Mingón y Tiantó

El vetusto señor Mingón, acaudalado dueño de la empresa de palitos de pescado Clap-clap, se cuidaba mucho de sus actos. Como todo budihindotaoísta practicante, anotaba con esmero sus pecados y virtudes. En su libreta figuraban todas las buenas y malas obras que hacía a los que le rodeaban: familia, amigos, vecinos y empleados.

Y no era para menos. Cuando un budihindotaoísta muere, se reencarna en la persona a la que más daño haya causado en su vida. Para que los budihindotaoístas puedan saber en quién se reencarnarán, contabilizan con cuidado los favores y agravios cometidos hacia cada persona que les rodea. Realizan el conteo utilizando unas extensísimas tablas donde se especifican los puntos positivos o negativos incurridos en cada acción cometida con cada individuo: levantarle la voz a alguien, despedir a un empleado eficiente por motivos lucrativos, ceder el sitio a un anciano en el metro o visitar a un enfermo, todo supone puntos positivos o negativos en la puntuación particular que los budihindotaoístas tienen con cada persona. Los budihindotaoístas ortodoxos, como era el señor Mingón, lo anotan todo, y así logran saber en cada momento la persona con la que tienen un balance de puntos más bajo. Es importante saber quién es esa persona, pues es la persona en la que el budihindotaoísta se reencarnaría si muriera en ese mismo momento.

El señor Mingón visitaba con frecuencia a los empleados a los que había despedido en el pasado. Entregaba regalos a sus hijos y daba dinero en efectivo a la familia. Así trataba de conseguir que las personas que en su libreta aparecían con una puntuación más baja tuvieran una vida digna. Sabía que, al morir, renacería convertido en uno de ellos y viviría la vida que dicho individuo estuviera viviendo ahora.

Cuando ganaba suficientes puntos con su actual persona más maltratada (es decir, la que aparecía en su libreta con menos puntos), la persona más maltratada de su libreta pasaba a ser otra, y esta otra sería a la que trataría de agasajar a continuación. Por eso la red de agraviados del señor Mingón era variable y sus agasajados cambiaban con frecuencia. Salvo por las nuevas incorporaciones a su lista de damnificados, aquel proceso ciclaba: cuando lograba subir su puntuación con algunos de sus agraviados, trataba de subirla con los demás, luego de nuevo con los primeros, y así. Debía lograr que todos sus agraviados tuvieran una vida lo más digna posible, tan digna como para que mereciera la pena vivirla. Alguna de esas vidas sería, en el futuro, la suya.

Todos los empleados y ex-empleados de la empresa del señor Mingón eran también budihindotaoístas, así que en la fábrica era habitual ver cómo muchas interacciones entre empleados se paralizaban durante unos segundos para anotar los puntos ganados y perdidos por cada uno como resultado de las mismas. Como budihindotaoísta ortodoxo, al señor Mingón le parecería muy bien. Como empresario, creía que esas normas mejoraban el ambiente laboral, así que daba por bien empleado el tiempo adicional que sus empleados dedicaban a la burocracia espiritual.

Aquel día, al señor Mingón le tocaba visitar a Tiantó, un antiguo empleado al que despidió cuando decidió cerrar la línea de productos de doble rebozado por su baja rentabilidad. Antes de ser despedido y tras catorce años trabajando en la empresa, Tiantó, oficial de segunda, se compró una pequeña casa a unos minutos de la fábrica, cerca de los pantanos, para evitarse las dos horas de viaje hasta la fábrica y la ocasional impuntualidad que tal inconveniente le provocaba. Ante las buenas perspectivas laborales que tenía entonces, su esposa y él decidieron tener un hijo. Su esposa se quedó embarazada al poco de mudarse. Dos meses después de aquello, Mingón despidió a Tiantó. Para poder seguir pagando el crédito de la casa, su esposa tuvo que pedir trabajo en una insalubre fábrica siderúrgica cercana, ubicada al otro lado del pantano. Unos meses después, la toxicidad de aquel ambiente le provocó un aborto. Así que Tiantó era uno de los habituales en la zona baja de la libreta de Mingón.

