Soy el centro

Me levanto de la cama. Mis erecciones matutinas no son lo mismo que antes. Ya no se me levanta igual. Decido que tengo que cambiar de coche. Me compraré uno más grande y más potente.

El desayuno está puesto en la mesa. Un buen desayuno. Esta criada es mejor que la anterior, y también mejor que la zorra de mi exmujer.

No dejo de darle vueltas a lo me dijo ayer el tipo ese, el antenista. Encima que me dirijo a él para darle conversación, el panchito de mierda va y me miente.

Yo estaba algo borracho, pero eso no significa que ese gilipollas tuviera que mentir.

– No, señor, no me cambiaría por usted – dijo el mentiroso por fin, tras insistirle varias veces sin que dijera palabra.

Yo señalé con los brazos la casa, toda esta maravillosa casa que tengo toda para mí, y él seguía igual.

– Señor, su casa es bonita pero está muy vacía – dijo el subnormal mientras señalaba una foto que tenía en la cartera, toda llena de panchitos pequeñitos.

Saqué como pude un fajo de billetes de mi cartera y se lo enseñé. Pensé que el olor le pondría nervioso y sacaría sus garritas de roedor al verlo. Pero se limitó a negar con la cabeza.

– Señor, reconozco que eso me preocupó antes. Pero, desde que mejoré – dijo el gilipollas señalando la placa de su uniforme, donde ponía que era técnico jefe antenista, como si eso fuera una mierda -, tengo para lo que necesitamos, que no es mucho. No necesito… esto.

Creo recordar que entonces vomité en el suelo y le señalé con el dedo, furioso. Grité muchas cosas.

Entonces me dijo que parecía que me creyera el centro del universo. Colérico, respondí.

– ¡Escucha, gilipollas! ¡Soy Froilán Umberto José de Plá y Echevarría, Duque de Malva! ¡Me he hecho a mi mismo! ¡Tú no tienes ni idea de lo que es el esfuerzo! – dije mientras señalaba mis trofeos de caza y mis medallas en competiciones de vela -. ¡Y sí! ¡Tú lo has dicho! ¡Yo y esta casa somos el mismísimo centro del Universo! ¡El universo es este lugar! ¿Te has enterado?

No recuerdo cómo se fue después aquel tipo de mi casa. No recuerdo mucho más.

Vaya resaca de mierda tengo… Veamos… ¿Qué podría hacer hoy?

Miro mi miembro no levantado y pienso que esto no puede quedar así. Me voy de putas.

Me monto en el coche y salgo a la carretera. Mi casa está ubicada en la ladera sur de la montaña, rodeada por bosque en las cuatro direcciones. La casa más cercana está a cinco kilómetros, no como las casas de los mierdas de los chalets adosados, que tienen que ver cómo sus vecinos preparan mugrientas barbacoas mientras se rascan el culo. Yo no tengo que pasar por eso. Una carretera, que va de este a oeste, es la única ruta de salida de mi casa. Me voy hacia el club, hacia el este.

Mientras conduzco distraído, me doy cuenta de que hay algo raro. El sol no está en el horizonte, como debería ocurrir a estas horas tempranas. Y, sin embargo, es de día, hay luz.

Salgo del coche y observo mi sombra, que cae desde mí hacia el oeste, como debe ser. Miro hacia el este y no hay nada. ¿De dónde demonios sale la luz, entonces?

¿Estaré todavía borracho? Debe ser eso.

Vuelvo a montarme en el coche y sigo conduciendo hacia el este.

Qué raro, debería haber llegado ya al cruce con la carretera principal, pero el cruce no aparece. Sigo unos kilómetros más.

Entonces no salgo de mi asombro ante lo que veo. Paro el coche.

Algún gilipollas se ha construido, de la noche a la mañana, una casa idéntica a la mía a solo tres kilómetros al este de la mía. Enfurezco.

Se va a enterar este tío de mierda. ¿Cómo se atreve a construir una casa idéntica a la mía? ¿Habrá sido el cabrón del arquitecto? ¡Me dijo que el diseño era exclusivo! Le voy a poner un pleito que le voy a hundir. Su mujer va a tener que prostituírseme para pagarme. Y después sus hijos.

