Despedida completa

Clara se quitó el casco y miró a sus dos hijos. Ellos ya se habían quitado los suyos.

-Se sentirán aturdidos durante unos segundos, es normal -dijo el doctor mientras se concentraba en el monitor.

Durante unos segundos, el doctor permaneció en silencio mientras consultaba los datos que salían por pantalla.

-Muy bien, familia -anunció finalmente mientras levantaba la vista y se dirigía a Clara-. Sus sondas cerebrales no muestran signos de las lesiones significativas. Debemos tener en cuenta que los tres han estado algunos días en coma: dos días Rebeca, tres días Daniel, y seis días Clara. Por el tipo de impactos que sufrieron, es muy probable que ahora tengan algunas lagunas en sus recuerdos sobre sucesos del pasado. No obstante, en los tres observo ahora una actividad cerebral normal –dijo mientras señalaba su pantalla con el dedo-. Dada la velocidad con la que las rocas del camión que tenían delante atravesaron el parabrisas de su vehículo y golpearon en sus cabezas durante el accidente, sería esperable lo contrario. Son muy afortunados.

Clara hizo algunas preguntas al doctor y después rellenó algunos formularios. Finalmente, los tres se despidieron del doctor y salieron de la consulta.

Ya en la calle, Clara sacó de su bolso los documentos que los bomberos habían logrado extraer del coche y volvió a leerlos. Se trataba de unas escrituras de una casa. Según les informó la inmobiliaria, había vendido su antigua casa el día anterior al accidente, y en el momento del accidente se dirigían a recoger las llaves de la nueva casa que había acabado de comprar en otra ciudad. Por otro lado, a juzgar por los mensajes de móvil acumulados mientras estuvo en coma, también tenía un nuevo empleo en esa ciudad, al que obviamente no había podido incorporarse todavía.

Clara volvió a guardar los documentos en su bolso. Los tres comenzaron a andar por la acera.

-Mamá, ¿nosotros hacemos celebraciones? ¿las hemos hecho alguna vez? -preguntó Rebeca al salir a la calle.

-¿Por qué lo dices?

-Tratando de repasar mis recuerdos entre varias lagunas, no recuerdo ninguna Navidad, ni ningún cumpleaños, ni nada parecido. ¿Lo recordáis vosotros?

-Lo cierto es que yo tampoco recuerdo nada así -dijo Dani-. Bueno, me temo que hay muchas más cosas que no recuerdo.

Clara meditó durante unos segundos y se entristeció.

-Me temo que yo no recuerdo vuestros nacimientos. Ni cómo íbamos a los lugares de nuestras vacaciones. De hecho, recuerdo muy poco de nuestras vacaciones.

-Me pasa lo mismo, mamá -dijo Rebeca-. Pero, mira por donde, sí que recuerdo muy bien el tiempo pasado en el colegio.

Rebeca se rio durante unos segundos. Después los tres permanecieron callados durante un rato.

-Mamá -dijo Dani al fin-, no recuerdo nunca haberte preguntado nunca quién fue nuestro padre.

Clara se paró en seco.

-Bueno, no recuerdo nada de él desde que naciste tú. Es el padre de ambos, así que deduzco que regresó para volver a abandonarnos otra vez después. Desde entonces nunca le vimos, jamás nos visitó. No creo que merezca que pensemos en él.

Los tres permanecieron en silencio unos segundos. Al final fue Rebeca la que habló.

-¿Sabéis qué? Al entrar en la nueva casa, haremos una gran celebración.

Los tres sonrieron.

Una hora más tarde entraron en su nueva casa y comenzaron a explorarla. Clara se dirigió al que sería su nuevo dormitorio.

Se dio cuenta de que no recordaba haber estado nunca dentro de la cama de su antigua casa. No obstante, sí recordaba haber dormido alguna vez en el sofá del salón.

*********************************************************************** 

(Una semana antes)

Ayer, amado esposo y padre, te fuiste de nosotros. En estos momentos de dolor, ante tu ataúd, no somos capaces de abarcar ni comprender el golpe que tu marcha nos deja.

