Celdín en CeldaPasilloPatio

Al ser capturados, los espías terrestres Virno y Kitia fueron condenados por las autoridades del planeta Korfián a pasar cien mil años en la cárcel.

Podría parecer una cadena perpetua, pero en realidad no lo era. Los habitantes de Korfián podían vivir fácilmente tiempos mayores que ése, aunque para ello tenían que cambiar regularmente su cuerpo, como era allí habitual.

La reproducción de los korfianos es algo diferente a la nuestra. Cada individuo korfiano puede recibir los genes de otro individuo llevando a cabo algo parecido a una cópula. Cuando esto sucede, el individuo receptor comienza a desarrollar un nuevo cuerpo, procedente de una mezcla de sus genes y de los que ha recibido del donante, adosado al suyo. El aparato nervioso del individuo receptor va migrando poco a poco al nuevo cuerpo, y entonces el individuo, bajo su nuevo cuerpo con genética mezclada, se deshace de su cuerpo antiguo igual que una serpiente terrestre se deshace de su piel anterior cuando la muda. La renovación corporal constante de los korfianos solo se activa cuando los individuos se someten a este proceso de mezcla genética, así que la eternidad es el premio que la naturaleza da a los korfianos por mezclar sus genes y permitir que la especie siga evolucionando. Si eres korfiano, sobrevivirás mientras otros korfianos sigan mezclando regularmente sus genes con los tuyos.

Así que cien mil años de condena era una pena asumible para un korfiano. Pero no para Virno y Kitia, que sabían que morirían en aquella prisión.

A los pocos años, Kitia se quedó embarazada de Virno. Nueve meses después, el día que Kitia dio a luz, las autoridades de la prisión liberaron a Kitia, para su sorpresa y desconcierto. La separaron de su bebé y la dejaron en la calle.

Virno y Kitia, uno dentro de la prisión y la otra fuera, llegaron a la misma conclusión ese mismo día: los korfianos pensaban que el bebé era el nuevo cuerpo de Kitia, el que debía seguir cumpliendo la condena, mientras que la propia Kitia no era más que el cuerpo desechado por Kitia en su renovación. El hecho de que el ‘antiguo’ cuerpo de Kitia siguiera moviéndose debía parecer, a ojos korfianos, una extraña anomalía biológica de los humanos. Quizás pensasen que dicho cuerpo seguía moviéndose igual que una gallina puede seguir moviendo sus patas después de que le corten la cabeza, o igual que una cola de lagartija recién cortada sigue moviéndose durante un rato. Quizás pensasen que ese desecho se quedaría inerte poco después. Así que dejaron a Kitia, sin más, en la puerta de la prisión, y pusieron al bebé, solo, en la celda de Kitia.

Virno trató desesperadamente de que no dejasen al bebé abandonado en la celda, pues entonces moriría en horas. Los carceleros korfianos eran incapaces de comprender que un cuerpo nuevo de humano pudiera ser un ser indefenso. Tras más de diez horas de gritos desesperados de Virno, los carceleros le trajeron al bebé a su celda, que no dejaba de llorar. Virno imploró que le trajeran, de la embajada humana, leche maternizada. Dos horas después, Virno alimentó por fin al bebé, que no murió de milagro.

A los pocos días, Virno se dio cuenta de que aquel hijo suyo jamás saldría de aquella prisión. Para su hijo, todo el universo consistiría en aquella prisión. No vería en su vida nada más que aquella celda y el patio al que podían salir dos horas al día, en el que siempre estaban los dos solos, pues ellos eran los únicos habitantes del módulo de presos humanos de la prisión. No había en todo el planeta ningún otro preso que fuera humano.

Entonces Virno decidió que impediría que su hijo se viera obligado a desear nada que jamás podría lograr. Decidió que criaría a su hijo bajo la creencia de que todo el universo consistía en aquella celda, el minúsculo patio al que salían todos los días, y el pasillo que conducía de una al otro. Así Celdín, como ya había decidido llamar al niño, no sufriría por vivir para siempre en aquel lugar abyecto.

