Pedrícese el mundo: Capítulo III

CAPÍTULO III

1

Pedro observaba un mapa junto a varios de sus oficiales.

–        Comandante Consejero, este pueblo es una ratonera. Está encerrado entre altos riscos que podrían estar plagados de francotiradores – dijo un capitán.

–        Los blindados serían un blanco fácil, y su movilidad sería muy limitada – respondió Pedro mientras meditaba -. Sólo puede accederse por una estrecha carretera flanqueada a ambos lados por grandes elevaciones naturales.

–        Comandante, podemos esperar. Sus alimentos se agotarán. Antes o después, tendrán que rendirse – dijo un oficial.

Pedro contempló dicha posibilidad. En todo Hogar, sólo la República podía producir alimentos a través de sus máquinas generadoras ubicadas en Ciudad. Este factor había condicionado la administración centralista de todo el planeta. Nadie podía oponerse a la República durante demasiado tiempo. De los cuatro alimentos existentes, sólo la coliflor podía plantarse, pero la geología ingrata de Hogar no lo hacía demasiado práctico. Además, una dieta basada únicamente en uno de los cuatro productos carecería a corto plazo de la variedad nutritiva necesaria para la vida. Con respecto a los otros tres alimentos, todos los intentos de desalar y plantar la pipa menos tostada de la bolsa habían fracasado.

Debido a los gustos alimenticios de toda la población, muy coincidentes, la coliflor se había limitado prácticamente a la extracción de algunos componentes para el uso industrial. En el sector alimenticio, los usos principales consistían en la extracción de glucosa para la modificación de los otros tres alimentos y en la fermentación y destilación de la coliflor para hacer coliol, un extraño licor que era la única bebida alcohólica en Hogar. Pedro Martínez había traído consigo desde la Tierra las bacterias de la fermentación alcohólica. La alimentación que tuvo inmediatamente antes de su viaje tuvo algo que ver en ello.

Pedro recordó que no faltaba coliol en la celebración de cada victoria de su tropa, una vez que el peligro desaparecía y la tensión acumulada se liberaba. El evento, celebrado en algún parque o plaza, solía recibir en nombre tan poco ceremonioso de “botellón”. Pedro fracasó en sus intentos de realizar celebraciones más formales y, finalmente, dejó de reprobarlos para ganarse el favor de la tropa.

Le costó tiempo que los soldados admitieran su auto-atribuido papel militar, siendo su puesto de origen político y civil. Otras excentricidades en su forma de vestir y en sus maneras, ostensiblemente alejadas de las de Pedro Martínez (es decir, de las de todos), tardaron en ser aceptadas por la tropa. Los rumores desaparecieron cuando se le vio actuar con un fusil en las manos. En muchos casos, sus acciones no eran valientes, sino temerarias, dignas del que tiene un convencimiento desmedido en tener razón, y en cualquier caso estaban alejadas del papel que solían cumplir los oficiales de alto rango en el campo de batalla. “Tiene huevos el profeta” decían. Se había ganado ese mote por sus elocuentes y encendidos discursos contra el enemigo, a veces con tintes místicos o mesiánicos. Su oratoria había evolucionado muy favorablemente con el paso de los años, y sus extrañas rarezas se habían transformado en rasgos identificadores, en el origen de su singularidad, en un rasgo carismático.

Pedro contempló la opción que le ofrecía en ese momento el oficial. Sin duda, el asedio era una solución razonable. Por otro lado, las minas de cobre ubicadas en Minas Tarao resultaban clave para la gran maquinaria industrial de Hogar. Durante los últimos diez años, Pedro había sofocado hasta en tres ocasiones las rebeliones de los sindicalistas deterministas. Todas estas rebeliones costaban dinero. Cada día sin producción costaba billones de KPs. Pedro razonó que había ciertos intereses que era necesario satisfacer. Al menos, por ahora.

–        No esperaremos al hambre. Entraremos – respondió.

–        Pero ¿cómo, Comandante? – dijo un oficial.

–        Señor, podría ordenar un bombardeo masivo a la aviación – intervino otro.

Pedro meneó la cabeza. Las bombas podrían causar grandes daños a la infraestructura minera y de comunicaciones. Esos daños debían evitarse.

–        De momento, – respondió – quiero que eliminéis a uno y traigáis su cuerpo. Un grupo pequeño realizará una incursión por la noche y cazará a un vigía. Sólo uno. Lo más importante es que no sean vistos.

2

Pedro salió del portal de su casa. Entonces contempló a lo lejos una figura que le resultaba familiar. Se acercó unos metros hasta que pudo verla mejor.

Era Rocío.

El pulso de Pedro se aceleró. Nervioso, decidió que debía acercarse hacia ella. No obstante, no se movió.

Otras personas paseaban por la calle. Receloso y arrepentido por su propia cobardía, Pedro las miró.

No podía ser. También ellos eran Rocío. Todos era Rocío.

El primer impulso de Pedro fue esconderse. Después comenzó a correr sin rumbo. Todos los individuos que había en la calle eran Rocío. Ninguno le miraba.

Pedro se detuvo un momento para tomar aliento junto a una tienda. Con las manos apoyadas sobre las rodillas, dirigió su mirada hacia el suelo. Entonces se percató de que dos bultos daban forma a la blusa rosada que llevaba puesta. Tenía pechos.

Giró la cabeza hacia el cristal del escaparate y entonces vio en él su propio reflejo.

Él también era Rocío.

No pudo evitar emitir un gemido de terror. Al escuchar su propia voz femenina se alarmó aún más.

Sudando y con la boca abierta, se percató de lo que se vendía en aquella tienda. Allí donde siempre se habían vendido camisetas con dibujos de Kakakulo, Val Hancín, o el escudo del Real Fútbol Club, había ahora un expositor con cosméticos, tintes y lápices de labios.

