El libro de Siseneg, el último libro

Recorro esta ciudad vacía sin un destino concreto. Veo la hamburguesería y entro. Como siempre, está vacía. Como siempre, en el mostrador hay hamburguesas hechas en el mismo día. La cámara de seguridad del techo se gira hacia mí. Me sacio y salgo.

El viento sopla entre los gigantescos rascacielos. Es extraño tener toda esta ciudad para mí. También es extraño no saber cómo llegué aquí.

Lo último que recuerdo antes de llegar es aquel extraño día en que las noticias dijeron que se habían roto definitivamente las negociaciones y que la guerra empezaría en cuestión de horas. Recuerdo a la gente saqueando los supermercados en busca de comida para llevarse a sus refugios. Teniendo en cuenta la potencia de las armas que aquella guerra iba a desplegar, llevar comida a los refugios era, en realidad, ridículo. Los propios refugios eran también ridículos.

Recuerdo haber visto una inmensa bola acercándose hacia mi casa a gran velocidad. Me pareció una asombrosa coincidencia que la bomba que convertiría a este lado del planeta en un sol fuera a caer precisamente en el jardín de mi casa. Bueno, eso haría que yo muriera unos milisegundos antes que todos los demás. Repentinamente, la bola se paró a un metro del suelo. Me sorprendí enormemente. Pensé que, justo antes de morir, vería salir una banderita de la bola donde pusiera “¡Bum!”. Los diseñadores de bombas eran conocidos por su muy particular sentido del humor, o al menos eso decían las leyendas urbanas (por cierto, ¿cómo puede haber leyendas urbanas sobre lo que uno ve antes de que una bomba destructora de mundos explote delante de tus narices?).

El caso es que no, que no explotó. Así que llegué a la conclusión de que aquello no era la bomba, sino otra cosa. Y entonces perdí el conocimiento.

Un tiempo indeterminado después lo recobré en esta extraña ciudad. Me encontraba perfectamente. Aparte de tener una extraña argolla con lucecitas rodeándome el tobillo derecho, parecida a esas que ponen a los maltratadores con una orden de alejamiento, iba vestido igual que antes de quedar inconsciente. La única diferencia es que estaba en una inmensa ciudad que no conocía. Y que yo era el único habitante de la ciudad.

Digo que está vacía porque no veo a nadie, pero pienso que alguien me observa. Siempre encuentro comida fresca en determinados lugares. Las cámaras de seguridad de las calles y plazas se giran a mi paso para enfocarme. No creo que lo hagan de manera automática, creo que alguien o algo observa lo que graban esas imágenes.

He dedicado las últimas semanas a explorar la ciudad. Es realmente grande: pasé un día entero recorriéndola en la misma dirección y los edificios no terminaron. Sin embargo, en el barrio al que llegué tras semejante caminata no encontré restaurantes con comida servida en el mostrador. Así que a la mañana siguiente regresé a la zona que conocía, la zona donde conseguía comida.

No puedo entrar en todos los edificios. De hecho, puedo entrar en muy pocos. Las tiendas están cerradas pero puedo ver sus escaparates. A veces me da la sensación de que no hay nada detrás de ellos, que en realidad no hay tienda. En una ocasión pude ver a través de un agujero que había en la decoración de un escaparate, y vi que detrás había una sala vacía. Quizás estoy en una gigantesca ciudad de attrezzo.

Ahora estoy en una calle cualquiera, una calle como todas las demás. Miro a mi alrededor. Quizás por aburrimiento, decido que quiero entrar en una tienda como sea. Selecciono una que se encuentra en un edificio con una sola planta. Quizás, si soy capaz de alcanzar el tejado, encuentre una manera de bajar por alguna ventana, chimenea o algún conducto de ventilación. Trepo una pared agarrándome a sus cornisas decorativas y alcanzo el tejado.

Entonces me resbalo y caigo del tejado. Al impactar contra el suelo, noto cómo se me rompe una pierna. Mientras grito de dolor, observo que la anilla de mi tobillo comienza a mostrar una extraña combinación de colores. Noto un pinchazo en el tobillo y pierdo el conocimiento.