Celdín creció jugando con los juguetes que fabricaba su padre con piedras y recibiendo todo tipo de explicaciones inverosímiles de su padre sobre su mundo. Virno explicó a Celdín que los carceleros estaban allí para protegerlos, para evitar que se cayeran por el fin del mundo, que estaba más allá del patio. Por eso habían construido aquellos enormes muros: para que no cayeran por el abismo infinito que había más allá de los mismos.

El único divertimento que había en la celda de Virno y Celdín era un ordenador conectado al equivalente korfiano de Internet. Virno enseñó a Celdín que aquella máquina mostraba un universo de mentira, construido por medio de los programas de inteligencia artificial que habían creado todos los ocupantes anteriores de la celda durante generaciones. Explicó a Celdín que, cuando creciera y aprendiera a utilizarlo, él mismo podría contribuir a crear aquel universo imaginario, aquel divertimento que habían creado los habitantes anteriores del universo (o del CeldaPasilloPatio, como llamaba Virno al universo ante su hijo) para imaginarse un mundo absurdamente grande, rico y diverso. Si uno observaba el universo verdadero, el CeldaPasilloPatio, quedaba muy claro lo inverosímil que era aquella elucubración, pero resultaba divertido jugar a verla y ayudar a inventarla.

Tras algunos años, Celdín aprendió a utilizar el ordenador y a interactuar con aquel mundo imaginario. Navegaba durante horas por páginas de noticias o enciclopedias on-line, maravillado por la creatividad de aquella inteligencia artificial que habían creado sus antecesores y por su capacidad para mantener la consistencia interna. Un día, él mismo decidió contribuir a aquellas páginas creando sus propias entradas en enciclopedias on-line, en las que describía con todo lujo de detalles lugares o animales inventados por él. Para su desagrado, la inteligencia artificial reaccionaba simulando individuos que criticaban sus entradas por imaginarias, diciendo que estaban equivocadas. Sus críticos imaginarios argumentaban mostrando referencias a otros documentos que contradecían su creación. Esto empezó a desesperar a Celdín, que encontró exasperante la capacidad de aquella máquina a mantener su consistencia interna de su universo imaginario. Había tantísimos documentos diferentes con los que había que ser consistente, creados por las millones de generaciones anteriores que habían habitado la celda, que difícilmente podría aportar algo que no se contradijera con alguno de ellos.

Celdín aprendió un hecho que le sorprendió: tanto los carceleros de CeldaPasilloPatio como los korfianos imaginarios que describía aquella máquina eran incapaces de mentir. Eran capaces de decir cosas falsas cuando se equivocaban, pero nunca podían mentir a propósito. Virno explicó a Celdín que los korfianos sentían dolor cuando lo hacían, igual que ellos dos lo sentían si se golpeaban una pierna o se empachaban de comida. Celdín encontró en el ordenador una explicación (imaginaria) para aquello: conforme a la manera en que estaba constituida la sociedad korfiana, la inexistencia de la mentira era una ventaja evolutiva, pues hacía la burocracia mucho más sencilla y eficiente. Podías fiarte de la palabra de los demás, así que todo era mucho más ágil. Por supuesto, los korfianos eran capaces de desarrollar pensamientos especulativos, de imaginar, pues sin la imaginación no hubieran sido inteligentes. Pero cualquier frase especulativa de un korfiano empezaba por “imaginemos que…”. Debido a esas muletillas imprescindibles, leer literatura korfiana era verdaderamente incómodo.

Celdín dedicaba muchas horas a aprender cosas sobre aquel planeta imaginario en el que supuestamente se ubicaba CeldaPasilloPatio. Aprendió cómo funcionaba la (supuesta) sociedad korfiana, su historia y su política. Descubrió que el presidente korfiano era un individuo discapacitado que no podía salir de su casa, así que realizaba todas sus tareas de gobierno desde su casa, comunicándose con los demás, incluso con sus ministros, a través de su ordenador. De hecho, la ubicación de su residencia era un secreto que solo conocía el presidente. Dado que su gobierno se realizaba a distancia, la ubicación de su casa era en realidad irrelevante. Por otro lado, mantener la ubicación de su casa en secreto hacía innecesario pagar el costosísimo despliegue de seguridad que había sido necesario desembolsar para proteger a cualquiera de los presidentes anteriores.

