El factor F

Aquí me encuentro, recorriendo fríos pasillos entre paredes de hormigón bajo una luz temblorosa azul fluorescente, dirigiéndome a un despacho que me ha sido encomendado para cumplir una extraña misión.

Hace apenas siete horas me encontraba tranquilo en mi despacho de la facultad. Entonces entraron esos tipos. Tras sacar la documentación que les identificaba como agentes del gobierno, me dijeron que me necesitaban y por qué. Bueno, al menos una parte del por qué.

Por lo visto, determinada agencia gubernamental cuyo nombre no podían revelarme estaba desarrollando un proyecto científico secreto (cuyo objetivo tampoco podían revelarme) y les había surgido un problema importante. Tras construir una máquina que permitía medir “cierto fenómeno natural que jamás se había medido antes instrumentalmente”, se encontraron con que eran incapaces de averiguar las condiciones ambientales que influían en dicho fenómeno. Tras probar cientos de condicionantes que creían relacionados con el fenómeno, resultó que éste no guardaba ninguna correlación estadística significativa con ninguno de ellos.

Los agentes estudiaron mis investigaciones académicas y descubrieron mi gran capacidad para descubrir correlaciones entre fenómenos aparentemente no relacionados. Mis artículos “Estudio de la relación entre la venta de pasta de dientes y el precio del oro” y “Sobre la influencia de los resultados futbolísticos en la nidificación del águila imperial” permitieron a un fondo de inversión y a una agencia protectora de rapaces, respectivamente, obtener éxitos sin precedentes. Claramente, si había alguien en el país capaz de encontrar la relación entre factores dispares y de predecir unos en función de los otros, ése era yo.

Así que me hicieron una interesante oferta: pondrían a mi disposición el aparato medidor que habían construido. Entonces yo, sin hacer preguntas sobre dicho fenómeno o sobre el aparato en sí mismo (toda la información al respecto estaba clasificada), trataría de averiguar qué factores influyen en dicho fenómeno para comprenderlo y predecirlo. Si era capaz de lograr tal éxito en menos de un mes, me darían una gran cantidad de dinero y crearían un centro de investigación que estaría a mi cargo. Una gran oferta.

Intenté que me permitieran llevar conmigo todo tipo de instrumental de medida que tenía en los laboratorios de la universidad, pero no me lo permitieron. “Lo siento, usted va a entrar en un área restringida con nivel de seguridad A. Significa que nadie puede meter nada ni sacar nada del lugar. Sin excepciones”.

No era una buena manera de facilitar mi trabajo, desde luego.

Tras rellenar múltiples formularios, tomárseme huellas dactilares y pasar por un escáner de retina, por fin se me permitió el acceso al recinto, siempre escoltado por un soldado.

En estos momentos, andamos por extraños pasillos hasta el despacho que se me ha asignado. El soldado me informa de que en todas las salas, sin excepción, hay cámaras de seguridad, micrófonos, detectores láser, y otras medidas de seguridad que no puede mencionarme. Me pregunto si tal información es el primer tema de conversación que se le ha ocurrido para soportar el tedio del paseo, o bien si es una advertencia.

Finalmente, el soldado abre una puerta y me muestra mi “despacho”. Es una sala diáfana con paredes de hormigón y una pequeña ventana. Sobre una mesa está el aparato medidor, un simple objeto cuadrado de carcasa metálica con un botón de encendido/apagado y un monitor. En la habitación también hay una nevera, que el soldado llenará de comida todos los días, y una cama, en previsión de que deba dormir en la sala durante mis experimentos. Como en todas las demás salas, veo una cámara de vigilancia. Imagino que también estarán presentes todos los demás aparatos de seguridad que mencionó el soldado mientras recorríamos el recinto.

El soldado me da un ordenador portátil para que escriba mis conclusiones o lleve a cabo todos los cálculos matemáticos que pudiera necesitar. Echo de menos mi propio instrumental pero, por lo demás, supongo que me apañaré con esto.

Finalmente, el soldado se marcha.

Así que tengo que medir qué factores afectan a la aparición de cierto fenómeno sobre el que no me han revelado absolutamente nada por “motivos de seguridad”. Obviamente, mi trabajo sería más fácil si supiera cuál es ese fenómeno. O quizás ellos piensen que no: sus propios científicos, que sí sabían cuál es ese fenómeno, no lograron comprender lo que lo gobierna, así que es posible que ellos prefieran que ahora lo estudie alguien que no esté condicionado por saber de antemano lo que va a estudiar. Así no tendré ninguna idea preconcebida de antemano y estaré más libre para probar todas las opciones sin excepción. Visto así, y teniendo en cuenta el bloqueo de ideas en el que parecen encontrarse ellos, no parece tan mala idea después de todo.