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Despierto un tiempo indeterminado después en una plaza cercana. No sé si han pasado minutos, horas o días. La pierna no me duele, todo parece estar en su sitio.

Definitivamente, alguien me observa y cuida de mí. No sé si eso me tranquiliza o me inquieta.

Durante las semanas siguientes, sigo explorando la ciudad en una especie de rutina aletargada. Recorro las calles al azar, a veces en círculos. Me pregunto si estaré para siempre solo. Es una pregunta que al principio ronda mi cabeza, algunas semanas después me inquieta, y otras semanas después finalmente me obsesiona.

Podría tirarme desde otro tejado para que esos extraños ángeles de la guarda tuvieran que volver a hacerme algo. Así tendría una oportunidad de verlos. Está lo de la anestesia inmediata en el tobillo, claro. Podría evitar que la anilla de mi tobillo me volviera a inyectar algo que me durmiera interponiendo algo entre mi piel y la argolla. Así, si quisieran venir a rescatarme, me encontrarían consciente y podría verles.

Pero estaría retorciéndome de dolor hasta que vinieran, claro.

Solía sopesar esta dolorosa opción de vez en cuando. También lo pensaba aquel día, el día en que algo cambió.

Fui a la hamburguesería a la que voy casi siempre para alimentarme. Estaba abierta. Ojo, no es una afirmación trivial. En el tiempo que llevo aquí (¿meses? no podría asegurarlo), no siempre me la he encontrado abierta. He observado que, cuando llevo demasiados días seguidos yendo, me encuentro la puerta bloqueada por un candado. Entonces suelo ir a un cercano restaurante de ensaladas. Parece que mis ángeles de la guarda vigilan mi peso.

El caso es que aquel día estaba abierta. Entonces, cuando me dirigí al mostrador de hamburguesas, vi que había un envoltorio de hamburguesa en la papelera. ¡En la papelera! Esto era extraño, pues yo siempre tiro los envoltorios al suelo. Desde que no hay sociedad alguna con la que convivir, he dejado de observar las convenciones sociales. No me afeito y sólo me ducho cuando mi olor me da asco a mí mismo. ¿Qué tiene de raro? ¿Ustedes lo harían diferente? ¿Durante cuánto tiempo se arreglarían ustedes diariamente, si supieran que jamás se encontrarán con nadie? ¿Se arreglarían todos los días sólo para sí mismos? ¡Venga ya!

Así que había un envoltorio de hamburguesa en la papelera. Punto uno: yo tiro los envoltorios al suelo. Punto dos: siempre, siempre, siempre me encuentro la sala impoluta cada vez que llego, siempre como nueva, siempre igual. Si un día desplazo una silla para sentarme, al día siguiente la encuentro perfectamente alineada junto a las demás, igual que todos los días. Ellos se ocupan de que absolutamente todo esté igual todos los días. ¿Hay aquí alguien más que no seamos ni ellos ni yo? (Por cierto, observen que todavía escribo ellos con la e minúscula. Si paso mucho más tiempo sin verles e idealizándolos, sospecho que en algún momento empezaré a nombrarlos en mayúsculas y a adorarles sin remedio.)

Esto es extraño, la rutina de mi mundo ha quedado rota.

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Al día siguiente llego a la misma hora, y de nuevo hay un envoltorio en la papelera.

Al día siguiente llego una hora antes, pero no hay nada en la papelera. Mi misterioso vecino parece respetar muy bien sus horarios y rutinas.

Entonces, al día siguiente lo intento media hora después. Hay envoltorio en la papelera. Lo toco. Está caliente.

Salgo corriendo del local y miro la calle. Veo una figura al fondo. Corro y grito.

Es una mujer. Se da la vuelta y me observa.

Mi corazón palpita. Creo que me he enamorado. Es inigualable.

Vale, ya sé lo que van a decirme. Siendo la única mujer que hay en este vacío lugar, por definición es inigualable. Y especial. Claro, especialísima. Quisiera intentar convencerles de que consideraría a aquella mujer única en cualquier otra circunstancia. Pero no voy a poder. Saben que mi situación es muy especial, así que piensan que mi percepción está inevitablemente condicionada y nublada, ¿eh? Así que renunciaré a intentar convencerles, no me tomarían en serio.

