Siempre contigo

Oí abrirse la puerta. Eras tú. Noté algo diferente en tu rostro. Sonreías.

-¿No ibas a estar de viaje durante toda la semana?

-Se ha cancelado. Quería volver contigo. Por cierto, quiero contarte algo muy importante.

-Dime.

Fue entonces cuando me lo contaste. No todos los días te cuentan que tu novio tiene dos hijos de una relación anterior.

Por supuesto, me enfadé. Después de ocho meses de relación y tres viviendo juntos, pensaba que era el tipo de cosas que tendría que saber ya de ti.

Tras mucho insistir, finalmente me convenciste de que te perdonase por no haberme dicho nada hasta ahora. Me propusiste presentármelos. Acepté.

Aquel encuentro con tus hijos fue extraño. El pequeño, de tres años, era una ricura. Respecto al mayor, de doce, su reacción al verme fue difícil de describir. Me miraba fija y constantemente con sus ojos abiertos como platos, como si yo fuera una extraterrestre. Pensé que ese niño tenía algo raro.

Los siguientes días estuviste simpatiquísimo conmigo. A pesar de nuestro desencuentro inicial, fueron maravillosos. Recuerdo que fue uno de esos días cuando me regalaste mi colgante, esta baratija con nuestros nombres inscritos de la que nunca me he desprendido desde entonces.

Pero apenas unos días después cambiaste. Empezó tu locura. Cierto día, poco después de que entraras a casa, te hablé de las cosas que habíamos hecho durante los últimos días. Sorprendentemente, parecías no recordar nada. Decías que realmente te habías ido de viaje y que acababas de volver en ese momento.

Aquella noche fue rara. Cada uno decía al otro que debía recibir tratamiento porque probablemente se había vuelto loco. Te hablé del día en que me presentaste a tus hijos. Me dijiste que simplemente no tenías hijos. También te enseñé el colgante que me habías regalado. No lo reconociste, dijiste que me lo habría comprado yo. Nada tenía sentido. Discutimos.

La situación fue tensa hasta que unos días después volviste a irte a otro de tus viajes de trabajo, que supuestamente te tendría fuera una semana. No sabía cómo serían las cosas cuando volvieras.

Sin embargo, volviste a presentarte en casa apenas unas horas después de irte. Venías con tus hijos. Me dijiste que el viaje se había suspendido y que habías aprovechado para recoger a tus hijos. Volvías a estar amabilísimo conmigo, como si nunca hubiéramos discutido. Volví a notar algo diferente en tu rostro, como si hubieras trabajado mucho últimamente, pero no te recordaba así cuando saliste por la puerta.

De nuevo, los días siguientes fueron maravillosos. Cada vez traías más a tus hijos a casa, y poco a poco fui acostumbrándome a ellos.

Pero aquello duró poco. Unos días después, cuando entraste en casa, volviste a decir que en realidad regresabas de un viaje de una semana. Volviste a no recordar nada de los últimos días que habíamos pasado juntos. Negabas que hubieras estado en casa y ni siquiera admitías la existencia de tus hijos. Volvimos a discutir y a llamarnos loco el uno al otro.

Continuamos instalados en esta extraña rutina durante meses. Cada vez que volvías de un supuesto viaje, que obviamente no había tenido lugar porque habías estado conmigo, tu rostro volvía a estar pletórico, pero tu espíritu enloquecía, no recordabas nada y me gritabas. Llegué a preguntarme si utilizabas algún tipo de cosmético que te estaba afectando al cerebro. Por tu parte, tú no dejabas de llamarme loca, decías que me inventaba amigos imaginarios. Nuestras discusiones se oían en toda la planta del edificio, y más de una vez nuestro vecino de planta, aquel señor tan mayor y tan amable, llamó a la puerta preocupado, intentando mediar. Incluso hubo algunas veces en que, cuando su hijo estaba de visita en su casa, se presentaban ambos en nuestra puerta ante nuestros gritos, siempre con rostros compungidos, tratando de evitar la disputa.

En realidad, sólo nuestras fogosas reconciliaciones conseguían que nos aguantásemos mutuamente durante esos días. Pero los momentos posteriores al sexo eran extraños: sabíamos que el otro seguía creyendo su propia versión totalmente incompatible con la otra. Seguíamos creyendo que el otro estaba loco, así que evitábamos hablar para volver a discutir. No te sale discutir con quien acabas de hacer el amor. Al menos, no inmediatamente.