Enciendo el aparato y se enciende el monitor. Muestra la intensidad de dicho fenómeno medida en ciertas unidades llamadas simplemente “F”. Bueno, ya tengo un nombre para el fenómeno: fenómeno F. Un nombre obvio, pero es mejor que nada.

Según el monitor, ahora mismo hay 0 F.

Espero durante una hora, e invariablemente el monitor sigue mostrando 0 F.

Pues qué bien. Si hay algo imposible de analizar es, precisamente, un fenómeno que no se produce nunca. ¿Cómo se espera que pueda decir algo sobre tal fenómeno?

Pero entonces, a los pocos minutos, veo una pequeña variación en la medición: 0.5 F. ¡Bien!

Anoto la hora y todas las condiciones del entorno: la luz está encendida, la nevera está encendida, el ordenador está encendido, estoy sentado en una silla junto al aparato. Anoto incluso lo que llevo puesto, por si los materiales de mi ropa tuvieran finalmente algo que ver. Anoto también a qué hora comí por última vez.

Entonces vuelvo a mirar el monitor. De nuevo muestra 0 F.

Se me ocurre que me gustaría pedir algún dato adicional al soldado que me trajo aquí. Por un momento me pregunto cómo llamarle, pero luego me doy cuenta de que es obvio: miro a la cámara y digo: “¡Soldado! Por favor, ¿puede venir?”.

El soldado se presenta en la puerta de la sala en apenas un minuto. Puede que ni siquiera hubiera hecho falta mirar a la cámara y hubiera bastado con decirlo.

-Por favor, ¿podría facilitarme el parte meteorológico completo del día en la zona en que nos encontramos? También necesitaría conocer el ambiente en esta misma sala: un termómetro, un barómetro… también necesitaré medir la humedad…  y el campo magnético… y la radiación… y…

Doy al soldado una larga lista de cachivaches que necesitaría que me trajera. El soldado me dice que irá al departamento científico a ver qué puede hacer.

Al cabo de media hora, trae la mayoría del instrumental que le había pedido.

De nuevo, el aparato mide 0 F. Bueno, habrá que esperar otra vez. Uso los instrumentos que me ha traído el soldado para anotar las condiciones bajo las que estoy midiendo 0 F, lo cual será igual de importante que las condiciones bajo las cuales se den otras cantidades de F mayores que 0.

Una hora y media más tarde, me recuesto en la cama.

Dos minutos después, observo de reojo que el monitor muestra 1 F.

Me levanto rápidamente y anoto todas las condiciones actuales. Incluyo también en las notas que, poco antes de volver a producirse F, me había tumbado en la cama. Pudiera ser que mi posición en la sala facilitase determinado campo que es detectado por el medidor.

Poco después de hacer las anotaciones, observo que el valor vuelve a 0. Bueno, vamos avanzando. Al menos ya tengo dos observaciones positivas.

Simplemente para matar el tiempo durante mi espera, trato de ver qué fue similar entre los dos casos positivos que he observado, aunque sé que dos casos son obviamente insuficientes para descubrir un patrón. Además, las condiciones ambientales en la sala eran casi iguales en ambos casos. Según el parte meteorológico, al aire libre las condiciones también eran idénticas.

Como algo y vuelvo a recostarme en la cama. Poco después, vuelve a haber 1 F. Me levanto rápidamente para anotar las condiciones, mientras observo cómo la medida va bajando: 0.8 F… 0.6 F… 0.3 F… 0 F.

De mis tres observaciones de F, en dos de ellas yo estaba en la cama. Eso podría ser relevante. Decido que aguantaré de pie hasta la próxima aparición del fenómeno.

Me doy cuenta de que los tiempos transcurridos entre cada par de apariciones consecutivas del fenómeno son irregulares. El fenómeno no tiene una regularidad trivial, sino que se ve afectado de alguna forma por el entorno.

