Predícese el mundo: Capítulo VI

CAPÍTULO VI

1

Las puertas de la furgoneta se abrieron y la luz exterior entró como un fogonazo. Dos guardas entraron y empujaron a Pedro afuera.

La Plaza Principal de Pueblo Tarao era testigo de un acontecimiento histórico. El comienzo del juicio contra Antipedro Primero, dos meses después del final de la guerra, había atraído a Pueblo Tarao a varios millones de personas. Los gobiernos de Ciudad y Orilla Mos habían decidido responsabilizar de la guerra y juzgar únicamente al antiguo líder de Montes Tarao, e indultar al resto de altos cargos. Durante la guerra, con el objetivo de justificar el bombardeo de las poblaciones monteñas, la propaganda y la prensa de la República y de Orilla Mos habían demonizado a todos los monteños. Una vez terminada, las dos potencias ganadoras pasaron a mostrar el régimen monteño como el resultado de un individuo destructivo que había ejercido un poder despótico sobre todos los que le rodeaban, incluidos sus altos mandos, sobre los que las purgas con puño de hierro habían sido habituales. Por tanto, Montes Tarao habría sido dirigido por un régimen personalista que había subyugado a todo su pueblo. De esta forma se trataba de mostrar que el nopedrismo era el resultado de la locura de un sólo individuo y que esta doctrina, fruto de los delirios de un solo hombre, era injustificable y absurda como ideología colectiva. Los antiguos altos cargos de Montes Tarao aceptaron de buen grado esta versión de los hechos, y las potencias ganadoras esperaban que ésta se extendiera entre la propia población monteña, para que finalmente ningún monteño recordase o afirmase recordar haber sido nopedrista.

Más allá del cordón de seguridad que impedía el acceso a la plaza, la muchedumbre se apretujaba entre gritos y consignas. Al ver aparecer a Pedro, los gritos se hicieron ensordecedores. Cientos de coliflores volaron desde la masa en dirección hacia Pedro, pero ninguna alcanzó a recorrer ni la tercera parte de la distancia que los separaba de él.

Pedro observó con curiosidad que un gran porcentaje de los congregados tenía puesta una mascarilla en la cara. Se estimaba que en unos pocos días comenzaría la semana de gripe anual, y eran muchos los que habían decidido evitarla ese año. “Vaya, esos que tanto me odian están usando una idea mía” pensó Pedro. Recordó lo curioso que siempre le pareció que algo que era poco más que una simple cadena genética pudiera penetrar en todos los individuos y vencerlos. “Mientras tanto, yo mismo, con todas mis armas, fui derrotado” pensó con amargura. Pedro pensó que, entre los gobiernos ganadores, debía existir una cierta prisa por colgarlo antes de que llegase el parón productivo por la gripe anual.

Rodeado de la coraza de escudos antibalas que los guardias habían desplegado, Pedro pudo entrever los cambios que se estaban llevando a cabo en la plaza. El templo pedrista que él mismo vio arder hacía algún tiempo estaba siendo reconstruido y, a juzgar por el estado de las obras, a ritmo frenético. Entre los obreros que se afanaban en sus andamios, Pedro creyó ver a alguno de los que en su día había participado de su gloriosa y liberadora destrucción. También su antiguo palacio estaba siendo reconstruido, al menos el ala central. No en vano, éste sería el lugar en el que se celebraría el juicio contra él.

Pedro fue conducido al interior del edificio, donde dos largas filas de soldados republicanos y deterministas le tenían preparado una especie de pasillo que supuestamente era de seguridad, si bien posiblemente se tratara más bien de un pasillo de la deshonra creado para regocijo de los soldados integrantes. Pedro pudo observar muchas chapas AhorraPlus al valor colgando de los uniformes de los soldados, por lo que dedujo que la presencia en esa fila debía ser una especie de premio. Al final del pasillo se abría la gran sala que había sido habilitada para el juicio. Pedro fue conducido al banquillo de los acusados y fue obligado a sentarse.

Entonces un soldado anunció la constitución del tribunal para juzgar los crímenes de guerra de Antipedro Primero. El tribunal estaría formado por los republicanos Noveno Ingreso y Hermano 9127, así como por el determinista Destino Tercero. Los jueces entraron en la sala y el público congregado, formado fundamentalmente por periodistas y soldados, se puso en pie. Los dos guardias que custodiaban a Pedro hicieron un amago para levantar a Pedro, pero éste se negó. Se acercaron otros cuatro guardias y le levantaron por la fuerza. Cuando dejaron de agarrarle, Pedro volvió a sentarse. Un soldado se disponía a golpearle en el estómago con su fusil, cuando el juez Ingreso intervino.

–          No, soldado, déjele estar como quiera. El hecho de que un detenido no acate la autoridad de un tribunal no afecta la legitimidad de éste.

Entonces Pedro, la única persona sentada en la sala, comenzó a gritar desde su asiento.

–          ¡Malditos! – exclamó mientras miraba a Ingreso a los ojos y levantaba el puño – ¿Para qué montáis esta farsa de juicio? ¡Si vuestra legitimidad es la de las armas, matadme sin montar este circo!

Ingreso no se dio por aludido. Mientras Pedro gritaba, Ingreso sacó un papel y comenzó a leerlo.

–          Comienza el juicio de la Autoridad Militar Internacional de Montes Tarao contra Antipedro Primero…

Mientras Ingreso leía, Pedro seguía gritando.

–          ¡La única razón por la que soy yo el que está sentado aquí en lugar de vosotros es que vosotros ganasteis!

Destino se dirigió en voz baja a Ingreso.

–          Si persistiera en su actitud, podríamos desalojarle y continuar sin él…

Hermano 9127 intervino, también en voz baja.

–          No, debe permanecer aquí – dijo mientras miraba fijamente al acusado -. Ya se cansará.

Ingreso siguió leyendo en voz alta.

–          …por los cargos de genocidio, ruptura de la paz y crímenes de guerra…

–          ¡Yo no habría montado esta farsa! – interrumpió Pedro – ¡Os habría mandado fusilar sin más!

Ingreso vaciló durante unos instantes. Consciente de que cualquier interrupción sería una pequeña victoria del acusado, reanudó la lectura inmediatamente.

–          …según el código militar internacional creado ex profeso para la celebración de este juicio.

Ante estas palabras, Pedro comenzó a reírse sonoramente.

–          ¿Un código hecho para mi propio juicio? – preguntó Pedro – ¿Y qué pone? ¿Artículo 1: Antipedro Primero es culpable? ¿Para qué gastar más papel?

Ingreso ignoró el detalle y se dirigió directamente a Pedro.

–          ¿Cómo se declara el acusado? – preguntó Ingreso.

Pedro prolongó su risa durante unos segundos más. Después habló.

–          Podría declararme culpable y terminar rápidamente – dijo -. No obstante, dado que los señores de la prensa han venido a verme, creo que aprovecharé la oportunidad que me brindan para explicar mi causa a Hogar. Las próximas generaciones analizarán lo que yo diga en este juicio. Puedo afirmar, estoy completamente seguro de ello, que algún día el nopedrismo triunfará. Por tanto, me declaro inocente.

Las palabras de Pedro provocaron murmullos entre el público. Los jueces se miraron entre sí. Los gobiernos de Ciudad y Orilla Mos decidieron desde un principio que el juicio no debería convertirse en una apología del nopedrismo. Además, con el objetivo de facilitar la transición de todo Hogar, existía la clara intención de que el proceso no se prologara demasiado en el tiempo.

–          Está bien – dijo Ingreso -. El soldado jurista Hoz Cuarto será su abogado.

El aludido se levantó de una silla contigua al banquillo y se dispuso a acercarse. Pedro comenzó a reírse de nuevo.

–          ¿Un determinista? – dijo sonriéndose -. Esto es una burla…

Los jueces volvieron a mirarse. El código militar elaborado para el juicio impedía claramente que el acusado fuera defendido por un monteño. El juez Destino habló.

–          Si lo prefiere, el acusado puede defenderse a sí mismo – dijo.

–          No lo prefiero. Quiero otro abogado.

Los jueces callaron, estupefactos. Bajo su estrado, Ingreso ocultaba la copia del código militar que había recibido tres días antes desde Ciudad. Disimuladamente, miraba hacía abajo mientras pasaba páginas frenéticamente en busca de alguna referencia a posibles cambios de abogado. En ese momento, comenzó a sentir que preferiría estar en su villa de Costa Mamá que en esa sala. Mientras leía en voz baja, 9127 se dirigió a Ingreso y a Destino.