Llamo a la puerta. No responde nadie. Joder, hasta la puerta es idéntica.

Pienso en darme la vuelta, pero entonces se me ocurre sacar la llave y probar.

¡Se abre!

Entro. Observo que el jardín es idéntico al mío. Entro en la casa, voy a la cocina y compruebo que todo está exactamente igual que como estaba en mi casa cuando salí de ella. ¿Es esto mi casa? ¿Cómo es posible? Sólo he ido hacia el este y la carretera es recta en todo el recorrido… ¡Imposible!

Entonces me percato de que una criada me mira, extrañada. Es mi criada. Ante mi gesto de estupefacción, me dice “¿sí, señor Froilán?”. No articulo palabra.

Salgo de la casa y vuelvo a montarme en el coche. Vuelvo a conducir hacia el este.

Un rato más tarde, me atrevería a decir que algo más corto que antes, vuelve a aparecer mi casa. Siento sudor frío. Esto no tiene sentido.

Entro en la casa y luego en la cocina. Me paso un rato tirando platos al suelo ante la mirada atónita de la criada.

Regreso al coche, vuelvo a conducir hacia al este y vuelvo a encontrar mi casa. Entro en la casa, luego en la cocina. Veo algunos restos de platos rotos en el suelo, los pocos que todavía no le ha dado tiempo a recoger a la criada. Me mira con extrañeza. El pulso se me acelera.

Vuelvo al coche y esta vez conduzco hacia el oeste. “Joder, esto es una maldita recta, siempre lo ha sido… no es posible…”.

En algo menos tiempo que antes, llego de nuevo a mi casa. Salgo del coche. Apoyo mis manos en mis rodillas mientras miro hacia abajo, hacia el asfalto.

Entro en casa, cojo el equipo de escalada y salgo de nuevo. Me dirijo a pie hacia el norte, montaña arriba, entre los árboles. Quiero ver todo esto desde arriba.

Cuando por fin tengo una buena vista de los alrededores, me doy la vuelta a observar el entorno. Siento pánico y asombro.

Hacia el este y hacia el oeste se distribuyen, a distancias iguales, lo que parecen ser infinitas copias de mi casa, a lo largo de lo que parece ser una carretera infinita en ambas direcciones.

Hacia el sur, en lugar del valle de siempre, se ve una gigantesca pared vertical de tierra que también corre de este a oeste de manera aparentemente infinita, en paralelo a la carretera.

Por cierto, ¿dónde demonios está el Sol? Sigo sin entenderlo. ¿Por qué tengo la sombra que corresponde con esta hora del día, si el Sol no está en ningún sitio? ¿De dónde vienen los rayos de luz?

Tengo que huir de este sitio, todo es muy raro. Tengo miedo. Sigo subiendo la ladera entre los árboles.

En mi avance, llego a un lugar en que el suelo literalmente se acaba. Estoy al borde de un altísimo acantilado. ¿Podrían ser cien metros? Desde lo alto, veo más allá otra carretera que corre de este a oeste, a lo largo de la cual se distribuyen, a distancias iguales, infinitas copias exactas de mi casa. Puede que la distancia entre las casas sea algo inferior a la que vi en la carretera del sur.

Me siento en el suelo, mareado. No entiendo nada.

Un momento… el límite del acantilado se está moviendo lentamente hacia mí… no, es al revés… la tierra del suelo, los árboles… todo está moviéndose muy lentamente hacia el límite del acantilado.

Me asomo al precipicio y observo que los árboles que están desplazándose hacia el acantilado no caen por él cuando alcanzan el punto donde el suelo termina. Por el contrario, al llegar a dicho límite, simplemente desaparecen. Es raro ver cómo, poco a poco, una parte de la copa del árbol va desapareciendo, volatilizándose, hasta que empieza a desaparecer también el tronco. Lo más extraño viene después, cuando una parte de la copa queda volando, suspendida sobre la nada, hasta que después también desaparece.

Cojo una piedra y la tiro hacia el acantilado. La piedra no cae por el abismo sino que, al llegar a la vertical del acantilado, desaparece.