Introduzco todos los datos de los que dispongo en el ordenador y trato de interpolar una función que prediga F en función de todos ellos: el tiempo desde el evento anterior, la hora del día, la temperatura, la humedad, si estaba tumbado en la cama o no, si había comido o no, etc. Con ayuda del ordenador, obtengo una complejísima función que se comporta conforme a todo lo observado hasta ahora. “Nada natural puede seguir este horrible patrón” me digo a mí mismo. Esto es lo que suele pasar cuando todavía no has descubierto lo que realmente determina algo: que cualquier teoría que explica correctamente todo lo que has visto es complejísima.

Según dicha horrible función, si permanezco de pie sin moverme entonces F volverá a ser mayor que 0 dentro de setenta minutos.

Pasan setenta minutos. Luego un par más. Cuando pasan los cinco minutos típicos “de cortesía”, admito que mi función de predicción interpolada era, obviamente, incorrecta, pues todavía no conozco los verdaderos factores que influyen en F.

Pero entonces, un minuto después, el monitor muestra 2.4 F.

¡Hey! ¿Pudiera ser que mi función casi funcionase, y simplemente tuviera que afinarla un poco?

Frenético, anoto todas las condiciones ambientales mientras la medida vuelve a caer en picado hasta 0, como en todos los casos anteriores.

¡Bueno, esto podría ser un logro!

Tras meter los nuevos datos de este nuevo caso en el ordenador, hago una nueva interpolación y obtengo una nueva función ajustada.

De nuevo, espero hasta el tiempo en que, según mi nueva función, F debería volver a aparecer.

Al llegar la hora prevista, no ocurre nada. Pero entonces, siete minutos después, F vuelve a aparecer: 3.7 F.

Esta vez pruebo a no anotar nada inmediatamente. ¿Y si mis movimientos de anotación fueran los que hacen bajar F? ¿Y si al moverme destruyera el equilibrio de cierto campo invisible a mi alrededor? Intento permanecer completamente inmóvil. Tengo que comprobar si eso tiene algo que ver.

Veo cómo F empieza a bajar tan rápido como siempre: 3.1 F… 2.5 F… Así que mi teoría de que estar parado influía era falsa, vaya. Entonces la bajada de F se ralentiza sensiblemente: 2.2 F… 2 F… 1.8 F… ¿O puede ser que sí que influya un poco? Súbitamente, F cae en picado: 1 F… 0 F. Bueno, no parece tener que ver. Lo importante es que tengo un caso más que anotar y, con lo poco que se prodigan, eso es importante. Anoto rápidamente todo lo que no había anotado mientras permanecía inmóvil.

Así que van dos casos en los que F ha aparecido con cierto retraso con respecto a mi predicción.

¿Es casualidad, o es que mi función está funcionando parcialmente?

Entonces, por tercera vez, F vuelve a aparecer con cierto retraso sobre la hora prevista por mi función de predicción anterior, en este caso de diez minutos.

Por un momento, llevar tres predicciones casi correctas me llena de ilusión. Pero después una duda me asalta. ¿Por qué cada vez son menos correctas mis predicciones, en vez de al revés? Los errores fueron de cinco minutos, seis minutos y diez minutos, respectivamente. ¿Por qué cada vez tengo que esperar más con respecto a la predicción hecha con la función anterior?

Algo empieza a inquietarme: si mi función de interpolación estuviera ajustándose paso a paso en la dirección correcta, entonces la nueva función reajustada tras cada paso se iría pareciendo cada vez más a la función del caso anterior. Es decir, si mis teorías fueran en la buena dirección, entonces los cambios entre cada teoría y la siguiente serían cada vez más pequeños. Pero no es así: las tres funciones de predicción eran bastante diferentes entre sí. Las diferencias entre los tiempos de observación y los tiempos predichos provocaron que, en los tres casos, los patrones más simples que encontró el ordenador para justificar lo observado fueran muy diferentes entre sí. Eso es malo. Significa que no avanzo hacia nada, que de momento voy dando tumbos.

Entonces veo que el medidor sube a 5.7 F. Miro la predicción de mi última función de predicción. ¡Según ella, F no tenía que regresar hasta dentro de ochenta minutos más! ¡Esta vez, la predicción ha sido nefasta!

En lugar de bajar, la medida sube hasta 9.7 F. ¡Guau! ¡Esto es nuevo!

Entonces baja completamente en picado: 5 F… 0 F.

¿Qué demonios es esto? Estoy excitado por lo que acabo de ver, que es completamente nuevo. Pero también reconozco que no entiendo absolutamente nada. ¡Nada!

