Pedrícese el mundo: Capítulo II

CAPÍTULO II

1

Mientras Pedro se afeitaba, escuchaba un acalorado debate en el televisor. Ante una mesa, seis individuos y un moderador, todos ellos de aspecto serio y vestidos con traje y corbata, analizaban en detalle el personaje de Pedopís. El debate trataba de averiguar si su papel de segundón le relegaba a una posición discriminatoria ante Kakakulo.

Pedro dirigió una mirada de desprecio al televisor, y continuó afeitándose. Sin duda, Pedro tenía un aspecto poco común. Posiblemente era el único habitante de Hogar con una barba que le cubría todo el mentón salvo la barbilla, al estilo decimonónico. “Decimonónico de otro planeta. De un planeta que no es éste” reflexionaba sonriente, mientras se sentía orgulloso de su diferencia.

Hoy Pedro cumplía diez años en Hogar. Diez años desde su nacimiento en una estructura metálica, y veintisiete años y pico de estado fisiológico. Hoy no tendría que ir al ministerio. No tendría que hacer fotocopias, ni preparar canapés de chopped con yogur. No tendría que cargar cajas. Hoy Pedro se hacía mayor de edad. Como consecuencia, hoy recibiría el derecho de entrar en el Parlamento y de escuchar, por primera vez, sus deliberaciones y decisiones. Y, como era habitual, el Parlamento ofrecería una recepción para todos los nuevos ciudadanos que cumplían diez años aquel día.

Dirigió la afeitadora a su rapada cabeza. Mientras se repasaba, recordó que en un principio se sintió inclinado a no ir. Después pensó que su presencia molestaría a muchos, y decidió que iría.

Una vez rapado al cero, cogió la sábana de la cama y se la enrolló alrededor del cuerpo. Hacía tiempo que había conseguido borrar la ilustración de Anikilator con una navaja. Desde entonces, era su prenda favorita para salir.

Apagó el televisor y bajó a la calle. Como era habitual, sus vecinos le dedicaron miradas de extrañeza y desaprobación. Cuando salía por las mañanas para ir al trabajo, los susurros del tipo de “vaya pintas”, “qué tipo más raro” o “ése es el loco” eran los que le mantenían feliz. “Cada vez encajo menos en este mundo de imbéciles” sentía exultante. Eso le daba energías para el resto del día.

Se dirigió hacia el Parlamento. Al llegar a la entrada se unió a la cola de nuevos ciudadanos con gesto desafiante. La mayoría de los presentes vestía el traje adecuado para la ocasión, con la tradicional corbata de Kakakulo. A cierta distancia, varios pedristas observaban a Pedro mientras murmuraban, y alguno de ellos le señalaban con el dedo. “Míralos” pensó Pedro. “A su edad, vistiendo como adolescentes. Todos con las mismas greñas, la misma camiseta y los mismos vaqueros… exactamente como Dios les trajo al mundo”. Pedró pensó que el gran dogma pedrista, la pedricidad, era una palabra que resumía todo el patetismo de ese patético mundo. Y lo peor, pensó, es que los pedristas eran cada vez más numerosos. “Hay que hacer algo” pensó mientras apretaba el puño.

Se abrió la puerta del parlamento y un hombre uniformado les invitó a entrar. Pasaron a una gran sala con el techo muy alto y se formó una nueva cola. Al final de ella se realizaba una especie de ceremonia a cada nuevo ciudadano.

Cuando llegó el turno a Pedro, un funcionario con un traje azul se dirigió a él.

–        Antes de entrar y recibir el grado de ciudadano, debe realizar la promesa o juramento de guardar el secreto de las deliberaciones del parlamento y sus decisiones ante los no ciudadanos. Puede realizar su promesa sobre la Constitución de la República del Hogar – le ofreció a Pedro una copia. Era un tomo voluminoso –. También puede jurar sobre la religión que desee. Aquí tiene una Biblia.

Pedro tomó la Biblia con curiosidad. En su familia nunca habían sido muy religiosos. Se dio cuenta de que no había visto una Biblia desde que llegara a Hogar. Bueno, en realidad eso significaba que en realidad nunca había visto una. Sabía que había una pequeña minoría de habitantes de Hogar que eran católicos. “¿Cómo podrán obedecer las órdenes del papa de Roma desde aquí?” se preguntaba.

Lo primero que extrañó a Pedro fue el grosor de la Biblia. Parecía tener unas quince o veinte páginas como mucho. La abrió y la hojeó. Escogió una página al azar y leyó. El texto relataba la escena en que Jesús se acercó a una fila de esclavos encadenados y dio de beber a uno de ellos. Según relataba el texto, ese esclavo llegaría a ser un gran conductor de cuádrigas en competiciones. Pedro recordó que vio una película que describía esa misma escena, y asintió con la cabeza.

Después pasó a otra página al azar. Describía cómo Jesús se encontraba en una barca con sus diecisiete apóstoles. Les dijo que tiraran las redes. Al recogerlas, estaban repletas de panes y peces. Jesús cogió la red, y andando sobre las aguas se dirigió a la orilla y les ofreció el contenido a los presentes.

Antes de devolver la Biblia al funcionario, Pedro echó un rápido vistazo a la primera página. Indicaba que el que modificara una sola letra del texto ardería en el infierno.

–        Está tal y como fue escrita por Seis y Trece, hace más de dos mil años, de acuerdo a todos sus recuerdos – dijo el hombre al tomarla -. Fue un gran trabajo, no podrá encontrar una sola imprecisión.

Pedro asintió. El hombre añadió:

–        Puede escoger cualquier otra religión, si lo desea.

Pedro observó otros libros en una estantería. Pidió el Corán. Al cogerlo, observó que consistía únicamente en la portada. Otros títulos disponibles, formados únicamente por una portada, eran “El libro de Buda” y “El libro de los Zulús”.

–        Por supuesto, también puede utilizar el Libro Sagrado de Pedro – indicó el hombre, ofreciéndolo.