Miro hacia el sur, hacia la cuesta por la que he venido. Observo que, en la carretera que hay al sur, las casas también están cada vez más cerca unas de otras. Al darme la vuelta y volver a mirar en dirección al acantilado, hacia el norte, observo que en la carretera del norte las casas están igual de cerca unas con otras. Las casas se están acercando lentamente unas con otras, tanto en una carretera como en la otra.

Con cierto miedo, me acerco al borde del acantilado y extiendo el brazo, de forma que queda más allá de la vertical del acantilado.

Mi brazo no desaparece. Soy lo único que no desaparece.

Joder, si esto es una pesadilla, quiero despertar… No tiene gracia… ¡Ayuda! ¡Mamá!

Vuelvo a mirar hacia el norte, hacia el acantilado. Parece que la carretera está algo más cerca de mí que hace un rato. Mirando hacia el sur, observo que esa carretera también está un poco más cerca de mí que al principio. ¿Qué está pasando?

Esto es rarísimo… Dirijo mi mirada hacia abajo, y compruebo que la altura del acantilado es algo menor que antes. Ahora medirá unos cincuenta metros.

Recuerdo que mi cuerda de escalada mide unos cien metros, así que podría bajar por aquí. Ato la cuerda a un árbol lejano al acantilado (no debo olvidar que los árboles son lentamente tragados por el acantilado) y me dispongo a bajar el precipicio atado a la cuerda.

Mientras bajo, observo que el corte del acantilado no parece natural, es perfectamente liso. No tiene sentido. No puedo distraerme, debo darme prisa en bajar. Si el árbol al que he atado la cuerda desaparece, la cuerda no estará atada a nada y caeré.

Finalmente llego abajo, lo he conseguido a tiempo. Ante mí tengo una cuesta arriba entre árboles que me conducirá a la otra carretera, la del norte, la que vi antes desde lo alto.

Antes de ponerme en marcha, observo que los árboles también están siendo tragados por el acantilado, solo que aquí van lentamente hacia abajo y desaparecen lentamente al tocar la pared. Podría parecer que la tierra se los traga al llegar allí pero, teniendo en cuenta lo que sucedía arriba, sospecho que simplemente desaparecen.

Subo la cuesta hacia el norte hasta que llego a la nueva carretera y entro en una cualquiera de las casas. Otra vez es mi casa, sin duda. Mi criada me observa.

Salgo de la casa y continúo yendo hacia el norte, cuesta arriba. Entonces llego a otro acantilado igual. Detrás hay otra carretera que corre de este a oeste, y de nuevo hay infinitas casas iguales que la mía. Están muy juntas. Miro hacia el sur y observo que las casas de la carretera que acabo de cruzar están también muy juntas, mucho más que antes.

¿¿¿Qué demonios está pasando aquí???

Tengo que calmarme.

Maldita sea, es como si el universo estuviera compuesto por infinitas copias de un pedazo de terreno formado por mi casa, la ladera que le rodea, y la carretera que lo recorre. Dicho terreno tiene forma de cuadrado, e infinitas copias suyas rellenan el universo formando una cuadrícula perfecta de cuadrados iguales hacia el norte, sur, este y oeste, quizás hasta el infinito… Cuando salgo de un cuadrado por el este, entro en el siguiente cuadrado (en realidad, el mismo lugar) por su extremo oeste, y viceversa. Como el terreno del cuadrado contiene una ladera, al llegar al extremo norte, el más alto, hay un desnivel en la frontera con el cuadrado siguiente, el cual tiene justo allí su zona más baja, su extremo sur. Por eso hay ahí un acantilado.

Si cada vez veo las casas más juntas, eso tiene que ser porque dicho cuadrado se está haciendo cada vez más pequeño. Cada vez contiene una porción de terreno menor. Joder, ¿hacia dónde lleva esto? ¡Tengo miedo!

Desciendo la ladera hacia el sur hacia mi casa, una cualquiera, la más cercana de todas. Tras entrar en casa me dirijo al teléfono, tengo que pedir ayuda. No tengo línea. Trato de conectar el ordenador. Parece que no hay electricidad, pero tenía la batería cargada. Da igual, no tengo internet.

