El aroma

Washington D.C., sede del FBI. 24 de febrero de 2022.

La sala de interrogatorios era pequeña y diáfana aunque, en contra del tópico, estaba suficientemente iluminada. Todavía olía a lejía por haber sido fregada media hora antes, pero también olía a sudor. A un lado de una sencilla mesa, el fiscal argumentaba su acusación. Se trataba de un hombre corpulento con barbilla puntiaguda. Sentado al otro extremo de la mesa, un tipo rechoncho con las cejas pobladas y un fino bigotito escuchaba en silencio.

-Señor Kupakri, lo tenemos todo –dijo el fiscal-. Sabemos que en 2001 su empresa de condimentos alimentarios registró el aromatizante de café E-847, y ese mismo año comenzó su producción. Señor Kupakri, usted sabía que el E-847 tiene un efecto inesperado sobre el consumidor. El E-847 es euforizante. Los componentes que incluye aumentan la sensación de seguridad en el consumidor y minimizan la percepción de los riesgos.

El fiscal pasó varias páginas de su pequeña libreta, chupándose antes el dedo para que corrieran bien. Continuó hablando mientras echaba esporádicos vistazos a sus notas en busca de algunos datos.

-Hacia 2003, su empresa suministraba su aromatizante a la mayoría de las empresas de café del mundo, y dichas marcas se comercializaban, en particular, en ciudades como Nueva York, Londres, Frankfurt o Shanghai, ciudades con algunas de las bolsas y centros financieros más importantes del mundo. Señor Kupakri, el 95% de los restaurantes en los alrededores de Wall Street servían cafés de marcas que utilizaban su aromatizante, y el 80% de las marcas de cafés vendidas en toda Nueva York lo utilizaban también. De hecho, su empresa había alcanzado cuotas de mercado similares en los restaurantes ubicados en las inmediaciones de las bolsas de primer orden de todo mundo.

El fiscal guardó su libreta, apoyó sus codos sobre la mesa y miró directamente a Kupakri.

-Señor Kupakri, usted sabe que las decisiones económicas de cualquier persona, y también las de brokers de bolsa, directivos de banco y gestores de fondos de inversión, se ven influidas por factores subjetivos, incluidos por supuesto la sensación del riesgo, que tanto disminuía su producto debido su efecto euforizante. Por ello, su producto ayudó a desencadenar una ola de euforia bursátil y una explosión de operaciones de inversión arriesgadas durante la primera década del siglo. De hecho, dada la implantación de su producto en la mayoría de las marcas de café consumidas en EEUU, el americano medio también se vio afectado por su producto. Su aromatizante aumentó su sensación de seguridad y redujo su percepción de riesgo en todas sus decisiones, incluyendo sus operaciones de compra de viviendas, lo que ayudó a disparar los precios inmobiliarios y a realimentar la burbuja inmobiliaria.

El señor Kupakri meneaba la cabeza. El fiscal ignoró el gesto y continuó.

-Así que, señor Kupakri, su producto fomentó decisivamente la formación de la enorme burbuja inmobiliaria que acabaría desencadenando, en nuestro país y en medio mundo, la gravísima crisis crediticia que comenzó en 2008. Durante los años anteriores a 2007, los compradores de viviendas y los empleados de banca que concedían los créditos se habían dejado llevar por la sensación de que el precio de la vivienda nunca bajaría, subestimando los riesgos de sus acciones. La implantación de su producto entre dichos compradores y empleados fue esencial para fomentar dicha sensación, señor Kupakri. No era necesario que todos ellos tomasen cafés con su aromatizante. Con que lo tomase una parte significativa de ellos, bastaría para crear una tendencia realimentada que arrastraría finalmente a todos. Algunas personas, por estar bajo la influencia de su producto, no percibían correctamente el riesgo, por lo que compraron de manera irracional y provocaron que el precio de la vivienda subiera. Otras personas observaron esas subidas y, continuando dicha indudable tendencia, compraron también, fomentando que los precios subieran porque subían. Pero el desencadenante último de todo este proceso era su producto, señor Kupakri.

El fiscal se aclaró la voz y continuó hablando.

