Pedrícese el mundo: Capítulo IV

CAPÍTULO IV

1

Pedro observaba la Plaza Principal de Pueblo Tarao desde su balcón del palacio de gobernación. Al otro lado de la plaza se encontraba la catedral pedrista de Pueblo Tarao. Aquel día era especial para los pedristas. Fieles venidos de todos los puntos de la provincia hacían cola pacientemente fuera del templo para participar en el rito de la pipa. Mediante el mismo, los pedristas eran bendecidos por los eructos de los sacerdotes del templo, los cuales trasmitían de esa manera el espíritu de Pedro Martínez a través de la sala. Pedro se estremeció de sólo pensarlo. Sintió un profundo desprecio hacia aquellos individuos.

La cola era tan numerosa que daba varias vueltas a la catedral. Todos los individuos tenían las mismas greñas que el Pedro Martínez adolescente, y vestían la misma camiseta y los mismos vaqueros. Jóvenes y ancianos, gordos y flacos, todos vestían igual.

–        Son lamentables – dijo Pedro a su consejero de seguridad.

–        Sí, señor – respondió el consejero.

Entonces Pedro tuvo una idea.

–        Consejero, haga venir a unos cuantos soldados – dijo divertido.

El consejero se encogió de hombros y abandonó el balcón. Al cabo de unos minutos se presentó con una docena de soldados en el balcón. Pedro les dio unas instrucciones muy precisas. Entonces los soldados salieron del balcón.

Tras una hora, Pedro pudo ver a los soldados en la plaza. Éstos ya no lucían sus habituales uniformes, sino que vestían la típica indumentaria pedrista. Sus pelucas hacían las veces de las rituales greñas. Dichas pelucas no eran difíciles de conseguir. Los propios pedristas más mayores las utilizaban cuando iban al templo para mostrar un aspecto más digno del Pedro Martínez original.

Siguiendo las instrucciones de Pedro, la mitad de los soldados se unieron a la cola como cualquier otro pedrista. Su indumentaria les hizo pasar desapercibidos. Una hora más tarde, cuando ya habían dado una vuelta completa a la catedral y se encontraban cerca del punto de partida, el resto de los soldados se unieron a la cola por el final. Ambos grupos de soldados se encontraban muy próximos entre sí, si bien en vueltas diferentes de la espiral. En medio de la muchedumbre, los últimos soldados que se encontraban en el surco interno abandonaron a sus compañeros y se unieron a los soldados del surco externo, lo que hizo que todos los pedristas que venían detrás de ellos en la cola, que desconocían la maniobra realizada algo más adelante, les siguieran en el nuevo recorrido. Como resultado, el surco externo de la cola se había desconectado de la cola y se había convertido en un círculo independiente. Entonces los soldados fueron abandonando uno a uno y con discreción el círculo. Los huecos que dejaban eran aprovechados por los que venían detrás para avanzar unos pasos hacia delante, lo que a su vez hacía andar a los detrás de ellos, y así sucesivamente. Debido a la forma circular de aquella secuencia, dicho proceso se propagó sin cesar de manera cíclica. El resultado fue una cola circular que avanzaba.

En el balcón, Pedro comenzó a reírse con sonoras carcajadas mientras daba palmadas en la barandilla.

–        ¡Sí! – dijo Pedro a su consejero – ¡Ahí lo tienes! ¡Una cola de pedristas siguiéndose a sí misma! ¡Qué seres más lamentables! ¿No es deplorable?

El consejero afirmó con la cabeza.

Poco a poco, el rostro de Pedro fue cambiando desde la sonrisa inicial hacia la ira.

– Hay que exterminarlos – susurró mientras apretaba los dientes -. Hay que exterminarlos.

2

Un trágico suceso llenó las portadas de la prensa de Montes Tarao un mes después. Un pedrista había acudido a una oficina del registro de Pueblo Tarao y había solicitado llamarse, simplemente, Pedro Martínez. Al ver el impreso de cambio de nombre, los funcionarios se negaron a aceptárselo. Ante el rechazo, el pedrista, muy enfadado, tiró diversos objetos de la oficina al suelo de manera airada. Unos minutos después fue detenido.

Lo que habitualmente se habría convertido en una noche en el calabozo desembocó en un cautiverio que ya se prolongaba algo más de un mes. A los cargos iniciales de desorden público, la fiscalía de Montes Tarao había añadido el nuevo delito de conducta anti-monteña. Esto produjo un rotundo rechazo de la comunidad pedrista de Montes Tarao, que organizó una gran manifestación de protesta a través de las calles de Pueblo Tarao. A la manifestación se unieron pedristas de otras provincias, así como algunos defensores de los derechos civiles de otros puntos de la República.

Abría la manifestación una pancarta que rezaba “Todos somos Pedro Martínez”. Mientras los manifestantes recorrían las calles, algunos ciudadanos monteños observaban a la comitiva con desaprobación y recelo. Otros incluso les insultaban. Esto dio lugar a algunos episodios de tensión entre los manifestantes y otros grupos de ciudadanos.

Pedro, que era informado puntualmente del transcurso de la manifestación, vio en dichos focos de violencia un motivo para disolver aquella reunión obscena. En lugar de recurrir a métodos propios de un enfrentamiento con civiles, Pedro solicitó al ejército que se ocupara de dicha tarea.

Los soldados con los que había compartido luchas en las minas monteñas respondieron gustosos a la petición, y se aplicaron contra aquella muchedumbre de la misma forma en que lo habían hecho en aquellas misiones. El resultado de aquella noche fue una veintena de muertos y varios cientos de detenidos.

A la mañana siguiente, los locales y templos pedristas amanecieron cubiertos de pintadas amenazantes.

3

El escultor mostraba a Pedro el esquema de la obra que proponía. Tras la mesa de escritorio, Pedro meditaba. Después intervino.

–        ¿Usted ha visto alguna vez un caballo?

El artista se mostró dubitativo durante unos segundos.

–        Sí… digo… – torció el gesto – no. No he visto nunca un caballo.

–        ¿Existen caballos en Hogar?

–        No.

–        Por tanto, ¿existen caballos en Montes Tarao?

Tras unos segundos, el artista contestó.

–        No.

–        ¿Entonces, qué sentido tiene hacer una escultura ecuestre de mi persona?

–        Es… un símbolo.

Pedro dio un puñetazo a la mesa. El escultor cerró los ojos mientras apretaba los dientes.

–        No acepto símbolos basados en cosas tan lejanas – dijo Pedro con seriedad -. Mire a su alrededor. Nuestra tierra tiene suficiente belleza como para que no tenga que abrazar símbolos extraños o extranjeros. Observe el monte, los desfiladeros, los riscos y los valles. La tierra rojiza. ¿No la oye hablar? ¿No la oye exaltar el carácter propio de Montes Tarao?

El escultor dudó durante un momento. Un hombre llamó a la puerta y entró en el despacho. Se trataba del Consejero de Educación.

–        Gobernador, tiene que aprobar el borrador de contenidos de los cursos de reeducación de Montes Tarao para el nuevo curso – dijo mientras le mostraba unas hojas grapadas.

Pedro hojeó brevemente las hojas.

–        Conforme a nuestra reunión anterior – continuó el consejero -, hemos introducidos en el temario los nuevos agravios comparativos de la República hacia Montes Tarao.

–        Bien.

Pedro sonrió y firmó una por una todas las páginas del borrador. Después se las entregó al consejero. Antes de que el consejero saliera del despacho, otro hombre golpeó la puerta para anunciar su llegada. Se trataba de su ayudante de imagen.

–        Gobernador, ya es la hora de su discurso de aniversario.

Pedro se levantó de su sillón, apretó brevemente la mano del escultor y siguió a su ayudante por las dependencias del palacio de gobernación, hasta que entraron en una pequeña sala. Tras ella, un balcón daba directamente a la Plaza Principal de Pueblo Tarao. Pedro abrió las puertas del balcón y saludó a la multitud. La muchedumbre que inundaba la plaza le devolvió el saludo con gritos de júbilo y una gran ovación. Banderas con el dibujo de unos sinuosos montes ondearon con fuerza. Grandes carteles se congratulaban del décimo aniversario del Pedro como gobernador de Montes Tarao.

–        ¡Queridos compatriotas! – dijo al público. Éste le respondió incrementando el volumen de sus gritos – ¡Querida Patria de Montes Tarao! Quiero que sepáis una cosa. Por más insultos que recibamos de los políticos de Ciudad, por más agravios que recibamos por parte de la República, por más que se nieguen a aceptar nuestro carácter diferenciado, sacrificado y noble, sofisticado, trabajador y emprendedor, fruto de los rigores de nuestra agreste tierra, por más insistan, ¡seguiremos aquí! ¡Somos monteños, y Montes Tarao es nuestra patria!

Una ensordecedora nube de vítores le sucedió. Las banderas ondearon.

–        Los hombres del llano – continuó – llegan en masa a nuestras montañas alentados por la República. Llegan sin conocer nuestra historia y sin respetar nuestras costumbres. Llegan sin modales y amenazantes, afirmando desafiantes y orgullosos que se encuentran en territorio de la República, y que no tienen por qué observar ninguna de nuestras costumbres. ¡Esos hombres os invaden, y os quitan vuestros empleos! – gritó elevando la voz.

