Todos refinados

Aquí me encuentro, entre la crème de la crème intelectual de nuestra cosmopolita ciudad. En esta fiesta se encuentran los más brillantes escritores, directores de cine, científicos, compositores, políticos, y artistas en general en un radio de mil kilómetros a la redonda. La inteligencia, el ingenio y la cultura se respiran en cada corrillo al que me sumo. En uno de ellos, un tipo con bigote enrollado sobre sí mismo osa a comparar la obra pictórica de Nokunawa con las ecuaciones del tensor hepto-dimensional de Gustav. ¡Brillante! En otro, una mujer con dos monóculos ironiza, ante las miradas cómplices de los otros, sobre la necesidad que había de crear un tercer volumen de Exabrupto carnal y racional, lo que a su juicio ha puesto en tela de juicio toda la trayectoria de su creador, Sinowal Tiodore. En otro corrillo, todos brindan con licor de humo por la levedad de las entelequias piramídicas (¡nada menos!), mientras que en otro corrillo dos contertulios se enzarzan por sus predicciones sobre el futuro del agonismo racional como tendencia filosófica dominante. ¿Está en decadencia, o simplemente está trasmutando?

En muchos de los corrillos veo sarkals entre los presentes. Como miembros de la especie más intelectual y refinada de la galaxia, participan exquisita y animadamente de las tertulias. Sus refinados comentarios, siempre oportunos, despiertan el interés, la admiración, o incluso la educada risa cómplice de los que les escuchan.

Y, sin embargo, por ciertos imperceptibles gestos, noto que algunos de los presentes no están del todo cómodos ante la presencia de los sarkals. Veo que el tipo del bigote enrollado se atusa su mostacho más de lo normal cuando el sarkal de su corrillo interviene. Veo que la mujer de los dos monóculos tensa imperceptiblemente su cuello cuando un sarkal se suma a su corrillo. Los brazos que varios de los que sostienen licor de humo tiemblan levemente cuando un sarkal choca su copa contra las suyas, y los debatientes sobre el agonismo racional se paralizan durante un pequeñísimo, casi imperceptible instante, cuando el sarkal de su corrillo tercia en su debate de una manera amable y conciliadora.

Ninguno de los presentes lo admitís, pero sé que muchos de vosotros, si no la mayoría, si no todos, habéis llegado donde habéis llegado gracias a una beca sarkal. Sí, claro que sabéis lo que es. Todos habéis ido a las mejores escuelas y universidades, todos habéis tenido la oportunidad de comenzar vuestras carreras profesionales, todos habéis triunfado, y todo ha sido gracias a la ayuda en la sombra de los sarkals. ¡Todos les debéis lo que sois!

Y todos desapareceréis de escena, poco a poco, en determinadas edades. Normalmente, entre los cuarenta y los cincuenta. En cierto momento, simplemente desapareceréis.

Si tenéis lo que tenéis, si habéis llegado a lo que habéis llegado, es simplemente porque ellos quieren que sea así. Porque a ellos les gusta así. Pero todos sabéis que, más pronto que tarde, todos tendréis que cumplir con vuestra parte del trato. Esa parte que sólo conocemos los que, como yo mismo, también aceptamos durante nuestra adolescencia las condiciones para recibir una beca sarkal.

Vuestra historia fue, seguro, como la mía. Un día, unos sarkals se presentaron en vuestra casa atraídos por vuestras excelentes notas escolares. Entonces hablaron con vuestros padres y les explicaron que ellos podrían ayudaros a conseguir todo vuestro potencial. Su sistema educativo lo conseguiría. Pero había una condición.

Tras meditar, aceptasteis la condición. Entonces fuisteis a esos colegios de élite, a esos en los que era casi imposible entrar. La beca cubría vuestros gastos, y también vuestros caprichos, e incluso los caprichos de vuestros padres. ¿Un aerodeslizador para ir al instituto? ¿Por qué no? ¿Un apartamento en órbita? ¡Sin problema! Todo fuera para estimular la insaciable mente de un pequeño genio en formación, de un diamante en bruto.