-Pero, ¿para qué hizo esto, señor Kupakri? ¿Por qué llevó a la economía mundial al sobrecalentamiento y a su consiguiente colapso? Yo se lo diré. Para entender todo su plan debemos avanzar hasta 2009, cuando su empresa registró un nuevo aromatizante de café, el E-848. Éste, en lugar de contener componentes euforizantes, contenía componentes depresivos. Sí, señor Kupakri. Las marcas de café que utilizaban su antiguo aromatizante confiaron en usted y se pasaron a su nuevo producto. De esta forma, usted logró que se implantara en gran parte del mundo un nuevo tipo de café con componentes depresivos, los cuales fomentaron una sensación de miedo en propietarios inmobiliarios e inversores en todo el mundo, desencadenando la caída libre de los precios inmobiliarios y la reducción del acceso al crédito, y con ello la peor recesión mundial que jamás ha conocido el capitalismo. ¿Y todo esto para qué, señor Kupakri?

Kupakri rehusaba la mirada del fiscal.

-Se lo voy a decir, señor Kupakri. En 2017, cuando la crisis económica mundial tocó fondo y las acciones de la mayoría de las empresas del mundo valían alrededor de un 20% de lo que valían en 2007, el fondo de inversión Yong & Abdullah compró su empresa de condimentos alimentarios. Durante los dieciocho meses siguientes, dicho fondo de inversión se hizo con el 15% de las acciones de todas las empresas que cotizaban en Wall Street. El fondo realizó operaciones similares en otras bolsas mundiales. Entonces, en 2018, su empresa de condimentos sustituyó su aromatizante depresivo, E-848, por el antiguo aromatizante euforizante, E-847. A finales del mismo 2018, las bolsas de todo el mundo comenzaron a subir imparablemente, y en 2019 todos los índices bursátiles ya habían recuperado los valores de 2007, permitiendo a Yong & Abdullah, el fondo propietario de su empresa, quintuplicar su inversión, un beneficio astronómico que jamás habría obtenido si la crisis no hubiera existido. ¿Esperaba que no nos daríamos cuenta, señor Kupakri? ¿Pensaba que no ataríamos cabos?

-Esto es… absurdo -dijo Kupakri con un hilo de voz.

-Firme la confesión, señor Kupakri, y todo habrá acabado. Este es el trato que le ofrezco. Asumo que prefiere las mil trescientas millones de cadenas perpetuas consecutivas, por los homicidios derivados de la crisis que usted provocó, a la inyección letal que podríamos pedir para usted si convertimos esos homicidios en asesinatos. Podríamos argumentar que parte de su plan para provocar semejante recesión incluía voluntariamente dichas muertes, es decir, que las muertes por las hambrunas y guerras derivadas de la crisis mundial que usted provocó eran parte de su plan para que la recesión fuera aún mayor y así las acciones de las bolsas valieran aún menos en 2017, y de esta forma su margen de beneficio fuera aún mayor cuando dichas acciones recuperasen sus valores anteriores a la crisis. Le estoy ofreciendo un buen trato, señor Kupakri. Firme aquí.

Kupakri miró el papel, que había estado en el centro de aquella mesa durante toda la conversación. El fiscal lo desplazó con su mano en dirección hacia Kupakri.

-Esto no tiene sentido… -logró finalmente articular Kupakri-. ¡No tiene sentido! ¡Por Dios! Usted… Usted tiene que saber igual que yo que la proporción de componentes con posibles efectos euforizantes o depresivos dentro de mis aromatizantes era ridículamente pequeña, lo que hace que la proporción de ellos en una taza de café fuera mucho más ridícula aún. ¡Sabe igual que yo que una persona tendría que tomarse unos 3500 cafés en un día para que se acumulase en su sangre una cantidad de dichos componentes que realmente afectase perceptiblemente su conducta!

Kupakri no podía evitar cierto temblor en su voz. Miró al fiscal a los ojos y continuó.

-Usted sabe que en 2009 cambiamos la fórmula E-847 por la E-848 simplemente porque la E-848 potenciaba más el aroma, por lo que era un producto mejor. Y la proporción de componentes con posibles efectos depresivos en el E-848 era igual de ridícula que la de euforizantes en el E-847. Se me ocurren cientos de alimentos naturales que contienen proporciones de esos compuestos que llegan a, al menos, una vigésima parte de la proporción con que aparecen en mis aromatizantes… con la diferencia de que uno se come en un día cientos de gramos de dichos productos, pero sólo cientos de miligramos de los míos, incluso bebiéndose siete u ocho cafés. ¿Cómo puede argumentar que mis productos pudieron tener un impacto significativo en la conducta de los habitantes de todo el mundo, lo suficiente como para provocar un cambio de ciclo económico?

Kupakri señalaba con el dedo al fiscal, cuyo gesto permaneció inmutable. Antes de que el fiscal pudiera replicarle, Kupakri siguió hablando.