–          Lo que quiere es un abogado pedrista – dijo con voz grave.

–          Menudo hijo de puta – dijo Destino.

Ingreso seguía concentrado en su lectura furtiva. Después intervino.

–          Sí, puede hacerse…

–          Aceptemos el reto… – respondió 9127.

9127 llamó a un soldado y le habló al oído. Éste se dirigió al público y habló con un presente. Éste se levantó y se dirigió hacia el estrado.

–          Está bien – dijo 9127 -. Su abogado será el soldado Hermano 374512.

Pedro respondió.

–          Vale, el número no me importa – dijo mientras esbozaba una amplia sonrisa.

2

El fiscal exponía a la sala su alegato inicial mientras Pedro bostezaba. Todos los desaires de Pedro eran recogidos inmediatamente por los ávidos fotógrafos de la prensa, mientras que los jueces habían decidido ignorarle. Después de un rato escribiendo, Pedro mostró al público el resultado de su trabajo: un dibujo con una caricatura de los tres jueces.

–          Señores – continuaba el fiscal –, estamos hablando de una guerra que ha causado más de cien millones de muertos entre los ciudadanos de la República y de Río Mos. Y, no lo olvidemos, cada uno de esos individuos comparte con todos nosotros lo más íntimo: nuestra propia identidad. Todos ellos fueron nosotros durante muchos años. Durante los primeros días de sus vidas, todos ellos, todos nosotros, fuimos Pedro Martínez. Por eso, esas muertes deben dolernos especialmente, y no pueden pasar desapercibidas.

Pedro sonreía. El fiscal miró a Pedro con desprecio y continuó.

–          Es de destacar el contrasentido que supone la ideología maquinada e implementada por el acusado. El nopedrismo es una ideología basada en el nacionalismo radical. El nacionalismo promueve que los individuos se sientan completamente identificados con una tierra, con una patria, basándose únicamente en la ubicación física de la máquina generadora que les trajo al mundo. Este argumento es absurdo, pues la máquina generadora en la que cada uno de nosotros nace no depende de nosotros. No es una decisión nuestra, y no influimos en ella de ninguna manera. Por tanto, basar nuestro total amor u odio hacia otros semejantes en criterios de nacionalidad es basar dichos sentimientos en un factor completamente aleatorio. Es como si un individuo, al llegar a una determinada edad, lanzara un dado para decidir a qué vecinos de su bloque va a odiar y a cuáles va a amar, con cuáles se va a aliar y cuáles serán sus enemigos.

–          El nopedrismo no tiene nada de absurdo – intervino Pedro, levantándose por primera vez del banquillo. Varios flashes surgieron desde la zona del público -. ¡Unió a la gente contra el pedrismo, principal mal de este mundo!

Esta vez el fiscal ignoró a Pedro.

–          Es por ello – continuó – que resulta más absurdo y más atroz si cabe lo que el acusado inició: una guerra de exterminio contra algunos de los individuos de este mundo. Muy concretamente, contra los pedristas.

El fiscal solicitó permiso al tribunal para apagar las luces de la sala y proyectar unas diapositivas. Un soldado apagó la luz. Pedro se agitó ligeramente en su asiento. De manera instintiva, sus guardianes decidieron agarrarle fuertemente por los brazos mientras los fotógrafos hacían su trabajo. Entonces una pantalla de proyección se iluminó y el fiscal pulsó un botón. Surgió la imagen de una diapositiva. Mostraba una especie de instalación industrial.

–          Señorías, esta es una de las centrales de biomasa que Montes Tarao edificó a lo largo de todo el territorio que su ejército llegó a controlar. Estos lugares fueron verdaderos centros de horror y atrocidad. Los pedristas que eran capturados durante la guerra eran enviados a alguna de ellas. Estos centros estaban concebidos para extraer de manera natural la energía acumulada dentro de los hombres que eran enviados a ellos. Para ello, los pedristas eran hacinados dentro de una cámara sellada con una alta concentración de bacterias descomponedoras. La variedad de bacterias descomponedoras que están presentes en Hogar es notable debido a la poca higiene que tenía la casa de Gómez en el momento en que la estructura de Pedro Martínez fue captada y enviada.

El fiscal pasó a una nueva diapositiva.

–          Durante varios días – continuó -, el hambre, pero mucho más la sed, provocaba una gran agonía en los cautivos. Cuando las defensas de los individuos más desnutridos decaían, las bacterias comenzaban a decomponerlos. Este proceso comenzaba cuando todavía estaban vivos. Entonces, el calor producido por la reacción oxidativa de las células descomponedoras, debido principalmente a la descomposición de las moléculas de ATP de los tejidos de los cuerpos, era aprovechado para producir energía. Cuando la mayor parte de materia orgánica acumulada en las cámaras era consumida por las bacterias, los restos sobrantes de los cuerpos, fundamentalmente tejidos de descomposición muy lenta e improductiva como los huesos, eran introducidos en una segunda cámara cuya función era la simple eliminación. Se trataba, básicamente, de un horno crematorio. Una pequeña parte de la energía obtenida y acumulada en el primer proceso, el de descomposición, alimentaba los hornos. No obstante, el resto de la energía obtenida en dicho proceso era utilizada por el ejército monteño para generar nuevos soldados preparados para la guerra y totalmente equipados.

El fiscal pulsó un botón y surgió una nueva imagen. Mostraba los restos de cadáveres que se encontraron dentro de un horno. El juez 9127 murmuró una oración.

–          Es de destacar que este mecanismo de producción de energía no es muy eficiente, pues la descomposición de la materia orgánica provocada por las bacterias, aunque efectiva, es lenta. La energía acumulada en la materia orgánica se libera despacio cuando se extrae de esta manera, lo que resulta inútil para desencadenar procesos explosivos. Por lo tanto, no debemos olvidar que estos centros tenían otro papel no necesariamente secundario: el de exterminar a los pedristas. Es decir, el de llevar a cabo un genocidio – el fiscal se dirigió hacia todos los presentes. Después volvió a mirar al tribunal -. Señorías, ¿cómo es posible que el acusado ordenara a su ejército eliminar a sangre fría a millones de seres que eran idénticos a él mismo y a cualquier habitante de este planeta?

El fiscal guardó silencio durante unos segundos.

–          Es por ello – continuó – que debo solicitar la pena de muerte para el acusado.

3

–          El abogado de la defensa puede hacer su exposición inicial.

Pedro miró a 374512 con gesto risueño. 374512 se puso en pie y se situó en el centro de la sala. Miró a los ojos uno por uno a todos los miembros del tribunal, y después centró su mirada en Pedro. Se acercó a él.

–          Tú te escapaste de mis garras – dijo Pedro, sonriente -, ¿eh, pequeño acólito de Gran Pedro?

El abogado guardó silencio. Entonces, sacó su pistola reglamentaria y apuntó a Pedro a la cabeza. Este movimiento sorprendió a toda la sala. En particular, Pedro pareció muy gratamente sorprendido.

–          ¡Deténgase, abogado! – gritó Ingreso.

Varios soldados apuntaron sus fusiles a la cabeza del abogado.

–          ¡Tire el arma! – gritó un soldado.

–          ¡No puedo hacerlo! – gritó el abogado.

–          ¡Repito! ¡Tire el arma! ¡Es completamente innecesario!

–          ¡No puedo! – repitió el abogado.

–          ¡No se lo volveré a repetir!

El abogado quitó el seguro de la pistola. Entonces un soldado disparó su fusil. La cabeza del abogado estalló en múltiples pedazos. La sangre salpicó a Pedro en la cara.

La sala quedó en completo silencio.

Pedro sonrió. Estaba exultante.

–          Incluso desde el banquillo de los acusados del tribunal que me condenará a muerte consigo seguir matando pedristas – gritó triunfal mientras sacaba la lengua para chupar la sangre que le había caído cerca de su boca.

Los fotógrafos, frenéticos, comenzaron a retratar a Pedro, que permanecía sonriente con restos de sangre y sesos en su cara. Pedro cogió un pedazo de sesos que le había caído en la frente y lo mostró a los objetivos, orgulloso.

9127 se levantó de su asiento enfurecido.

– ¡Basta! – tronó, enfurecido – ¡En adelante, la sesión continuará a puerta cerrada! ¡Que todo el público abandone la sala! ¡Se suspende la sesión hasta mañana!

