Mi mamá me mima

Es difícil saber cuál es mi recuerdo más antiguo. Quizás sea aquel en el que me encontraba sentado en el suelo y había un cochecito azul de madera a cierta distancia mía. No podía alcanzarlo. Lloré y mamá me lo dio. Un gran recuerdo.

Mi mamá siempre estaba ahí cuando necesitaba algo. Cuando sentía angustia, lloraba, y entonces mamá venía y me cogía en sus brazos. Mi mamá era la mejor.

Cuando lloraba y mamá no sabía lo que yo quería, ella trataba de averiguar frenéticamente lo que me pasaba: ¿hambre? ¿pañal mojado? ¿calor? ¿frío? ¿juguete? Cuando yo no alcanzaba un objeto, lloraba y ella me lo traía. Cuando no me gustaba la comida que mamá me daba, lloraba y ella inmediatamente me daba otra.

Mamá siempre estaba allí cuando lloraba. Absolutamente siempre. Era la mejor.

Al cumplir los cinco años, yo todavía no andaba, apenas hablaba y sólo comía comida líquida. ¿Para qué andar, si mamá podía acercarme todo lo que quería? ¿Para qué hablar, si mamá me conocía bien y sabía lo que quería, y si no lo sabía entonces buscaba sin descanso hasta que acertaba? ¿Para qué masticar, si yo prefería no hacerlo y mamá siempre me daba la comida líquida que quería?

Mamá era infeliz cuando yo era infeliz. Ella no quería que llorase. Mi mamá era la mejor.

Cuando salíamos a la calle, mamá cargaba conmigo con un brazo (no me gustaba el carro), y con el otro brazo cargaba con todos los juguetes de los que no quería desprenderme. Si faltaba uno, lloraba. Nunca faltaba ninguno. Me gustaban mucho los juguetes. En los centros comerciales, siempre le pedía que me comprase alguno de los juguetes que veía, a veces varios de ellos. Mamá no se atrevía a decirme que no, pues sabía que entonces lloraría mucho. No teníamos mucho dinero, pero ella siempre se las apañaba para que, al salir del centro comercial, los juguetes que le había dicho aparecieran dentro de su bolso o bajo su abrigo. Algunas veces, un señor nos acompañaba a un sótano del centro comercial, donde nos ponían una cinta de vídeo en la que salía mamá.

En el colegio, a veces algún niño me llamaba tonto o torpe, o se burlaba de mí por seguir usando chupete a mi edad. Entonces yo lloraba mucho, sin parar. La profesora no me soportaba, pero yo seguía llorando. Cuando llegaba mamá a recogerme, le contaba entre sollozos lo que había pasado. Mamá me dejaba en casa, y entonces ella se iba a la calle. Volvía una hora después. Al día siguiente, en el colegio veía que el niño que me había insultado tenía moratones en la cara. Me miraba con miedo y se mantenía en la otra punta del patio.

Una vez, uno de esos niños con moratones no me tuvo miedo al día siguiente, sino que se me acercó y me pegó. Mamá me encontró llorando desconsoladamente cuando vino a recogerme. Yo se lo conté. Entonces mamá me dejó en casa y se fue a la calle. Regresó cinco horas después. Llevaba una pala al hombro.

Al día siguiente, el niño que me pegó no estaba en el colegio. Vinieron unos policías y preguntaron cosas a la profesora.

Se lo merecía por hacerme llorar. Mi mamá era la mejor.

El día que la profesora me reprendió por no llevar los deberes, luego se lo conté a mamá entre llantos. Al día siguiente, la profesora entró en clase con unas gafas de sol puestas. Me dijo que, en adelante, me dejaría jugar con juguetes en un rincón de la clase mientras los demás hacían sumas aburridas. Desde entonces, me lo pasé muy bien en el colegio.

Un día unos señores que decían ser “asistentes sociales” entraron en casa y dijeron a mamá que tendría que irme con ellos. Yo lloré mucho. Mi mamá me llevó a mi cuarto y me dijo que no saliera de él bajo ningún concepto. Oí golpes. Media hora después salí de la habitación, pero ya no había nadie. Muchas horas después, mamá regresó a casa con su pala.

Unos señores policías vinieron a casa al día siguiente. Querían llevarse a mamá. Lloré mucho. Mamá me llevó con ellos.

Dijeron a mamá que tendría que estar en una cárcel. Pero yo estaba feliz, pues me dijeron que yo también podría estar en esa cárcel junto a mamá.