Triunfasteis. Igual que yo triunfé. Pero sabéis que el reloj avanza. Tic-tac. Inexorablemente, se acercan las fechas en las que tendréis que cumplir con vuestra parte del trato.

Hace dos años que llegó la fecha en la que tenía que cumplir mi parte del trato. Entonces logré que los sarkals me otorgaran una prórroga. “En un año más, podría lograr disociar la molécula octofásica dextrógira. ¡Podría incluso ganar el premio Nobel! Os gustaría, ¿verdad?”. Me otorgaron un año más, tras el cual volvieron a presentarse. “Está siendo más difícil de lo normal, por favor dadme un año más” imploré. Ese otro año adicional también se me concedió.

Hoy se cumple dicho segundo año. Y sigo sin lograr disociar esa puta molécula.

Sí, los sarkals son la especie más refinada, culta e intelectual de la galaxia. Les atrae enormemente la intelectualidad y cultura de los demás. Les atrae desde que tiempos inmemoriales atrás, en su planeta natal, desarrollaron un gusto instintivo por las mentes despiertas, por los cerebros más activos.

Más concretamente, por comérselos. Literalmente.

Dicha preferencia fue para ellos una ventaja evolutiva. Al haber otras diez especies inteligentes en su planeta natal, su deseo por comerse a dichas especies les permitió hacerse con la hegemonía del comportamiento racional en su planeta. Tras aniquilar a todas las demás especies inteligentes de su planeta (más como consecuencia de su gusto por comerse sus cerebros, que como un fin buscado voluntariamente por ellos), lograron conquistar todos los hábitats del planeta y prosperar.

Entiéndanme, los cerebros más activos no tienen nada en particular que los haga saber literalmente mejor. Por lo visto, ni siquiera saben distinto. Pero la sugestión de un sarkal cuando sabe que el propietario de dicho cerebro le dio un buen uso hace que para él se convierta en un exquisito manjar. Literalmente, sus papilas gustativas reciben el alimento de una manera distinta, y el sabor se desata en un estallido de gozo. Así alcanzan un éxtasis que sólo pueden alcanzar de esa manera. Puede resultar extraño que comerse un cerebro que fue muy activo, que no tiene diferencias significativas con otro que fue inactivo, provoque esta respuesta, pero ocurre algo parecido cuando los humanos nos excitamos sexualmente ante la sensación de éxito de nuestra pareja, o simplemente porque su vestimenta sea una determinada. Objetivamente, nada de eso mejorará la fricción en el coito, todo está en la mente del que se excita. Pero esos factores realmente influyen. Con los sarkals pasa lo mismo.

Esto de que los sarkals comen cerebros, esta mancha oscura dentro de su idílica imagen de perfecto civismo, es conocida por muy pocos. Es el pequeño secreto íntimo que ellos comparten con nosotros, su pequeña debilidad. Sólo los que alguna vez tuvimos un contrato de una beca sarkal ante nuestros ojos (siempre después de haber firmado otro contrato previo, de confidencialidad) conocemos dicha debilidad. En realidad no conozco a nadie que dijera que no a la beca tras conocer las condiciones y meditarlo el tiempo correspondiente, así que es posible que todos los que conocemos el secreto de los sarkals seamos de hecho becados.

Y sospecho que en esta sala, como dije antes, hay muchos becados como yo.

Ninguno de los presentes en esta sala reconoceríais públicamente que firmasteis una beca sarkal. Yo tampoco lo he reconocido nunca. La gente normal se pregunta por qué los intelectuales tienen una esperanza de vida inferior a la media. “Son las drogas esas que se meten para pensar más deprisa” dice la gente. Tal cosa no existe. Quizás los sarkals inventaron el rumor. Pero ni siquiera hace falta, son las cosas que la gente es capaz de inventarse por sí misma.

Tras dos o tres horas de ingenio desbordado a raudales, la fiesta está comenzando a decaer. Algunos la abandonan en dirección a sus casas. Pero ninguno de ellos es sarkal. Todos los sarkals se quedan.

Yo me dispongo a irme también, cuando un sarkal pone su mano en mi hombro.

-¿Qué tal va la disociación de esa molécula puñetera? –pregunta amablemente.

