Pedrícese el mundo: Capítulo III

CAPÍTULO III

1

Pedro observaba un mapa junto a varios de sus oficiales.

–        Comandante Consejero, este pueblo es una ratonera. Está encerrado entre altos riscos que podrían estar plagados de francotiradores – dijo un capitán.

–        Los blindados serían un blanco fácil, y su movilidad sería muy limitada – respondió Pedro mientras meditaba -. Sólo puede accederse por una estrecha carretera flanqueada a ambos lados por grandes elevaciones naturales.

–        Comandante, podemos esperar. Sus alimentos se agotarán. Antes o después, tendrán que rendirse – dijo un oficial.

Pedro contempló dicha posibilidad. En todo Hogar, sólo la República podía producir alimentos a través de sus máquinas generadoras ubicadas en Ciudad. Este factor había condicionado la administración centralista de todo el planeta. Nadie podía oponerse a la República durante demasiado tiempo. De los cuatro alimentos existentes, sólo la coliflor podía plantarse, pero la geología ingrata de Hogar no lo hacía demasiado práctico. Además, una dieta basada únicamente en uno de los cuatro productos carecería a corto plazo de la variedad nutritiva necesaria para la vida. Con respecto a los otros tres alimentos, todos los intentos de desalar y plantar la pipa menos tostada de la bolsa habían fracasado.

Debido a los gustos alimenticios de toda la población, muy coincidentes, la coliflor se había limitado prácticamente a la extracción de algunos componentes para el uso industrial. En el sector alimenticio, los usos principales consistían en la extracción de glucosa para la modificación de los otros tres alimentos y en la fermentación y destilación de la coliflor para hacer coliol, un extraño licor que era la única bebida alcohólica en Hogar. Pedro Martínez había traído consigo desde la Tierra las bacterias de la fermentación alcohólica. La alimentación que tuvo inmediatamente antes de su viaje tuvo algo que ver en ello.

Pedro recordó que no faltaba coliol en la celebración de cada victoria de su tropa, una vez que el peligro desaparecía y la tensión acumulada se liberaba. El evento, celebrado en algún parque o plaza, solía recibir en nombre tan poco ceremonioso de “botellón”. Pedro fracasó en sus intentos de realizar celebraciones más formales y, finalmente, dejó de reprobarlos para ganarse el favor de la tropa.

Le costó tiempo que los soldados admitieran su auto-atribuido papel militar, siendo su puesto de origen político y civil. Otras excentricidades en su forma de vestir y en sus maneras, ostensiblemente alejadas de las de Pedro Martínez (es decir, de las de todos), tardaron en ser aceptadas por la tropa. Los rumores desaparecieron cuando se le vio actuar con un fusil en las manos. En muchos casos, sus acciones no eran valientes, sino temerarias, dignas del que tiene un convencimiento desmedido en tener razón, y en cualquier caso estaban alejadas del papel que solían cumplir los oficiales de alto rango en el campo de batalla. “Tiene huevos el profeta” decían. Se había ganado ese mote por sus elocuentes y encendidos discursos contra el enemigo, a veces con tintes místicos o mesiánicos. Su oratoria había evolucionado muy favorablemente con el paso de los años, y sus extrañas rarezas se habían transformado en rasgos identificadores, en el origen de su singularidad, en un rasgo carismático.

Pedro contempló la opción que le ofrecía en ese momento el oficial. Sin duda, el asedio era una solución razonable. Por otro lado, las minas de cobre ubicadas en Minas Tarao resultaban clave para la gran maquinaria industrial de Hogar. Durante los últimos diez años, Pedro había sofocado hasta en tres ocasiones las rebeliones de los sindicalistas deterministas. Todas estas rebeliones costaban dinero. Cada día sin producción costaba billones de KPs. Pedro razonó que había ciertos intereses que era necesario satisfacer. Al menos, por ahora.

–        No esperaremos al hambre. Entraremos – respondió.

–        Pero ¿cómo, Comandante? – dijo un oficial.

–        Señor, podría ordenar un bombardeo masivo a la aviación – intervino otro.

Pedro meneó la cabeza. Las bombas podrían causar grandes daños a la infraestructura minera y de comunicaciones. Esos daños debían evitarse.

–        De momento, – respondió – quiero que eliminéis a uno y traigáis su cuerpo. Un grupo pequeño realizará una incursión por la noche y cazará a un vigía. Sólo uno. Lo más importante es que no sean vistos.

2

Pedro salió del portal de su casa. Entonces contempló a lo lejos una figura que le resultaba familiar. Se acercó unos metros hasta que pudo verla mejor.

Era Rocío.

El pulso de Pedro se aceleró. Nervioso, decidió que debía acercarse hacia ella. No obstante, no se movió.

Otras personas paseaban por la calle. Receloso y arrepentido por su propia cobardía, Pedro las miró.

No podía ser. También ellos eran Rocío. Todos era Rocío.

El primer impulso de Pedro fue esconderse. Después comenzó a correr sin rumbo. Todos los individuos que había en la calle eran Rocío. Ninguno le miraba.

Pedro se detuvo un momento para tomar aliento junto a una tienda. Con las manos apoyadas sobre las rodillas, dirigió su mirada hacia el suelo. Entonces se percató de que dos bultos daban forma a la blusa rosada que llevaba puesta. Tenía pechos.

Giró la cabeza hacia el cristal del escaparate y entonces vio en él su propio reflejo.

Él también era Rocío.

No pudo evitar emitir un gemido de terror. Al escuchar su propia voz femenina se alarmó aún más.

Sudando y con la boca abierta, se percató de lo que se vendía en aquella tienda. Allí donde siempre se habían vendido camisetas con dibujos de Kakakulo, Val Hancín, o el escudo del Real Fútbol Club, había ahora un expositor con cosméticos, tintes y lápices de labios.

Desesperado, Pedro comenzó a correr por la calle hasta que llegó a la entrada de los almacenes PJR, Paraíso de los Juegos de Rol. Alzó la mirada y comprobó que el nombre los almacenes había cambiado por otro que no reconocía. La ostentosa entrada estaba ahora llena de maniquíes femeninos vestidos con coloridos tops y faldas.

Pedro no salía de su desconcierto. Confundido, miró a su alrededor en busca de otras sorpresas. Los nombres de las calles le resultaban desconocidos. Los antiguos nombres de Fideuá o Mos habían sido sustituidos por los nombres de amigas de Rocío. La calle Pedopís se llamaba ahora Backavenue Boys. Otras placas de calles mostraban los nombres de familiares de Rocío.

Pedro recordó que dos manzanas más adelante la calle se abría a una plaza en cuyo centro se encontraba una gigantesca estatua de Rocío tallada en mármol. Intrigado, corrió para comprobar qué era lo que sustituía ahora aquella estatua. Mientras corría, las demás Rocío que encontraba por la calle le ignoraban.

Al llegar a la plaza no pudo evitar emitir una exclamación de sorpresa. La estatua seguía siendo la misma. Seguía mostrando a Rocío.

Histérico, Pedro agarró con las manos su propia melena dorada y tiró fuertemente de ella. Gritó con todas sus fuerzas.

Entonces Pedro despertó. Caía sudor frío de su frente. Abrió mucho los ojos.

Se encontraba en su tienda de campaña personal, dentro de un camastro. Hacía frío. Tardó unos segundos más en darse cuenta de que no estaba en Ciudad ni en Pueblo Tarao, sino en un campamento militar de campaña ubicado en algún lugar recóndito de Montes Tarao.

Todavía con el pulso acelerado, se pasó la mano por su cuerpo. A media altura, la sábana estaba pegajosa.

Entonces Pedro se sintió culpable. La angustia le invadió.

“Recordar ese mundo… Recordar a Rocío… es pedrista”. Sentía una profunda vergüenza. Hacía muchos años que había renunciado a masturbarse porque lo consideraba pedrista. Por otro lado, siempre había renunciado a la compañía de otros habitantes de Hogar porque no deseaba acostumbrarse a aquel mundo que tanto odiaba. Consideraba que los que optaban por esa vía aceptaban con ello que había que adaptarse a aquel mundo, mientras que él lo detestaba y no deseaba dejar de hacerlo. Además, odiaba demasiado a todos los demás como para considerar esa opción. El celibato estricto que había escogido provocaba que aquel tipo de sueños se repitiera con cierta frecuencia.

Un oficial abrió la cremallera de la tienda y asomó la cabeza.

–        ¿Ocurre algo, señor? He oído un grito.

Pedro se dio cuenta de que realmente había proferido aquellos gritos mientras dormía.

–        ¡Fuera de aquí! ¡Fuera! – gritó colérico.

3

Pedro observaba sobre una mesa camilla el cadáver de un guerrillero determinista.

–        Lo cogimos hace una hora en su puesto de guardia cercano a la carretera cuando acababa de comenzar su turno – dijo un soldado –. Hacen turnos de cuatro horas. Debo añadir que el monte está muy vigilado, señor. Está lleno de vigías apostados en puntos muy altos con visibilidad privilegiada.

–        Según los mapas provistos por la aviación – añadió un oficial -, los puntos de vigilancia se encuentran a lo largo de un sendero que parte del pueblo y discurre a través del monte a gran altura, paralelo a la carretera. Sería inútil intentar escalar los riscos para eliminar a los vigías.

Pedro negó con la cabeza.

El cuerpo, boca arriba, mostraba unas marcas en el cuello que indicaban que había sido estrangulado. Los ojos permanecían abiertos. El pelo estaba rasurado, y la barbilla estaba afeitada. Pedro examinó con gran detenimiento todos los detalles de su cuerpo y su ropa. Los oficiales miraban la escena con cierta curiosidad y sorpresa.

“Su edad podría ser más o menos como la mía, treinta y siete” pensó Pedro.

El rostro del cuerpo era como el de cualquiera. Exactamente como el de todos. No obstante, debía encontrar algo. Tenía que haber algún detalle…

–        Señores, no olvidemos que el enemigo no es un ejército organizado – dijo Pedro. “De hecho, hasta donde sé, la República nunca ha tenido que enfrentarse a un ejército organizado” pensó –. Conocen el territorio y están armados, – continuó – pero muchos sólo conocen la guerra por las películas que recuerdan haber visto de niños.

Pedro recordó que, en sus asaltos anteriores a grupos de sublevados deterministas, éstos defendían sus posiciones utilizando alguna de las cuatro formaciones básicas de defensa disponibles en Anikilation III: el videojuego, que en realidad era todo lo que conocía cualquier habitante de Hogar sobre estrategia militar. Al mismo Pedro le costaba convencer a sus soldados de que, cuando debían atacar una posición, no lo hicieran utilizando alguna de las siete formaciones básicas de ataque del dichoso videojuego. Por otro lado, por muchas veces que Pedro había llamado al mando en Ciudad para quejarse, no había conseguido que se cambiara el diseño de sus fusiles de asalto por otro más ergonómico. La respuesta del mando siempre era que dicha forma se inspiraba en la forma del fusil de asalto biónico QT-28, que era el más difícil de conseguir en Anikilation III, y esto gustaba a la tropa. Cuando Pedro objetaba que, al contrario que el QT-28, sus fusiles disparaban balas normales y no rayos de plasma de resonancia, cosa que nadie sabía en realidad lo que era, los mandos de Ciudad simplemente se encogían de hombros. Pero quizás lo que más irritaba a Pedro era tener que repartir puntos de experiencia entre los soldados tras cada operación, al igual que sucedía en el juego. “¿Es que no ha sido suficiente experiencia?” solía decirles.

–        El enemigo – continuó Pedro – no sabe lo que es luchar en Hogar. No conocen las… peculiaridades de este lugar – Pedro repasó con una rápida mirada a cada uno de los oficiales presentes.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón del cadáver y sacó una cartera. Observó durante unos segundos su contenido y la dejó junto al cuerpo. Después examinó el rostro del cadáver. Vio que tenía un corte en la mejilla, bajo el ojo izquierdo. Pedro sacó su cuchillo reglamentario, y ante la incredulidad de todos, se lo clavó en su propio rostro, en la mejilla. Cuando terminó la incisión, taponó la sangre que brotaba con una mano y siguió observando el cadáver.