Cuando cumplimos un mes en esa cárcel fea, me harté de no poder ir al parque y dije a mamá que saliéramos. Ella me dijo entre llantos que no podía. Yo lloré.

Y lloré.

Y seguí llorando, hasta que un día mamá, desesperada por mi llanto, me cogió en brazos y empezó a correr por el patio de la cárcel. Al llegar a una alambrada, la escaló como pudo mientras seguía cargando conmigo con un brazo. Mi mamá se había hecho muy fuerte a base de cargar tanto conmigo en brazos. ¡Yo ya tenía doce años, y mamá seguía pudiendo cargar conmigo!

Así alcanzamos la cima de la alambrada. Mamá empezó a bajar por el otro lado de la alambrada mientras seguía cargando conmigo, y entonces se resbaló.

Mientras ambos caíamos al vacío, yo lloré mucho, muy asustado. Mamá se dio la vuelta durante la caída para que fuera ella la que golpeara contra el suelo, en lugar de golpearme yo. Caí sobre ella.

Mi mamá murió por la caída, salvándome la vida. Mi mamá era la mejor.

Lloré mucho, muchísimo.

Tras mucho llorar, pensé que en realidad no debía temer nada, pues mamá había hecho de mí alguien de provecho. Mi mamá siempre me decía que yo era el mejor.

Pero pronto descubrí que nadie me ayudaba en el orfanato al que me mandaron. ¿Es que eran tontos? ¿No me oían cuando lloraba? ¿No se daban cuenta de que debían atenderme diligentemente, como siempre hacía mamá?

Me di cuenta de que, para sobrevivir, debía convertir a esas cuidadoras desagradables y feas en mi mamá.

Antes de entrar en ese sitio sucio, me había pasado muchos años llorando, así que sabía llorar muy bien. Durante mis primeros seis meses en el orfanato, perfeccioné el tono, timbre y la cadencia de mi llanto para que me permitiera comunicarme mejor con mis cuidadoras. Ellas estaban acostumbradas a niños que lloraban y me ignoraban. Pero eso tenía que cambiar.

Me fijaba en los gestos de sus caras cuando lloraba. Cuando veía que reaccionaban a mi llanto con un gesto de desagrado que me recordaba un poco al de mamá, repetía esa forma de llorar. Así, poco a poco, llorando y observando la reacción de los demás, mi llanto se hizo mejor y mejor.

Finalmente, logré tener un llanto tan bueno que las cuidadoras ya no lo soportaban. Logré que ellas me dieran todos los días un menú especial, todo líquido, para que no llorase. Logré que me dieran una cama más grande que las de mis compañeros. Logré que me dieran una habitación individual. Finalmente, logré que una de las cuidadoras me llevase todas las noches a su casa para dormir allí.

Años después, al dejar el orfanato, me enfrenté por primera vez al mundo laboral. En una entrevista de trabajo, un tipo me dijo que era un inútil. Entonces lloré. Lo hacía muy bien. El tipo me echó de la sala, pero yo le seguía a todas partes, llorando. Después de que me echaran del edificio, seguí llorando sin parar junto a la puerta, hasta que el tipo apareció.

Al volver a oírme llorar, el tipo se irritó mucho, muchísimo. Se notaba que no estaba preparado para aguantar un llanto tan perfecto como el mío. Yo le seguí hasta su plaza de parking, llorando sin parar. El tipo estaba tan nervioso que era incapaz de meter la llave en la cerradura de su coche. Finalmente, en un acto de desesperación, aceptó contratarme. Y dejé de llorar. El gesto de alivio del tipo fue maravilloso. Me recordó al de mamá.

Mi llanto se clavaba en lo más profundo del cerebro del que me oía. No es raro que el llanto de los niños en general nos irrite. Por eso atendemos a los bebés, como hacía mi mamá conmigo. Pero, tras tantos años de entrenamiento y mejora constante (la mayoría de ellos junto a mamá, pero también en el orfanato), mi llanto se volvió perfecto, literalmente insoportable.

Un par de días después de contratarme, aquel tipo se presentó ante mí. Me dijo que era un inútil y que tenía que despedirme. Pero le bastó verme hacer pucheros para que entrara en pánico al recordar mi llanto de dos días atrás. Simplemente no pudo echarme. En silencio, volvió por donde había venido.

Yo me pasaba cada jornada laboral en un rincón de un despacho, jugando con juguetes. Nunca llegué a saber en qué consistía mi trabajo.