¿Dónde está la criada? ¿Se habrá ido, asustada? Salgo de nuevo a la calle.

Joder, las casas están tan juntas ahora que esto parece un barrio, un puto barrio de perdedores de mierda, una de esas calles por las que se extienden infinitas casas, idénticas unas con otras, a distancias iguales. Solo que todas esas casas son mi casa. Hay tan pocos árboles alrededor de cada casa, que desde aquí puedo ver el acantilado. Está mucho más bajo que antes, tan bajo que puedo ver también las casas que hay detrás.

Un momento, hay un tipo más adelante, en la carretera.

– ¡Eh! ¡Oiga! – le grito.

El tipo no se da la vuelta. Corro hacia él y el tipo huye de mí, también corriendo.  Corro desesperado por la carretera, que es igual a todas las demás carreteras que he visto, viendo pasar una casa tras otra. Hacia delante solo hay infinitas casas más. También hacia atrás. También hacia los lados.

Mientras corro persiguiendo a aquel tipo, comprendo que estoy haciendo el ridículo. El tipo al que persigo soy yo mismo en el cuadrado siguiente. El tipo va pasando de un cuadrado a otro mientras corre por la calle igual que yo, persiguiendo a otro tipo que tiene a su vez delante de él y que también soy yo. Me paro y el tipo al que persigo se para. Miro hacia atrás, y allí también hay otro yo. Sospecho que hay otros infinitos detrás de él, solo que no los veo, pues el primero me tapa su visión. Levanto el brazo. Todos lo levantan. Hay infinitos yos en todas direcciones, tantos como casas.

Unos minutos más tarde, las casas están más juntas aún y ya no hay árboles entre las casas. Sólo hay infinitas calles paralelas e infinitas casas en cada una, formando una cuadrícula perfecta.

Entro en mi casa, una cualquiera. Me siento en el sofá y trato de calmarme. Me pellizco la cara, me doy de tortas, pero sigo ahí. No despierto. No hay sueño. Busco una botella, necesito un trago. Bebo a morro. Sigo bebiendo.

Imagino que, si esto no para, estoy cerca de mi final. Observo las cabezas de jabalís colgadas de la pared. Me subo a una silla y tiro una de ellas al suelo, furioso. Lanzo las medallas de competiciones de vela contra la ventana.

Salgo de la casa y observo que ya no hay calle. Las casas están tan juntas que solo hay estrechos pasillos entre ellas. Mis otros yos de los cuadrados contiguos están a menos de treinta metros de mí. Solo un metro separa esta casa de la casa contigua. Se me ocurre quedarme en uno de esos pasillos hasta que las paredes de las dos casas contiguas me aplasten sin remedio. Luego, recordando cómo desaparecían los árboles en el acantilado, me doy cuenta de que las paredes simplemente van a desaparecer también.

Entro en casa. Tras unos minutos, las paredes, efectivamente, desaparecen. Ahora ya no hay infinitas casas en todas direcciones, sino infinitos salones de mi casa, todos ellos ocupados por mí mismo. No lo soporto, no hay escape.

Me percato de mi movimiento nervioso por el salón cuando veo cómo se mueven los demás yos. El salón se está haciendo cada vez más pequeño.

Ahora solo existen poco más de cuatro metros cuadrados de salón. Tengo mis yos a solo dos metros de mí.

Un minuto después, extiendo el brazo para tocar al siguiente yo, que me da la espalda. A la vez que toco su hombro, me asusto al notar que una mano procedente de detrás de mí me toca en mi hombro. Noto cómo se asusta igualmente el yo al que he tocado el hombro. Qué tonto soy. Extiendo el brazo hacia mi derecha, y una mano toca mi hombro izquierdo. Infinitos yos, en formación de perfecta cuadrícula, llenamos el espacio en las cuatro direcciones.

Ahora todos estamos a apenas unos centímetros los unos de los otros. Parecemos una legión de fracasados apretujados en un autobús o en el metro, qué asco.

Apenas un poco después, nos tocamos aunque no queramos. Mis costillas se aplastan contra la espalda de mi vecino de adelante, y noto las costillas del vecino de atrás en mi espalda.