Mientras acercaba su cara al rostro del muerto, dijo:

–        Que venga un barbero.

Tras unos segundos de duda, un oficial salió de la tienda de campaña. “Tiene que haber algo más…” pensaba Pedro. “Un sólo error podría ser fatal”. Obviamente, identificar individuos en Hogar no era fácil, por lo que cualquier minúsculo detalle que pudiera diferenciar un rostro de los demás era primordial. Pedro recordó las historias que contaban que, hacía muchas generaciones, la República obligó a toda la población a tatuarse su número identificativo personal. Pronto se descubrió que los tatuajes dibujados con los materiales disponibles en Hogar eran fáciles de eliminar limpiamente con la técnica apropiada. Al poco tiempo, las bandas del crimen organizado generalizaron el uso de tatuajes falsos para ocultar la identidad o para suplantar la de otros. Entonces se llegó a la conclusión de que hacer recaer la identificación de personas en los tatuajes estaba suponiendo más un problema que un beneficio, pues confiar en ellos estaba teniendo consecuencias dramáticas. Finalmente, los tatuajes se abandonaron. Parece que hubo algún intento posterior de obligar a todos los ciudadanos a hacerse determinados cortes en los brazos para que la forma de las cicatrices resultantes les identificasen de por vida, pero el gran número de accidentes fatales al realizar los cortes desató una enorme indignación y rechazo. Al poco tiempo, esta idea también se abandonó.

Pedro siguió escudriñando cada rasgo del rostro del cadáver en busca de algún detalle diferenciador. Al cabo de unos minutos de pormenorizado examen, se dispuso a renunciar.

–        Está bien. Quitadle las ropas y enterradle.

Con su mano cerró los ojos del cadáver. Entonces, cuando ya estaban cerrados, observó que los párpados estaban teñidos de negro. “¡Maquillaje!” pensó Pedro. El hallazgo no le sorprendió. Al igual que algunos habitantes de Hogar utilizaban peinados y cortes de barba diferentes, en parte para que les identificasen mejor y en parte para sentirse algo diferentes a los demás, tampoco era raro encontrar personas que se maquillaban de diversas maneras.

–        Encontrad maquillaje negro. Donde sea – añadió.

Pedro elevó la mirada hacia los presentes y volvió a tomar la cartera del guerrillero. Extrajo un carnet y se lo enseñó a los oficiales.

–        Señores, miren esto.

Pedro señaló el carnet. Incluía una foto de su propietario.

Uno de los oficiales rompió en carcajadas, que reprimió inmediatamente después. No podía evitar recordar un viejo chiste que circulara por Hogar, adaptado a partir de otro mucho más antiguo de la Tierra, que decía “un tipo entra en un estanco y dice ¿me da una foto?”. Con cierta vergüenza, el oficial trató de mantener la compostura. Era extraño que un chiste adaptado tan trivialmente a partir de otro de la Tierra pudiera gustar y propagarse en Hogar, pues todos conocían el chiste original de la Tierra. Quizás se debiera a que aquel chiste describía con gran precisión la peculiaridad de Hogar.

–        Debemos darnos prisa – concluyó Pedro.

4

El camión se acercó al puesto de guardia. Unos pocos kilómetros más adelante se encontraba el pueblo. Pedro frenó el vehículo, sacó la cabeza por la ventanilla y se dirigió al guerrillero de guardia, que se apostaba junto a una gran radio. Cinco o seis guerrilleros conversaban junto a la garita. Pedro apretó la lengua levemente contra su carrillo izquierdo y pestañeó más lentamente de lo normal.

–        ¿Compañero Hollín? – dijo el guardia. Consultó su reloj – Hoy llegas unos minutos antes.

Pedro señaló la parte trasera del camión. Allí se veían los cadáveres de más de una veintena de soldados de la República. Los cuerpos mantenían sus uniformes y equipamiento oficiales, aparentemente en buen estado. Los fusiles se apilaban junto a los cuerpos.

–        ¡Joder! – exclamó alarmado – ¡Esto es importante! ¡Corre a enseñárselo al compañero jefe!

Pedro afirmó con la cabeza y continuó su recorrido.

“No sé si no hay contraseñas, o es que con la excitación se le ha olvidado pedírmela” pensó Pedro. “En cualquier caso, es lo que esperaba”. Después decidió que, de ser lo segundo, habría mandado fusilar a ese soldado si hubiera pertenecido a su ejército.

Al arrancar el camión, Pedro se dio cuenta de que habían superado la parte más endeble de su plan. En caso de pedírsele una contraseña, sus soldados tendrían que abatir a los guerrilleros de la garita. Dado que ese control era transitado con frecuencia, el factor sorpresa se eliminaría, y tendrían que abortar la incursión. El camión daría entonces media vuelta y regresarían al campamento. “En realidad” razonó Pedro “un plan sin riesgo de bajas o capturas no es un plan endeble, pues, si falla, sólo fracasa el propio plan”. Pero, en ese caso, el plan había funcionado.

Mientras conducía, Pedro recordó una operación que había dirigido unos tres años después de tomar posesión del cargo de Consejero de Seguridad de Montes Tarao. Durante su tiempo en el cargo, Pedro había tenido que dedicar la mayor parte de sus esfuerzos a prevenir y, en su caso, aplastar las rebeliones de colectivización de mineros. No obstante, aquella misión fue muy diferente. Los servicios de inteligencia de Ciudad indicaron a su oficina que un grupo ubicado en Pueblo Tarao se dedicaba secretamente a escribir la Historia de Hogar. Muy pocos ciudadanos sabían que eso era en realidad un delito. El propio Pedro lo descubrió el mismo día que se le encomendó localizar aquel grupo. Un mes después de iniciar la investigación, el operativo desplegado por Pedro atrapó al grupo. Aquel día Pedro solicitó al gobernador Negocio Quinto órdenes acerca de qué debía hacer con aquellos tipos. Tras preguntarle si debía encarcelarlos o eliminarlos, como de hecho ordenaba el propio gobernador tras cada operación contra deterministas sublevados, la respuesta del gobernador sorprendió enormemente a Pedro.

–        Si los encarcelamos o eliminamos – le dijo entonces el gobernador – entonces alimentaremos su leyenda y la historia que cuentan se volverá verídica ante el pueblo. En lugar de desmentir su historia, inundaremos Pueblo Tarao con varias decenas de rumores alternativos sobre historias alternativas. Para cada una de ellas, realizaremos una pequeña acción que la corrobore. Crearemos documentos que la justifiquen parcialmente, enterraremos en determinados lugares algunos restos de construcciones que indiquen de manera ambigua lo que narran, y formaremos grupos ficticios de ciudadanos que la defienden. Un rumor no se acalla respondiéndolo, sino ahogándolo en un mar de otros rumores contrapuestos. Cuando muchos cuentan historias contradictorias y extravagantes a la vez, la credibilidad de cada historia individual se desvanece, y los que las cuentan quedan como papanatas ignorantes. Dentro de un año nadie recordará ninguna de esas historias. Entonces la interpretación histórica oficial volverá a prevalecer, pues en épocas de confusión la gente quiere certezas y abraza las opiniones mayoritarias, que sólo pueden ser las que impulsan las instituciones.

Pedro recordaba aquella conversación con frecuencia.

Entonces se dio cuenta de que en unos minutos alcanzaría la entrada del pueblo.

5

Tras adentrarse en el pueblo,  el camión comenzó a abrirse paso entre un numeroso grupo de guerrilleros. Entonces uno de los soldados republicanos que yacían en la parte trasera del camión se levantó, quitó la lona que tapaba una metralleta y comenzó a disparar a discreción. Los demás soldados se dedicaron a cubrirle, sin salir del camión.

Tras un intenso tiroteo, se hizo el silencio. Cuando el humo se disipó, Pedro observó con satisfacción que los únicos que quedaban en pie eran sus soldados. Una veintena de sus hombres había acabado con cerca de cincuenta guerrilleros. Entre los suyos, sólo dos muertos y tres heridos. La entrada del pueblo era suya.

En lugar de adentrarse en el pueblo, el grupo salió del camión y tomó un sendero que se elevaba en el monte. Según los planos tomados por la aviación, ése era el camino que discurría a gran altura en paralelo a la carretera por la que habían llegado. A lo largo del sendero se ubicaban los puestos altos de vigilancia de los guerrilleros. Uno por uno, fueron asaltando todos ellos aprovechando su clara superioridad numérica. Cuando acabaron con el último vigía, realizaron una llamada por radio a la base.

Desde lo alto del último puesto de vigilancia observaron cómo los vehículos blindados comenzaban a recorrer la carretera en dirección al pueblo. Un numeroso grupo de infantería les acompañaba.

6

El pueblo ya era suyo. Sobre sus ropajes de guerrillero determinista, Pedro se puso su gorra de comandante republicano. Por cuarta vez, Pedro sofocaba una rebelión determinista. Ya en la plaza del pueblo, un oficial se acercó a Pedro seguido de un grupo de guerrilleros encadenados.

Pedro se adelantó a sus palabras.

–        En esta operación no se toman prisioneros.

Uno de los encadenados palideció. El oficial abrió mucho los ojos e hizo un amago de decir algo. Después se lo pensó de nuevo, y se llevó a los prisioneros a una calle contigua.

Mientras Pedro oía los disparos, se percató de que en la plaza había un templo pedrista. Las puertas estaban flanqueadas por dos estatuas muy elaboradas de Kakakulo y Pedopís. “¿Qué clase de abominable religión hace de estos ridículos personajes parte de sus símbolos sagrados?” se preguntó. Por primera vez en aquel intenso día, se sentía realmente exaltado. Frunció el ceño y se adentró en el templo.

Dentro Pedro encontró dos monjes pedristas acurrucados detrás de un banco. Éstos, al ver la gorra de soldado republicano, salieron de su escondite y gritaron.

–        ¡Ayuda! ¡Sálvenos, por Pedro! – dijo uno de los monjes mientras hacía el gesto de saludo ritual pedrista.

Dicho saludo consistía en señalarse con el dedo la rodilla derecha, que era donde absolutamente todos los habitantes de Hogar, sin distinción, tenían una cicatriz debida a una caída que Pedro Martínez sufrió desde una bicicleta a la edad de seis años. “La sagrada herida común” lo llamaban. Algunos pedristas devotos trataban de hacerse en la rodilla izquierda una herida que dejase una cicatriz similar. Un alto grado de similitud entre las dos cicatrices se consideraba un signo de haber sido bendecido por Gran Pedro. No obstante, muchos pedristas ortodoxos discrepaban de esta práctica, y de hecho los teólogos no se ponían de acuerdo sobre si resultaba más pedrista dejarse dicha rodilla izquierda como estaba, al ser este el estado original de Pedro Martínez, o bien si era más pedrista añadirse dicha cicatriz, por exaltar con ello un rasgo peculiar y distintivo de Pedro Martínez. Varias generaciones atrás, este detalle estuvo a uno de generar un cisma en el pedrismo.

–        ¡Los deterministas nos tenían presos! – exclamó el otro monje – ¡Robaron todas las pertenencias del templo! ¡Dijeron que promovíamos los privilegios de los patronos y repudiaron los dogmas del mérito y la culpa dentro de estas sagradas paredes!

–        ¡Que Gran Pedro os asista! ¡Gracias por liberarnos! – volvió a decir el primero.

Pedro sonrió. Apuntó a la cabeza de uno de ellos y disparó. Su cuerpo se desplomó al suelo como un saco. El otro pedrista mostró un gesto entre la sorpresa y el pánico, se dio la vuelta y comenzó a correr. Pedro hizo un segundo disparo. El hombre elevó las manos al cielo mientras caía de bruces contra el suelo.

“Bueno, después de todo va a ser un buen día” pensó Pedro.

Entonces salió del templo. Tras acostumbrar sus ojos a la luz diurna, vio a otro oficial que custodiaba otro grupo de prisioneros. Al ver a Pedro, el oficial le dirigió una mirada interrogante mientras desenfundaba su pistola. Pedro meditó durante unos segundos.

