Fusión y explosión

Debería sentirme celoso por todos los que te dieron sus caricias antes que yo. Y sin embargo debo estarles agradecido, pues ciertamente te prepararon para mí. Debo pensar que te abrieron como una flor, para que después pudieras recibirme a mí mucho mejor que si yo hubiera sido el primero. No debo estar celoso (me digo a mí mismo).

De hecho, tras tantos pretendientes me cuesta entender que finalmente te quedaras conmigo. Sería pueril pensar que fue por mi esbelta anatomía, mi forma de bailar o mi gusto por la velocidad. Tuvo que haber algo más, un nosequé. Pero sigo sin saberlo, alguna vez te lo preguntaré.

Tú tan curvilínea, yo postrado a tu encanto, finalmente me dejaste entrar en ti. Hay quien dice que en ese mismo momento perdí algo de mí. Todos los demás que te pretendieron también sabían que perderían algo si te conseguían. No vi que dejaran de intentarlo por ello.

Entonces gocé mi insignificancia, me perdí en tu grandeza inconmensurable.

Quiero creer que con el tiempo te cambié, pero he de admitir que fui yo quien se disolvió en ti. Allá donde antes éramos dos, quedamos convertidos en uno solo, una pareja indivisible para siempre.

Tras algún tiempo viajando, nos instalamos en un lugar acogedor.

Acomodados, plantados, nuestra vida transcurrió vertiginosa: fuimos uno, luego dos, luego cuatro.

¡Luego ocho!

Dieciséis, treinta y dos…

Cientos… Miles… ¡Millones!

Me pregunto si la historia de los cuerpos de los que procedemos fue tan bonita como la nuestra.

Fui un cabezón con suerte, amado óvulo.

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8 respuestas a Fusión y explosión

  1. Yohana dijo:

    Me gusta. Es muy bonito, y muy dulce…Ojalá todas las historias de todos los cuerpos en general fueran tan bonitas. Esta vez me has sorprendido bien: ni se me pasó por la cabeza que se tratase de nuestras células haploides.

    • Isma dijo:

      Para hacer éste, me acordé de una bonita metáfora clásica de las historias de amor: “los cuerpos de los amantes se convierten en uno sólo”. Representa a la vez cierta unión “espiritual” y una evidente unión física (la cópula). Pero pensé que esa metáfora podría llevarse más allá, pues podría hacerse completamente literal tomando gametos en lugar de personas. Luego todo vino solo: los espermatozoides tienen que liberar, entre todos, cierta sustancia sobre la membrana del óvulo para que al final uno de ellos pudo entrar (el primer párrafo del cuento), etc, etc.

      El cuento pretende ser un retorno a lo esencial. La metáfora entre el “amor humano” y el “proceso genético” pretende mostrar que quien gobierna es lo segundo, somos sus comparsas. Todo lo que hacemos los humanos es para satisfacer las necesidades de los genes que van dentro del espermatozoide y el óvulo. Como dice la teoría del gen egoísta, somos esclavos de los genes, que son el único “ser vivo” real. Los animales y plantas somos sólo la chicha de la que se rodean los genes para que esa chicha les ayude a lograr su único objetivo, esparcirse.

      Ojo, el hecho de que también busquemos el sexo sin reproducción es parte del plan del gen para perpetuarse: ayuda a que los hombres estén cerca de las mujeres, y así aumenta la probabilidad de que las crías sobrevivan. Hace poco leí un interesante razonamiento en una entrevista a Juan Luis Arsuaga. Decía que el motivo por el que la mujer tiene los pechos hinchados constantemente (y no sólo al dar de mamar) es… ¡la inteligencia de nuestra especie! El proceso es el siguiente: el cerebro humano es grande, lo que hace que la pelvis tienda evolutivamente a ensancharse para facilitar el parto. Pero, si ensanchase más, el humano no podría caminar erguido, pues ambos fémures deben estar lo más cercanos posibles. El humano ha encontrado un equilibrio entre ambas fuerzas contradictorias: tener la pelvis más pequeña que haga posible el parto. Por su culpa los humanos nacemos inmaduros, pues lo hacemos en el último momento en que todavía cabemos por la pelvis materna. Como estamos desvalidos al nacer, al contrario que otras especies, la madre necesita que el padre (u otros machos) se queden para cuidar a las crías. ¿Cómo lo consigue la madre? Atrayendo sexualmente a los machos de manera constante, no sólo cuando está fértil (como sí hacen las demás especies). Eso obligó a aumentar el dimorfismo sexual, e.d. los rasgos distintivos entre ambos sexos, para tener “algo diferente” que atrayera visualmente constantemente: menos pelo, pechos abultados siempre (no solo al amamantar), etc.