Cuando la alcanzo, veo que ella también tiene una anilla en su tobillo.

Sin mediar palabra, lo primero que nos sale del alma a los dos es abrazarnos.

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Hablamos mucho. Hablamos de nuestro deambular solitario en aquella ciudad vacía, en la que calculamos que podríamos llevar el mismo tiempo. Sólo hacía una semana que ella había empezado a frecuentar las mismas calles que yo. Decidió establecerse en esta zona al descubrir que los restaurantes disponibles en su área habitual anterior, situada a unos veinte minutos andando desde aquí, eran menos variados.

Después hablamos de nuestras vidas antes de que llegásemos aquí. Le expliqué que yo era soltero, aunque había tenido una novia que se quedó embarazada y que desgraciadamente perdió al bebé a los tres meses. Hacía mucho que ya no éramos pareja.

Por su parte, ella me dijo que estaba divorciada y que antes de la guerra tenía un hijo pequeño. Vi algunas lágrimas en sus ojos cuando recordó que no podría volver a verle nunca más. Nos contamos cómo vivimos aquellos últimos días de tambores de guerra, en los que todos vimos venir el fin del mundo.

Entonces recorrimos juntos nuestra ciudad vacía. Intentamos hacer un plano dibujando las calles que cada uno recordaba haber recorrido. Lo primero que marcamos fueron los restaurantes conocidos. El límite de lo que podíamos alejarnos de nuestra zona conocida lo delimitaba la disponibilidad de comida.

Realmente teníamos ganas de hablar con alguien. Hablamos de nuestros misteriosos cuidadores, de nuestras incertidumbres, de nuestros miedos. Nos servimos de consuelo mutuo, sentimiento que llevábamos meses sin conocer, desde que ambos llegamos aquí sin conocimiento del otro. Lo necesitábamos.

Al llegar la noche, la invité a mi casa.

-Oye, no estamos obligados a que ocurra nada entre nosotros –me dijo ella.

Aquella frase me chocó. ¿Qué significa exactamente esa frase cuando se lo dice la última mujer viva conocida al último hombre vivo conocido?

-Quiero decir, que podemos hacerlo porque nos da la gana, no porque la situación sea ésta –añadió.

En un principio me extrañaron aquellas palabras. Luego entramos en mi casa (la casa más grande y lujosa en la que había visto hacía algunos meses que podía entrar) e hicimos el amor.

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Durante los días siguientes descubrí que la vida con ella se veía de otra forma. Ya no me sentía vacío y desubicado. Ya no me importaba que aquel lugar fuera tan raro. Estaba ella.

Exploramos la ciudad y recorrimos todo lo que sus creadores parecían permitirnos recorrer. Teníamos la sensación de que muchos edificios a los que era imposible entrar eran realmente decorativos, que quizás incluso estarían huecos, pero no teníamos forma de comprobarlo.

Cierto día, al pasar por una plaza llena de luminosos y pantallas gigantes de publicidad en la que había muchos restaurantes accesibles, una pantalla dejó de mostrar la imagen de un refresco de cola. Un triángulo con un ojo dentro apareció en su lugar. Nos estremecimos. Entonces el ojo habló con una voz atronadora.

-¡Pareja de humanos! ¡Bienvenidos al nuevo ecosistema de expansión de la especie humana, en adelante NEDE!

Aquella era la primera vez que nuestros misteriosos dioses se dignaban a dirigirse hacia nosotros. Nos sentimos sobrecogidos.

-Hemos recreado este ecosistema humano natural como una reserva para salvar a vuestra especie de la extinción –anunció la voz, mientras yo miraba sobrecogido las inertes moles de cemento y cristal que nos rodeaban-. Cuando conocimos vuestra inminente autodestrucción por la guerra final, tuvimos la oportunidad de salvar a dos miembros de vuestra especie, vosotros dos. Hemos tratado de crear este lugar de manera que sea óptimo para vuestra supervivencia y reproducción, con un amplio territorio y comida en abundancia. Esperamos que sea de vuestro agrado.