Desesperado, Pedro comenzó a correr por la calle hasta que llegó a la entrada de los almacenes PJR, Paraíso de los Juegos de Rol. Alzó la mirada y comprobó que el nombre los almacenes había cambiado por otro que no reconocía. La ostentosa entrada estaba ahora llena de maniquíes femeninos vestidos con coloridos tops y faldas.

Pedro no salía de su desconcierto. Confundido, miró a su alrededor en busca de otras sorpresas. Los nombres de las calles le resultaban desconocidos. Los antiguos nombres de Fideuá o Mos habían sido sustituidos por los nombres de amigas de Rocío. La calle Pedopís se llamaba ahora Backavenue Boys. Otras placas de calles mostraban los nombres de familiares de Rocío.

Pedro recordó que dos manzanas más adelante la calle se abría a una plaza en cuyo centro se encontraba una gigantesca estatua de Rocío tallada en mármol. Intrigado, corrió para comprobar qué era lo que sustituía ahora aquella estatua. Mientras corría, las demás Rocío que encontraba por la calle le ignoraban.

Al llegar a la plaza no pudo evitar emitir una exclamación de sorpresa. La estatua seguía siendo la misma. Seguía mostrando a Rocío.

Histérico, Pedro agarró con las manos su propia melena dorada y tiró fuertemente de ella. Gritó con todas sus fuerzas.

Entonces Pedro despertó. Caía sudor frío de su frente. Abrió mucho los ojos.

Se encontraba en su tienda de campaña personal, dentro de un camastro. Hacía frío. Tardó unos segundos más en darse cuenta de que no estaba en Ciudad ni en Pueblo Tarao, sino en un campamento militar de campaña ubicado en algún lugar recóndito de Montes Tarao.

Todavía con el pulso acelerado, se pasó la mano por su cuerpo. A media altura, la sábana estaba pegajosa.

Entonces Pedro se sintió culpable. La angustia le invadió.

“Recordar ese mundo… Recordar a Rocío… es pedrista”. Sentía una profunda vergüenza. Hacía muchos años que había renunciado a masturbarse porque lo consideraba pedrista. Por otro lado, siempre había renunciado a la compañía de otros habitantes de Hogar porque no deseaba acostumbrarse a aquel mundo que tanto odiaba. Consideraba que los que optaban por esa vía aceptaban con ello que había que adaptarse a aquel mundo, mientras que él lo detestaba y no deseaba dejar de hacerlo. Además, odiaba demasiado a todos los demás como para considerar esa opción. El celibato estricto que había escogido provocaba que aquel tipo de sueños se repitiera con cierta frecuencia.

Un oficial abrió la cremallera de la tienda y asomó la cabeza.

–        ¿Ocurre algo, señor? He oído un grito.

Pedro se dio cuenta de que realmente había proferido aquellos gritos mientras dormía.

–        ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! – gritó colérico.

3

Pedro observaba sobre una mesa camilla el cadáver de un guerrillero determinista.

–        Lo cogimos hace una hora en su puesto de guardia cercano a la carretera cuando acababa de comenzar su turno – dijo un soldado –. Hacen turnos de cuatro horas. Debo añadir que el monte está muy vigilado, señor. Está lleno de vigías apostados en puntos muy altos con visibilidad privilegiada.

–        Según los mapas provistos por la aviación – añadió un oficial -, los puntos de vigilancia se encuentran a lo largo de un sendero que parte del pueblo y discurre a través del monte a gran altura, paralelo a la carretera. Sería inútil intentar escalar los riscos para eliminar a los vigías.

Pedro negó con la cabeza.

El cuerpo, boca arriba, mostraba unas marcas en el cuello que indicaban que había sido estrangulado. Los ojos permanecían abiertos. El pelo estaba rasurado, y la barbilla estaba afeitada. Pedro examinó con gran detenimiento todos los detalles de su cuerpo y su ropa. Los oficiales miraban la escena con cierta curiosidad y sorpresa.

“Su edad podría ser más o menos como la mía, treinta y siete” pensó Pedro.

El rostro del cuerpo era como el de cualquiera. Exactamente como el de todos. No obstante, debía encontrar algo. Tenía que haber algún detalle…

–        Señores, no olvidemos que el enemigo no es un ejército organizado – dijo Pedro. “De hecho, hasta donde sé, la República nunca ha tenido que enfrentarse a un ejército organizado” pensó –. Conocen el territorio y están armados, – continuó – pero muchos sólo conocen la guerra por las películas que recuerdan haber visto de niños.

Pedro recordó que, en sus asaltos anteriores a grupos de sublevados deterministas, éstos defendían sus posiciones utilizando alguna de las cuatro formaciones básicas de defensa disponibles en Anikilation III: el videojuego, que en realidad era todo lo que conocía cualquier habitante de Hogar sobre estrategia militar. Al mismo Pedro le costaba convencer a sus soldados de que, cuando debían atacar una posición, no lo hicieran utilizando alguna de las siete formaciones básicas de ataque del dichoso videojuego. Por otro lado, por muchas veces que Pedro había llamado al mando en Ciudad para quejarse, no había conseguido que se cambiara el diseño de sus fusiles de asalto por otro más ergonómico. La respuesta del mando siempre era que dicha forma se inspiraba en la forma del fusil de asalto biónico QT-28, que era el más difícil de conseguir en Anikilation III, y esto gustaba a la tropa. Cuando Pedro objetaba que, al contrario que el QT-28, sus fusiles disparaban balas normales y no rayos de plasma de resonancia, cosa que nadie sabía en realidad lo que era, los mandos de Ciudad simplemente se encogían de hombros. Pero quizás lo que más irritaba a Pedro era tener que repartir puntos de experiencia entre los soldados tras cada operación, al igual que sucedía en el juego. “¿Es que no ha sido suficiente experiencia?” solía decirles.

