El imperio del valle

Ciertamente, muchos grandes imperios han caído en manos de otros grandes imperios. No obstante, el primer paso para que un gran imperio caiga consiste en que se destruya a sí mismo.

 

Yo, Rey del Vupakián, país del centro del valle, me encuentro preparado para alcanzar la gloria.

Hace algunos años, nuestros herreros descubrieron la manera de malear con maestría el mineral del hierro, presente en nuestras tierras. Entonces descubrieron la valía de dicho material para forjar espadas, pues no se rompen al mínimo golpe, como ocurre con las de oro.

Poco después, nuestros criadores de caballos inventaron un mecanismo que libera los brazos de nuestros jinetes mientras cabalgan, lo que les permite agarrar con ambos brazos palos largos con los que pueden embestir al enemigo con el empuje del caballo en la carrera, en lugar de con la fuerza mucho menor de un brazo al agitarse de arriba abajo con una espada.

Durante los últimos tres años, he creado un magnífico ejército de cien mil espaderos y cincuenta mil jinetes con los que unificaré todos los reinos del valle.

Lidero este formidable ejército hacia Fupakián, el país del sur del valle, el país de las llanuras que se negó a pagar tributo de trigo cuando mis emisarios lo exigieron tres meses atrás.

Durante dos meses, mis jinetes aniquilan a su ejército armado con hachas y hondas. En un mes más, mis espaderos toman su capital y anexionan Fupakián a nuestro imperio, cuyo rey me rinde pleitesía aportando miles de hombres para nuestro ejército.

Al contemplar nuestra gloriosa victoria sin apenas bajas, regresamos a Vupakián para aprovisionarnos y proseguimos hacia el norte, hacia Tikpakián, el país del norte del valle, cuyo duque de las estepas también se negó a pagarnos tributo, en este caso en oro. Nuestro ejército aniquila a sus lanceros con escudos de madera, y el duque rinde la ciudad. La hija del duque es obligada a casarse con mi sobrino, a favor del cual el duque es también obligado a abdicar. Otros miles de hombres del ducado son reclutados para nuestro ejército, que ya es el más grande jamás visto.

Entonces divido al ejército en dos partes y ordeno a mi más leal general, el general Tork, que ponga rumbo al Oeste para tomar los reinos que allí se encuentran empezando por Rupakián, el país de los ríos. Le ordeno que obligue a cada país conquistado a nutrir nuestro ejército con nuevos hombres y que, si las victorias le siguen acompañando, siga avanzando hacia el legendario final occidental del valle, las Montañas Impenetrables.

Entonces yo mismo parto hacia el Este y, con nuestro descomunal ejército, tomamos Kopakían, el país del desierto. Luego pongo algunas divisiones menores a cargo de dos generales para que tomen el país de las ciénagas y el país de los prados, mientras yo sigo hacia el Este para tomar Zapakián, el país de las colinas. Allí, los tres volvemos a reunir nuestro ejército, que ya está más poblado de lo que era Vupakián antes de que empezásemos esta gloriosa campaña. Debido a la negativa del rey vencido de Zapakián a rendirme pleitesía, lo mando ejecutar, y ordeno quemar su capital. Todos los hombres de las demás ciudades del reino son reclutados para nuestro ejército, una descomunal amalgama de razas y lenguas con la que seguimos avanzando hacia el Este.

Nos adentramos entonces en las tierras más orientales del valle, tierras que ningún vupakiano ha pisado jamás, de las que sólo hemos oído hablar por las historias de los mercaderes, tierras pobladas por hombres que usan lenguas incomprensibles y bestias de aspectos extraños. Somos atacados con diversas armas, incluyendo hombres montados en grandes bestias con una nariz y colmillos enormes, pero lentos y torpes ante nuestros jinetes. Nuestras victorias continúan. Tomamos un reino, un principado y un ducado de los que jamás habíamos oído hablar.

Llega el momento en que me encuentro falto de vupakianos competentes y de confianza a los que poner al mando de los gobiernos de los países conquistados, ya que muchos de mis mandos más leales ya han quedado asignados como virreyes, duques, barones o cónsules de los países conquistados. Entonces comienzo a escoger mis delegados entre algunos de nuestros combatientes más valerosos y leales procedentes de los países conquistados anteriormente, hombres que, desde que empezó nuestra campaña, me han mostrado su admiración por nuestra cultura, que de hecho han abrazado. Esta política mejora la moral de nuestro ejército, entre el que cunde el mensaje de que cualquier soldado leal puede ascender hasta incluso ser nombrado gobernador de un país, independientemente de su origen. Mis combatientes lucen orgullosos las banderas de sus respectivos países en la batalla, lo que les motiva en su contribución a nuestro naciente Imperio.