Hacía tiempo que sospechábamos que éramos animalillos de una especie en extinción con argollas en sus patitas. Aquella revelación confirmaba nuestras sospechas. Hace mucho, cuando todavía existían los osos panda, los humanos introducíamos a los pocos que quedaban en reservas, en inmensos bosques llenos de bambú. De manera parecida, ellos decidieron introducir a los dos últimos humanos que quedábamos en una inmensa ciudad llena de rascacielos.

-¡Pareja de humanos! ¡Podéis hacer lo que deseéis en este lugar! No obstante, tenéis una obligación: para favorecer vuestra pronta fecundación y reproducción, deberéis acudir a diario al Árbol del Instinto, situado en el parque central del NEDE. Allí encontraréis unas píldoras que os permitirán ser fértiles todos los días. Mejorarán la calidad del semen de él y permitirán que ella pueda concebir en cualquier día del mes. ¡Ésta será vuestra obligación!

Entonces la imagen del ojo dentro del triángulo desapareció, y volvió a aparecer la imagen del anuncio del refresco de cola.

Yo pensaba que lo que nos ofrecían los creadores de aquel lugar era lógico y deseable. Entonces ella me dijo bajito:

-No pienso tomarme nada de eso.

La miré extrañado.

-No quiero quedarme embarazada. Seguiremos haciendo el amor sólo en los días en que no esté fértil.

Entonces me sentí incrédulo.

-¿Cómo? ¿No estás de acuerdo con… salvar a la Humanidad?

Frunció el ceño.

-¿Por qué íbamos a hacerlo? No quiero tener hijos. ¿Por qué nuestra situación particular debería cambiar mi postura? ¿Sólo porque somos el último hombre y la última mujer? ¿Sólo porque, si no lo hacemos, la Humanidad se extinguirá?

-¡Claro! –respondí inmediatamente.

-¿Y por qué tenemos que deberle algo a nuestra especie, la que decidió autodestruirse, por cierto? ¿Simplemente porque pertenecemos a ella? ¿Tengo yo una deuda con mi especie? ¿Acaso decidí ser humana? ¿Acaso me dieron a elegir antes de nacer a qué especie quería pertenecer, y firmé un contrato que decía “me comprometo a salvar a la Humanidad si me admiten como humana”? Si los últimos que quedamos de nuestra especie somos nosotros, ¿acaso no somos nosotros toda la especie? ¡Somos los únicos con voz y voto en esta decisión! Los humanos muertos no tienen voto, y aunque votasen les daría igual, pues ya están muertos. Así que es completamente legítimo que sólo nosotros dos, que de hecho somos toda la Humanidad, seamos los únicos que decidamos. Y yo voto que no quiero tener hijos.

-¡Y yo voto que sí! –grité desesperado.

Ella me miró durante unos segundos. Finalmente habló.

-Un momento… Supongamos que tenemos hijos. ¿Con quién se emparejarán después nuestros hijos para que a su vez tengan sus propios hijos? ¿Entre ellos? ¿Con nosotros? ¿Conoces las consecuencias genéticas de eso?

-Puede que ellos sepan arreglar ese problema.

-¡Y también puede que no! Pero lo más importante es que me da igual si la supervivencia de la Humanidad es realmente factible o no. Simplemente no quiero –dijo. Entonces me miró a los ojos y continuó-. Hagamos como cualquier… pareja, o lo que sea que seamos ahora, en esta situación: una pareja no puede tener hijos si no están convencidos de ello ambos. Y si tienen posturas irreconciliables, siempre pueden romper.

Me abrumaba lo fuerte que apostaba ella. Puede que no quisiera tener hijos, pero renunciar rápidamente a su única pareja posible, a su único amante posible… y a enturbiar enormemente su relación con su único amigo y vecino posible, parecía una dura forma de ejercer presión. Pero estaba claro que ella no quería dejar que la situación particular en la que vivíamos decidiera por ella. Su deseo de ser libre pesaba por encima de todo lo demás.

Quizás cobardemente, decidí que tenía demasiado que perder con aquel ultimátum suyo. No podía arriesgarme a que lo suyo fuera sólo un farol, tenía demasiado miedo como para lanzarle otro.