– Deja uno vivo – dijo como respuesta.

7

Pedro aceptó un vaso de coliol por pura cortesía. La plaza del pueblo era un hervidero de soldados en plena celebración.

–        Señor – dijo un soldado a Pedro -, hemos recibido una comunicación por radio de Ciudad. Valor Séptimo le felicita personalmente por haber devuelto el orden a las minas. Afirma que en unos días partirá de Pueblo Tarao un transporte con nuevos empleados de su compañía, que reanudarán la producción de inmediato.

Pedro esbozó una media sonrisa. Después dirigió una mirada a su tropa. Observó cómo bebían coliol entre risas. La moda actual consistía en mezclar coliol con un poco de yogur de pera.

–        Pero, ¿por qué demonios tienen que mezclarlo en una bolsa de plástico? ¡Pero si hay vasos! – dijo Pedro a un oficial.

–        Relájese por un día, Comandante – respondió el oficial, que ya estaba un poco chisposo.

Un soldado comenzó a repartir bolsas de pipas entre los presentes. Pedro se sentó en un banco y trató de sonreír. Mientras bebía un poco de coliol, pudo escuchar la conversación de un corro de soldados cercano. Hablaban de que el 13 se había puesto por delante del 8 en la liga. 13 y 8 eran las formas habituales de referirse al Real Fútbol Club 13 y al Real Fútbol Club 8. Todos los equipos de fútbol de la liga de Hogar se llamaban como el equipo favorito de Pedro Martínez en la Tierra, el Real Fútbol Club, al que se añadía un número para diferenciarlo de los demás. En cada partido, los dos equipos vestían la primera indumentaria del Real Fútbol Club. Si a esto añadimos que Pedro Martínez no era muy hábil con un balón en los pies, el resultado era que cada partido de fútbol se convertía en un espectáculo algo confuso y caótico, a ratos incluso bochornoso. El noventa y cinco por ciento de los jugadores de la liga se llamaban Zurunho.

Al cabo de unos minutos, las pipas comenzaron a hacer efecto en la tropa. Se oyeron los primeros eructos. De manera similar al sonido que produce una bolsa de palominas a medida que se va calentando, la frecuencia de los eructos fue incrementándose poco a poco, hasta que finalmente la celebración se convirtió en un coro de cientos de eructos sonando descompasados.

Un soldado que estaba de guardia, ajeno a la celebración, se le acercó corriendo.

–        Señor, el gobernador Mercado Octavo se dirige hacia aquí.

–        ¡Hombre! – respondió Pedro con una mueca – ¿A qué deberemos el honor de tener entre nosotros al gobernador de la provincia?

Mostró un gesto de claro disgusto y se incorporó. Esperó unos minutos y finalmente apareció el gobernador, rodeado por su guardia personal.

–        ¡Comandante! – dijo sonriendo mientras apretaba ostensiblemente la mano de Pedro – Una vez más usted hace un gran favor a la República y a la paz.

–        Es una sorpresa tenerle aquí, gobernador. Hace sólo un día éste no era un lugar seguro.

–        Bueno, haría cualquier cosa por estar con los hombres que preservan la justicia, nuestras costumbres y nuestro modo de vida.

Comenzaron a caminar para alejarse de la celebración.

–        Comandante, debemos hablar de cierta cuestión – continuó el gobernador mientras mostraba un gesto más serio –. Hay otros asuntos menos felices que me han traído aquí.

–        Dígame.

–        Usted está aquí, perdido en el monte como si dijéramos – sonrió levemente –, lejos de los círculos políticos. Las cosas en Ciudad están cambiando. Ya no son como cuando usted llegó aquí, hace diez años.

Se detuvo para observar la silueta del monte bajo el cielo estrellado. El monte era rojizo, sin un sólo árbol, sin una sola brizna de hierba. No obstante tenía cierta belleza.

–        Las alianzas en el Parlamento están cambiando. Hace diez años, los deterministas pactaban con los pedristas frecuentemente. En algunos momentos, las posiciones de ambos partidos parecían mostrar la existencia de un cierto pacto anti-comercial que nunca conseguimos demostrar. Eso hizo que las relaciones de nuestro partido con los pedristas se volvieran tirantes. No obstante, ahora la situación es diferente – El gobernador elevó la mirada para dirigirla al cielo -. Primer Mercante ha iniciado unas fructíferas negociaciones con el hermano 27351. Como resultado, la iglesia pedrista ha condenado las rebeliones deterministas en algunas provincias. La más grave de todas ellas, como usted sabe, es la que sufrimos aquí, en Montes Tarao.

Mercado Octavo volvió a bajar el rostro y dirigió la mirada hacia Pedro.

–        Por otro lado – continuó -, el obispado de Pueblo Tarao no deja de emitirnos ciertos comunicados de naturaleza inquietante. En ellos insisten en que su ejército elimina a los monjes pedristas siempre que libera un pueblo tomado por los deterministas. El obispado amenaza con trasmitir sus quejas a Ciudad, donde dicha noticia podría ser un grave obstáculo en nuestras nuevas relaciones con el Partido Pedrista.

–        No sé de qué me habla – respondió Pedro.

–        Mire – dijo Mercado elevando sensiblemente su tono de voz -, sé que usted tiene importantes valedores dentro del partido, a los que ha hecho grandes favores. No obstante, incluso esos favores pueden volverse insuficientes si llegase la noticia de que, con su absurda actitud, usted puede impedir un pacto político al más alto nivel.

Miró a Pedro con dureza. Continuó.

–        Ya resulta bastante complicado asumir sus excentricidades. Hace tiempo, por el bien común, usted aceptó mantener su ridículo e innecesario nombre en secreto y relacionarse de acuerdo ese acrónimo que escogió, mucho más aséptico. A pesar de que hoy en día todos se dirijan a usted por su rango y no por su supuesto nombre, dicha decisión resultó muy adecuada durante sus comienzos para evitar conflictos innecesarios. Una vez más, le pido que tenga en cuenta el bien común.

Señaló a Pedro con gesto desafiante, y añadió:

–        Espero no tener que comunicar a la sede del partido lo que está ocurriendo aquí. No obstante, lo haré si un solo templo pedrista más es atacado. ¿Me ha entendido?

Pedro tragó saliva. Después, asintió con la cabeza.

–        Estupendo – añadió Mercado mientras su gesto perdía la dureza anterior -. En otro orden de cosas, dentro de una semana haremos una recepción oficial para su tropa en Pueblo Tarao. Asistirán Primer Mercante y Valor Séptimo a la ceremonia, y otros altos cargos del partido.

Puso la mano en el hombro de Pedro. Con una gran sonrisa, añadió:

–        No me extrañaría que recibiera una medalla.

8

–        Sabes que vas a morir – dijo Pedro al prisionero.

El prisionero comenzó a temblar. Apretó los dientes y bajó la cabeza. No respondió.

–        Sin embargo, se puede morir de muchas maneras diferentes.

El prisionero, con los ojos llorosos, le dirigió una mirada de extrañeza.

–        ¿Te gustaría morir como un héroe? – preguntó Pedro.

9

El palacio de gobernación en Pueblo Tarao estaba repleto de personajes importantes. Varios camareros repartían canapés hechos a base de complejas mezclas de pipas, chopped y yogur, así como vasos de coliol. Los soldados charlaban animadamente con las autoridades. Tras unos minutos, un hombre pidió silencio.

–        Estimados caballeros, a continuación el Gobernador de Montes Tarao, el señor Mercado Octavo, otorgará al Consejero Comandante Andro Primero la medalla al valor.

En medio de una gran ovación, Pedro subió al estrado, donde le esperaba Mercado con los brazos abiertos para darle un abrazo. Los cámaras de televisión se acercaron para cubrir mejor la escena.

Pedro dio un largo abrazo a Mercado. Entonces Mercado sacó una medalla de una cajita.

–        Es un placer para mí, en nombre de la provincia de Montes Tarao y de la República del Hogar, otorgarle esta medalla al valor.

Mercado clavó la medalla en el pecho de Pedro. Pedro hizo un leve gesto de dolor, pues la aguja del enganche le rozó el pecho. Varios espectadores sonrieron divertidos ante el detalle.

–        Gobernador, si los deterministas no acabaron con él, no será usted el que lo haga ahora – gritó un oficial mientras sonreía.

Se oyeron algunas risas. El gobernador sonrió.

–        Muy fuerte tendría que apretar para ello, oficial – respondió.

Se oyeron más risas. Pedro sonrió levemente. Dirigió la mirada a su medalla. Se la acercó a la cara con la mano.

En ese momento, un camarero se acercó al estrado y, ante el estupor de todos, sacó una pistola. Apuntó al gobernador e hizo varios disparos a bocajarro. El gobernador cayó al suelo mientras de su pecho salía la sangre a borbotones.

Ante la confusión general, el camarero se dio la vuelta y comenzó a correr.

Pedro sacó de su funda la pistola reglamentaria y disparó dos veces a la espalda del camarero. Éste cayó fulminado.

10

Mientras los soldados de Pedro peinaban el palacio en busca de nuevos infiltrados y afuera las televisiones comunicaban la trágica noticia, en la sala de gobernación se reunía el gabinete de crisis.

Primer Mercante comentaba la gravedad de la situación. El asesinato del gobernador daría una imagen de debilidad que podría alentar a los deterministas, no sólo en Montes Tarao sino en toda la República.

Entonces intervino Valor Séptimo. Argumentó que, ante tal situación, hacía falta nombrar un nuevo gobernador que pudiera gobernar la provincia con mano de hierro, alguien que actuara sin dudarlo.

Tras varios minutos de discusión, decidieron nombrar a Pedro nuevo gobernador de la provincia de Montes Tarao.

11

Una semana después de su nombramiento, Pedro seguía planificando desde su despacho sus futuras acciones como gobernador de Montes Tarao. Tenía que tomar importantes decisiones.

“Las costumbres heredadas de una supuesta vida anterior, que en realidad nunca hemos vivido, siguen configurando nuestro mundo” escribía en su diario. “Nuestras preferencias proceden de las que tuvo un adolescente hace mucho tiempo en un lugar muy lejano. Estos gustos, compartidos por todos, son los que sirven como canal de introducción al podrido mundo pedrista, el cual, lejos de rechazarlos, los exalta como símbolo de perfección”.

Se paró un momento para escuchar una canción que cantaban sus soldados, afuera en la calle. Hablaba de los riscos y los valles de Montes Tarao. Era una oda a la tierra en la que vivían.

“El determinismo y el comercialismo” continuó “nunca conseguirán apartar de la sociedad esos falsos deseos. Conviven con ellos sin ningún pudor, y no ayudan a crear nuevos usos y costumbres que sustituyan a los anteriores. Ambas doctrinas discrepan en la manera en que deben repartirse aquellas cosas que deseamos, pero no acerca de qué debemos desear. Por tanto, estas ideologías se muestran insuficientes para eliminar de nuestra sociedad el fantasma del pedrismo en auge. El pedrismo aprovecha vilmente el hecho de que esas costumbres, aunque siendo un falso recuerdo, son de hecho la marca de identidad de todos los habitantes de Hogar”.

Volvió a detenerse en su escritura para escuchar la canción de sus soldados con más detalle.

Pensó que algo le extrañaba en esa canción.

No había ninguna referencia a Kakakulo, ni a Fideuá, ni a Anikilator, ni a Rocío. Esa canción, surgida del sentir y la sabiduría popular, exaltaba la extraña belleza de la tierra en Montes Tarao. Mostraba un cierto arraigo al lugar.

Pedro sonrió.

Cogió otro papel del escritorio. En él dibujo un gran rectángulo. Dentro del rectángulo, dibujó una forma sinuosa, que parecía la silueta de unos montes.

“Es muy bella” pensó.

