Las palabras privadas

Recuerdo el tiempo en que las palabras eran públicas. Podías decirlas y nadie te cobraba por ello. Las palabras eran patrimonio de todos sus usuarios, eran la herencia recibida públicamente de nuestros antepasados.

No en vano, cobrar por decir palabras era tecnológicamente inviable: ¿quién podía comprobar durante todo el día lo que dices, para cobrarte por las palabras usadas? Era imposible.

Pero un día se creó el Gran Oído y empezó a ser posible.

Los políticos dijeron entonces que el mal uso que se hacía de las palabras y el mal servicio que proporcionaban eran culpa de su despilfarrador uso público sin control. Hacía falta una nueva gestión de las palabras. Sólo respetando la propiedad privada de las palabras se desencadenaría la libre competencia en su uso, lo que conllevaría la eficiencia y el uso responsable del lenguaje. Era necesario premiar a los emprendedores que inventaran nuevas palabras, y a los que supieran gestionar y sacar buen provecho de las existentes. El decadente y trasnochado uso público de las palabras debía liberalizarse por medio de la privatización.

Así que las palabras se hicieron privadas. Si alguien usaba cualquier palabra en cualquier lugar, como “de”, “compungido” o “albahaca”, debía pagar a su propietario. El Gran Oído se ocupaba de ello. Todas las palabras existentes hasta la fecha, legado de todas las generaciones anteriores que usaron nuestro lenguaje, se vendieron a manos privadas para mejorar la eficiencia lingüística en favor del ciudadano.

Desde entonces, cuando los niños nacen, se comprueba si son mudos. Si no lo son, sus padres tienen que pagar un canon, pues podrían llegar a decir palabras que el Gran Oído no pudiera oír.

Los ricos dicen muchas palabras muy caras, tales como “belleza”, “éxito” o “triunfador”. Dicen frases que incluyen expresiones tales como “la belleza y el éxito del triunfador” aunque no vengan a cuento, pues esas expresiones denotan clase. La gente envidia lo bien que hablan. El público llena los cines para ver a los actores decir esas palabras y alocuciones que ellos mismos no pueden costearse decir, incluidas las carísimas “amor” o “te quiero”. No es lo mismo usar esas carísimas palabras, que usar el algo más asequible “me gustas”, el asequible “te estimo”, o el barato “no me disgustas” que tiene que utilizar la gente de la clases más humildes en sus relaciones, ya que es lo único que pueden permitirse. Es extraño ver a alguien enamorado diciendo a su pareja “no me disgustas” completamente acaramelado, mientras su pareja le devuelve el cumplido con el también barato “tampoco me repulsas”, embobado. De hecho, en el día a día, los pobres deben aprovechar las ofertas para hablar. Si un día la palabra “buró” está de oferta, los pobres tienen que usarla para referirse a cualquier mueble de la casa, como antaño hicieran los pitufos con el verbo “pitufar” (por cierto, también muy caro). Los propietarios de las palabras suelen poner los tacos en oferta. Debido a su bajo precio, los pobres se ven obligados a usar tacos constantemente para comunicarse, e incluso los codifican para comunicarse de manera barata. Por ejemplo, la frase “jode a los hijos de puta del puticlub” significa “recoge a los niños del colegio, por favor”. Al usar tantos tacos, los pobres muestran todos los días la poca clase que tienen.

Cierto día, un tipo se hartó de que su propio nombre y sus apellidos pertenecieran a otro. Cansado de que hubiera que pagar cuando decía su propio nombre o cuando lo decían otros, se rebeló contra no poder decir lo que quisiera. Lanzó un gran grito de desesperación (sordo, pues era todo lo que podía permitirse), y entonces creó la palabra “garipaticúreo enéreo” (era la más simple que encontró sin propietario) y la registró para poder usarla. Los gastos para registrarla eran absurdamente enormes, así que tuvo que hacer una colecta con otros desesperados como él para que entre todos compartieran su registro. Todos ellos comenzaron a usarla para comunicarse, usando el convenio de que cada número de repeticiones significaría una cosa que todos comprenderían: “garipaticúreo enéreo” significaría “sí”, “garipaticúreo enéreo garipaticúreo enéreo” significaría “mamá”, “garipaticúreo enéreo garipaticúreo enéreo garipaticúreo enéreo” significaría “caca”, y así. Criar a los niños se hizo mucho más barato en la comunidad de propietarios del “garipaticúreo enéreo”. Otros se sumaron a la comunidad, y entonces juntaron fondos para comprar otra palabra, “ostripúceo mircolípico”. Con dos palabras en su propiedad, la comunidad ya no tendría que decir “garipaticúreo enéreo” mil y pico veces para decir “silla”, sino que una determinada combinación con sólo diez apariciones “garipaticúreo enéreo” y “ostripúceo mircolípico” podía expresarlo. Sin duda, contar con dos palabras en lugar de una hizo que el lenguaje fuera muchísimo más eficiente.