De repente, F vuelve a subir hasta 3.8. ¡Esto también es nuevo! ¡Una repetición, tan solo diez segundos después! Y, rapidísimamente, vuelve a bajar hasta 0.

Bueno, creo que lo que acabo de ver me podrá tener entretenido durante las próximas horas. Si se producen oleadas, entonces puedo obtener mucha información sobre el tipo de fenómeno que es a base de comparar la primera oleada con la segunda oleada. Puedo tratar de compararlo con otros muchísimos fenómenos que conozco que funcionan por oleadas. Hay muchísimas opciones.

Me doy cuenta de que estoy agotado, ha sido un día muy intenso. Debo dormir. Me acuesto en la cama.

Al despertarme, tomo algo y miro la gráfica del monitor. No ha habido ninguna aparición de F durante mi sueño. Bueno, parece que no me he perdido nada.

Ilusionado con la observación con oleada antes de dormir, dedico las siguientes horas a crear diferentes modelos posibles que lo expliquen.

Pasadas siete horas enfrascado en mis modelos de predicción, me extraña que el evento no haya vuelto a repetirse.

¿Por qué está tardando tanto? Pasa una hora más, y entonces el medidor sube repentinamente a 5.1 F. ¿Por qué ahora? ¿Qué tiene de especial este momento? Sigue subiendo hasta 7.6 F. Me pongo a anotar las condiciones mientras F baja en picado otra vez hasta 0.

Espero expectante la aparición de una nueva oleada. Veinte segundos después, cuando doy por sentado que dicha nueva oleada ya no se producirá, F sube repentinamente hasta 4.2 F, y luego baja en picado hasta 0. Lo anoto todo. Debo analizarlo.

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Durante los días siguientes, hago cambios en mi entorno de todas las formas posibles para ver si alguno de ellos influye en el comportamiento de F. Permanezco de pie y permanezco tumbado. No hay diferencias significativas. Apago todos los aparatos eléctricos y los vuelvo a encender. No hay diferencias significativas. Pruebo a apagar el aparato medidor y a volver a encenderlo. Todo igual. Cambio los muebles de posición, saco el aparato al pasillo, pido una maquinilla para raparme al cero en todo mi cuerpo (no hay que subestimar la capacidad del pelo para preservar la energía electroestática), espero desnudo, espero haciendo ruido, pongo en marcha un humidificador. Nada de ello cambia nada.

Eso sí, con el paso de las horas y los días, F llega en cada nueva oleada hasta cotas más altas. En mi obsesión por esta búsqueda estéril, llega el día en que cada nueva oleada de F comienza a irritarme. Poco después, como si el fenómeno F quisiera burlarse de mí, F deja de bajar inmediatamente cada vez que se produce, sino que empieza a mantenerse durante varios minutos. Inicialmente, esta novedad me ilusiona. Durante los días siguientes, observo que a veces F se mantiene, pero otras veces baja inmediatamente a 0, como siempre ocurría antes. Entonces admito que tampoco soy capaz de entender por qué a veces F se mantiene y por qué a veces F baja a 0 inmediatamente tras cada aparición. La impotencia me hace sentir rabia, reconozco que las apariciones de F vuelven a irritarme. Finalmente, llega un momento en que toda aparición de F se mantiene durante un rato: inicialmente unos minutos, luego incluso horas.

Tres semanas después del inicio del experimento, alcanzo un punto en que F se mantiene siempre por encima de 0. Fluctúa, pero nunca baja hasta 0.

Estoy extraordinariamente nervioso, irritado y agotado. Me cuesta dormir y apenas como. No entiendo nada. Ese maldito fenómeno indescifrable está acabando conmigo. No lo soporto.

En una ocasión de extraordinaria rabia, cojo el aparato medidor y lo tiro al suelo con todas mis fuerzas. Sólo consigo que se abolle la carcasa. El soldado viene inmediatamente y me dice que no tolerará otra vez ese comportamiento. Se lleva el aparato para que sea reparado y me lo devuelve al cabo de tres horas.

No tengo fuerzas para volver a encenderlo, pero finalmente lo hago. Nada más encenderse, el monitor muestra 367 F. ¡Nuevo récord! Luego baja hasta 254 F. No sé por qué ha bajado. Luego sube a 453 F. Luego… luego qué más da. Nada tiene ningún sentido.

Finalmente se cumple un mes en este despacho. Durante todo este tiempo, apenas he salido de él.

El soldado me encuentra sin duchar y sin afeitar. Me tiembla el ojo cuando pestañeo.