Un día llegué a la conclusión de que quería practicar el sexo por primera vez. Mi primera vez con una mujer provino, en realidad, de un rechazo. Un día levanté la vista de mis juguetes y le dije a la secretaria del jefe que quería tener sexo con ella. Ella me dijo que era un retrasado mental, un infantil imbécil, y que preferiría hacérselo con una bolsa llena de basura y excrementos antes que hacérselo conmigo. Yo lloré muchísimo ante un comentario tan ofensivo. Muchísimo.

Tres horas después, practicábamos el sexo en su despacho mientras ella no hacía más que llorar y repetía “¡no vuelvas a llorar! ¡por favor! ¡no vuelvas a llorar nunca más!”. Su llanto no llegaba ni a la suela de los zapatos del mío. Es lo que pasa cuando no entrenas como yo.

Esa chica era una protestona. No era como mamá, que siempre estaba allí para atenderme inmediatamente cuando lloraba, y eso a pesar de que, cuando mamá vivía, yo todavía no lloraba tan bien como ahora. Así que dije a esa chica que no quería hacerlo más con ella. En adelante me busqué a otras. Todas empezaban rechazándome, pero daba igual. Siempre me salía con la mía.

Un día pedí un ascenso a mi jefe. Se rió. Yo lloré mucho. Finalmente ascendí. Me asignó un despacho más grande y bonito. Tampoco sabía qué tenía que hacer en él, pero cabían más juguetes, y eso estaba bien.

Al cabo del tiempo, me fijé en una chica que era especialmente sensible a mis llantos. Eso me gustó mucho, me recordó a mamá. Un día le propuse casarse conmigo. Me dijo que no y entonces lloré. Se llevó las manos a la cabeza. Me pidió que parara de llorar, que era insoportable. Un rato después, mientras ella también lloraba desesperada, me dijo que sí se casaría conmigo. Después de casarnos, muchas veces la veía llorando sola en algún rincón de nuestra casa. ¡Pero no podía ser porque ella no fuera feliz! Ella siempre hacía todo lo que le pedía cuando lloraba, siempre me hacía feliz. ¡Así que ella también tenía que ser feliz, como lo era mamá!

Ascenso tras ascenso, llegué a ser el presidente de la empresa. Nunca llegué a saber qué vendíamos o hacíamos exactamente en esa empresa. Mi despacho era una inmensa sala llena de juguetes, donde me lo pasaba muy bien todo el día. Al mediodía me traían mis batidos de comida.

Dos años después de aquello, me aburrí y me dio por formar un partido político. En mis mítines, simplemente lloraba, y decía que me desilusionaría mucho si la gente no me votaba. Luego la gente me votaba. Así llegué a concejal, luego a alcalde, y luego a presidente autonómico.

En un debate televisado para todo el país, dije que lloraría sin parar si no me votaban. Recorrería las calles llorando sin parar. Y entonces lloré un rato, para que vieran lo bien que lo hacía. Mi contrincante para la presidencia del país replicó que habría que ser imbécil para votarme. Pero luego añadió que le daría mucha pena que perdiera.

Mi despacho presidencial es mucho más grande que todos los anteriores, y tiene muchos más juguetes. Nadie se atreve a decirme que soy un inútil, pues entonces lloro.

Mi mamá se hubiera sentido muy orgullosa viéndome como presidente del país. Decididamente, me crió muy bien, como una persona útil, preparada y equilibrada.

Mi mamá era la mejor.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en ciencia ficción suave, cuento y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

12 respuestas a Mi mamá me mima

  1. Yohana dijo:

    Supongo que lo que querías decir es que el protagonista pertenecía a un buen clan.
    Aunque supongo que eres consciente de la exageración y de lo dificil que es que una madre se vuelva tan permisiva con comportamientos tan infantiles en un adulto. Una vez ví por la televisión a un tipo que le molaba portarse como un bebe a sus 25 años, y la madre estaba encantada con la situación: le había comprado ropa de bebe a medida, una sillita de esas elevadoras a medida, juguetes a medida, una cuna a medida…etc, y ambos mantenían el tipo de relación mami-bebe (es decir mami le cambiaba, le daba de comer, etc). Vamos, era un tío muy interesante para una chica.