La cooperativa de propietarios comunes de estas palabras fue creciendo, lo que permitió sumar otras nuevas palabras y hacer que los códigos que expresaban cada concepto se hicieran más cortos. Con lo que los miembros de la cooperativa ahorraron en pagos a los propietarios de las palabras convencionales, pudieron comprar más palabras, y más y más. Cada vez se comunicaban más eficientemente usando su propio idioma. Llegó un día en que pudieron hacer que “garipaticúreo enéreo” sólo significase “sí”, pues ya no hacía falta usarlo para formar otras combinaciones que expresasen conceptos básicos. Así que, si lo repetías mil veces, sólo habías dicho mil síes. De la misma forma, un día pudieron hacer que “ostripúceo mircolípico” sólo significase “te quiero”. Definitivamente, aquello sonaba mejor que “tampoco me repulsas”. “¡Ostripúceo mircolípico! ¡ostripúceo mircolípico! ¡ostripúceo mircolípico!” se repetían sonrientes las parejas sin que tuvieran que pagar a nadie, por fin.

Cuando ya había muchísimos miembros en la cooperativa de palabras, la cooperativa empezó a comprar palabras convencionales, empezando por las más baratas. Todo el mundo en la cooperativa podía volver a usar expresiones como “armario empotrado” o “cigüeñal” sin pagar a nadie.

Llegó el día en que los cooperativistas eran muchos y fuertes. Entonces empezaron a usar palabras que no pertenecían a la cooperativa y se negaron a pagar por ello. Aquel día, todo cambió.

Hoy todas las palabras vuelven a ser de todos.

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6 respuestas a Las palabras privadas

  1. Yohana dijo:

    En este cuento has empleado un lenguaje más literario y algo más intrincado. Este sí me recuerda un poco a Cortázar. De todos esos poetas surrealistas, a veces tengo la impresión de que cuidan más su leguaje, que la propia historia en sí. Aunque en tu historia hay algún sarcasmo muy bueno. Que conste que no tengo nada en contra de esta historia, a mí me gusta: es bonita, acaba bien para variar, (lo que sienta fenomenal después de tanta incertidumbre novelística característica del blog) y muestra un posible camino.
    Pero no me queda claro cuáles son tus reivindicaciones exactas: ¿una crítica contra la SGAE? ¿Una crítica a la privatización de lo público? ¿Un sistema establecido que ha degenerado, que ahora no es muy óptimo y que debería cambiarse con la participación de todos? (me he dado cuenta de que la colaboración es una utopía) ¿el uso de un sistema de comunicación más sincero? ¿todo?

    • Isma dijo:

      Suelo pecar de exceso de lógica en mis historias, así de vez en cuando necesito desatarme poniéndome más surrealista y alegórico. Creo que hay temas de los que es más interesante hablar de una manera metafórica que lógica. La política y la economía son temas de los que hablamos mucho en el día a día (¿quién pensaría hace años que la gente hablaría de la prima de riesgo y el BCE incluso en las peluquerías?). Lo hacemos tanto, que hablar sobre ellos de una manera lógica no sorprende a nadie. Por el contrario, una buena opción para criticar algo es llevarlo hasta el extremo absurdo: así sus contradicciones se hacen más visibles. Por eso decidí narrar cómo una supuesta utopía privatizadora acaba en distopía.