–        El enemigo – continuó Pedro – no sabe lo que es luchar en Hogar. No conocen las… peculiaridades de este lugar – Pedro repasó con una rápida mirada a cada uno de los oficiales presentes.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón del cadáver y sacó una cartera. Observó durante unos segundos su contenido y la dejó junto al cuerpo. Después examinó el rostro del cadáver. Vio que tenía un corte en la mejilla, bajo el ojo izquierdo. Pedro sacó su cuchillo reglamentario, y ante la incredulidad de todos, se lo clavó en su propio rostro, en la mejilla. Cuando terminó la incisión, taponó la sangre que brotaba con una mano y siguió observando el cadáver.

Mientras acercaba su cara al rostro del muerto, dijo:

–        Que venga un barbero.

Tras unos segundos de duda, un oficial salió de la tienda de campaña. “Tiene que haber algo más…” pensaba Pedro. “Un sólo error podría ser fatal”. Obviamente, identificar individuos en Hogar no era fácil, por lo que cualquier minúsculo detalle que pudiera diferenciar un rostro de los demás era primordial. Pedro recordó las historias que contaban que, hacía muchas generaciones, la República obligó a toda la población a tatuarse su número identificativo personal. Pronto se descubrió que los tatuajes dibujados con los materiales disponibles en Hogar eran fáciles de eliminar limpiamente con la técnica apropiada. Al poco tiempo, las bandas del crimen organizado generalizaron el uso de tatuajes falsos para ocultar la identidad o para suplantar la de otros. Entonces se llegó a la conclusión de que hacer recaer la identificación de personas en los tatuajes estaba suponiendo más un problema que un beneficio, pues confiar en ellos estaba teniendo consecuencias dramáticas. Finalmente, los tatuajes se abandonaron. Parece que hubo algún intento posterior de obligar a todos los ciudadanos a hacerse determinados cortes en los brazos para que la forma de las cicatrices resultantes les identificasen de por vida, pero el gran número de accidentes fatales al realizar los cortes desató una enorme indignación y rechazo. Al poco tiempo, esta idea también se abandonó.

Pedro siguió escudriñando cada rasgo del rostro del cadáver en busca de algún detalle diferenciador. Al cabo de unos minutos de pormenorizado examen, se dispuso a renunciar.

–        Está bien. Quitadle las ropas y enterradle.

Con su mano cerró los ojos del cadáver. Entonces, cuando ya estaban cerrados, observó que los párpados estaban teñidos de negro. “¡Maquillaje!” pensó Pedro. El hallazgo no le sorprendió. Al igual que algunos habitantes de Hogar utilizaban peinados y cortes de barba diferentes, en parte para que les identificasen mejor y en parte para sentirse algo diferentes a los demás, tampoco era raro encontrar personas que se maquillaban de diversas maneras.

–        Encontrad maquillaje negro. Donde sea – añadió.

Pedro elevó la mirada hacia los presentes y volvió a tomar la cartera del guerrillero. Extrajo un carnet y se lo enseñó a los oficiales.

–        Señores, miren esto.

Pedro señaló el carnet. Incluía una foto de su propietario.

Uno de los oficiales rompió en carcajadas, que reprimió inmediatamente después. No podía evitar recordar un viejo chiste que circulara por Hogar, adaptado a partir de otro mucho más antiguo de la Tierra, que decía “un tipo entra en un estanco y dice ¿me da una foto?”. Con cierta vergüenza, el oficial trató de mantener la compostura. Era extraño que un chiste adaptado tan trivialmente a partir de otro de la Tierra pudiera gustar y propagarse en Hogar, pues todos conocían el chiste original de la Tierra. Quizás se debiera a que aquel chiste describía con gran precisión la peculiaridad de Hogar.

–        Debemos darnos prisa – concluyó Pedro.

4

El camión se acercó al puesto de guardia. Unos pocos kilómetros más adelante se encontraba el pueblo. Pedro frenó el vehículo, sacó la cabeza por la ventanilla y se dirigió al guerrillero de guardia, que se apostaba junto a una gran radio. Cinco o seis guerrilleros conversaban junto a la garita. Pedro apretó la lengua levemente contra su carrillo izquierdo y pestañeó más lentamente de lo normal.

–        ¿Compañero Hollín? – dijo el guardia. Consultó su reloj – Hoy llegas unos minutos antes.

Pedro señaló la parte trasera del camión. Allí se veían los cadáveres de más de una veintena de soldados de la República. Los cuerpos mantenían sus uniformes y equipamiento oficiales, aparentemente en buen estado. Los fusiles se apilaban junto a los cuerpos.

–        ¡Joder! – exclamó alarmado – ¡Esto es importante! ¡Corre a enseñárselo al compañero jefe!

Pedro afirmó con la cabeza y continuó su recorrido.

“No sé si no hay contraseñas, o es que con la excitación se le ha olvidado pedírmela” pensó Pedro. “En cualquier caso, es lo que esperaba”. Después decidió que, de ser lo segundo, habría mandado fusilar a ese soldado si hubiera pertenecido a su ejército.

Al arrancar el camión, Pedro se dio cuenta de que habían superado la parte más endeble de su plan. En caso de pedírsele una contraseña, sus soldados tendrían que abatir a los guerrilleros de la garita. Dado que ese control era transitado con frecuencia, el factor sorpresa se eliminaría, y tendrían que abortar la incursión. El camión daría entonces media vuelta y regresarían al campamento. “En realidad” razonó Pedro “un plan sin riesgo de bajas o capturas no es un plan endeble, pues, si falla, sólo fracasa el propio plan”. Pero, en ese caso, el plan había funcionado.