-Si en 2018 mi empresa, que por cierto ya había vendido, volvió a utilizar el E-847, fue únicamente porque era más barato de producir que el E-848, y las marcas de café nos demandaban un aromatizante más barato porque sus propios clientes les demandaban cafés más baratos, debido a la terrible crisis en la que nos encontrábamos. Y efectivamente, en 2017 Yong & Abdullah compró mi empresa. Y también compró el 15% del capital de todas las empresas que cotizaban en Wall Street, como ha dicho usted mismo. Si compró tantas empresas, ¿qué tiene de raro que comprase también la mía? Usted dice que Yong & Abdullah quintuplicó su inversión cuando las acciones recuperaron en dos años los valores anteriores a la crisis. También otros fondos de inversión audaces, que vieron venir la recuperación, lograron esos beneficios. Se sabía que la subida sería rápida en cuanto los signos fueran claros. Había mucha gente rica que llevaba una década sin mover su dinero, y estaban deseando hacerlo en cuanto apareciera el primer signo. Así que se sabía que la recuperación se realimentaría a sí misma rápidamente, y en ese proceso mucha gente ganó mucho dinero, no sólo Yong & Abdullah. Pero, curiosamente, yo no fui uno de ellos, yo no lo vi venir. ¿Ve usted que mis riquezas se quintuplicaran en ese periodo, señor fiscal? ¡Ni siquiera aumentaron! Si realmente hubiera sido el cerebro de semejante complot magistral, ¿por qué no soy ahora inmensamente rico, señor fiscal? ¿Me lo puede explicar?

Kupakri ya no se encontraba sentado. No recordaba en qué parte de su discurso se había puesto en pie.

-También me acusa usted de haber distribuido mis productos ex profeso en los alrededores de Wall Street y otras bolsas. ¿Me puede decir cómo podría haber controlado dónde se vendían las marcas de café que compraban mi aromatizante, si dichas marcas no eran mías? Mi producto, efectivamente, tuvo mucho éxito, pero aumentaba el coste del café, así que sólo las marcas que alcanzaban al menos una calidad media me lo compraban. ¿Le sorprende que hubiera más cafés de calidad en el área de Wall Street, señor fiscal? ¡Maldita sea! ¿Se da cuenta de que su acusación no tiene sentido, señor fiscal?

El fiscal señaló desafiante a Kupakri e intervino.

-Señor Kupakri… Creo que usted no ha entendido la situación correctamente. Para cada uno de los argumentos que usted acaba de plantear, podemos encontrar una respuesta. Deseamos hacerlo, así que lo lograremos. Una cosa debe quedarle clara, señor Kupakri. La culpa de la crisis no fue debida al propio sistema. La culpa no fue del capitalismo. El capitalismo funciona. La avaricia, como motor del esfuerzo y del crecimiento, funciona. El capitalismo no crea burbujas como las que provocó la crisis. Los actos individuales guiados únicamente por la avaricia y por los propios intereses conducen necesariamente al mercado eficiente, el mercado desregulado es óptimo. No necesita regulación alguna. Nadie duda del sistema y nadie debe hacerlo. Por eso, la crisis no pudo proceder del propio sistema. Esto significa que la única causa posible de la crisis tuvo que ser, necesariamente, algún complot urdido por algún malnacido como usted. El sistema es perfecto y no debe tocarse.

Por primera vez, Kupakri comprendió que estaba perdido.

Ahora sabía que, o bien pasaba el resto de su vida en la cárcel, o bien no duraría tiempo con vida. Aun suponiendo que ganase el juicio, la campaña contra él continuaría hasta que alguien, alguna persona anónima a la que le embargaron su casa durante la crisis, o que perdió a sus hijos en alguna de las guerras que se derivaron de ella, le matase. Su pecado consistió en contar con el perfil apropiado.

Pensándolo bien, ni siquiera podría ganar el juicio. Simplemente aparecerían todos los documentos nuevos que fueran necesarios. Podía hacerse. No tenía escapatoria.

Kupakri cogió el bolígrafo y lo colocó sobre la confesión. Justo cuando se disponía a firmarla, se dirigió al fiscal.

-¿Podría pedir una cosa antes de firmar?

El fiscal dudó durante unos segundos.

-¿Qué desea?

-Un café, por favor. De cualquier marca que lleve el E-847. Mejor, que sean varios. Qué demonios, que sean muchos, muchísimos. Los voy a necesitar.

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