      El cuento critica principalmente el pensamiento creciente de que el sector público es malo y el privado bueno. Muchos asumen que cualquier servicio público funcionaría mejor si se privatizase, bajo el argumento de que entonces no estaría lleno de trabajadores desmotivados y de gestores ineptos amigos de los políticos del partido de turno. También creen que las empresas privadas tienen a los trabajadores más eficientes y a los gestores más preocupados por la eficiencia, ya que el bolsillo les va en ello, lo que redunda en un mejor producto/servicio para el cliente. Para cada una de las afirmaciones anteriores, hay sonoros contrajemplos. Un caso muy ilustrativo: el gasto en sanidad se lleva un porcentaje del PIB mucho menor en España (8-9%) que en EEUU (16-17%), a pesar de que en España cubre a toda la población y de hecho salva más vidas (por ejemplo, ver la esperanza de vida de ambos). Así que la sanidad pública es más barata y eficiente que la privada. Podría hablar también de la educación, transporte, etc, pero no me enrollo.

      Ciertamente, los políticos han pervertido lo público en los últimos años: cajas de ahorros montadas para dar créditos a los amigos insolventes del partido, pueblos de risa con parada de AVE porque “Los de Villarriba no vamos a ser menos que los de Villabajo, ¿eeeeeeh?”. Si la crisis no hubiera llegado, habrían seguido poniendo vías de AVE en cada palmo de terreno hasta que España pareciera Chuggington. Pero se intenta hacer calar el razonamiento “los politicos han gestionado lo público mal ASÍ QUE lo público es malo ASÍ QUE lo público debe privatizarse“, y ese argumento es malintencionado y falaz.

  2. Yohana dijo:

    Umm, un tema muy controvertido. Pero te diré mi opinión.
    Desde luego pretender hacernos creer que la privatización redunda a favor del ciudadano, es hacernos comulgar con ruedas de molino. Pensar que viajaré atrás en el tiempo, a la época medieval para volver a un sistema feudal, simplemente me pone los pelos de punta. Pero lo que tengo claro, es que no me voy a apuntar a ese deporte nacional, tan extendido en este país, que consiste en culpar a otros de lo que en parte, es culpa nuestra.
    Y es que esto es como culpar a las putas por la existencia de la prostitución o a los manteros por la piratería. ¿los clientes son inocentes?. Que los políticos sean avarientos depredadores financieros, no explica por sí misma la crisis, si los propios ciudadanos no hubieran participado también en su avaricia. Lo público era un bien preciado que no siempre hemos sabido cuidar.
    Hablando de la sanidad, que es de lo único que sé un poco y por tanto puedo hablar con alguna propiedad, lo cierto es que cada trabajador activo paga por cada tres pensionistas. No hace falta ser matemático para saber que algo no cuadra y que no salen las cuentas. Y eso nos lo venían avisando desde hacía tiempo (que si pirámide poblacional, que si gaitas…).A lo mejor, con un poco de mejor gestión colectiva, las cosas podrían haber aguantado un tiempo, hasta que la pirámide poblacional, (con la ayuda quizá de la inmigración) se estabilizará. Pero no, se despilfarra porque da la sensación de que lo público es GRATUITO, y nada más lejos de la realidad: que si pensiones exageradas, mientras que otros pensionistas se comen los mocos; que si saco gratis los medicamentos de mis hijos incordiando un poco al médico; pensiones y/o ayudas para gente que dudosamente las necesita; que me duele un poco algo ¿por qué esperar? voy a urgencias; gente que se jacta de operaciones o tratamientos a los que han sobrevivido (y que la medicina primermundista prácticamente garantiza esa supervivencia, mientras que con la tercermundista sería más difícil jactarse)y que no siempre necesitan, pero que compiten entre ellos a ver quién llevó el peor sufrimiento; estoy malísimo, pero con una sola pastillita me curo, cuando el estado (bueno yo misma, y los otros tontos que trabajamos) te ha pagado la caja entera. Porque te diré que yo puedo recoger a diario unos cinco Kilos de medicamentos, no todos caducados. Tampoco para esto hace falta ser matemático.
    Supongo que es fácil pensar que tienes derechos (lo público) en un país donde hay dinero. Pero ¿Qué pasa cuando se acaba el dinero? Y se nos ha dicho que en este país no hay dinero.
    Entenderás que no quiero decir que esté a favor de las privatizaciones. Lo único que pretendo decir es que el sector público llevaba ya tiempo agonizando sin que nadie hiciera nada, incluidos los ciudadanos, y ahora llegan los lamentos y el crujir de dientes. El sector privado son solo los inevitables buitres que vuelan alrededor del cadáver, a ver cuál de ellos saca mejor tajada. ¿Qué hacer? Yo no lo sé. Pero teníamos un maravilloso sistema basado en la solidaridad de todos, que se ha venido abajo cuando todos hemos dejado de ser solidarios, y no solo por la mala gestión de los políticos.