Mientras conducía, Pedro recordó una operación que había dirigido unos tres años después de tomar posesión del cargo de Consejero de Seguridad de Montes Tarao. Durante su tiempo en el cargo, Pedro había tenido que dedicar la mayor parte de sus esfuerzos a prevenir y, en su caso, aplastar las rebeliones de colectivización de mineros. No obstante, aquella misión fue muy diferente. Los servicios de inteligencia de Ciudad indicaron a su oficina que un grupo ubicado en Pueblo Tarao se dedicaba secretamente a escribir la Historia de Hogar. Muy pocos ciudadanos sabían que eso era en realidad un delito. El propio Pedro lo descubrió el mismo día que se le encomendó localizar aquel grupo. Un mes después de iniciar la investigación, el operativo desplegado por Pedro atrapó al grupo. Aquel día Pedro solicitó al gobernador Negocio Quinto órdenes acerca de qué debía hacer con aquellos tipos. Tras preguntarle si debía encarcelarlos o eliminarlos, como de hecho ordenaba el propio gobernador tras cada operación contra deterministas sublevados, la respuesta del gobernador sorprendió enormemente a Pedro.

–        Si los encarcelamos o eliminamos – le dijo entonces el gobernador – entonces alimentaremos su leyenda y la historia que cuentan se volverá verídica ante el pueblo. En lugar de desmentir su historia, inundaremos Pueblo Tarao con varias decenas de rumores alternativos sobre historias alternativas. Para cada una de ellas, realizaremos una pequeña acción que la corrobore. Crearemos documentos que la justifiquen parcialmente, enterraremos en determinados lugares algunos restos de construcciones que indiquen de manera ambigua lo que narran, y formaremos grupos ficticios de ciudadanos que la defienden. Un rumor no se acalla respondiéndolo, sino ahogándolo en un mar de otros rumores contrapuestos. Cuando muchos cuentan historias contradictorias y extravagantes a la vez, la credibilidad de cada historia individual se desvanece, y los que las cuentan quedan como papanatas ignorantes. Dentro de un año nadie recordará ninguna de esas historias. Entonces la interpretación histórica oficial volverá a prevalecer, pues en épocas de confusión la gente quiere certezas y abraza las opiniones mayoritarias, que sólo pueden ser las que impulsan las instituciones.

Pedro recordaba aquella conversación con frecuencia.

Entonces se dio cuenta de que en unos minutos alcanzaría la entrada del pueblo.

5

Tras adentrarse en el pueblo,  el camión comenzó a abrirse paso entre un numeroso grupo de guerrilleros. Entonces uno de los soldados republicanos que yacían en la parte trasera del camión se levantó, quitó la lona que tapaba una metralleta y comenzó a disparar a discreción. Los demás soldados se dedicaron a cubrirle, sin salir del camión.

Tras un intenso tiroteo, se hizo el silencio. Cuando el humo se disipó, Pedro observó con satisfacción que los únicos que quedaban en pie eran sus soldados. Una veintena de sus hombres había acabado con cerca de cincuenta guerrilleros. Entre los suyos, sólo dos muertos y tres heridos. La entrada del pueblo era suya.

En lugar de adentrarse en el pueblo, el grupo salió del camión y tomó un sendero que se elevaba en el monte. Según los planos tomados por la aviación, ése era el camino que discurría a gran altura en paralelo a la carretera por la que habían llegado. A lo largo del sendero se ubicaban los puestos altos de vigilancia de los guerrilleros. Uno por uno, fueron asaltando todos ellos aprovechando su clara superioridad numérica. Cuando acabaron con el último vigía, realizaron una llamada por radio a la base.

Desde lo alto del último puesto de vigilancia observaron cómo los vehículos blindados comenzaban a recorrer la carretera en dirección al pueblo. Un numeroso grupo de infantería les acompañaba.

6

El pueblo ya era suyo. Sobre sus ropajes de guerrillero determinista, Pedro se puso su gorra de comandante republicano. Por cuarta vez, Pedro sofocaba una rebelión determinista. Ya en la plaza del pueblo, un oficial se acercó a Pedro seguido de un grupo de guerrilleros encadenados.

Pedro se adelantó a sus palabras.

–        En esta operación no se toman prisioneros.

Uno de los encadenados palideció. El oficial abrió mucho los ojos e hizo un amago de decir algo. Después se lo pensó de nuevo, y se llevó a los prisioneros a una calle contigua.

Mientras Pedro oía los disparos, se percató de que en la plaza había un templo pedrista. Las puertas estaban flanqueadas por dos estatuas muy elaboradas de Kakakulo y Pedopís. “¿Qué clase de abominable religión hace de estos ridículos personajes parte de sus símbolos sagrados?” se preguntó. Por primera vez en aquel intenso día, se sentía realmente exaltado. Frunció el ceño y se adentró en el templo.

Dentro Pedro encontró dos monjes pedristas acurrucados detrás de un banco. Éstos, al ver la gorra de soldado republicano, salieron de su escondite y gritaron.

–        ¡Ayuda! ¡Sálvenos, por Pedro! – dijo uno de los monjes mientras hacía el gesto de saludo ritual pedrista.

Dicho saludo consistía en señalarse con el dedo la rodilla derecha, que era donde absolutamente todos los habitantes de Hogar, sin distinción, tenían una cicatriz debida a una caída que Pedro Martínez sufrió desde una bicicleta a la edad de seis años. “La sagrada herida común” lo llamaban. Algunos pedristas devotos trataban de hacerse en la rodilla izquierda una herida que dejase una cicatriz similar. Un alto grado de similitud entre las dos cicatrices se consideraba un signo de haber sido bendecido por Gran Pedro. No obstante, muchos pedristas ortodoxos discrepaban de esta práctica, y de hecho los teólogos no se ponían de acuerdo sobre si resultaba más pedrista dejarse dicha rodilla izquierda como estaba, al ser este el estado original de Pedro Martínez, o bien si era más pedrista añadirse dicha cicatriz, por exaltar con ello un rasgo peculiar y distintivo de Pedro Martínez. Varias generaciones atrás, este detalle estuvo a uno de generar un cisma en el pedrismo.