Enfurecido, Pedro lo agarró con un ademán y lo lanzó lejos con todas sus fuerzas. Varios pedristas presentes en la sala miraron con odio a Pedro, y le increparon iracundos.

–        ¡Sacrílego! ¡Morirás por esto! – gritó uno de ellos, colérico.

Pedro reía con gran regocijo.

Con cierta inquietud, el funcionario del traje azul volvió a dirigirse a Pedro.

–        Tiene que prometer o jurar la fórmula de acuerdo al libro que desee. Debe hacerlo ya – dijo, señalando a la cola que había detrás de Pedro.

Una voz burlona sonó desde atrás en la fila.

–        Déjele pasar sin más, ese chiflado no habla con nadie. ¿Cómo podría contarle a alguien algo de lo que vea aquí?

Pedro cogió un libro cualquiera de la estantería y habló.

–        Juro no revelar a los no ciudadanos lo que ocurra en esta sala, y lo juro ante… – Pedro miró el libro que había cogido, que también consistía únicamente en su portada – …el Libro del Elefante con Cuatro Brazos.

El hombre uniformado le respondió con cierto disgusto.

–        Bienvenido a la ciudadanía del Hogar. Puede pasar – dijo mientras agarraba a Pedro del brazo y le empujaba hacia delante para que desalojara la fila.

2

Pedro entró en una sala mucho mayor. Se trataba de la sala del Parlamento. Tomó asiento en la fila asignada a los nuevos ciudadanos. La fila se fue llenando. Al cabo de unos minutos entraron los congresistas y fueron ocupando sus escaños, más abajo.

Pedro observó que los escaños de una determinada zona estaban siendo ocupados por individuos que compartían las mismas greñas, y vestían la misma camiseta y los mismos vaqueros. “¿Cómo? ¿Esos majaderos tienen un partido aquí?” pensó Pedro mientras apretaba los dientes. “Además, no son pocos…” observó. Le hervía la sangre.

El presidente del parlamento habló.

–        A petición del Partido del Comercio, hoy se debate la posible reforma de la Ley de Recibimiento. Toma la palabra el congresista Primer Mercante.

El citado Primer Mercante comenzó a hablar desde el estrado.

–        Nos dirigimos a esta cámara para plantear ciertos cambios a la ley citada por el señor presidente. Consideramos que el filtro del primer día debe endurecerse.

Algunos congresistas protestaron ante semejante afirmación. Pedro se preguntó de qué estaban hablando. Primer Mercante continuó.

–        Los datos indican que el número de suicidios durante los cinco primeros años en Hogar es excesivo. Nuestra sociedad no puede permitirse costear la reeducación de tantos individuos que no llegan a la edad adulta. Por lo tanto, la prueba del primer día debe endurecerse. De esta forma, sólo los individuos con la suficiente fortaleza psicológica no saltarán y sobrevivirán. En condiciones normales, las experiencias de un solo día modificarían poco esa fortaleza, pero el primer día en Hogar es sorprendente y está lleno de impactantes emociones. Debemos seleccionar a los que han recibido los estímulos adecuados. Debemos seleccionar a los fuertes. Los demás deben saltar.

–        ¡Eso es impío! ¡El miedo es inherente a Pedro! – protestó un hombre procedente del sector pedrista.

–        ¡Silencio! – interrumpió el presidente. Esperó unos segundos –. Continúe.

–        Consideramos que la foto en el espejo del dormitorio no supone un filtro suficiente – continuó Primer Mercante -. Tampoco basta con asignar habitaciones individuales. Proponemos cambiar la sábana de Anikilator puesta en la cama por una foto del propio Pedro.

Pedro escuchaba con gran sorpresa. Otros nuevos ciudadanos sentados en su misma fila se revolvían en sus asientos con inquietud. Más abajo, los congresistas pedristas murmuraban y protestaban. Primer Mercante pareció ignorarles y siguió hablando.

–        En otro orden de cosas, pensamos que el número de recién nacidos que se inclinan el primer día por el barrio industrial y la educación tecnológica es insuficiente y no va acorde al desarrollo productivo que está experimentado nuestra sociedad en los últimos años. La escasez de mano de obra cualificada ha disparado el sueldo de los especialistas, lo que ha reducido peligrosamente los beneficios empresariales. Esto pone en peligro su actividad y la innovación que proveen a nuestra sociedad. Por lo tanto, desde el grupo comercialista proponemos reducir el aspecto tecnológico de la proyección de recibimiento. En concreto, proponemos reducir la calidad de la imagen y añadir más ruido de fondo al sonido de la proyección. También proponemos cambiar la sala por otra más estrecha y alargada. De esta forma, la sensación de falta de medios se acrecentará entre los individuos sentados en las últimas filas, y aumentarán las vocaciones tecnológicas. Otra posibilidad consistiría en sustituir la proyección de cine por una emisión de radio. Sin embargo, nuestro grupo no lo considera aconsejable, pues si reducimos el aspecto tecnológico en exceso, correremos el riesgo de no suscitar en los espectadores la sensación de que la tecnología que dejaron en su mundo está al alcance de la mano. Es decir, perderíamos la sensación de oportunidad.

Pedro reconocía que no salía de su asombro. Lo mismo sucedía a sus compañeros de fila.

–        Así mismo, creemos que el número de individuos que se inclina el primer día por el barrio gubernamental y la educación política es excesivo – continuó. Ante dicha afirmación, los murmullos de protesta de los demás congresistas desaparecieron -. Por tanto, proponemos reducir a la mitad el número de columnas de la sala de proyección. Como ya saben sus señorías, varios estudios indican que el número de fallos estructurales en la maquinaria e instalaciones puestas al servicio de los recién llegados es muy alto. Según esos mismos estudios, hay una probabilidad estadística no despreciable de que más de una molestia se cebe en el mismo individuo durante sus primeros días en Hogar, los cuales son cruciales desde el punto de vista emocional. Dicha circunstancia podría producir, y cito textualmente,  “individuos antisociales, calculadores y peligrosos”. La correlación entre los individuos que sufrieron al menos dos pequeñas molestias el primer día y la delincuencia es asombrosa.