    Es dificil establecer que ocurrirá con este tipo de niños que reciben tanta atención, pero por lo que percibo, suelen ser luego adultos incapaces de resolver sus problemas, y buscan que se los resuelvan otros. En muchos aspectos, todos los de nuestra generación somos así. Lo mejor es que algunos lo consiguen: las mujeres trofeo (existencia de duración limitada), los hijos del jefe, o simplemente los que tienen talento para hacerlo (para estos últimos es necesario una inteligencia especial).
    Al final cada uno desarrolla sus metódos. Buenos o malos, el tiempo lo dirá.

    • Isma dijo:

      No conocía el caso de ese tipo de 25 años… 😯 En un programa parecido a Supernanny vi una niña de ocho años que sólo comía comida líquida. Su madre no podía admitir que ésa sería su última hija (tenía otros cinco), así que prolongó el uso del biberón para sentir que seguía teniendo un bebé.

      El cuento está implícitamente separado en dos partes. La primera parte narra cómo una madre permisiva y dominada va moldeando a su hijo con una personalidad tiránica y monstruosa. Y la segunda parte muestra una proyección de lo que la madre habría imaginado para su hijo cuando ella faltara. En su ceguera, esa madre protectora y amorosa creía (o quería creerse) que su niño era el mejor. Así que su niño sería una persona capaz de adulto. Los demás tendría que amarle como ella lo amaba. El sentido común nos dice que, al morir la madre, ese hijo hubiera sido un ser completamente inadaptado, torpe y antisocial. Pero la ceguera y la visión distorsionada de la madre convierte a su hijo, durante la segunda mitad del cuento, en un triunfador. Y logra serlo explotando su única verdadera habilidad, la única habilidad que cabría atribuirle por simple eliminación: llorar. El absurdo triunfo del hijo, totalmente imposible, ilustra amargamente la distorsión de la madre.

      Como he oído alguna vez, “más vale un niño enrabietado que un adulto frustrado”. La mayor sensibilidad de las madres al sufrimiento de los hijos hace que a veces tiendan hacia el comportamiento de la protagonista (obviamente, de manera mucho más moderada). La menor sensibilidad de los padres puede hacerlos tender al contrario, a ignorarles demasiado. Si mimas demasiado, criarás un tirano inútil; si no cuidas nada, los hijos mueren; así que es necesario un equilibrio. Como dices, todos tenemos algo del protagonista de la historia. Ojo, muchas personas son tratadas de adultos como el protagonista del cuento es tratado de niño: son personas con poder a las que nadie se atreve a contradecir, pues sus “rabietas” se llevarían a los demás por delante. Si alguien se acostumbra a que su voluntad se haga siempre, perderá el sentido de la realidad. En los desfiles del triunfo romanos, había un esclavo cuya única misión consistía en murmurar constantemente al general victorioso: “¡recuerda que no eres un dios!”.

      Por cierto, alguien me dijo que, en realidad, el llanto ha tenido evolutivamente dos utilidades: (a) ser atendido, cuando el niño llora moderadamente; y (b) ser abandonado, cuando el niño llora demasiado. Llorar irrita, así que tu primer deseo es acallar el llanto atendiendo a la necesidad. Pero si eso no funciona, la única solución para la irritación es el infanticidio. Parece que esa fue una práctica común en las sociedades primitivas, que no podían permitirse seguir alimentando a niños débiles o enfermos. Un ejemplo curioso: dicen que los loros son la pesadilla de los veterinarios, pues nunca muestran externamente su dolor. El motivo es que, si un loro lo hace, los demás loros le matan a picotazos.

  2. Yohana dijo:

    No creo que sea un tema en el que yo tenga mucho conocimiento. Pero si se pueden observar tendencias de los niños de hoy son adultos. Y es que la pregunta es, ¿que pasa cuando hay mucha gente adulta que presenta sobre-seguridad? Alguna vez que estoy en la Universidad, y veo a la gente joven, noto mucho las diferencias generacionales. (Soy consciente que hablo como un abuelillo), porque la gran mayoría viene al departamento para que les resuelvan problemas que se les plantean. Y están convencidos de que es algo que se les tiene que solucionar desde fuera.
    Lo peor es que es algo tan abrumador, que no te queda otra que claudicar. Pero… ¿cómo se relacionaran entre ellos? Por eso decía que al final cada uno desarrolla sus métodos. Si estas acostumbrado a que te resuelvan tus problemas, y encuentras a uno educado de otra forma, será carne de cañón para sufrir manipulación.