Comenzaron a surgir gritos de indignación entre la muchedumbre. Pedro esperó para dejar que se oyeran con claridad.

–        Si la República no hace nada, tendremos que hacer algo, compatriotas. Ésos, – dijo señalando con el dedo hacia el cielo mientras ondeaban las banderas en la plaza – ¡Sí!, ésos vienen a por nuestra riqueza. Nos ha costado enormes esfuerzos domar esta tierra agreste e ingrata. Mucho sudor y vidas nos ha costado extraer los frutos de las entrañas de nuestra tierra. Y ahora, después de tanto esfuerzo, quieren venir ellos a llevárselas. ¿Vamos a aceptarlo? ¡Compatriotas! ¿Vamos a aceptarlo?

Un rugido de insultos brotó del ambiente. Los ánimos se caldeaban por momentos.

–        ¡Compatriotas! ¿Sabéis quién alienta todo esto? ¿Sabéis quién se empeña vilmente en hacer creer que nada nos diferencia, que los monteños no tenemos identidad…? ¿Sabéis quién quiere obligarnos a que todos seamos exactamente iguales? ¿Sabéis quién quiere imponer sus decadentes costumbres a todos nosotros? ¿Sabéis quién quiere forzarnos a dejarnos invadir por los extranjeros? ¡Ellos! ¡Los pedristas! – aulló mientras señalaba con el dedo. Esta vez no señalaba al cielo. Señalaba al punto opuesto de la plaza, donde se levantaba la catedral pedrista de Pueblo Tarao. La muchedumbre tronó. Pedro, apelando a toda la potencia de su voz, gritó – ¡Son ellos!

Repentinamente, surgieron antorchas de entre la masa. Una ola humana se dirigió en dirección hacia el templo como un viscoso fluido. Algunos individuos sacaron una gran barra metálica y la usaron a modo de ariete para tirar la puerta de entrada. Una vez que la puerta cayó, la muchedumbre se adentró en la catedral.

Al cabo de unos minutos, las llamas aparecieron en las ventanas del templo.

4

Aquellos hechos habrían llenado las portadas de la prensa en toda la República, de no ser por los extraordinarios y violentos sucesos que acaecieron en Ciudad ese mismo día.

Temprano por la mañana, salieron de tres cuarteles del ejército de Ciudad camiones cargados de soldados de infantería flanqueados por un gran número de vehículos blindados. Estos contingentes se dirigieron simultáneamente a los seis almacenes en los que se custodiaban las máquinas generadoras mediante las cuales todos los alimentos de Hogar, e incluso todos sus ciudadanos, surgían. Los seis almacenes se encontraban situados en extremos opuestos de la ciudad, formando los vértices de un hexágono. Cuando cada contingente alcanzó el correspondiente almacén, los soldados salieron de los camiones y procedieron a asaltarlo. Tras unos minutos de confusión, los asaltantes llegaron a controlar cinco de ellos. Entonces, los militares al mando en el resto de los cuarteles comprendieron que los mandos de esos tres cuarteles habían comenzado un levantamiento contra la República. De dichos cuarteles partieron más soldados hacia los almacenes para sofocar la rebelión y recuperar su valiosa carga.

A media mañana, uno de los militares sublevados, el General Yunque Cuarto, habló a la Ciudad a través de una radio clandestina. Afirmó que, en coordinación con varios sindicatos y representantes de la clase obrera, una parte del ejército había decidido sublevarse contra la opresión de las clases dominantes hacia los trabajadores, para la instauración de una República Determinista. Afirmó igualmente que su sublevación era la respuesta a la dura atroz represión que estaba ejerciendo la República contra la causa determinista. Criticó la extrema e innecesaria dureza con que la República había sofocado algunas revueltas deterministas durante los últimos veinte años en algunas provincias.

Ante dicho anuncio, algunos obreros salieron de sus fábricas en el barrio A y se apresuraron a apoyar a los militares sublevados con su fuerza. Similarmente, algunos intelectuales del barrio C salieron a las calles y gritaron públicamente su apoyo a la sublevación. Por otro lado, en algunos barrios de clases medias y acomodadas, varios ciudadanos se dispusieron a apoyar a la República por cualquier medio que estuviera a su alcance. En algunos barrios se desataron duros enfrentamientos entre grupos de ciudadanos armados.

En torno a los almacenes se oyeron tiroteos y grandes explosiones. La noticia de la rebelión se propagó rápidamente por toda la República. En la extensa provincia de Río Mos, territorio poco desarrollado pero que suponía la mayor fuente energética de la República gracias a sus cientos de presas hidráulicas, dos divisiones del ejército decidieron unirse a la rebelión, y fueron acompañadas por una gran parte de la población. En un primer intento, la República envió un contingente leal para sofocar la rebelión desde la vecina Costa Mamá, provincia eminentemente comercial en la que se concentraban los principales puertos marítimos que abastecían a Ciudad. Este contingente, formado principalmente por vehículos blindados, fue fácilmente repelido por los sublevados. La falta de buenas comunicaciones, así como el desconocimiento del terreno de las divisiones atacantes, influyó decisivamente en aquel resultado.

La ausencia de las tropas en los puertos de Costa Mamá fue aprovechada por algunos sublevados para tomar el control de varios buques de guerra en sus puertos. Estos buques remontaron el curso del río Pedopís hacia Ciudad. Al llegar a Ciudad, bombardearon el Parlamento, que se ubicaba a escasa distancia de la orilla.

Tras unas horas de duros enfrentamientos en Ciudad, el ejército leal tomó el control de dos almacenes. Mientras tanto, otros focos de rebelión surgieron en otras provincias, si bien todos ellos fueron repelidos con rapidez. Al mediodía, y a pesar de las informaciones contradictorias que se comunicaban, se hizo patente que la rebelión había tenido éxito únicamente en Ciudad y en Río Mos. Esto permitió que algunas divisiones del ejército ubicadas en otras provincias se dirigieran hacia Ciudad para sofocar la rebelión. Simultáneamente Eslabón Tercero, líder del partido determinista y hasta entonces en paradero desconocido, emitía un comunicado por radio en el que llamaba a que los deterministas depusieran las armas y se dispusieran a realizar la revolución determinista sólo por la vía pacífica. También negaba cualquier relación con los sublevados y refundaba su partido con el nombre de Partido Determinista Legalista.

Se hizo la noche y continuaron los tiroteos junto a los almacenes. Por la noche se sucedieron sangrientos enfrentamientos tanto entre soldados como entre ciudadanos. Al amanecer llegaron los refuerzos desde las provincias más cercanas a Ciudad, y el ataque a los sublevados atrincherados se intensificó. Poco después, los leales tomaban un almacén más. En dicho ataque moría Yunque Cuarto.

Cerca del mediodía, los sublevados se dieron cuenta de que la batalla por el control de Ciudad estaba perdida. Entonces, la división que controlaba uno de los dos almacenes restantes cedió su control a los asaltantes y se dirigió hacia el aeropuerto de Ciudad. Con sus efectivos casi intactos, tomaron rápidamente el control del aeropuerto. Simultáneamente, la otra división cargó varias de las máquinas generadoras en los camiones y huyeron en dirección al aeropuerto. El ejército de la República, confundido ante la creencia de que los sublevados pretendían controlar Ciudad, reaccionó tarde a la maniobra, y no alcanzaron el aeropuerto a tiempo. Para cuando acabaron con los militares que cubrían la retirada de los demás, un avión cargado con varias máquinas generadoras volaba ya hacia destino desconocido. La mayoría de los aviones estacionados en tierra eran bolas de fuego.

Entonces, muchos simpatizantes de la rebelión, bastantes de ellos armados, abandonaron sus hogares en todos los puntos de la República y se dirigieron hacia Río Mos.

Al día siguiente, el capitán sublevado Martillo Noveno comunicaba al mundo desde Orilla Mos que Río Mos se declaraba independiente de la República y pasaba a denominarse República Determinista del Río Mos. Así mismo, anunciaba la voladura de las conexiones que trasmitían la electricidad de Río Mos hacia el resto de la República. Esto produjo grandes apagones en Ciudad y en las principales ciudades de la República. Muchas cadenas de montaje pararon. La economía de la República, muy globalizada y especializada, se resintió muy sensiblemente ante la caída de una de sus piezas clave.

Durante las semanas siguientes, el ejército de la República inició diversos ataques hacia Río Mos, pero todos ellos fracasaron ante un ejército ya unificado, arropado por un gran número de incondicionales, y conocedor del terreno.

Tras unas semanas, la República tomó conciencia de que no podría reconstruir su ejército con una industria paralizada. Así mismo, los ciudadanos de todas las provincias, poco acostumbrados a las molestias de guerra, comenzaron a presionar a sus representantes para buscar una salida negociada.

Un mes después de la rebelión, la República admitía resignada la existencia de la República Determinista de Río Mos como Estado independiente, y enviaba un embajador a Orilla Mos.

5

–        Según parece, la rebelión determinista no se notó en tu territorio – dijo Valor Séptimo, recostándose sobre su sillón.