Pedro se acomodó en la butaca. Poco a poco, fue esbozando una gran sonrisa. Se sentía feliz. De hecho, sentía la mayor felicidad que había sentido desde que llegó a Hogar. La mayor felicidad de su vida. “Soy diferente. Estoy fuera de los cálculos de los imbéciles. Estoy fuera de su esquema del patetismo… Soy realmente único…”. Ante los elocuentes gestos de regocijo y grandeza, varios compañeros de fila le dirigieron una mirada de extrañeza.

–        Dejadle, es el loco – susurró uno.

Pedro lo oyó. El comentario le encantó. “Es maravilloso oír eso de los labios de un cretino. ¡Qué gran cumplido!”.

3

–        Por los motivos expuestos, propongo dichas modificaciones en la Ley del Recibimiento – terminó Primer Mercante. Bajó del estrado y regresó a su escaño.

El presidente de la sala habló.

–        El Partido Pedrista ha solicitado la palabra. Hermano 27351, puede subir al estrado.

Pedro observó al individuo que se dirigía hacia los micrófonos. “Creo que ya tengo un objetivo en la vida. Acabar con la homogeneidad patética. Acabar con los imbéciles” pensó Pedro. “Y comenzar por ellos”. Pedro dirigió la mirada al Partido Pedrista. Repasó lentamente a todos sus individuos, estudiando lo iguales que eran y lo despreciables que le parecían.

–        Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró Hermano 27351 de manera mecánica con la cabeza baja y los ojos cerrados. Después elevó la mirada y se dirigió a todos los presentes –. El Partido Pedrista quiere indicar que podría considerar aceptable la propuesta del Partido del Comercio si se aceptasen ciertas enmiendas. Éstas conciernen al contenido del propio video de la proyección de recibimiento.

Varios miembros del sector del Partido del Comercio parecieron sorprendidos por el anuncio.

–        El partido pedrista – continuó el hermano – considera primordial que los recién nacidos comprendan lo antes posible la divinidad de Pedro Martínez. Gran Pedro nos muestra esta realidad de múltiples formas. El único habitante de Hogar es Pedro Martínez. A excepción de los seres unicelulares que lo sirven o son parte de él, no existen otros seres vivos en Hogar. Dado que Pedro Martínez es el único ser e ingrediente del mundo y de la creación, cada Pedro Martínez recién nacido es de hecho divino y perfecto. Solo manteniendo sus matices, sus gustos, su aspecto y sus acciones originales conseguiremos algún día alcanzar el Reino de Pedro. Por todo ello, deseamos introducir la Gran Verdad pedrista en el video.

Se oyeron algunos gritos de protesta.

–        Consecuentemente, – continuó – la proyección explicaría que la Tierra nunca ha existido, y que ninguno de los recuerdos anteriores al momento del nacimiento en Hogar es real. Dichos recuerdos son, en realidad, una prueba del Maligno, de Antipedro en persona. Estos falsos recuerdos nos muestran el horrible mundo que podríamos obtener si olvidásemos nuestra naturaleza pedrista. Un mundo lleno de frustraciones y desdichas. La Gran Verdad nos enseña que, antes del mismo nacimiento, una larga visión de diecisiete años nos muestra el mal camino, el camino de la infelicidad, el camino de la falsa pluralidad, un camino que podemos evitar o no, de acuerdo a nuestro libre albedrío – Hermano 27351 dirigió una mirada desafiante hacia un sector determinado del hemiciclo. Los aludidos protestaron enérgicamente. Pedro observó que los congresistas de dicho sector todavía no habían intervenido en la sesión. El hermano continuó –. De esta forma, los recién nacidos comprenderán que la verdadera pluralidad divina reside en los infinitos matices de Pedro. No olvidemos que otras religiones, soñadas en la propia visión de 17 años de longitud, muestran el papel de Pedro como el portador de las llaves del cielo. Pedro, con su libre decisión, puede escoger entre ascender a los cielos a través de la pedricidad, o desaparecer para siempre en el infierno…

El presidente de la sala mostró gestos de impaciencia.

–        ¡Hermano, no está usted en el Gran Templo! – gritó un congresista con voz burlona.

El hermano le dirigió una mirada reprobatoria. Murmuró algunas palabras fuera de micrófono mientras alzaba las manos al cielo y cerraba los ojos. Después, ya hacia el micrófono, continuó.

–        Ésta es mi propuesta. Que Pedro les ilumine para acatarla y aceptarla.

Mientras el hermano regresaba a su escaño, el presidente intervino.

–        Pide la palabra el Partido Determinista. Puede subir al estrado Eslabón Tercero.

El aludido subió al estrado.

–        Antes de intervenir, me gustaría resaltar las sorpresas que ofrece la Gran Verdad pedrista. Resulta que hace… – miró unas anotaciones – …setenta y seis años ustedes también solicitaron introducir la Gran Verdad en la proyección de recibimiento. En esa ocasión, solicitaron, y cito literalmente, “introducir la verdad sobre nuestra llegada a Hogar, mediante la cual el supuesto mensaje alienígena que recibió Gómez en la Tierra fue enviado en realidad por uno de nuestros habitantes en el futuro, el cual regresará al pasado, a los tiempos anteriores a Uno, utilizando una máquina del tiempo para poder en dicho tiempo transmitir dicho mensaje. Dado que dicho ciudadano descenderá en última instancia de Uno, se mostrará que nuestra sociedad de Hogar es en realidad el origen de sí misma, lo cual muestra la perfección de su elemento básico, Pedro. Un ser que es el origen de su mismo es, por definición, la Divinidad. Por lo tanto, el misterio de la pedricidad quedará completamente comprendido” – entonces Eslabón se aclaró la garganta y recorrió con la mirada el sector pedrista -.  ¿En qué quedamos?

El mismísimo Hermano 27351 se levantó de su escaño para intervenir.

–        ¡Esa propuesta se hizo antes del septuagésimo primer concilio pedrista, cuando el grupo de sabios Martínez reanalizó el dogma! – gritó colérico.