Por puro divertimento, Celdín dedicó mucho más tiempo a estudiar el sistema electoral korfiano. Un día, Celdín dijo a Virno, su ya anciano padre:

-Papá, me he presentado a presidente en las elecciones generales del planeta imaginario.

Virno entró en pánico y comprobó asustado todos los formularios electrónicos que Celdín había rellenado mintiendo: su petición de carnet de identidad korfiano, su petición de establecimiento de su partido político, en la que afirmaba contar con los diez millones de firmas requeridas para presentarse a las elecciones, y otras decenas de requisitos burocráticos más.

Temiendo que las autoridades korfianas avisaran a los responsables de la cárcel de semejante fraude y tomasen represalias contra ellos, Virno trató de hacer desistir a su hijo. No obstante, deseaba seguir manteniendo a su hijo bajo la creencia de que todo el universo era CeldaPasilloPatio, así que se limitó a decirle que aquello era una tontería y que no era divertido.

Celdín no desistió y creó un programa político en el que prometía todo tipo de cosas imposibles, a sabiendas de que eran inverosímiles.

El día que Celdín dijo a Virno que había ganado las elecciones a presidente de Korfián, y que por tanto se había convertido en líder de aquel planeta imaginario, Virno sufrió un ataque al corazón.

Los carceleros no pudieron hacer nada por la vida de Virno, que murió en cuestión de minutos.

Celdín entró en estado de shock. Durante el resto del día golpeó las paredes de la celda, y luego las del patio, hasta que se le rompieron los huesos de la mano derecha. Celdín tenía entonces cuarenta y tres años.

Al día siguiente, Celdín decidió que debía olvidar. Con la mano que tenía sana, se puso a los mandos de su ordenador y participó en su ceremonia de investidura on-line.

Celdín gobernó aquel planeta real con la libertad de quien cree que está gobernando un mundo imaginario. Estableció profundas reformas económicas y sociales que fueron muy discutidas, aunque finalmente mejoraron la prosperidad del planeta.

El día nacional de Korfián, por simple curiosidad morbosa, Celdín ordenó a la aviación sobrevolar el punto donde, conforme a las enciclopedias on-line que había leído, se ubicaba supuestamente la cárcel que él habitaba, dentro de la cual supuestamente estaba CeldaPasilloPatio, único lugar real del universo.

Ese día, al salir al patio, Celdín vio los aviones sobrevolar la cárcel. Su vista, inadaptada a enfocar lejos pues jamás había visto un espacio abierto en toda su vida, apenas distinguió unos bultos y la estela que dejaban. Pero aquello, sin duda, estaba allí.

Celdín rompió a carcajadas y decidió que se estaba volviendo loco. “Soy Dios. Eso es. Soy Dios. Tengo la capacidad de convertir el mundo imaginario del ordenador en realidad”. Decidió que la muerte de su padre estaba haciendo mella en su cordura.

Cada vez más retraído y huraño, Celdín volvió a su ordenador e hizo su política mucho más agresiva. Armó al planeta entero y ordenó que se enviaran mensajes amenazantes a los planetas de los sistemas vecinos, incluido la Tierra. “Ése es precisamente el planeta más absurdo de todos los del universo imaginario. ¡Un planeta de individuos iguales a papá y a mí! ¡Ridículo!” pensó Celdín.

Celdín ordenó un ataque de conquista sobre la Tierra.

Durante más de tres años, la guerra avanzó a favor de Korfián. No obstante, tras el rearme de la Tierra, el contraataque terrestre fue terrible.

Celdín ordenó que las baterías de misiles tierra-aire que defendían el cielo de Korfían se escondieran en las mejores fortalezas del planeta, entre las que se incluían las cárceles.

Cuando Celdín salía al patio, se desternillaba de risa viendo las baterías de misiles de la prisión disparar contra los cazas terrestres. Ahora estaba completamente seguro de que se había vuelto loco. Solía reír para sus adentros mientras musitaba “Soy Dios. Soy Dios. Soy Dios…”.

Un día, un bombardeo terrestre destruyó uno de los muros del patio y Celdín pudo ver a través del agujero, por primera vez, el resto del universo. No podía ver muy bien en la distancia, pero percibió por primera vez en su vida algunos colores que solo había visto en su ordenador.