Cada vez que te ibas de viaje, volvías de repente al cabo de unas horas, con tu rostro cada vez más curtido pero con tu alma más amable y cariñosa, y hacías como si jamás hubiéramos discutido. Volvía a ver a tus hijos, a esas pobres criaturas de las que renegabas en tus momentos malos. Les tomé verdadero cariño, y tras unos meses se atrevieron a empezar a llamarme mamá. Se les veía faltos de cariño por parte de su propia madre. Los pobres habrían llamado mamá a cualquier mujer adulta que les hubiera tratado como yo lo hacía.

Tu otra personalidad, la que volvía de los viajes, aumentó su paranoia. Un día me confesaste que, viendo que alguien usaba tu ropa y tus cosas en tu ausencia, contratase a un detective privado para que vigilase nuestra casa. No obstante, admitiste que el detective no vio entrar en casa a nadie que no fueras tú mismo. Incluso mandaste analizar restos de pelo en la casa para demostrar que tenía un amante. Todos los restos que encontraste en la casa eran tuyos o míos, salvo unos pocos que, según los tipos de la clínica de análisis genéticos, eran de un familiar directo tuyo. ¡Por supuesto, eran de tus hijos, tal y como te decía una y otra vez sin que me escucharas! ¡Tus hijos! ¡Tenías que reconocerlos, maldita sea!

Cierto día, hablando con tu yo amable, el que siempre volvía cancelando sus viajes, el que tenía el rostro cada vez más envejecido, me revelaste que tu padre era, en realidad, uno de mis compañeros de trabajo. Se trataba de un tipo con barba y gafas, muy afable, al que le faltarían un par de años para jubilarse. Llevaba años coincidiendo con aquel tipo en el descanso para el café, y de hecho solíamos charlar. ¡Menuda sorpresa! Él mismo me lo pudo confirmar al día siguiente en la hora del café, cuando le pregunté por su familia. Se mostró muy gratamente sorprendido de que yo fuera aquella novia de la que su hijo le hablaba.

Pero, tal y como me imaginaba, la siguiente vez que “volviste” de viaje negaste que tu padre fuera tal persona, e incluso negaste que tu padre viviera en la ciudad. Decididamente, vivíamos en realidades paralelas. Tuvimos más discusiones y más reconciliaciones.

Quedarme embarazada desató la euforia de tu personalidad amable, que por aquel entonces ya aparentaba unos diez años más que la otra. Tu otra personalidad también se ilusionó, y esto sirvió para rebajar el nivel y la frecuencia de nuestras discusiones. Llegamos a un punto en que los dos aparentamos aceptar la locura del otro y evitábamos cualquier tema de conversación que la recordase. Cuando “volvías” de tus viajes, ninguno de los dos comentaba los días anteriores. Sabíamos que, si lo hacíamos, volveríamos a discutir.

Siempre ocurría que, horas después de irte a cada viaje, regresaba tu yo algo envejecido y maravilloso. Tus hijos se entusiasmaron cuando mi tripa empezó a ser visible. Se pasaban el rato acariciándomela, especialmente el mayor. El chico miraba a su hermano y, volviendo su mirada hacia ti, te decía que se acordaba de todo. Era bonito ver el entrañable recuerdo parecía tener de cuando su madre se quedó embarazada de su hermano pequeño.

El día del parto ocurrió en una de tus fases de aspecto juvenil en las que me tomabas por loca. No obstante, me trataste muy bien. Hacía tiempo que evitábamos totalmente cualquier tema de conversación que nos hiciese discutir. Aquel día era importante y nada podía estropearlo. Tras un parto sin complicaciones pero agotador, conociste a tu bebé.

En tu siguiente viaje, tu yo algo envejecido se volcó con su nuevo hijo. Tus otros dos hijos recibieron con entusiasmo a su hermano, especialmente el mayor, que era capaz de estar largos ratos contemplándolo sin decir nada.

Un día, mirando al bebé y a tus otros dos hijos, no pude contenerme.

-Antonio, dime la verdad –conseguí articular al fin.

-¿Qué quieres decir? –respondiste.

-El bebé no se parece mucho a sus dos hermanos. Esa no es la palabra apropiada.

Callaste.

-No se parece mucho –volví a hablar – porque, de hecho, el bebé es ellos. Los tres son la misma persona exactamente.

