Conclusiones

Me duele la cabeza.

Miro a mi alrededor. En una dirección veo un campo de vegetación morada que se extiende a lo largo de suaves colinas. En la dirección opuesta veo la caída hacia un enorme acantilado. El cielo, de tono rojizo, está llenos de estrellas.

Estoy embutido dentro de un aparatoso traje espacial con casco y bombona de oxígeno.

¿Qué es este lugar? ¿Qué demonios estoy haciendo aquí?

Siento angustia. Aparecer sin más en un lugar desconocido es angustioso. Aparecer sin más en lo que parece ser un planeta desconocido y deshabitado es, si cabe, aún más angustioso.

¿Cuánto aire queda en mi bombona de oxígeno? ¿Dónde hay comida o agua? Siento que mi pulso se acelera.

Miro al suelo y veo muchas huellas que parecen de mis botas. He llegado andando hasta aquí. Por algún motivo no recuerdo nada, pero he llegado aquí por mí mismo.

Observo la dirección de la que proceden las huellas y trato de seguir su rastro hacia atrás. No tengo alternativa.

Al cabo de una hora siguiendo el rastro, llego a lo que parece una construcción humana. Tiene una puerta. Pulso un botón y la puerta se abre.

Entro en lo que parece una exclusa de despresurización. Pulso otro botón, la exclusa se llena de aire y se abre una segunda puerta. Entro.

Me encuentro en lo que parece una pequeña base humana. Me arriesgo a abrir el casco de mi traje espacial y compruebo, que efectivamente, aquí dentro puedo respirar. Junto a la puerta de salida hay dos huecos para trajes espaciales, pero no hay ninguno de los dos. Dado que las huellas que he seguido procedían de este lugar, es probable que uno de ellos sea precisamente el que llevo puesto.

Exploro la base. En el complejo hay una de esas cocinas que es capaz de generar sintéticamente varios alimentos, incluso carne sintética. Siento un gran alivio, pues mis necesidades básicas están cubiertas, al menos a corto plazo.

También hay un servicio, un salón y dos habitaciones con una cama cada una y un mobiliario muy básico. Una de de las dos habitaciones está ordenada y la otra no. En cada sala hay un rudimentario ordenador.

En el salón hay todo tipo de artilugios científicos. Descubro que uno de ellos es un analizador químico inteligente: si metes en él un producto cualquiera, te dice todo lo que sabe de él a partir de su base de datos. ¿Por qué he podido reconocer para qué sirve ese objeto de un solo vistazo? En la sala hay otras muchas máquinas y aparatos cuyo cometido conozco, incluidos algunos robots médicos que permiten realizar diversos tipos de cirugías, e incluso otras máquinas que permiten realizar pequeños arreglos de bricolaje y reparaciones electrónicas. La base ha sido diseñada para proveer un alto grado de autosuficiencia.

Entro en la habitación que está desordenada y enciendo el ordenador. Afortunadamente, no pide clave para entrar.

Tras manipular el ordenador durante un rato, encuentro una foto de su propietario. Voy al baño y me miro al espejo. El dueño de ese ordenador soy yo mismo. Vivo aquí.

Me quito el resto del traje espacial. Examino el traje y descubro que a la altura del cuello hay una pajita para absorber algún tipo de líquido, imagino que agua. Tengo sed, lo pruebo.

El sabor de aquel líquido en mi boca es desagradable, lo escupo sin tragarlo. Me pregunto qué es ese líquido.

Regreso al salón y echo unas gotas del líquido de mi traje en el aparato analizador químico. Al cabo de unos segundos el aparato completa el análisis y me dice que se trata una sustancia que produce amnesia si se ingiere. ¿Para qué pondría un líquido amnésico en mi traje, en lugar de agua? ¿Me he provocado yo mismo esta amnesia? ¿Para qué?

Vuelvo a examinar al traje espacial en busca de nuevas sorpresas. De hecho las hay, pues encuentro una pistola. ¿Es éste un planeta peligroso? ¿De qué podría querer defenderme con una pistola? Si tengo que defenderme de algo, me inquieta no saber qué es.

Regreso al ordenador en busca de información. Consigo encontrar algunos archivos con información sobre lo que parece ser el planeta en que me encuentro. Según esos archivos, en este planeta no hay fauna, sólo flora. ¿Entonces, de quién tendría que defenderme con una pistola? Miro de reojo la otra habitación, la que está ordenada, la que podría ser de mi compañero de base.

Tengo que averiguar qué ocurre aquí. Me pongo el traje espacial y salgo de la base. Tengo que volver al lugar donde perdí la memoria.

Conclusión 1

Tras una hora andando, regreso al lugar donde perdí la memoria, aquel borde de acantilado rodeado de plantas moradas.

Examino las huellas del suelo. Hay huellas de dos tipos de botas diferentes. No llegué aquí solo.

Cerca del lugar encuentro que la tierra forma un surco en dirección hacia el acantilado. Algo pesado fue arrastrado por el suelo hasta el acantilado. Me acerco hacia el acantilado y miro al fondo.

Entonces veo a lo lejos, abajo, un traje espacial. Me gustaría bajar para observarlo más de cerca, pero para bajar de este acantilado tendría que dar un gran rodeo y no conozco (o no recuerdo conocer) la zona.