–        Por cierto, – continuó Eslabón Tercero – le recuerdo que en dicha ocasión nuestro grupo estuvo dispuesto a aceptar su propuesta. Nos parecía que podía ilustrar con claridad el determinismo de nuestro comportamiento. Si nuestra existencia se debe a algo que sucederá en el futuro, entonces estamos condenados a realizar exactamente las acciones que nos conducirán a hacerlo, pues si no lo hiciéramos, no existiríamos, y de hecho existimos. La idea de su grupo fue, por tanto, muy bien recibida en nuestro partido. Sin embargo, ustedes mismos retiraron su propia propuesta, no sé por qué influencias – dirigió la mirada al sector del Partido del Comercio -. En su citado septuagésimo primer concilio, introdujeron el libre albedrío como dogma, lo cual era incompatible con dicha propuesta y nuestra posición. Con el libre albedrío surge la responsabilidad, el mérito y la culpa, el premio y el castigo, y la justificación de la diferencia en función de las acciones anteriores, entre ellas la riqueza y la pobreza – volvió a mirar a los comercialistas. Después, se dirigió de nuevo a los pedristas –. ¡Sin embargo, el determinismo de nuestro comportamiento es un hecho! Al nacer de una máquina copiadora, todos nos comportamos exactamente igual hasta que hay alguna diferencia en el entorno. ¡Nuestra misma República se aprovecha de ello en la sala de proyección de bienvenida poniendo, por ejemplo, columnas delante de algunos de nosotros para que diverjamos y nos especialicemos! Nuestras diferencias proceden solo del entorno y, por tanto, no existe verdadero libre albedrío, solo su sensación. No existen el mérito o la culpa, ni por tanto motivo para la existencia de ricos y pobres. Señores pedristas, cuando aceptaron el libre albedrío, justificaron las diferencias entre iguales, entre cada Pedro Martínez de este mundo. Así, en cierto sentido, abandonaron el pedrismo.

–        ¡Sólo reconocimos la existencia innegable del Bien y el Mal! – se levantó de nuevo el hermano – ¡Reconocimos la responsabilidad en nuestros actos! ¡Despertamos a la inactividad y la apatía! ¡A la resignación!

–        ¡Señores! – intervino el presidente – ¡No interrumpan al ponente! Y usted, señor Eslabón, vaya al grano y abandone su lección partidista de la Historia.

–        Sólo quiero decir que la propuesta del Partido Pedrista nos resulta inviable. Si tanto les molesta la superioridad alienígena, que deslegitimaría la supuesta divinidad de Pedro, entonces podrán aceptar la siguiente propuesta, que es la de mi partido. Consiste en narrar que los alienígenas multiplicaron la población de Pedros Martínez para poder extraer información de la civilización humana con mayor rapidez. Sin embargo, nuestros antepasados decidieron escapar a su cautiverio y planificaron una rebelión. Se inició una gran guerra, que finalizó con la aniquilación de la especie alienígena y la supremacía total de los Pedros, aparentemente más débiles. Además, sería igualmente adecuado modificar el tiempo desde la llegada de Uno de los 2119 años a los 519 años. De esta forma, nuestra civilización habría alcanzado el nivel tecnológico actual con una gran rapidez. Exaltaríamos, de esta forma, todo lo que puede conseguir Pedro si lucha unido contra sus enemigos, contra los que le subyugan y alienan.

Eslabón paró para beber un poco de agua, y continuó, dirigiéndose a los pedristas.

–        Consideramos que podrán aceptar nuestra propuesta, pues para ustedes supone un paso más en la demostración de la supremacía de Pedro sobre todas las cosas. Por tanto, les pedimos que la consideren.

Eslabón recogió sus anotaciones y regresó a su escaño. Mientras tanto, los pedristas murmuraban. Hermano 27351 discutía frenéticamente con sus colaboradores.

4

–        Primer Mercante pide de nuevo la palabra – dijo el presidente.

El líder del Partido del Comercio subió de nuevo al estrado.

–        La propuesta del Partido Determinista es completamente inaceptable. Les recuerdo que la provincia de Montes Tarao está sufriendo una gran crisis. Los mineros del cobre están en huelga. Algunos se han atrincherado y han expulsado a sus patronos, a los legítimos dueños de aquellas minas que compraron con el fruto de su esfuerzo. Dicen que están “colectivizando” las minas. Y todo parece indicar que ciertos grupos están propagando absurdas ideas de rebelión contra el “patrón opresor”. Algún día demostraremos en esta sala que esos mismos grupos también están financiado dicha sedición – miró con gesto acusador hacia el sector del Partido Determinista -. Señores, si todos nacemos en la estructura metálica con las mismas oportunidades, entonces el hecho de que unos progresen y otros no es la prueba fehaciente de que podemos decidir, de que no estamos determinados. Los más aptos tienen derecho a recibir su premio. Además, si no premiamos a los más aptos, entonces éstos no desarrollarán su actividad y no proveerán de empleos a otros individuos menos aptos que les rodean. Nadie querrá hacer nada, pues no habrá incentivo para ello. Suponer que el futuro de un individuo depende únicamente de cómo el entorno le influye es irresponsable. No podemos alegar que cada cosa que hacemos es fruto de nuestro entorno. Existen el mérito y la culpa en nuestras propias acciones. Por tanto, no es justo ni eficiente repartir los recursos de manera equitativa.

Se oyeron airados gritos de disconformidad procedentes del Partido Determinista.

–        Debemos añadir, no obstante, que considerar que el origen del mérito o culpa reside en la medida en que copiemos místicamente el comportamiento de un adolescente improductivo tampoco nos parece la manera más eficiente de progresar – miró a Hermano 27351, que le devolvió un gesto de desdén -. En cualquier caso, un vídeo de recibimiento en el que se muestre cómo unos seres inferiores pueden derrocar a unos seres superiores nos parece una manera muy peligrosa de introducir un preocupante factor desestabilizador en nuestra sociedad. Por lo tanto, nuestro grupo votará en contra de semejante propuesta.