Así que aceptamos implícitamente que no tendríamos hijos. Todos los días íbamos al Árbol del Instinto y cogíamos las píldoras. Luego fingíamos comerlas ante las cámaras de vigilancia. Temía desobedecer a los creadores de este lugar, pero temía más aún desobedecerla a ella.

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Semanas después, empecé a tomarme su negativa a tener hijos como algo personal. ¿No me consideraba lo suficientemente bueno como para tener un hijo mío? Entendía el dolor por haber perdido un hijo pero, si había tenido un hijo con otro hombre, ¿por qué no podía tener otro conmigo? ¿Consideraba inaceptable mezclar sus genes con los míos, gestar dicha mezcla y criarla después?

¿En qué posición me dejaba ser rechazado para ser el padre de la Humanidad, siendo de hecho el último hombre sobre la Tierra? ¿Hay algo más humillante?

Decidí para mis adentros que, si ella no me consideraba apto para tal cosa, entonces haría algo que le demostrase mi valía. Haría algo que le demostrase que soy apto para que geste mi semilla dentro de ella. Le mostraría que soy válido. Mi logro consistiría en verles a ellos. A costa de mi sufrimiento, le describiría a ella cómo son nuestros inaccesibles benefactores.

Inserté diversas placas metálicas entre mi tobillo y la anilla que lo rodeaba. Así, si en algún momento la argolla recibía la orden de inyectarme anestesia, no podría hacerlo. Entonces la anilla empezó a iluminarse. Imagino que aquel dispositivo no esperaba no poder palparme y no sentir mi pulso, así que había dado la voz de alarma por su cuenta. Tenía que darme prisa.

Entonces me subí al tejado del que me resbalé la otra vez.

Me tiré desde el tejado con la idea de caer de pie y romperme las piernas.

Desgraciadamente, me volteé en mi caída y caí de bruces, golpeándome el pecho contra el asfalto de la calle. Sin necesidad de recibir ninguna anestesia, perdí el conocimiento.

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Volví en mí en una calle cercana. No sabía cuántos días habían pasado. De nuevo, estaba curado. Junto a mi había una bolsa. La abrí.

Dentro había un hueso. Más concretamente, una costilla. Parecía como si se hubiera hecho añicos en mil pedazos y la hubieran pegado, o algo así. La reparación parecía resistente. Me palpé el pecho y noté que, efectivamente, me faltaba una costilla. Así que esa costilla era mi costilla.

Sospecho que ellos llegaron a la conclusión de que esta costilla no podría volver a reimplantárseme y finalmente decidieron dármela de recuerdo, lo que demostraba un peculiar sentido de la cortesía por su parte. Cogí la bolsa y traté de buscarla a ella.

Cuando la encontré, decidí decirle que mi caída había sido fortuita. Claramente, eso sería menos ridículo que decirle que me había tirado al asfalto para impresionarla y convencerla de que quisiera tener un hijo mío.

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Un día, sentados en un parque, ella me dijo:

-¿Te has fijado en que hay árboles, pero no pájaros? Parece que ellos no pudieron recuperar todo lo necesario para recrear nuestro ecosistema perfecto.

Ya me había dado cuenta hacía tiempo.

-Es verdad.

Ella miró hacia los árboles.

-Me da igual, el pájaro soy yo. Soy libre. No me da la gana obedecerles a ellos con su plan, y no lo hago. Soy un pájaro. Soy un ave.

-Ave –dije mientras miraba al cielo-. Supongo que sí, que eres un ave.

Ella dominaba. Ella decidía. Ella era libre. Ella era un ave.

¿En qué posición me dejaba eso a mí? Yo era un esclavo. Un rechazado.

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Decidí que ya no trataría de impresionarla para que quisiera tener un hijo mío. Por el contrario, con el paso de las semanas mi humillación y falta de autoestima empezó a tornarse en resentimiento hacia ella. ¿Cómo se atrevía a ningunearme? ¿Cómo se atrevía a rechazar como padre de sus hijos al último hombre existente? Además, ¿cómo se atrevía a decidir por su cuenta que permitiría que la Humanidad se extinguiera? ¿Quién era ella para decidir tal cosa en nombre de todas las generaciones de humanos que nos habían precedido?