–        ¡Los deterministas nos tenían presos! – exclamó el otro monje – ¡Robaron todas las pertenencias del templo! ¡Dijeron que promovíamos los privilegios de los patronos y repudiaron los dogmas del mérito y la culpa dentro de estas sagradas paredes!

–        ¡Que Gran Pedro os asista! ¡Gracias por liberarnos! – volvió a decir el primero.

Pedro sonrió. Apuntó a la cabeza de uno de ellos y disparó. Su cuerpo se desplomó al suelo como un saco. El otro pedrista mostró un gesto entre la sorpresa y el pánico, se dio la vuelta y comenzó a correr. Pedro hizo un segundo disparo. El hombre elevó las manos al cielo mientras caía de bruces contra el suelo.

“Bueno, después de todo va a ser un buen día” pensó Pedro.

Entonces salió del templo. Tras acostumbrar sus ojos a la luz diurna, vio a otro oficial que custodiaba otro grupo de prisioneros. Al ver a Pedro, el oficial le dirigió una mirada interrogante mientras desenfundaba su pistola. Pedro meditó durante unos segundos.

– Deja uno vivo – dijo como respuesta.

7

Pedro aceptó un vaso de coliol por pura cortesía. La plaza del pueblo era un hervidero de soldados en plena celebración.

–        Señor – dijo un soldado a Pedro -, hemos recibido una comunicación por radio de Ciudad. Valor Séptimo le felicita personalmente por haber devuelto el orden a las minas. Afirma que en unos días partirá de Pueblo Tarao un transporte con nuevos empleados de su compañía, que reanudarán la producción de inmediato.

Pedro esbozó una media sonrisa. Después dirigió una mirada a su tropa. Observó cómo bebían coliol entre risas. La moda actual consistía en mezclar coliol con un poco de yogur de pera.

–        Pero, ¿por qué demonios tienen que mezclarlo en una bolsa de plástico? ¡Pero si hay vasos! – dijo Pedro a un oficial.

–        Relájese por un día, Comandante – respondió el oficial, que ya estaba un poco chisposo.

Un soldado comenzó a repartir bolsas de pipas entre los presentes. Pedro se sentó en un banco y trató de sonreír. Mientras bebía un poco de coliol, pudo escuchar la conversación de un corro de soldados cercano. Hablaban de que el 13 se había puesto por delante del 8 en la liga. 13 y 8 eran las formas habituales de referirse al Real Fútbol Club 13 y al Real Fútbol Club 8. Todos los equipos de fútbol de la liga de Hogar se llamaban como el equipo favorito de Pedro Martínez en la Tierra, el Real Fútbol Club, al que se añadía un número para diferenciarlo de los demás. En cada partido, los dos equipos vestían la primera indumentaria del Real Fútbol Club. Si a esto añadimos que Pedro Martínez no era muy hábil con un balón en los pies, el resultado era que cada partido de fútbol se convertía en un espectáculo algo confuso y caótico, a ratos incluso bochornoso. El noventa y cinco por ciento de los jugadores de la liga se llamaban Zurunho.

Al cabo de unos minutos, las pipas comenzaron a hacer efecto en la tropa. Se oyeron los primeros eructos. De manera similar al sonido que produce una bolsa de palominas a medida que se va calentando, la frecuencia de los eructos fue incrementándose poco a poco, hasta que finalmente la celebración se convirtió en un coro de cientos de eructos sonando descompasados.

Un soldado que estaba de guardia, ajeno a la celebración, se le acercó corriendo.

–        Señor, el gobernador Mercado Octavo se dirige hacia aquí.

–        ¡Hombre! – respondió Pedro con una mueca – ¿A qué deberemos el honor de tener entre nosotros al gobernador de la provincia?

Mostró un gesto de claro disgusto y se incorporó. Esperó unos minutos y finalmente apareció el gobernador, rodeado por su guardia personal.

–        ¡Comandante! – dijo sonriendo mientras apretaba ostensiblemente la mano de Pedro – Una vez más usted hace un gran favor a la República y a la paz.

–        Es una sorpresa tenerle aquí, gobernador. Hace sólo un día éste no era un lugar seguro.

–        Bueno, haría cualquier cosa por estar con los hombres que preservan la justicia, nuestras costumbres y nuestro modo de vida.

Comenzaron a caminar para alejarse de la celebración.

–        Comandante, debemos hablar de cierta cuestión – continuó el gobernador mientras mostraba un gesto más serio –. Hay otros asuntos menos felices que me han traído aquí.

–        Dígame.

–        Usted está aquí, perdido en el monte como si dijéramos – sonrió levemente –, lejos de los círculos políticos. Las cosas en Ciudad están cambiando. Ya no son como cuando usted llegó aquí, hace diez años.

Se detuvo para observar la silueta del monte bajo el cielo estrellado. El monte era rojizo, sin un sólo árbol, sin una sola brizna de hierba. No obstante tenía cierta belleza.