    • Isma dijo:

      Averiguar si las generaciones nuevas están realmente malcriadas no es fácil. No conozco a ninguna generación que, teniendo cincuenta o sesenta años, no haya pensado que los adolescentes que veían por la calle eran unos maleducados, sin disciplina y sin cultura del esfuerzo. Desde los años 40, cada generación ha tenido más riquezas que la anterior (esto no significaba que la calidad de vida fuera mejor en todo, claro). Además, cada nueva generación de jóvenes inventa su nuevo lenguage, y la gente mayor, al no entenderlo, se siente menospreciada por ellos. Es más, todos echamos de menos, en mayor o menor medida, la época en que éramos más jóvenes, pues éramos más fuertes y guapos, así que en cierto sentido envidiamos a los más jóvenes. Pero, sobre todo, los valores cambian en cada generación. Los padres de hace cuarenta años se escandalizaban con las relaciones prematrimoniales de los jóvenes. Los padres de hace diez años se escandalizaron viendo a los jóvenes tolerar a los gays sin problemas. Nosotros nos escandalizaremos viendo a nuestros hijos saliendo con robots, formando “familias matrimoniales” formadas por seis o siete adultos donde todos comparten cama, o siendo todos completamente beatos y fundamentalistas, nunca se sabe.

      Sobre reconocer el valor de las cosas, supongo que la clave es haber pasado alguna época de austeridad en tu vida. Obviamente yo no pasé la posguerra, así la “austeridad” de mi adolescencia daría risa a los más mayores… ¡pero quizás sorprendería a los adolescentes actuales! En mis cumpleaños o reyes siempre tenía un solo regalo, no decenas como tienen ahora. Con trece años sólo podía gastar cincuenta pesetas a la semana (equivalentes a dos partidas a una máquina recreativa y nada más). En casa sólo calentábamos la mitad de la casa en invierno, y en el colegio recuerdo haber tenido que llevar un jersey de mi hermano mayor que tenía sus iniciales en letras gigantescas (y pantalones remendados hasta la saciedad, etc). Gracias a esos años, nunca eché de menos la ropa de marca: si alguna vez alguien se equivocaba y me compraba algo de marca, trataba de borrar la marca de alguna forma. De una prenda podía valorar que fuera bonita, resistente o que abrigase, pero ¿un logotipo cuyo único objetivo era afirmar (o hacer creer) “esto es caro”? Si a los famosos les pagaban por llevar horribles logotipos de marcas en su ropa, ¿por qué yo debería pagar por hacer eso mismo?

      Toda nuestra generación podrá contar anécdotas similares (no mi aversión a las marcas, pero sí otras cosas del estilo), es sólo un ejemplo de lo que quiero decir… Los adolescentes de justo antes de la crisis crecieron en familias que se habían enriquecido rápidamente, que nunca tuvieron que recibir un ‘no’ por respuesta. Esto quizás podría haberles marcado negativamente. Pero la crisis nos ha vuelto a todos realistas de repente, es lo único bueno que ha traído.

      Como diría Les Luthiers, lo único que está claro es que “cualquier tiempo pasado fue… anterior”.

  3. Yohana dijo:

    Supongo que cada generación piensa que su juventud fue más dura. Es algo que a mí no dejan de recordarme cualquier rama de mis ascendientes, particularmente los más afortunados. (los que sufrieron más carencias, no lo comentan tanto). Como si sirviera de algo. Yo siempre argumento que los de generaciones anteriores a la suya, (ej. en el medievo) había todavía más dificultad para sobrevivir y la esperanza de vida era menor. Pero no parece que haga mella.

    Sobre tus datos autobiográficos..je,je, supongo que todos hemos pasado algo así. Aunque con trece años mi asinación semanal duplicaba a la tuya (que a diferencia de tí no siempre la gastaba íntegra), si tengo el recuerdo de que a medida que cumplía años, el aporte de dinero para mí era más dificultoso de obtener proporcionalmente. Mi hermano tuvo más suerte, porque él recibía mayor asignación a cambio de su trabajo semanal en el bar. (aunque a veces mi padre me dejaba recoger el dinero que caía por las rejillas debajo de las tragaperras al barrer el sótano) Con respecto al jersey, me has traído un recuerdo reciente, y es que hace poco descubrí en el facebook fotos de grupo del colegio, de cuando erámos chicos, y yo no conseguía encontrarme en las que debería estar. Hasta que pude hacerlo por la ropa: en una me localice por una blusa que odiaba profundamente y que mi madre había cosido para mí; y en la otra por un jersey que perteneció a mi hermano. Cuando fuí a pedirle explicaciones a mi madre, esta me dijo que si hubiera sabido que iban a hacer la foto ese día, me habría puesto otra ropa, y con respecto al jersey, era un jersey demasiado bueno para tirarlo sin más. En fin…