    • Isma dijo:

      Interesantes argumentos, vayamos por partes. Para empezar, público no significa gratuito. SEAT fue una empresa pública y no regalaba los coches. De igual forma, para montar hoy en un tren de RENFE hay que pagar (aunque menos que si fuera un tren privado). Servicio público no debería implicar uso irresponsable, así que cualquier medida que sirva para que la gente se dé cuenta de lo que valen las cosas está bien. En el caso de los medicamentos, es razonable inventar algún método que evite abusos y que, a la vez, no provoque que nadie se quede sin los medicamentos que necesita. Pero, ¿hasta qué punto los ingresos por el copago son sólo simbólicos (e.d. lo justo para que moleste pedir medicamentos sin control) y hasta qué punto son también recaudatorios?

      Si es lo segundo, entonces estamos quitando progresividad al Estado, me explico. La progresividad no sólo se mide en lo mucho o poco que los ricos pagan de más que los pobres en impuestos, sino también en lo que el Estado paga para todos. Si el Estado encarece los servicios públicos o reduce su calidad, entonces empeora la vida de sus usuarios, que suelen ser los que menos tienen. A un tipo que siempre va al trabajo en coche, lleva a sus hijos a un colegio privado y usa la sanidad privada: ¿qué más le da que el transporte público se encarezca, que aumenten los alumnos por aula en los colegios públicos, o que la sanidad pública esté más masificada? Si es rico, tampoco sus hijos estarán en paro (¿conoces a algún hijo de rico en paro, por inútil que sea?), así que bajar el subsidio de desempleo tampoco le importará (“¡que se jodan!” gritó cierta hija colocada, precisamente, por su padre). Y los ricos de verdad no son asalariados, así que ni siquiera les importa que suban el IRPF. Respecto a las subidas del IVA, afectan a todos por igual. Por tanto, ¿cuál de las medidas que han tomado los dos últimos gobiernos de España han perjudicado directamente a la clase alta? Todas ellas han reducido la progresividad del Estado.

      Por supuesto, cualquier medida afecta al final a todos: si a las clases bajas y medias les queda menos dinero para comprar cosas, entonces las empresas de la gente de clase alta se resienten, pues venden menos. Pero el resultado de esas medidas sobre las clases altas es siempre indirecto (de hecho, las pérdidas por bajadas de ventas se compensan en una parte porque los empleados están dispuestos a trabajar más por menos, por el miedo al paro). Los políticos no se atreven a aplicar medidas donde los afectados directos sean, por una vez, los ricos, por ejemplo con impuestos al patriminio o a las sacrosantas e intocables SICAV (¡uuuuuuhh! ¡no les toques, que entonces se llevan el dinero a otro siiiiiitiooooo! ¡uuuuuuhh!).

      De esto parece deducirse que los culpables de la crisis fueron los curritos: por eso se les está castigando, ¿no? Pero resulta que no fueron ellos los que compraron cuatro o cinco pisos hace unos años para especular. No fueron ellos los que hicieron creer a todo el mundo, desde las sucursales bancarias, que todo el mundo estaba capacitado para pagar un crédito. No fueron ellos los que decidieron que Villarriba tenía que tener una parada de AVE. Por supuesto, los curritos aceptaron trabajar durante el boom. Había trabajo para todos, y en eso también se beneficiaron del boom. Pero no veo nada deshonesto en aceptar un trabajo. En hacer las otras cosas, sí. No parece que el reparto de castigos en esta crisis esté siendo proporcional a las culpas.

  3. Yohana dijo:

    No estoy diciendo que los políticos o los bancos no sean responsables. Desde luego que tienen gran parte de la culpa, sino casi toda. Pero también nosotros hemos adorado a ese becerro de oro mercantil como borregos, mientras que todos los líderes políticos, nos han inducido a esa adoración, y nosotros les hemos creído.