Seguías en silencio.

-Y el mayor de los tres lo sabe –continué-. Sabe que se mira a sí mismo cuando mira a su supuesto hermano de cuatro años o cuando mira al bebé.

Tu rostro se transfiguró. No esperabas que me diera cuenta. Subestimaste la capacidad de una madre para reconocer a sus hijos.

-Explícamelo todo, Antonio. La maquinita esa que estabais haciendo en tu empresa… ésa que por la que tanto tenías que viajar a los laboratorios y a las fábricas… funcionó finalmente, ¿verdad?

Inicialmente no lograste articular palabra. Poco después, por fin hablaste.

-Vale, creo que debes saber la verdad –admitiste finalmente -. La máquina funcionará.

Ahora todo cuadraba en mi mente.

-¿Cuántos años más tienes?

-Cuando vine por primera vez, hace año y medio, tenía tres años más. Ahora tengo doce años de más. Todo este tiempo he estado yendo y viniendo desde mi tiempo hasta aquí. No puedo quedarme aquí porque tengo que pasar tiempo allí, en el futuro. Es su verdadero tiempo –dijiste mientras señalabas al bebé, y luego a los otros dos chicos-, no puedo robarle su tiempo. No puedo permitirme envejecer aquí, le debo a él mi tiempo de juventud, y su verdadero tiempo es aquél. Pero cada dos o tres meses allí vuelvo aquí, donde sólo han pasado una o dos semanas. No puedo evitarlo. A veces me voy a sus respectivos tiempos –dijiste mientras señalabas al chico de trece años y al niño de cuatro- y me los traigo para que te vean.

Guardé silencio.

-¿Por qué? ¿Tan mal envejeceré? ¿Tan fea seré en el futuro –dije entre risas nerviosas-, como para que tengas volver tanto para recordarme joven? ¿Por qué no te quedas en el futuro, envejeciendo conmigo?

Miraste al suelo. Entonces sentí una punzada en el corazón. Fui incapaz de articular palabra.

-Ya te has dado cuenta… -dijiste por fin-. Solo aquí estás. Allí nos dejaste. Quería volver a verte. Y ellos… quiero decir, él merecía volver a verte.

-¿Cu… cuándo ocurrirá?

Me tapaste la boca con la mano.

-No… Dejémoslo en que aquella máquina funcionará un par de años después de… no, es mejor que no lo sepas.

Mi hijo de trece años se acercó para abrazarme. Su versión de cuatro años se sentía confuso. Su versión de bebé seguía feliz en su cuna.

-¡Cuánto te eché de menos cuando nos dejaste…! ¡Cuánto…! -dijiste mientras me acariciabas la cara-. No podía evitar hacer todo lo posible para volver a verte. ¡No podía! Al poco de que lográsemos hacer funcionar aquella máquina, recordé y lamenté todo el tiempo que había pasado durante los años anteriores sin ti por culpa de mis viajes de trabajo, todo el tiempo que perdí sin pasar tiempo contigo. Recordé también lo que siempre creí que fue tu locura, todas aquellas historias que me decías de que yo volvía poco después de irme y me quedaba contigo. Por aquel entonces yo pensaba que todo aquello era un truco de tu mente para hacerte olvidar que te encontrabas sola. Nunca lo admití, pero en esa época me sentía culpable porque creía que era mi actitud, mi tendencia a dejarte tanto tiempo sola, lo que te había vuelto loca. Pensaba que esos supuestos hijos míos de los que me hablabas eran tu proyección del deseo de tener hijos, de no sentirte sola… Recuerdo también que, durante algún tiempo, me planteé que quizás la explicación fuera más simple y que tuvieras un amante, pues mis cosas siempre estaban desordenadas cuando volvía de mis viajes de trabajo. Cuando el detective me dijo que sólo yo entraba en casa, pero que había restos genéticos de alguien que parecía un familiar directo mío, pensé que la cosa simplemente no tenía sentido, pues ni siquiera tengo hermanos. Pero años más tarde… cuando ya no estabas con nosotros… cuando por fin logramos que aquella máquina funcionase… recordé todo aquello y descubrí que todo cuadraba. No sólo podía hacerlo: iba a hacerlo. Era mucho más plausible que lo hiciera y que todo fuera el resultado de que lo iba a hacer, a que simplemente todo hubiera sido fruto de tu locura. Tenía mucho más sentido que aquel misterioso visitante siempre hubiera sido yo mismo, a que la explicación hubiera sido cualquier otra.

