Agitando las alas de la mariposa

Sospechaba que ese reportaje me tocaría a mí. Esos siempre me tocan a mí. Siempre me toca lo que no quiere nadie.

Desde luego, estoy en el barrio adecuado. Entro en una tienda y pregunto dónde duermen los sin techo. Me indican un solar. Voy allí y pregunto.

-Si quieres una buena historia, pregunta por el Cobito -me dice un yonki con la mirada perdida. Los demás asienten. Le doy 20 euros.

Pregunto por el Cobito y finalmente le localizo. Tiene la mirada más perdida que el yonki, se fija en el infinito incluso cuando te habla, realmente parece bobo. Su boca está medio abierta constantemente y tiene algo de baba en las comisuras de los labios. Lleva puesto un chándal de esos que parecen pijamas, y tras la cremallera se ve una camiseta roída de Barcelona’92 con varias manchas de grasa. No sabía que todavía quedasen camisetas de esas. Imagino que el mote de Cobito viene de la mascota de la camiseta.

Junto a Cobito hay un gran pájaro negro que parece estar amaestrado. No consigo identificar su especie, se parece algo a un cuervo.

Cobito me dice que vive en la indigencia desde hace muchos años, al menos desde que un día en que se despertó en el suelo con un gran dolor en la frente. Aparentemente se había caído al suelo, y el golpe en la cabeza le debió dejar amnésico. No recordaba a nadie, no sabía dónde vivía, e incluso había perdido parte del habla. No llevaba documentación, así que desde entonces vivió en la calle. Dice que su única compañía fiable es el pájaro, al cual cuida con devoción.

Me dice que necesita unos cartones nuevos para dormir, pues los suyos están muy desgastados. Ciertamente lo están. Dice que sólo los cartones que envuelven ese mismo modelo de nevera son de buena calidad (aunque la nevera no lo sea especialmente), así que quiere otros iguales. Afortunadamente, esas neveras siguen vendiéndose. Me pide que le siga al vertedero. Dudo que vaya a encontrar allí una nevera de ese tipo sin desembalar. Dudo incluso de que pueda encontrar allí los cartones que busca con facilidad, así que me pregunto qué quiere.

En el vertedero observa varios objetos amontonados. Coge una lámpara del suelo y la limpia con la manga del chándal. Entonces se dirige a una calle que está a unas manzanas de allí. Deja la lámpara en el suelo, cerca de un portal. Es muy cuidadoso con la posición de la lámpara. “Ya está, dentro de un rato tendré mis cartones” afirma orgulloso. “¿No me cree? Mire que pasa ahora” dice. Se da la vuelta y se va.

Pienso que me está vacilando, pero recuerdo que todavía no le he dado lo que le prometí y espero.

Sale un vecino del portal. Al principio pasa de largo, pero luego se detiene. Mira la lámpara, comprueba que parece estar en buen estado y la coge. Entonces vuelve al portal. Me meto detrás de él en el portal, justo antes de que se cierre la puerta. Le sigo a cierta distancia hasta la entrada de su piso. Es una corrala. Miro disimuladamente por una ventana al interior del piso.

El tipo enchufa la lámpara en un enchufe de la cocina. Justo entonces se apaga la luz de todo el piso y el tipo blasfema. Conecta los plomos y comprueba que el cable de la lámpara estaba en mal estado. Después se da cuenta de que el cortocircuito ha acabado con su nevera. Blasfema de nuevo. Se lamenta de su mala suerte. Se resigna, decide que la nevera era vieja y que debe comprar una nueva.

Le sigo a la calle. Entra en una tienda de electrodomésticos. Tras comparar varios modelos y dudar mucho, decide que sólo puede permitirse un determinado modelo económico, que resulta ser el modelo que se embala dentro de los cartones que le gustan a Cobito.

El tipo sale empujando a duras penas la nevera hacia su casa. Una hora más tarde, baja de nuevo a la calle y tira los cartones en un contenedor. Entonces Cobito dobla la esquina y los coge.

-¿¿¿Cómo pudiste saber que…??? -comienzo a preguntar.

-Tengo que comprar alpiste para el pájaro. Ven conmigo -me responde.