Entonces, a todos se nos ocurre lo mismo a la vez. Extendemos los brazos y nos abrazamos con el siguiente.

Hacía mucho, mucho tiempo que nadie me abrazaba. No me importa que sea un abrazo de mí mismo. Siento los brazos que me abrazan como ajenos, y a su vez siento el cuerpo que yo abrazo como ajeno. Solo importa que me están abrazando.

Sonrío. Se me caen algunas lágrimas.

Mientras noto cómo revientan mis costillas y mi columna vertebral por la presión, muero feliz.

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4 respuestas a Soy el centro

  1. Yohana dijo:

    Aplastado por su propio universo. Que pena..¿porqué era necesario que acabará mal?
    En “El día de la marmota” el protagonista simplemente aprende la lección y acaba bien.
    Este es un cuento muy duro. Por un lado me gusta la historia y la metáfora. Pero da miedo meditar sobre el mensaje implícito que, aunque está claro que has puesto un ejemplo muy extremo, nos afecta a todos.

    Pero volviendo a la historia, me da pena que acabe mal. Podría ser que a lo mejor el que muere es solo una parte del personaje, de ese “yo” superficial y egocéntrico. Y la presión luego da lugar a la fusión de todos los “yos”, que en el momento final encuentran una razón mejor para su existencia. Y después de eso, aparece luego un único y mejorado “yo”, que tiene la oportunidad de cambiar su existencia, y que, bajo mi punto de vista, debería hacerlo ya.
    ¿se puede hacer?

    • Isma dijo:

      Necesitaba ese momento final, donde el personaje acaba rodeado de infinitos “él” en todas direcciones, para plantear su soledad de manera paradójica: rodeado de infinitos individuos, está completamente solo, pues sólo está rodeado de sí mismo. Es una explosión egocéntrica, como cuando pones un espejo enfrente de otro y te pones en medio. Su abrazo al tipo de enfrente (que también es él mismo), que provoca que el anterior también le abrace a él, es su único momento de debilidad. Por primera vez admite lo mucho que necesita un abrazo, y se encuentra tan solo que se conforma con un abrazo de sí mismo.

      Claro está, no es necesario que justo entonces se consuma el aplastamiento y muera. Se podría argumentar que, con ese abrazo patético, ha aprendido la lección y merecería volver a vivir.

      Una cosa que me gusta de tu alternativa de que acabe bien es que en general no me gustan los personajes totalmente buenos o totalmente malos. Ojo, ya se evita dar una imagen de maldad total con su gesto de debilidad y humanidad final, abrazándose a sí mismo: por muy arrogante y chulo que sea, su actitud es una máscara y en realidad se siente solo, lo que despierta compasión en el lector. Por tanto, liberarle podría ser una forma de perdonarle. Tras liberarse, podría decir, por ejemplo: “Viendo lo pequeño que se hizo el mundo a mi alrededor, aprendí lo grande que es el mundo y lo pequeño que soy yo. Rodeado de mí mismo aprendí lo solo que estoy”. O también podría no decir nada. No hace falta explicarlo todo.

      Sólo hay una cosa que me haga dudar de pasar al final feliz: hay tantísimas historias que terminan bien, que terminar mal por una vez parece un poquito más original. Sin nos vamos a películas, la desproporción es escandalosa. ¿Qué porcentaje de películas termina mal? ¿Menos del 0,1%? (y si nos vamos a comedias románticas, ¿alguien sabe de alguna que termine mal?).