Sin embargo, yo siempre ocultaba mi resentimiento. Siempre me portaba como un buen chico, como el dócil perro en que ella me había convertido. Pero, dentro de mí, el odio crecía. ¿Quién se había creído que era?

Si no quería tener hijos, su existencia no era necesaria. Si me rechazaba, su existencia era molesta.

Cierto día estábamos los dos en nuestra casa, la que antiguamente había sido mi casa. Al acercarme a ella, me rechazó porque, según su cálculo, estaba en un día fértil. Dijo que saliéramos a tomar algo.

Mientras bajábamos la escalera, no pude soportarlo más. Abrí mi mochila y cogí el primer objeto de aspecto contundente que encontré, que resultó ser mi propia costilla. Entonces la golpeé en la cabeza. Ella rodó escaleras abajo.

Corrí escaleras abajo y vi que se había roto el cuello. La había matado. ¡La había matado! ¡No! Grité.

Luego lloré. Había matado a mi preciosa ave con mi costilla.

Estaba solo.

Además, la Humanidad terminaría conmigo.

*******************************************************************

Recorro solo esta ciudad, este nuevo ecosistema de expansión, este NEDE como lo llamaban ellos. Escribo en total soledad y patetismo las últimas páginas de la historia de la Humanidad.

Entonces recuerdo las páginas que varias religiones consideraron, precisamente, como las primeras de nuestra historia, aquel libro llamado Génesis. No deja de ser una ironía que, según aquel libro, la Humanidad comenzase en un lugar llamado Edén, y resulte que va a terminar en otro supuesto paraíso, esta vez lleno de cemento y metal, llamado exactamente al contrario, Nede. No deja de ser una ironía que entrásemos en este paraíso debido al pecado de la Humanidad, que ella desobedeciera la obligación de comer de un árbol y que yo le quitase la vida con una costilla mía. No deja de ser una ironía que nuestro final esté aconteciendo al contrario que nuestro principio según aquel libro.

No deja de ser una ironía que ella, recordando su libertad, se llamase a sí misma, precisamente, Ave.

¿En qué lugar me deja eso a mí, condenado a vagar en la soledad y la insignificancia hasta mi final? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo?

No soy nada. Mi nombre es Nada.

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4 respuestas a El libro de Siseneg, el último libro

  1. Yohana dijo:

    Me gusta mucho el cuento. Un Armagedón, el final de la humanidad…muy ciencia ficción y muy idílico a la vez. Y otra vez, triste y desgarrador.
    Respecto a lo de los hijos, se me ocurre que ella pensaba más en ellos de lo que parece. A lo mejor era cuestión de hablarlo un poco. Ella querría ofrecerles una buena situación y posibilidades, y no una reserva o un mundo destruido. Es independientemente de la factibilidad de los genes: criar a un hijo va más allá de la genética (A ver, me explico la genética también influye; pero se supone que es algo sobreentendido cuando se establece cualquier pareja). Requiere una preparación mental, tener la mente abierta a los cambios y aceptar las responsabilidades de estos cambios. Pero NO SOLO con los niños: también con la pareja. Una pareja estable y comprometida, criará hijos estables y comprometidos. Una que no lo sea, no. Yo lo he visto ya muchas veces. Es algo doloroso para todos.
    Hay un dicho antiguo que dice que “Los hombres se casan pensando que sus mujeres nunca cambiaran, y las mujeres se casan pensando sus maridos ya cambiaran”. Y resulta que los dos se equivocan. Con ello quiero decir que a lo mejor él hubiera perdido también a su ave si siguiera pensando que las cosas son tan sencillas. Nunca lo son. Respecto a ella, quizás debería haber tenido en cuenta las necesidades de él. ¿Ves? Falta de compromiso por parte de ella.