    Vamos a ver, yo soy una currito tipo. Es decir, el tipo de currito que trabaja, paga sus impuestos de forma legal, y se le retira una parte de su sueldo que se le ha dicho que más tarde redundara en una pensión, pero que si echamos cuentas, existe la posibilidad de que eso no sea así.
    Y yo, que soy una trabajadora tipo, que paga sus impuestos y otra serie de pequeños robos, a los servicios a los que tengo derecho, apenas los utilizo, pues el médico apenas me conoce, ni mis hijos van a un colegio público, ni mis padres a una residencia pública y mejor no te hablo de lo que me cuesta el transporte público ni de las pocas alegrías que me da.
    Y veo que pasan cosas a mi alredor que no me gustan, como por ejemplo que un alemán tipo se haga más rico mientras yo me empobrezco, y que encima se haga a expensas lo público. Y eso es solo culpa de los políticos, y de los bancos.
    Pero también veo otras cosas: pequeñas y grandes estafas de mis camaradas trabajadores y ex trabajadores, que tampoco me gustan y que no te voy a referir aquí, pero que si tienes interés yo te lo cuento en privado, y debido a ser esto una costumbre que percibo tan generalizada, intuyo que esto también le da un buen mordisco al pastel público. Y curiosamente y en contra de la creencia general no son los inmigrantes los más culpables de la situación.

    Y en viendo esto ¿Puedo culpar SOLO a los políticos de la situación?
    Si para ellos, y debido a su tren de vida, una mala gestión financiera puede ser tan éticamente censurable como para cualquiera de nosotros fotocopiar un libro en el trabajo.
    Y no creas que no me chirria pensar que mi pensión se la habrán fundido ya un alemán en su bonito salón decorado del Ikea, o un españolito que se cree mejor que los demás en su salón decorado con madera de teca. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

    Yo estoy ya muy cansada de todo.

    • Isma dijo:

      Sí, es cierto que la mala praxis que reprochamos a políticos, banqueros, constructores y empresarios en general durante la crisis está patente, en realidad, en todos los niveles de la sociedad… con la única diferencia de que la corrupción de un currito tiene consecuencias menores que la de un político.

      Es posible que haya algo incrustado en la cultura española en particular, y en la mediterránea y latina en general, que promueva la permisividad ante las trampas. En Europa, determinados países (España, Portugal, Italia, Grecia e Irlanda) han llevado la crisis peor que los demás, y algunos han argumentado que es porque en los países católicos (u ortodoxos, que es parecido) hay menos cultura de esfuerzo que en los protestantes: en el catolicismo, si tu vida actual es mala, entonces serás premiado en la próxima; en el protestantismo, si Dios quiere premiarte, lo hará ya en esta vida, así que, si eres rico, lo “mereces”. Es como la cigarra y la hormiga.

      Ese argumento es pintoresco, pero personalmente no lo veo relevante. Opino que es más importante que todos los países mencionados antes son muy familiares. Cuando la gente es muy familiar, la familia se convierte en un segundo “Estado” al que le debes incluso más obediencia que al Estado real. Contratar a tu primo inútil, en lugar de a un candidato mucho más apto, es bueno pues lo haces por la familia. Hacer trampas para no pagar impuestos o robar dinero público para favorecer a los “tuyos”, a tu clan, mejora tu estatus en el clan, que es tu verdadero referente social. Acostumbrados a pensar de manera familiar, nos alineamos fanáticamente en otros clanes no familiares: tu partido político, tu equipo de fútbol, etc. Debemos nuestra lealtad a múltiples clanes que para nosotros son mucho más importantes que el gobierno y las leyes. Así que alardear ante tu clan de hacer trampas con las leyes está bien visto: “¡Yo no soy tonto!”.

      Ser corrupto está bien visto si favoreces a los “tuyos”. Esto echa por tierra cualquier intento de establecer una meritocracia. Luego, cuando estalla una crisis financiera, toda esa red de confianza estalla rápidamente. Una red de tipo clan se basa exclusivamente en la confianza, así que la desconfianza acaba con ella inmediatamente. El resultado es el paro y la recesión. Por contra, una red basada en la ley resiste mejor una pérdida de confianza: todo está por escrito.

      (He oído otras teorías sobre la debilidad de esos países con respecto a los otros durante la crisis. Por ejemplo, que la clase media en ellos es más débil que en los demás, así que la clase media es un mercado menos prioritario.)

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