Me sentía aturdida ante lo que me decías. Seguiste hablando.

-Decidí que me presentaría en tu tiempo cada vez que mi yo de tu tiempo se fuera de viaje. Literalmente, aprovecharía el tiempo perdido. Me di cuenta de que, cada vez que me presentase en casa y te dijera que el viaje se había cancelado, sólo podrías creerme mientras yo no fuera mucho más viejo que mi yo de tu época. Sólo podría presentarme como yo mismo hasta una determinada edad. Sé que, cuando tenga más edad, ya no podré presentarme como yo mismo. Me tendré que limitar a tenerte cerca y a mirarte. Si piensas un poco, sabrás de quién estoy hablando.

Entonces recordé a mi compañero de trabajo, aquel tipo que estaba a punto de jubilarse.

-¡Mi compañero de trabajo, el que dices que es tu padre!

-Efectivamente, no es mi padre. Seré yo. Y más adelante seré el anciano que ahora tienes como vecino en la puerta de enfrente. Cuando nuestro hijo sea mayor y ya no me necesite constantemente a su lado, empezaré a vivir en este tiempo permanentemente para seguir estando junto a ti. Siempre contigo.

Me llevé la mano a la boca.

-Entonces –logré articular- el hijo del vecino, aquel hombre que viene a veces a visitarle, es… -dije mientras miraba a la cuna, luego al niño de cuatro años, y luego al de trece.

-Efectivamente.

No pude contener mis lágrimas. Me abracé al chico de trece años, que ya no podía ocultar su propia emoción. Luego me abracé a ti.

-¿Cómo moriré? –logré articular por fin.

-No es bueno que te hayas enterado. Cuánto menos sepas, mejor. Sólo sé que no puede evitarse. Lo intenté, muchos yos lo intentamos. No pudimos, no podremos. La línea del tiempo es única, el futuro es consecuencia del pasado y, desde que aquellas máquinas entrarán o entraron en juego, el pasado también es consecuencia del futuro. No se puede cambiar. Por ejemplo, no puedo viajar al pasado y matar a mi madre antes de concebirme, pues entonces yo no habría nacido y no podría haber llegado a viajar al pasado para asesinarla. Si viajo desde el futuro al pasado, al llegar al pasado sólo podré hacer cosas que de hecho den lugar al futuro del que efectivamente procedo. Sólo hay una línea temporal en la que el futuro es consecuencia consistente del pasado y el pasado es consecuencia consistente del futuro. Me temo que lo de ir al pasado para cambiarlo y crear líneas temporales alternativas es sólo cosas de las películas. No funciona así.

Medité sobre aquello. Tenía que prepararme.

Al día siguiente, al llegar la hora del café en el trabajo, esperé a quedarme sola con tu yo mayor que estaba a punto de jubilarse, tu yo de sesenta y pico años al que había tomado por tu padre. Sin mediar palabra, te dije que me acompañases a los baños de la empresa. Allí comencé a besarte y cerramos con llave. Llorabas de alegría.

Aquel día me despedí del trabajo.

Al volver a casa, llamé a la puerta del vecino. Saliste anciano, leal y enamorado como siempre. Te besé en la boca. Nunca he visto un rostro de mayor felicidad en un ser humano.

Entonces sacaste un colgante de tu bolsillo. Era igual que el que llevaba puesto yo misma desde que me lo regalaste tanto tiempo atrás.

-No es igual, es el mismo -dijiste con tu voz quebrada por la edad-. Lo guardé cuando nos dejaste, y desde entonces lo he tenido siempre conmigo.

Me llevé la mano al cuello para tocar mi propio colgante. Mientras tanto, tu mano nudosa y arrugada mostraba, extendida, el otro colgante.

-Estará conmigo hasta el día en que yo mismo muera –continuaste-. Ese día, mi yo más joven vendrá y lo tomará para regalártelo a ti el día recuerdas que él te lo regaló. Fue así como llegó a ti, así que procedía del futuro. Pero, en el futuro, yo lo tendré porque tú lo tuviste. Así que en el pasado procede del futuro, y en el futuro procede del pasado. Nunca fue forjado y nunca será destruido. Es tan eterno como nosotros -dijiste mientras me cogías la mano.