4

Pedro fue conducido a su celda. En lugar de cena, sus guardianes le propinaron una gran paliza. Al día siguiente, cuando la furgoneta que le conducía llegó a la Plaza Principal, Pedro salió de ella dolorido pero altivo. Se proponía mostrar sus moratones al mundo, pero observó sorprendido que esta vez no había público ni prensa alrededor de la plaza. Varios helicópteros sobrevolaban la plaza. Se oían gritos a varias calles de distancia. “Han ensanchado el cordón de seguridad para que nadie me vea. Parece que he causado un gran revuelo” pensó con orgullo. “Me tienen miedo”.

Nuevamente fue conducido a la sala del juicio, esta vez sin público. Para su sorpresa, el juez Ingreso ya no estaba en la terna de jueces. En su lugar, un nuevo juez se presentó.

–          Soy el juez Transacción Décimo Sexto. Sustituyo al juez Noveno Ingreso por una circunstancia extraordinaria.

–          Parece que han rodado cabezas por el espectáculo de ayer, ¿eh? – dijo Pedro, divertido – ¿He hecho caer el gobierno de la República? ¿Habrá elecciones anticipadas? ¿Tan fácil ha sido acabar con los políticos que ganaron la guerra?

Un soldado se acercó y le golpeó con su fusil en la cara. Pedro cayó al suelo, ensangrentado. Otros dos soldados le levantaron y le volvieron a sentar en el banquillo.

–          Acusado, no toleraremos más espectáculos – dijo Transacción.

En medio de un intenso dolor, Pedro se limitó a sonreír.

–          Ahora, por favor – continuó Transacción -, haga su alegato de defensa.

–          ¿No tengo abogado? – preguntó Pedro. Al abrir la boca, salió algo de sangre de ella.

–          Sí lo tiene. Es usted mismo.

Pedro volvió a sonreír.

–          Entiendo… Bien, trataré de hacer que entiendan mis actos durante los últimos años. Al fin y al cabo, considero que si todos hubieran entendido mis motivos, todos los habitantes de este planeta me hubieran dado la razón.

–          Permítame dudarlo – intervino el juez Hermano 9127 con cierto sarcasmo.

Pedro quedó sorprendido por la interrupción. Se dio cuenta de que, tal como había tratado de provocar el día anterior, la formalidad del juicio había desaparecido por completo. Paró un momento para escupir sangre y acto seguido continuó hablando.

–          Ustedes afirman que este mundo está poblado por seres exactamente iguales. Sin embargo, el reciente exterminio de pedristas es una prueba implícita de que eso no es cierto, pues existe un criterio según el cual determinados individuos fueron exterminados y otros no, es decir, existe un criterio de distinción. Verán ustedes, existen dos opciones con respecto a mi opinión sobre el pedrismo. O bien mi opinión es correcta, y el pedrismo es una doctrina absurda, aberrante y destructiva que debe ser eliminada, o bien no tengo razón. En caso de estar en lo cierto, mi cruzada habría estado justificada bajo el pretexto de salvar a Hogar de un gran mal. En caso de no estarlo, entonces yo mismo sería el ser aberrante que debería ser eliminado. Entonces yo, como una instancia más de Pedro Martínez, supuesto ser perfecto de innata bondad, soy la prueba viviente de la falsedad del pedrismo, pues un ser procedente del molde divino de Pedro Martínez debe ser un ser perfecto. Los pedristas divinizan a todos los individuos por su propia procedencia divina, pero yo, personificación del mal en sí mismo, no puedo ser divino o perfecto. Dios no podría no creer en Dios, pues entonces no sería perfecto y no sería Dios. En los dos casos que he considerado, que son los únicos casos posibles, el pedrismo es falso.

Entonces Pedro guardó silencio. 9127 habló.

–          Los argumentos del acusado – dijo – son falaces, pues el acusado olvida el papel colectivo de la perfección de Pedro Martínez. De la perfección del individuo surge la perfección del colectivo y esta perfección, suma de la perfección de todos los individuos, supera la de cualquier ser individual. Es por ello que hay que interpretar la perfección de todos los sucesos acaecidos durante la guerra de Hogar en su conjunto. La guerra en este mundo ha representado una lucha interna de Pedro Martínez, cuya mente se ha debatido entre el bien y el mal. El debate de esta mente global ha quedado representado por la lucha entre todas las instancias de Pedro Martínez en Hogar, es decir, entre todos los habitantes de nuestro planeta. Todo este mundo y su sociedad es una representación a gran escala de los pensamientos más profundos y de las potencialidades de Pedro Martínez. En esta lucha, ha ganado el bien. El pedrismo, tras el sacrificio y martirio de sus individuos, ha quedado reforzado. Hemos probado a Hogar no sólo nuestra victoria moral, sino también nuestra victoria social.

Los jueces Transacción y Destino dirigieron su mirada hacia 9127. Sus rostros mostraban cierto gesto de desaprobación.

–          El pedrismo no ha logrado una victoria global – indicó Pedro-. Habéis perdido unos cuantos millones de votos en las próximas elecciones al parlamento de la República. Han muerto muchos más pedristas que comercialistas, y esto se notará en el próximo parlamento de Ciudad.

–          No creo que esto tenga que ver con los temas que atañen a este tribunal – intervino rápidamente el juez Transacción.

Por un instante, 9127 pensó en comentar la futura propuesta del partido pedrista de redistribuir los escaños del parlamento de la República para dar más peso a las provincias tradicionalmente pedristas que habían sufrido las mayores operaciones de exterminio. Después recordó la oposición que había mostrado el partido comercialista ante la propuesta, y decidió callarse. “Ese maldito nos está poniendo de nuevo en ridículo” pensó irritado. Entonces decidió cambiar de tema.

–          Las aberrantes ideas del acusado – dijo – han tenido consecuencias terribles para todo Hogar. El acusado convirtió su locura personal en nuestra pesadilla colectiva.

–          Su visión miope y partidista le impide ver la realidad – respondió Pedro -. Fue la locura colectiva la que causó mi pesadilla personal. Un mundo poblado por individuos exactamente iguales es un mundo que no merece la pena ser vivido, pues es un mundo de agobiante soledad. La mera posibilidad de eliminar o apaciguar esa condición exaltando nuestra diferencia era lo único que mantenía mi deseo de vivir.

Los ojos de Pedro estaban vidriosos y febriles. Tras unos segundos de pausa continuó hablando.

–          Sé que la sentencia de esta parodia de juicio, mi condena a muerte, está decidida desde un principio. Si los pedristas tienen razón, entonces cuando muera iré al infierno para expiar todos mis pecados contra el pedrismo y contra mi propia naturaleza pedrista. No obstante, según la propia religión pedrista, el infierno es un lugar exento de la perfección de Pedro, es decir, es un mundo plural. Para mí ese mundo sería un verdadero paraíso en el que se cumplirían todos mis anhelos. Por tanto, si los pedristas tienen razón, entonces ejecutándome me harán un gran favor. Por el contrario, el paraíso pedrista, lugar de unicidad pedrista total, sería para mí un verdadero infierno.

Pedro miró fijamente a cada uno de los miembros del tribunal.

–          No tengo absolutamente nada más que decir – añadió.

5

Tras el discurso de Pedro, el tribunal quedó en silencio. Al final, el juez Destino habló.

–          Está bien, se suspende la sesión. El caso queda visto para sentencia. Este tribunal volverá a reunirse dentro de diez minutos para comunicar la sentencia.

–          ¿Y por qué no ahora mismo? – preguntó Pedro – No hay prensa que pueda quejarse de ninguna anomalía, así que podrán irse antes a sus casas.

Los tres jueces se miraron entre sí y se encogieron de hombros. 9127 había comenzado a sentir una verdadera irritación por la arrogancia de Pedro. Se apresuró a hablar.

–          Vale, ningún problema – dijo 9127 sonriendo -. Se considera al acusado culpable de todos los cargos y se le condena a morir en la horca mañana al salir el sol. Además, se ejecutará nuevamente al acusado cada año en el día del aniversario de su primera muerte, hasta que sus muertes igualen a las de sus víctimas. Para que eso sea posible, se tomará el plano del acusado antes de ser ejecutado, y cada año se generará una copia de él, que será colgada inmediatamente después.

Pedro no pudo ocultar que la sentencia le sorprendió, aunque le pareció algo ridícula.