Recapitulando, tengo una pistola, hay un cuerpo tirado en un acantilado, llevaba un líquido amnésico… Maldita sea, yo maté al tipo cuyo cuerpo está allí abajo, al fondo del acantilado. Probablemente aquel tipo fuera mi compañero de base y por eso falta su traje espacial junto a la puerta de la base. ¿Por qué lo hice?

Antes de emprender el camino de vuelta a la base, me llevo la mano a la cara, me duele. Por algún motivo, miro a las plantas moradas del suelo y arranco varias de ellas. Tengo la sensación de que esas plantas me calmarán.

Regreso a la base. Tras quitarme el traje, me como las plantas que he traído conmigo. Noto que tengo que hacerlo. Al cabo de unos minutos, el dolor de mi cara desaparece.

Me pongo a los mandos del ordenador. Tengo que averiguar el motivo por el que maté a mi compañero de base.

Encuentro fotos de mi pasado. Repaso correos electrónicos, fotos, vídeos, lo repaso todo.

Descubro por qué estoy aquí. El motivo es menos estimulante de lo que creía. Una ley galáctica dice que cualquier planeta en el que habiten únicamente individuos de una única nación colonizadora durante diez años seguidos será considerado automáticamente propiedad única de dicha nación mientras siga existiendo al menos un habitante de dicha nación. El planeta en que me encuentro no tenía recursos estratégicos que recomendasen colonizarlo inmediatamente, pero mi país decidió preservarlo por si acaso. Así que mi misión, la de mi compañero y yo, era simplemente estar aquí. No teníamos nada que hacer, salvo estar. Por lo visto, cada tres meses tenemos una conversación remota con la estación nacional más cercana, en el otro extremo de este sistema solar. Bueno, lo de conversación es un eufemismo, pues transcurre una hora entre cada frase y cada respuesta (media hora de ida y media hora de vuelta), dada la enorme distancia que hay desde este planeta hasta la estación.

Sigo buscando información en el ordenador. Examinando correos electrónicos y fotos descubro que tengo una esposa. Bueno, parece que la tenía. En algún momento anterior a emprender esta misión, descubrí que me fue infiel. Conservo incluso fotos de mi esposa con su amante.

Siento una corazonada. Me acerco al ordenador de la otra habitación y lo enciendo. Tampoco tiene clave. Encuentro una foto de su usuario. Es el amante de mi mujer.

¡Por eso le maté! Y después me borré la mente para no recordarlo. Temía que, en mis conversaciones periódicas con la estación, me descubrieran al interrogarme. Así que la mejor forma de que no me descubrieran sería que yo mismo no supiera nada.

Buen plan… salvo porque lo he descubierto, y ahora sé lo que hice.

Conclusión 2

Tras algunas semanas habituándome a la vida en la base, llega el día de mi comunicación con la estación. No puedo ocultar mi nerviosismo. Al iniciarse la comunicación, explico que mi compañero murió al caer por un acantilado. La estación me responde pidiéndome que me ponga ciertos electrodos en la cabeza y que vuelva a contarles la historia. Intuyo que se trata de un detector de mentiras. Maldita sea, sé que no podré engañarles. Les cuento la verdad de todo lo que he descubierto.

-Maté a mi compañero de base. Lo hice al descubrir que mi mujer me fue infiel con él -admito.

El tiempo que se toman para darme una respuesta es mayor que el debido a lo que tarda la luz en llegar a la estación y regresar. La espera es angustiosa.

Finalmente me responden que, dado el enorme coste que supone reemplazarme por otra persona en la base (el viaje desde la estación hasta este planeta dura casi tres años), seguiré en ella según lo previsto para cumplir la misión. Indican que, si mi situación empeorase, se replantearían reemplazarme.

¿Qué quieren decir con que mi situación empeore? ¿Puedo matar a alguien más?

Durante las semanas siguientes, vuelvo regularme a recoger plantas moradas. Son lo único que calma mi habitual dolor de cabeza. A veces el dolor en mis mejillas y en mi barbilla es insoportable. Sólo comer aquellas plantas lo hace desaparecer.

Voy redescubriendo todos los procedimientos de la base. Numerosos aparatos electrónicos registran todos los movimientos realizados. Incluso registran todo el oxígeno que se introduce en las bombonas de los trajes espaciales.

Entonces descubro algo que no cuadra. El día que perdí la memoria no se cargaron las bombonas de dos trajes espaciales, sino de una sola bombona.

Vuelvo a analizar mi traje espacial. Observo mi pistola. Descubro que está completamente cargada, así que no se ha disparado ninguna vez.

Esto no tiene sentido. Vuelvo a examinar las fotos de mi ordenador, aquellas en las que aparezco con mi esposa, y aquellas en las que mi compañero de base aparece junto a ella. Las estudio una y otra vez. Las miro de cerca. Hago zoom.

¡Un momento! ¡Son montajes fotográficos! Los rebordes de las siluetas no son perfectos y la luz reflejada sobre las personas no es consistente con la luz de los lugares donde fueron tomadas.

Sigo analizando mensajes, informes y correos electrónicos. Todos los ficheros en los que hay referencias a mi compañero de base fueron modificados recientemente.

Llego a la conclusión de que yo no tenía un compañero de base. ¡Estaba aquí solo! Apuesto a que el traje espacial que descansa en el fondo de aquel acantilado está vacío.