Me emocioné mientras miraba mi propio colgante, que era el mismo que el que tú sostenías en tu mano aunque unos años más viejo… o unos años más joven, según se mirase.

-¿Cómo es posible que tenga nuestros nombres inscritos?

Te encogiste de hombros.

-Supongo que, si no los hubiera tenido, no habría decidido regalártelo -respondiste.

No creo que las personas estemos hechas para entender la causalidad circular ni las cosas sin principio ni fin, así que simplemente decidí que no perdería el tiempo que me quedaba intentando entender aquello. Por el contrario, pasé las siguientes semanas tratando de aprovechar cada momento, cada segundo, contigo y con el niño (los niños). Salimos, reímos, hicimos pequeñas cosas que siempre había deseado, disfrutamos, nos amamos.

Esta mañana, una versión tuya apenas algo mayor que la que corresponde con este tiempo se presentó en casa y, acalorado, se empeñó en que me tomase una pastilla y en que nos fuéramos al hospital. Entonces, tu yo anciano salió del apartamento de enfrente y trató de frenar a tu yo más joven, diciéndole que sería inútil. No logró hacerle desistir.

Ya en la calle, nos encontramos con otro tú que cargaba con un desfibrilador. Otros tús más mayores se presentaron y trataron de convencer a los dos más jóvenes de que era inútil. Se sumaron a la escena más tús de diferentes edades.

Ahora me encuentro en el coche, yendo hacia el hospital acompañada por otros cuatro tús. Otros varios coches nos acompañan y tú vas en todos ellos. Comprendo que no has podido evitar volver una y otra vez a este momento.

Me encuentro rodeada por la persona que más me ha querido y me querrá jamás.

Sonrío. No podría estar más plena.

Admito mi destino. No tengo miedo.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en ciencia ficción media, cuento y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

11 respuestas a Siempre contigo

  1. Yohana dijo:

    Me has impresionado. Me encanta.
    Es uno de los cuentos más bonitos que he leído nunca. Creo que deberías mandar este a un concurso.
    Y no has podido evitar introducir ese elemento cíclico que te gusta tanto.
    Es perfecto.

    • Isma dijo:

      Me alegro mucho de que te haya gustado. 🙂 No puedo negar que esta historia es heredera de la visión sobre los viajes en el tiempo de Heinlein (Por sus propios medios, Todos vosotros zombies). Pero, mientras que las historias de Heinlein explotan el asombro ante la causalidad cíclica y que todo cuadre como un puzle, pensé que el viaje en el tiempo podía ponerse al servicio de una historia emotiva. El viaje en el tiempo da la oportunidad de volver a ver al ser querido (metáfora de cómo las personas del mundo real se torturan cada vez que recuerdan a su ser querido perdido para siempre). Además, aplicar aquí la visión heinleiniana de “una única línea temporal” (vs “varias líneas”) sirve para dar un aire fatalista melancólico: la muerte del ser querido es inevitable; ella morirá porque él ya lo vio en el futuro.

      En una primera versión, no estaba lo del colgante. Entonces recordé lo efectivos que son los objetos simbólicos para evocar el paso del tiempo (e.g. el yoyó que Nacho recibe al principio de “El cumpleaños de Nacho” y que vuelve a usar al final, de viejo). Inicialmente no quería introducir un colgante de existencia circular, pues sería retorcido. Ésta debía ser una historia bonita, no friki. Pero luego vi que el colgante serviría de símbolo de amor eterno a pesar de la muerte: el colgante es eterno (no tiene principio ni final) y resulta tan difícil de explicar como el propio amor; pero, sin embargo, ella no es eterna y morirá. Así que el amor de ambos va más allá de la vida. Esto me hizo decidirme por meterlo en la historia.

      Quizás me la he jugado un poco con los momentos “gerontófilos” de la historia: una joven se lo monta con su pareja con sesenta y pico años, y luego besa en la boca a su pareja con ochenta. Espero que haya pesado más la emotividad del momento que la extrañeza ante besar a un anciano en la boca: es su chico, pero envejecido por haber pasado una y otra vez su tiempo lealmente cerca de ella. Eso sí, reconozco que el punto provocador de la escena (amor en el filo de lo convencional) me gusta.