    Con respecto a las marcas, mis compañeras argumentan que por lo general, la ropa de marca para un niño es mejor, porque aguantan más el trajín que le dan los niños y la lavadora, y no se rompe tanto. Cuando tienes varios niños, si esta afirmación es cierta (yo no puedo corroborarlo) el ahorro puede ser considerable si la transmites de uno a otro. Si te fijas, en el fondo, es algo como lo de antes.

    Pero yo creo que los adolescentes de ahora, no están preparados para afrontar una crisis. Algunos espabilaran, pero otros puede que no. Mi madre dice, y tiene cierta razón, que de una mala vida a una buena vida se pasa bien, pero que al revés, es más complicado.

    • Isma dijo:

      Me pregunto cómo va a afectar esta larga crisis a toda la generación de jóvenes actual. Quizás llevemos setenta años sin ver un clima de pesimismo similar en España. La guerra civil marcó una generación ahorradora, miedosa y desconfiada. Respecto a su humildad, bueno, hubo de todo, pues también fue una generación donde era normal jactarse ante los demás de lo mucho que se tenía y de lo caro que era todo lo que se consumía, aunque fuera mentira (una costumbre que no es nueva cuando hay hambre: en El Lazarillo de Tormes, el hidalgo se echaba migas en la barba para que los demás creyeran que había comido). Tuvieron que pasar muchos años para que, por primera vez, apareciera una generación (la actual) que se jactase de lo contrario, que se enorgulleciera ante sus vecinos de comprar marcas blancas y ropa de los chinos. Incluso los publicistas empezaron a hacer anuncios ridiculizando a los que pagaban mucho (“Yo no soy tonto”, “Mismo hotel, distinto precio”, etc). Esto, paradójicamente, fue producto del boom, no de la crisis. Con la crisis, quizás esa mentalidad desaparezca: Dime de qué presumes, y te diré de qué careces…

      Pero, sobre todo, creo que la generación que creció en la posguerra fue sobre todo una generación resignada, pues una dictadura no daba mucho más juego. El miedo hizo que se conformasen simplemente con seguir con vida.

      La crisis actual, salvando las distancias en lo relativo a la pobreza, podría tener consecuencias diferentes en la mentalidad de los más damnificados. Los jóvenes no reciben mensajes optimistas por ningún sitio. No hay la maquinaria de propaganda de un régimen dictatorial mostrando una realidad imaginaria que algunos podrían creerse. Simplemente, nadie trasmite esperanza. Es lógico: con la cantidad de información disponible hoy en día, nadie les creería.

      Cada etapa de decadencia en España ha venido acompañada de un resurgimiento de las artes. Las decadencia del viejo imperio fue acompañada del siglo de oro de la literatura española, y la generación del 27 estuvo compuesta por escritores que se criaron entre el pesimismo tras el desastre de 1898. Puede que los que sufren de niños se vean más empujados a desarrollar su imaginación para evadirse, tanto escritores como lectores. Así que imagino que aquellos eventos crearon climas propicios.

      De momento, la única manifestación cultural reseñable que nos ha traído esta crisis han sido… dos eurocopas y un mundial de fútbol. 😦

  4. Yohana dijo:

    En no sé cuál idioma, (no sé si era chino) la palabra “crisis” tiene el mismo significado semántico que la palabra “oportunidad”. Eso viene a decir que de las crisis también se sacan conclusiones buenas.
    Las crisis pueden hacer necesario un cambio de mentalidad, lo que no tiene por que tener connotaciones negativas. Los que cambien de mentalidad tendrán una ventaja adaptativa frente a los que no lo hagan.
    Pero sí tienes razón: dos eurocopas y un mundial es algo muy importante.

    • Isma dijo:

      Tienes razón, las crisis han sido siempre importantes fuerzas de evolución. Recuerdo que, en ese simulador de evolución que programé hace años (te lo comenté en el blog hace algún tiempo), los parámetros de inteligencia (tendencia a recordar/olvidar, tendencia a formar reglas a partir de casos con poca/mucha similitud, cantidad de memoria a corto/largo plazo) apenas cambiaban cuando había suficiente comida para todos los individuos. Pero, cuando el ecosistema estaba superpoblado y los individuos empezaban a morir en masa por hambre, la evolución se disparaba. De hecho, observé que los mayores cambios evolutivos siempre venían después de alguna de esas crisis alimenticias.