Celdín señalaba el agujero mientras no paraba de reírse.

Dos días después, los carceleros korfianos abandonaron la prisión huyendo de los bombardeos terrestres y dejaron a Celdín en su celda, abandonado a su suerte.

Apenas un día después, unos soldados terrestres entraron en la prisión y encontraron en una celda a un humano que no paraba de reírse y decir que era Dios. Le liberaron y le metieron en un carguero rumbo a la Tierra.

Al ser ingresado en un manicomio terrestre, lo primero que pidió Celdín fue que le dieran un ordenador.

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11 respuestas a Celdín en CeldaPasilloPatio

  1. Yohana dijo:

    Que levante la mano el que no ha recurrido nunca al autoengaño.

    • Isma dijo:

      Por supuesto, sin autoengaño no sobreviviríamos. De manera puramente emocional, creamos explicaciones de la realidad que nos hacen sentir más seguros (e.g. “todos son buenos conmigo”, “todos son malos y por eso debo ser malo”, “todos me quieren”, “nadie me quiere y por eso debo fastidiarles”, etc). Luego, a posteriori, buscamos explicaciones racionales para ese convencimiento irracional. Es como cuando leemos la prensa: la gente suele comprar periódicos de su propia ideología a pesar de que saben que les mentirán, pues no buscan informarse, sino reafirmar su fe en su ideología. Buscan seguridad, alguien que les diga que no se equivocaron al elegir su opción.

      Celdín no se autoengaña exactamente, sino que más bien es su circunstancia la que le engaña. Jamás ha visto nada más allá de su minúsculo mundo, y siempre le han dicho que lo que sale por el ordenador es imaginario. Así que su visión del mundo es comprensible. Su peculiar visión es, en cierto sentido, la opuesta al solipsismo. El solipsista cree que el mundo tangible, el que ve a su alrededor, no existe, pero que cierto mundo virtual e intangible sí es el verdadero. Por contra, Celdín cree el mundo virtual e intangible que observa en su ordenador cada día no existe, pero que el (pequeño) mundo tangible que le rodea es el único real, es todo lo que hay. Así que es el caso opuesto.

      ¿Qué mente tendría una persona que, durante más de cuarenta años, no saliera de una celda, un pasillo y un pequeño patio? En cierto episodio de Los Simpsons, Lisa recibe mucho dinero y convoca a los springfieldianos para que le propongan ideas para gastarlo de manera útil. Entonces el psicólogo Marvin Monroe le propone usarlo para construir una pequeña cámara en la que quiere meter a una persona desde su nacimiento hasta que sea mayor, momento en que por fin le permitirá salir por primera vez. “¿Qué teoría desea demostrar con ese experimento?” pregunta Lisa a Marvin. “Mi teoría es que el sujeto albergará un intenso odio hacia mi” responde. 🙂

      Por supuesto, volviendo a tu comentario, el aislamiento a veces es autoinducido, y las paredes son imaginarias. Ésas son las más difíciles de abrir.

  2. Yohana dijo:

    Pensé que ya habíamos zanjado el asunto de los buenos y de los malos. Desde luego que el autoengaño es una cualidad inherente del ser humano: nos hace más felices. Y los que compran el periódico, son más felices pensando que hay otros pensando como ellos en el mundo. Un ejemplo muy sagaz. Y otros se sienten realizados pensando que son infelices.

    Celdín-Segismundo comienza a engañarse cuando es capaz de percibir que algo no cuadra en su mundo; Es cierto que al pobre las circunstancias no le favorecen, y que se encuentra con unas dificultades capaces de mandar con facilidad al manicomio al más puesto. Su pequeño mundo se derrumba, y él se siente más seguro en la creencia de que todo es imaginación suya,(vamos, niega la nueva realidad) antes de tratar de indagar qué es lo que ocurre. Pero en cierta manera le entiendo: todo es más difícil cuando tienes que abrirte camino sin ninguna guía ni apoyo.