–          ¡Eso es absurdo! – protestó – Salvo la primera vez, los demás individuos que serán ejecutados no serán yo mismo, sino una copia mía. Es cierto que todos ellos serán seres idénticos a mí en todo lo físico y, por tanto, en el contenido de su cerebro. Es cierto que todos ellos recordarán lo que yo recuerdo y pensarán como yo lo hago. ¡Pero no será mi consciencia la que sienta esos cuerpos ni la que los gobierne! ¡Al castigarles, no me estarán castigando a ! Pensemos en cualquiera de los Pedro Martínez de diecisiete años que son generados diariamente en Hogar con el mismo cerebro, los mismos recuerdos y los mismos pensamientos. ¿Acaso hay una única consciencia común que siente y gobierna todos ellos? ¿acaso hay una única consciencia que nos siente y gobierna a todos los habitantes de Hogar? ¿alguno de ustedes siente dos o más cuerpos a la vez? – preguntó sin ocultar cierto tono de burla. Nadie contestó -. ¡Todo esto es una idiotez! ¡Todas esas veces que ejecutarán una copia mía, no será a mí a quien castiguen!

El juez Transacción se apresuró a responder a Pedro.

–          Tiene razón en sus argumentos, pero nada de eso importa – dijo -. Lo que importa es que cada uno de ellos será alguien que se sentirá tan orgulloso de esos actos como lo está usted ahora. Y lo más importante es que, aunque cada uno de ellos no sea usted, sus recuerdos harán que tenga la conciencia y la completa sensación de ser usted. Eso, a efectos jurídicos lo convierte en usted, pues cada uno de ellos será tan culpable como usted. Y, por supuesto, su ejecución sucesiva nos proveerá nuestra necesaria sensación de venganza.

Pedro meneó la cabeza, estupefacto.

–          Ridículo… – dijo.

Finalizada la interrupción, 9127 decidió seguir comunicando la sentencia.

–          Por último, este tribunal internacional desearía hacer una petición a todas las autoridades competentes para que, en la medida en que sea posible, mantengan todas las centrales de biomasa que construyó el ejército monteño por todo Hogar, sin modificación alguna, para que puedan servir de recuerdo ante las generaciones futuras de todo lo que sucedió en Hogar y no debería volver a repetirse.

9127 buscó por la mesa algún mazo con el que golpear la mesa y dar por concluido el juicio. Entonces, el juez determinista Destino le tocó el hombro para interrumpirle e indicar su intención de intervenir.

–          Este tribunal quiere hacer una puntualización a la sentencia – dijo Destino. Transacción y  9127 se miraron sorprendidos -. El tribunal desea añadir que no culpa al acusado, pues el motivo de sus actos es su entorno y él no escogió dicho entorno. Nada distingue a un Pedro Martínez de ningún otro al nacer en Hogar, ni sus genes ni sus recuerdos, por lo que la responsabilidad de sus actos pertenece al entorno que le guió por un determinado camino en lugar de otro. Cualquier Pedro Martínez al que le hubieran afectado los condicionantes que le afectaron a usted habría obrado de igual manera.

Los otros dos jueces miraron a Destino muy fijamente. Transacción fruncía el ceño y 9127 sentía una cólera creciente.

–          No obstante – continuó Destino -, la existencia del acusado supone un grave riesgo para el bien y la seguridad común, y es por ello que, sin poseer el mérito o la culpa de sus actos, debe ser eliminado. El mundo no se divide entre buenos y malos, sino entre gente cuyos intereses son compatibles con los de los demás, y gente cuyos objetivos son incompatibles con los de los demás. Cuando la incompatibilidad es extrema, el individuo que la provoca debe ser, según su peligrosidad, apartado o eliminado. Esta sentencia no es un castigo, sino una medida por el bien común de la mayoría.

Irritado por el discurso proselitista del juez Destino, el juez Transacción se apresuró a intervenir.

–          Este tribunal desea retirar las palabras del juez Destino y añadir que el acusado tiene la libre responsabilidad y culpa por todos sus actos y que debe responsabilizarse de ellos con su muerte. Un mundo en el que no existe culpa es un mundo sin incentivos para actuar de ninguna manera determinada, y se convierte en un mundo caótico en el que…

El juez Destino se disponía a responder a las palabras de Transacción cuando el juez 9127 comenzó a su vez a hablar. Las voces de Transacción y 9127 sonaban a la vez.

–          El comportamiento del acusado – decía 9127 -, completamente contrario a la naturaleza pedrista inherente a todo habitante de este mundo, supone el máximo pecado imaginable contra la naturaleza divina de Pedro Martínez. La expiación de este pecado y el regreso a la naturaleza puramente pedrista requiere necesariamente la purificación por la muerte del sujeto que…

El juez Destino comenzó a emitir su enérgica protesta contra las palabras que estaba oyendo. Ahora las tres voces se oían a la vez. Entonces, una cuarta voz se sumó a las otras. Pedro se reía a grandes carcajadas. Poco a poco, las otras voces fueron apagándose. Cuando Pedro dejó de reírse, intervino.

–          Aunque ya traían pensadas de antemano las ocurrencias de su original sentencia, fruto de su deseo de pasar a la historia y de ocultar su mediocridad e incompetencia, quizá sí que necesitaban esos diez minutos para deliberar – dijo Pedro sin ocultar una amplia sonrisa.

Transacción sintió una punzada al percatarse de que habían vuelto a caer en una provocación del acusado. Iracundo y avergonzado a partes iguales, comenzó a buscar frenéticamente un mazo con el que golpear la mesa y dar el caso por terminado.

–          Ya veo lo fácil que les va a resultar repartirse Montes Tarao – añadió Pedro.

Fuera de sí, Transacción decidió golpear la mesa con su propio puño.

–          ¡Caso cerrado! – gritó, haciendo un pequeño gallo.

Pedro se puso en pie y señaló con el dedo a los jueces. Ahora mostraba un gesto más serio.

–          Nadie, ni este patético tribunal ni ninguna ideología me quitará la gloria de ser el que intentó librar a este podrido mundo del cáncer que lo carcome. Aunque perdí, la gloria de haberlo intentado por primera vez, de marcar el sendero a los que vengan después de mí, no podrá quitármela nadie, ni la horca más alta. Me da igual si tengo el mérito de lo que hice. Siempre he sido un hombre pragmático, y sé que lo único importante es que lo hice. Y, pueden estar seguros de ello, sus patéticas visiones del mundo morirán con ustedes, y la verdad que mostré al mundo perdurará. Ustedes morirán y yo sobreviviré.

Los guardias levantaron a Pedro por los brazos y le sacaron de la sala.

6

–          Tiene una visita – dijo el carcelero desde detrás de las rejas de la ventanilla.

Pedro se levantó de su camastro y se acercó a la puerta de la celda.

–          ¿Una visita? – preguntó intrigado.

Se oyó el chirriar de las llaves girando dentro de la cerradura oxidada. La puerta se abrió con un quejido. Dos figuras entraron en la celda. Tras acostumbrar su vista a la repentina claridad, Pedro quedó asombrado.

Uno de ellos era el mismísimo el Hermano 27351, presidente del partido pedrista y uno de los hombres notables de la República, recientemente encumbrado a héroe junto con Negocio Quinto tras su victoria contra Montes Tarao. La tensión de la guerra había hecho mella en el aspecto físico del, por otro lado, veterano político. Su acompañante era un joven monje aprendiz.

En un primer instante, Pedro no supo qué pensar ante la visita. Sin embargo, tras unos segundos sintió rabia, y después cólera.

–          ¡Maldito cabrón! ¡Maldito hijo de puta! ¿Por qué estás aquí? – gritó mientras apretaba su puño – ¿Tan morboso, macabro y cruel eres? ¿Has venido a por regocijo? ¿A ver al patético enemigo vencido? ¿Por qué has venido? ¿Por qué? ¡Largo de aquí! ¡Fuera!

Al ver la postura agresiva de Pedro, el carcelero se acercó mientras desenfundaba su porra. Hermano le indicó con un gesto que no hacía falta. Mientras Pedro gritaba, el aprendiz bajaba su mirada hacia una especie de rosario con cuentas de colores que sostenía entre sus manos. Mientras pasaba una a una las cuentas con los dedos, murmuraba muy concentrado una serie de sonidos casi inaudibles.

Hermano permaneció en silencio, decidido a que Pedro se desahogara durante todo el tiempo que hiciera falta. Después de algunos insultos más, Pedro paró extenuado. Su respiración estaba acelerada y su rostro se mostraba enrojecido.

–          Si soy yo el que está aquí en lugar de tí – dijo mientras señalaba a Hermano con el dedo índice – es sólo por culpa de una serie de decisiones estratégicas, no por justicia.

Hermano permanecía en silencio, impasible. Pedro miró un momento hacia atrás. Después se volvió para señalar de nuevo a Hermano.