Me agradece los servicios prestados y me pide que le acompañe hasta la salida.

En mi última mirada al aparato, veo que marca 835 F.

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Los científicos repasaban ilusionados las grabaciones del “despacho”.

-Fijaos en que, cuando el tipo creía que las predicciones de sus funciones funcionaban, esperaba ilusionado hasta el momento predicho por ellas. Luego, cuando veía que no ocurría nada a esa hora, se desilusionaba y ¡ahí lo tenemos! ¡justo ahí! ¡incremento de F!

-Y como se empezó a acostumbrar a que F sucediera un poco después de su predicción, cada vez había que esperar más tiempo desde la hora de su predicción hasta que se desanimase otra vez, y entonces F subiera. Entonces se ilusionaba, lo que hacía que F bajase inmediatamente.

-¿Y por qué se frustró tanto después del tercer intento?

-Descubrió que sus funciones no convergían hacia nada. Entonces se desmoronó, y el incremento de F debido a su nueva frustración acabó con él: su cuarta predicción no se había cumplido ni de lejos. Su frustración volvió a crecer, esta vez desbocada.

-Ahí empezaron las oleadas: en cuanto se batía el récord de F, sentía una ilusión repentina por haber observado un valor récord, y F bajaba. Inmediatamente después se encontraba perplejo y abatido por no entender el por qué de ese altísimo valor que acababa de ver, y venía su segunda oleada de frustración, la nueva F.

-Espectacular.

-Veamos ahora una secuencia de algunos días después. Si repasamos con cuidado cualquier secuencia del mes entero, veremos que toda subida o bajada de F tuvo en realidad una explicación sencilla.

-¡Sí, veamos otra secuencia! –respondieron los demás, ilusionados.

Decididamente, poner a un científico testarudo a observar una medida de su propia frustración en un monitor y pedirle que averiguase qué fenómeno mostraba dicho monitor había sido la mejor forma de observar interesantísimos y variados patrones de frustración realimentada. No podía haber mejor forma de obtener una montaña rusa de ilusión y frustración que poner a un tipo a ilusionarse cuando su frustración aparecía en un monitor, y a frustrarse cuando su frustración desaparecía del monitor durante mucho tiempo.

-¿Cómo te atreviste a llamarlo F por “frustración”? ¿No era muy obvio?

-Para él era F de “fenómeno”. ¿Por qué iba a sospechar?

Los datos obtenidos en aquel experimento serían analizados durante años.

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2 respuestas a El factor F

  1. Yohana dijo:

    Que crueldad.
    Es imposible que un observador establezca correlación entre un valor y una emoción que le afecte directamente.
    Eres cruel.

    • Isma dijo:

      Para inventar esta historia recordé aquel juego llamado “Paso la frontera”: Un participante, llamémosle “líder”, propone a todos los jugadores que digan por turnos cómo “pasarán la frontera”. Cuando todos lo han hecho, el líder dice a cada uno si logra pasarla o no, y el proceso se repite hasta que cada uno averigua cómo se pasa la frontera. Los jugadores creen que lo que importa es lo que digas o no (“paso la frontera escondido”, “paso la frontera con una maleta”, etc), pero lo único que importa es que, cuando digas cómo pasas la frontera, tengas exactamente la misma postura que el líder en ese momento. Así que el líder puede “torturar” a los participantes, adoptando sus posturas a veces para que de vez en cuando lo logren, y adoptando otras posturas para volverles locos cuando creen que ya han sacado el patrón de lo que hay que “decir”. 🙂

      Si el observador es parte del fenómeno a observar, entonces puede ser muy difícil que se dé cuenta, como dices. Si un científico toma drogas para describir sus efectos, entonces tras tomarlas probablemente le dará igual ponerse a describir sus efectos, y preferirá ponerse a correr o dar saltos mientras alucina. Si vuelve a repetirlo, acabará adicto, y finalmente le dará igual describir los efectos de la droga o su propio trabajo. Hay muchos experimentos que, si involucran al experimentador, se vuelven imposibles.

      En cualquier caso, la frustración del científico cuando trata de desentrañar algo no desentrañable me parecía una situación digna de ser contada. Ese pique, esas ganas de resolver el misterio (que curiosamente van creciendo cuánto más imposible parece resolver el misterio), esa espiral obsesiva y perversa que le lleva a la destrucción como una droga, me parecía fascinante, un buen tema para un cuento.

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