    Y que complejo tema es lo del solipsismo; por una parte, Celdín-Segismundo tiene, aunque heredada, su propia visión del mundo totalmente inventada por él. Luego sí es solipsista. Pero por otra parte, existen realidades que Celdín-Segismundo desconoce, pero que se le hacen evidentes y tangibles. Luego no puede ser solipsista. Pero espera un momento, si es un cuento que has escrito tú, te lo has inventado. Luego sí es solipsista. Ya apenas me acordaba de este cuento. No es solipsista. Aunque tú eres un producto de mi imaginación para no aburrirme. Sí es solipsista. Pero he intentado no aburrirme forzando a mi mente a que me llueva dinero de repente para irme tres semanas al Caribe. No es solipsista. Ooohhhh!!!

    Seguro que existen (o han existido) experimentos parecidos a los que propone M Monroe, solo que no los conocemos. De lo que sí tengo noticia, ha sido de casos de niños encerrados por sus tarados progenitores en pequeños espacios durante largos años. Si quieres saber la información que tengo, algún día te lo contaré si nos vemos.

    Y sí, te concedo que la mayoría de las veces somos nosotros mismos los que nos ponemos las barreras. Pero para algunos sus barreras son mucho más reales o difíciles que para otros, y nadie te las quita ni te ayuda a saltarlas. Respecto a mis barreras, yo me centraré en elegir que barreras me gustaría disipar, (y que puedo hacer al respecto), y cuáles están bien donde están.

    • Isma dijo:

      Muy bueno lo de es solipsista – no es solipsista – es solipsista… Es como ese diálogo surrealista de La Princesa Prometida que ya mencionamos aquí alguna vez: (1) Ellos piensan que iremos, así que no iremos; (2) Pero, un momento… ellos pensarán que nosotros pensaremos que “ellos pensarán que iremos, así que no iremos“, así que debemos ir; (3) Pero, un momento… ellos pensarán que nosotros pensaremos que “ellos pensarán que nosotros pensaremos que ellos pensarán que iremos, así que debemos ir“, por lo que deducimos que no debemos ir; etc. hasta el infinito. 🙂

      Quizás el modo más común de autoengaño, con diferencia, es el que aplica este razonamiento: (1) no puedo conseguir X; (2) así que me convenzo de que no deseo X. Es como la fábula de la zorra y las uvas: tras intentar saltar varias veces y comprobar que no puede alcanzar las uvas, la zorra dice “bah, no estaban maduras”. Otra forma común de autoengaño suele ser: (1) Si X fuera cierto, me sentiría más seguro; (2) así que apoyaré irracionalmente cualquier argumento a favor de X y negaré cualquier argumento en contra de X. Éste suele ser el argumento de realimentación psicológica de cualquier ideología, sea de derechas o izquierdas, nacionalista, futbolera, y tambíén de la propia religión: “tengo miedo a la muerte, así que decido creer una teoría que me dé seguridad al respecto”. Un ejemplo: el concepto “Dios hizo el Universo, y los humanos somos en ese Universo tan irrelevantes como las rocas o las amebas, no más especiales, insignificantes” y el concepto “Dios considera que los humanos somos su especie elegida y a la que tiene que ayudar” son muy diferentes. Todos los creyentes que conozco creen en el segundo tipo de Dios, aunque la ley de la evolución y la pequeñez de la Tierra en el Universo nos invitan a sospechar que, si existiera Dios, probablemente sería más plausible el primer tipo de Dios: no hacen falta excepciones a las leyes naturales (“divinas pero generales”) para que surgiéramos los humanos, pues la evolución se bastaba por sí sola; y además, en realidad, tampoco somos gran cosa, teniendo en cuenta el tamaño total del Universo. Así que, ¿por qué nadie cree en el primero de dichos tipos de Dios? Porque creer en el primero de ellos no te ayuda en nada. Si Dios no es protector, entonces no nos suple de la sensación de protección paternal que perdimos al final de la infancia (sigo sospechando que la necesidad de sustituir de las figuras paternas idealizadas es primordial para despertar la fe). Si no nos va a ayudar, pues sólo somos moléculas juntadas de manera caprichosa tras el ensayo y error de la evolución (¡pero no mucho más caprichosa que el feldespato o el cuarzo, si lo pensamos bien!), ¿para qué nos serviría que existiera Dios? No es casualidad que los humanos creamos, precisamente, en el tipo de Dios que, a cambio de nuestra fe, podría hacer algo por nosotros.