12

El salón de celebraciones del palacio de gobernación estaba a rebosar. Los personajes que lo ocupaban eran lo que podían considerarse las fuerzas vivas de Montes Tarao. Políticos, empresarios, artistas, y otros personajes indefinidos pululaban por la sala tomando canapés y charlando animadamente en corrillos sobre el tiempo que haría mañana. A medida que el coliol se iba consumiendo, los gestos se hacían más elocuentes, las risas más estridentes, y las palmadas en la espalda más dolorosas. Pedro sonreía como gran anfitrión mientras intercambiaba impresiones con un grupo numeroso. Mientras hablaba, los demás escuchaban con gran atención.

–        Verán… – dijo mientras sostenía su copa – La República ha enviado unos hombres a realizar una excavación en nuestros montes. No buscan nuevos recursos, sino nuestro pasado. Según parece, están interesados en conocer la historia de Montes Tarao. Parece tener ciertas… singularidades.

–        ¿Singularidades, gobernador? – preguntó un artista.

–        Bueno, creo que no debería contarles más detalles.

–        ¡Cuente, gobernador! – suplicó un político.

–        No sé yo… – respondió Pedro dubitativo.

Los demás se unieron a la insistencia.

–        Está bien… – aceptó Pedro. Bajó levemente el tono de su voz y continuó – Resulta que, según parece, los alienígenas que poblaban originariamente Hogar construyeron la cúpula en la que Uno vino al mundo aquí mismo, en algún punto de Montes Tarao, y no en Ciudad como se ha creído siempre.

El grupo guardó silencio. Todos escuchaban a Pedro con gran atención.

–        Según parece, Uno generó a sus primeros descendientes aquí mismo. Mucho después, algunos individuos decidieron llevarse algunas máquinas generadoras al punto donde hoy se ubica Ciudad y prosperaron. Se trataba de un territorio más llano donde las comunicaciones eran más fáciles y las construcciones menos costosas. Esos pobladores crecieron en número, pero sus recursos minerales escasearon, y comenzaron a presionar a los habitantes de Montes Tarao para obtener los frutos de sus entrañas. Éstos rechazaron la extorsión, y finalmente hubo una guerra. Al final de ella, los hombres de Ciudad ocuparon Montes Tarao y destruyeron todas las máquinas generadoras ubicadas en nuestro territorio. De esta forma, obtuvieron el monopolio total sobre la producción de alimentos. Fue el fin de la independencia de Montes Tarao, y el comienzo de la República.

–        Muy típico de la República – dijo un empresario sin ocultar cierto tono de reproche –. Pagamos sus impuestos, pero los ferrocarriles que construyen aquí son posiblemente los peores de Hogar. Gobernador, no hacen más que chuparnos la sangre. Tenemos la mayor renta per cápita de Hogar, pero nuestras infraestructuras son las peores.

–        Qué razón tiene, amigo. Pero en ese tema tengo las manos atadas – admitió Pedro mientras miraba al cielo y se encogía de hombros. Después bajó la cabeza y dirigió una mirada de complicidad a los presentes –. El caso es que, según parece, antes de que se impusieran los habitantes de Ciudad, ambos grupos primigenios habían evolucionado de manera aislada y desarrollaron culturas diferentes. Sin embargo, cuando los habitantes de Ciudad ganaron la guerra, eliminaron cualquier vestigio de la antigua cultura de Montes Tarao.

Alguno de los presentes mostró un claro gesto de descontento.

–        Aunque yo creo – continuó Pedro bajando más la voz – que esa cultura no ha desaparecido por completo. Durante mi etapa militar tuve la oportunidad de recorrer todos los rincones de Montes Tarao. En esos días conocí algunos pueblos de alta montaña donde los pobladores tenían un acento peculiar. Alargaban las aes más de lo normal y minimizaban el sonido de las des y las efes. También usaban ciertas palabras que me resultaron extrañas – Pedro paró su discurso voluntariamente durante unos segundos, y acto seguido continuó -. No obstante, dichas características se estaban perdiendo. Los lugareños nos contaron que los jóvenes que repoblaban sus localidades llegaban a ellas tras muchos años de estudios de reeducación en Ciudad. Y, a partir de cierta edad, resulta muy complicado aprender el acento local.

–        Vaya, es una pena que se pierda esa riqueza cultural – dijo un artista.

–        Son nuestras raíces – dijo un político.

–        Desgraciadamente – continuó Pedro –, la República cuenta con el monopolio para crear nuevos habitantes en sus máquinas, así como para educarlos posteriormente de acuerdo a su particular visión de la historia.

Pedro bebió un poco de coliol. Otros le siguieron.

–        No obstante – continuó -, puedo anunciarles que todos nosotros, todos los monteños, acabamos de obtener una victoria parcial. Dada nuestra particular necesidad de técnicos e ingenieros, muy superior a la de otros territorios debido a nuestro gran desarrollo industrial, solicité a la República la creación de una escuela de reeducación aquí mismo, en Pueblo Tarao. Tras mi insistencia, los burócratas de Ciudad aceptaron que la superior presencia de industrias y maquinaria pesada en nuestro territorio permitiría mejorar la calidad formativa de la nueva generación de especialistas. Ayer mismo aceptaron mi solicitud.

–        Gobernador, ésa es una gran noticia – intervino un empresario.

–        Así es – respondió Pedro con orgullo –. Algunos de los nuevos habitantes de Hogar vendrán aquí inmediatamente después de su nacimiento para recibir los cursos de reeducación. Además, dado que en nuestro territorio se encuentra un gran número de profesionales con experiencia, hemos recibido cierta autonomía en la elaboración de los planes educativos.

–        Ese centro podría ser una gran herramienta para que los recién llegados no olviden el pasado de la tierra que ocupan. Para que conozcan la historia de Montes Tarao, e incluso su dialecto – dijo un artista.

–        Y, sin duda, así se hará – respondió exultante el Gobernador.

Amagó un brindis hacia los presentes, los cuales le devolvieron el gesto.

–        Ahora, si me disculpan, tengo más invitados que atender – dijo mientras mostraba una gran sonrisa – Pero, eso sí, les pediría que no divulgasen lo de la excavación… ya saben… los resultados todavía no son oficiales…

–        Por supuesto, gobernador – respondió uno.

Los demás asintieron con la cabeza.

Pedro se alejó de ese grupo y se acercó a otro.

–        Una gran fiesta, gobernador – dijo uno de sus integrantes.

–        Me alegro de que les satisfaga – respondió Pedro con una gran sonrisa.

–        Charlábamos sobre las perspectivas del aumento de la producción de cobre durante los próximos meses – dijo un empresario.

–        Tras el restablecimiento de la paz, algunas empresas han iniciado nuevas prospecciones en nuestros montes – dijo otro.

–        Aunque no son ésas las únicas excavaciones que se están realizando en nuestro territorio – respondió Pedro.

–        ¿A qué se refiere? – preguntó un político, intrigado.

–        Verán…

13

Dos mineros compartían su hora del bocadillo en algún punto de Montes Tarao.

–        Oye, ¿sabes lo que me han contado? – dijo uno.

–        Cuenta… – respondió el otro.

–        Resulta que investigadores de la República han descubierto que nuestro origen en Hogar está aquí, en Montes Tarao, y no en Ciudad.

–        ¿Cómo es eso? – preguntó el otro, sorprendido.

–        Resulta que, cuando todavía todos vivían aquí, unos pocos se fueron al sitio donde hoy está Ciudad. Muchos años después, cuando eran más numerosos, volvieron y exterminaron a los monteños para robar sus recursos. Desde entonces, los burócratas de Ciudad guardan el secreto y llevan a cabo un plan oculto para evitar la prosperidad de Montes Tarao.

–        ¡No había oído una sola palabra de todo esto!

–        De hecho, hace poco el gobierno de Ciudad emitió un comunicado desmintiéndolo todo.

El otro frunció el ceño. Después miró a su compañero con un gesto entre la resignación y la complicidad, y dio un mordisco a su bocadillo de chopped.

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Pedrícese el mundo: Capítulo II

CAPÍTULO II

1

Mientras Pedro se afeitaba, escuchaba un acalorado debate en el televisor. Ante una mesa, seis individuos y un moderador, todos ellos de aspecto serio y vestidos con traje y corbata, analizaban en detalle el personaje de Pedopís. El debate trataba de averiguar si su papel de segundón le relegaba a una posición discriminatoria ante Kakakulo.

Pedro dirigió una mirada de desprecio al televisor, y continuó afeitándose. Sin duda, Pedro tenía un aspecto poco común. Posiblemente era el único habitante de Hogar con una barba que le cubría todo el mentón salvo la barbilla, al estilo decimonónico. “Decimonónico de otro planeta. De un planeta que no es éste” reflexionaba sonriente, mientras se sentía orgulloso de su diferencia.

Hoy Pedro cumplía diez años en Hogar. Diez años desde su nacimiento en una estructura metálica, y veintisiete años y pico de estado fisiológico. Hoy no tendría que ir al ministerio. No tendría que hacer fotocopias, ni preparar canapés de chopped con yogur. No tendría que cargar cajas. Hoy Pedro se hacía mayor de edad. Como consecuencia, hoy recibiría el derecho de entrar en el Parlamento y de escuchar, por primera vez, sus deliberaciones y decisiones. Y, como era habitual, el Parlamento ofrecería una recepción para todos los nuevos ciudadanos que cumplían diez años aquel día.

Dirigió la afeitadora a su rapada cabeza. Mientras se repasaba, recordó que en un principio se sintió inclinado a no ir. Después pensó que su presencia molestaría a muchos, y decidió que iría.

Una vez rapado al cero, cogió la sábana de la cama y se la enrolló alrededor del cuerpo. Hacía tiempo que había conseguido borrar la ilustración de Anikilator con una navaja. Desde entonces, era su prenda favorita para salir.

Apagó el televisor y bajó a la calle. Como era habitual, sus vecinos le dedicaron miradas de extrañeza y desaprobación. Cuando salía por las mañanas para ir al trabajo, los susurros del tipo de “vaya pintas”, “qué tipo más raro” o “ése es el loco” eran los que le mantenían feliz. “Cada vez encajo menos en este mundo de imbéciles” sentía exultante. Eso le daba energías para el resto del día.

Se dirigió hacia el Parlamento. Al llegar a la entrada se unió a la cola de nuevos ciudadanos con gesto desafiante. La mayoría de los presentes vestía el traje adecuado para la ocasión, con la tradicional corbata de Kakakulo. A cierta distancia, varios pedristas observaban a Pedro mientras murmuraban, y alguno de ellos le señalaban con el dedo. “Míralos” pensó Pedro. “A su edad, vistiendo como adolescentes. Todos con las mismas greñas, la misma camiseta y los mismos vaqueros… exactamente como Dios les trajo al mundo”. Pedró pensó que el gran dogma pedrista, la pedricidad, era una palabra que resumía todo el patetismo de ese patético mundo. Y lo peor, pensó, es que los pedristas eran cada vez más numerosos. “Hay que hacer algo” pensó mientras apretaba el puño.

Se abrió la puerta del parlamento y un hombre uniformado les invitó a entrar. Pasaron a una gran sala con el techo muy alto y se formó una nueva cola. Al final de ella se realizaba una especie de ceremonia a cada nuevo ciudadano.

Cuando llegó el turno a Pedro, un funcionario con un traje azul se dirigió a él.

–        Antes de entrar y recibir el grado de ciudadano, debe realizar la promesa o juramento de guardar el secreto de las deliberaciones del parlamento y sus decisiones ante los no ciudadanos. Puede realizar su promesa sobre la Constitución de la República del Hogar – le ofreció a Pedro una copia. Era un tomo voluminoso –. También puede jurar sobre la religión que desee. Aquí tiene una Biblia.

Pedro tomó la Biblia con curiosidad. En su familia nunca habían sido muy religiosos. Se dio cuenta de que no había visto una Biblia desde que llegara a Hogar. Bueno, en realidad eso significaba que en realidad nunca había visto una. Sabía que había una pequeña minoría de habitantes de Hogar que eran católicos. “¿Cómo podrán obedecer las órdenes del papa de Roma desde aquí?” se preguntaba.