      Por cierto, mi primera idea fue que, en lugar de un hombre volviendo para pasar tiempo con su mujer antes de que muriera, fuera una madre la que volviera para pasar más tiempo con su hijo antes de que muriera. Daría juego para crear varias escenas extrañas pero emotivas: El niño pasaría sus cumpleaños rodeado de decenas de versiones de su madre en diferentes edades sin que entienda nada (“son tus tías-abuelas del pueblo”); y, el día que fuera a morir el niño, también habría decenas de ellas tratando de protegerle sin éxito, etc. Finalmente, me decanté por la historia de amor actual. Lo de poder traerse al hijo de ambos desde el futuro, con diferentes edades, para que conociera a su madre antes de morir, decantó la balanza. 🙂

  2. Yohana dijo:

    Desde luego que pesan más los momentos emotivos que los gerontológicos.
    A mí me sigue pareciendo precioso.
    El detalle del colgante es ideal. Creo entender lo que quieres que signifique: una constante en medio de un mar de sucesiones y cambios, lo único que permanece eterno y que simboliza su amor. Sin embargo, hay una detallito que llevo pensando toda la mañana, y que no llego a entender ¿por qué un yo más joven iba a ver al yo anciano y transladarle el yo anciano el colgante, si este yo más joven ya debería poseer una versión más reciente (o más vieja, según se mire) del mismo colgante?. ¿No sería más lógico que este yo más joven recurriera a su propia versión del colgante?

    • Isma dijo:

      Así es, el colgante representa el amor inmutable y eterno.

      Lo que dices sobre el colgante es una observación muy buena. 🙂 Efectivamente, cada individuo joven podría darle a la protagonista su propio colgante, el colgante que guardó cuando ella murió, en lugar del colgante de su yo anciano. Sólo hay un pequeño detalle por el que esa opción no es la mejor: cada individuo joven quiere seguir teniendo el colgante hasta que él mismo sea anciano y muera, no quieren desahacerse de él. Así que cada individuo joven no da a la protagonista su propio colgante, sino el que pertenecía a su yo anciano cuando dicho anciano estaba a punto de morir. Así, tanto ella como él habrán tenido el colgante hasta su muerte: al morir él, pasa a ella, y al morir ella, pasa a él.

      Quizás debería hacer un cambio para explicar que el anciano tendrá el colgante hasta que él mismo muera, no hasta que, poco antes de morir, su yo más joven venga para pedírselo. Después de morir el anciano, su yo más joven lo tomaría para llevárselo a ella. Así, ambos lo tendrían hasta el mismo momento de sus respectivas muertes, lo que sería muy simbólico.

      ¡Muchas gracias por la observación! 🙂 En cuanto tenga un rato, lo cambiaré así (sólo habrá que cambiar unas pocas frases).

  3. Isma dijo:

    Ya está, acabo de corregirlo para que cada uno tenga el colgante hasta su respectiva muerte. Creo que así el objeto gana en simbolismo y mejora la emotividad de la escena. 🙂

  4. Yohana dijo:

    A lo mejor mi matiz era innecesario; tampoco es tan fácil de ver ¿no?…desde luego que queda más bonito así, porque él quiere conservar el símbolo de su amor hasta que muera. Y además, en algún momento el protagonista sabe cual será su destino, y le da igual.
    Es verdad que al blog no le venía mal un toque de vista femenino, pero a ver si vamos a estar perdiendo el masculino. Que conste que este comentario lo digo con todo mi cariño. Lo ideal es un equilibrio ¿no?. Me gustaría saber que piensan los demás.
    Aún así, sigo pensando que es el cuento más bonito que has escrito.

    • Isma dijo:

      La verdad es que, si empecé a pensar más en historias cercanas a lo femenino, fue porque tú me señalaste hace tiempo que me estaba pasando por el otro extremo. No en el sentido de “historias tipo Stevel Seagal” o “historias donde un guerrero invencible da espazados a todos los trolls y saltan mucha sangre verde y vísceras”, sino en el sentido de que, o bien no aparecían mujeres, o bien eran muy secundarias (aparecían sólo para que el protagonista masculino ligase), o bien estaban estereotipadas. Ahora pienso mis argumentos de manera más equilibrada. ¡Gracias! 🙂

      Tiene gracia… Había pensado que la próxima historia en colgar sería otra con prota femenina que me gustó bastante, pero la dejaré para algo más adelante. 🙂 Cambiaré radicalmente de temática, no debo pasarme ni por un lado ni por el otro.

