Ella misma (por Javier Rodríguez Laguna)

En las callejas de aquella ciudad ocurrían de continuo cosas asombrosas. Por ejemplo, se cuenta que en la plaza de la catedral había unos soportales donde los vagabundos viejos se sentaban a morir y desaparecer, quedando su rostro grabado en las piedras. También hay quien dice que en el mercado del puerto había una arcada con un dragón de aspecto libidinoso que producía movimientos espasmódicos en el vientre de las mujeres, habiendo quedado más de una embarazada a causa de ellos. Y también ha llegado a mis oídos que en cada noche sin luna siempre había alguien que, tras gritar su pena con una voz horriblemente hermosa que abría el cielo, se zambullía en el agua desde el puente viejo y jamás volvía a salir. Tened en cuenta que he dicho que ocurrían cosas asombrosas, pero no que las gentes de la ciudad se asombraran por ellas.

Ahora imaginad a una muchachita de la calle, de enormes ojos oscuros. Quizás penséis que parecían enormes sólo a causa de la delgadez extrema de su cara. No, no, eran enormes de verdad. Ella se llamaba Ella, nadie estaba seguro de por qué, quizás porque todos se referían siempre a Ella en tercera persona.

La tarde en la que comienza nuestra historia, Ella reflexionaba sobre lo extraña que era su vida. Alguien la cuidaba, no sabía por qué. A veces sentía un escalofrío cuando pensaba en ello, pues sabía que nadie daba nada a cambio de nada.

La noche que huyó de casa creyó morir de pena y frío, y fue entonces cuando le conoció a Él. Se dejó llevar, bajó la guardia, aun sabiendo como sabía que el dolor a manos de un hombre podía ser peor que el que causaba la intemperie. Todo le era igual, en aquel momento. Pero Él tan sólo la cuidó y le dedicó palabras dulces, sin exigir nada a cambio. Ni adoctrinamiento religioso ni solicitud carnal de ninguna especie.

Alguna vez Ella le pidió que la llevara consigo, pero Él siempre se negó amablemente. Siempre se iba, para luego volver a aparecer de manera inesperada, cuando Ella estaba en peligro, o cuando estaba triste por cualquier motivo. Ella dio en pensar que tenía un ángel de la guarda, y comenzó a tentar a la suerte. Entonces Él le habló muy duramente, y dijo que si volvía a hacer una tontería, se iría para siempre. Las dudas golpeaban fuerte en el cerebro de Ella, pero Él las deshacía siempre con una sonrisa.

Ella vivía haciendo recados en el mercado. Se extendió la fama de que estaba protegida por una especie de ser sobrenatural, y las calles dejaron de ser un peligro para Ella. No necesitó venderse a ningún protector, era la única muchacha verdaderamente libre de toda la ciudad.

Cuando estaba triste, Él aparecía y le contaba historias maravillosas. Al cabo del tiempo, le enseñó a descifrar los garabatos escritos sobre el papel, y a trazarlos a su vez. Así pudo Ella leer las historias que Él le traía, y escribir las suyas propias. También le enseñó a ayudarse del papel para pensar, y miles de cosas sobre la ciudad y lo que había fuera de ella, sobre la gente, sobre los objetos y sobre ella misma.

Una noche, Ella sintió una necesidad nueva, que pudo reconocer como algo que la gente satisfacía en general de manera sucia y violenta. Se dio cuenta con sorpresa de que Él, a quien hasta entonces había considerado un adulto, era en realidad un muchacho joven, no mucho mayor que ella, de agradable aspecto. Comenzó a acercarse más a Él cuando hablaban, a rozarle con cualquier pretexto. Entonces, Él le descifró su deseo y se lo hizo ver bajo una nueva luz. Los siguientes meses fueron para ella una revelación, cada día había un nuevo descubrimiento sobre su cuerpo y el mundo le parecía un lugar maravilloso…

Las tardes servía jarras de cerveza en una posada infame. Las noches las pasaba abrazada al cuerpo de Él, de una manera que no se parecía en nada a nada que hubiera visto antes. Las mañanas las pasaba con Él también, entre papeles y libros, preparando el que había llegado a aprender que era el único camino para salir de aquella miseria y aquel universo hostil.

Según conoció más sobre la vida llegó a darse cuenta de lo extraño que era el que Él pudiera comprenderla tan profundamente, más de lo que ningún ser humano comprendía a otro. Era capaz de poner en palabras las sensaciones de ella mucho mejor de lo que Ella misma podría. Cuando Ella le pidió que describiera sus propias sensaciones, con el fin de conocerle mejor, Él sonrió y le sugirió que tuviera paciencia. No estaba allí todos los días, pero sus días de ausencia, asombrosamente, coincidían con aquéllos en los que ella tenía ganas de explorar el mundo por su cuenta.

Así fue que Ella ingresó en la escuela de brujería, y las visitas de Él se espaciaron, aunque a Ella no pareció importarle. Siempre que deseaba o necesitaba urgentemente su presencia, Él aparecía, nunca supo bien cómo. En su vida aparecieron amigos y amantes, maestros y, con el tiempo, discípulos. Él se fue diluyendo en el pasado, en una memoria maravillosa.