–        Aquí la gente tiene otros ideales – respondió Pedro con una sonrisa, a la vez que adoptaba una postura más cómoda. Mientras observaba la Plaza Principal de Pueblo Tarao a través de la ventana de su despacho, continuó – Mi gente es leal a su tierra. Los pedristas huyeron hace tiempo a su guarida en la fronteriza provincia de Valle Pedopís. Por otro lado, los pocos deterministas que quedaban aquí se han ido a Río Mos durante los últimos días.

Valor miró a Pedro con satisfacción.

–        He de admitir – continuó Valor – que tu forma de afrontar el problema determinista no me convenció en un principio. Para empezar, no creía factible que varios individuos pudieran agruparse por criterios identitarios en contra otros individuos que son genéticamente iguales y comparten la misma educación hasta la adolescencia.

–        La territorialidad existía en muchos animales de la antigua Tierra – respondió Pedro –, y ésta se acentúa cuando se pone en duda el acceso a los recursos. Nosotros pertenecemos a ese tipo de animales.

–        Llegué a temer – reconoció Valor – que los mercados de Montes Tarao y el resto de la República se mostrarían cierto escepticismo mutuo. Sin embargo, no fue así – aceptó. Entonces esbozó una amplia sonrisa -. Los negocios con Montes Tarao van mejor que nunca.

–        A la gente no le importa dónde se hacen las cosas, sino lo que cuestan.

Valor miró a Pedro con cierta admiración. Después, mostró un gesto ligeramente más serio.

–        Has de reconocer – dijo en tono más grave – que has generado cierta alarma y recelo en los políticos de Ciudad.

Pedro pensó su respuesta durante unos segundos. Después se echó hacia delante, y como si se dispusiera a revelar un gran secreto, sonrió y susurró:

–        Diles de mi parte que la tensión nacionalista puede ser más nacionalista que la propia independencia.

Valor le devolvió el gesto cómplice. Después, como si recordara de repente un tema menos agradable, su gesto se endureció.

–        La verdad es que el ambiente en Ciudad es muy tenso – dijo -. La posibilidad de una nueva rebelión determinista está en la mente de todos. Los sucesos del mes pasado han supuesto el mayor ataque que se recuerda a la República. No debemos olvidar que la República pudo haber perdido todas sus máquinas generadoras. Si hubiera ocurrido tal cosa, hoy todos estaríamos a merced de un estado determinista que abarcaría todo lo que en su día fue la República. Por supuesto, ya hemos regenerado las máquinas necesarias hasta volver a alcanzar la producción óptima de alimentos y ciudadanos en toda la República. No obstante, cualesquiera medidas de seguridad que podamos añadir sobre nuestras máquinas parecen ser insuficientes. No olvidemos que los deterministas ya no necesitan robar las máquinas generadoras, pues ahora les basta con destruirlas. En ese caso, se convertirían en el único productor de alimentos de todo Hogar.

Pedro asintió con la cabeza.

–        Es por ello – continuó Valor – que varios parlamentarios han planteado la posibilidad de enviar copias de las máquinas generadoras a otros puntos de la República. No es seguro tener todos los huevos en la misma cesta. Yo mismo propuse al partido la posibilidad de enviar una máquina aquí, a Montes Tarao.

Pedro escuchó con gran interés. Valor se aclaró la voz y continuó.

–        No conozco en toda la República un baluarte mejor contra el determinismo que Montes Tarao. Las máquinas no podrían estar más alejadas de los deterministas de lo que estarían aquí mismo. Es más, en caso de que ocurriera lo peor y los deterministas lograran el control de Ciudad, este territorio con voluntad de gobierno podría independizarse de dicho estado maligno y ser el verdadero heredero de la antigua República.

Valor paró un momento para beber un trago a su copa de coliol de reserva.

–        Ni que decir tiene – continuó – que el refundado Partido Determinista Legalista está en contra, por muy legalistas y leales que digan ser – dijo Valor con cierto sarcasmo -. Y, observando tu trayectoria personal como gobernador, no debería extrañarte que los pedristas también se opongan. Aunque volvemos a ser el partido más votado del parlamento, no podemos sacar adelante una medida así sin la mayoría absoluta, así que necesitamos el apoyo de al menos otro de los partidos. Esto exige pactar con los pedristas. Por su parte, los pedristas afirman que aceptarían una medida así sólo si Valle Pedopís recibiera otra máquina.

Pedro torció el gesto.

–        Hoy por hoy – continuó Valor -, nuestro partido no considera aceptable dicha contraoferta. Si un feudo pedrista contara con una máquina generadora, sus gobernantes se dedicarían a engendrar millones de nuevos individuos para exaltar así el pedrismo en el mundo. Esa gente no tiene sentido de la medida ni conciencia de las limitaciones físicas de este planeta. Además, educarían a todos esos individuos de acuerdo a sus preceptos, y tendríamos una inmensa generación de fanáticos que absorberían rápidamente a todos los demás – dijo. Ante el gesto alarmado de Pedro, Valor añadió – Conozco tu particular visión sobre los pedristas, y te puedo decir que no tienes por qué preocuparte. Por todo lo que he dicho, no nos hemos planteado aceptar su oferta. Sin embargo, mientras no alcancemos un acuerdo, la seguridad de la República seguirá gravemente amenazada. Todos los huevos siguen en una sola cesta.

Pedro meditó durante unos segundos. Su mente analizaba las nuevas noticias frenéticamente.

–        Estoy seguro de que los políticos de Ciudad podréis arreglar este problema –respondió Pedro -. Por el bien de todos.

6

La derrota de la República en Río Mos supuso una gran conmoción en la conciencia colectiva de todos sus habitantes. El único estado conocido hasta entonces en Hogar había sido vencido y ahora existían dos estados diferentes. La República nunca había tenido ningún enemigo externo, por lo que el sentimiento nacional había sido hasta entonces muy endeble. Montes Tarao había desarrollado un sentimiento nacional propio durante los últimos años, principalmente desde que sus ciudadanos veían a los ciudadanos de la propia República como sus enemigos. Este nacionalismo monteño llevaba algunos años provocando, como reacción, un incipiente sentimiento nacional en el resto de la República, pero éste era todavía muy escaso.

Como resultado, no fue el sentimiento nacional republicano el agredido, sino más bien el panteón de las cosas indudables que nunca cambian. Surgió una grave y repentina sensación general de desencanto. Esta sensación afectó sensiblemente a los mercados. Las bolsas se mostraban igual de dubitativas que la propia población. A su vez, la escasez de patriotismo hizo que la respuesta inmediata a la derrota no despertara un gran resentimiento hacia los nuevos extranjeros, sino más bien una cierta autocrítica. Los habitantes de la República todavía no habían aprendido a odiar al nuevo país, formado por sus antiguos hermanos. Por otro lado, los motivos de la secesión habían sido ideológicos, y el problema de la división ideológica seguía presente dentro de las propias fronteras de la República.

Tras unos meses, algunos periódicos comenzaron a encender a la opinión pública, y no apuntaban a enemigos externos sino a internos. En particular, dudaban del papel supuestamente leal del nuevo Partido Determinista Legalista. Aunque no consiguieron establecer pruebas claras, se preguntaron reiteradamente por el papel que tuviera el supuestamente neutral Partido Determinista durante la pasada rebelión, e insinuaron la necesidad de ilegalizar el nuevo partido. A medida que la carestía debida a la falta de recursos energéticos se hizo más patente, el número de partidarios de dicha opción creció. La mayoría de los ciudadanos desconocía, por otro lado, que los accionistas principales de esos periódicos eran importantes empresarios monteños cercanos al gobierno de Montes Tarao.

Durante los siguientes meses, la República se dedicó a financiar la construcción de grandes centrales energéticas para sustituir la gran pérdida en infraestructuras sufrida en Río Mos. Este aumento del flujo de dinero desde el Estado hacia la industria y, en última instancia, hacia los ciudadanos provocó, tras un año, el resurgimiento de la demanda, y la economía comenzó poco a poco a levantar cabeza. Los apagones se redujeron en frecuencia, y el impacto emocional de la derrota se fue disipando. Similarmente, el clima de opinión favorable al gasto público, que alcanzó incluso parte de las filas del partido comercialista dada la coyuntura excepcional, hizo que se disminuyeran las tensiones con el nuevo partido determinista, y las voces favorables a su ilegalización disminuyeron.

Entonces, una mañana fría, el presidente del parlamento recibió una llamada urgente del Gobernador de Montes Tarao. El ejército monteño comunicaba la reciente captura en Pueblo Tarao de varios individuos presuntamente implicados en la preparación de una nueva conspiración determinista. Según dichas informaciones, la nueva conspiración habría tenido lugar nuevamente en Ciudad. A través de sus conexiones con varios conspiradores afincados en la capital de la República, los detenidos preparaban un atentado con coches bomba contra todos los almacenes de máquinas generadoras de Ciudad. Ante el aviso, las fuerzas de seguridad de Ciudad se presentaron en los domicilios indicados y localizaron varios pisos con explosivos y armamento. Presumiblemente, los destrozos causados por el ataque podrían haber destruido todas las máquinas generadoras de Ciudad. En una gran operación, se detuvo a una centena de simpatizantes deterministas entre Ciudad y Pueblo Tarao, muchos de los cuales pertenecían al Partido Determinista Legalista. Eslabón Tercero, que negó conocer cualquier tipo de conspiración, fue también detenido.