-Sigue… resistiéndose –digo sin poder evitar el temblor de mi voz.

-Comprendo. Entonces creo que ha llegado el momento de que cumpla su parte del trato –dice sonriente.

Trago saliva. Intento desesperadamente encontrar un argumento para obtener un año de  prórroga más. Pero ninguno sale de mi boca.

-¿Se portará usted como un caballero? –pregunta el sarkal con delicadeza.

-S.. sí –logro responder en un susurro.

Me señala el camino hacia una sala reservada en la que están entrando algunos sarkals. Uno de ellos va acompañado del tipo con el bigote enrollado. Otro acompaña a la mujer con dos monóculos.

Una suave música melódica suena de fondo. Nos unimos a ellos en nuestro camino hacia la sala.

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6 respuestas a Todos refinados

  1. Yohana dijo:

    O sea, que las opciones son o vivir como un iletrado una larga vida, o vivir en un mundo apasionante de sabiduría pero menos tiempo de vida. Tiendes a reducir las opciones, pero creo que la mayoría de la gente elegiría una vida larga en la ignorancia. Al fin y al cabo ambas situaciones son muy dignas, y los ignorantes suelen ser más felices. Pero ¿Qué pasaría si se filtrara alguno de los contratos de las becas? ¿no resultaría suicida en términos de especie, un comportamiento tan fetichista por parte de los sarkals?

    • Isma dijo:

      Inicialmente me planteé hacer un cuento sobre unos seres que ofrecían dinero y comodidades a cualquier humano que, a cambio, se dejase comer a determinada edad. Sería como si a un cerdo le preguntásemos si desea vivir entre penurias y libre, o bien vivir en la abundancia a cambio de ir al matadero a determinada edad fijada de antemano. Pero todo debía ser voluntario, muy civilizado, pues quería ahondar en la dificultad de la propia decisión: ¿es mejor vivir pocos años pero vivir muy bien, o bien vivir muchos años y mal? Llevándolo al extremo, ése es el dilema económico que nos planteamos cuando escogemos entre hacer que la medicina y las pensiones prolonguen nuestra vida lo más posible, o bien gastar ese dinero viviendo mejor durante menos años.

      Pero luego pensé en que estaría bien, además, explicar la frontera que se formaría entre los humanos que deciden una cosa y los que deciden la contraria. Unos serían los triunfadores, y otros serían tristes personillas grises y anónimas. Inicialmente pensé en políticos para los “triunfadores”, pero luego razoné que usar intelectuales sería más divertido, pues forman un colectivo con un enorme ego en general. Los políticos pueden ser ladrones pero también realistas, mientras que algunos “intelectuales” literalmente se creen superiores, creen que son “de otra especie” que los palurdos que no lo son y son incapaces de captar su intelecto superior. Por eso pensé que sería irónico que algunos lograsen hacerse intelectuales, y entrar en ese “club de los superiores”, a cambio de sellar un pacto secreto en el que han aceptado ser… ¡comidos! O sea, a cambio de aceptar ser tratados en el último momento como tristes animales. Es como si los cerdos ibéricos de la granja alardeasen de superioridad ante los jabalíes.

      Había otro tema que me parecía interesante explotar. En casi cualquier carrera laboral que permite finalmente alcanzar una posición de influencia o poder, ocurre que, al alcanzar dicho poder y llegar al último escalón, el “ganador” debe muchos favores a todos los que le han aupado hasta ese lugar. Y entonces, cuando llega el momento de pagar esos favores, descubre que esa influencia o poder son muy relativos. Es como aquellas historias sobre pactos con el demonio. Me interesaba mucho explotar esa sensación de “descenso a los infiernos” al final… pero, eso sí, muy civilizada.

      Sobre el peligro de dicho fetichismo para los sarkals: bueno, todo el mundo sabe que las élites económicas de cualquier país no son, precisamente, un modelo de comportamiento ético. Siempre acaba filtrándose algo de lo que hacen… y nunca les pasa nada por ello.