Todo parece indicar que yo realicé todo este montaje. ¿Por qué?

Transcurren las semanas sin que obtenga respuesta. No hago más que darle vueltas en la cabeza. Entonces llego a la conclusión que lo explica todo.

Pasar tantos años solo, sin compañía humana y en un planeta vacío, es una tarea terriblemente tediosa. Así que decidí inventarme toda aquella historia de mi esposa, la infidelidad, y el asesinato para mantenerme entretenido. Sólo proponiéndome misterios a mí mismo y borrándome la memoria podría soportar el infinito tedio que supone pasar años aquí solo.

No pude evitar sonreír al darme cuenta. Es probable que ya haya hecho esto más veces. Qué demonios, como el plan es bueno, la próxima vez que el tedio me supere podré volver a ponerlo en práctica exactamente igual.

Los tipos de la estación lo saben. Sabe que hago esto una y otra vez. Por eso no me castigaron ni me reemplazaron cuando confesé mi crimen. Saben que estoy aquí solo y que necesito divertimentos como estos para soportar mi larguísima estancia aquí.

Decido que, dentro de algunas semanas, cuando vuelva a sentir el tedio en mis entrañas y mi rutina vuelva a ser insoportable, volveré a llevar a cabo el mismo plan. Si funcionó la primera vez, funcionará también la segunda, ¿verdad?

Conclusión 3

Hoy he visto que el tejido de protección de mi traje espacial se está rajando por el uso. Todavía no corre peligro mi integridad, pues hay una capa posterior. No obstante, dados los muchos años que tendré que seguir viviendo aquí, debería arreglar este desperfecto.

Entonces recuerdo que, en el fondo de aquel acantilado, debe seguir estando el traje espacial vacío que arrojé allí para hacerme creer que había matado a un compañero imaginario. Debería recuperarlo para volver a tener un traje de repuesto. Estudio los planos de la zona para saber cómo bajar al fondo del acantilado y me dirijo hacia allí.

Por fin alcanzo el lugar, ante mi tengo el traje espacial.

Mi sorpresa es enorme cuando observo que tras el casco hay carne en estado de putrefacción. Hay un cuerpo dentro del traje.

Salgo aterrorizado del lugar. Decido que no necesito aquel traje, ya encontraré alguna forma de arreglar el mío.

Así que realmente maté a alguien. Y urdí un plan para olvidar haberlo hecho. Y urdí otro plan para que, si lograba descubrir haberlo hecho, creyera que mi motivación había sido pasional.

Así que, después de todo, dije la verdad a la gente de la base. Y ellos consideraron que, a pesar de mi crimen, no debía abortarse la misión dado el elevado coste de enviar un reemplazo.

¿Por qué tuve que inventarme una estrategia para hacerme creer que mi motivación fue diferente de la real?

Regreso a la cima del acantilado. Realizo una búsqueda mucho más exhaustiva que las veces anteriores en que estuve aquí. Finalmente encuentro una barra metálica ensangrentada entre unas rocas cercanas. Así le maté. No con la pistola.

Recojo algunas plantas moradas, noto que vuelvo a necesitarlas imperiosamente para calmar mis dolores. Entonces regreso a la base.

Dedico los días siguientes a explorar los alrededores de la base.

Finalmente, a cuatro kilómetros de la base, encuentro una pequeña nave espacial monoplaza, vacía. La vegetación está quemada alrededor. La turbulencia de estos aparatos al aterrizar suele quemar la vegetación. Si la vegetación todavía no se ha repuesto, eso significa que el aterrizaje tuvo lugar hace pocas semanas. Probablemente, alrededor de la fecha en la que cometí el asesinato.

Así que llega una nave, y alrededor de esa fecha mato a alguien. Probablemente al que llegó. ¿Por qué?

¿Para qué llegó alguien aquí? Tenía el mismo tipo de traje espacial que yo, así que estaba en mi bando. Pero no llegó a recargar su oxígeno en la base, pues en la base sólo están registradas las recargas de mi bombona. Durante el tiempo que pasó aquí, consumió el oxígeno que él mismo traía. Así que debió pasar muy poco tiempo antes de que lo matara. ¿Por qué lo maté?

Vuelvo a la base y como plantas moradas. Vuelven a aliviarme. Siento curiosidad y meto las plantas en el analizador químico automático.

La máquina me explica que esas plantas contienen un componente similar a los opiáceos con efectos narcóticos y calmantes. Como efectos colaterales, es muy adictivo. Además, es inmunodepresivo.

¡Así que soy un yonki! Por eso necesito imperiosamente comer aquella cosa cuando me duele la cabeza. De hecho, mi dolor de cabeza debe ser la forma que tiene mi cuerpo de manifestar mi adicción.

¿Por qué maté a aquel tipo que llegó en la nave?

Súbitamente, una teoría se forma en mi mente. Vuelvo al ordenador para navegar entre los archivos de la misión.

No encuentro lo que busco. Entonces miro entre los archivos eliminados. Por fin lo encuentro. Un documento explica que no tendría que permanecer diez años en aquella base, sino que a los cinco años sería reemplazado por otra persona y podría volver a la civilización. Un nuevo vigilante del planeta llegaría y, tras instruirle en las rutinas de la base durante una semana, regresaría a casa.