Cuando se conoció la grave noticia, miles de ciudadanos se echaron a las calles para reclamar la ilegalización del nuevo partido determinista. Hubo una sesión de emergencia del Parlamento, y en ella pedristas y comercialistas se unieron para votar la ilegalización del Partido Determinista Legalista.

Tras la ilegalización, sólo existían dos partidos en la cámara, y el Partido Comercialista pasó a tener la mayoría absoluta de los escaños disponibles. Ante el reciente nuevo peligro que había sufrido la República, gran parte de la población pasó a reclamar el envío de máquinas generadoras a otras provincias más seguras. Simultáneamente, ante la gran lealtad demostrada por Montes Tarao en la última crisis, la opinión pública hacia dicha provincia y sus dirigentes mejoró sensiblemente.

En la siguiente votación de la cámara, el Parlamento daba una respuesta al nuevo clima de opinión política. Con los votos a favor del Partido Comercialista y los votos en contra del Partido Pedrista, se aprobaba el envío de una máquina generadora a Montes Tarao para que fuera custodiada por las autoridades provinciales.

7

Pedro observaba la máquina generadora en la soledad del sótano de palacio. Jugueteaba con su pistola mientras observaba detenidamente los controles de la máquina. “Éste es el origen de todo. Este mundo absurdo y odioso, este mundo poblado por individuos iguales a todos los demás y a mí mismo, esta ridícula parodia hipertrofiada de todas mis miserias y de las lamentables miserias de mis patéticos vecinos, es el fruto de esta maquinita” pensó con cierto desprecio. “Y algunos nacen de esa maquinita queriendo ser más igual que igual, más lamentable que lamentable, más odioso que odioso”. Mientras jugaba con la pistola y se la acercaba a la cabeza, pensó “Si suicidándome pudiera llevarme por delante a todos los imbéciles de este desgraciado punto en el universo, digno de ser olvidado, lo haría ahora mismo”.

Se acercó a los controles. Conforme a las instrucciones que le habían explicado los técnicos de Ciudad, pulsó ciertos botones en un orden determinado.

Surgió un resplandor azul, y apareció una figura conocida. De hecho, la misma figura que llevaba viendo durante los últimos treinta años.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy? – gritó nervioso el recién llegado.

–        Eres igual de patético que todos los demás – respondió Pedro.

El recién llegado miró a Pedro con incredulidad. Pedro apuntó su revolver a su cabeza y disparó. Mientras el cuerpo sin vida caía de espaldas, un reguero de sangre brotó de la cabeza e impregnó la estructura metálica de la plataforma. Pedro se acercó a la plataforma, tomó el cuerpo por los tobillos y lo arrastró fuera de la plataforma.

Después, Pedro se acercó a la plataforma y repitió la secuencia anterior.

Volvió a surgir la luz azulada. Tras el resplandor inicial, volvió a surgir de la nada un individuo sobre la plataforma.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–        Otro lamentable pedrista – dijo Pedro.

–        ¿Có… cómo dice? – respondió el otro, incrédulo.

Pedro apuntó la pistola al recién llegado, de nuevo sobre la cabeza, y volvió a disparar. El cuerpo del recién llegado se desplomó sobre el suelo. Pedro se acercó de nuevo para retirarlo. Gracias a la sangre salpicada, el cuerpo resbalaba mejor y era más fácil desplazarlo. Tras dejarlo a un lado de la plataforma, regresó a los controles, volvió a pulsar los botones de la máquina, y surgió de nuevo el resplandor.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–        ¿Tantos años luz y sólo se te ocurre decir lo mismo que los demás? – preguntó Pedro mientras volvía a disparar, ya con cierta desgana.

El charco de sangre sobre la plataforma era ya voluminoso. Tras volver a retirar el cadáver, se dirigió una vez más a los controles.

Tras el resplandor, volvió a aparecer la misma figura. Cuando se disponía a hablar, se escurrió sobre el charco de sangre sobre el que se apoyaba, y cayó de espaldas. Mientras se llevaba la mano a su dolorida cabeza y se incorporaba, observó con incredulidad lo que tenía bajo sus pies.

–        ¿Qué… qué es esto? ¿Sangre? ¿Do… Dónde estoy? – preguntó aturdido.

Pedro observó durante unos segundos al recién llegado con gran fascinación. Después se acercó a él y, ante la sorpresa de éste, le dio un sentido abrazo. Mientras tiraba su pistola al suelo, se le escaparon algunas lágrimas.

Puso la mano sobre el hombro de aquel adolescente. Éste seguía estando algo aturdido.

–        Chico, en adelante te llamaré Distinto Único – dijo Pedro, profundamente emocionado.

Se enorgulleció de que sus actos con aquella pistola le hubieran permitido crear, por fin, algo diferente. Aquel chico nuevo era, en sí mismo, una maravillosa promesa de futuro.

Pedro recogió el arma del suelo. Decidió que debía hacer algo que le permitiera rememorar aquel maravilloso momento en el futuro. Entonces depositó el arma que le había permitido alcanzar tal gesta en las estanterías de la sala. Allí quedaría como recordatorio de aquel momento.

Orgulloso, Pedro se acercó al chico y le acompañó a la salida de la sala. Afuera, junto a la puerta, aguardaban varios técnicos monteños.

–        ¿Todo en orden, gobernador? – dijeron – ¿Funciona correctamente la máquina?

–        Sí, perfectamente – respondió Pedro, señalando al adolescente que le acompañaba –. Pueden pasar para comenzar la producción de nuevos individuos.

8

Pedro dejó durante un momento de escribir para estornudar. Tenía fiebre. No obstante, se encontraba suficientemente lúcido para continuar. Le gustaba trabajar durante largas horas solo en su despacho.

Como el noventa y nueve por ciento de la población en aquel mismo instante, Pedro tenía la gripe. Todos los años, en algún momento a finales del otoño y dependiendo de la evolución de las temperaturas, la población mundial reaccionaba en una fulminante cascada ante la gripe anual. Supuestamente, el virus había sido introducido en Hogar por todos y cada uno de sus habitantes en su propio nacimiento, pues Pedro Martínez portaba y desarrollaba una gripe en el mismo instante en que su molde fue tomado en la Tierra. Con el paso de los años y tras sucesivas mutaciones, se había desarrollado una cepa del virus autóctona que garantizaba su triunfo sobre los únicos individuos vivos que habitaban ese planeta, los cuales resultaban tener exactamente los mismos genes y la misma capacidad para generar defensas. El virus se adaptó por completo a ese cuerpo, y ganaba todos los años de manera implacable y sorprendentemente sincronizada. Los habitantes de Hogar entendieron pronto que era una batalla perdida, y todos los años la actividad productiva de Hogar quedaba paralizada durante una semana aproximadamente. Sólo los individuos que permanecían completamente aislados conseguían librarse de la gripe ese año, pero el esfuerzo del aislamiento total no solía valer la pena.

Pedro recordó que, durante muchos años, creyó que ése había sido el misterioso virus que había acabado con los alienígenas que poblaron originariamente Hogar. Eso cuadraba con la proyección que le mostraron durante su primer día en ese mundo. Luego, el día que asistió al parlamento de la República por primera y última vez, se dio cuenta de que eso podía ser cierto… o no. Y también se dio cuenta de que, hasta entonces, el hecho de que hubiera descubierto tal cosa por sí mismo había provocado que diera más verosimilitud a la historia de la proyección… exactamente como le sucedió a todos los de su generación, que también hicieron ese mismo descubrimiento por sí mismos. Sin duda, dicha proyección había sido calculada muy bien.

Pedro hizo un esfuerzo para concentrarse en sus anotaciones. Estaba escribiendo el guión de la proyección que verían los nuevos individuos recién generados por la máquina generadora de Montes Tarao. Básicamente, coincidía con el conocimiento popular en Montes Tarao, según el cual todos los monteños sabían que Pedro Martínez surgió en Hogar por primera vez en Montes Tarao, y no en Ciudad. También explicaba cómo los habitantes de Ciudad, ávidos de las riquezas de los monteños, atacaron a éstos, les robaron las máquinas generadoras, y las instalaron en Ciudad.

Además, contaba que, tras su robo, los antiguos habitantes de Ciudad crearon una secta secreta, los pedristas, destinada a eliminar cualquier rasgo de identidad propia en Montes Tarao, así como en cualquier otro lugar de la recién fundada República. Para ello, se instituyeron bajo el aspecto de una religión y promovieron la absoluta igualdad de valores, gustos y maneras, conforme a aquellos mostrados por el Pedro Martínez original. De esta forma, la desdicha de un mundo de seres iguales no sólo no fue combatida, sino que fue fomentada por una banda de fanáticos que se regodeaban en su propio patetismo.

Desde entonces, Montes Tarao lucha por la exaltación de su identidad y por la eliminación de aquéllos que quieren negársela, los cuales además quieren arrastrar a todo el planeta hacia su abismo simétrico. El principal objetivo de todo buen monteño es hacer todo lo que esté en su mano para acabar con el pedrismo en el mundo. Fin.