Una mañana de sol tenue estaba Ella sentada en la biblioteca de la escuela, descifrando antiguos hechizos que le abrirían el dominio del espacio y del tiempo, así como la trasmutación de las formas humanas. Una idea se iba abriendo paso en su mente, muy poco a poco. Era una idea muy poliédrica, y las facetas fueron llegando de manera desordenada, dándole la sensación de que escondían algo detrás. Recordó la figura de Él, y sus gestos. Se preguntó de repente qué hacía Él cuando no estaba con ella o cómo hacía Él para saber siempre lo que Ella necesitaba y deseaba. Más aún, cómo tenía un conocimiento tan profundo de su persona, o cómo pudo cuidarla durante años sin generar sensación de dependencia o de desamparo. Ahora sabía mucho más de los hombres, y se extrañó de que Él jamás tuviera necesidades propias. Siempre estaba dispuesto para ella, y sólo para lo que Ella deseara, mostrándose al fin siempre satisfecho. En la escuela, cuando aprendía nuevos hechizos, siempre recordaba frases pronunciadas por Él que le permitían engarzar los nuevos conocimientos con facilidad.

De repente, comprendió. Tuvo ese momento de revelación en el que todas las caras de su idea encajaron, y se dio cuenta de la enorme tarea que le iba a ocupar los próximos años.

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7 respuestas a Ella misma (por Javier Rodríguez Laguna)

  1. Isma dijo:

    ¡Muy bien! 🙂

    Para los que no pillaran el sutil desenlace de esta historia (¡me consta que le ocurrió a varias personas!), fijaos en el penúltimo párrafo del cuento, y sobre todo en su título… ¡Sí, Él era Ella!

    Esa sutileza al presentar el final es arriesgada, pero reconozco que el momento “¡ajá!” cuando lo pillas es muy satisfactorio. Recuerdo que me reí bastante cuando me di cuenta. 🙂 Quizás, haber leído antes alguna historia de Heinlein me ayudó a pillar más fácilmente esa reflexividad.

    Me gusta mucho esa manera de “quitar frío metal a la ciencia ficción”, es decir, de presentar conceptos clásicos de ciencia ficción (en este caso, transmutación y algún tipo de viaje en el tiempo) sin envolverlo bajo la fría losa de la tecnología, sino bajo la más delicada y menos amenazante sábana de la fantasía. Aunque en el fondo sean los mismos conceptos, presentarlos de esta manera rodea la historia de un ambiente peculiar y, sobre todo, lo acerca más a todo tipo de público. Yo mismo no renuncio a usar a veces la fría tecnología en mis historias, pero reconzco que cuentos como éste (y otros de e.g. Borges) hicieron que sintiera la necesidad de presentar ciertas historias de manera mucho menos tecnológica.

    ¿Cuál sería el motivo de Ella para presentarse como Él, en lugar de como “otra Ella”? ¿Aprovechar para que su nuevo aspecto, masculino, le permitiera a Ella dejar de sentir miedo a los hombres, al haber asociado una figura masculina con la seguridad durante tantos años (una figura paterna)? ¿Permitir una introducción delicada en el sexo?

    De hecho, la historia es muy sutil al presentar el posible sexo entre ambos. ¿Es dicha relación una de las más sofisticadas formas de onanismo que se hayan descrito? 😉 El juego sutil entre la relación pseudo-paternal y la relación sexual es atrevido pero sutil, muy bueno.

  2. Yohana dijo:

    El cuento es muy bonito. Es algo abstracto, y tiene cierto deje de amargura y estilo gótico. Algo así como Blade Runner.
    Con respecto al final, es la parte que más me gusta: “…la enorme tarea que le iba a ocupar los próximos años”. Deja una sensación de optimismo y de buena voluntad que resulta grato después de tanta abstración, ni que decir tiene que es un final muy bonito y prometedor.
    Aunque este matiz cambia un poquitín con la nueva interpretación.Yo no había pillado el desenlace del cuento. La verdad es que gustaba más cuando pensaba que eran dos personas. Pero también así tiene su belleza: una dura descripción de la vida misma (aunque sí, también un poco onanista), y toda una llamada a aprender a enfrentar los problemas de la vida por uno mismo. Como bien dice el autor, nadie da algo a cambio de nada.
    Mi enhorabuena al autor, y espero ver de vez cuando algún cuento más.

  3. javirl dijo:

    Gracias por los comentarios, me habéis sonrojado… Y me encanta el comentario sobre la “más sutil forma de onanismo concebida”… Jajaja!!! Realmente, ésa es la esencia del cuento, cuando lo pienso detenidamente… 😀 😀

    • Isma dijo:

      Como decía Woody Allen, masturbarse es hacer el amor con la persona que más quieres. En un sentido sutil, tu cuento ha logrado vestir esa idea con glamour. 😀

      • javirl dijo:

        Diosssssssssses, he recubierto con glamour un chascarrillo del genio… ¿cuándo me llaman para poner mis manos sobre cemento fresco en Hollywood? 😀 XD LOL!

  4. Yohana dijo:

    Yo, si me lo permitís, me quedo con la interpretación menos onanista, que también se puede, digo yo, y es más bonita.

  5. Isma dijo:

    Jeje, eso es lo bueno de presentar el desenlace de una historia de manera tan sutil: cada lector puede quedarse con su interpretación preferida.

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