Tiantó recibió al señor Mingón en la puerta de su pequeña casa y le hizo pasar. Antes de pasar a repartir sus regalos y favores, Mingón solía preguntar a Tiantó por su estado y por el de su familia. Mingón tenía que asegurarse de que la vida de aquel tipo fuera suficientemente buena. Muchas veces trataba a Tiantó como si directamente asumiera que aquella sería su propia vida al morir. Eso significaba que a veces se preocupaba por él más aún que si fuera su hijo, llegando en ocasiones a inmiscuirse demasiado en su vida. Cuando Tiantó explicaba a Mingón algunas de sus decisiones, como el coche que quería comprarse o el colegio al que quería llevar a sus hijos, Mingón intentaba con frecuencia influir en dichas decisiones, tratando de corregir todo aquello que creyera que eran decisiones incorrectas de Tiantó. Éste a veces se cansaba de tal paternalismo (o, según se mirase, egoísmo), aunque reconocía que, sin duda, Mingón le daba todos aquellos consejos bajo el completo convencimiento de que serían buenos para él. Mingón podría tener razón o no, pero sin duda su opinión era sincera.

A pesar aquello, ambos desarrollaron una relación amistosa con el paso de los años. En cada visita solían sentarse a tomar el té mientras charlaban de sus asuntos, problemas y preocupaciones. Ambos llegaron a considerar dichos encuentros como una especie de terapia mensual en la que los consejos circulaban en ambas direcciones.

Pero aquel día sería distinto.

Sentados como siempre alrededor del té, Mingón contó a Tiantó sus próximos planes para la empresa. Había pensado en crear una gama de productos en la que habría una capa de queso entre el pescado y el rebozado.

Tiantó no veía clara la aceptación que tendría el nuevo producto y replicó enérgicamente.

-Bueno, no es más que idea –replicó Mingón, extrañado ante las insistentes críticas de Tiantó-. ¿Por qué te lo estás tomando así?

Tiantó se tomó unos segundos para responder. Finalmente habló.

-Quiero asegurarme de que no cometeré un gran error empresarial en mi próxima vida -respondió Tiantó.

Mingón se mostró muy sorprendido.

-¿Tu próxima…? ¿De qué estás hablando? ¿Por qué ibas a ser yo en tu próxima vida?

Tiantó sacó un cuchillo.

-¡No seas imbécil, Tiantó! ¿Cómo iba a ser yo la persona más agraviada por ti?

Tiantó se abalanzó sobre Mingón y, antes de que éste pudiera reaccionar, le clavó el cuchillo en el pecho. Mingón se miró la herida en un gesto de dolor, incapaz de articular palabra. Entonces cayó al suelo.

-Ahora sí lo eres –dijo Tiantó-. Con los puntos negativos que da esto, ahora ganas de calle en mi lista de agraviados por mí.

Los ojos de Mingón, muy abiertos, se dilataron. Poco después, dejó de respirar.

-Has tenido una vida larga, cómoda y plena -dijo Tiantó ante el cuerpo ya sin vida de Mingón-. Así que, a pesar de esta muerte que te he dado, ¿cómo podría no desear ser tú en mi próxima vida? ¿Qué importan unos segundos de dolor tras una vida tan provechosa? Lo que me queda por delante en mi propia vida es una celda de una cochambrosa cárcel, pero no será una vida mucho más miserable que la que ya me habías dado cuando me echaste de tu empresa. Ahora sólo me falta esperar a morir para convertirme en ti, en la persona a la que más daño he hecho nunca.

Tiantó registró el cuerpo sin vida de Mingón y entonces sintió una punzada en el corazón.

Ahí estaba, en el bolsillo de la chaqueta, el cheque que Mingón le iba a regalar en aquel encuentro. Pero que todavía no le había regalado.

¡Todavía no se lo había regalado! ¿Cómo pudo haberse olvidado de esperar?