Así que maté a mi sustituto. ¿Por qué?

Porque soy adicto a una droga que sólo existe aquí, ¡por eso! Estas plantas moradas no existen en ningún otro lugar, y probablemente no podría hacerlas crecer en otro hábitat. Así que dependo de este lugar.

Me inventé el crimen pasional para que, cuando fuera interrogado por el personal de la estación, ellos creyeran esa versión y pensaran que mi crimen no interferiría con el éxito de la misión: dado que el coste de traerme otro sustituto sería prohibitivo, no tendrían otra alternativa que dejarlo correr, así que yo podría permanecer en el planeta consumiendo mis deseadas plantas moradas. Pero si descubrían que era un drogadicto, entonces pensarían que mi propia integridad, y por tanto el éxito de la misión, peligrarían a medio plazo, y no tendrían más remedio que afrontar el coste de mandarme un sustituto.

Maldita sea, estoy jodido. Soy un drogadicto asesino.

Conclusión 4

Mi degeneración ha ido en aumento durante los últimos meses. Cada vez me duele la cabeza con más frecuencia, y cada vez tengo que consumir aquellas malditas plantas con más insistencia. Mi espiral de adicción me está consumiendo.

Debo conseguir mantener mis dolores a raya sin tener que recurrir a mi adicción. Reviso todas las medicinas almacenadas junto al robot de cirugía del salón. No encuentro nada que pueda aliviarme. Entonces, por curiosidad, estudio los controles del robot de cirugía. Descubro que aquella máquina hizo una complicada operación en la fecha en la que cometí aquel asesinato.

Tras consultar los manuales de la máquina, descubro que aquella máquina realizó un trasplante de cara.

Me toco el rostro. Me duele.

Mierda, creo que empiezo a comprender.

Tengo la cara de aquel tipo que maté. Me puse su cara. ¿Por qué?

¿Para qué iba a ponerme la cara de mi sustituto?

¡Ya lo entiendo! Si los de la estación me veían con la cara de mi sustituto en mi siguiente comunicación, entonces creerían que el reemplazo se había llevado a cabo con normalidad, y sólo descubrirían que algo falla cuando, tras los casi tres años que hacen falta para volver a la estación, vieran que no he regresado. Incluso podría lanzar la nave (vacía) de regreso y programarla para mandar informes rutinarios de estado cada cierto tiempo, para que así creyeran que yo iba en la nave.

Todo este plan habría funcionado bien si yo no hubiera tirado del hilo tan rápidamente… lo que me hizo descubrir mi asesinato y, posteriormente, confesarlo. Creo que me subestimé a mí mismo.

Puede que cometiera el asesinato en la misma base, poco después de recibir a mi sustituto tras su llegada. Después de matarle, me implanté su cara, y luego me llevé el cuerpo hasta aquel acantilado para que no pudiera averiguar mi propio plan. O puede que le arrancara la cara estando todavía vivo, cuando estábamos los dos en la base, y después le condujera sin cara (o con la mía) hasta aquel acantilado, donde le maté.

Bueno, este descubrimiento no hace más que corroborar mi conclusión anterior: maté a mi sustituto para poder quedarme y seguir consumiendo la droga de la que soy adicto. Sólo he descubierto que mi plan fue un poco más sofisticado de lo que pensé inicialmente.

Me doy cuenta de que tomar aquella planta morada fue, curiosamente, parte necesaria del plan: al ser calmante, me mitiga los dolores del trasplante y, al ser inmunodepresora, evitó y sigue evitando que rechace la cara trasplantada.

Pasan los días sin novedad, hasta que decido volver a la pequeña nave espacial para explorarla más exhaustivamente. Deseo averiguar la verdadera identidad de mi víctima.

Consulto el ordenador a bordo de la nave, y entonces descubro algo sobrecogedor al contemplar unas fotos.

El usuario de aquella nave no tenía la cara que tengo yo ahora. Tenía otra cara. De hecho, tenía la cara del supuesto tipo con el que mi supuesta esposa (si es que alguna vez he estado casado) me fue infiel.

Entonces, ¿de quién es mi cara actual?

Siento una punzada al sentir que aquella nave me resulta vagamente familiar.

¡Ya lo tengo! ¡Yo era el sustituto! ¡Yo era el tipo que llegó en la nave, no el que estaba en el planeta! ¡Mi víctima era el tipo que estaba habitando en la base hasta entonces, era el tipo al que yo iba a sustituir!

Pero, ¿para qué matar al tipo que iba a sustituir en cualquier caso? No lo entiendo.

Es más, si yo acababa de llegar al planeta, no podía ser ya adicto a aquella planta. Y sin embargo, algo en lo más profundo de mí me dijo, poco después de perder la memoria, que debía tomar esa planta para evitar el dolor de cabeza. Eso significaba que ya la había probado antes.

Debí probarla al poco de aterrizar en el planeta. Debía conocer sus propiedades, así que empecé a ingerirla para inmunodeprimirme con vistas al trasplante de cara que tenía planeado realizar después, cuando matase al morador del planeta.

Pero en ese caso, ingerir aquella planta fue parte de mi preparación del plan de asesinato y suplantación, no la causa última de aquel asesinato y suplantación. No maté y reemplacé a aquel tipo para poder mantener mi adicción previa, sino que empecé a hacerme adicto como paso necesario para matar a aquel tipo y reemplazarle.