–        Las alianzas en el Parlamento están cambiando. Hace diez años, los deterministas pactaban con los pedristas frecuentemente. En algunos momentos, las posiciones de ambos partidos parecían mostrar la existencia de un cierto pacto anti-comercial que nunca conseguimos demostrar. Eso hizo que las relaciones de nuestro partido con los pedristas se volvieran tirantes. No obstante, ahora la situación es diferente – El gobernador elevó la mirada para dirigirla al cielo -. Primer Mercante ha iniciado unas fructíferas negociaciones con el hermano 27351. Como resultado, la iglesia pedrista ha condenado las rebeliones deterministas en algunas provincias. La más grave de todas ellas, como usted sabe, es la que sufrimos aquí, en Montes Tarao.

Mercado Octavo volvió a bajar el rostro y dirigió la mirada hacia Pedro.

–        Por otro lado – continuó -, el obispado de Pueblo Tarao no deja de emitirnos ciertos comunicados de naturaleza inquietante. En ellos insisten en que su ejército elimina a los monjes pedristas siempre que libera un pueblo tomado por los deterministas. El obispado amenaza con trasmitir sus quejas a Ciudad, donde dicha noticia podría ser un grave obstáculo en nuestras nuevas relaciones con el Partido Pedrista.

–        No sé de qué me habla – respondió Pedro.

–        Mire – dijo Mercado elevando sensiblemente su tono de voz -, sé que usted tiene importantes valedores dentro del partido, a los que ha hecho grandes favores. No obstante, incluso esos favores pueden volverse insuficientes si llegase la noticia de que, con su absurda actitud, usted puede impedir un pacto político al más alto nivel.

Miró a Pedro con dureza. Continuó.

–        Ya resulta bastante complicado asumir sus excentricidades. Hace tiempo, por el bien común, usted aceptó mantener su ridículo e innecesario nombre en secreto y relacionarse de acuerdo ese acrónimo que escogió, mucho más aséptico. A pesar de que hoy en día todos se dirijan a usted por su rango y no por su supuesto nombre, dicha decisión resultó muy adecuada durante sus comienzos para evitar conflictos innecesarios. Una vez más, le pido que tenga en cuenta el bien común.

Señaló a Pedro con gesto desafiante, y añadió:

–        Espero no tener que comunicar a la sede del partido lo que está ocurriendo aquí. No obstante, lo haré si un solo templo pedrista más es atacado. ¿Me ha entendido?

Pedro tragó saliva. Después, asintió con la cabeza.

–        Estupendo – añadió Mercado mientras su gesto perdía la dureza anterior -. En otro orden de cosas, dentro de una semana haremos una recepción oficial para su tropa en Pueblo Tarao. Asistirán Primer Mercante y Valor Séptimo a la ceremonia, y otros altos cargos del partido.

Puso la mano en el hombro de Pedro. Con una gran sonrisa, añadió:

–        No me extrañaría que recibiera una medalla.

8

–        Sabes que vas a morir – dijo Pedro al prisionero.

El prisionero comenzó a temblar. Apretó los dientes y bajó la cabeza. No respondió.

–        Sin embargo, se puede morir de muchas maneras diferentes.

El prisionero, con los ojos llorosos, le dirigió una mirada de extrañeza.

–        ¿Te gustaría morir como un héroe? – preguntó Pedro.

9

El palacio de gobernación en Pueblo Tarao estaba repleto de personajes importantes. Varios camareros repartían canapés hechos a base de complejas mezclas de pipas, chopped y yogur, así como vasos de coliol. Los soldados charlaban animadamente con las autoridades. Tras unos minutos, un hombre pidió silencio.

–        Estimados caballeros, a continuación el Gobernador de Montes Tarao, el señor Mercado Octavo, otorgará al Consejero Comandante Andro Primero la medalla al valor.

En medio de una gran ovación, Pedro subió al estrado, donde le esperaba Mercado con los brazos abiertos para darle un abrazo. Los cámaras de televisión se acercaron para cubrir mejor la escena.

Pedro dio un largo abrazo a Mercado. Entonces Mercado sacó una medalla de una cajita.

–        Es un placer para mí, en nombre de la provincia de Montes Tarao y de la República del Hogar, otorgarle esta medalla al valor.

Mercado clavó la medalla en el pecho de Pedro. Pedro hizo un leve gesto de dolor, pues la aguja del enganche le rozó el pecho. Varios espectadores sonrieron divertidos ante el detalle.

–        Gobernador, si los deterministas no acabaron con él, no será usted el que lo haga ahora – gritó un oficial mientras sonreía.

Se oyeron algunas risas. El gobernador sonrió.

–        Muy fuerte tendría que apretar para ello, oficial – respondió.

Se oyeron más risas. Pedro sonrió levemente. Dirigió la mirada a su medalla. Se la acercó a la cara con la mano.

En ese momento, un camarero se acercó al estrado y, ante el estupor de todos, sacó una pistola. Apuntó al gobernador e hizo varios disparos a bocajarro. El gobernador cayó al suelo mientras de su pecho salía la sangre a borbotones.

Ante la confusión general, el camarero se dio la vuelta y comenzó a correr.

Pedro sacó de su funda la pistola reglamentaria y disparó dos veces a la espalda del camarero. Éste cayó fulminado.

10

Mientras los soldados de Pedro peinaban el palacio en busca de nuevos infiltrados y afuera las televisiones comunicaban la trágica noticia, en la sala de gobernación se reunía el gabinete de crisis.

Primer Mercante comentaba la gravedad de la situación. El asesinato del gobernador daría una imagen de debilidad que podría alentar a los deterministas, no sólo en Montes Tarao sino en toda la República.

Entonces intervino Valor Séptimo. Argumentó que, ante tal situación, hacía falta nombrar un nuevo gobernador que pudiera gobernar la provincia con mano de hierro, alguien que actuara sin dudarlo.

Tras varios minutos de discusión, decidieron nombrar a Pedro nuevo gobernador de la provincia de Montes Tarao.

11

Una semana después de su nombramiento, Pedro seguía planificando desde su despacho sus futuras acciones como gobernador de Montes Tarao. Tenía que tomar importantes decisiones.