Si Mingón había vuelto aquel día a casa de Tiantó era porque, tras las últimas buenas obras de Mingón con otros de sus agraviados, Tiantó era de nuevo la persona más agraviada por Mingón, es decir, era la persona con menos puntuación en la libreta de Mingón.

Si Tiantó hubiera recibido aquel cheque entonces, como tantas veces antes, Tiantó habría dejado de ser temporalmente la persona más agraviada por Mingón, la persona con menos puntos en la libreta de Mingón.

Pero Mingón no había llegado a entregarle aquel cheque. Murió antes de hacerlo. Así que Tiantó seguía siendo la persona más agraviada por Mingón. Y eso sería así por siempre.

Al haber discurrido las vidas de Mingón y Tiantó de esta manera y no de otra, Tiantó estaría condenado por siempre a vivir como Tiantó, luego como Mingón, luego como Tiantó, luego como Mingón, y así hasta la eternidad, pues cada uno sería por siempre la persona más agraviada por la otra en el momento de morir. Tiantó comprendió que jamás podría huir de la miserable vida de Tiantó. Aquella dolorosa vida se intercalaría por siempre con la del rico Mingón, y su suerte oscilaría entre cada vida y la siguiente como el ying y el yang, para siempre.

Tiantó pensó en clavarse el cuchillo a sí mismo en aquel momento. Luego razonó que eso solo empeoraría sus futuras reencarnaciones, pues entonces viviría bajo la piel de Tiantó en todas sus vidas, no en una de cada dos. No podía pasar a convertirse en la persona más agraviada por sí mismo.

Desesperado, salió a la calle con el cuchillo ensangrentado y recorrió las calles ante los gritos de terror de los viandantes.

Su único objetivo era matar a alguien que pareciera feliz antes de que le redujera la policía.

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8 respuestas a Mingón y Tiantó

  1. Yohana dijo:

    No es por poner pegas, me asaltan algunas dudas: ¿Qué les ocurren a las almas (por llamarlas así) de los agraviados cuando los ofensores toman su vida/cuerpo? ¿van a los que ellos han ofendido más?.En ese caso, el trasiego de almas debería ser enorme, dada la cantidad de gente muere a diario….¿no?
    Con respecto al pobre Tiantó no me queda claro si le pones como víctima o como verdugo. Tal y como yo lo veo, a lo mejor la decisión que tomo no fue ni por despecho ni por ira, sino que parecía muy meditada. A lo mejor había hecho ya muchas consideraciones y lo único que pretendía era definir una situación incierta, o por lo menos que esta no fuera a peor.

  2. Isma dijo:

    La idea es que, desde que un alma nace en un cuerpo, vive en dicho cuerpo hasta que muere dicho cuerpo. Entonces dicho alma se reencarna en el cuerpo de la persona a la que más agravió en su vida recién terminada, dentro del cual vivirá desde su nacimiento hasta que muera. Al morir, se reencarnará en el cuerpo que más agravió esta vez, viviendo en él también desde su nacimiento, etc. Es como en las religiones que creen en la reencarnación salvo que, si mueres en 2003, no pasas a reencarnarte en alguien que nazca en 2003, sino en la persona a la que más daño hiciste en vida, por ejemplo en alguien que nació en 1971. En cuanto mueres en 2003, te reencarnas en 1971, naciendo como el tipo al que más daño hiciste en tu vida anterior, y pasas a vivir la vida que él tuvo. No importa que vivas en la misma época que en tu vida anterior, pues no recuerdas nada de dicha vida anterior.

    Si, al finalizar la historia, Tiantó no consiguió matar a nadie que pareciera feliz, entonces se reencarnará siendo Mingón cuando éste nació. Crecerá y de mayor creará la fábrica de palitos de pescado Clap-Clap, contratará a Tiantó, le despedirá, irá regularmente a llevarle regalos, y finalmente será asesinado por Tiantó. Entonces se reencarnará siendo Tiantó cuando este nació. Crecerá y de mayor será contratado por Mingón, luego despedido, su mujer abortará, luego recibirá regalos de Mingón, asesinará a Mingón, pasará el resto de sus días en la cárcel y, al morir, se reencarnará como Mingón cuando este nació. Entonces volverá a ocurrir otra vez lo mismo otra vez, y así hasta la eternidad. Por tanto, aunque no lo sabía, Tiantó hablaba consigo mismo cuando hablaba con Mingón, y viceversa. 