      Los designios de los genes son inescrutables.

  2. Yohana dijo:

    Una vez ví un reportaje (sí, yo era de las que veían los documentales de la 2)sobre unos monos, no me acuerdo de la clase, pero de esos de mediano tamaño, cuya estrategia para reproducirse era muy curiosa. Vivían en grupos de mediano tamaño, y los machos que tenían interés por reproducirse, elegían una madre y tenían que ayudar al cuidado de las crías más jóvenes de estas. Si la madre estimaba que el macho había sido un buen compañero, las probabilidades de reproducirse con ellas, y por tanto, de que fuera el padre de su siguiente vástago el siguiente año, eran muy grandes. Lo que me hacía gracia era ver a los machos adolescentes secuestrando a sus hermanit@s para practicar. El macho que quisiera reproducirse mucho, se vería forzado a ayudar…y cuando se cansaba, pues adiós.
    Me pregunto hasta que punto estaban informadas las hembras de que ellas también estaban siendo utilizadas. Pero no es una mala estrategia, porque encima la diversidad genética mejora.

    • Isma dijo:

      Curioso método el de esos monos, ciertamente. Es opuesto al de los leones, que a veces matan a las crías de las leonas con las que quieren reproducirse para que quieran tener más crías (con ellos). Además, así ellos garantizan que la comida será sólo para sus futuros nuevos hijos, no para los hijos de otros.

      Supongo que el método de esos monos no triunfó entre los humanos porque el periodo de inmadurez de las crías humanas es demasiado largo. Estar casi veinte años cuidando a unas crías que no son tuyas para poder tener sexo parece algo excesivo. Y si sólo tuvieran que ciudarlas durante uno o dos meses, entonces cada cría podría tener cien padres a lo largo de su infancia. Pero conseguir que los hijos acepten al nuevo novio/a de su mamá/papá divorciada/o suele ser complejo y requiere su tiempo. Ojo, en algunas tribus humanas que no comprenden el concepto de “paternidad”, sí es así: los hijos de la tribu son “hijos de todos”. (Un caso curioso de desconocimiento de la paternidad: ciertos esquimales creían que la paternidad no era de los hombres sino de los espíritus, que se colaban por la vagina. Los hombres, con el coito, simplemente evitaban que los espíritus escapasen, y así hubiera fecundación.)

      Diluir la responsabilidad de la crianza en toda la tribu, en lugar de sólo sobre los padres biológicos, tiene pros y contras como especie. Un pro es que la crianza es más diversa, y así unos padres suplirán las carencias de otros. Un contra es que lo buen padre que sea un macho “de verdad” (no sólo a los ojos de la hembra que te deja o no tener sexo) importa poco, pues cada hijo tendrá muchos padres. Pero si el único padre es el biológico, entonces la capacidad del padre para lograr que su cría se valga por sí misma influirá de verdad en la capacidad de esa cría para sobrevivir, y por tanto en que se propaguen o no los genes del propio padre (a través de sus hijos). Así que, si hay muchos padres, la buena paternidad sólo le importa a las hembras (cuya percepción al respecto puede ser correcta o no). Pero, si sólo hay un padre, entonces la buena paternidad le importa a las hembras… ¡y también a la evolución!