–          Si hubiera conseguido a tiempo el arma secreta que buscaba, entonces habría ganado la guerra. Todo hubiera sido distinto. Todo – apretaba el puño con fuerza mientras hablaba. Los ojos le brillaban.

Entonces Hermano decidió intervenir.

–          Sí, pero no fue así. Nosotros tuvimos la bomba antes y ganamos la guerra.

Pedro sonrió por primera vez. Meneó con la cabeza y emitió una carcajada. Hermano miró a Pedro con gesto extrañado.

–          ¿La bomba? – preguntó Pedro con tono burlón – ¿Quién habla de la bomba? ¿Vuestros espías no consiguieron averiguar lo que hacíamos en el búnker de Villa Tarao? ¿O es qué ni siquiera sabíais dónde teníamos el laboratorio?

Al comprobar el silencio de Hermano, Pedro lanzó una risotada.

–          Bueno, creo que ya no habrá ningún problema en que lo cuente – dijo señalando con los brazos las paredes de su celda -. Al fin y al cabo, destruisteis el laboratorio de desarrollo de mi arma secreta con vuestra propia arma secreta…

Pedro decidió sentarse en el camastro. Levantó la vista para mirar a Hermano a los ojos.

–          Nuestro proyecto no consistía en crear una bomba, sino en crear una mujer.

Hermano miró a Pedro estupefacto. El aprendiz seguía centrado en su rosario, quizá en un intento de que su capacidad de concentración impresionara a Hermano.

–          ¿Pero, cómo? – preguntó Hermano.

Pedro sonrió.

–          A partir de nuestros propios genes – respondió -. De los veintitrés pares de cromosomas que tiene cualquier ser humano, uno de ellos decide nuestro sexo. En todos los habitantes de Hogar, esta pareja contiene un cromosoma X y un cromosoma Y, es decir, todos somos varones. Para obtener una mujer, estos cromosomas deben ser dos X. Esto puede obtenerse a partir de cualquier sujeto de este mundo: basta con descartar la Y y duplicar una de las dos X. De esta forma se obtendría una secuencia genética que daría lugar a una mujer.

Hermano tenía muchas preguntas que formular, pero decidió dejar continuar a Pedro. Trató de recordar todos los informes que había leído sobre la capacidad de Pedro de aturdir a sus interlocutores con su poderosa seguridad en sí mismo, su violenta agresividad verbal y su extraño carisma. No podía olvidar la manera con la que su comportamiento estrambótico había logrado incitar la ira incontrolable y fatal de un pedrista durante el reciente juicio. Estos sucesos enfurecieron a su vez al propio Hermano, que había tenido que observar cómo se empañaba la imagen de seriedad, autocontrol y rectitud del pedrismo ante todo Hogar en un momento tan histórico. Este lamentable suceso trajo a Hermano a la memoria el día en que un jovencísimo y todavía anónimo Pedro le había increpado e irritado muchos años atrás durante la primera visita de éste al parlamento de Ciudad. No obstante, esta vez Hermano estaba decidido a no permitir que el imprevisible comportamiento de Pedro le permitiera controlar el encuentro. A pesar de la sorprendente revelación que estaba oyendo, sería él mismo el que impresionaría a Pedro, llegado el momento adecuado.

–          La idea de crear una mujer me rondó la cabeza durante mucho tiempo – continuó hablando Pedro -, pero en un principio pensé que su utilidad práctica sería reducida. El motivo es que, aunque el proyecto fuera viable, cosa que estaba por demostrarse, la mujer que se obtendría por este método sería prácticamente igual a cualquiera de los individuos de este mundo, pero en mujer. Por tanto, lo más probable es que dicha mujer suscitara cierta indiferencia sexual en el resto de habitantes de este mundo, incluso la repulsión de muchos de ellos. Ciertamente, la atracción suscitada sería mayor que la que en general produce cualquier individuo de este mundo en cualquier otro – añadió Pedro, mientras Hermano 27351 torcía el gesto -, pero aún así correríamos el riesgo de que su efecto social fuera marginal. Por otro lado, el sujeto obtenido no resultaría viable para dar lugar por primera vez en Hogar a la reproducción natural, pues su total consanguineidad con cualquier posible padre podría dar lugar a graves problemas genéticos en la posible descendencia.

Pedro mostró un gesto grave.

–          La probable falta de atracción física – continuó – y la inviabilidad reproductiva hacían que no mereciera la pena enfrentarse a la inmensa dificultad técnica que suponía el reto de crear el primer óvulo artificial y la primera placenta artificial de la historia. Pero entonces, al hilo de los experimentos realizados por mis científicos, se me ocurrió buscar ADN diferente al propio, es decir, diferente al de todos los habitantes de este mundo, entre los restos de nuestro propio viaje desde la Tierra, así como entre los viajes de los alimentos que envió Gómez. Tras una afanosa búsqueda, se encontró el ADN del propio Gómez en las babas presentes en el mordisco sobre el bocata de chopped, así como el ADN de un reponedor de AhorraPlus en un pelo adherido al envase del yogur de pera. Este descubrimiento era clave, pues a partir de estos restos podría lograrse una verdadera pluralidad genética.

Pedro, emocionado, aceleraba la velocidad de su exposición.

–          Por fin habíamos alcanzado una situación en la que, de ser posible la creación de una mujer, entonces sería posible iniciar un proceso reproductivo normal. Eventualmente, tras varias generaciones de reproducción natural las mutaciones surgidas espontáneamente aumentarían esa pluralidad. Mis científicos me explicaron que un ser vivo sometido a una cierta presión ambiental tendería a producir mutaciones, pues las mutaciones aleatorias que acontecen de manera habitual pueden suponer, en entornos hostiles, la diferencia entre el exterminio y la supervivencia. Por tanto, a la larga, la superpoblación de Hogar haría su propia aportación para mejorar la pluralidad genética en Hogar. Es decir, Hogar podría llegar a estar poblado, por primera vez, por hombres y mujeres diferentes genéticamente entre sí. Recordemos que el proceso reproductivo habitual en Hogar, llevado a cabo a través de máquinas generadoras, no fomenta la diversidad genética, pues todos los individuos surgen siempre del mismo patrón. Por el contrario, la reproducción natural permitiría lograr, por primera vez, la diversidad.

Las revelaciones de Pedro estaban resultando especialmente importantes para Hermano, que pensaba frenéticamente. En particular, daban una nueva dimensión a la interpretación pedrista de la guerra que él mismo había desarrollado. “Ahora ya no dudo” pensó “Este es el hombre del que hablan las profecías del Libro Sagrado de Pedro”.

–          Por todo lo dicho – continuó Pedro -, el complejo, costoso e incierto proyecto de investigación que se desplegaba ante nosotros pasó a resultar potencialmente práctico e interesante. Y, lo más importante, su consecución exitosa supondría el derrumbe de la ideología pedrista – llegado a este punto, los ojos de Pedro brillaban con gran intensidad -. Desde ese mismo momento, decidimos que merecía la pena enfrentarse esforzadamente al enorme reto que supondría crear una placenta artificial.

Pedro miró entonces al techo de la celda.

–          Desgraciadamente, se nos agotó el tiempo y el proyecto quedó inacabado.

Entonces Pedro guardó silencio. Hermano intervino.

–          Hay algo en su argumentación que no tiene sentido. La consecución de este proyecto no habría permitido a Montes Tarao ganar la guerra, pues no les habría dado nuevas o mejores armas para repeler nuestro contraataque.

Pedro frunció el ceño.

–          Si usted afirma tal cosa – dijo enérgicamente –, eso significa que nunca entendió mi guerra. Mi guerra no consistía en conquistar el mundo, sino en acabar con el pedrismo. La supervivencia de Montes Tarao o la mía propia no eran relevantes. Si no podía eliminar el pedrismo desmontando su fundamento ideológico, entonces eliminaría físicamente a sus partidarios. Cuando observamos que nuestro proyecto científico no daba los resultados deseados tan pronto como esperábamos, comenzamos la otra guerra, la de las armas. Mi objetivo, por cualquier medio, era acabar con ustedes.

Al oír hablar a Pedro, el aprendiz pasó a recitar sus oraciones más alto, mientras cerraba fuerte los ojos y apretaba los dientes. Era como cuando oía a papá pegar a mamá de pequeño, y se refugiaba en su cuarto a leer en voz alta lo primero que encontraba, siempre gritando. Mientras tanto, Hermano trataba de mantenerse impasible.

