena recién llegado de las estrellas pudiera detectarles.

Campillo leyó las instrucciones que el mando terrestre redactó años atrás. Al levantar la vista de las instrucciones, se percató de aquellos extraños seres que le observaban a cierta distancia. Portaban maravillosos objetos luminiscentes con sus apéndices. Aunque sería imposible asegurarlo dadas las circunstancias, le pareció que mostraban una pose amistosa.

Campillo volvió a leer las instrucciones. No había duda alguna, ahí no ponía nada sobre eso.

Cogió una roca del suelo y la guardó en un recipiente de su traje. Acto seguido, clavó una bandera en el suelo y regresó a su nave. Un minuto más tarde, los reactores de su nave comenzaron a rugir. La nave comenzó a elevarse.

Le esperaban otros trece años para volver a casa. Tras desenfundarse el traje, Campillo miró su reloj. Las 17:36 GMT.

Perfecto, llegaba a tiempo para regar las macetas de su camarote.

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Los alfanuecas miraban cómo la nave alienígena se alejaba en el cielo tras una visita de apenas tres minutos. Mientras trataban de seguir con la vista aquel punto que se perdía entre las estrellas, alzaban sus apéndices al cielo en señal de incredulidad. Finalmente, uno de ellos usó el modulador de ondas de radio natural de su espalda para dirigirse a los demás.

– ¡Decepción! ¡Solo nos han mandado un robot!

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15 respuestas a Cumpliendo órdenes

  1. Yohana dijo:

    je,je..este cuento también me gusta mucho.Es uno de mis preferidos.
    Supongo que yo tiendo más a analizar estos cuentos desde un punto de vista metafisico y filosofico, pero no acierto a definir bien las sensaciones que me produce. Es dificil que la gente acepte lo diferente, pero nadie se da cuenta de lo necesario que es. Y curiosamente cuando antes se reían del prota, luego el mundo se da cuenta de que los “defectos” de este señor se convierten en hazañas, y le quieren imitar. Y el final me encanta. Porque da igual como lo vea el mundo, bien o mal dependiendo del momento. Al final solo es un robot.
    Espero no haberme equivocado mucho con lo que querías transmitir.

    • Isma dijo:

      Ésa es exactamente la dea. El protagonista es un antihéroe fiel a sí mismo que acaba destacando precisamente por su capacidad para hacer lo que se le manda sin preguntarse su utilidad ni destacar. Por ser una hormiguita, es más apto para ese viaje espacial que cualquier otro: simplemente tiene que soportar una rutina exasperantemente aburrida sin enloquecer o suicidarse.

      Al final, quizás la primera reacción del lector sea desear abofetear al pobre señor Campillo por lo desesperantemente sistemático que se muestra ante una oportunidad única. Pero luego se lo perdonas inmediatamente, pues no se podía esperar de él otra cosa. Es fiel a sí mismo.

  2. Yohana dijo:

    Tengo una duda: el señor campillo cuando acababa de hacer sus balances, ¿se iba a casa, o empezaba de nuevo?. Porque con el paso de los años, haría cada vez más rápido su trabajo y acabaría antes. Y como es un robot, y no se podría ir antes de que termine su jornada laboral¿a que se dedica el resto del tiempo?. Y si transladaramos esta historia a la vida real, supongo que llegaría un momento en que el señor campillo aceptará la invitación de ir a tomar café con los compañeros (no debe ser tan malo, si se lo dice tantas veces esta compañera que siempre le sorie cuando le pasa la grapadora) por que le sobra tiempo. Y con el paso de los años, y al verse incluido en la manada, acabaría siendo tan indolente y pasota como todos los demás ¿no?

    • Isma dijo:

      Ummmm… Por eso digo que todos los días rehacía todo el trabajo, a pesar de que el pobre ya se sabía de memoria lo que tenía que poner en cada casilla. Efectivamente, por muy robótico que parezca su comportamiento, sería lógico que alguna vez mostrase debilidad ante las sorpresas de la vida… Pero esos matices sólo podrían aparecer en el cuento si la historia fuera más larga. Siendo tan corta, creo que la presentación del carácter del personaje tiene que ser diáfana, sin fisuras. ¿Quién aguantaría trece años solo en una nave minúscula, sometido a la única rutina diaria de planchar su pajarita y menudencias similares, para luego pasar otros trece años idénticos en el viaje de vuelta? Sin duda, un tipo muy singular.

  3. Yohana dijo:

    je,je..no te mosquees. Soy consciente de que solo es un cuento, y creo haber entendido cuál era el mensaje. No era por ponerle pegas. Solo quería plantear alguna posibilidad nueva, básicamente si el señor campillo podría desarrollar cualidades humanas. Pero ya has dicho que sí.