  5. Yohana dijo:

    No quería dar la impresión de ser desagradecida, o incluso suspicaz. Lo siento si ha sido así. Tampoco era mi intención minimizar tus méritos en la complicada y bien ejecutada tarea de ponerte en el punto de vista de una chica. Yo he disfrutado mucho y me he sentido muy cómoda leyendo tus historias con un toque más femenino. Pero también me he criado viendo como los chicos se pelean, se lanzan crueles balonazos o se empujan entre ellos bailando Skap (incluso a veces con estudiados empujones hacía alguna chica).
    Lo que me ha hecho preguntarme si mi intervención no estaría desviando el equilibrio peculiar masculino-femenino, y a lo mejor es un desarrollo en el que tú te sientes más cómodo. Eso es solo lo que quería plantear.

    • Isma dijo:

      No te preocupes por influir en los temas sobre los que escribo. Tengo en cuenta todo lo que me decís (en el blog y en persona) para mejorar y acercarme al tipo de historias que gustan, y es evidente que aquellos que me consta que os leéis todo lo que escribo (tengo constancia directa de unos diez; lógicamente no sé nada de posibles lectores que no conozca) tenéis un peso especial en vuestras opiniones. En particular, como acabo de decir en un nuevo comentario a “Las conquistas del capitán Kuk”, te debo gran parte de mis fuerzas para mantener el blog, así que es evidente que tengo tus gustos muy en cuenta. Que conste que sigo escribiendo historias “personalísimas”, de esas que sé que no triunfarían aquí (como de hecho no lo hicieron otras similares), pero algunas de las nuevas historias que escribo proceden directamente de opiniones de los lectores más fieles. Si algún día lograse tener cierto éxito, tengo claro a quiénes tendría que agradecérselo. 🙂

      Cuando tenga lectores fieles que sean amantes de la violencia extrema e injustificada, podrán pedirme personalmente que la añada a las historias. Hasta entonces, creo que con la violencia psicópata de Pedro Martínez tuve suficiente durante un tiempo. 🙂

      Algún día me animaré a hacer lo siguiente: retaré a los lectores del blog a que me digan tres temas o palabras clave sobre los que quieran que escriba un cuento. Entonces tendré un tiempo pequeño (unos días) para idear y escribir un cuento que trate directamente (no de refilón) sobre esos temas. ¿Qué tal quedaría? Imagínate las combinaciones absurdas que podían salir: ¿”gnomos, armarios empotrados, la soledad”? ¿”drogas, luz solar, condones”? ¿”el primer amor, administración del Estado, chinchetas”? ¿”caballos, hielo, euribor”? Las posibilidades son infinitas. 😉

  6. Yohana dijo:

    De todas formas, gracias por el halago. Aunque deberías tener claro que cada uno hace lo que puede (o lo que cree que puede, todo es relativo). No desdeñes las pequeñas aportaciones. Puedes encontrar una gran ayuda en personas que no esperabas, por que tienen respeto a opinar, o por que creen que sus aportaciones no se tendrían en cuenta. (o porque no saben expresar bien sus ideas). Como ya dije, quizás eso en parte haya sido culpa mía.
    Aún así, me parece consistente la idea de que si en un año esto no mejora, deberías cambiar de táctica, que no abandonar. Aunque te revuelva, una forma más comercializada de publicitar tus cuentos, podría atraer a mas lectores (la publicidad es todo: puedes ser muy bueno, que si nadie te conoce….). A lo mejor si metes más matices en tus historias, más personajes, más detalles, y por tanto las haces un pelín más largas, puedes presentarselas a algún editor formal. Si mantienes tus planteamientos y desarrollos, y le sumas eso, obtienes algo muy comercial. Es solo una idea.

    Lo del reto me parece una buena idea. Je, je…`puedes intentarlo, a ver que pasa. A lo mejor hasta se anima alguien más. Pensaré mis tres palabras.

    • Isma dijo:

      Sí, decididamente necesitaré un cambio de estrategia si las visitas no remontan en unos meses… Por ejemplo, además de lo que dices, es bueno moverse por blogs de temática similar y comentar. Muchos blogs (literarios o de cualquier otro tema) han triunfado gracias a una intensa actividad de relaciones públicas. Antes o después, tendré que abandonar mi visión “solipsista” del blog, es decir, tendré que dejar de actuar como si sólo existiera este blog.

      Ojalá dispusiera de tiempo para hacer esas cosas. Pero entre el trabajo y los niños, no es tan fácil…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s