“Las costumbres heredadas de una supuesta vida anterior, que en realidad nunca hemos vivido, siguen configurando nuestro mundo” escribía en su diario. “Nuestras preferencias proceden de las que tuvo un adolescente hace mucho tiempo en un lugar muy lejano. Estos gustos, compartidos por todos, son los que sirven como canal de introducción al podrido mundo pedrista, el cual, lejos de rechazarlos, los exalta como símbolo de perfección”.

Se paró un momento para escuchar una canción que cantaban sus soldados, afuera en la calle. Hablaba de los riscos y los valles de Montes Tarao. Era una oda a la tierra en la que vivían.

“El determinismo y el comercialismo” continuó “nunca conseguirán apartar de la sociedad esos falsos deseos. Conviven con ellos sin ningún pudor, y no ayudan a crear nuevos usos y costumbres que sustituyan a los anteriores. Ambas doctrinas discrepan en la manera en que deben repartirse aquellas cosas que deseamos, pero no acerca de qué debemos desear. Por tanto, estas ideologías se muestran insuficientes para eliminar de nuestra sociedad el fantasma del pedrismo en auge. El pedrismo aprovecha vilmente el hecho de que esas costumbres, aunque siendo un falso recuerdo, son de hecho la marca de identidad de todos los habitantes de Hogar”.

Volvió a detenerse en su escritura para escuchar la canción de sus soldados con más detalle.

Pensó que algo le extrañaba en esa canción.

No había ninguna referencia a Kakakulo, ni a Fideuá, ni a Anikilator, ni a Rocío. Esa canción, surgida del sentir y la sabiduría popular, exaltaba la extraña belleza de la tierra en Montes Tarao. Mostraba un cierto arraigo al lugar.

Pedro sonrió.

Cogió otro papel del escritorio. En él dibujo un gran rectángulo. Dentro del rectángulo, dibujó una forma sinuosa, que parecía la silueta de unos montes.

“Es muy bella” pensó.

12

El salón de celebraciones del palacio de gobernación estaba a rebosar. Los personajes que lo ocupaban eran lo que podían considerarse las fuerzas vivas de Montes Tarao. Políticos, empresarios, artistas, y otros personajes indefinidos pululaban por la sala tomando canapés y charlando animadamente en corrillos sobre el tiempo que haría mañana. A medida que el coliol se iba consumiendo, los gestos se hacían más elocuentes, las risas más estridentes, y las palmadas en la espalda más dolorosas. Pedro sonreía como gran anfitrión mientras intercambiaba impresiones con un grupo numeroso. Mientras hablaba, los demás escuchaban con gran atención.

–        Verán… – dijo mientras sostenía su copa – La República ha enviado unos hombres a realizar una excavación en nuestros montes. No buscan nuevos recursos, sino nuestro pasado. Según parece, están interesados en conocer la historia de Montes Tarao. Parece tener ciertas… singularidades.

–        ¿Singularidades, gobernador? – preguntó un artista.

–        Bueno, creo que no debería contarles más detalles.

–        ¡Cuente, gobernador! – suplicó un político.

–        No sé yo… – respondió Pedro dubitativo.

Los demás se unieron a la insistencia.

–        Está bien… – aceptó Pedro. Bajó levemente el tono de su voz y continuó – Resulta que, según parece, los alienígenas que poblaban originariamente Hogar construyeron la cúpula en la que Uno vino al mundo aquí mismo, en algún punto de Montes Tarao, y no en Ciudad como se ha creído siempre.

El grupo guardó silencio. Todos escuchaban a Pedro con gran atención.

–        Según parece, Uno generó a sus primeros descendientes aquí mismo. Mucho después, algunos individuos decidieron llevarse algunas máquinas generadoras al punto donde hoy se ubica Ciudad y prosperaron. Se trataba de un territorio más llano donde las comunicaciones eran más fáciles y las construcciones menos costosas. Esos pobladores crecieron en número, pero sus recursos minerales escasearon, y comenzaron a presionar a los habitantes de Montes Tarao para obtener los frutos de sus entrañas. Éstos rechazaron la extorsión, y finalmente hubo una guerra. Al final de ella, los hombres de Ciudad ocuparon Montes Tarao y destruyeron todas las máquinas generadoras ubicadas en nuestro territorio. De esta forma, obtuvieron el monopolio total sobre la producción de alimentos. Fue el fin de la independencia de Montes Tarao, y el comienzo de la República.

–        Muy típico de la República – dijo un empresario sin ocultar cierto tono de reproche –. Pagamos sus impuestos, pero los ferrocarriles que construyen aquí son posiblemente los peores de Hogar. Gobernador, no hacen más que chuparnos la sangre. Tenemos la mayor renta per cápita de Hogar, pero nuestras infraestructuras son las peores.

–        Qué razón tiene, amigo. Pero en ese tema tengo las manos atadas – admitió Pedro mientras miraba al cielo y se encogía de hombros. Después bajó la cabeza y dirigió una mirada de complicidad a los presentes –. El caso es que, según parece, antes de que se impusieran los habitantes de Ciudad, ambos grupos primigenios habían evolucionado de manera aislada y desarrollaron culturas diferentes. Sin embargo, cuando los habitantes de Ciudad ganaron la guerra, eliminaron cualquier vestigio de la antigua cultura de Montes Tarao.

Alguno de los presentes mostró un claro gesto de descontento.