      En la Historia, las crisis han hecho mucha falta para avanzar. Por ejemplo, los antiguos griegos y romanos no podrían haber inventado las máquinas, pues tenían esclavos para hacer las tareas más duras. Creo que fue Aristóteles quien dijo que los barcos se moverían solos cuando dejase de haber esclavos… ¡y tuvo razón! La Edad Media europea, que no fue precisamente un clima propicio para la ciencia y el intercambio de ideas, fue donde se empezaron a inventar algunas de las máquinas que facilitaron las tareas más duras (e.g. máquinas que usaban la fuerza del agua o el viento para mover o machacar cosas, complejos sistemas de poleas como el polipasto, etc). ¿Por qué? Porque ya no había esclavos. Había siervos, que no es lo mismo. Así que una carencia (de mano de obra gratuita) desencadenó en nuevos inventos que antes no hacían falta.

      Muchos inventos han procedido únicamente del avance de las clases medias. En 1969, los humanos llegaron a la Luna. Un par de años después, se patentó la idea de poner ruedas a las maletas. ¿¿¿Es que era más difícil poner ruedas a una maleta, que llevar hombres a la Luna y traerlos de vuelta??? ¡No! Pero, antes de los sesenta, sólo los ricos viajaban, y tenían a sus criados para llevarles las maletas. Así que tener maletas con ruedas no era necesario (¡incluso sería antiestético! ¿criados llevando maletas con ruedas? ¡que ordinariez!). Sólo empezó a haber ruedas en las maletas cuando la clase media empezó a viajar, pues tenía que cargar con sus propias maletas. De igual forma, creo que todavía no tenemos robots que hagan las tareas domésticas porque contratar a una persona para que lo haga no es demasiado caro.

      Ojo, la fuerza contraria, la desigualdad social, también ha sido una fuerza de avance tecnológico. Cuando hace más de un siglo no había carreteras asfaltadas, comprar un coche era bastante inútil. Los coches sólo servían para que los ricos impresionasen a sus visitas mostrándoles un objeto curioso. Pero, en cuanto hubo suficientes ricos con esas “curiosidades”, se empezaron a asfaltar algunas carreteras… Y al final tener coche fue útil, se fabricaron en masa, se abarataron costes, y finalmente los coches llegaron a la clase media. Pero probablemente tuvo que ser así: nadie habría inventado el coche para venderlo inicialmente a la clase media, cuando no había carreteras. Lo mismo pasó con el teléfono móvil.

  5. Yohana dijo:

    Sí, sí, pero los trogloditas jamás convivieron con los dinosaurios. Ves demasiadas películas de serie B.
    Hombre, no creo que todos los avances tecnológicos fueran fruto de las desigualdades sociales. Creo que el que inventó la fregona lo hizo porque se apiadó de las pobres señoras que hincaban sus rodillas en el suelo, no porque los hombres empezaran a fregar los suelos. Que detalle. El que inventó la jeringa, lo hizo simplemente por mejorar la calidad de vida de sus pacientes. A la que se le ocurrió que lavarse las manos antes de atender un parto era una buena idea, (antes debía ser horrible) lo hizo también por empatía. Y si la memoria no me falla, la intención de Henry Ford (el que inventó el automóvil) no era dirigir su producto a las clases más pudientes, aunque al final acabará así. Si no recuerdo mal, fue uno de los pioneros en la producción en masa, lo que dista un poco del elitismo, y trataba bastante bien a sus trabajadores.
    Quizás si es cierto que Aristóteles era un listillo (claro, le enseño Platón) y que las clases más afortunadas no tienen necesidad de pensar y sí de mostrar su superioridad al de al lado, aunque muchas veces solo es superioridad económica. Pero reducir el avance tecnológico a una lucha de clases, me parece demasiado. Sí es verdad que existen motivaciones de arrogancia humana para conseguir tal efecto, como ganar una guerra o demostrar quién es el mejor en algo.
    Pero bueno, a ver si inventan las maletas que no pierden ruedas a los dos días. O el transportador molecular, que yo ya tengo ganas de comprarme una casa barata en Bali.