Primer Mercante apagó el micrófono y regresó a su escaño.

–        ¿Algún grupo quiere intervenir? – dijo el presidente.

–        Sí señor – intervino Hermano 27351 -. Sólo queremos decir que la propuesta del Partido Determinista nos parece aceptable.

Se oyeron gritos de desaprobación procedentes del Partido del Comercio.

–        ¿Alguna intervención más? – preguntó de nuevo el presidente. Ante el silencio posterior, continuó – Pasamos a votar la propuesta del Partido Determinista.

Si bien el Partido del Comercio era mayoritario en la cámara, los votos del Partido Determinista y el Partido Pedrista sumaban mayoría. Tras el recuento de los votos, el presidente volvió a intervenir.

–        Queda aceptada la propuesta del Partido Determinista. Les recuerdo que, según el reglamento de la cámara, cualquier cambio en nuestra Historia requiere la eliminación inmediata de todas las cintas existentes de la proyección de recibimiento anterior. Esta orden se hará efectiva hoy mismo. A modo simbólico, procederemos a eliminar ahora y aquí el guión de la proyección anterior.

Dos alguaciles trajeron unos folios, y, con gran ceremonia, el presidente procedió a encender su mechero y quemarlos.

Varios miembros de la fila de nuevos ciudadanos observaban escandalizados la escena.

–        ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede el parlamento cambiar la Historia cuando le dé la gana? – decía uno.

–        ¿Es cierta la historia que nos contaron a nosotros? – decía otro.

Un congresista muy mayor que se sentaba justo delante de la fila de los nuevos ciudadanos se dio la vuelta para contestar. Pertenecía al Partido del Comercio. Lo primero que hizo fue reírse con condescendencia. Después se dirigió a ellos.

–        Cuando yo era joven, en mi primera legislatura como congresista, también modificamos la proyección anterior. Ésta había sido propuesta por mi grupo muchos años atrás. Explicaba cómo los alienígenas crearon muchos individuos. Éstos acabaron trabajando para los alienígenas, que eran justos patronos y les pagaban un buen salario. Al cabo de muchos años, el clima del planeta cambió, y las condiciones atmosféricas se hicieron hostiles a la naturaleza alienígena, a la vez que más beneficiosas para la especie humana. Ante semejante problema, los alienígenas se plantearon la posibilidad de emigrar a otro planeta de este mismo sistema solar que les pudiera resultar más favorable. Dudaron entre trasladar a todos los miembros de su especie o bien sólo a una parte de ellos. Finalmente resolvieron su problema de una manera muy económica y eficiente. Ofrecieron a los Pedros, muy numerosos por aquel entonces, comprar el planeta. Los Pedros usaron los ahorros conseguidos con el sudor de su frente para comprar la propiedad del planeta, y los alienígenas emigraron al completo a su nuevo planeta con las riquezas de los Pedros. Fue un trato justo para ambos. Desde entonces, Hogar nos pertenece.

Uno de los nuevos ciudadanos intervino.

–        Pero, según ha dicho usted, esa historia también fue inventada en el parlamento…

–        Bueno, algunos congresistas más mayores que yo me hablaron de otras historias más antiguas aún. En una, los alienígenas se fueron sin más. En otra, los alienígenas nunca existieron. Pero no conozco ninguna historia con una antigüedad mayor que, digamos… ciento cincuenta años, más o menos.

–        ¿Y que ha sido de las anteriores? – preguntó otro, intrigado.

–        Las quemamos como todas las demás, claro – respondió riéndose.

–        ¿Y cuál es la verdadera?

El anciano emitió una gran carcajada.

–        ¡Y yo que sé!

Los miembros de la fila se miraron incrédulos entre sí. El viejo se dio la vuelta.

A Pedro la escena completa le pareció de lo más instructiva.

5

La sesión parlamentaria continuaba con otro punto de la orden del día. Hermano 27351 se encontraba de nuevo en el estrado discutiendo una posible reforma de la Ley de Usos y Costumbres.

–        Señores parlamentarios, no debemos permitir que algunos aspectos íntimos de la vida de nuestros conciudadanos deriven en comportamientos ostensiblemente antipedristas. Pedro Martínez, el ser original del que todos procedemos, no era homosexual. Es por ello que observamos con preocupación el comportamiento de un número creciente de ciudadanos, algunos de ellos presentes entre nosotros en esta sala. Dicho comportamiento resulta gravemente ajeno a la esencia original de Pedro Martínez – dijo mientras señalaba con el dedo algunas butacas de los sectores comercialista y determinista -. ¿Cómo es posible que algunos de nuestros conciudadanos sientan atracción por otros, no ya de su propio sexo, sino incluso idénticos a ellos mismos? ¡Es una aberración que va contra la naturaleza de Pedro Martínez!

Varios parlamentarios comenzaron a abuchear a Hermano 27351.

–        O sea, – interpeló un diputado – que preferiría que todos participásemos con ustedes los pedristas en su Rito de Rocío, ¿no?

Muchos presentes se rieron ostensiblemente. Algunos alzaron su voz para increpar y burlarse del hermano.

Sentado en lo alto del hemiciclo, Pedro recordó que en una ocasión había tenido la oportunidad de contemplar en persona dicho rito, no sin gran desagrado. Varios cientos de pedristas colocaban sillas en una plaza en cuyo centro se encontraba una gran estatua de Rocío esculpida en mármol. Todas las sillas se disponían en dirección hacia la estatua. Entonces cada pedrista se sentaba en una silla y, ante una señal, todos ellos se masturbaban a la vez mientras concentraban su mirada en la estatua. Pedro sentía asco y bochorno cuando recordaba aquella escena. Lo que más le molestaba era el hecho de que varios cientos de ciudadanos se unieran para imitar el comportamiento de un adolescente mientras concentraban sus deseos en algo que, en realidad, no existía. En lugar de rechazar todo lo que era deprimente y odioso en aquel mundo extraño que les había tocado vivir, aquellos individuos exaltaban esas mismas miserias. Esto ponía a Pedro furioso.