    • Isma dijo:

      De hecho, si hiciera otra historia más larga con ese personaje, podría hacer que justo al final el tipo mostrase una debilidad ante algo que le supere, lo que serviría de fuerte contrapunto.

      Por ejemplo, Campillo trabaja en una cadena de montaje poniendo con su llave inglesa el cuarto tornillo a todas las patas izquierdas traseras de un modelo de mesa que le van llegando en una cinta transportadora, y así una hora tras otra, un día tras otro, un año tras otro… cientos de tornillos puestos, miles, millones. Todos los días, al salir del trabajo, hace el mismo recorrido a casa, cena lo mismo, ve lo mismo en la tele, se acuesta a la misma hora.

      Tras más de veinte años siguiendo la misma rutina, un día en el trabajo ve aparecer en la cadena de montaje una pata defectuosa con una forma extraña. Debido a su deformidad, no hay forma de ponerle el tornillo.

      Entonces se queda parado, llave inglesa en mano, mientras las siguientes patas de mesa se van acumulando en la cinta. No deja de mirar maravillado la pata defectuosa. Sonríe y le cae una lágrima por la mejilla.

  4. Yohana dijo:

    je,je..muy bueno!. Pobre señor campillo.., aunque él es feliz

    ¿Esto también es una paradoja de las tuyas?

    • Isma dijo:

      Bueno, es más un contrapunto que una paradoja… 🙂 El cuento podría terminar diciendo que, aquel día, el señor Campillo se permitió por primera vez volver a casa por otro camino.

      Si quieres comerte un poco la cabeza con una paradoja “de las mías”, ahí va una (ojo, no la inventé yo).

      Para definir cada número que existe, necesitamos un número de palabras. Los números que tienen su propia palabra son muy fáciles de definir: seis, pi, etc. Para definir correctamente el número 0,333333… podemos decir “uno entre tres” ó “cero coma tres periódico puro”, por ejemplo. Si pi no tuviera su propia palabra, para definirlo podríamos decir “división entre la longitud de cualquier circunferencia y la longitud su diámetro”, por ejemplo, y así quedaría correctamente definido.

      Incluso podemos definir con precisión un número de esta extraña manera: “el menor número que no se puede definir con menos de cinco palabras”. ¿Qué número es ése? Para averiguarlo tendría que ver todos los números que puedo definir correctamente con una palabra del castellano, luego todos los que puedo definir con dos palabras, y así sucesivamente hasta llegar a cinco palabras. Entonces, el número buscado sería el más pequeño que todavía no haya sido definido en dicho proceso.

      Sin duda, hallar el número es tedioso (el castellano tiene unas 70.000 palabras, así que imagina cuántas frases de 5 palabras tendríamos que comprobar…), pero con mucha paciencia podemos calcularlo.

      Así que “el menor número que no se puede definir con menos de cinco palabras” existe, y podemos calcularlo (con muchísima paciencia). Por tanto, la frase “el menor número que no se puede definir con menos de cinco palabras” es una forma correcta (retorcida, pero correcta) de definir un número que existe.

      ¿Y “el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras”? ¿Existe este número?

      Éste no.

      ¿Por qué?

      ¡Piénsalo! 🙂

  5. Yohana dijo:

    Vaya, muchas gracias por la “paradoja”. Menos mal que no es tuya.

    Siento comunicarte que ni soy tan lista (tenlo en cuenta), ni sé hasta que punto tengo paciencia.Y las matemáticas se me daban mal,probablemente porque no tengo paciencia. Y tampoco creas que el lenguaje se me da mejor, porque según he entendido me dices (de eso no estoy segura) el menor numero que se me ocurre ,sin pensarlo mucho, que SE puede definir con menos de cinco palabras es “tiende a cero” (por cierto, ¿vale cero?¿ha de ser un número entero? porque sino puedo decir “tiende a menos infinito”).Si NO se puede definir con menos de cinco palabras, entonces puedo decir cualquiera que se defina con más de cinco palabras:”diez punto elevado a un numero muy grande en negativo”. Lo que no entiendo, según este razonamiento mío anterior (que insisto no se si he captado bien la idea), es porque existe un número que se pueda definir con más de cinco palabras y no uno con más de catorce. ¿¿¿???

    ¿Es posible que lo que quieras decir es que el menor número que existe, se puede definir con una frase comprendida entre cinco y catorce palabras?

    Bueno, lo pensaré, pero no pienso matarme.