Lo primero que extrañó a Pedro fue el grosor de la Biblia. Parecía tener unas quince o veinte páginas como mucho. La abrió y la hojeó. Escogió una página al azar y leyó. El texto relataba la escena en que Jesús se acercó a una fila de esclavos encadenados y dio de beber a uno de ellos. Según relataba el texto, ese esclavo llegaría a ser un gran conductor de cuádrigas en competiciones. Pedro recordó que vio una película que describía esa misma escena, y asintió con la cabeza.

Después pasó a otra página al azar. Describía cómo Jesús se encontraba en una barca con sus diecisiete apóstoles. Les dijo que tiraran las redes. Al recogerlas, estaban repletas de panes y peces. Jesús cogió la red, y andando sobre las aguas se dirigió a la orilla y les ofreció el contenido a los presentes.

Antes de devolver la Biblia al funcionario, Pedro echó un rápido vistazo a la primera página. Indicaba que el que modificara una sola letra del texto ardería en el infierno.

–        Está tal y como fue escrita por Seis y Trece, hace más de dos mil años, de acuerdo a todos sus recuerdos – dijo el hombre al tomarla -. Fue un gran trabajo, no podrá encontrar una sola imprecisión.

Pedro asintió. El hombre añadió:

–        Puede escoger cualquier otra religión, si lo desea.

Pedro observó otros libros en una estantería. Pidió el Corán. Al cogerlo, observó que consistía únicamente en la portada. Otros títulos disponibles, formados únicamente por una portada, eran “El libro de Buda” y “El libro de los Zulús”.

–        Por supuesto, también puede utilizar el Libro Sagrado de Pedro – indicó el hombre, ofreciéndolo.

Enfurecido, Pedro lo agarró con un ademán y lo lanzó lejos con todas sus fuerzas. Varios pedristas presentes en la sala miraron con odio a Pedro, y le increparon iracundos.

–        ¡Sacrílego! ¡Morirás por esto! – gritó uno de ellos, colérico.

Pedro reía con gran regocijo.

Con cierta inquietud, el funcionario del traje azul volvió a dirigirse a Pedro.

–        Tiene que prometer o jurar la fórmula de acuerdo al libro que desee. Debe hacerlo ya – dijo, señalando a la cola que había detrás de Pedro.

Una voz burlona sonó desde atrás en la fila.

–        Déjele pasar sin más, ese chiflado no habla con nadie. ¿Cómo podría contarle a alguien algo de lo que vea aquí?

Pedro cogió un libro cualquiera de la estantería y habló.

–        Juro no revelar a los no ciudadanos lo que ocurra en esta sala, y lo juro ante… – Pedro miró el libro que había cogido, que también consistía únicamente en su portada – …el Libro del Elefante con Cuatro Brazos.

El hombre uniformado le respondió con cierto disgusto.

–        Bienvenido a la ciudadanía del Hogar. Puede pasar – dijo mientras agarraba a Pedro del brazo y le empujaba hacia delante para que desalojara la fila.

2

Pedro entró en una sala mucho mayor. Se trataba de la sala del Parlamento. Tomó asiento en la fila asignada a los nuevos ciudadanos. La fila se fue llenando. Al cabo de unos minutos entraron los congresistas y fueron ocupando sus escaños, más abajo.

Pedro observó que los escaños de una determinada zona estaban siendo ocupados por individuos que compartían las mismas greñas, y vestían la misma camiseta y los mismos vaqueros. “¿Cómo? ¿Esos majaderos tienen un partido aquí?” pensó Pedro mientras apretaba los dientes. “Además, no son pocos…” observó. Le hervía la sangre.

El presidente del parlamento habló.

–        A petición del Partido del Comercio, hoy se debate la posible reforma de la Ley de Recibimiento. Toma la palabra el congresista Primer Mercante.

El citado Primer Mercante comenzó a hablar desde el estrado.

–        Nos dirigimos a esta cámara para plantear ciertos cambios a la ley citada por el señor presidente. Consideramos que el filtro del primer día debe endurecerse.

Algunos congresistas protestaron ante semejante afirmación. Pedro se preguntó de qué estaban hablando. Primer Mercante continuó.

–        Los datos indican que el número de suicidios durante los cinco primeros años en Hogar es excesivo. Nuestra sociedad no puede permitirse costear la reeducación de tantos individuos que no llegan a la edad adulta. Por lo tanto, la prueba del primer día debe endurecerse. De esta forma, sólo los individuos con la suficiente fortaleza psicológica no saltarán y sobrevivirán. En condiciones normales, las experiencias de un solo día modificarían poco esa fortaleza, pero el primer día en Hogar es sorprendente y está lleno de impactantes emociones. Debemos seleccionar a los que han recibido los estímulos adecuados. Debemos seleccionar a los fuertes. Los demás deben saltar.

–        ¡Eso es impío! ¡El miedo es inherente a Pedro! – protestó un hombre procedente del sector pedrista.

–        ¡Silencio! – interrumpió el presidente. Esperó unos segundos –. Continúe.

–        Consideramos que la foto en el espejo del dormitorio no supone un filtro suficiente – continuó Primer Mercante -. Tampoco basta con asignar habitaciones individuales. Proponemos cambiar la sábana de Anikilator puesta en la cama por una foto del propio Pedro.

Pedro escuchaba con gran sorpresa. Otros nuevos ciudadanos sentados en su misma fila se revolvían en sus asientos con inquietud. Más abajo, los congresistas pedristas murmuraban y protestaban. Primer Mercante pareció ignorarles y siguió hablando.

–        En otro orden de cosas, pensamos que el número de recién nacidos que se inclinan el primer día por el barrio industrial y la educación tecnológica es insuficiente y no va acorde al desarrollo productivo que está experimentado nuestra sociedad en los últimos años. La escasez de mano de obra cualificada ha disparado el sueldo de los especialistas, lo que ha reducido peligrosamente los beneficios empresariales. Esto pone en peligro su actividad y la innovación que proveen a nuestra sociedad. Por lo tanto, desde el grupo comercialista proponemos reducir el aspecto tecnológico de la proyección de recibimiento. En concreto, proponemos reducir la calidad de la imagen y añadir más ruido de fondo al sonido de la proyección. También proponemos cambiar la sala por otra más estrecha y alargada. De esta forma, la sensación de falta de medios se acrecentará entre los individuos sentados en las últimas filas, y aumentarán las vocaciones tecnológicas. Otra posibilidad consistiría en sustituir la proyección de cine por una emisión de radio. Sin embargo, nuestro grupo no lo considera aconsejable, pues si reducimos el aspecto tecnológico en exceso, correremos el riesgo de no suscitar en los espectadores la sensación de que la tecnología que dejaron en su mundo está al alcance de la mano. Es decir, perderíamos la sensación de oportunidad.

Pedro reconocía que no salía de su asombro. Lo mismo sucedía a sus compañeros de fila.

–        Así mismo, creemos que el número de individuos que se inclina el primer día por el barrio gubernamental y la educación política es excesivo – continuó. Ante dicha afirmación, los murmullos de protesta de los demás congresistas desaparecieron -. Por tanto, proponemos reducir a la mitad el número de columnas de la sala de proyección. Como ya saben sus señorías, varios estudios indican que el número de fallos estructurales en la maquinaria e instalaciones puestas al servicio de los recién llegados es muy alto. Según esos mismos estudios, hay una probabilidad estadística no despreciable de que más de una molestia se cebe en el mismo individuo durante sus primeros días en Hogar, los cuales son cruciales desde el punto de vista emocional. Dicha circunstancia podría producir, y cito textualmente,  “individuos antisociales, calculadores y peligrosos”. La correlación entre los individuos que sufrieron al menos dos pequeñas molestias el primer día y la delincuencia es asombrosa.

Pedro se acomodó en la butaca. Poco a poco, fue esbozando una gran sonrisa. Se sentía feliz. De hecho, sentía la mayor felicidad que había sentido desde que llegó a Hogar. La mayor felicidad de su vida. “Soy diferente. Estoy fuera de los cálculos de los imbéciles. Estoy fuera de su esquema del patetismo… Soy realmente único…”. Ante los elocuentes gestos de regocijo y grandeza, varios compañeros de fila le dirigieron una mirada de extrañeza.

–        Dejadle, es el loco – susurró uno.

Pedro lo oyó. El comentario le encantó. “Es maravilloso oír eso de los labios de un cretino. ¡Qué gran cumplido!”.

3

–        Por los motivos expuestos, propongo dichas modificaciones en la Ley del Recibimiento – terminó Primer Mercante. Bajó del estrado y regresó a su escaño.

El presidente de la sala habló.

–        El Partido Pedrista ha solicitado la palabra. Hermano 27351, puede subir al estrado.

Pedro observó al individuo que se dirigía hacia los micrófonos. “Creo que ya tengo un objetivo en la vida. Acabar con la homogeneidad patética. Acabar con los imbéciles” pensó Pedro. “Y comenzar por ellos”. Pedro dirigió la mirada al Partido Pedrista. Repasó lentamente a todos sus individuos, estudiando lo iguales que eran y lo despreciables que le parecían.

–        Pedrícese el mundo y todas las cosas creadas por su estructura – murmuró Hermano 27351 de manera mecánica con la cabeza baja y los ojos cerrados. Después elevó la mirada y se dirigió a todos los presentes –. El Partido Pedrista quiere indicar que podría considerar aceptable la propuesta del Partido del Comercio si se aceptasen ciertas enmiendas. Éstas conciernen al contenido del propio video de la proyección de recibimiento.

Varios miembros del sector del Partido del Comercio parecieron sorprendidos por el anuncio.

–        El partido pedrista – continuó el hermano – considera primordial que los recién nacidos comprendan lo antes posible la divinidad de Pedro Martínez. Gran Pedro nos muestra esta realidad de múltiples formas. El único habitante de Hogar es Pedro Martínez. A excepción de los seres unicelulares que lo sirven o son parte de él, no existen otros seres vivos en Hogar. Dado que Pedro Martínez es el único ser e ingrediente del mundo y de la creación, cada Pedro Martínez recién nacido es de hecho divino y perfecto. Solo manteniendo sus matices, sus gustos, su aspecto y sus acciones originales conseguiremos algún día alcanzar el Reino de Pedro. Por todo ello, deseamos introducir la Gran Verdad pedrista en el video.

Se oyeron algunos gritos de protesta.

–        Consecuentemente, – continuó – la proyección explicaría que la Tierra nunca ha existido, y que ninguno de los recuerdos anteriores al momento del nacimiento en Hogar es real. Dichos recuerdos son, en realidad, una prueba del Maligno, de Antipedro en persona. Estos falsos recuerdos nos muestran el horrible mundo que podríamos obtener si olvidásemos nuestra naturaleza pedrista. Un mundo lleno de frustraciones y desdichas. La Gran Verdad nos enseña que, antes del mismo nacimiento, una larga visión de diecisiete años nos muestra el mal camino, el camino de la infelicidad, el camino de la falsa pluralidad, un camino que podemos evitar o no, de acuerdo a nuestro libre albedrío – Hermano 27351 dirigió una mirada desafiante hacia un sector determinado del hemiciclo. Los aludidos protestaron enérgicamente. Pedro observó que los congresistas de dicho sector todavía no habían intervenido en la sesión. El hermano continuó –. De esta forma, los recién nacidos comprenderán que la verdadera pluralidad divina reside en los infinitos matices de Pedro. No olvidemos que otras religiones, soñadas en la propia visión de 17 años de longitud, muestran el papel de Pedro como el portador de las llaves del cielo. Pedro, con su libre decisión, puede escoger entre ascender a los cielos a través de la pedricidad, o desaparecer para siempre en el infierno…

El presidente de la sala mostró gestos de impaciencia.

–        ¡Hermano, no está usted en el Gran Templo! – gritó un congresista con voz burlona.

El hermano le dirigió una mirada reprobatoria. Murmuró algunas palabras fuera de micrófono mientras alzaba las manos al cielo y cerraba los ojos. Después, ya hacia el micrófono, continuó.

–        Ésta es mi propuesta. Que Pedro les ilumine para acatarla y aceptarla.

Mientras el hermano regresaba a su escaño, el presidente intervino.