En ese momento llamaron a la puerta del despacho. Entró el Consejero de Seguridad.

–        Gobernador, me ha llamado usted, ¿verdad? – dijo el recién llegado, con la voz tomada y un claro gesto de cansancio.

–        Sí, sí, pase. Siéntese, por favor.

El consejero se sentó y cerró los ojos durante unos segundos. Después los abrió con gran esfuerzo, sacó un pañuelo y se sonó los mocos.

–        Consejero, he observado que en su última petición presupuestaria solicita ampliar el número de plazas de la Academia Militar de Montes Tarao, así como incrementar la producción de equipamiento militar.

Estas palabras sorprendieron al consejero.

–        Gobernador, estamos viviendo tiempos muy convulsos. Necesitamos un gran ejército para responder a cualquier ataque.

–        Y estoy de acuerdo con usted, consejero. Pero no lo haremos como usted dice. Reduzca el número de plazas de la academia, y mejore el equipamiento de entrenamiento. Ahora no quiero un gran ejército regular. Eduque a sus soldados para crear un pequeño grupo de soldados de élite. Al acabar la instrucción, mándeme al mejor de la promoción. Éste debe ser patriota y disciplinado, y debe contar con una gran forma física y un gran entrenamiento en combate. A los demás, mándelos a su casa hasta nueva orden.

–        ¿A… su casa, gobernador?

–        Así es.

9

Pedro se encargó personalmente de que Distinto Único ingresara en la reformada Academia Militar de Montes Tarao. Solicitó expresamente que se le diera un entrenamiento por separado del resto y se le mantuviera aislado del resto de los reclutas, a los que ni siquiera conocía.

A petición de Pedro, el chico era conducido desde el campo de entrenamiento  a su encuentro al menos una vez por semana. Ambos pasaban largas tardes conversando en las dependencias del palacio de gobernación. Al principio el chico se mostraba muy aturdido por los cambios que había experimentado, igual que cualquier recién llegado a Hogar. No obstante, el trato cercano que le proporcionó Pedro, único que le trataba de aquella manera desde su llegada, hizo que su recelo desapareciera y volcara su confianza en Pedro. Por otra parte, Pedro no podía ocultar su simpatía hacia aquel chico, al que estaba educando a su imagen y semejanza. Le agradaba el hecho de que su manera de expresarse y de comportarse, muy influenciada por él mismo, fuera tan diferente de la de otros chicos de su edad. Con el paso de los meses, la relación entre ambos llegó a parecerse vagamente a un parentesco paterno-filial.

Más allá de su musculatura (era increíble lo que el ejercicio constante podía lograr en un cuerpo tirando a enclenque como el de Pedro Martínez), las calificaciones de Distinto en la academia eran mediocres, pero esto no sorprendió ni decepcionó a Pedro. Sus puntuaciones eran aproximadamente la mitad que las obtenidas por el recluta que por aquel entonces era el primero de la promoción, un tal Acecho Segundo. Pedro sabía desde el principio que un entrenamiento militar en aislamiento no sería tan eficiente como el ambiente de los barracones, más proclive al intercambio de ideas entre los reclutas y a la competitividad. Distinto nunca sería un gran soldado. Por el contrario, otra sería la utilidad que Pedro le reservaba, llegado el momento.

Mientras tanto, Pedro animaba a Distinto en su carrera militar. Al finalizar el periodo de instrucción, Pedro dijo a Distinto que había sido el primero de su promoción y que recibiría un nuevo rango militar. El chico abrazó a Pedro, entusiasmado por la noticia.

– En adelante te presentarás ante todos por tu nuevo rango y no por tu nombre. Todos deberán saber con quién están tratando. Todos sabrán lo que has conseguido por méritos propios, no por mí, y que como tal deberán respetarte.

10

La junta extraordinaria de consejeros comenzó puntual. Mientras la mayoría de los consejeros cuchicheaban preguntándose extrañados el motivo de la tal reunión, el consejero de seguridad se dirigió a Pedro.

–        Gobernador, el soldado Acecho Segundo espera en la puerta.

–        Que pase – respondió Pedro, sonriente.

Ante la atenta mirada de los demás consejeros, el consejero de seguridad abrió la puerta de la sala e hizo pasar a un soldado. Se trataba de un individuo fornido y musculado. Por fin Pedro tenía la oportunidad de conocer en persona a aquel gran soldado de la misma quinta que su querido y mediocre Distinto Único. El soldado se acercó unos pasos y se mantuvo en posición de firmes ante los presentes. Su porte impresionó satisfactoriamente a Pedro, que se levantó de su asiento y se le acercó.

–        Consejeros, les presento al soldado Acecho Segundo, primero en la última promoción de la Academia Militar de Pueblo Tarao – dijo Pedro con cierto orgullo, mientras escudriñaba al soldado –. Soldado, le he hecho venir para explicarle, tanto a usted como a este consejo, el papel que la Historia tiene reservado para usted.

Los consejeros se miraron entre sí sin conseguir disimular su curiosidad. Por contra, Acecho se mantenía impasible en su posición. Se hizo un silencio expectante que parecía invitar al soldado a responder. Éste, disciplinado, se mantuvo callado unos segundos, hasta que observó el gesto apremiante de Pedro. Al final, dijo con firmeza pero con cierta timidez:

–        Señor, sería un honor servir a nuestra patria monteña en cualquier circunstancia.

Pedro devolvió al soldado una sonrisa satisfecha y se dirigió a todos los presentes.

–        Consejeros, ante ustedes tienen la pieza básica de nuestro ejército. Un soldado patriota, fuerte, entrenado y disciplinado. Pensarán que es una forma de dirigirme a todos los soldados monteños, pero no. Me refiero a este soldado. Este soldado es la pieza básica de nuestro ejército. ¿Para qué crear un ejército en que alguno de sus soldados no sea el mejor?

Los consejeros le devolvieron un gesto de extrañeza. Al poco tiempo, algunos de ellos comenzaron a comprender. Pedro continuó.

–        Consejeros, la última noche que el soldado Acecho durmió en la Academia, tomamos sin su conocimiento un plano de él. Lo hicimos utilizando el artilugio que los alienígenas describieron a los demás mundos para que sus habitantes pudieran tomar planos completos de objetos y enviárselos, como de hecho hizo Gómez en la Tierra con Pedro Martínez. Entonces, introdujimos el plano extraído de Acecho en la máquina generadora y duplicamos su molde un millar de veces como prueba inicial. Consejeros, entre mil soldados no tiene por qué haber novecientos noventa y nueve… subóptimos. Es más, como todos sabemos, la coordinación es clave en la batalla. Si nuestros soldados desplegados en un campo de batalla fueron el mismo hombre hace sólo unos días, resultará fácil que cada uno de ellos pueda casi adivinar el pensamiento de sus compañeros. Bastará con que cada uno piense en qué haría si, en lugar de estar donde está, estuviera donde está el otro. De esta forma, la coordinación será casi perfecta. Este plan se llevó a cabo sin el conocimiento del soldado para no condicionar su conocimiento inicial.

Los consejeros observaron la explicación de Pedro con gran sorpresa. Entonces miraron al soldado. Pedro puso su mano en el hombro del soldado y se dirigió a él.

–        Soldado, quiero conocer su opinión sobre este plan.

El soldado se sorprendió de ser preguntado. Dudó durante unos segundos.

–        Soldado, quiero que me dé su verdadera opinión sobre este plan – insistió Pedro.

Ante la petición reiterada, el soldado respondió.

–        Señor, con todos los respetos, ese plan se basa en aprovechar la existencia de seres totalmente idénticos, lo que lo hace un poco… pedrista.

Se hizo el silencio en la sala. Tras unos segundos, Pedro rompió a carcajadas y apretó la mano del soldado, ante la respuesta un poco sorprendida de éste. Los demás consejeros comenzaron a reírse igualmente.

–        Según se mire, puede ser exactamente lo contrario – respondió Pedro muy sonriente –. Los pedristas desean llenar el mundo de individuos que sean iguales a Pedro Martínez. Esas alimañas luchan durante toda la vida para recuperar la pureza que, afirman, sólo tuvieron en el mismo instante de su nacimiento en Hogar – después dirigió una mirada algo emocionada al soldado –. Soldado, no se me ocurre nada más diferente a Pedro Martínez que un patriota monteño – el soldado le devolvió un gesto de orgullo. Después, Pedro continuó – Soldado, ¿qué opina realmente sobre este plan?

El soldado respondió ahora con una gran decisión.

–        Señor, su plan es un medio para aumentar nuestra fuerza contra el pedrismo. Me permitirá servir a la patria con orgullo y eficacia – respondió mientras le brillaban ligeramente los ojos.

Pedro sonrió muy satisfecho.

–        Soldado, he de decirle que le he mentido. El plan que he explicado no se está llevando a cabo.

Algún consejero emitió un sonido ahogado de sorpresa. Se hizo un gran silencio.

–        No le hemos copiado. Simplemente deseaba ver su reacción – continuó Pedro –. En ningún caso hubiera deseado llevar a cabo un plan así sin conocer la reacción del sujeto. Si la reacción instantánea hubiera sido en contra, ahora tendría a mil soldados en contra del plan – Pedro se detuvo durante unos segundos. Después continuó -. No obstante, dada su reacción positiva, lo haremos.