  6. Yohana dijo:

    Vale..¿puede ser que simple y “casualmente” el número mas pequeño que existe se puede definir con cinco palabras?¿o puede ser que simple y casualmente al buscar el menor número posible que se pueda escribir con cinco palabras, este, resulte menor que al buscar uno que se pueda definir con catorce?

    • Isma dijo:

      Creo que has descubierto tú sola la respuesta correcta en tu comentario anterior a éste, aunque luego lo has liado un poco… 🙂

      Si “el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras” existiera, entonces dicho número sería, efectivamente, el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras. Pero el texto “el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras” tiene trece palabras. Por tanto, ese número se podría definir de alguna manera con menos de catorce palabras: ¡con ese mismo texto, que tiene trece! Pero la propia definición del número dice que debe ser el menor que NO se puede definir con menos de catorce palabras. Si se puede definir con trece, entonces no cumple lo que él mismo dice. Por tanto, ese número no puede existir.

      Es decir, “el menor número que no se puede definir con menos de cinco palabras” existe y podríamos calcularlo con bastante paciencia, pero “el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras” no existe, pues si existiera entonces te lo habría acabado de definir con trece palabras, e incumpliría lo que él mismo exige en su propia definición. 🙂

      • Isma dijo:

        La paradoja anterior se llama paradoja de Berry (http://en.wikipedia.org/wiki/Berry_paradox), y el primero que la puso por escrito fue Bertrand Russell, famoso por darse cuenta de que estas paradojas no eran simples elucubraciones inocentes, sino que eran el verdadero motivo por el que las Matemáticas siempre serán incompletas (es decir, que para cualquier tipo de Matemáticas que inventemos, siempre habrá enunciados ciertos que esas Matemáticas no podrán probar).

        Otras frases autorreferenciales con pretensiones mucho menores, pero también divertidas:

        “Esta frase tiene paraguas seis palabras”.

        “Cuando no me lees, estoy escrita en francés”.

  7. Yohana dijo:

    Vale, muy gracioso el Berry ese. Pues no, no se me habría ocurrido pensar que la frase :”el menor número que no se puede definir con menos de catorce palabras” tiene trece palabras (13<14), y que es en sí, una definicíón también.
    Tú y el señor Berry seríais de los que disfrutariais en ARCO un montón, mientras que yo y el señor Campillo pensaríamos "¡Jo, cuanto vale la chatarra!".
    No me sentiré mal porque, en mi opinión, el tener pensamiento abstracto no es lo más habitual en el ser humano. Solemos ser más lógicos que otra cosa. Así que, si yo soy de los monos que no sube a una escalera para coger un plátano porque los demás me pegan, y se me ocurre que será por alguna causa, será porque efectiva y lógicamente hay una buena causa, aunque yo no la sepa.(chincha)
    Las frases son muy graciosas.
    Espero que todo bien

    • Isma dijo:

      No sobreestimes mi sensibilidad hacia lo abstracto. 🙂 Reconozco que, ante la mayor parte de las obras de ARCO, me sentiría como Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí” (el título de la peli lo dice, en realidad, todo). Ya podría pegarme, justo antes de ir a ARCO, un chute de paradojas de Berry y de todos sus primos, que probablemente seguiría teniendo la sensación de que todo ese tipo de arte no es más que una burbuja realimentada por unos y por otros, en la que ninguno quiere ser el único que diga que el emperador va desnudo por miedo a ser llamado inepto, como en aquel cuento infantil, y además a todos les gusta que todo sea cada vez más caro, para no tener la sensación de que se han equivocado invirtiendo dinero en esas cosas. Es posible que haya que ir colocado para apreciar ese tipo de arte. Con tus conocimientos farmacéuticos y un simple Quimicefa a mano, seguro que podrías apañar, en plan MacGyver, algo que preparase la visita a ARCO mucho mejor que mil paradojas de Berry. 🙂

  8. Yohana dijo:

    Je,je, lamentablemente las mejores sustancias para estar acorde en ARCO no las puedes encontrar en la farmacia. (O sí, pero no son las mejores). Pero reconoce que lo del chute de paradojas ayudaría. Yo no he estado nunca en ARCO, así que realmente no puedo hablar en propiedad. Una vez lo intentamos, por curiosidad, y cuando vimos solamente el precio de la entrada, tuvimos que desistir y fuimos a ver como ardía el Windsor, que era un poco parecido.(y gratis). Pero la verdad es que sería interesante verlo.
    Y tienes razón en que en algunos casos, existe una sobrevaloración continuamente realimentada por alguna gente que quiere entenderse como interesante. Pero no seamos arrogantes: a lo mejor realmente tienen algo, que nosotros no podamos ver, otra definición, otra forma de ver las cosas y expresarse. Nunca tendremos la seguridad de que no sea así.

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