  3. Yohana dijo:

    Respecto a los monos, hace ya tiempo que vi el reportaje, así que no me acuerdo de los detalles. Pero imagino que efectivamente sus ciclos vitales eran más cortos que los nuestros, y las hembras tenían ciclos constantes de reproducción, imagino que por años, cosa que supuestamente los humanos no tenemos. Pero también hay que considerar, primero, que alguno tuvo que ser el primer padre de las crías, y segundo que los machos solo ayudaban a cuidar de las crías (con objeto de reproducirse, luego estaba la educación de los adolescentes) cuando estas eran más vulnerables, es decir cuando eran bebes. Cuando ya adquirían cierta independencia, parte de su cuidado también formaba a pasar parte del grupo.
    Si extrapolamos la época de bebe de un humano, con la de un mono, esta última sería bastante más corta, pues la de un humano se considera alrededor de los dos años (aunque algún@s no compartan esa catalogación). O sea, que si lo piensas bien, si viviéramos en una sociedad grupal, no sería una mala estrategia, puesto que es no es lo más aconsejable reproducirse antes de que la cría anterior haya superado su época más vulnerable. No hay que esperar veinte años. Además la madurez se alcanza cuando las crías aprenden ciertas habilidades que les garanticen la supervivencia. En el caso de un humano, las habilidades necesarias requeridas se pueden aprender a los 14 años o a los 20. Depende.
    Y respecto a las sociedades grupales, en donde “los hijos son hijos de todos”, yo sencillamente no me lo creo. Es curioso el caso de los esquimales (tienes razón, la religión ha hecho mucho daño) pero, ¿Cómo es posible que un león o un mono tenga el concepto de “las crías son mías”, y no lo tenga un antiguo o un esquimal? Una cosa es que confíes a tus hijos con una edad y posición relativamente independiente, al aprendizaje de las aptitudes sociales grupales, y otra es que me crea que los progenitores, y particularmente las progenitoras cuyo número de hijos es más reducido, van a cuidar de igual forma los intereses de una cría que no sea la suya por encima de la suya (la adopción es un tema aparte). O simplemente de la misma forma. No me lo creo.
    Respecto a los padres biológicos o no, bueno tema controvertido para mí, porque creo que se me escapan matices de índole masculina, pero que sea biológico o no es lo de menos. Lo más importante en humanos, dado que somos tan sociales, es que tenga el suficiente interés por participar en la crianza, pues un padre que lo haga mejorara las probabilidades de supervivencia de sus hijos, por encima de uno que no lo haga, y de que estos a su vez, se reproduzcan con mejores garantías. Independientemente de lo que piense la hembra.

    • Isma dijo:

      En muchas culturas, nadie sabía que los padres pintaban algo en la siguiente generación. Sabían que el sexo activaba la reproducción de las mujeres, nada más. A pesar de eso, en algunas de esas culturas ese hombre sí se consideraba en cierta manera “su padre”, que sólo significaba “la pareja de la madre, que por tanto debe ayudarla con sus crías” (“si quieres sexo, cúrratelo”). Así que en la práctica era lo mismo. Quizás las primeras culturas en descubrir la paternidad fueron aquellas donde se mezclaron razas. E.g. cuando vieron por primera vez que una mujer blanca con pareja negra podía tener hijos negros, empezarían a darse cuenta.

      Corrección sobre lo de los esquimales: he visto que el coito no era para que los espíritus no escapasen, sino para que pudieran colarse. El pene ensanchaba la vagina, y en ese momento los espíritus aprovechaban para colarse hasta el vientre materno. El semen sólo servía para alimentar al espíritu en las entrañas de la mujer.

      Los leones tampoco saben qué crías “son suyas” y cuáles no, tampoco saben nada de genética. 🙂 No “razonan” sobre la prosperidad de sus futuras crías propias, ni tratan a sus crías mejor que a las demás crías. Los padres de otras especies lo hacen, pero sólo por instinto, no por “saber” que la paternidad genética exista. Ni siquiera la madre de un gorrión sabe que es “madre”. Probablemente, ni siquiera recuerda que los polluelos de su nido, con los que tiene un fuerte lazo afectivo, salieron de huevos que puso ella. Sólo sabe que un instinto poderoso le pide cuidar y alimentar a esos polluelos.