–          Su proyecto científico jamás podría haberse llevado a cabo con éxito – dijo. “Ha llegado el momento” pensó con excitación.

Pedro torció el gesto. Antes de que pudiera intervenir, Hermano continuó.

–          Para probarle que tengo razón, le revelaré el secreto más sagrado de la religión pedrista. Le revelaré el misterio de la pedricidad de todo el universo.

Pedro mostró una mueca no disimulada de desprecio y hastío.

7

–          Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró Hermano mientras miraba hacia abajo. Acto seguido levantó la vista -. El misterio de la pedricidad explica lo siguiente. Estos hechos sucedieron hace muchísimo tiempo, en los tiempos antiguos de las primeras generaciones de Pedro Martínez en Hogar. Concretamente, en los tiempos de 567, que fue el individuo que descubrió por primera vez los captadores de mapas alienígenas, es decir, las máquinas que permiten capturar la estructura de cualquier objeto o ser vivo en la forma de un plano que posteriormente puede introducirse en una máquina generadora para su duplicación. Sucedió que 567 hizo un segundo hallazgo que sólo los conocedores del gran misterio saben. 567 encontró las máquinas que los alienígenas utilizaron para captar los mensajes de otros mundos. Para continuar la labor de intercambio de conocimiento universal que iniciaran los propios alienígenas, 567 decidió usar dicha máquina para buscar posibles mensajes de otros mundos, y, a su vez, mandar el propio plano de Pedro Martínez a otros mundos para colaborar en el proceso de intercambio y continuarlo. Observó entonces que Hogar ya estaba recibiendo mensajes de otros mundos, posiblemente como respuesta a antiguas propuestas de intercambio realizadas por parte de los anteriores moradores de Hogar. Los mensajes que se estaban recibiendo contenían los planos de los propios seres que habitaban en los mundos de procedencia de dichos mensajes. Con gran excitación, 567 decidió generar uno de ellos. Introdujo un plano en una máquina generadora y pulsó el botón de generación.

Hermano guardó silencio durante unos instantes. Incluso el aprendiz paró durante unos instantes de murmurar. Todas y cada una de las veces que el aprendiz había oído en labios de Hermano la revelación del misterio, había sentido la misma excitación al llegar a ese punto. Hermano continuó. Mientras tanto, Pedro mostraba cierto desdén.

–          Tras surgir de la nada una luz azulada – continuó Hermano -, apareció una figura junto a la máquina generadora. La forma parecía tener una familiar forma humana. Esas greñas, esa ropa… ¡Era Pedro! ¡Pedro Martínez! ¡Otra vez!

Pedro frunció el ceño.

–          La sorpresa de 567 fue inmensa. ¿Había otros mundos cuyos habitantes también eran Pedro Martínez? Entonces 567 decidió generar otros de los planos que se estaban recibiendo en el captador, es decir, otros de los planos que estaban llegando en ese instante a Hogar desde otros mundos lejanos. Nervioso, introdujo cada plano en el generador y generó cada uno de ellos. Su sorpresa aumentó.

El rostro de Hermano estaba iluminado.

–          Pedro Martínez. Una y otra vez, Pedro Martínez. Siempre, Pedro Martínez. Todos los mundos del Universo enviaban el plano del mismo individuo: Pedro Martínez.

Pedro no daba crédito a lo que estaba oyendo.

–          567 decidió reflexionar ante tan impactante realidad – continuó Hermano, excitado -. Concluyó que todo ello sólo podía significa una cosa: los demás mundos también recibieron el plano de Pedro de otros mundos con Pedro, hacía muchísimo tiempo. Igualmente, se dio cuenta de que era ingenuo pensar que Hogar estaba en α Cas. Era perfectamente posible que la estrella que iluminaba Hogar fuera cualquier otra, es decir, que la verdadera ubicación de Hogar fuera un lugar cualquiera del universo en el que, como en muchísimos otros lugares, se habría recibido un mensaje con el plano de Pedro. Además, la procedencia del mensaje que alcanzó Hogar podría ser cualquier otro de los mundos ya habitados por Pedro, el cual tampoco tendría que ser necesariamente ni la Tierra ni α Cas. El mensaje con el plano de Pedro podría haber pasado por cientos de mundos antes de llegar a Hogar. De hecho, el mensaje podría haber salido de la Tierra hacía millones de años, y no unos pocos miles de años atrás como los habitantes de Hogar siempre habían creído. De esta forma, la pedricidad del universo se habría extendido de mundo en mundo, como una red, desde un remoto pasado imposible de situar, cuando el mensaje original abandonó la Tierra.

El gesto de Hermano había tomado poco a poco un aspecto místico que a Pedro le parecía aterrador.

–          ¡Pedro había triunfado en todas partes! – exclamó sonriente mientras miraba al techo de la celda -. Pedro había sustituido como un parásito a todas las especies inteligentes de todo el universo alcanzable desde la Tierra. Pero, ¿por qué triunfó un imbécil en todo el universo conocido? Ahí está el misterio: por eso el pedrismo es una religión, y no una ciencia. Existen ciertos indicios que podrían explicar en parte el éxito de Pedro. Hay ciertas leyendas que indican que Uno supuso un enorme impacto cultural y religioso entre los alienígenas del mundo que le recibió, los cuales comenzaron a adorarle con fervor religioso tras su llegada. Según estas leyendas, los alienígenas llegaron a levantar grandes construcciones en su honor, que desgraciadamente no han llegado a nuestros días. Esto mismo pudo haber sucedido en todos los demás mundos donde el mensaje de Pedro fue recibido. No obstante, no existen pruebas que confirmen esa leyenda. Somos religiosos, no ingenuos ni crédulos. No podemos estar seguros de ella.

Durante unos instantes, Hermano parecía haber olvidado que se encontraba en la celda de un condenado a muerte, y se movía y gesticulaba como si se encontrara en el púlpito del Gran Templo, en Ciudad.

–          Tras observar la abrumadora superioridad universal de Pedro, 567 se convirtió en el primer pedrista de Hogar. Que Gran Pedro guarde en la memoria a 567.

8

Mientras Hermano hablaba como un profeta, Pedro se concentraba en analizar las revelaciones que estaba escuchando. Se encontraba verdaderamente aturdido. Su mayor preocupación era la de averiguar si las palabras de Hermano eran ciertas o no. Toda la historia que estaba escuchando podría ser en realidad una serie de mentiras destinada a minar la moral de un hombre desesperado. Si, estando atado y con la soga preparada ante millones de teleespectadores, Hermano obtuviera de él unas palabras de arrepentimiento, o, mejor aún, de súbita conversión al pedrismo, entonces el pedrismo podría verse socialmente reforzado de una manera revolucionaria, quizá hasta el punto de provocar la repentina conversión en masa de todo el planeta.

Hermano continuó hablando.

–          Se sorprendería al ver lo coherente que es la religión pedrista – dijo mientras miraba a Pedro a los ojos. Las palabras de Hermano hicieron que Pedro encontrara nuevos indicios de sus sospechas -. Esta coherencia se hace especialmente palpable cuando comparamos nuestras doctrinas con las de otras religiones de la Tierra o, al menos, con lo poco que recordamos y conocemos de ellas. No, no me dedicaré a discutir los hechos concretos que dichas religiones afirman, los cuales sin duda han llegado a nosotros de forma muy imprecisa. Por contra, comentaré las consecuencias de sus dogmas más básicos, los cuales parece que sí alcanzamos a conocer. Algunas religiones afirman que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Afirman igualmente la perfección de Dios y la imperfección del hombre, cuya tendencia hacia el pecado, consecuencia de su libre albedrío mal utilizado, es una prueba de su imperfección. Sin embargo, es innegable que esas mismas doctrinas religiosas atribuyen a ese Dios, implícita o explícitamente, ciertas características humanas, tales como la misericordia, la compasión y la benevolencia. A veces le atribuyen incluso imperfecciones, como la ira y la venganza ante el pecador. No lo olvidemos, castigar a un individuo a quemarse en las llamas eternas por sus pecados no es una forma de reconducir al pecador, sino una venganza, pues tras el castigo ya no cabe la enmienda. No, no es el castigo educativo de un padre, sino más bien el castigo ejemplarizante de un gobernante que teme perder su reino.

Pedro trataba de interpretar un posible doble sentido en las palabras que estaba escuchando.