Pedro volvió a sonreír.

–        Señor, será un gran placer servir a la patria.

–        Muy bien, soldado. Puede retirarse.

El soldado Acecho Segundo se dio la vuelta y salió de la sala con paso marcial. Cuando las puertas ya se habían cerrado, Pedro volvió a sentarse en su asiento. Se armó un gran revuelo de murmullos y comentarios entre los consejeros. Al final, la voz del consejero de trabajo se hizo oír por encima de las demás.

–        Gobernador. Creo que debo recordarle que, hasta ahora, nadie en Hogar ha considerado beneficioso copiar individuos adultos. La República ha evitado siempre esa política con el objetivo de maximizar la variedad entre los individuos. Una sociedad eficiente necesita individuos especializados, y para especializarse hay que diferenciarse. Nuestros genes, conocimientos y estado físico idénticos en nuestro nacimiento hacen que esa tarea no sea fácil. Si nuestros nuevos individuos salen de un molde más especializado aún que Pedro Martínez, nuestra variedad decrece. La acción que propone no es muy común.

Pedro se levantó de su asiento y se tomó unos segundos para responder. Recorrió uno a uno con la vista a todos sus consejeros y respondió.

–        Entiendo sus argumentos, consejero, pero los tiempos que vivimos tampoco son comunes. Durante los últimos meses hemos asistido a un cambio en el equilibrio de fuerzas en Hogar. Se vislumbran tensiones, y debemos estar preparados para ellas. Los tiempos venideros decidirán de manera clave el futuro de la Historia, y la gloria espera sólo a los que estén preparados – Pedro cerró el puño mientras hablaba. Elevó la mirada –. Consejeros, aguardan tiempos de gloria para Montes Tarao, y tiempos de destrucción y sufrimiento para sus enemigos. Estaremos preparados. Nuestro soldado perfecto, oda a la perfección de la raza monteña, serán los brazos que nos llevarán a la victoria contra el pedrismo mundial.

Los consejeros escuchaban a Pedro con gran atención. Algunos de ellos mostraban verdadera admiración. Sin embargo, unos pocos fruncían el ceño.

–        Para garantizar la veteranía de nuestro soldado – continuó -, éste se enfrentará durante las próximas semanas a situaciones reales de combate. Después, tomaremos su modelo para la copia y le duplicaremos en serie. Para garantizar la precisión y coordinación de todas las copias de nuestro soldado, todas ellos se albergarán juntos en barracones circulares con comodidades completamente simétricas. De esta forma minimizaremos la divergencia en su comportamiento, y las posibilidades de coordinación se mantendrán intactas hasta la eventual batalla.

Algunos consejeros afirmaban emocionados con la cabeza. Pedro continuó.

–        Nuestro ejército no sólo será la exaltación de nuestra estirpe, sino también de nuestra tecnología y conocimiento superiores. El soldado Acecho Segundo estará completamente equipado y armado con el último y más avanzado material militar en el instante de la toma de su modelo. Otros tardarían años en crear una industria capaz de producir dichos artilugios punteros en serie. Todo nuestro ejército dispondrá de ellos desde ya mismo. Así mismo, algunos artilugios de última tecnología, diseñados como componentes para algunos vehículos bélicos de última generación, también serán producidos por las máquinas generadoras.

–        Gobernador – intervino el consejero de economía –, debo recordarle que la producción industrial por copia en máquina generadora también ha sido siempre descartada por la República. El gasto energético que supone cada copia es prohibitivo. Es cierto que, antes de disponer de una industria de producción adecuada para un producto, dicho coste es considerablemente más bajo que el necesario para producir cada unidad de manera artesanal. Sin embargo, el coste de producción a través de una cadena de montaje, una vez que ésta existe, es muy inferior. La República ha evitado la política de usar las máquinas generadoras como base para la industria con el objetivo de promover la creación de fábricas que, si bien requieren una gran inversión inicial, a la larga permiten reducir los costes de producción drásticamente. Una economía basada en las máquinas generadoras no es sostenible. Además, Gobernador, debo recordarle que, si bien Montes Tarao es rica en materias primas minerales, no lo es en recursos energéticos, y más aún tras el embargo energético que la República Determinista de Río Mos aplica a toda la República. Su plan, por tanto, significaría renunciar a nuestra ventaja competitiva.

–        Sin embargo, consejero – respondió Pedro con rapidez -, las necesidades de la coyuntura histórica actual, repleta de tensiones bélicas e incertidumbres que se podrían desatar en breve, apunta a la absoluta necesidad de ponernos a la cabeza ahora, de contar ya con el mejor ejército sobre la faz de Hogar, y no después cuando ya podría ser demasiado tarde.

Pedro volvió a dirigir su mirada lentamente hacia todos los presentes. Todos ellos albergaban complejas emociones.

–        Consejeros. Creedme. ¡La gloria de Montes Tarao está cercana! – exclamó mientras le brillaban los ojos y apretaba su puño derecho -. Y ahora, si me disculpan, tengo asuntos importantes que tratar con el consejero de relaciones externas.

Los consejeros se fueron levantando de sus mesas a la vez que murmuraban. Mientras todos salían de la sala menos el citado consejero, Pedro se dirigió a su secretario en voz baja.

–        Prepara los documentos para la inmediata destitución de los consejeros de trabajo y economía.

–        Si, señor.

Pedro se quedó solo con su consejero de relaciones externas.

11

Pedro disfrutaba cuando estaba solo. Últimamente sólo interrumpía su soledad para encontrarse ocasionalmente con alguno de sus consejeros o para conversar un rato con Distinto Único, que a petición de Pedro había sido trasladado al palacio tras licenciarse en la academia militar. Mientras Distinto permanecía en las dependencias del palacio, aislado del mundo exterior, Pedro se ocupaba personalmente de su educación y de comunicarle, a su manera, lo que ocurría en dicho exterior.

En aquel momento, Pedro se encontraba solo en su despacho. Ante él tenía una hoja de papel. Se giró un momento para observar la bandera de Montes Tarao que había a un lateral de su sillón, que él mismo había diseñado algunos años atrás. Volvió a centrarse en el papel.

“Es el momento de que los símbolos de Montes Tarao se adapten a su destino universal” pensó. “Los nuevos símbolos deben ser la representación de su inherente voluntad contra el pedrismo mundial, por la exaltación de un mundo sin Pedro Martínez. Deben representar los ideales presentes en el corazón de todo monteño”. Entonces pensó que un símbolo de dicha ideología tendría que ser fuerte, impactante y con gran contraste, casi hipnótico. “Debo encontrar un anagrama que resuma nuestra ideología”. Debería mostrar algo que resumiera todos los anhelos de su gran cruzada.

Entonces recordó las grandes P que coronaban los templos pedristas. En un principio pensó en mostrar ese símbolo tachado, pero los trazos se cruzaban de una manera algo confusa. Luego escribió “AP” por “Antipedro”. Lo descartó, pues no quería identificar su lucha con su propio nombre. Después escribió “NP”  por “No Pedro”. Le gustó, pues era simple y directo. Ahora necesitaba un anagrama fuerte y vistoso que lo expresara.

Tras varios intentos lo encontró. Puso un rotulador negro grueso sobre el papel e hizo un trazo de abajo a arriba de un centímetro. Entonces, continuó desde ahí, de izquierda a derecha, otros dos centímetros. Después, uno arriba, uno a la izquierda, y, finalmente, dos abajo, lo que cruzaba perpendicularmente otro trazo anterior. Quedaba un extraño y asimétrico símbolo esquemático que, no obstante, podía interpretarse como una pequeña n minúscula adosada por su trazo vertical derecho a una P mayúscula, ambas letras pintadas a base de trazos rectos y ortogonales, símbolos de fuerza. Entonces, giró el papel medio ángulo recto de dirección contraria a las agujas del reloj. Se dio cuenta de que, prescindiendo del primero de los trazos que había pintado, el símbolo le recordaba a algún símbolo que había visto en su juventud, quizá en pintadas en las paredes, pero no recordaba qué significaba. Después volvió a girar el papel desde su posición actual, esta vez un ángulo recto completo siguiendo las agujas del reloj, lo que hacía un total de medio ángulo recto desde la posición original. Observado desde esa posición, parecía el símbolo matemático de infinito, escrito a base de trazos ortogonales, al que le faltaba un tramo para estar completo. “La perfección, la infinitud, no se ha logrado todavía. Este símbolo representa que todavía estamos en lucha contra el pedrismo. Representa mi lucha”. Pensó entonces que quizá no sería fácil interpretar todos esos significados a partir del dibujo original. “Mejor” pensó. “Un símbolo siempre parece más poderoso y profundo cuando te lo tienen que explicar. Cuando gracias a la explicación localizas la imagen oculta, cuando por fin unes mentalmente los trazos como debes y te das cuenta de que la imagen siempre estuvo allí, te haces consciente de tu pequeñez por no haberlo encontrado por ti mismo”. Recordó que más adelante debería buscar algún significado para el giro de cuarenta y cinco grados que permitía encontrar el segundo significado. “¿Alguna referencia geográfica?” pensó mientras miraba un plano de Montes Tarao. “¿Algún año?”. Ya lo pensaría.

