El protocolo

Llaman a la puerta.

Es ella. Ha vuelto.

No digo nada. Ella tampoco. Me abraza.

La invito a pasar. Charlamos. No hay reproches. Me dice que ha decidido volver.

La beso. La acaricio. Hacemos el amor. Nos miramos con complicidad en la cama.

Entonces comprendo. No puede ser tan pronto. ¡No!

Tiemblo. Me desvanezco. ¡No tan pronto!

Me despierto. Siento sudor frío. Me tiemblan las piernas. Me duele. Busco a tientas el botón y lo pulso.

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Llaman a la puerta.

Es mi hijo. Apenas ha cambiado.

Me abraza. No hay hostilidad. Sonríe.

No dice nada. Sé que ha vuelto para pasar página.

Me cuenta todo lo que ha hecho en estos cinco años. Todos sus logros.

Siento orgullo. Tenemos que recuperar el tiempo perdido.

Entonces comprendo. Ha llegado el momento. ¡No!

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Mi pulso se acelera. ¡Todavía no!

Despierto. Me cuesta respirar. Busco el mando con el botón. Lo encuentro y pulso.

Comprendo que mi mente juega con lo que me obsesiona. Es cruel.

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Llaman a la puerta.

Una enfermera me dice que la acompañe.

Entro en un despacho. Hay un médico.

El médico me muestra unas radiografías. Dice que he reaccionado bien. Que no se ha extendido.

Puedo dejar la quimio, estoy limpio. Puedo irme a casa. Todo volverá a ser como antes.

El médico se despide diciéndome que no probaré mi protocolo.

Entonces mi parte consciente comprende. Se me acaba el tiempo. ¡No!

Esto es el fin. Grito. ¡Quiero quedarme!

Despierto. La angustia me invade. Grito. Me duele. Me apresuro a pulsar el botón.

Mi mente juega con crueldad. Se divierte anticipando mi futuro inevitable. Me hace sufrir.

Por primera vez dudo seriamente de que el protocolo merezca la pena.

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Llaman a la puerta.

Un señor vestido elegantemente me pide que le acompañe. Yo también visto con elegancia.

Entro en un auditorio. Todo el mundo aplaude al verme entrar.

Me entregan el premio Nobel por haber creado el protocolo y haber erradicado la muerte con dolor. Esta vez nadie me arrebata mi merecido premio.

En mi breve discurso explico el funcionamiento del protocolo. Cuando se observa que la muerte del paciente es cuestión de minutos, se le suministra la sustancia. Entonces su mente crea sensaciones de máxima felicidad, presentando al paciente la consecución de sus máximos logros y anhelos. El paciente muere en un éxtasis de felicidad.

Observo que entre el público presente está ella. También está mi hijo. Ambos sonríen.

Además, estoy limpio.

Entonces comprendo. Se me acaba el tiempo.

Esta vez no siento angustia. Esta vez no siento la necesidad de despertar y buscar el botón del mando junto a la camilla para llamar a las enfermeras y pedirles que me suban la sedación, como en las noches anteriores.

Esta vez no es mi mente la que, obsesionada con el momento en que se me administre el protocolo, juega en mis sueños a simular la llegada del protocolo.

Esta vez soy feliz. Esta vez es el protocolo.

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