Entonces, ¿por qué le maté?

Pienso durante días. Y entonces llego a la conclusión.

Según la ley galáctica, si en un planeta permanecen únicamente ciudadanos de una de las naciones colonizadoras durante diez años consecutivos, entonces el planeta será propiedad única de dicha nación mientras siga habiendo ciudadanos de dicho país.

Yo no era el sustituto. Yo era y soy un ciudadano de otra nación colonizadora cuyo servicio de inteligencia urdió este plan para hacerse con el control de este planeta: yo llegaría al planeta, suplantaría a su guardián poniéndome su cara, y permanecería aquí, haciendo creer a la primera nación colonizadora que estarían acumulando años para que el planeta fuera finalmente suyo… ¡cuando en realidad ahora mismo se están acumulando años para que el planeta sea de la nación invasora, la mía!

Por eso maté al antiguo poblador de la base. Por eso me implanté su cara. Y por eso llené la base de pistas falsas que me hicieran creer a mí mismo que no había habido asesinato, o que lo había habido pero había sido por otro motivo. La estación espacial jamás debería sospechar de la suplantación, así que tenía que ser capaz de superar al detector de mentiras. Por tanto, si finalmente yo descubría el asesinato que yo mismo había perpetrado, sería mejor que creyera que había sido un crimen pasional o que lo había hecho para seguir teniendo acceso a las plantas moradas, antes de que supiera que estoy suplantando al guardián del planeta.

Ahora que he descubierto mi propia estratagema, existe el riesgo de que la estación descubra mi mentira en mi próxima comunicación, en particular si me mandan volver a utilizar el detector de mentiras. Descubrir mi plan lo ha hecho vulnerable.

Conclusión 5

Aunque sé que no me conviene, quiero saber más sobre mi propia identidad. No puedo evitar desearlo. Quiero saber a qué nación pertenezco. Me dirijo a la pequeña nave en la que llegué a este planeta en busca de información.

Observo que los controles de vuelo están inutilizados. Supongo que decidí inutilizarlos para evitar la tentación de volver a casa. Nada debe interferir en mi misión durante los años que tengo por delante.

Accedo al ordenador. Estudiando su configuración, descubro que el sistema comprueba las huellas dactilares del usuario que se pone a sus mandos, y que me hubiera denegado el acceso si las huellas no hubieran sido las correctas. Así que, definitivamente, el usuario de este ordenador y de esta nave era yo.

Paso muchos días rebuscando en ese ordenador información, pero no resulta fácil encontrarla. Encuentro varios archivos cifrados cuya clave no conozco.

Durante las semanas siguientes, introduzco claves al azar, las palabras que se me van ocurriendo. Si yo puse esas claves, podría recordarlas. Al fin y al cabo, la nave me resultó familiar al entrar. Podría llegar a recordar.

Mi adicción a aquellas plantas moradas va en aumento, ahora tengo que ingerirlas varias veces al día.

Cierto día recuerdo que cómo se llaman aquellas plantas: opniuj.

Se me ocurre escribir ese nombre como clave de los ficheros de la nave y ¡bingo!

Descubro que los ficheros contienen información clasificada sobre mi misión. Y cambian mi visión de las cosas.

Al contrario de lo que creía, yo no era un intruso, sino un agente que venía a matar a un intruso. En la estación descubrieron que hace un año llegó a este planeta un agente enemigo que hizo exactamente lo que, hasta ahora, creía que yo mismo había hecho: vino a matar al guardián del planeta y a hacerse pasar por él. Cuando el servicio de inteligencia de la estación (el de mi verdadera nación) lo descubrió, decidieron llevar a cabo una operación secreta para matar al suplantador y reemplazarle poniéndome a mí en su lugar. En previsión de que hubiera algún topo enemigo entre los oficiales de la estación, la misión se mantuvo en secreto incluso ante los tipos con los que debía hablar en mis comunicaciones. El enemigo debería seguir creyendo que tenía a su topo en el planeta. Sólo si el enemigo creía que yo era uno de los suyos, yo mismo estaría a salvo, y al cabo de los años correspondientes el planeta sería para mi bando, no para el suyo.

La mejor forma de que el detector de mentiras no me delatase sería que yo mismo olvidase toda la misión, y que llenase de pistas falsas todas mis acciones para que no pudiera volver a descubrirlo en ningún caso.

¡Brillante!

Salvo porque lo he descubierto.

Conclusión 6

Estoy nervioso. Hoy volveré a tener una comunicación con la estación. Ya han pasado tres meses desde la comunicación anterior. Si me piden utilizar el detector de mentiras, podría delatarme y echar mi misión de contraespionaje al traste.

Para calmarme, antes de iniciar la comunicación he consumido aquella planta. Mucha cantidad.

Explico a la gente de la estación que la actividad sigue sin novedad. Una hora después, me piden que me ponga el detector de mentiras. Mi pulso se acelera.

Pero entonces me pongo alerta. Algo me está pareciendo extraño.

Antes de contestarles, decido visionar nuestra comunicación anterior, grabada hace tres meses. En particular, quiero volver a ver el momento en que me pidieron que me conectase al detector de mentiras.