Recordamos tu mirada, tu risa, tu calor, tus abrazos, tus errores, tus sermones, tus silencios, tu fuerza, tu presencia, tu testarudez, tu generosidad. Tu capacidad para estar ahí, para caerte y levantarte, para hablar poco y decir mucho, para disponerlo todo según tus planes interviniendo sólo lo necesario.

Conforme a tu deseo, hoy nos mudaremos y dejaremos atrás nuestra casa, la casa de nuestra vida contigo, la casa de todos nuestros recuerdos, y nos iremos a vivir a otra ciudad, igual que tú ayer te mudaste a otro lugar. Se separan nuestros caminos hasta que, quién sabe, quizás nos reencontremos más tarde.

Tú sabías que yo no podría soportarlo y decías que después de irte yo no lograría levantar el vuelo. Hace años jamás me hubiera imaginado esto. No así, no tan pronto. La conmoción todavía no me deja ver el vacío que se abre tras ella. Por otro lado, hace meses ya sabías que Dani y Rebeca no podrían soportarlo. Es mucho más de lo que unos preadolescentes pueden aguantar. Sabías que, sin tener culpa, al irte nos harías daño.

Los tres estamos ahora solos en esta sala, ante tu cuerpo inerte, preparándonos para despedirnos definitivamente de ti. Los tres lloramos. Los tres sabemos que quedan segundos para que tu efigie abandone nuestra retina para siempre.

Entran los operarios, ha llegado el momento.

Adiós, amado esposo y padre. Cumplimos ahora tu último deseo rebosante de amor y generosidad.

Los operarios nos ponen los electrodos en la cabeza.

Tal y como deseaste, no te recordaremos.

Adiós por completo.

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2 respuestas a Despedida completa

  1. Yohana dijo:

    Tal y como lo cuentas, parece que fuera culpa del marido por morirse. Y a lo mejor el hombre es como la gaviota, a la que se mató casualmente por no tener que hacer. Si el hombre está ya muerto, si eso no va ya a cambiar ¿que más da lo que se haga después?.

    • Isma dijo:

      No, el marido no tenía la culpa de morirse. Pero es frecuente que, cuando muere un familiar cercano, de una forma irracional se le eche la “culpa” de su desaparición. Quizás la palabra correcta no es “culpa”, sino más bien desconfianza o desafección: si se muere alguien cercano en quien has volcado tu afectividad, te volverás más reacio de volver a volcar tu afectividad en otra persona, pues inconscientemente pensarás que también podría abandonarte y hacerte daño.

      En sentido estricto, al padre podría darle igual lo que ocurra tras su muerte: si ya no existirá, nada importará. Y sin embargo, la gente se molesta en escribir testamentos y decidir cuál será la herencia de sus hijos. En general, La gente mayor no gasta todos sus ahorros pensando “¿para qué me servirá mi dinero en la tumba?”, sino que suele pensar en lo que heredarán sus hijos. Puede pensarse que es irracional, que después de morir el bienestar de los familiares no importará (ojos que no ven…). Pero se entiende mejor si comprendemos que, lo que en realidad se busca, es sentirse bien en vida. Imaginando una vida mejor para tu descendencia, tienes una vejez más feliz, y esa felicidad sí importa, porque ocurre en vida.

      El marido del cuento lleva esa idea un paso más allá: ama tanto a su mujer y a sus hijos que, cuando está terminal, decide que el mejor regalo que puede hacerle a sus hijos es evitarles el sufrimiento que les provocará su muerte. Morir puede ser doloroso para el que se muere, sobre todo si no se usan drogas. Pero después de morir, el mayor sufrimiento se lo llevan los que se quedan. Así que el marido decide que su regalo a su familia será hacer que los tres se sometan a una operación cerebral para que no le recuerden. Los tres creerán tener lagunas en su mente por un supuesto accidente, pero no le llorarán, no se sentirán solos. Si no le recuerdan, no sufrirán, su vida transcurrá normalmente. Le importa más evitar el sufrimiento de su familia que ser recordado por ellos.

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