Mi sorpresa es mayúscula, pero no responde a mis preguntas. Le sigo a una tienda. Allí, Cobito comprueba que el precio del alpiste ha subido un 25%. El tendero se excusa, y yo trato de explicar a Cobito que el precio del mijo ha subido significativamente en los últimos meses debido a los nuevos aranceles impuestos por la Unión Europea a la importación de cereales. Esta me la sabía, hace seis meses me tocó cubrir la reunión de ministros de agricultura. Como he dicho, siempre me tocan los temas que no quiere nadie.

Dudo que Cobito haya entendido nada de lo que le he explicado. Se limita a enfurecerse porque no cree que pueda permitirse el nuevo precio del alpiste. Me dice que le siga.

-Tenemos que andar un rato –me dice. Después de lo que he visto antes estoy muy intrigado, le sigo.

Andamos durante un rato hasta que llegamos al centro. Al ponerse un semáforo en verde, comenzamos a cruzar una calle muy concurrida, pero Cobito se para a la mitad del paso de cebra. El semáforo vuelve a ponerse en rojo y Cobito sigue sin moverse. El tercer coche de la fila comienza a pitar, parece que el conductor tiene mucha prisa, está muy nervioso. Cobito no se mueve. Los conductores de todos los coches empiezan a insultarle, y el de la tercera fila pita más insistentemente, está realmente nervioso. Entonces, tras unos treinta segundos, Cobito se mueve y los coches aceleran. El coche de la tercera fila gira bruscamente para adelantar a los otros dos y continúa a gran velocidad. Anoto su matrícula.

-Ya está, en unas semanas el alpiste costará lo de antes -sentencia Cobito satisfecho justo antes de despedirse de mí.

Me apresuro a preguntarle, pero se aleja de mí sin más.

Aturdido e intrigado, vuelvo al periódico para ocuparme de otras tareas. Tras unas horas llega un teletipo avisando de un accidente en la autopista. El coche que habíamos visto antes, el del conductor nervioso, había chocado con otros en la autopista hacia el aeropuerto debido a su exceso de velocidad. Esto había provocado un inmenso atasco en aquella vía. Me pregunto qué tiene que ver eso con el alpiste.

Dos días después se hace público que la Unión Europea reduce las tasas a la importación de los cereales que había impuesto apenas medio año antes. Averiguo que el ministro, principal impulsor de esa tasa, no pudo llegar a tiempo a una reunión comunitaria porque dos días antes su coche se quedó atrapado en un atasco en la autopista que lleva al aeropuerto. Se decidió que su sustituto en la reunión sería el subsecretario, quien también ostenta el cargo de coordinador de cooperación al desarrollo, y entre cuya familia se encuentran algunos grandes terratenientes del cereal en Latinoamérica.

No puede ser, esto es asombroso. Vuelvo a ver a Cobito. Le pregunto si sabía que ocurriría todo eso. Se muestra aburrido ante los detalles sobre política europea, me parece que no entiende nada de lo que digo. Creo que ni siquiera sabe lo que es el mijo.

-Simplemente sabía que, parándome en ese paso de cebra, el precio del alpiste de la tienda volvería a ser el de antes -sentencia.

-¿Pero cómo? -pregunto estupefacto.

No responde. Simplemente se encoge de hombros.

Creo que para él es como cuando dejas caer un vaso muy frágil al suelo. Simplemente sabes que caerá y se hará añicos. Esto lo sabe hasta un niño que no sabe nada de física. Para Cobito, todo es obvio.

-¿Era necesario cambiar leyes comunitarias para que pudieras conseguir tu alpiste? -le pregunto- ¿No podrías, por ejemplo, haber hecho que un camión de alpiste se estrellara junto a tu solar? ¿O que te tocase la lotería para que pudieras comprar mucho alpiste?

Cobito piensa un rato.

-Para eso habría tenido que hacer muchas cosas -responde.

Cobito mira hacia arriba. Parece que está repasando mentalmente las cosas que tendría que haber hecho.

-Poner una piedra en un sitio, llamar a una puerta, gritar en un momento concreto… -decide al fin.

No tengo ni idea acerca de lo que está diciendo, pero me creo que funcionaría.

-Era mucho más fácil pararme un rato en un paso de cebra -concluye finalmente.

Su lógica es aplastante.

Cobito me dice que hay un bar donde el dueño es muy bueno con él, que muchas veces le invita a un plato caliente. Le sigo. El dueño recibe efusivamente a Cobito y le invita a sentarse. Comemos, el dueño se ofrece a invitar, pero pago yo.

Mientras salimos, Cobito me dice:

-Hace tiempo conseguí que el bar no cerrase.