    • Isma dijo:

      Por supuesto, mezclar dinosaurios con trogloditas es, como reconocíamos nosotros mismos en el artículo donde explicamos la idea, “the typical anachronism.” 🙂 Los leones dientes de sable tampoco se han “enfadado” nunca porque alguien se ha subido a “sus” palmeras (!?), pero ahí estaban haciendo eso en el simulador… Deberíamos haberlo hecho directamente con coyotes y correcaminos que hacen bip-bip, para evitar suspicacias ;-P (salvo las de copyright quizás).

      Sí, después de que los coches llevasen varios años fabricándose esencialmente sólo para ricos, Ford dio con la idea de la cadena de montaje, lo que cambió los costes de producción para siempre. Creo que fue él quien dijo “el cliente podrá tener un coche del color que quiera… siempre que sea negro”.

      Más allá de si cada invento se creó esencialmente para consumo de la clase dominante o de las clases medias, hasta el siglo XIX ha predominado un patrón: casi todos los que han hecho avances científicos o inventos (sobre todo los que suponían cierta dificultad teórica) han sido hechos por tipos que podían vivir del cuento y tenían suficiente tiempo libre como para dedicarlo a pensar en cosas abstractas, mientras sus criados trabajaban por ellos. Ya desde los filósofos griegos, la ciencia ha estado llena de ociosos aristócratas y tipos rodeados de esclavos y siervos. Supongo que, si comer es tu principal problema, entonces no tienes tiempo para tonterías. ¿Esto podría haber justificado su injusta posición privilegiada? ¿Cuántos aristócratas inútiles, dedicados en cuerpo y alma a la cacería de jabalíes y cortesanas, tenía que haber para que surgiera alguno/a más interesado en desentrañar el movimiento planetario? ¿Qué ratio de vagos habrá hecho falta para que surjan algunos otros vagos que, quizás por simple aburrimiento, quizás sólo por tener un tema de conversación cuando todavía no existía el fútbol, se pusieron a medir el radio de la Tierra poniendo un palo en Siena y otro en Alejandría?

      Probablemente, la invención no se democratizó hasta que se democratizó el propio acceso a la comida: sólo cuando incluso los “mindundis” dejaron de temer por no comer (aprox siglo XX), los propios mindundis empezaron a hacer sus propias aportaciones a la ciencia.

  6. Yohana dijo:

    No me acordaba de la parte en la que reconocíais que vuestra simulación no se basaba en hechos veraces. Perdón por el despiste.
    Uhmm, es lógico que los primeros productos piloto sean para la “élite”. Siempre ha sido así, y no creo que cambie, como tampoco cambia que al final los automóviles se dirigieran a una clase media-alta. Y con respecto a los ociosos aristócratas que se dedican la caza del ciervo (una lección importante si vas al monte, es que si ves un jabalí, decidas cuál es el primer árbol cercano al que serás capaz de subirte, lleves escopeta o no), no creo que fuera su ociosidad el patrón determinante para los grandes avances científicos. Aunque puede que si lo fuera su posición. Y es que hasta hace poco, la aristocracia detentaba el privilegio necesario para los avances científicos: la formación. El resto, quizás fuera más una cuestión de curiosidad entre los privilegiados, pero a excepción de unos pocos entre los que encontramos al mismo Ford, Edison, el tío ese que descubrió las telengectasias magnéticas y el indomable Will Hunting (es un sarcasmo), probablemente lo que movía estos descubrimientos era una esmerada educación, y no el aburrimiento.
    Aunque sí he de reconocerte que si estos nobles burgueses hubieran tenido que enfrentarse al hambre en lugar de a los desafíos mentales, otro gallo nos hubiera cantado.

    • Isma dijo:

      Curiosamente, quizás las tornas se hayan vuelto con respecto al elitismo social de la ciencia. Una parte importante del avance científico procede de la contribución de becarios precarios: mil euros justitos, y continuidad laboral completamente incierta. Incluso los que en el gremio tenemos plaza fija estamos descendiendo rápidamente: entre las bajadas y las no-subidas, en enero ya llevaremos alrededor de un 23% de pérdida de poder adquisitivo desde 2010. Los proyectos de investigación están recibiendo el 20%-40% de lo que recibían antes. Así la ciencia se está convirtiendo cada vez más, al menos en España, en un asunto de desheredados. Y por lo menos puedo darme por contento, pues con un lápiz y un ordenador me las puedo apañar para lo básico. No quiero ni pensar en los que necesitáis cacharros realmente caros para investigar…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s