      Las religiones siempre me ha fascinado. Nos dicen muchísimo sobre nosotros mismos.

  3. Yohana dijo:

    Sabes, creo que me sentiría mejor si no estuvieras hasta tan tarde para responderme. Pero supongo que ya queda poco.

    Lo que no me gusta de “La princesa prometida”(la peli, no el libro que no me he leído, pero me han dicho que está mejor) es el papel idiótido que se le da a la propia princesa, que se entiende que es propio de las féminas. Pero en fin, es un clásico que siempre gustará.
    El tema de autoengaño y religión, sí, evidente, es algo muy complejo también. Es tratar de satisfacer nuestros deseos más íntimos, como no sentirnos solos o desprotegidos, y darle algún sentido a nuestra existencia, la cuál no todos asumen (o asumimos) tan fácilmente que no tiene ningún sentido más allá de la simple casualidad. Es una respuesta fácil al quienes somos-de donde venimos-a donde vamos. Pero no me parece tampoco nada reprochable pensar que existe algo superior a nosotros. ¿por qué no? Evolutivamente somos superiores a otros seres. ¿por qué pensar que somos el último eslabón?. Si las amebas pudieran pensar, pensarían que somos algo así como dioses. Es como en el cuento de “Planilandia”: que no podamos entenderlo no significa que no exista
    Pero supongo que tienes razón en lo que dices que si existe un Dios, debe de ser un dios despreocupado e indiferente, que tiene el mismo interés por nosotros que el que nosotros podamos tener por una ameba. Hay un episodio de “Futurama” muy bueno que expresa lo que creo que tú quieres decir, pero que planteaba, no sé si a modo de chanza, las dificultades de ser Dios, cuando Bender se convertía en uno por casualidad cuando le salían unos seres diminutos en su carcasa. Era muy bueno.

    • Isma dijo:

      Efectivamente, no estoy diciendo que no exista Dios, sino que, si existe, probablemente para él somos tan irrelevantes como para nosotros son las piedras. Me niego a creer en un Dios que dejó que las leyes de la evolución siguieran su curso para todas las especies salvo para la nuestra. Aunque la evolución puede explicar nuestra existencia perfectamente, resulta que habríamos surgido por “generación espontánea” con Adán y Eva (y sus nietos fueron hijos de hermanos entre sí, ¿de quién si no?). Me niego a creer que un hijo de Dios llegó para “salvarnos”, pero sólo a los que nacieron después de él, pues los que nacieron y murieron antes que él no pudieron enterarse de “lo que había que hacer según Dios”, así que eran libres por desconocimiento; los de después, ya no. Así que vino para… ¡condenarnos! (Respecto al Antiguo Testamento, copio literalmente aquí el décimo mandamiento: “No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo“. Así que ni mujeres, ni bueyes ni asnos. Sin comentarios). Me niego a dar plausibilidad a unos relatos mágicos que, si alguien viniera ahora a decirnos eso mismo, le tomaríamos por loco o por idiota, y ni siquiera saldría en el programa de Iker Jiménez… pero, eso sí, damos plausibilidad a lo que unos analfabetos de hace dos mil años propagaron de boca en boca, de forma que cada nueva boca pudo añadir más milagros y prodigios de su propia cosecha (los Evangelios tardaron muuucho tiempo en escribirse).

      Es más, me niego a creer que un Dios omnipotente sea lógico. Cualquier ser o cosa “hace algo” sólo cuando “necesita algo” o cuando “es movido por otra cosa”: me rasco cuando me pica, como comida cuando tengo hambre, la piedra cae atraída por la gravedad, etc. Si Dios nos creó, entonces “hizo algo”, luego “necesitó algo” o “fue movido por otra cosa”. En ambos casos no sería omnipotente, luego no sería Dios, así que la existencia de Dios es irracional. Mi racionalidad puede estar limitada, por supuesto… pero, ¿por qué siempre debo aplicar mi razón a todo salvo a esto? ¿Por qué esta excepción? ¿Para qué? ¿Cambia algo? Sólo cambia algo si creo en ese Dios protector antropomórfico, ese sustituto psicológico de nuestros padres, los cuales sólo descubrimos que no eran “todopoderosos” al final de nuestra infancia. De mayores añoramos ese concepto de papás protectores, y por eso nos inventamos el concepto de Dios protector. Si le invocamos con un conjuro (e.d. rezamos), Dios modificará mágicamente la realidad en nuestro favor, como Harry Potter en Hogwarts.