–          Es más – continuó Hermano -, el simple acto de creación divina es un gesto de imperfección de Dios, pues a un ser perfecto no le falta nada, por lo que no existe ningún motivo ni para que realice una creación ni para que realice ningún otro acto. Todo acto consciente tiene un fin, y tener un fin es la prueba de que hay algo que todavía no se tiene. Necesitar algo es un símbolo de imperfección humana, y necesitar crear es, igualmente, una muestra de imperfección. Esto es un contrasentido, pues Dios debe ser perfecto.

Hermano gesticulaba con la cara y los brazos cada uno de sus argumentos, completamente inmerso en su papel de orador.

–          Sin embargo, el pedrismo no sufre de estas contradicciones – afirmó -. Para el pedrismo, Gran Pedro crea a Pedro a su imagen y semejanza, pero, a su vez, Pedro crea a Gran Pedro a su imagen y semejanza. El acto de creación deja de ser una muestra de imperfección en el mismo momento en que aceptamos que las características de Pedro son perfectas por definición de perfección, es decir, que tanto Pedro como Gran Pedro son perfectos. El acto de creación de Gran Pedro puede tener una finalidad, es decir, puede obedecer a la realización de un objetivo no alcanzado todavía, de igual forma que los actos de Pedro tienen una finalidad. Sin embargo, todo ello no implica la imperfección, pues carecer de lo que se desea no es para el pedrismo un signo de imperfección. La verdadera perfección no consiste en no tener carencias, sino en mantener la esencia pura de Pedro, incluida, por ejemplo, su torpeza o estupidez. Gran Pedro es perfecto, por lo que su obra, Pedro, también es perfecta. La obra de Gran Pedro (es decir, Pedro) es tan perfecta y poderosa que incluso puede renunciar voluntariamente a su propia perfección. Pedro puede alejarse de su esencia, y con ello perder su perfección. O, dicho con otras palabras, Pedro puede crear una piedra tan grande que él mismo no la pueda mover. Como ve, nuestra religión logra una coherencia nunca lograda por otra religión, al menos entre todas las que Pedro recuerda.

Hermano señaló a Pedro con el dedo.

–          Si ningún mundo de este universo ha podido recuperar la inmunda pluralidad después de alcanzar la felicidad y perfección de Pedro, entonces Hogar tampoco lo hará. Tenga en cuenta que ese proyecto científico suyo se le puede haber ocurrido a cualquier habitante de cualquier otro mundo poblado por Pedro. ¿O es que usted es más listo que cualquier Pedro del Universo? ¿O es que las condiciones de este planeta permiten una inspiración que no es posible en otros millones de planetas? Lo que usted quiso hacer debe haberse intentado miles o millones de veces en otros mundos poblados por Pedro. Pero, por la razón que sea, nunca será posible. Su proyecto no se ha logrado nunca, ni se logrará jamás. Posiblemente, no es técnicamente realizable, o simplemente Pedro Martínez no es suficientemente listo como para lograrlo. En este segundo caso, la estupidez de Pedro podría ser el motivo de su perfección, pues gracias a aquélla se alcanzó la unicidad universal de Pedro Martínez. En realidad, no me importa el motivo. Para darme cuenta de que lo que usted intentaba estaba destinado al irremediablemente fracaso me basta con observar que Pedro está en todo el universo observable.

Mientras miraba el suelo, Pedro intervino.

–          ¿Por qué me cuenta todo esto? ¿Cuál es su objetivo?

Hermano se sentó en el camastro junto a Pedro.

–          Le ha sido revelado el misterio de la pedricidad porque, según algunas profecías, usted tiene un papel relevante dentro del pedrismo. Estas profecías no han sido reveladas por medio de apariciones divinas, sino que han sido elaboradas a través de la información recibida en varios mensajes reales llegados a Hogar desde otros mundos poblados por Pedro. Según estas profecías, usted será el inductor de la gloria del pedrismo, como lo es Judas de Jesús o lo es Dogfucker de Anikilator. Usted será aquél que, tras comandar el más furibundo y despiadado ataque contra pedrismo, inducirá, de alguna manera no revelada en las escrituras, el triunfo definitivo del pedrismo.

El corazón de Pedro latía con fuerza.

–          ¿Qué espera de mí? ¿Espera mi conversión sobre el patíbulo?

Hermano sonrió y guardó silencio durante algunos instantes.

–          El misterio de la pedricidad – dijo – se le revela sólo a unos pocos fieles de la religión pedrista. El motivo para recelar de su divulgación es nuestra necesidad de evitar que, al conocerlo, los fieles se dejen llevar por el triunfalismo ante la aparente sensación de victoria definitiva. Muchos fieles no entenderían que el Reino de Pedro no es un destino que alcanzaremos algún día, sino un camino eterno de lucha entre la perfección y la imperfección.

Hermano volvió a ponerse en pie.

–          No obstante – añadió –, el pedrismo ha albergado siempre la esperanza de que llegaría el día en que la divulgación del misterio sería por fin posible. A lo largo de innumerables generaciones, hemos esperado pacientes el momento en que la comunicación del misterio pudiera ser más adecuada y efectiva. Y creo que ese momento ha llegado. El indudable papel que le asignan a usted las profecías pedristas así lo indican con gran claridad. En particular, creo que la conversión del hombre más antipedrista de la historia de Hogar, acontecida inmediatamente después del fin de una guerra devastadora y acompañada de la revelación más grandiosa del pedrismo, podría impactar a los hombres de este planeta más allá que cualquier otro suceso. Trasmitiría el claro mensaje de que oponerse al pedrismo es inútil, así como de que cualquiera puede cambiar de opinión y abrazar la verdad pedrista, independientemente de sus errores y del tipo de vida que haya llevado.

Pedro repasó con la vista las cuatro paredes que le rodeaban.

–          ¿Me está proponiendo algún tipo de trato? – preguntó.

Hermano asintió con la cabeza.

–          ¿Qué me ofrece? – preguntó Pedro.

–          Vivir – dijo Hermano.

Entonces Pedro también se puso en pie.

–          Mi vida a cambio de la victoria total y absoluta del pedrismo.

–          Así es.

Pedro reflexionó durante unos instantes.

–          ¿Puede hacer eso? ¿Los comercialistas y los deterministas no tienen nada que decir sobre mi muerte?

–          No puedo liberarle sin contar con ellos, pero sí puedo pedir una moratoria de la ejecución justo después de que usted hable. Y, créame, después de unos días, cuando los habitantes de Hogar reflexionen sobre las verdades reveladas, no quedarán comercialistas ni deterministas en Hogar. El comportamiento de la población de este planeta es más fácil de predecir de lo que nuestra aparente diversidad parece indicar. En el fondo, a pesar de nuestra constante divergencia desde el día en que llegamos aquí con diecisiete años de edad, todos somos un único individuo.

Entonces Hermano hizo un gesto a su aprendiz y el aprendiz guardó el rosario en bolsillo. Hermano se acercó a la puerta de la celda y llamó al carcelero. El carcelero abrió la puerta y los dos pedristas se dispusieron a salir por ella. En ese momento, Pedro intervino.

–          ¿Qué significaba lo que hacía el aprendiz? – preguntó Pedro, intrigado.

Hermano se dio la vuelta.

–          Resulta que no es usted el único que se interesó en la genética, aunque fuera por motivos muy diferentes. El rosario del aprendiz representa un fragmento del código genético de Pedro Martínez que los pedristas terminamos de extraer por completo hace unos pocos años. Los cuatro colores de las bolitas representan respectivamente la adepina, la kakakulina, la pedopisina y la anikilina, que son los cuatro tipos de componentes de la cadena genética

Como Pedro también sabía, el Pedro Martínez de diecisiete años sólo recordaba el nombre “adepina”, o “adetina”, o algo así, de sus clases de Ciencias Naturales en el instituto de la Tierra, así que los científicos de Hogar de las generaciones anteriores, muchos de ellos pedristas, pusieron ese nombre a una cualquiera de las cuatro bases cuando las descubrieron e inventaron aquellos otros nombres para las demás, para irritación de Pedro.

–          El tramo de colores que se incluye en el rosario – continuó Hermano – no es un tramo escogido al azar. Como sabe, el ADN retuerce su forma sobre sí mismo varias veces para dar lugar a una compleja estructura tridimensional. El tramo representado en ese rosario es un tramo cuya posición tridimensional coincide exactamente con la posición de las estrellas en el sector de la galaxia en que nos encontramos. Por si tiene curiosidad, nuestra estrella es una timina.

Hermano hizo una indicación al aprendiz y éste sacó su rosario. Hermano señaló a una de las cuentas.

–          Muchos pedristas memorizamos largos tramos del código genético de Pedro Martínez, pues dicho código es la palabra de Gran Pedro y su esencia más profunda.