  2. Yohana dijo:

    En mi opinión, un “intelectual” se hace, no nace. (parece ser que el IQ no es constante a lo largo de la vida). Una cosa es creerte más especial que los demás, cosa que no es cierta, y otra “vanagloriarte” de un estado que los demás no han podido (o más probablemente no han querido) alcanzar, y que por otra parte, a ellos les ha llevado mucho esfuerzo llegar.
    Estamos hablando entonces de incomprensión mutua y de falta de empatía por ponerse uno en la situación del otro. Pero todos tendemos a pensar que lo que hacemos nosotros es lo mejor.

    A lo mejor no es fácil elegir entre una vida fácil y cómoda pero corta, y una vida larga pero llena de penurias, sobre todo si en la vida larga nadie te garantiza que vayas a vivirla entera. Respecto a lo de las pensiones, yo ya he asumido que no llegaré a tener la mía. Te puedes preguntar mil veces “¿qué debería hacer?”, pero no vas a obtener una respuesta satisfactoria (a no ser que recurra a P-NPcompleto, ya me dirás) porque no se puede predecir el futuro.(a no ser que se invente la dichosa maquinita esa, ya me dirás).

    • Isma dijo:

      La verdad es que, hablando de colectivos que tienen un ego disparado, quizás no sea justo mezclar a científicos con artistas. Entre los científicos también hay cierto “star system”, pero es gente que, fuera de los laboratorios y de los simposios, es completamente desconocida, sólo son conocidos por otros científicos. Quizás sean admirados en su círculo, pero fuera de él son personas normales (y con sueldos bastante normales, a veces precarios). Pero con los escritores, actores, músicos, directores de cine, escultures, arquitectos, etc, es distinto: la mayoría de sus fans no son profesionales de su gremio. Cuando alguien se encuentra todos los días con desconocidos que le dicen lo fantástico que es, eso debe hacer mella en la propia percepción de la realidad. Un caso que me hace gracia es el del arte contemporáneo, que viene a ser como el cuento del traje del emperador: si alguien es rico y no finge admiración por él, entonces los demás ricos le miran con desprecio. Sobre la burbuja del arte contemporáneo, me hizo mucha gracia este vídeo. Pero esa tendencia a exaltar determinadas formas de arte no sólo se da con el arte contemporáneo. Recuerdo hace algún tiempo decidí que la pintura medieval y renacentista me parece un petardo. Es aburrida, las poses y expresiones son muy artificiales, y siempre trata sobre los mismos temas. ¿Fue un paso necesario para llegar a lo que se llegó después? Por supuesto. ¿En ella se inventaron técnicas que fueron la base de la pintura posterior? Por supuesto. Pero eso no significa que deba gustarme. ¿Soy un inculto simplemente porque bostezo cuando alguien me muestra cuadros de esa época? ¿Soy un insensible porque mi vello no se me eriza al contemplarlos? No, creo que tengo derecho a opinar que son un petardo. Pero si me atrevo a decirlo, entonces los que viven de ese tipo de arte me ven como un inculto insensible. Igual que si digo que una gran parte de la arquitectura moderna engendra edificios abyectos que parecen cajas de zapatos (sí, esos que ganan premios de arquitectura y que siempre acaban siendo pisos de protección oficial, pues nadie viviría en ellos si realmente pudiera elegir no hacerlo).

      Puede que no haya peor condena que ser condenado a ser… inmortal. Por ejemplo, vivir por toda la eternidad en una celda (como en “Atrapado mientras quieras”) puede ser terrible. Pero también puede serlo pasarla encerrado en ciertos museos o en ciertos edificios con premios de arquitectura…