      Un Dios omnipotente podría existir, pero no es racional, y no veo motivo práctico para cambiar algunos de mis actos por asumir que mi racionalidad está limitada. ¿Por qué no aplicar ese principio a todo? ¿Por qué no tirarme también por la ventana, aunque mi razón limitada me diga que es mala idea? ¿Por qué ahí debo ser racional?

      Resumiendo: no puedo negar ninguna de esas opciones, pero lo racional es no regir nuestros actos por creencias que son, según el caso, no plausibles o directamente irracionales (aunque en ambos casos sean posibles, ojo). Por supuesto, el creyente gana consuelo, así como la satisfactoria creencia de que cada cosa mala que le ocurre es “por algo”. Los humanos necesitamos explicaciones para todo, y si no las tenemos nos las inventamos (¡nuestra terca racionalidad nos hace irracionales!). No sabemos aceptar que nos pasen cosas “porque sí”. Pero la religión es como el placebo: sólo funciona cuando no sabes cómo funciona. Por eso creo que es tarde para que yo pueda disfrutar de sus beneficios.

  4. Isma dijo:

    Por cierto, me han rechazado el cuento en la revista que te comenté, ya te explico en privado. 😦

    ¿La habré “tomado” con Dios en mi comentario anterior por mi depre por el rechazo del cuento? No, pobre… Ya tiene bastante lío intentando averiguar si existe o no… 😉

  5. Yohana dijo:

    UNA PREGUNTITA: así, sin malicia, por si acaso…¿eres consciente de que a grandes rasgos, te estoy dando la razón?

    UNA PUNTUALIZACIÓN: sin importancia, claro. Decía Virgilio en “La divina comedia” (un libro al que tengo que conceder el mismo nivel de verosimilitud que a la biblia, aunque este último nunca me lo leí entero) que los humanos que nacieron y murieron AC, como él mismo, estaban condenados a vivir en el purgatorio hasta que cumplieran su pena, (la de no haber nacido mas tarde para conocer al salvador), cosa que Dante no lograba entender del todo. Así que los que nacimos DC, tenemos que dar gracias por la posibilidad de elegir salvarnos.

    UNA OBSERVACIÓN: la explicación más plausible a la expansión humana a partir de Adán y Eva, podría pasar por algún tipo de reproducción Korfiana por parte de los dos hijos varones supervivientes.

    UN RAZONAMIENTO: Ufff, por donde empiezo…a ver, a ver…creo que no te he entendido. Expongo mi percepción, que entiendo no tiene porque ser la acertada.
    -“[..]¿por qué siempre debo aplicar mi razón a todo salvo a esto?” >>¿quién dice que tienes que aplicar la razón a todo?. No todo tiene porque ser razonable. Los animalitos son menos razonables que nosotros, y no te digo nada de las amebas, y les va bien. Que los humanos tengamos la capacidad de raciocinio no prueba nada, ni que exista dios (sea de la índole que sea, racional o no) ni que no exista. Intentaré expresarme con un ejemplo. Como bien dices, mi racionalidad me indica que no tengo motivos para tirarme por la ventana. Y sin embargo, esa percepción podría cambiar. ¿y qué prueba eso? ¿Qué dios es racional? ¿Qué no lo es?. Es más, mi raciocinio me indica que no debo tirarme por la ventana, pero en el raciocinio de otras personas, la posibilidad de que acabe estampada en el suelo sería algo deseable con una intensidad de moderada a leve. Luego los raciocinios son variables.
    Intentaré explicarlo de otro modo: aplicas el razonamiento y la lógica del mundo que observas como argumento para apoyar la tesis de que si dios existe, debería ser lógico con el mundo que observas. Y yo opino que no tiene porque (no hay pruebas), o que aún hay cosas que nuestra lógica todavía no domina, por tanto esas deducciones no pueden ser definitivas. Salvando las distancias, si pudiera hacer un símil, diría que es como aquel antiguo que como no entendía porque había fuego en el cielo, pero como veía que chocando dos piedras saltaban chispas, tenía que haber necesariamente un señor dándole en el cielo a un martillo sobre una piedra.