    La decisión de Tiantó es meditada, pero comete el error de no esperar a dejar de ser la persona más agraviada por Mingón. Si hubiera esperado, entonces después de reencarnarse como Mingón se hubiera reencarnado como cualquier otro, no como Tiantó otra vez. Como no esperó, está condenado a vivir en el bucle infinito Tiantó, Mingón, Tiantó, Mingón, … De ahí procede el título del cuento.

  3. Yohana dijo:

    Bueno, es una forma de tener controlada el número de almas a la mitad.
    De todas formas tampoco es tan malo tener una vida cíclica: feliz ricachón, pobre desgraciado, feliz ricachón, pobre desgraciado…etc. Parece muy equilibrado. Incluso diría que justo.
    Con respecto a la decisión de Tiantó (¿de dónde sacas los nombres?) a lo mejor para Tiantó esperar a dejar de ser la persona más agraviada, era percibida como una espera vana. Si Mingón tenía que estar constantemente dandóle prebendas, era porque a pesar de todo Tiantó siempre era la persona más agraviada.
    Buff, complicado esto de los agravios…siempre sale alguien perjudicado. Pasa lo mismo que con las relaciones amorosas: unas veces te toca ser la víctima y otra el verdugo. Mi opinión con respecto a agraviar, es que hay que tratar de ser empáticos para minimizar en agravio simplemente, y hacer alguna concesión. Con respecto a ser agraviados, lo cierto es que al final tienes que aprender a jugar con las cartas que te han tocado. Yo trato de actuar en función de lo que es mejor en general. (el problema reside en determinar que es lo mejor, que yo no siempre lo sé, porque siempre puede haber alguien dañado). En fin, quién sabe…

    • Isma dijo:

      Confieso que lo de los nombres (Mingón y Tiantó) fue un tanto arbitrario. Simplemente quería que sonasen a vagamente orientales, pero fueran fácilmente pronunciables…

      Decidir qué significa el “bien general” es una cuestión muy buena que los economistas llevan siglos debatiendo… ¿”Bien general” es una situación donde la “suma de felicidades” de todos los involucrados sea máxima, aunque eso implique perjudicar mucho a alguno? ¿”Bien general” es cualquier situación óptima, en el sentido de que no podamos hacer ningún cambio que mejore a alguien sin empeorar a nadie? Imagina que podemos hacer que cinco tipos A, B, C, D y E reciban 10.000 euros cada uno a cambio de que otro tipo F reciba 50 latigazos. ¿Cuál es el “bien general”? ¿Hacerlo o no?

      Sobre los agravios, una vez hicieron el experimento de poner a muchos programitas a jugar a que intercambiaban recursos para lograr sus propios intereses, con la peculiaridad de que podían ser malos (traicionarse, no cumplir sus tratos, etc) o ser buenos. Al finalizar el experimento, observaron que los programas que obtuvieron mejores resultados para sí mismos no fueron los que eran “siempre buenos” (pues los malos les tomaban el pelo), y tampoco los “siempre malos” (pues al final se hacían mala fama y nadie quería tener tratos con ellos). Los ganadores fueron los que siguieron la estrategia “ser bueno y confiado con los que me hayan tratado siempre bien, y malo y desconfiado con los que me hayan traicionado alguna vez”. El resultado es curioso, pero no sé si es extrapolable a las personas, más proclives a cambiar de bueno a malo o viceversa con el tiempo y de manera impredecible.