  3. Yohana dijo:

    Me hubiese gustado ver el enlace, pero no me funciona en condiciones el ordenador. Intentare descargármelo para verlo en otro sitio.
    Supongo que lo que describes es simplemente que la gente se rodea de gente que a su vez tiene gustos y posiciones parecidas. Si no piensas igual que ellos, sencillamente perteneces a otro clan (no tan guay como el suyo, pero mala suerte)
    Sigo pensando que el arte contemporáneo es una patata en la mayoría de las ocasiones, así que supongo que no soy una “cultísima” persona con sentimientos y expresiones elevados. Pero solo me preocupa lo que piensa la gente que me respeta.
    Respecto al arte medieval, bueno a veces es bonito, pero a veces, y es verdad que visto uno, visto todo. Recuerdo cuando entre a ver “Las edades del hombre”, no me convenció demasiado, y menos cuando comprendí que era siempre lo mismo, pasillo y sala igual que el anterior. Lo mismo me pasa con las pictografías. En general no me gustan los museos, y menos cuanto más extensos y homogéneos son, y si no tienen una historia detrás. (Ese hecho me ha creado algún problema en los viajes. Solución: negociación) Sospecho que lo ideal para mi es organizar y estructurar lo mas simbólico. En cambio la arquitectura, cuanto más medieval o barroca sea, más me gusta. Se me hace increíble que pudieran construir elementos tan bonitos y perfectos con los medios que tenían antiguamente.
    Bueno, de todas formas en la diversidad esta la riqueza, aunque lo ideal sería que todos respetásemos mutuamente nuestras opiniones.

    • Isma dijo:

      Con el arte contemporáneo ocurre como con tantas otras cosas subjetivas en la vida: vale mucho porque vale mucho. Un día, un chalado con mucho dinero y gran necesidad de ser aceptado por otros ricos snob decide comprar “Mierda pinchada en palo”, la obra cumbre de Mierdovsky, por cien mil euros. Entonces, otra gente mucho más sensata, que piensa que esa obra es simplemente lo que dice el título, decide comprar obras de Mierdovsky, pero no porque le gusten, sino para revenderlas más adelante. Esos compradores dicen que esas obras son fantásticas, y pagan a críticos y galeristas para que la mierda de Mierdovsky esté en boca de todos. Entonces los precios de sus obras suben, y eso no es una cuestión subjetiva sino objetiva: los precios suben. Esto atrae a compradores que quieren especular… y a imbéciles con mucho dinero, que tienden a pensar que “cualquier cosa cara es buena”. Unos realimentan la estupidez de los otros, y el precio de las obras de Mierdovsky sube, y sube, y sube… sólo mientras haya imbéciles con mucho dinero que gastar, claro.

      Con “Las edades del hombre” me ocurrió lo mismo que dices. También fui a una. El primer pasillo me gustó moderadamente. Pero luego descubrí que toooooodos los pasillos que quedaban iban a ser exactamente iguales: cuadros de santos en posturas rarísimas mirando al infinito (supuestamente extasiados, sospecho que estreñidos), rodeados de cantidad de cosas indefinibles (calaveras, serpientes, báculos, espadas, llamas, coronas) que supuestamente son divertidas de descifrar, pues cada una simboliza algo superprofundo. Pero a mí tanto cachibache caótico me recordaba a las cartulinas grandes que preparan los niños para sus trabajos del cole: si el tema del trabajo es e.g. “la prehistoria”, entonces pegan cantidad de cosas a la cartulina: dibujos de dinosaurios, huesos de ternera, una foto de los Picapiedra, otra de la duquesa de Alba… Al final el conjunto es horrible, está lleno de cosas no relacionadas y sin sentido, siguiendo el principio de que “cuantas más cosas salgan, mejor”. Pues con esos cuadros me da una sensación parecida: cambia el dinosario por un santo, quita la foto de los Picapiedra, deja la de la duquesa de Alba donde está, y ¡bingo!

      Con la arquitectura también pienso como tú. Cada vez que tiran un edificio histórico antiguo para poner una caja de zapatos (premiada) en su lugar, me entran ganas de potar. Una cosa es hacer algo moderno donde no había nada, y otra es tirar para ello un edificio antiguo valioso. Recuerdo el edificio que perpetró Moneo en la plaza de Santa Teresa de Ávila… o su forma de acabar con el claustro de los Jerónimos en Madrid. O la cosa que están haciendo en Gran Vía, muy cerca de Callao. Si preguntasen antes a la gente de cada ciudad, muchas de esas cosas no se harían. Pero como todos somos unos incultos insensibles, que no pudimos hincharnos de farlopa subvencionada justo antes de que el arquitecto de turno desvelase su maqueta ante los políticos (seguro que, bajo esas condiciones, el proyecto hacía más gracia), mejor ignorarnos.

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