Otro diputado intervino desde su escaño.

–        ¡Hermano, no se enfade! – gritó con tono burlón -. Personalmente, yo prefiero hacer esas cosas solo, pero creo que relacionarse con otro ciudadano de este mundo también es, en cierto sentido, masturbarse, ¿no? – Las risotadas volvieron a inundar la sala. Sin ocultar una sonrisa burlona, el diputado continuó -. Si resulta que Pedro Martínez es la fuente de la divinidad para ustedes, los pedristas, entonces ¿qué mejor forma tendrían ustedes de amar a la divinidad que la forma en que lo hacen los compañeros a los que usted se refiere?

–        ¡Blasmefo! – gritó Hermano 27351.

Los parlamentarios pedristas profirieron otros insultos desde sus butacas. Entonces uno de los parlamentarios que había sido acusado con el dedo por Hermano 27351 intervino.

–        ¡Prefiero la carne al mármol! – exclamó.

Muchos parlamentarios aplaudieron el comentario mientras reían. Todos los que habían sido acusados por Hermano y algunos más se pusieron en pie mientras aplaudían. Los parlamentarios del sector pedrista fruncían el ceño.

Unos instantes después, Hermano 27351 volvió a hablar. Debido el rechazo frontal que había cosechado su comentario, decidió pasar a otro punto de su propuesta.

–        No es ésta la única desviación inmoral de nuestra sociedad que nos inquieta. Observamos en la población algunos comportamientos, relativos a otros aspectos de la vida, que son igualmente preocupantes para nuestro partido y nuestra fe – afirmó. Bebió un sorbo de un vaso de agua y continuó –. En particular, la vestimenta de algunos ciudadanos de Ciudad está degenerando hacia formas ostensiblemente antipedristas. Solicitamos por tanto la introducción de un reglamento del buen decoro que establezca como falta mostrar un aspecto soez y amenazante con la naturaleza pedrista. El objetivo es que no tengan que verse ejemplos tan lamentables como por ejemplo… – dirigió la mirada directamente a la fila de nuevos ciudadanos, en la parte alta del hemiciclo – …el de ese tipo de ahí.

Señaló con el dedo directamente a Pedro. Todos los congresistas se dieron la vuelta para mirarle.

Lejos de amedrentarse, Pedro sonrió y se puso en pie.

–        Por lo tanto, – continuó el hermano – nuestro grupo propone la creación de un código de vestimenta que…

–        ¡Tú! ¡Imbécil! – gritó Pedro señalando al hermano, mientras adoptaba una postura desafiante.

Un coro de murmullos inundó la sala. El hermano aparentó ignorar a Pedro y continuó.

–        …se base en los ideales pedristas en el nacimiento, esto es, pelo largo sin lavar con…

–        ¡Sí, tú! ¡Imbécil! – volvió a intervenir Pedro.

–        ¡Por favor! – gritó el presidente -. Debo solicitar a los miembros del público que guarden la compostura, o si no deberán abandonar la sala.

–        Patéticos inmaduros acomplejados… – continuó Pedro -. Mantenéis los mismos complejos que el mismísimo Pedro Martínez. Ante su patetismo e irrelevancia en el mundo, Pedro Martínez creaba mundos imaginarios en los que era el rey. Por ejemplo, Val Hancín, su personaje en sus partidas de rol, era la exaltación de esos miedos. Y su ropa, su música… Pedro Martínez escogía lo minoritario para sentirse especial, porque fracasaba en todo lo convencional.

–        …una camiseta negra y unos pantalones vaqueros azules que… – continuaba el hermano mientras bajaba la vista para leer literalmente de sus notas. Una arruga en su frente delataba su enfado contenido. Los miembros del partido pedrista comenzaron a increpar a Pedro y al presidente a partes iguales.

–        Lejos de madurar, – siguió gritando Pedro – los pedristas exaltáis el patetismo como modelo a alcanzar. Os refugiáis en vuestra homogeneidad para ocultar vuestra putrefacción. El asco que siento ante todo este mundo no es más que el reflejo del asco que siento ante todos vosotros. ¡Viva la diferencia con Pedro Martínez!

Pedro observó que algunos miembros del Partido Determinista le miraban con gesto divertido. Varios miembros del Partido del Comercio comenzaron a aplaudirle.

–        Alguaciles, expulsen a ese hombre de la sala – intervino el presidente, señalando a Pedro. Los alguaciles comenzaron a subir en dirección a la fila de nuevos ciudadanos.

–        ¡Es Antipedro en persona! ¡La encarnación del Maligno! – gritaban los pedristas. Uno de ellos miraba fijamente a Pedro mientras se pasaba el dedo índice por el cuello de izquierda a derecha ostensiblemente.

–        Y haré todo lo que pueda para acabar con todos vosotros – retó Pedro mientras sacaba ambos brazos de su sábana y los dirigía al aire mientras cerraba los puños -. Lo digo ahora y aquí, en el mismísimo parlamento. Aunque sea lo último que haga.

–        ¡Nos está amenazando! – gritó un pedrista.

El ruido de comentarios, insultos, amenazas, risas, aplausos y murmullos en la sala era ensordecedor. Los alguaciles alcanzaron a Pedro y le sujetaron por los brazos mientras se lo llevaban de la sala. Un vaso procedente del sector pedrista alcanzó a Pedro en la cabeza. Pedro se llevó la mano a la frente, y observó que estaba sangrando. Antes de que los alguaciles lo sacaran de la sala, volvió la cabeza y sonrió mientras señalaba con el dedo a los pedristas.

6

–        95271105, tiene una visita – dijo el guardia desde fuera de la reja. Le acompañaba un hombre con un bigote bien perfilado que vestía un elegante traje.

Pedro se sorprendió ante semejante noticia. No esperaba que nadie quisiera verle a él. Se incorporó sobre su camastro. El hombre entró en la celda.

–        Buenas noches, soy Valor Séptimo.

Pedro guardó silencio.

–        ¿No sabe quién soy? – continuó el recién llegado.

Pedro meditó durante unos instantes y respondió.