Hermano hizo un ademán y el aprendiz volvió a guardar el rosario.

–          La posición actual de las estrellas en torno a Hogar es uno de los indicios que indican la relevancia de este momento histórico para la pedricidad en Hogar. Las estrellas están en constante movimiento. Su posición relativa actual no coincide con su posición pasada y cambiará en el futuro. Por tanto, el propio universo nos indica que éste es el momento. Usted decide.

Hermano se dirigió de nuevo a la puerta. Cuando el aprendiz y él salieron fuera, el carcelero la cerró. Durante unos instantes se oyeron los pasos que se alejaban. Después la celda quedó en completo silencio.

9

Pedro volvía a estar completamente solo. Entonces comenzó a reflexionar acerca de la conversación que acababa de tener con Hermano. Las dudas que se agolpaban en su cabeza le atormentaban.

“¿Es cierto lo que me ha contado?”.

“¿Es verdad que el pedrismo es inevitable?”.

“¿Realmente sobreviviré si hago lo que dice?”.

Repasó mentalmente algunas de las frases de Hermano palabra por palabra. Se sentía verdaderamente tenso. El sudor le caía por la frente mientras era capaz de sentir su propio pulso acelerado. Mientras imaginaba su cuerpo deslizándose por una trampilla, comenzó a sentir frío. Restregó las manos contra el suelo mugriento de la celda para deshacerse del sudor de sus palmas. Entonces se puso de pie y caminó por la celda. Después volvió a sentarse y se retorció en su camastro hasta ponerse en posición fetal. Miró por el minúsculo ventanuco de su celda y vio que ya era noche cerrada. Ni siquiera se había dado cuenta de que se hubiera hecho de noche.

Volvió a acurrucarse en el camastro y pensó en un mundo completamente pedrista.

Después pensó en Rocío y lloró como un niño.

Entonces se restregó los ojos con ambas manos para enjugarse las lágrimas. Con los ojos muy irritados y todavía brillantes, se levantó con decisión del camastro. Apretó los puños y los dientes. Estaba furioso.

–          ¡Maldito pedrismo, reniego de tu maldita tentación! – gritó radiante, exultante – ¡No me tentarás con tus falsas promesas de vida! ¡Moriré, y me llevaré conmigo todas las profecías que prometen tu victoria!

Se volvió pasar las manos por el rostro para quitarse los últimos restos de lágrimas.

–          ¡Mi muerte mostrará la falsedad de todas tus profecías de gloria! – exclamó iracundo – ¡Cuando muera y el día de gloria del pedrismo se derrumbe, el propio pedrismo comenzará su propio derrumbe! ¡Así, yo, Antipedro Primero, entregaré mi vida por el regreso de nopedrismo!

Se arrodilló en el suelo mientras miraba fijamente una de las lunas de Hogar, cuya luz entraba directamente por el minúsculo ventanuco de la celda y le golpeaba la cara. Mientras se empapaba de la luz del satélite, Pedro gritó.

–          ¡Y, algún día, el nopedrismo reinará!

10

Antes de que amaneciera, las puertas de la celda se abrieron y Pedro fue conducido a una furgoneta, donde diez soldados se sentaron a su lado. El vehículo se detuvo en la Plaza Principal de Pueblo Tarao, donde una inmensa muchedumbre se agolpaba ruidosa. La puerta de la furgoneta se abrió, y Pedro fue conducido a través de un cordón de seguridad que se afanaba para que la muchedumbre no se abalanzara sobre Pedro.

Al final del pasillo se erguía el patíbulo, al que se subía por unas escaleras. Sobre el patíbulo se situaba la horca, que estaba rodeada por extrañas estructuras repletas de envases de yogures y clips pisapapeles. Mientras era empujado por los soldados, Pedro admiró la perfecta ejecución y el acabado de la obra. Salvo la grotesca extravagancia de los clips y los yogures, le pareció incluso estética. Recordó los patíbulos que había levantado su propio ejército para eliminar a los pedristas que eran capturados en el frente cuando éste se encontraba demasiado lejos de la central de biomasa más cercana, lo que podía hacer demasiado caro su transporte. Entonces pensó que el patíbulo que se mostraba ante él era un gran patíbulo, digno del momento histórico para el que había sido construido. “Sin duda lo estrenaré yo” pensó con cierto orgullo.

Con las esposas puestas a la espalda, Pedro subió vigoroso las escaleras que conducían a la plataforma del patíbulo. Entonces vio por primera vez a sus verdugos, que estaban enfundados dentro de grotescos disfraces de Kakakulo y Pedopís. Kakakulo tenía una inmensa cabezota azul, y Pedopís tenía una cabeza triangular naranja, con un ojo en cada dirección. El motivo de tales disfraces, recordó Pedro, era que ambos representaban para los pedristas el símbolo sagrado de la putrefacción de la muerte.

Al verlos, Pedro pensó indignado que se negaba a ser ejecutado por dos absurdos muñecos televisivos para adolescentes, y, zafándose bruscamente de sus carceleros, comenzó una huida imposible por la superficie del ancho patíbulo. “No seré ejecutado por Espinete y Don Pimpón” pensó, iracundo. Fue interceptado a unos pocos metros por más carceleros que se abalanzaron sobre él tirándole al suelo. Mientras tanto, el numeroso público congregado en la plaza, inconsciente de la aversión de Pedro ante los símbolos mostrados por sus verdugos, interpretó su intento de huida de la horca como un patético gesto de debilidad para alguien otrora tan poderoso.

Mientras Pedro seguía inmovilizado en el suelo, los dos muñecos se acercaron a él y comenzaron a propinarle una dura paliza a base de patadas en la cara y el estómago. Cada patada era aclamada con pasión por el público congregado. Cuando Pedro ya casi no podía moverse, le levantaron y le colocaron sobre la trampilla del patíbulo. Mientras la sangre caía de su cara por varias brechas abiertas, los verdugos le pusieron la soga al cuello. Este momento fue celebrado con gran regocijo y vítores por el público.

Muy dolorido, Pedro decidió buscar la tribuna de autoridades desde su posición privilegiada. Entonces encontró a Hermano 27351, que se sentaba junto a Negocio Quinto y a Martillo Noveno. Mientras los dos últimos parecían estar contándose algo gracioso a juzgar por sus risas, Hermano se movía inquieto en su asiento, muy atento a cualquier movimiento de Pedro y sin poder ocultar cierta impaciencia. Pedro centró su mirada en Hermano y esbozó una leve sonrisa. Hermano pareció algo aliviado por el gesto, y meneó muy levemente la cabeza, algo menos nervioso.

Mientras sentía agudos dolores sufridos por la reciente paliza, Pedro reflexionó sobre su situación. “Este mundo no tiene ni puta gracia” pensó. “Parece un chiste malo. Voy a ser ejecutado por… ¿mí mismo? ¿Es esto un suicidio? Me hubiera suicidado gustoso si haciéndolo hubiera podido mataros a todos. Todos los seres de este maldito mundo sois mis enemigos. Ojalá todas las cabezas de todos los habitantes de este maldito mundo cupieran junto a la mía en esta soga”.

Un operario pidió a Pedro que sonriera “para una foto”. El operario accionó un mecanismo en el extraño dispositivo de yogures y clips, y un haz de luz que contenía un plano completo de Pedro fue enviado a un receptor. El público congregado recordó que el objetivo de aquel plano sería poder generar nuevas copias de Pedro con las que se llevarían a cabo futuras ejecuciones destinadas al regocijo general.

Entonces, un soldado republicano pidió a Pedro que dijera sus últimas palabras. Pedro fijó completamente su mirada en Hermano 27351. Éste se removía muy nervioso en su asiento mientras abría sus dos ojos como dos platos. Entonces Pedro miró al soldado, y como única respuesta hizo su habitual saludo militar: “¡Muera Pedro!”. Nadie le respondió, y entonces Kakakulo activó la palanca. Mientras Pedro caía a toda velocidad por el agujero de la trampilla, se afanó para observar el gesto de horror que mostraba Hermano 27351. Entonces Pedro sintió verdadera felicidad.

La soga se tensó bruscamente emitiendo algo parecido a una nota musical. El cuello de Pedro se rompió.

La plaza comenzó a rugir con consignas, vítores y aplausos. Pedro había sido ahorcado ante el júbilo de todos los presentes bajo las cuatro lunas de Hogar, en un universo donde, hasta allá donde alcanzó la luz, el único habitante, la única forma de vida inteligente, era Pedro Martínez.

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