  4. Yohana dijo:

    Efectivamente, bien general es término dificil de definir (ya lo decía antes), y creo que es un término bastante subjetivo. Ya que las decisiones que cada uno tomamos considerando “el bien general” son bastante subjetivas, y por tanto sesgadas, es importante el desarrollo de la empatía.
    Si tengo que ser yo la que decida 10000 euros (x5) versus 50 latigazos, confieso que sería una decisión dificil de tomar, así que no me quedaría más remedio que analizar los matices: si los 5 tipos merecen o necesitan el dinero (y el grado de esto), la capacidad que tendrá F de soportar los latigazos, si se pueden negociar otras opciones, etc.
    En cambio, si yo me encuentro entre A,B,C,D y E, quiero pensar que renunciaría al dinero (y particularmente en mi caso, lo haría con gusto, porque aunque 10000 euros no me vendrían mal, no podría disfrutarlos sabiendo que han salido a costa de un sufrimiento que no ha sido el mío). Desgraciadamente, creo que mi renuncia no serviria de mucho si el resto de los beneficiarios no renunciaran también, porque al final F seguiria recibiendo los latigazos. Es un poco lo que ocurre entre el primer y el tercer mundo, solo que ninguno queremos mirar.
    Lo peor del asunto es cuando el primer mundo considera que la actitud del tercer mundo es arrogante, por no querer aceptar parte del premio recibido por recibir los latigazos.(Hermanos tercermundistas: nos llevamos la mayor parte de vuestros recursos, nos aprovechamos de vuestro trabajo lleno de sufrimiento para poder vivir como reyes, envenenamos vuestras mentes creando enemigos imaginarios dentro de vuestras fronteras, ¿y no quereis aceptar nuestros regalos?¡Encima que lo hacemos por vosotros!) .

    Con respecto a los programitas, creo que eso tambien me lo comentaste alguna vez. La verdad es que el resultado obedece a una lógica obvia, algo muy caracteristico de los ordenadores (hasta donde yo llego): tú me tratas mal, yo te trato mal; tú me tratas bien, yo te trato bien.
    Imagino que ese estudio tendría más connotaciones, y tampoco sé si se puede extrapolar a las personas, pero si hay un punto interesante, y es que al final los programas siguen siendo creados por humanos.

    • Isma dijo:

      Quizás el problema de los 10.000 euros y los latigazos se pueda resolver así: ¿Aceptarías que las reglas fueran esas, si decidiéramos al azar a quién le toca ser F? O bien: ¿Aceptarías que las reglas fueran esas, si lo hiciéramos una primera vez de forma que a uno cualquiera le tocase ser F, luego lo repitiéramos y le tocase ser F a otro, luego a otro, y así hasta que a todos le hubiera tocado ser F exactamente una vez (lo que requiere hacerlo seis veces)? Si lo repetimos seis veces con un “F rotatorio”, ganarías en total 50.000 euros a cambio de recibir 50 latigazos. ¿Es un buen trato? Si hubiera seis personas que pensasen que sí, entonces para ellos hacerlo de esa forma iría a favor del bien común.

      Esta es una posible manera de definir el bien común: acepto que las normas generales me perjudiquen a veces (cuando me toca ser F) a cambio de que sean justas (pues a veces seré F y a veces no) y que a la larga todos ganemos.

  5. Yohana dijo:

    Tu teoría me parece bastante razonable. Una buena propuesta. Pero algo idilica: en la realidad esto no se produciría así.
    No sé porque, pero tu comentario me ha recordado al episodio de los Simpsons en el que Lisa quiere bailar “claqué” en una función con sus compañeros, pero es terriblemente mala, y la profesora no la deja, para que no arruine la función. Cuando Lisa apela los sentimientos y a pasárselo bien por encima de otras consideraciones, la profesora le responde preguntándole a los demás niños: “Niños: ¿como llamamos a dar las mismas oportunidades a todo el mundo cuando es evidente que no todos las tienen?”. Y los niños responden. “¡Comunismo!”

    • Isma dijo:

      Jeje, un ejemplo muy bien traído. 🙂 Ciertamente, Los Simpsons son una biblia moderna. Hace 50 años, la gente mencionaba la Biblia para explicar casi cualquier situación de la vida. Ahora lo hacemos con Los Simpsons. 🙂

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