–        Pide la palabra el Partido Determinista. Puede subir al estrado Eslabón Tercero.

El aludido subió al estrado.

–        Antes de intervenir, me gustaría resaltar las sorpresas que ofrece la Gran Verdad pedrista. Resulta que hace… – miró unas anotaciones – …setenta y seis años ustedes también solicitaron introducir la Gran Verdad en la proyección de recibimiento. En esa ocasión, solicitaron, y cito literalmente, “introducir la verdad sobre nuestra llegada a Hogar, mediante la cual el supuesto mensaje alienígena que recibió Gómez en la Tierra fue enviado en realidad por uno de nuestros habitantes en el futuro, el cual regresará al pasado, a los tiempos anteriores a Uno, utilizando una máquina del tiempo para poder en dicho tiempo transmitir dicho mensaje. Dado que dicho ciudadano descenderá en última instancia de Uno, se mostrará que nuestra sociedad de Hogar es en realidad el origen de sí misma, lo cual muestra la perfección de su elemento básico, Pedro. Un ser que es el origen de su mismo es, por definición, la Divinidad. Por lo tanto, el misterio de la pedricidad quedará completamente comprendido” – entonces Eslabón se aclaró la garganta y recorrió con la mirada el sector pedrista -.  ¿En qué quedamos?

El mismísimo Hermano 27351 se levantó de su escaño para intervenir.

–        ¡Esa propuesta se hizo antes del septuagésimo primer concilio pedrista, cuando el grupo de sabios Martínez reanalizó el dogma! – gritó colérico.

–        Por cierto, – continuó Eslabón Tercero – le recuerdo que en dicha ocasión nuestro grupo estuvo dispuesto a aceptar su propuesta. Nos parecía que podía ilustrar con claridad el determinismo de nuestro comportamiento. Si nuestra existencia se debe a algo que sucederá en el futuro, entonces estamos condenados a realizar exactamente las acciones que nos conducirán a hacerlo, pues si no lo hiciéramos, no existiríamos, y de hecho existimos. La idea de su grupo fue, por tanto, muy bien recibida en nuestro partido. Sin embargo, ustedes mismos retiraron su propia propuesta, no sé por qué influencias – dirigió la mirada al sector del Partido del Comercio -. En su citado septuagésimo primer concilio, introdujeron el libre albedrío como dogma, lo cual era incompatible con dicha propuesta y nuestra posición. Con el libre albedrío surge la responsabilidad, el mérito y la culpa, el premio y el castigo, y la justificación de la diferencia en función de las acciones anteriores, entre ellas la riqueza y la pobreza – volvió a mirar a los comercialistas. Después, se dirigió de nuevo a los pedristas –. ¡Sin embargo, el determinismo de nuestro comportamiento es un hecho! Al nacer de una máquina copiadora, todos nos comportamos exactamente igual hasta que hay alguna diferencia en el entorno. ¡Nuestra misma República se aprovecha de ello en la sala de proyección de bienvenida poniendo, por ejemplo, columnas delante de algunos de nosotros para que diverjamos y nos especialicemos! Nuestras diferencias proceden solo del entorno y, por tanto, no existe verdadero libre albedrío, solo su sensación. No existen el mérito o la culpa, ni por tanto motivo para la existencia de ricos y pobres. Señores pedristas, cuando aceptaron el libre albedrío, justificaron las diferencias entre iguales, entre cada Pedro Martínez de este mundo. Así, en cierto sentido, abandonaron el pedrismo.

–        ¡Sólo reconocimos la existencia innegable del Bien y el Mal! – se levantó de nuevo el hermano – ¡Reconocimos la responsabilidad en nuestros actos! ¡Despertamos a la inactividad y la apatía! ¡A la resignación!

–        ¡Señores! – intervino el presidente – ¡No interrumpan al ponente! Y usted, señor Eslabón, vaya al grano y abandone su lección partidista de la Historia.

–        Sólo quiero decir que la propuesta del Partido Pedrista nos resulta inviable. Si tanto les molesta la superioridad alienígena, que deslegitimaría la supuesta divinidad de Pedro, entonces podrán aceptar la siguiente propuesta, que es la de mi partido. Consiste en narrar que los alienígenas multiplicaron la población de Pedros Martínez para poder extraer información de la civilización humana con mayor rapidez. Sin embargo, nuestros antepasados decidieron escapar a su cautiverio y planificaron una rebelión. Se inició una gran guerra, que finalizó con la aniquilación de la especie alienígena y la supremacía total de los Pedros, aparentemente más débiles. Además, sería igualmente adecuado modificar el tiempo desde la llegada de Uno de los 2119 años a los 519 años. De esta forma, nuestra civilización habría alcanzado el nivel tecnológico actual con una gran rapidez. Exaltaríamos, de esta forma, todo lo que puede conseguir Pedro si lucha unido contra sus enemigos, contra los que le subyugan y alienan.

Eslabón paró para beber un poco de agua, y continuó, dirigiéndose a los pedristas.

–        Consideramos que podrán aceptar nuestra propuesta, pues para ustedes supone un paso más en la demostración de la supremacía de Pedro sobre todas las cosas. Por tanto, les pedimos que la consideren.

Eslabón recogió sus anotaciones y regresó a su escaño. Mientras tanto, los pedristas murmuraban. Hermano 27351 discutía frenéticamente con sus colaboradores.

4

–        Primer Mercante pide de nuevo la palabra – dijo el presidente.

El líder del Partido del Comercio subió de nuevo al estrado.

–        La propuesta del Partido Determinista es completamente inaceptable. Les recuerdo que la provincia de Montes Tarao está sufriendo una gran crisis. Los mineros del cobre están en huelga. Algunos se han atrincherado y han expulsado a sus patronos, a los legítimos dueños de aquellas minas que compraron con el fruto de su esfuerzo. Dicen que están “colectivizando” las minas. Y todo parece indicar que ciertos grupos están propagando absurdas ideas de rebelión contra el “patrón opresor”. Algún día demostraremos en esta sala que esos mismos grupos también están financiado dicha sedición – miró con gesto acusador hacia el sector del Partido Determinista -. Señores, si todos nacemos en la estructura metálica con las mismas oportunidades, entonces el hecho de que unos progresen y otros no es la prueba fehaciente de que podemos decidir, de que no estamos determinados. Los más aptos tienen derecho a recibir su premio. Además, si no premiamos a los más aptos, entonces éstos no desarrollarán su actividad y no proveerán de empleos a otros individuos menos aptos que les rodean. Nadie querrá hacer nada, pues no habrá incentivo para ello. Suponer que el futuro de un individuo depende únicamente de cómo el entorno le influye es irresponsable. No podemos alegar que cada cosa que hacemos es fruto de nuestro entorno. Existen el mérito y la culpa en nuestras propias acciones. Por tanto, no es justo ni eficiente repartir los recursos de manera equitativa.

Se oyeron airados gritos de disconformidad procedentes del Partido Determinista.

–        Debemos añadir, no obstante, que considerar que el origen del mérito o culpa reside en la medida en que copiemos místicamente el comportamiento de un adolescente improductivo tampoco nos parece la manera más eficiente de progresar – miró a Hermano 27351, que le devolvió un gesto de desdén -. En cualquier caso, un vídeo de recibimiento en el que se muestre cómo unos seres inferiores pueden derrocar a unos seres superiores nos parece una manera muy peligrosa de introducir un preocupante factor desestabilizador en nuestra sociedad. Por lo tanto, nuestro grupo votará en contra de semejante propuesta.

Primer Mercante apagó el micrófono y regresó a su escaño.

–        ¿Algún grupo quiere intervenir? – dijo el presidente.

–        Sí señor – intervino Hermano 27351 -. Sólo queremos decir que la propuesta del Partido Determinista nos parece aceptable.

Se oyeron gritos de desaprobación procedentes del Partido del Comercio.

–        ¿Alguna intervención más? – preguntó de nuevo el presidente. Ante el silencio posterior, continuó – Pasamos a votar la propuesta del Partido Determinista.

Si bien el Partido del Comercio era mayoritario en la cámara, los votos del Partido Determinista y el Partido Pedrista sumaban mayoría. Tras el recuento de los votos, el presidente volvió a intervenir.

–        Queda aceptada la propuesta del Partido Determinista. Les recuerdo que, según el reglamento de la cámara, cualquier cambio en nuestra Historia requiere la eliminación inmediata de todas las cintas existentes de la proyección de recibimiento anterior. Esta orden se hará efectiva hoy mismo. A modo simbólico, procederemos a eliminar ahora y aquí el guión de la proyección anterior.

Dos alguaciles trajeron unos folios, y, con gran ceremonia, el presidente procedió a encender su mechero y quemarlos.

Varios miembros de la fila de nuevos ciudadanos observaban escandalizados la escena.

–        ¿Cómo es posible? ¿Cómo puede el parlamento cambiar la Historia cuando le dé la gana? – decía uno.

–        ¿Es cierta la historia que nos contaron a nosotros? – decía otro.

Un congresista muy mayor que se sentaba justo delante de la fila de los nuevos ciudadanos se dio la vuelta para contestar. Pertenecía al Partido del Comercio. Lo primero que hizo fue reírse con condescendencia. Después se dirigió a ellos.

–        Cuando yo era joven, en mi primera legislatura como congresista, también modificamos la proyección anterior. Ésta había sido propuesta por mi grupo muchos años atrás. Explicaba cómo los alienígenas crearon muchos individuos. Éstos acabaron trabajando para los alienígenas, que eran justos patronos y les pagaban un buen salario. Al cabo de muchos años, el clima del planeta cambió, y las condiciones atmosféricas se hicieron hostiles a la naturaleza alienígena, a la vez que más beneficiosas para la especie humana. Ante semejante problema, los alienígenas se plantearon la posibilidad de emigrar a otro planeta de este mismo sistema solar que les pudiera resultar más favorable. Dudaron entre trasladar a todos los miembros de su especie o bien sólo a una parte de ellos. Finalmente resolvieron su problema de una manera muy económica y eficiente. Ofrecieron a los Pedros, muy numerosos por aquel entonces, comprar el planeta. Los Pedros usaron los ahorros conseguidos con el sudor de su frente para comprar la propiedad del planeta, y los alienígenas emigraron al completo a su nuevo planeta con las riquezas de los Pedros. Fue un trato justo para ambos. Desde entonces, Hogar nos pertenece.

Uno de los nuevos ciudadanos intervino.

–        Pero, según ha dicho usted, esa historia también fue inventada en el parlamento…

–        Bueno, algunos congresistas más mayores que yo me hablaron de otras historias más antiguas aún. En una, los alienígenas se fueron sin más. En otra, los alienígenas nunca existieron. Pero no conozco ninguna historia con una antigüedad mayor que, digamos… ciento cincuenta años, más o menos.

–        ¿Y que ha sido de las anteriores? – preguntó otro, intrigado.

–        Las quemamos como todas las demás, claro – respondió riéndose.

–        ¿Y cuál es la verdadera?

El anciano emitió una gran carcajada.

–        ¡Y yo que sé!

Los miembros de la fila se miraron incrédulos entre sí. El viejo se dio la vuelta.

A Pedro la escena completa le pareció de lo más instructiva.

5

La sesión parlamentaria continuaba con otro punto de la orden del día. Hermano 27351 se encontraba de nuevo en el estrado discutiendo una posible reforma de la Ley de Usos y Costumbres.

–        Señores parlamentarios, no debemos permitir que algunos aspectos íntimos de la vida de nuestros conciudadanos deriven en comportamientos ostensiblemente antipedristas. Pedro Martínez, el ser original del que todos procedemos, no era homosexual. Es por ello que observamos con preocupación el comportamiento de un número creciente de ciudadanos, algunos de ellos presentes entre nosotros en esta sala. Dicho comportamiento resulta gravemente ajeno a la esencia original de Pedro Martínez – dijo mientras señalaba con el dedo algunas butacas de los sectores comercialista y determinista -. ¿Cómo es posible que algunos de nuestros conciudadanos sientan atracción por otros, no ya de su propio sexo, sino incluso idénticos a ellos mismos? ¡Es una aberración que va contra la naturaleza de Pedro Martínez!