–        Un momento… ¿No es usted el propietario de almancenes PJR?

El hombre rió.

–        Bueno, ésa es una de mis propiedades.

Pedro guardó silencio.

–        Iré al grano – dijo Valor -. He de reconocer que su intervención de esta mañana en el parlamento me ha impresionado – sonrió –. En Hogar no sobra la gente decidida.

Pedro siguió callado.

–        Pero Hogar necesita gente decidida – continuó Valor -. Especialmente en estos momentos.

Valor se sentó junto a Pedro en el camastro. Sacó una bolsa de su bolsillo.

–        ¿Quiere unas pipas?

–        No, gracias – respondió Pedro.

–        Pruebe una, por favor.

Ante la insistencia, Pedro probó una. Le sorprendió su sabor. Era… más intenso.

–        Muy buenas – admitió Pedro.

–        Hacen falta diez pipas para extraerles ciertos componentes e inyectárselos a una sola de éstas.

–        ¿Y qué pasa con las otras nueve? – preguntó Pedro.

Valor se tomó unos segundos para responder.

–        Hay gente que piensa que es un despilfarro. Yo pienso que es un premio – añadió mientras dejaba caer un puñado de pipas en la mano de Pedro-. Verá usted, creo que tiene razón en que las fuerzas homogeinizadoras en Hogar están yéndose de las manos. En Montes Tarao, por ejemplo, el ideario determinista está calando con fuerza, y cada vez más gente piensa que todo el mundo debe ser igual. Esa gente amenaza la precaria diversidad de Hogar.

–        Si no me equivoco, lo que quiere esa gente es tener lo mismo, no ser lo mismo – respondió Pedro.

Valor tomó una pipa y escupió las cáscaras al suelo.

–        Créame, las dos cosas acaban convirtiéndose en lo mismo. Los templos pedristas en Montes Tarao están creciendo tanto como los sindicatos deterministas. Ambos grupos afirman ser diferentes, pero los dos guardan objetivos homogeinizadores. Son un peligro para los diferentes. Para los especiales, como usted y yo. No me dirá usted que cree en el determinismo, ¿verdad? Usted se ha esforzado voluntariamente en ser una persona diferente. Usted se ha ganado su diferencia.

Esta vez fue Pedro el que tardó un tiempo en responder.

–        Me da igual si estoy determinado o no – dijo por fin -. Hago lo que quiero y no me importa por qué lo quiero. Me da igual si eso lo decide mi entorno o mi libre albedrío. No me comportaría de manera diferente si conociera cuál es el origen de mis decisiones. Tengo objetivos y hago todo lo posible por cumplirlos.

–        ¡Sí señor! – respondió Valor, mientras daba una palmada en la espalda de Pedro. Valor eructó sonoramente y continuó -. Eso es lo que me gusta de usted. Alguien con las ideas claras. No como tantos políticos.

El olor a pipas inundó la sala. Valor tomó una pipa más y escupió las cáscaras al suelo con cierto desprecio. Pedro le acompañó.

–        Por ejemplo, el Consejero de Seguridad de Montes Tarao es un imbécil y un débil. Se ha negado repetidamente a usar la fuerza contra los sediciosos. Le cuesta actuar con decisión contra individuos que se parecen tanto a él. Sin duda, ésa es una debilidad pedrista.

–        Usted es propietario de algunas de esas minas, ¿no?

Valor sonrió.

–        Decidido y despierto.

Volvió a dar una palmada en la espalda a Pedro. Entonces Pedro se retiró levemente y eructó.

–        Señor Valor, ¿para qué ha venido a verme? – dijo.

Valor se tomó un tiempo para responder.

–        Para dos cosas. Primero, al salir de su celda pagaré su fianza, y podrá volver a su casa inmediatamente.

Pedro mantuvo el gesto serio.

–        Segundo – continuó Valor –, le ofrezco convertirse en el Consejero de Seguridad de Montes Tarao.

–        Usted no puede dar puestos políticos.

Valor soltó una risotada.

–        Créame, sí puedo – se metió otra pipa en la boca y añadió – ¿qué me dice?

Pedro tomó una pipa directamente de la bolsa de Valor, y se la metió en la boca.

–        Verá, señor Valor. Ustedes, los políticos del Partido del Comercio… – echó un rápido repaso al gesto sonriente de Valor – o, mejor dicho, ustedes, los magnates que… asesoran sus acciones, no defienden la diversidad, sino su propia suerte. No defienden la diversidad como objetivo, sino como privilegio. Recuerdo que hace no mucho tiempo se llevaban bastante bien con los pedristas. A cambio de financiar la finalización de la construcción del Gran Templo, consiguieron introducir en el Dogma la “naturaleza empresarial latente de Pedro”. De esas cosas nos enterábamos incluso los no ciudadanos.

Valor frunció el entrecejo.

–        Eran otros tiempos – respondió grave.

–        Lo siento, señor Valor, pero debo rechazar su oferta – dijo Pedro mientras escupía cáscaras de pipa al suelo.

Valor miró un momento al suelo, y acto seguido se levantó rápidamente mientras mantenía un gesto serio.

–        Está bien – dijo -. Pero espero que recapacite. Creo que podría hacer más por la diversidad en Hogar al mando de un escuadrón de seguridad que al mando de una fotocopiadora en el Ministerio de Transportes. Por si cambia de idea, aquí tiene mi tarjeta – dijo, mientras se la ofrecía a Pedro.

Pedro la tomó.

–        En cualquier caso, – continuó – pagaré ahora mismo su fianza. Buenas noches.

El guardia abrió la puerta de la celda y Valor Séptimo salió por ella.

Al cabo de una hora, el mismo guardia abrió la misma puerta para que saliera Pedro.

7

Pedro abrió lentamente la puerta de su apartamento. Había sido un día duro. Se dirigió a una pequeña nevera que había en su habitación y sacó un bocata de chopped. Se sentó en su cama y lo mordió.

Después se tumbó y pensó en las frenéticas vivencias de aquel día. Por primera vez, sus proyectos comenzaban a tomar forma. Sintió sueño. Se relajó.