–        Aunque yo creo – continuó Pedro bajando más la voz – que esa cultura no ha desaparecido por completo. Durante mi etapa militar tuve la oportunidad de recorrer todos los rincones de Montes Tarao. En esos días conocí algunos pueblos de alta montaña donde los pobladores tenían un acento peculiar. Alargaban las aes más de lo normal y minimizaban el sonido de las des y las efes. También usaban ciertas palabras que me resultaron extrañas – Pedro paró su discurso voluntariamente durante unos segundos, y acto seguido continuó -. No obstante, dichas características se estaban perdiendo. Los lugareños nos contaron que los jóvenes que repoblaban sus localidades llegaban a ellas tras muchos años de estudios de reeducación en Ciudad. Y, a partir de cierta edad, resulta muy complicado aprender el acento local.

–        Vaya, es una pena que se pierda esa riqueza cultural – dijo un artista.

–        Son nuestras raíces – dijo un político.

–        Desgraciadamente – continuó Pedro –, la República cuenta con el monopolio para crear nuevos habitantes en sus máquinas, así como para educarlos posteriormente de acuerdo a su particular visión de la historia.

Pedro bebió un poco de coliol. Otros le siguieron.

–        No obstante – continuó -, puedo anunciarles que todos nosotros, todos los monteños, acabamos de obtener una victoria parcial. Dada nuestra particular necesidad de técnicos e ingenieros, muy superior a la de otros territorios debido a nuestro gran desarrollo industrial, solicité a la República la creación de una escuela de reeducación aquí mismo, en Pueblo Tarao. Tras mi insistencia, los burócratas de Ciudad aceptaron que la superior presencia de industrias y maquinaria pesada en nuestro territorio permitiría mejorar la calidad formativa de la nueva generación de especialistas. Ayer mismo aceptaron mi solicitud.

–        Gobernador, ésa es una gran noticia – intervino un empresario.

–        Así es – respondió Pedro con orgullo –. Algunos de los nuevos habitantes de Hogar vendrán aquí inmediatamente después de su nacimiento para recibir los cursos de reeducación. Además, dado que en nuestro territorio se encuentra un gran número de profesionales con experiencia, hemos recibido cierta autonomía en la elaboración de los planes educativos.

–        Ese centro podría ser una gran herramienta para que los recién llegados no olviden el pasado de la tierra que ocupan. Para que conozcan la historia de Montes Tarao, e incluso su dialecto – dijo un artista.

–        Y, sin duda, así se hará – respondió exultante el Gobernador.

Amagó un brindis hacia los presentes, los cuales le devolvieron el gesto.

–        Ahora, si me disculpan, tengo más invitados que atender – dijo mientras mostraba una gran sonrisa – Pero, eso sí, les pediría que no divulgasen lo de la excavación… ya saben… los resultados todavía no son oficiales…

–        Por supuesto, gobernador – respondió uno.

Los demás asintieron con la cabeza.

Pedro se alejó de ese grupo y se acercó a otro.

–        Una gran fiesta, gobernador – dijo uno de sus integrantes.

–        Me alegro de que les satisfaga – respondió Pedro con una gran sonrisa.

–        Charlábamos sobre las perspectivas del aumento de la producción de cobre durante los próximos meses – dijo un empresario.

–        Tras el restablecimiento de la paz, algunas empresas han iniciado nuevas prospecciones en nuestros montes – dijo otro.

–        Aunque no son ésas las únicas excavaciones que se están realizando en nuestro territorio – respondió Pedro.

–        ¿A qué se refiere? – preguntó un político, intrigado.

–        Verán…

13

Dos mineros compartían su hora del bocadillo en algún punto de Montes Tarao.

–        Oye, ¿sabes lo que me han contado? – dijo uno.

–        Cuenta… – respondió el otro.

–        Resulta que investigadores de la República han descubierto que nuestro origen en Hogar está aquí, en Montes Tarao, y no en Ciudad.

–        ¿Cómo es eso? – preguntó el otro, sorprendido.

–        Resulta que, cuando todavía todos vivían aquí, unos pocos se fueron al sitio donde hoy está Ciudad. Muchos años después, cuando eran más numerosos, volvieron y exterminaron a los monteños para robar sus recursos. Desde entonces, los burócratas de Ciudad guardan el secreto y llevan a cabo un plan oculto para evitar la prosperidad de Montes Tarao.

–        ¡No había oído una sola palabra de todo esto!

–        De hecho, hace poco el gobierno de Ciudad emitió un comunicado desmintiéndolo todo.

El otro frunció el ceño. Después miró a su compañero con un gesto entre la resignación y la complicidad, y dio un mordisco a su bocadillo de chopped.

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2 respuestas a Pedrícese el mundo: Capítulo III

  1. Yohana dijo:

    He de confesarte que no los releo enteros, solo les echo un ojo por encima, e intento recordar. De este capítulo, me gustó la parte emocional en la que Pedro se de dejaba llevar por sus instintos, y soñaba con Rocío. Es el único personaje extra que aparece en la novela, y su aparición era…. reconfortante.

    También me hacía gracia, como castellana que soy, los tejemanejes de creacionismo político. Te faltó poner que en realidad, dios había creado Montes Tarao primero, y luego vino lo demás. Me pregunto en que te habrás inspirado (nota: la última afirmación es una pregunta retórica)

    • Isma dijo:

      Añadir el pasaje de Rocío es una manera de recordar la terrible singularidad de aquel lugar. El protagonista sueña que vive en un mundo donde hay más gente, pero luego despierta a la cruda realidad. La contraposición hace que la singularidad de su mundo destaque más y resulte más deprimente. Además, el propio sueño muestra un enamoramiento imposible por definición, y muestra la debilidad del personaje: por mucho que él reniegue de desear o aspirar a la vida “recordada por todos en la Tierra”, no puede evitar que su subconsciente le traicione como a todos los demás. Esa debilidad le avergüenza.

      Respecto al creacionismo político, sí, mejor dejemos tu pregunta en retórica. Habría tantos ejemplos que mencionar…

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