Varios parlamentarios comenzaron a abuchear a Hermano 27351.

–        O sea, – interpeló un diputado – que preferiría que todos participásemos con ustedes los pedristas en su Rito de Rocío, ¿no?

Muchos presentes se rieron ostensiblemente. Algunos alzaron su voz para increpar y burlarse del hermano.

Sentado en lo alto del hemiciclo, Pedro recordó que en una ocasión había tenido la oportunidad de contemplar en persona dicho rito, no sin gran desagrado. Varios cientos de pedristas colocaban sillas en una plaza en cuyo centro se encontraba una gran estatua de Rocío esculpida en mármol. Todas las sillas se disponían en dirección hacia la estatua. Entonces cada pedrista se sentaba en una silla y, ante una señal, todos ellos se masturbaban a la vez mientras concentraban su mirada en la estatua. Pedro sentía asco y bochorno cuando recordaba aquella escena. Lo que más le molestaba era el hecho de que varios cientos de ciudadanos se unieran para imitar el comportamiento de un adolescente mientras concentraban sus deseos en algo que, en realidad, no existía. En lugar de rechazar todo lo que era deprimente y odioso en aquel mundo extraño que les había tocado vivir, aquellos individuos exaltaban esas mismas miserias. Esto ponía a Pedro furioso.

Otro diputado intervino desde su escaño.

–        ¡Hermano, no se enfade! – gritó con tono burlón -. Personalmente, yo prefiero hacer esas cosas solo, pero creo que relacionarse con otro ciudadano de este mundo también es, en cierto sentido, masturbarse, ¿no? – Las risotadas volvieron a inundar la sala. Sin ocultar una sonrisa burlona, el diputado continuó -. Si resulta que Pedro Martínez es la fuente de la divinidad para ustedes, los pedristas, entonces ¿qué mejor forma tendrían ustedes de amar a la divinidad que la forma en que lo hacen los compañeros a los que usted se refiere?

–        ¡Blasmefo! – gritó Hermano 27351.

Los parlamentarios pedristas profirieron otros insultos desde sus butacas. Entonces uno de los parlamentarios que había sido acusado con el dedo por Hermano 27351 intervino.

–        ¡Prefiero la carne al mármol! – exclamó.

Muchos parlamentarios aplaudieron el comentario mientras reían. Todos los que habían sido acusados por Hermano y algunos más se pusieron en pie mientras aplaudían. Los parlamentarios del sector pedrista fruncían el ceño.

Unos instantes después, Hermano 27351 volvió a hablar. Debido el rechazo frontal que había cosechado su comentario, decidió pasar a otro punto de su propuesta.

–        No es ésta la única desviación inmoral de nuestra sociedad que nos inquieta. Observamos en la población algunos comportamientos, relativos a otros aspectos de la vida, que son igualmente preocupantes para nuestro partido y nuestra fe – afirmó. Bebió un sorbo de un vaso de agua y continuó –. En particular, la vestimenta de algunos ciudadanos de Ciudad está degenerando hacia formas ostensiblemente antipedristas. Solicitamos por tanto la introducción de un reglamento del buen decoro que establezca como falta mostrar un aspecto soez y amenazante con la naturaleza pedrista. El objetivo es que no tengan que verse ejemplos tan lamentables como por ejemplo… – dirigió la mirada directamente a la fila de nuevos ciudadanos, en la parte alta del hemiciclo – …el de ese tipo de ahí.

Señaló con el dedo directamente a Pedro. Todos los congresistas se dieron la vuelta para mirarle.

Lejos de amedrentarse, Pedro sonrió y se puso en pie.

–        Por lo tanto, – continuó el hermano – nuestro grupo propone la creación de un código de vestimenta que…

–        ¡Tú! ¡Imbécil! – gritó Pedro señalando al hermano, mientras adoptaba una postura desafiante.

Un coro de murmullos inundó la sala. El hermano aparentó ignorar a Pedro y continuó.

–        …se base en los ideales pedristas en el nacimiento, esto es, pelo largo sin lavar con…

–        ¡Sí, tú! ¡Imbécil! – volvió a intervenir Pedro.

–        ¡Por favor! – gritó el presidente -. Debo solicitar a los miembros del público que guarden la compostura, o si no deberán abandonar la sala.

–        Patéticos inmaduros acomplejados… – continuó Pedro -. Mantenéis los mismos complejos que el mismísimo Pedro Martínez. Ante su patetismo e irrelevancia en el mundo, Pedro Martínez creaba mundos imaginarios en los que era el rey. Por ejemplo, Val Hancín, su personaje en sus partidas de rol, era la exaltación de esos miedos. Y su ropa, su música… Pedro Martínez escogía lo minoritario para sentirse especial, porque fracasaba en todo lo convencional.

–        …una camiseta negra y unos pantalones vaqueros azules que… – continuaba el hermano mientras bajaba la vista para leer literalmente de sus notas. Una arruga en su frente delataba su enfado contenido. Los miembros del partido pedrista comenzaron a increpar a Pedro y al presidente a partes iguales.

–        Lejos de madurar, – siguió gritando Pedro – los pedristas exaltáis el patetismo como modelo a alcanzar. Os refugiáis en vuestra homogeneidad para ocultar vuestra putrefacción. El asco que siento ante todo este mundo no es más que el reflejo del asco que siento ante todos vosotros. ¡Viva la diferencia con Pedro Martínez!

Pedro observó que algunos miembros del Partido Determinista le miraban con gesto divertido. Varios miembros del Partido del Comercio comenzaron a aplaudirle.

–        Alguaciles, expulsen a ese hombre de la sala – intervino el presidente, señalando a Pedro. Los alguaciles comenzaron a subir en dirección a la fila de nuevos ciudadanos.

–        ¡Es Antipedro en persona! ¡La encarnación del Maligno! – gritaban los pedristas. Uno de ellos miraba fijamente a Pedro mientras se pasaba el dedo índice por el cuello de izquierda a derecha ostensiblemente.

–        Y haré todo lo que pueda para acabar con todos vosotros – retó Pedro mientras sacaba ambos brazos de su sábana y los dirigía al aire mientras cerraba los puños -. Lo digo ahora y aquí, en el mismísimo parlamento. Aunque sea lo último que haga.

–        ¡Nos está amenazando! – gritó un pedrista.

El ruido de comentarios, insultos, amenazas, risas, aplausos y murmullos en la sala era ensordecedor. Los alguaciles alcanzaron a Pedro y le sujetaron por los brazos mientras se lo llevaban de la sala. Un vaso procedente del sector pedrista alcanzó a Pedro en la cabeza. Pedro se llevó la mano a la frente, y observó que estaba sangrando. Antes de que los alguaciles lo sacaran de la sala, volvió la cabeza y sonrió mientras señalaba con el dedo a los pedristas.

6

–        95271105, tiene una visita – dijo el guardia desde fuera de la reja. Le acompañaba un hombre con un bigote bien perfilado que vestía un elegante traje.

Pedro se sorprendió ante semejante noticia. No esperaba que nadie quisiera verle a él. Se incorporó sobre su camastro. El hombre entró en la celda.

–        Buenas noches, soy Valor Séptimo.

Pedro guardó silencio.

–        ¿No sabe quién soy? – continuó el recién llegado.

Pedro meditó durante unos instantes y respondió.

–        Un momento… ¿No es usted el propietario de almancenes PJR?

El hombre rió.

–        Bueno, ésa es una de mis propiedades.

Pedro guardó silencio.

–        Iré al grano – dijo Valor -. He de reconocer que su intervención de esta mañana en el parlamento me ha impresionado – sonrió –. En Hogar no sobra la gente decidida.

Pedro siguió callado.

–        Pero Hogar necesita gente decidida – continuó Valor -. Especialmente en estos momentos.

Valor se sentó junto a Pedro en el camastro. Sacó una bolsa de su bolsillo.

–        ¿Quiere unas pipas?

–        No, gracias – respondió Pedro.

–        Pruebe una, por favor.

Ante la insistencia, Pedro probó una. Le sorprendió su sabor. Era… más intenso.

–        Muy buenas – admitió Pedro.

–        Hacen falta diez pipas para extraerles ciertos componentes e inyectárselos a una sola de éstas.

–        ¿Y qué pasa con las otras nueve? – preguntó Pedro.

Valor se tomó unos segundos para responder.

–        Hay gente que piensa que es un despilfarro. Yo pienso que es un premio – añadió mientras dejaba caer un puñado de pipas en la mano de Pedro-. Verá usted, creo que tiene razón en que las fuerzas homogeinizadoras en Hogar están yéndose de las manos. En Montes Tarao, por ejemplo, el ideario determinista está calando con fuerza, y cada vez más gente piensa que todo el mundo debe ser igual. Esa gente amenaza la precaria diversidad de Hogar.

–        Si no me equivoco, lo que quiere esa gente es tener lo mismo, no ser lo mismo – respondió Pedro.

Valor tomó una pipa y escupió las cáscaras al suelo.

–        Créame, las dos cosas acaban convirtiéndose en lo mismo. Los templos pedristas en Montes Tarao están creciendo tanto como los sindicatos deterministas. Ambos grupos afirman ser diferentes, pero los dos guardan objetivos homogeinizadores. Son un peligro para los diferentes. Para los especiales, como usted y yo. No me dirá usted que cree en el determinismo, ¿verdad? Usted se ha esforzado voluntariamente en ser una persona diferente. Usted se ha ganado su diferencia.

Esta vez fue Pedro el que tardó un tiempo en responder.

–        Me da igual si estoy determinado o no – dijo por fin -. Hago lo que quiero y no me importa por qué lo quiero. Me da igual si eso lo decide mi entorno o mi libre albedrío. No me comportaría de manera diferente si conociera cuál es el origen de mis decisiones. Tengo objetivos y hago todo lo posible por cumplirlos.

–        ¡Sí señor! – respondió Valor, mientras daba una palmada en la espalda de Pedro. Valor eructó sonoramente y continuó -. Eso es lo que me gusta de usted. Alguien con las ideas claras. No como tantos políticos.

El olor a pipas inundó la sala. Valor tomó una pipa más y escupió las cáscaras al suelo con cierto desprecio. Pedro le acompañó.

–        Por ejemplo, el Consejero de Seguridad de Montes Tarao es un imbécil y un débil. Se ha negado repetidamente a usar la fuerza contra los sediciosos. Le cuesta actuar con decisión contra individuos que se parecen tanto a él. Sin duda, ésa es una debilidad pedrista.

–        Usted es propietario de algunas de esas minas, ¿no?

Valor sonrió.

–        Decidido y despierto.

Volvió a dar una palmada en la espalda a Pedro. Entonces Pedro se retiró levemente y eructó.

–        Señor Valor, ¿para qué ha venido a verme? – dijo.

Valor se tomó un tiempo para responder.

–        Para dos cosas. Primero, al salir de su celda pagaré su fianza, y podrá volver a su casa inmediatamente.

Pedro mantuvo el gesto serio.

–        Segundo – continuó Valor –, le ofrezco convertirse en el Consejero de Seguridad de Montes Tarao.

–        Usted no puede dar puestos políticos.

Valor soltó una risotada.

–        Créame, sí puedo – se metió otra pipa en la boca y añadió – ¿qué me dice?

Pedro tomó una pipa directamente de la bolsa de Valor, y se la metió en la boca.

–        Verá, señor Valor. Ustedes, los políticos del Partido del Comercio… – echó un rápido repaso al gesto sonriente de Valor – o, mejor dicho, ustedes, los magnates que… asesoran sus acciones, no defienden la diversidad, sino su propia suerte. No defienden la diversidad como objetivo, sino como privilegio. Recuerdo que hace no mucho tiempo se llevaban bastante bien con los pedristas. A cambio de financiar la finalización de la construcción del Gran Templo, consiguieron introducir en el Dogma la “naturaleza empresarial latente de Pedro”. De esas cosas nos enterábamos incluso los no ciudadanos.

Valor frunció el entrecejo.

–        Eran otros tiempos – respondió grave.