  2. Yohana dijo:

    Sí, un poco como Pedro Martinez, pero esta vez son identicos “yos”.
    Y al hilo de los finales felices..bueno, en realidad no existen los finales felices. No me tomes por insensible, me explicaré: los libros, pero sobretodo las películas, muestran historias con obejetivos normalmente distintos a los tuyos, es decir meramente divulgativos y de entretenimiento.Y para entretener a la gente, necesitas historias bonitas, entrañables, etc..y que acaben bien (ese es el principal objetivo). La gente es reticente a oir historias que acaben mal, piensa que para eso ya esta la propia vida. Necesitan historias fantasticas, romanticas, de aventura, violencia..etc. Es una puerta de escape a su (y mi) aburrida vida.
    Pero saliendo del matiz fantastico, si una comedia romántica (ya que has puesto este ejemplo) saltara a la realidad, y el chico y la chica se encontraran después de un montón de desventuras que han debido pasar para que la película resultara entrañable y bonita, y terminara con una boda, o lo que se entienda culturalmente como un final feliz. ¿que pasaría después?. Eso no lo cuentan porque quizás ya no es tan bonito, solo más rutina y aburrimiento. Vamos, que lo quiero decir es que en las historias no existen finales, ni felices ni infelices, solo partes de una historia. Lo único definitivo es la muerte de un personaje.

    Y para que no me tachen de anti-romántica,(no lo soy, en el fondo también me gustan estas historias, solo me limito a señalar un hecho) he decir que los no-finales son también bidireccionales. Es decir, también funcionan para las historias con un no-final feliz. Por ejemplo, en “Lo que el viento se llevó”, la película termina mal (al margen de horribles secuelas): Rhett Butler se larga abandonando a Scarlett. Pero después me planteaba que sí se habían pasado toda la película peleándose, ¿por qué esta vez iba a ser la definitiva?
    Y no, yo todavía no conozco ninguna película romántica que acabe mal (para los protas)

    Con respecto al personaje,a mí no me parece un personaje malvado, solo incapaz de percibir el mundo que le rodea, y se da la circunstancia que se puede permitir vivir así. No creo que este personaje se sienta solo. No busca comprensión, solo poder y admiración. Pero al final, parece entender que en el fondo eso solo es un símbolo y cambia sus prioridades.
    Pero como dije antes, creo que es un personaje exagerado. Yo no creo que en realidad existan personas así. Todo es relativo.Sí me parece más pausible que haya personas que se sientan solas, porque simplemente no saben como salir de su mundo, aunque sí puedan percibirlo. Pero con suerte y ayuda, lo consiguen, y resultan ser un descubrimiento para el resto del mundo.(que salen benefiado sin saber porqué)

    • Isma dijo:

      La diferencia con Pedro Martínez es que ahí son individuos independientes, mientras que en este cuento son “reflejos” de un un único individuo, como en un espejo. Pero en ambos casos uso un mundo repleto de seres iguales como metáfora de soledad. En la soledad, uno acaba repleto (incluso empachado) de uno mismo.

      Tienes razón, el final de una historia debe ir en relación con su objetivo. Si el objetivo es hacer reflexionar, entonces puede terminar mal. Pero si el objetivo es contagiar sensaciones al lector, entonces un mal final es una forma de contagiar un malestar que perdura tras acabar la historia. Hacer que un lector se identifique con un personaje y luego matarle puede ser efectivo, pero es cruel. Sobre todo si la historia acaba ahí. Supongo que las historias cortas (cuentos o cortometrajes) acaban mal con más frecuencia que las largas (novelas o películas) porque, en cinco páginas o veinte minutos, normalmente es difícil vincular emocionalmente al lector con el personaje (no da tiempo a que le tome demasiado cariño). Así que matarle es útil para impactar con tan pocos antecedentes, y no es demasiado cruel. Pero si te matan un personaje que llevas conociendo durante trescientas páginas, la sensación de vacío es enorme.

      Recuerdo un cómic que leí hace algún tiempo donde una princesa y un príncipe azul comían perdices todos los días, y luego la relación de pareja se iba deteriorando… Los cuentos nunca suelen narrar el post-partido. En realidad, las historias románticas casi nunca narran una relación ya establecida, sino el proceso que lleva a que se establezca. Los que escriben series de televisión lo llaman “tensión sexual no resuelta”: durante decenas o cientos de capítulos, se ve que dos personajes se gustan, pero miles de impedimentos absurdos les separan (más absurdos cuantos más episodios dure el impedimento, pues al final se quedan sin ideas lógicas para prolongarlo).

      Por cierto, creo que me has convencido. En cuanto pueda, miraré qué tal quedaría una versión en que el cuento termina bien.

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