País de virtuosos

Maldito país de desagradecidos. ¡Qué habría sido de este país de mentecatos sin mi luminoso liderazgo! ¿Habrían entrado alguna vez mis fieles súbditos en los libros de Historia de no ser por mí? ¿Habrían alcanzado la gloria si yo no hubiera puesto los cien mil látigos del Estado al servicio de la construcción de la torre de lapiceros más alta del mundo? ¿Acaso ese millón de obreros hubiera terminado aquella gloriosa construcción de no ser por mi condescendiente insistencia?

De no ser por mí, ¡seguirían perdidos! ¿Acaso no fui yo el que decidió que el centro de todo eje de coordenadas fuera mi persona, para que así mis ciudadanos nunca tuvieran desconocimiento de dónde está su guía y líder? ¿Sabrían siempre dónde estoy, de no ser porque la ubicación oficial de sus calles y las propias direcciones de sus casas cambian cuando yo me muevo? ¿Soy culpable por hacer que mis ciudadanos puedan conocer siempre mi ubicación, y así puedan saber, consultando un simple GPS, en qué dirección deben cantar el himno nacional cada tres horas, que es por definición hacia donde estoy yo? ¡Ahora por fin saben que, cuando yo ando, es el mundo el que se mueve hacia atrás, no yo el que se mueve hacia delante! ¿Es malo enseñar estas verdades a mis sencillos ciudadanos?

Pero no, los generales tenían que cuchichear. ¡Se creen que soy idiota!

Estoy harto de mi condescendencia. No tengo por qué tolerar a los habitantes que no sean perfectos como yo. ¡Esto se acabó! En adelante seremos un país de virtuosos. Solo los perfectos podrán evitar la cárcel.

En adelante, encarcelaremos a los que tiren un envoltorio de caramelo al suelo, a los que tomen caramelos con azúcar, mejor, a los que tomen caramelos, a los que canten el himno nacional en dirección contraria, a los que no sepan en qué dirección viven, a los que no ayuden a sostener la torre de lapiceros el número de horas que está estipulado y, más en general, a todo aquél que no sea perfecto como yo. ¿Se me ha entendido?

-Sí, mi señor y amo -dijo el general.

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Dos semanas después, los generales anunciaron al líder que las cárceles estaban repletas, así que había que construir más. El líder dio su beneplácito, y entonces los generales anunciaron al líder que habían comenzado la construcción de una gigantesca prisión en la capital conforme a las nuevas necesidades.

Mientras el líder pasaba las horas contando los pétalos de las flores de su jardín, los generales le anunciaron que los muros de la gigantesca prisión en construcción podían contemplarse ya desde el propio palacio si desease hacerlo, a pesar de encontrarse la prisión al otro lado de la ciudad. El líder felicitó a uno de los generales por ello, y mandó encarcelar a otros dos, pues por su culpa el número de generales a su alrededor no coincidía con el número de pétalos que acababa de contar en la última flor.

Dos meses después, los generales anunciaron que también aquella prisión se estaba quedando pequeña, por lo que habían empezado a construir una ampliación de los muros que dejaría una décima parte del territorio nacional dentro de la prisión. Sólo así podría hacerse frente a semejante aumento de la población carcelaria. El líder se regocijó ante semejante buena nueva y bailó sobre sus flores. Después culpó a tres generales de haberle dejado pisar sus flores al bailar, y les mandó encarcelar.

Seis meses más tarde, la mitad del territorio nacional estaba ya dentro de los muros de la enorme prisión. Ya quedaban pocos generales alrededor del líder.

Un día, el líder contempló cómo los obreros construían un altísimo muro a lo largo de todo el perímetro de su palacio.

-Señor y amo, hemos llegado al punto en que todo el territorio nacional, salvo el recinto del palacio, es necesario para albergar a toda la población reclusa -anunció el general.

-¡Magnífico, magnífico! -exclamó el líder, exultante.

Los generales anunciaron al líder que, en adelante, los guardianes de la cárcel que constituía casi todo el territorio nacional vigilarían el exterior de los muros (es decir, el recinto de palacio, único territorio no incluido en la cárcel) en lugar del interior, pues, al ser un área muy inferior, les resultaría más fácil detectar así si un preso se escapaba de la prisión.

En lo alto de dichos muros se instalaron focos que apuntaban hacia el palacio. Después dijeron al líder que, por su seguridad, en adelante debería permanecer dentro de una pequeña sala del palacio rodeada por barrotes durante 22 horas al día, ya que permanecer más de dos horas al día fuera de aquella sala podría ser peligroso, dada la cercanía con aquella cárcel repleta de malhechores.

Algunas veces, alguno de los generales encarcelados obtenía un permiso temporal para salir de la prisión que ocupaba todo el país, y visitaba al líder en el territorio libre que ocupaba únicamente su palacio. Por la seguridad del líder, el encuentro tenía lugar en una sala donde ambos estaban separados por cristal y tenían que hablarse a través de un teléfono.

-¿Me ha traído usted chocolate y cigarrillos de las fábricas de trabajo para reclusos que tienen dentro de la cárcel? -preguntó el líder al general.

-No, señor, no se nos permite sacar la producción de la cárcel -respondió el general.

-Comprendo -respondió el líder.

Sonó la bocina que indicaba que los cinco minutos de visita habían terminado.

Los guardianes del palacio condujeron al líder a través de los oscuros barracones en los que se había convertido paulatinamente el palacio, bajo el argumento de que unas salas diáfanas llenas de puertas de barrotes cerradas con llave serían más fáciles de vigilar ante posibles ataques de presos fugados. Además, el lujo de antaño podría atraer los robos de posibles reclusos escapados.

Los guardianes introdujeron al líder en su sencillo aposento personal y cerraron con llave.

Al darse cuenta de lo afortunado que era por seguir libre, el líder se congratuló por su infinita virtud.

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2 respuestas a País de virtuosos

  1. Yohana dijo:

    Pues ojalá les ocurriera eso a todos los politicos…No has especificado como se organizan politicamente luego en “prisión”.
    Pero al final, tú mismo dices que el lider está encantado con su situación, porque no es capaz de ver más allá de sus narices. Pero no es muy listo, porque imagino que con el tiempo no resulta rentable económicamente mantener un palacio vigilado para una sola persona.

    • Isma dijo:

      El problema con los políticos de la vida real es que no podemos construir un alto muro alrededor del congreso y del palacio de la Moncloa para que se gobiernen a sí mismos y nos dejen en paz. No podemos hacerlo porque los constructores, que son los que podrían construir ese muro, les deben muchos favores.

      Los palacios son caros de mantener, tanto cuando están rodeados por una ciudad, como cuando están rodeados por una cárcel. Pero el palacio se hace más barato de vigilar cuando quitan todos los lujos y sustituyen sus suntuosas salas por pasillos con barrotes (es decir, cuando lo convierten en una cárcel bajo el pretexto de que es más fácil de defender, sin que el líder quiera darse cuenta). A base de encarcerlar a todos sus ciudadanos, es el líder el que se queda en verdad encarcelado. Todo el territorio nacional, que supuestamente conforma una cárcel gigante, es en verdad el territorio libre, y el que se ha metido en una cárcel es, en realidad, el líder.

      Me pregunto si los ciudadanos, una vez libres, fueron capaces de dejar de sostener la torre de lapiceros.

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