Su cama estaba algo más dura de lo normal. Había un bulto bajo su espalda.

Súbitamente, Pedro se alarmó y saltó de la cama como un resorte. Lentamente, fue agachándose para mirar bajo el somier.

Un resplandor apareció bajo la cama y notó un repentino calor en la mejilla. Estaba sangrando. Un cuchillo le había rozado la cara. Pedro abrió el cajón de la mesilla que tenía junto a la cama y sacó un revólver.

“Por fin me va a servir para algo”. Recordó el día en que, dos años atrás, robó aquel arma del vestuario de los guardias del Ministerio. Aparentando llevar un refrigerio, se coló en la sala con facilidad. A pesar de su aspecto poco común, todos le conocían y confiaban en él. Encontró el revólver en el cinturón del uniforme de uno de los guardias, y se lo guardó bajo su gran sábana. Al día siguiente, el propietario del arma fue despedido. Le dio cierta lástima, pues no era un mal tipo. Pero Pedro sentía que debía prepararse para un futuro inevitable. Ese futuro había llegado, y era hoy.

–        Tira el cuchillo y sal de ahí – gritó Pedro mientras apuntaba el arma bajo la cama.

Un nuevo movimiento brusco del cuchillo trató de acertarle en la pierna. Prevenido, Pedro lo esquivó, y pisó con fuerza el brazo que lo sujetaba. Bajo la cama surgió un quejido de dolor. Pedro se agachó para coger el cuchillo.

–        Sal de ahí – repitió.

Arrastrándose en el suelo, surgió una figura bajo la cama. “Esas greñas… Esa ropa…” pensó Pedro.

–        Asqueroso pedrista… – susurró Pedro con un gran desprecio.

Se trataba de un sujeto bastante joven. Estaba temblando.

–        Levántate – dijo Pedro sin dejar de apuntarle con el arma.

El chico se levantó. Su rostro mostraba ostensiblemente su miedo.

–        De… déjame ir, por favor – intervino en voz muy baja y temblorosa.

Pedro sonrió.

–        Sí. Te dejaré ir.

Lentamente, el intruso fue dándose la vuelta para dirigirse a la puerta del apartamento. Pedro le sujetó del brazo.

–        Pero no por ahí.

Pedro señaló la ventana. El intruso emitió un gesto ahogado de horror.

–        ¡¡Noooo!! Esto es un… sexto piso…

–        Lo sé – respondió Pedro. Acercó el revolver a la cabeza del intruso –. Vamos. ¡Ahora!

El intruso se acercó tambaleándose hacia la ventana. Pedro se dio cuenta de que estaba llorando. También se había meado.

–        ¡Salta! – gritó Pedro con voz agresiva.

–        ¡Nooo! – sollozó el intruso.

Pedro le agarró un pie y lo elevó a la altura de la ventana.

–        ¡Nooo! – respondió llorando.

Pedro le puso la pistola en la sien. El chico pasó la otra pierna, miró asustado al vacío y saltó. Pedro sacó la cabeza por la ventana para observar la caída. El cuerpo se estampó estrepitosamente contra la acera y formó un gran charco de sangre. Una pierna había chocado contra una papelera metálica poco antes de alcanzar el suelo. Ésta descansaba abollada y ensangrentada a poca distancia del chico.

Tras observar el cadáver durante unos segundos, Pedro volvió a meter la cabeza en el piso.

“Éste es el primero. Sólo el primero” pensó triunfante mientras miraba su arma. Al cabo de unos segundos, oyó las voces de sus vecinos.

–        ¡Aaaaah! ¡Ha saltado otro! – dijo uno, alarmado.

–        ¡Nooo! ¡Sed fuertes, hermanos! – gritó otro.

Tras unos minutos, Pedro oyó la llegada de un vehículo, mientras varios vecinos se congregaban en la calle para recibirlo.

8

Pedro durmió toda la noche como un angelito. Al despertarse, desayunó su yogur muy despacio. Cuando lo terminó, se sentó en la cama para reflexionar.

“Si han sido los pedristas, volverán. Y si es Valor Séptimo el que quiere un titular de prensa sobre el fanatismo pedrista, volverá”.

Sacó la tarjeta que Valor le había dado el día anterior y se acercó al teléfono. Llamó a Valor para decirle que aceptaba su oferta y que partiría hacia Montes Tarao por la tarde. Antes de su partida tenía que resolver un pequeño asunto administrativo.

Salió a la calle y se dirigió a un gran edificio que había cerca de su casa. Entró y se dirigió a una ventanilla.

–        Perdone, ¿dónde debo ir para cambiar mi número por un nombre?

–        Tercera planta, oficina quince.

Pedro subió las escaleras y se presentó en dicha oficina. Esperó una cola. Cuando le tocó el turno, el burócrata le preguntó:

–        ¿Número?

–        95271105 – respondió Pedro.

–        Bien, ¿qué nombre desea ponerse?

Con una gran sonrisa, Pedro respondió.

–        Antipedro.

El burócrata le miró con gesto de incredulidad.

–        ¿Perdone?

–        Ha oído bien. Antipedro.

Los individuos que había detrás en su cola oyeron el comentario, así como otros administrativos que estaban tras la ventanilla. Se creó un gran silencio.

–        ¿Qué pasa? ¿No sabe rellenar un maldito formulario? – preguntó Pedro con una profunda voz de desagrado.

El burócrata torció el gesto mientras le miraba. Uno de los administrativos dijo “Menudo imbécil”. Un tipo que había tras él en la cola añadió “Vaya loco”.

Tras unos segundos, el burócrata bajó la vista y escribió algunos garabatos en un formulario. Después estampó con fuerza innecesaria un sello y le dio a Pedro un resguardo.

–        Ya está. Ya tiene su nuevo nombre.

Pedro cogió el resguardo sonriente y salió del edificio.

Regresó a su casa. Metió algunos objetos en una maleta y volvió a salir a la calle.

Se dirigió a la estación de tren.

 

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