Los gruesos trazos negros contra el fondo blanco daban un efecto potente a la imagen. No obstante, Pedro deseaba color. Un color impactante. Cogió un rotulador rojo y comenzó a rellenar los alrededores de la figura, hasta que ésta acabó ocupando el centro de un disco circular que Pedro había dejado deliberadamente en blanco, mientras todo el exterior del disco quedaba bañado de un rojo intenso. La imagen global volvía a recordarle vagamente a algo. Esta vez, a algo que había visto de pequeño en libros y películas. Si bien no conseguía recordar a qué, recordó que ese símbolo que no conseguía recordar le había infundido poder, respeto y miedo. “Entonces, causará exactamente la misma sensación a mis ciudadanos y a mis enemigos” pensó sonriente. Decidió que ése sería el nuevo símbolo de Montes Tarao, y su nueva bandera.

Entonces decidió buscar un saludo carismático para dirigirse ante la plebe. Para preparar a sus ciudadanos ante la actual era de tensión belicista, debía parecer un saludo militar. También debía resultar una provocación contra sus enemigos, lo cual lo convertiría a su vez en una exaltación patriótica. Debía exaltar la identidad de aquella tierra y sus ideales. “Un saludo militar o patriótico típico consiste en dedicar un ¡Viva! a algo o a alguien”. Entonces dio con ello.

Él, ante la muchedumbre entregada, gritaría “¡Muera Pedro!”. Entonces, la muchedumbre le respondería “¡No somos Pedro! ¡No somos pedristas!”.

Alguien llamó a su puerta, devolviéndole brutalmente a la realidad.

–        Gobernador, el grupo de científicos que solicitó ha venido a verle.

–        Que pasen – respondió, todavía algo ensimismado. Entonces recordó la importancia de esa reunión, y se centró.

Un grupo de cinco científicos entró en el despacho de Pedro. Pedro les invitó a sentarse.

–        Señores, les he hecho venir para preguntarles por la posible viabilidad de un proyecto científico.

–        Señor, usted dirá – respondió con curiosidad uno de ellos.

–        Resulta que he ojeado algunos de sus trabajos científicos recientes – Los presentes se sorprendieron mucho ante semejante anuncio -. He de confesarles, no obstante, que no he entendido nada. Soy un político y mi misión es otra. No obstante, me ha parecido interesante alguna de las perspectivas que plantean antes de que lleguen esas fórmulas y palabras extrañas que, sinceramente, me obligan a dejar de leer.

Pedro abrió una botella de coliol y les ofreció un trago a los presentes. Sólo dos aceptaron la invitación. Uno de los científicos, visiblemente nervioso, elucubraba secretamente sobre la terrible sospecha de que, en adelante, el gobernador obligara a todos los científicos a escribir sus textos en un lenguaje comprensible. “¡Sería el fin!” pensó muy preocupado.

–        Verán ustedes – dijo Pedro -, como pueden observar, la tensión belicista de esta época hace que el futuro de Montes Tarao dependa de cualquier aspecto que pueda darle una ventaja en la lucha. Si no he entendido mal, algunos de sus trabajos plantean que, con suficientes fondos, podría abordarse cierta investigación cuyos resultados podrían resultar muy interesantes y provechosos. Resulta que yo puedo proveer esa financiación.

12

Valor Séptimo abrazó a Pedro sonriente, como acostumbraba a hacer en todos sus encuentros. Dos soldados permanecían junto a la puerta del despacho.

–        Es siempre un placer volver a verte – dijo Valor. Se dio la vuelta para comprobar si los soldados abandonaban la sala. Observó que no lo hacían y volvió a dirigirse a Pedro. Éste le invitó a tomar asiento.

–        ¿Has tenido un buen viaje desde Ciudad? – preguntó Pedro, con gesto serio.

–        Sí, sí… – respondió Valor, algo extrañado. Después, con cierta inquietud, continuó –. Por cierto, el tren se detuvo largo rato en Vado Tarao, primer pueblo en tu provincia según se llega de Ciudad. Parece que tus chicos se están tomando muy en serio la seguridad… Bueno, tú me dirás qué es eso tan importante…

Pedro se levantó del asiento.

–        Valor, quiero anunciarte que dentro de una hora haré un comunicado por radio a todo Montes Tarao. En él anunciaré que Montes Tarao declara su independencia de la República.

Valor se rió estruendosamente.

–        Vamos, ahora en serio – respondió Valor sonriente.

–        Valor, hablo en serio.

Esta vez Valor cambió su gesto completamente.

–        ¿Qué? ¿Qué… memeces estás diciendo? ¡No digas bobadas! – respondió nervioso, levantando la voz.

–        Valor, esta tierra y yo tenemos planes que ya no pasan por la República.

–        ¿Qué estás diciendo? – ahora ya estaba furioso – ¿Te parece que éste es un buen momento para que luchemos separados contra el determinismo mundial? ¿Eres consciente de lo que está ocurriendo en Río Mos durante los últimos meses? ¿Has oído los discursos de Martillo Noveno, en los que llama a extender la revolución determinista a todo Hogar? – Valor señaló a Pedro con el dedo -. Montes Tarao recibió una máquina generadora para que la provincia se convirtiera en un seguro contra los deterministas en un caso de emergencia… ¡Pero jamás para que se separase de la República! ¡Eso es absurdo!

–        Las prioridades de Montes Tarao son otras en este momento.

–        ¿Tú… tú eres consciente de quién eres? – preguntó Valor, iracundo – ¿Eres consciente de quién te puso donde estás? ¡Tú no eres nada!

–        He de anunciarte igualmente – continuó Pedro en tono bajo y sereno – que la independencia económica y productiva de Montes Tarao requiere que nuestro gobierno tome el control de ciertas infraestructuras de interés estratégico. En concreto, los centros de producción de varias materias primas han pasado a estar desde hoy mismo bajo el control de inversores locales o del propio gobierno directamente.

–        ¿Qué? ¿Es ése tu respeto a la propiedad privada? ¿Te has vuelto determinista tú también?

–        Hago lo que mi patria necesita en este momento.

–        ¿Tu patria? ¿Qué palabra es ésa? ¡Despierta! ¡No estás dando un discurso en tu plaza!

–        Valor, el plan de expropiaciones afecta a tus posesiones en este país. A todas ellas. Desde hoy mismo.

Valor Séptimo guardó silencio durante un momento. Señaló a Pedro con el dedo. Sus ojos se inyectaron en sangre. Los soldados que aguardaban junto a la puerta hicieron un amago de acercarse, pero Pedro les indicó con un gesto que no lo hicieran.

–        ¡No puedes hacer esto! ¡Traidor! ¡Yo te di todo lo que tienes! ¡Yo hice de ti lo que eres! ¡Maldito traidor! – exclamó a gritos.

–        Y ahora – continuó Pedro, impasible –, debes disculparme. Debo preparar mi discurso.

–        ¡No puedes hacer esto!

Los soldados se acercaron a Valor y le agarraron por los brazos. Éste se zafó de ambos con un violento ademán. Pedro levantó el brazo para evitar que los soldados intervinieran.

–        ¡Me voy solo! ¡No hace falta que nadie me acompañe! – dijo Valor –. Esto no se queda así – señaló a Pedro de manera amenazante -. Me voy a reclamar lo que es mío.

–        Valor, ya no es tuyo. No lo hagas.

Valor lanzó una mirada fulminante a Pedro. Se dio la vuelta y salió por la puerta.

13

Mientras Pedro dirigía su discurso de declaración de independencia por radio a todo Montes Tarao, un taxi dirigía a Valor Séptimo a una de sus minas de cobre. Al llegar, encontró la entrada cerrada. Varios soldados del ejército monteño custodiaban la reja de entrada.

–        ¡Abrid la puerta! ¡Ésta es mi mina! – gritó.

Un soldado se le acercó.

–        Esta mina es propiedad del gobierno de Montes Tarao. Abandone la entrada al recinto, por favor.

–        ¡Imbécil! ¡Esta es mi mina!

El soldado permaneció callado. Valor, fuera de sí, sacó un revólver de su chaqueta e hizo un disparo al aire. El soldado reaccionó apuntando su fusil a Valor. Los demás soldados se acercaron corriendo y apuntaron a Valor.

–        ¡Abrid la puerta! ¡Esta mina es mía! – volvió a gritar Valor.

–        ¡Tire esa pistola! ¡Ahora! – gritó un soldado.

–        ¡Esta mina es mía!

–        ¡No volveré a repetirlo! – exclamó el soldado.

–        ¡Tire el arma! – gritó otro soldado.

Valor apuntó con su arma hacia los soldados. Un soldado disparó a Valor. Su cuerpo cayó al suelo.

Mientras se retorcía de dolor en posición fetal, expulsando sangre del estómago, alcanzó fuerzas para gritar por última vez.

–        ¡Esta mina es mía!

14

El Parlamento se reunió en sesión especial de urgencia. Hermano 27351, algo más envejecido de lo que se correspondía con su edad, se dirigió a la cámara.