En aquella ocasión, otra persona me pidió que utilizase el detector de mentiras. Pero la  gesticulación del tipo de entonces y la del tipo de ahora son idénticas. Completamente idénticas. Ambos se desplazan hacia delante en el mismo momento… se tocan la nariz en el mismo momento… usan las mismas palabras… en incluso se traban en una palabra de la misma forma.

¡No estoy hablando con personas, sino con imágenes generadas por ordenador! ¿Es esto realmente un intercomunicador?

Desmonto el intercomunicador y descubro que no lo es. Es una simple pantalla de ordenador programada para generar imágenes tridimensionales que me hagan creer que hablo con alguien, cuando en realidad siempre he hablado con un programa de acuerdo con un guión. El programa dejaba pasar una hora para responder, simplemente para que pareciera que estaba teniendo lugar una comunicación a larga distancia.

¿Qué demonios está ocurriendo aquí?

Harto de no entender, harto de que el destino haya vuelto a tomarme el pelo, cojo una pala e, iracundo, comienzo a golpear un tabique. Llego a hacer un agujero en la pared de ladrillo. Estoy desesperado.

Entonces me fijo en los restos de ladrillo que han caído al suelo. Algunas piezas conservan el logotipo del fabricante. Leo “Red nacional de correccionales de exilio”.

¿Correccional de exilio?

Maldita sea, comienzo a comprender.

No estoy aquí para guardar un planeta, ni para suplantar a un guardián, ni para suplantar al suplantador de un guardián. Estoy aquí exiliado como cumplimiento de una condena. Todo este planeta es mi cárcel.

¿Por qué todo este teatro? ¿Por qué todas estas pistas falsas, esta película de espías?

Me enfundo en el traje espacial y salgo de la base. Miro a mi alrededor.

Ya sé por qué. No se exilia a quien va a estar unos años exiliado. El viaje es demasiado caro. Los exilios planetarios sólo se llevan a cabo en las condenas a cadena perpetua no revisables. Voy a estar aquí para siempre.

Me estremece la idea. Me hace desesperar.

Creo que lo comprendo. Esta idea también me hizo desesperar antes de borrarme la memoria. Por eso urdí un plan para hacerme creer que estaba aquí solo temporalmente, y que algún día saldría de aquí. Hice todo esto para volver a sentir esperanza.

Tenía todo el tiempo del mundo para planificarlo, así que comprendo que me saliera tan bien.

Lo que no comprendo es lo del asesinato.

Observo la pistola de mi traje. La abro y compruebo que es una pistola de bengalas. Entonces me doy cuenta de que eso no importa, pues hace tiempo descubrí que cometí aquel asesinato con una barra metálica, no con la pistola.

Regreso al fondo del acantilado. Quiero volver a ver aquel cuerpo.

Abro el casco. La carne putrefacta del interior del casco es nauseabunda. Con los guantes, comienzo a retirar la carne del interior casco. Observo que detrás de la carne no hay hueso. No hay nada. Todo es carne.

Observo la carne. Me doy cuenta de que es la carne sintética que produce la cocina de la base.

Nunca hubo ningún asesinato.

Así que realmente usé mi traje de repuesto para simular un asesinato y para preparar mi colosal teatro por capas. En algún momento del pasado, decidí que hacerme creer que estaba aquí como guardián solitario no bastaría. Sería lógico pensar que no se asignaría a una persona sola para este tipo de misiones por temor a que enloqueciera, así que me inventé que tendría que tener un compañero de misión para que toda la historia fuera plausible. Pero habría que justificar la ausencia de dicho compañero de alguna manera. Así que se me ocurrió que le había matado. Y me inventé un motivo. Y por si algún día descubría que ese motivo era falso, me inventé otro motivo, y así sucesivamente. Un crimen pasional, una historia de espías, o incluso una historia de contraespías (puede que lo del asesinato por drogadicción ni siquiera hubiera sido preparado). Vaya follón monté.

Supongo que, para justificar el plan de los espías, poco antes de borrarme la memoria quemé la vegetación alrededor de la nave que me trajo a este planeta hace no sé cuántos años. Así daría verosimilitud a que había habido un aterrizaje hacía poco tiempo.

Entiendo que esta base no tendría originalmente dos dormitorios. Si no iba a haber compañeros de misión, ni tampoco relevos de misión que tuvieran que convivir temporalmente, si iba a estar yo solo recluido aquí para siempre, ¿para qué poner dos habitaciones en la base? Entro en el complejo y compruebo las actividades registradas en las máquinas de construcción y reparación que hay en el salón. Descubro que, durante los dos o tres meses anteriores a mi borrado de memoria, dichos artilugios registraron una actividad febril. Claro, yo mismo construí la segunda habitación, su básico mobiliario y su rudimentario ordenador para dar credibilidad a todo mi plan. Construí el hábitat de un compañero imaginario para hacerme creer que tal compañero existió. La presencia de mi traje espacial de repuesto ayudaría a hacer más verosímil que aquí vivían dos personas.

Pero en realidad siempre he estado solo. Y voy a estar solo aquí hasta que muera.

Salgo de nuevo al exterior y cojo muchas plantas moradas. Al regresar a la base como muchas, muchísimas.

Conclusión 7

Hace días que no hago más que consumir plantas moradas. Decido huir de la realidad que me rodea. Podría volver a preparar todo el teatro otra vez para volver a permitirme vivir unos meses de esperanza, pero no tengo fuerzas para ello. Volvería a descubrir la verdad, es cuestión de tiempo. Y tengo mucho tiempo.