    UNA OPINIÓN: creo que hoy en día, para la mayoría de la gente está bastante claro que las historias y dogmas de las religiones en general, no son más que una herramienta publicitaria para captar clientes. Sin embargo, las religiones (me referiré a las religiones no sectarias, aunque quién sabe…) también tienen sus puntos positivos, y me parece importante no pasarlos por alto, pues la mayoría tratan de transmitir conceptos de solidaridad, amor y armonía, lo que me parece por otra parte un acierto. Aunque yo no comparta sus métodos ni su “conclusiología”, sus fines no son reprochables.

    • Isma dijo:

      Sobre la pregunta: ¡Sí, era consciente! Sé que tu opinión viene a ser una versión moderada de la mía. Lo que pasa es que hace unos días tuve un intenso debate con una creacionista, que además cree en los espíritus, cree en los aliens, y en general cree en casi cualquier cosa que le prometa que la vida actual no es la única. Me impactó ver que una persona que ha leído y era racional había llegado a ese punto, probablemente empujada por ciertas experiencias vitales frustrantes. Quizás nos pueda pasar a todos.

      Comparto las inquietudes de Dante: la aparición de una divinidad en un momento dado discrimina muy injustamente a los humanos entre los que nacieron antes de ese momento y los que nacieron después. Dado que no es propio de un Dios ser injusto o discriminatorio, digamos que no es propio de un Dios aparecerse.

      Sobre el razonamiento: Aunque estamos dominados por nuestros instintos, tratamos de usar la lógica para lograr aquellas cosas que nos piden nuestros instintos, pues sabemos que así será más fácil que las consigamos. Pero, resulta que, para satisfacer determinado instinto (la sensación de seguridad) es mejor ser irracionales, creer en Dios, los espíritus, los ovnis, el horóscopo o la homeopatía (la cual, por cierto, creía que era algún tipo de medicina tradicional friki como “los remedios de la abuela” o así, hasta que un día leí en qué consistía. ¡Lo que me reí!). Pero sólo puedes creer en esas cosas mientras no sepas lo que son. Tener cierta cultura es bueno en general pues te hace más útil y menos manipulable, pero si te ocurre algo malo y necesitas una dosis de falsa seguridad… ¡la cultura es mala! Así que cuidado con lo que leemos. No hay que apresurarse eligiendo entre la pastilla roja y la azul de Matrix.

      Sobre la opinión: Una religión sólo puede proponer una moral si asume que a Dios le importa lo que hagamos, y así volvemos al Dios-imagen-de-padres-perdidos de los regalos y los castigos, los palos y las zanahorias, que tan fácilmente relacionamos con algo ya conocido. Pero, sin duda, el papel de esa moral es muy útil, no lo niego. Una de las primeras cosas que aprendías jugando a aquel videojuego mítico, Civilization, es que, si querías cambiar tu gobierno desde una Monarquía (donde podías imponer la ley marcial) a una Democracia (donde no podías), lo primero que tenías que hacer era llenar tus ciudades de templos. Si no lo hacías, tus ciudadanos te daban una patada en el culo en cuanto establecías la Democracia. Otra de las cosas divertidas que aprendías, ya en el Civ III, es que, si querías declarar la guerra a tu vecino, tenías que intentar infiltrarles tu peor espía: lo capturaban, te declaraban la guerra, y así la guerra no la habías declarado tú (primordial para que tu gente apoyase la guerra a largo plazo). Una genial lección de cinismo.

  6. Yohana dijo:

    PS: Siento que no te hayan publicado tu cuento. Espero que eso no te desanime. Recuerda que cada uno tiene su propia visión del mundo y sus propias preferencias. Seguro que alguno elegiría tu cuento.
    A mí se me hace difícil elaborar un top-ten, porque elegiría los que se me hacen muy personales, los que me emocionan y me hacen dudar. Pero eso no es lo más justo. Pero yo no habría mandado ese.

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