Diez países después, finalmente alcanzamos la Cordillera Indómita, las gigantescas montañas que delimitan la frontera Este del Gran Valle.

Han pasado ya quince años desde que dejáramos nuestra amada tierra de Vupakián, y he de reconocer que la tentación de regresar a casa es grande. Pocos somos los que de hecho llevamos quince años de campaña, pues hace ya tiempo que la mayoría de nuestro ejército está formado por hombres que fueron reclutados en los países conquistados durante todos estos años de guerra. No obstante, el cansancio por esta larga guerra sin fin se nota entre nuestras filas. Podría disolver el ejército. Podría licenciar a los soldados y asignar a cada uno alguna tierra de cultivo en alguno de los países conquistados.

No obstante, las leyendas que oímos en las aldeas a la falda de las primeras montañas de la Cordillera Indómita me inquietan. Son leyendas que hablan de un país de formidable tecnología y poderoso ejército al otro lado de la cordillera, de un país con una fuerza tal que podría aplastar todo el valle si cruzase las montañas hacia el Oeste, hacia nosotros. Entonces me doy cuenta de que no es el momento para abandonar la frontera Este del valle. Al contrario, es el momento de aprovisionarnos y reclutar más hombres. Mando mensajeros a los reinos conquistados más cercanos para que nos manden más hombres. Reduzco los requisitos mínimos para que los hombres sean reclutados, necesitamos ser más como sea.

Entonces, cuando ya una quinta parte de los seres humanos a este lado del valle me acompañan en nuestro descomunal ejército, comenzamos a avanzar hacia el Este a través de los estrechos caminos de la Cordillera Indómita.

Tras tres meses de frío y escasez, por fin alcanzamos el extremo Este de la cordillera. Ante nosotros se muestra una extensísima pradera. Nuestros exploradores reconocen el terreno y nos informan de que los hombres de la zona son de una extraña raza y hablan una extraña lengua. Entonces iniciamos nuestra invasión.

La sorpresa nos permite tomar dichas tierras con facilidad. Sin embargo, el enemigo reacciona agrupando su ejército, que sale a nuestro encuentro.

Observamos que su ejército cuenta con una tecnología al menos igual a la nuestra, y que también son comparables a nosotros en número. Se prepara la madre de todas las batallas.

Ambos ejércitos luchamos sin descanso durante más de un año, sufriendo gigantescas bajas. Envío emisarios al otro lado de la cordillera para que nos manden refuerzos. Poco a poco llegan más refuerzos, pero esta lucha es una carnicería.

Tras dos años de enfrentamientos, las bajas son terribles. Es posible que ambos ejércitos hayamos perdido ya a más de tres cuartas partes de nuestros hombres. Debo buscar una tregua. Envío a mis emisarios para que organicen un encuentro con el gobernante de estas indómitas tierras.

Una semana después, ambos líderes nos encontramos en una tienda de campaña acompañados de nuestra guardia real y nuestro séquito.

Mi sorpresa es descomunal cuando descubro que el líder del ejército enemigo es Tork, mi leal general al que ordené hace casi veinte años tomar todos los reinos al Oeste de Vupakián. Él también muestra una sorpresa enorme.

Y así fue que los hombres de todo nuestro mundo, los hombres del Valle, conocimos por primera vez que nuestro mundo es redondo, y que viajando más allá del Este del Valle podía llegarse al Oeste del Valle y viceversa, cruzando lo que al Este era llamado Cordillera Indómita y al Oeste eran llamadas Montañas Impenetrables.

Tork y yo decidimos mantener dicho hecho en secreto en previsión de que, al descubrirlo, el Valle entero quisiera nuestras cabezas por haber conducido a todo el valle a una cruentísima (y absurdísima) guerra contra sí mismo.

Ambos acordamos que la mejor forma de preservar por más tiempo dicho secreto consistiría, de hecho, en seguir luchando.

Desde entonces, la guerra continúa.

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