Mi constante consumo de opniuj me sume en un permanente estado de trance. Me da igual. Es mejor así. Tampoco sería malo morir pronto.

Recojo plantas. Siempre recojo plantas. Siento que las plantas son mis amigas. Las plantas moradas me quieren.

Creo que me hablan. Yo les respondo que, tras haber descubierto la verdad hasta seis veces en los últimos meses, y haber descubierto después que estaba equivocado en otras cinco ocasiones, ya no me creo nada.

Ellas me dicen que haga un esfuerzo, que esta vez es la buena.

Me dicen que no soy un convicto. Que soy un explorador que llegué solo a este planeta. Me enseñan una fotografía de la nave nodriza de la que partí con mi pequeña nave para explorar este planeta. Maldita sea, creo que recuerdo aquello.

Las plantas me dicen que, cuando aterricé, ellas quedaron fascinadas por mi forma de pensar y que usaron mis recuerdos para crear la base y todo lo demás. Querían someter a mi mente a pruebas y ver cómo razonaba.

Dicen que han quedado maravilladas por mi capacidad para discurrir, y que quieren ver más. Dicen que dentro de un rato me mostrarán que tampoco soy un explorador, y que me presentarán nuevas pistas para ver a dónde soy capaz de llegar esta vez.

Les pido que dejen de torturarme y de volverme loco.

Les imploro que me dejen en paz.

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8 respuestas a Conclusiones

  1. Yohana dijo:

    Menos mal que de pequeño no torturabas a tus playmovil. Ahora sin duda debes de estar desquitándote.
    El cuento está muy bien, aunque en ocasiones es algo angustioso. Me he fijado que tu estilo literario ha mejorado bastante al añadir pequeños detalles y que no has perdido tu toque, porque lo he leído con avidez para ver qué es lo que pasaba al final realmente.
    El final me ha parecido correcto y adecuado. Bastante coherente con la historia, a pesar que sigues sin dar respuestas sobre el origen del protagonista, (¿lo dejas a la imaginación del lector?) y de que a mí no me gustan las plantitas esas.(¿por qué tienen que poner a prueba al personaje?). Supongo que también hay un componente de culpa del propio protagonista, al volverse un adicto.

    • Isma dijo:

      Efectivamente, dejo el final abierto a que haya aún más “conclusiones”. La séptima conclusión (“unas extrañas plantas inteligentes someten al protagonista a situaciones hipotéticas para estudiarle”) deja abierta la posibilidad a que después vengan muchas más (“las plantas inducen las situaciones alternativas”), pero ni siquiera tiene por qué ser la correcta; lo de las plantas podría ser otra mentira (por ejemplo, una alucinación de un adicto). Quería dar a entender al lector que podríamos seguir jugando al mismo juego de conclusiones auto-excluyentes el tiempo que hiciera falta, que podría seguir confundiéndole consistentemente todo lo que quisiera. Quería que el lector pensase un poco sobre la “verdad”, y lo relativa que puede llegar a ser…

      Desde que de leí la trilogía de La Fundación de adolescente, de Asimov, me obsesionó la idea de crear historias donde se presenta un final satisfactorio, y luego otro final verdadero. En “Segunda Fundación” (final de la trilogía) hay dos finales consecutivos así (¡muy brillantes, por cierto!). Como reto, me propuse que “Pedrícese el mundo” tuviera más pseudo-finales aún: la novela podría haber terminado cuando acaba la guerra, y también podría haber terminado en el siguiente capítulo, y también en el siguiente, etc, y así hasta el epílogo. De hecho, hay casi tantas páginas en “capítulos-final” como en todos los demás capítulos. 🙂 Pero nunca había inventado una historia con siete “finales” consecutivos. Si hay muchas historias donde lo mejor es el final, ¿por qué no escribir una donde toda la historia sean finales? Es lo que pretendía con este cuento. 😉

  2. Yohana dijo:

    Pobre hombre consumido por sus propias adicciones.Pero ¿que debería hacer ante sus propios descubrimientos? (eso me gustaría saberlo)¿debe tomarlo como una confesión de sus actos? ¿como una declaración de sus intenciones?. La respuesta es distinta, pero no necesariamente mala.

    El protagonista no llega a saber como termina encontrándose exiliado en ese planeta, pero el caso es que ahí esta, y no tiene salida, nadie le va a ayudar.
    Haga lo que haga, esta mal: si hace algo, malo. Conclusión errónea; si lo medita razonadamente (¿dónde queda la navaja de Ockham?) malo, conclusión errónea. Si no hace nada, la cosa no se acaba, aunque parecía que sí.

    Es cierto, la verdad es relativa. Todo es relativo. (¿no lo decía Einstein?). Aceptar ese concepto es algo complejo. Seguro que para el protagonista, tirado en el suelo consumiendo sus plantas compulsivamente, eso no es un consuelo.

    • Isma dijo:

      No llegar nunca a ninguna conclusión correcta, y ser consciente de que nunca lo harás, es una sensación muy angustiosa. No hay nada que genere más inseguridad que equivocarse una y otra vez sin remedio, sin acertar jamás.