      Ahora los humanos tenemos una mezcla entre paternidad individual y colectiva. Una parte corresponde a los padres biológicos y otra al grupo: el colegio. En lugar de poner a 30 progenitones a enseñar a sumar a sus 30 hijos, es más efectivo poner a una persona a enseñar a esos 30 hijos. Igual que la gente busca los mejores genes para reproducirse, ¿para qué poner, en la tarea de enseñar a sumar, a gente no especialista en enseñar a sumar? En general, cuanto más hemos colectivizado la crianza, mejor nos ha ido, pues en los humanos la herencia cultural es tan importante como la genética para sobrevivir. La capacidad educativa de los padres ahora importa (un poco) menos que antes en la idoneidad reproductiva de dichos padres, pues hay maestros… igual que la capacidad para levantar piedras también importa menos para la idoneidad reproductiva, desde que tenemos grúas.

  4. Yohana dijo:

    Sí, todo correcto. Los machos no conocen a sus crías, solo las intuyen como propias. De acuerdo, a veces es el instinto por encima de otra cosa lo que saca adelante a las crías, indistintamente del sexo de progenitor(¿De que estábamos debatiendo?). En lo que disiento un poco, aunque no tengo ni idea de antropología ni estuve allí para comprobarlo, es que no creo que en otras culturas fueran indiferentes al papel del padre. En ese caso, habríamos adoptado una estructura más similar al de los elefantes, o incluso el de los leones, y podríamos reproducirnos solo en época de celo.

    Es evidente que la especialización de tareas de los humanos, incluye también la educación de las crías, aunque no sean tuyas. Que una persona o personas se ocupe(n) de esa tarea necesaria, como bien dices, es más efectivo. Sin embargo, esa tarea solo debería reducirse a enseñar capacidades prácticas (no es una provocación): sumar, restar, etc. Las éticas y morales, deberían corresponder a los padres. Respecto a la idoneidad de los padres para reproducirse, no sé que decirte. Me viene a la memoria la película de “Idiocracia”. No deja de ser curioso que para conducir, para manejar una grúa, para ser contable…etc, se te exija una formación, pero para criar a niños (aunque sean tuyos) pueda hacerlo cualquier irresponsable.

    • Isma dijo:

      Parece que los antropólogos tienen claro que ha habido muchas culturas donde se desconocía la paternidad, por ejemplo entre los hombres de las cavernas. Recuerdo que leí hace tiempo sobre otras culturas así que sí pudieron ser estudiadas “en vida”. Me suena que la de los “hijos comunales” (que va un paso más allá que las del “cuidaré a tus hijos a cambio de sexo”) era del Amazonas. Si la encuentro la mencionaré aquí.

      El grado en que se involucran los padres en el cuidado de los hijos ha dependido mucho de cada cultura. En sociedades donde los hombres estaban casi siempre en el mismo lugar que las mujeres (es decir, los hombres no desaparecían durante semanas por ir a cazar bisontes, a pescar, a comerciar o a la guerra), había más oportunidad de establecer una paternidad estable. Pero en las culturas donde la ausencia masculina era frecuente, basar la paternidad en un solo encuentro padre-hijos a la semana, o en tres días al mes, no tendría mucho sentido. Es más, quizás en esas culturas no sería bueno que los hombres establecieran lazos afectivos muy fuertes con algunas crías concretas: entonces no querrían volver a irse durante semanas o meses.

      Respecto a que la educación moral debe residir sólo en los padres, no lo veo tan claro. La sociedad tiene derecho a decir a todos los niños que la ablación del clítoris está mal, que linchar gays está mal, que esclavizar a otras personas en una nave industrial para que cosan zapatillas está mal, o que impedir que las niñas estudien está mal. ¿Por qué? Porque hay familias en las que los padres no dirán esas cosas a sus hijos. ¿Dónde está el límite? ¿Debe el gobierno decir a los niños que, si tienen una empresa cuando sean mayores, no será ético dar sueldos miserables a sus empleados? ¿O eso ya sería meterse “demasiado”? ¿Quién decide qué es “demasiado”? ¿Cuál es es el “sentido común” de una sociedad? ¿Lo que diga el 51%? ¿El 90%?

      Efectivamente, como cuenta “Idiocracia”, tener hijos de la manera tradicional está al alcance de cualquier inútil. A su vez, para adoptar hijos (precisamente a los inútiles que los tuvieron de manera tradicional y pasaron de ellos), hay que demostrar ser los padres perfectos. Parece un cruel castigo a la imperfección genética: “si eres infértil, compénsalo con otra cosa”.

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