Le pregunto cómo lo hizo. Me responde.

-Ufff, esa fue complicada, tuve que hacer dos cosas. Primero fui a una estación de metro del centro y, al llegar a un pasillo que estaba fregando una limpiadora, volqué su cubo de agua cuando nadie miraba. Luego salí a la calle, fui a la entrada de un hotel cercano y esperé a que saliera un tipo que estaba escribiendo algo en una libreta. Su bolígrafo no pintaba, así que se me acercó y me preguntó si tenía uno. Le di uno muy malo. Sí, eso fue lo que hice.

No entiendo qué puede tener eso que ver con que un bar cierre o no, pero le pregunto en qué fecha ocurrió aquello y qué hotel era.

Dedico los siguientes días a averiguar a qué se refiere.

Cuando lo averiguo, siento un escalofrío.

Durante aquellas fechas, la clientela del bar había decaído considerablemente. Esta consistía esencialmente en los trabajadores de una fábrica de cordones de zapatos cercana. Los pedidos de la fábrica se habían reducido últimamente, por lo que hubo despidos y el número de habituales del bar se resintió. Los principales clientes de la fábrica eran los ejércitos de tres o cuatro pequeños países europeos que encargaban a aquella fábrica los cordones para las botas de sus soldados, pero dichos pedidos ya no eran tan frecuentes como antes.

Sentí una terrible sospecha y consulté a un compañero del periódico. Éste había cubierto las noticias sobre la comisión que, al acabar la guerra que se desató apenas un año después de aquello, investigó los errores de espionaje que dieron lugar a la creencia de que el enemigo poseía armas de destrucción masiva. Sí, ese es el tipo de noticias que nunca me tocan a mí. La creencia en la existencia de dichas armas sería, a la postre, el principal argumento para declarar aquella guerra.

La comisión sentenció que la raíz del error radicó en unas anotaciones a bolígrafo que hizo un espía en su libreta mientras se encontraba en la ciudad. Dichas anotaciones se escribieron con trazo muy discontinuo, debido probablemente a la baja calidad del bolígrafo utilizado. Concretamente, la anotación indicaba “concluyo, de acuerd[ilegible]on mi [ilegible]nfidente, que e[ilegible]cierta la exist[ilegible]de tales armas”, de lo que se dedujo que decía “concluyo, de acuerdo con mi confidente, que es cierta la existencia de tales armas”. No obstante, un examen pericial posterior demostró que la palabra “cierta” era en realidad “incierta”. El “in” se había perdido, junto con otros grupos de letras, porque el bolígrafo no había expulsado tinta en el momento preciso. Apenas unos minutos después de escribir aquella anotación, el espía entró en una estación de metro cercana a su hotel, cayó por unas escaleras y murió, por lo que nunca tuvo la oportunidad de corregir aquella imprecisión. Siempre se sospechó que el agente fue empujado violentamente escaleras abajo por agentes del contraespionaje enemigo, pero nunca pudo demostrarse porque la cámara de seguridad no grabó a nadie más en el momento de la caída.

Poco después de declararse la guerra, la fábrica de cordones de zapatos tuvo nuevos pedidos, se volvió a contratar a los empleados despedidos, el bar se volvió a llenar, y el dueño del bar desechó la idea de cerrarlo.

Regreso al solar para volver a encontrarme con Cobito. Es difícil definir lo que siento hacia aquel hombre de aspecto bobo. Él es el causante de la muerte de miles de personas, pero pienso que no sabía que la consecuencia de sus actos sería esa. Simplemente resolvió su problema de la manera más simple que supo. A pesar de ello, no sé si podré mirarle a los ojos.

Al llegar al solar, sus compañeros me comunican una noticia sorprendente: Cobito ha recuperado la memoria y se ha ido. Me dicen que, justo antes de irse, colocó una serie de piedras alrededor del sitio donde dormía.

Me acerco a dicho lugar. Observo que no se ha llevado a su pájaro con él. Esto me extraña mucho. Me acerco para mirar más de cerca las piedras que ha colocado.

Entonces resbalo con una de ellas y me golpeo en la cabeza.

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No sé quién soy ni dónde estoy. Me duele mucho la frente. La mirada de ese pájaro me tranquiliza.

Aturdido, enfoco la vista en el infinito. Entonces abro la boca de asombro.

¡De repente, todo me parece trivial!

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