    • Isma dijo:

      Este cuento es la mezcla de dos ideas que tenía anotadas en mi fichero de ideas. La primera era hacer una inversión del Génesis (leído al revés “Siseneg”, como dice el título del cuento), donde todo finalice al contrario de como empezó según la Biblia. Por eso tenemos a Ave (leído al contrario, Eva) y a Nada (leído al contrario, Adán), viviendo una historia que justifica tales nombres. Ella se rebela contra su destino como Madre de la Humanidad. Me acordé de lo que me decías a veces, de que muchos de mis papeles femeninos (sobre todo en mis cuentos más antiguos) eran de “amante esposa” o “amante madre”, y entonces pensé que ésta sería una forma radical de huir de ese papel. Así, en su rebelión, ella muestra que es libre como un Ave, decide libremente convertirse en la anti-Madre, la anti-Eva. Él, al matarla, se queda solo y condenado, se convierte en Nada, es el anti-Adán.

      La otra historia que tenía anotada era sobre una pareja de humanos que vivía en una reserva como las que hoy en día tenemos para los linces, los gorilas o los osos panda. En este caso, el hábitat “natural” creado por sus cuidadores es el normal para los humanos: una gran urbe llena de rascacielos.

      Entonces me di cuenta de que se podía hacer un solo cuento mezclando esas dos ideas.

      En cualquier caso, la rebelión de Ave contra convertirse en la Madre de la Humanidad me parecía interesante: como individuos, ¿le debemos algo a nuestra especie? ¿Tendríamos alguna obligación de repoblarla en una situación similar, incluso aunque no nos apeteciera? ¿Debemos algo a una especie simplemente por haber nacido dentro de ella… teniendo en cuenta que nadie nos preguntó por ello?

      Aunque mis motivaciones iniciales fueron sólo las dichas arriba, a posteriori me di cuenta de que éste sería el cuento perfecto para cerrar el blog, pues habla del fin del mundo, del fin de la humanidad… y del fin del blog: yo soy él, ella es el blog. Ella me niega su fertilidad (el público) y entonces yo la mato con mi costilla. Entonces ella es libre cual Ave, y yo me convierto en Nada.

      Lo que dices sobre las situaciones propicias para la paternidad es muy cierto: no sólo es cuestión de aptitud genética, sino también de idoneidad de muchos otros factores: estado de la pareja, entorno, etc. Los humanos tenemos instintos curiosos sobre la reproducción. Por ejemplo, sospecho que detrás del concepto de “escapada romántica” (e.d. pareja que huye de su rutina para irse lejos unos días) hay algo instintivo: cualquier especie desea colonizar los nuevos lugares a los que llega. El individuo se dice a sí mismo: “aquí no hay individuos parecidos a mí, así que procrearé porque, al ser diferente, mi descendencia tendrá la ventaja competitiva de su diferencia”. Sospecho que de ahí procede gran parte de la atracción por visitar lugares diferentes o exóticos: nuestro cerebro se cree que hemos ido allí a colonizarlo. Cualquier especie necesita biodiversidad para resistir a los cambios de su entorno, y ése parece un método para conseguirlo.

      El dicho antiguo que mencionas es muy bueno. 🙂

  2. Blanqui dijo:

    Hola Isma! Soy Blanqui. Llevo tiempo queriendo leer tus cuentos pero nunca veo el momento. Acabo de leer el ultimo y me ha parecido muy interesante y original. Me ha tenido intrigada hasta el final. Un tragico final para la humanidad.
    Es una pena que dejes de escribir. Me parece que tienes talento para esto. Yo por mi parte prometo intentar leer mas cuentos cuando pueda.
    Besos!

    • Isma dijo:

      Me alegro de que te haya gustado, Blanqui. 🙂 Como mencioné en mi comentario anterior, mi idea era representar una especie de Génesis invertido (Siseneg), y a la vez una historia sobre una “reserva de humanos”. Creo que me decidí finalmente a escribirla cuando encontré el sencillo juego de palabras del final (Eva leído al revés es Ave, Adán leído al revés es Nada). A partir de ahí, tenía que inventar una historia sobre una mujer que se sintiera libre cual ave, y un hombre que finalmente se sintiera solo, vacío, nada. Así que diseñé la historia desde el final hacia atrás para que cuadrara con ello.

      Dentro de poco me van a publicar Siempre contigo. Y, en cuanto se publique, estoy pensando en enviar El quizás de Sandra. El fracaso del blog me hizo olvidarme del tema, pero si empiezan a publicarme cosas, entonces quizás me anime lo suficiente y vuelva a escribir…

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