–        Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró para sus adentros antes de comenzar -. Señores, la República, casa común de todos los hijos de Pedro en Hogar y símbolo de la unidad de todos ellos, debe reaccionar urgentemente ante semejante desplante a su soberanía. El régimen instaurado en Montes Tarao se está convirtiendo en el origen mismo del mal. Durante los últimos años, la dirección de su actual Gobernador ha empujado a sus gentes hacia un nacionalismo racista, algo que resulta una aberración en un mundo donde todos somos Pedro Martínez. Millones de fieles pedristas han sufrido durante los últimos años la persecución o el destierro en esa tierra desbocada hacia la más esperpéntica ruina moral. Es por ello que solicito al Partido Comercialista la inmediata aprobación del envío del grueso del ejército republicano para sofocar semejante amenaza no sólo a nuestra nación sino a nuestra moral más sagrada. No olvidemos, por otro lado, que este hecho podría ser el detonante de la secesión de otras regiones de la República en el futuro.

Negocio Quinto, cabeza visible del Partido Comercialista desde que Primer Mercante se retirara de la política cinco años atrás, subió al estrado.

–        Señores parlamentarios, deseo iniciar mi intervención anunciando que el Partido Comercialista lamenta profundamente el acto de desleatad mostrado por Montes Tarao hacia la República. Además lamentamos, de una manera más cercana y humana, el reciente fallecimiento de un gran mentor de nuestro partido, Valor Séptimo, en manos del ejército monteño, en lo que sin duda fue debido a una lamentable y terrible confusión. Sin embargo, todos los hombres de bien que entendemos el significado de la responsabilidad y del propio esfuerzo, que condenamos el determinismo y su actitud de hacer a todos iguales, premiando al que no tiene mérito, no debemos enfrentarnos entre nosotros en un momento tan crítico para la libertad en Hogar. La antigua provincia de Río Mos, por medio de su dirigente Martillo Noveno al frente, realiza llamamientos constantes a la revolución determinista mundial y ha anunciado que, en caso de necesidad, hará el uso de la fuerza para liberar a los obreros de toda la República. Su actitud peligrosamente beligerante dirige su mirada hacia la provincia de Valle Pedopís, que su ejército podría tratar de ocupar para aumentar su radio de influencia. En este contexto, iniciar una operación de castigo contra Montes Tarao por su reciente movimiento podría ser una forma de debilitar a ambas partes, a lo que queda de mundo libre, contra nuestro enemigo común. A pesar de su error actual, el gobernador de Montes Tarao, Andro Primero, se ha mostrado históricamente ante todo Hogar como un valedor de la libertad contra el determinismo revolucionario. En muchas ocasiones comandó sus ejércitos en Montes Tarao para frenar peligrosos focos de rebelión determinista que podrían haber desatado una grave revuelta determinista como la que finalmente golpeó Ciudad, de infausto recuerdo, y desde la cual una parte de la población mundial vive bajo el yugo determinista. Es por ello que el Partido Comercialista propone a esta cámara ofrecer un pacto antideterminista a Montes Tarao y aceptar su autonomía sin restricciones para no entorpecer su aportación a nuestra cruzada común contra el determinismo.

Ante los abucheos de los pedristas y la mirada crítica de algunos comercialistas, Negocio bajó del estrado y ocupó su asiento. Hermano 27351 volvió a dirigirse a los presentes.

–        Señor Negocio, consideramos que su visión de la magnitud del problema al que nos enfrentamos es muy ingenua. Los rumores de que Montes Tarao ha estado desarrollando en secreto un enorme ejército, el cual excedería con creces aquél que la República permite desarrollar autónomamente a cada provincia, son bien conocidos por todos. ¿Podemos confiar en que ese inmenso ejército, que podría incluso superar al de toda la República, se comportará de manera fiel a los intereses de la República?

La intervención de Hermano 27351 desató los rumores de los parlamentarios. Negocio volvió a tomar la palabra.

–        Hermano, considero que la creación de un gran ejército por parte de un aliado en nuestra lucha común puede ser la mejor garantía en nuestro éxito global contra el determinismo.

El presidente de la cámara preguntó a los líderes de ambos partidos si deseaban continuar el turno de réplicas. Ante el escueto “Está todo dicho” de Hermano 27351, el presidente convocó la votación. Con los votos mayoritarios del Partido Comercialista, y ante las protestas e insultos de los pedristas, se aprobó la aceptación de la independencia de Montes Tarao y su secesión de la República del Hogar.

15

Pedro siempre se mostraba exultante cuando hablaba ante su gente. Las masas le hacían sentir fuerte e invencible. Su triunfo sobre la masa, sobre los habitantes de ese mundo que le había tocado vivir, era paradójicamente un reflejo de su triunfo sobre sí mismo, o más bien sobre las vidas que le hubieran podido corresponder.

Abrió las puertas del balcón de palacio. La Plaza Principal de Pueblo Tarao le respondió con el más ensordecedor de los rugidos. Al lado derecho del balcón, ocupando el resto de la fachada del palacio, se encontraba una inmensa bandera. Era la bandera que Pedro había diseñado unos meses atrás, con su hipnótico y complejo nP central.

Pedro se acercó al micrófono. Levantó el brazo y extendió la mano.

–        ¡Muera Pedro! – gritó.

La masa, como un sólo hombre, le respondió “¡No somos Pedro! ¡No somos pedristas!”. Pedro sonrió con satisfacción.

–        ¡Hijos monteños! ¡La patria es nuestra! ¡Nuestro destino es nuestro!

Los gritos de júbilo inundaron la plaza. Pedro esperó unos segundos antes de continuar.

–        ¡Hijos monteños! ¡Nuestra patria ha comenzado su inexorable camino hacia la gloria! Compatriotas, nuestra patria tiene que cumplir su destino universal que trasciende sus propias fronteras. ¡Nuestra cruzada contra el pedrismo mundial ha comenzado!

La masa volvió a tronar.

–        ¡Compatriotas! Esta cruzada requerirá grandes esfuerzos de todos nosotros. Sin embargo, nuestra estirpe está preparada para el reto. Nos mantendremos unidos, como un sólo hombre, en esta nueva etapa que iniciamos. Para lograr la victoria necesitamos disciplina. Necesitamos mantener nuestra pureza contra los enemigos internos y externos. En este mismo momento, todos nosotros declararemos nuestra lealtad total con nuestra patria, sin sombra de desunión ni discrepancia. En adelante, los corruptos e ineficientes partidos políticos de la República, que nada nos han aportado jamás, quedarán abolidos. Nuestra lucha quedará representada por el símbolo de nuestra comunión con nuestra patria, materializada en el recién creado Partido Antipedrista, del cual yo mismo tengo el honor de declararme primer miembro.

Se produjo un gran clamor general. Miles de ciudadanos manifestaban a gritos su deseo de unirse al partido.

–        ¡Compatriotas! Ante nosotros tenemos una gran misión. La conspiración pedrista, que durante toda su historia ha luchado contra todos los monteños, que durante tanto tiempo ha tratado de nublarnos la vista con sus horribles objetivos y falaces ideales, está a punto de sucumbir ante nuestra fuerza. ¡Les demostraremos nuestra superioridad! ¡Ganaremos! La Historia observará el sacrificio de sus hijos monteños en su cruzada contra el pedrismo. La Historia sabrá reconocer nuestra abnegación con agradecimiento infinito.

Muchos ciudadanos escuchaban el discurso de Pedro con el brazo levantado y la mano extendida, manteniendo sin descanso el saludo inicial desde que Pedro apareciera en el balcón.

–        ¡Monteños! Hoy es el día en que todos debemos desatar nuestra verdadera naturaleza antipedrista. Seré yo mismo el primero en hacerlo. He de confesaros, compatriotas, que mi nombre no es Andro Primero. Andro es un acrónimo de mi verdadero nombre. Hijos míos, me llamo Antipedro Primero. ¡Soy vuestro Antipedro, y será un honor guiar a la raza monteña a la victoria!

La masa comenzó a gritar al unísono “¡Antipedro! ¡Antipedro! ¡Antipedro!”.

16

Pedro notó que la fiebre de la gripe anual invadía su cuerpo. Había llegado el momento.

Fue a las dependencias de Distinto Único, también griposo, y le anunció que aquel sería un día grande. Después regresó a su despacho y convocó una reunión urgente de su estado mayor.

Entonces dio la orden. Un millón de soldados monteños, todos ellos Acecho Segundo, perfectamente armados y equipados, salieron de sus barracones embutidos dentro del traje antiviral con casco que habían llevado puesto ininterrumpidamente durante las últimas dos semanas. Todos ellos se montaron en camiones y, flanqueados por varios miles de tanques, se dirigieron hacia la frontera con Valle Pedopís.

Allí, dos destacamentos de soldados republicanos con gripe y peor equipados tardaron dos horas en ser eliminados completamente. En la operación militar más rápida y fulgurante que se recordaba en Hogar, y con una superioridad aplastante, el ejército monteño tardó menos de cuatro horas en ocupar completamente la provincia de Valle Pedopís.

Seis horas después del inicio del ataque, Negocio Quinto se reunía con Hermano 27351 en Ciudad y aceptaba la evidencia. Ante la ausencia de cualquier tipo de comunicado desde Pueblo Tarao, la República del Hogar declaraba la guerra a Montes Tarao.

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