      Las personas necesitamos dar explicaciones a todo. Da igual que no tengamos una explicación buena: necesitamos alguna explicación. Hace miles de años, cuando los humanos veían rayos en el cielo, tenían que inventarse algo que lo explicara: espíritus, dioses, lo que sea. Quizás la religión sea, en realidad, una especie de protociencia: es la explicación que damos a las cosas cuando todavía no tenemos ninguna explicación buena, pues preferimos una explicación ingenua o tonta que ninguna explicación. Nuestra desmesurada racionalidad, nuestra necesidad de entender todas las cosas, es la que nos lleva a abrazar fanáticamente explicaciones irracionales cuando no tenemos otras mejores: no admitimos que haya cabos sueltos. Si los perros no hacen tonterías irracionales como bailar la danza de la lluvia para que llueva, es porque no son racionales. Curiosa contradicción, ¿verdad? Quizás los humanos hayamos alcanzado el nivel de racionalidad óptimo. Con más racionalidad, seríamos incapaces de sobrellevar no tener todavía algunas respuestas, y abrazaríamos las explicaciones irracionales con más ahínco aún para evitar el abismo de nuestro desconocimiento. Con menos racionalidad, simplemente no tendríamos necesidad de explicar las cosas y no aprenderíamos. Así que quizás hayamos llegado al final de la evolución de la racionalidad.

      Sospecho que el protagonista de la historia acabaría, finalmente, por claudicar. ¿Asesino pasional? ¿liante para entretenerse? ¿adicto? ¿espía? ¿contraespía? ¿recluso? ¿explorador? ¿simplemente colocado? ¡basta! Finalmente renunciaría a usar la razón y comenzaría a adorar a las plantas, o al planeta, o a todo el universo, o incluso a sus uñas. Ante su impotencia, cambiaría la ciencia por la protociencia. Hace tiempo escribí un microrrelato para describir ese proceso de rendición racional, algún día lo colgaré.

  3. Yohana dijo:

    En fin…
    Una respuesta muy ambigua. La curiosidad del ser humano no es algo malo. A veces, simplemente se tarda más en encontrar una explicación óptima, pero los humanos no dejaran de buscarla, aunque sean conscientes de que quizás una explicación distinta haga que cambien todos sus planteamientos. ¿que sería si no de las universidades o centros de investigación?. Y mientras tanto, los humanos hacen la danza de la lluvia por si acaso mientras los perros roen los restos de la comida que tan aplicadamente han conseguido sus amos, los humanos.
    Efectivamente, se pueden decir muchas cosas que no necesariamente tienen que ser ciertas; creo que el propio Newton decía otras lindezas aparte de que las manzanas caían hacia abajo.
    Pero algún día llega un loco diciendo que qué llueva depende de que dos masas de aire húmedo a distinta temperatura se encuentren. Los demás probablemente no le harán caso. Vaya estupidez. Pero solo hace falta que haya unas pocas más personas que piensen que igual el loco tiene algo de razón y con unos pocos años más de evolución, un lumbreras termina descubriendo los aviones, y otro, el yoduro de plata. Pero el pobre loco ya estaba condenado desde el principio.
    Pero que se le va a hacer, la historia nunca recuerda a los que no aciertan.

  4. Yohana dijo:

    Y por cierto, tampoco es malo ser agradecido. A lo mejor los antiguos, que no eran tontos en absoluto, sabían perfectamente que no podían controlar, ni tener a su disposición la lluvia, o el sol, a pesar de que seguro que les hubiera gustado. Pero sabían lo que estos elementos significaban para ellos: la vida.

    • Isma dijo:

      Por supuesto, no critico en absoluto nuestra necesidad de dar siempre alguna explicación a todo, yo mismo tengo también esa manía. 🙂 La religión ha sido muchas veces el primer paso del método científico: dar una primera respuesta permite muchas veces crear después una segunda respuesta mejor. Por ejemplo, cuando las religiones eran politeístas, las explicaciones podían ser malas, pero no importaba: los rayos salen por deseo del dios del rayo, el cereal crece porque lo dice el dios del cereal, etc. La transición al monoteísmo fue crucial para el avance científico: el rayo no sale por capricho del dios del rayo, sino que el rayo sale porque Dios ha creado unas leyes que los gobiernan. Las cosas no caen al suelo porque la diosa Gea las quiera para ella, sino porque Dios ha inventado unas leyes que dicen por qué ocurre. ¡Descubramos esas “leyes de Dios”, es decir, descubramos la Ciencia! Es un gran cambio de mentalidad, ¿no? La ciencia avanzó a medida que la divinidad perdía “competencias” y “sustituía” sus caprichos divinos por leyes. Incluso la religión introdujo, por sí misma, conceptos que revolucionaron la ciencia. Por ejemplo, una integral es una operación matemática donde sumamos infinitos pedazos infinitamente pequeños, pero el resultado no es necesariamente ni 0 ni infinito. Probablemente, las discusiones teológicas medievales sobre el infinito (“¿puede Dios crear una piedra tan grande que no la pueda mover?”, etc) moldearon las cabezas de los que, siglos después, crearon el cálculo infinitesimal. 🙂

      Podemos vivir en un mundo con malas explicaciones. Lo que no podemos es vivir en un mundo sin explicaciones.

  5. Yohana dijo:

    Pero tienes toda la razón. Simplemente, no hay respuestas.

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