–        Lo siento, señor Valor, pero debo rechazar su oferta – dijo Pedro mientras escupía cáscaras de pipa al suelo.

Valor miró un momento al suelo, y acto seguido se levantó rápidamente mientras mantenía un gesto serio.

–        Está bien – dijo -. Pero espero que recapacite. Creo que podría hacer más por la diversidad en Hogar al mando de un escuadrón de seguridad que al mando de una fotocopiadora en el Ministerio de Transportes. Por si cambia de idea, aquí tiene mi tarjeta – dijo, mientras se la ofrecía a Pedro.

Pedro la tomó.

–        En cualquier caso, – continuó – pagaré ahora mismo su fianza. Buenas noches.

El guardia abrió la puerta de la celda y Valor Séptimo salió por ella.

Al cabo de una hora, el mismo guardia abrió la misma puerta para que saliera Pedro.

7

Pedro abrió lentamente la puerta de su apartamento. Había sido un día duro. Se dirigió a una pequeña nevera que había en su habitación y sacó un bocata de chopped. Se sentó en su cama y lo mordió.

Después se tumbó y pensó en las frenéticas vivencias de aquel día. Por primera vez, sus proyectos comenzaban a tomar forma. Sintió sueño. Se relajó.

Su cama estaba algo más dura de lo normal. Había un bulto bajo su espalda.

Súbitamente, Pedro se alarmó y saltó de la cama como un resorte. Lentamente, fue agachándose para mirar bajo el somier.

Un resplandor apareció bajo la cama y notó un repentino calor en la mejilla. Estaba sangrando. Un cuchillo le había rozado la cara. Pedro abrió el cajón de la mesilla que tenía junto a la cama y sacó un revólver.

“Por fin me va a servir para algo”. Recordó el día en que, dos años atrás, robó aquel arma del vestuario de los guardias del Ministerio. Aparentando llevar un refrigerio, se coló en la sala con facilidad. A pesar de su aspecto poco común, todos le conocían y confiaban en él. Encontró el revólver en el cinturón del uniforme de uno de los guardias, y se lo guardó bajo su gran sábana. Al día siguiente, el propietario del arma fue despedido. Le dio cierta lástima, pues no era un mal tipo. Pero Pedro sentía que debía prepararse para un futuro inevitable. Ese futuro había llegado, y era hoy.

–        Tira el cuchillo y sal de ahí – gritó Pedro mientras apuntaba el arma bajo la cama.

Un nuevo movimiento brusco del cuchillo trató de acertarle en la pierna. Prevenido, Pedro lo esquivó, y pisó con fuerza el brazo que lo sujetaba. Bajo la cama surgió un quejido de dolor. Pedro se agachó para coger el cuchillo.

–        Sal de ahí – repitió.

Arrastrándose en el suelo, surgió una figura bajo la cama. “Esas greñas… Esa ropa…” pensó Pedro.

–        Asqueroso pedrista… – susurró Pedro con un gran desprecio.

Se trataba de un sujeto bastante joven. Estaba temblando.

–        Levántate – dijo Pedro sin dejar de apuntarle con el arma.

El chico se levantó. Su rostro mostraba ostensiblemente su miedo.

–        De… déjame ir, por favor – intervino en voz muy baja y temblorosa.

Pedro sonrió.

–        Sí. Te dejaré ir.

Lentamente, el intruso fue dándose la vuelta para dirigirse a la puerta del apartamento. Pedro le sujetó del brazo.

–        Pero no por ahí.

Pedro señaló la ventana. El intruso emitió un gesto ahogado de horror.

–        ¡¡Noooo!! Esto es un… sexto piso…

–        Lo sé – respondió Pedro. Acercó el revolver a la cabeza del intruso –. Vamos. ¡Ahora!

El intruso se acercó tambaleándose hacia la ventana. Pedro se dio cuenta de que estaba llorando. También se había meado.

–        ¡Salta! – gritó Pedro con voz agresiva.

–        ¡Nooo! – sollozó el intruso.

Pedro le agarró un pie y lo elevó a la altura de la ventana.

–        ¡Nooo! – respondió llorando.

Pedro le puso la pistola en la sien. El chico pasó la otra pierna, miró asustado al vacío y saltó. Pedro sacó la cabeza por la ventana para observar la caída. El cuerpo se estampó estrepitosamente contra la acera y formó un gran charco de sangre. Una pierna había chocado contra una papelera metálica poco antes de alcanzar el suelo. Ésta descansaba abollada y ensangrentada a poca distancia del chico.

Tras observar el cadáver durante unos segundos, Pedro volvió a meter la cabeza en el piso.

“Éste es el primero. Sólo el primero” pensó triunfante mientras miraba su arma. Al cabo de unos segundos, oyó las voces de sus vecinos.

–        ¡Aaaaah! ¡Ha saltado otro! – dijo uno, alarmado.

–        ¡Nooo! ¡Sed fuertes, hermanos! – gritó otro.

Tras unos minutos, Pedro oyó la llegada de un vehículo, mientras varios vecinos se congregaban en la calle para recibirlo.

8

Pedro durmió toda la noche como un angelito. Al despertarse, desayunó su yogur muy despacio. Cuando lo terminó, se sentó en la cama para reflexionar.

“Si han sido los pedristas, volverán. Y si es Valor Séptimo el que quiere un titular de prensa sobre el fanatismo pedrista, volverá”.

Sacó la tarjeta que Valor le había dado el día anterior y se acercó al teléfono. Llamó a Valor para decirle que aceptaba su oferta y que partiría hacia Montes Tarao por la tarde. Antes de su partida tenía que resolver un pequeño asunto administrativo.

Salió a la calle y se dirigió a un gran edificio que había cerca de su casa. Entró y se dirigió a una ventanilla.

–        Perdone, ¿dónde debo ir para cambiar mi número por un nombre?

–        Tercera planta, oficina quince.

Pedro subió las escaleras y se presentó en dicha oficina. Esperó una cola. Cuando le tocó el turno, el burócrata le preguntó:

–        ¿Número?

–        95271105 – respondió Pedro.

–        Bien, ¿qué nombre desea ponerse?

Con una gran sonrisa, Pedro respondió.

–        Antipedro.

El burócrata le miró con gesto de incredulidad.

–        ¿Perdone?

–        Ha oído bien. Antipedro.

Los individuos que había detrás en su cola oyeron el comentario, así como otros administrativos que estaban tras la ventanilla. Se creó un gran silencio.

–        ¿Qué pasa? ¿No sabe rellenar un maldito formulario? – preguntó Pedro con una profunda voz de desagrado.

El burócrata torció el gesto mientras le miraba. Uno de los administrativos dijo “Menudo imbécil”. Un tipo que había tras él en la cola añadió “Vaya loco”.

Tras unos segundos, el burócrata bajó la vista y escribió algunos garabatos en un formulario. Después estampó con fuerza innecesaria un sello y le dio a Pedro un resguardo.

–        Ya está. Ya tiene su nuevo nombre.

Pedro cogió el resguardo sonriente y salió del edificio.

Regresó a su casa. Metió algunos objetos en una maleta y volvió a salir a la calle.

Se dirigió a la estación de tren.

 

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Pedrícese el mundo: Prefacio y Capítulo I

Todos los personajes que aparecen en esta obra son ficticios. Tampoco los nombres y motes de los personajes fueron escogidos para hacer referencia a ninguna persona real. ¿Eres una de las miles de personas que se llaman Pedro Martínez en todo el mundo? Pues lo siento, pero no lo escogí por ti… a no ser que alguna vez hayas viajado a otro sistema solar, claro. Simplemente sonaba bien y necesitaba una P. ¿Te llamas Hermano 27351? Pues no, tampoco es por ti. Pero pide explicaciones a tus padres.

PREFACIO

Bienvenido a una historia singular. Más que a una historia singular, sea usted bienvenido a un mundo singular.

Al presentarle dicho mundo le haré, implícitamente, la siguiente pregunta: ¿Qué tal sería estar en ese mundo?

Su primera reacción será, probablemente, la de sonreírse. Se trata de un mundo tan ridículo y absurdo que dicha reacción sería la más normal.

Unas páginas más adelante, cuando haya comenzado a adentrarse en la trama que le planteo, vuelva a preguntarse: ¿Qué tal sería estar en ese mundo?

Esta vez su diversión se tornará en preocupación. Las consecuencias de la singularidad de ese mundo son, en cierto sentido, inquietantes.

Y unas páginas después, cuando la historia que le planteo se haya desplegado completamente ante usted, por favor vuelva a preguntarse: ¿Qué tal sería estar en ese mundo?

Quizá lo que sienta entonces sea cierto pavor. El mundo que en su momento le hizo sonreír le parecerá, en aquel momento, un lugar terrible y cruel.

Para terminar, cuando estas páginas estén finalizando, pregúntese por última vez: ¿Qué tal sería estar en ese mundo?

Entonces comprobará que la peculiaridad del mundo singular trasciende lo horrible hasta llegar, extrañamente, a lo divino. Percibirá un mundo en el que un individuo cualquiera (cualquiera en el sentido más literal) puede morir y resucitar, destruir el mundo y reconstruirlo, ser el bien y el mal a la vez, y todo ello siendo terriblemente mundano, humillantemente anónimo, vulgarmente conforme a la razón.

Pero antes de presentarle dicho mundo, comenzaremos la historia conociendo un mundo normal. Algo soez y vulgar, salpicado de adolescencia histriónica, pero normal. Puede que al principio no comprenda qué pudiera tener que ver dicho mundo normal con un mundo supuestamente singular. No obstante, puede creerme, cada detalle de este mundo normal será determinante en el mundo singular que conocerá después. En muchos casos, determinante hasta un nivel bochornoso y esperpéntico.

Bienvenido al mundo singular. Sólo espero y deseo que nunca le toque estar en él.

CAPÍTULO I

1

–        Hey, ¡pásame esos mocos! – dijo Zum, mientras se apartaba las greñas de la cara con la mano. Notó que sus dedos estaban pegajosos, y se los limpió con el pantalón.

–        Sssshpera – respondió Tarao, pegando una última calada. Hizo una mueca, y cerró los ojos en un reflejo – joooder como tira.

Tarao miró al resto de los presentes con una sonrisa entre burlona e idiota. Ya nadie recordaba si tenía los ojos pequeños de nacimiento o se le habían quedado así a base de mostrarse ido con tanta frecuencia. Después de lo que le había costado encender la húmeda y pastosa mezcla, no permitiría que nadie le quitara el placer de echar la primera calada con calma. Solía disfrutar permitiendo que los olores de lo que se fumaba impregnaran su camiseta preferida, que rara vez se quitaba. Se trataba de una camiseta negra sobre la que había impreso una foto que había encontrado en Internet. La foto mostraba un hombre de edad avanzada con los sesos reventados y con una pistola en la mano con la que se acababa de suicidar. Tarao solía insistir en que la foto era auténtica. En un lateral de la camiseta, bajo el brazo derecho, había pegadas cuatro chapas de cerveza de la marca del supermercado AhorraPlus. Él decía que se pegaba una chapa por cada uno de los éxitos que alcanzaba en su vida. Tenía cuatro chapas: tres se debían a los tres tripis que se había tomado alguna vez, y la cuarta se debía al momento en que, durante una aglomeración en el metro, consiguió tocar una teta con la palma de la mano extendida.

–        Venga, te toca – intervino Fideuá.

La ceja izquierda de Fideuá comenzó a moverse compulsivamente, como cada vez que se encontraba ansioso o nervioso. El mote de Fideuá se debía a que Paella no describía del todo las protuberancias de su rostro. Para cubrir su faz pintoresca y mostrar un aspecto más varonil, se había dejado crecer la barba durante los últimos cuatro meses. El resultado era una desigual pelusa de pelos dispersos puestos en punta. Algunos de ellos se insertaban en la carne del mentón a modo de folículo, que junto a la grasa de la frente solía crear un cierto aspecto grimoso. Durante el principio de la adolescencia, Fideuá había estado acomplejado por el crecimiento desigual de sus dos brazos, si bien este problema se había reparado casi por completo durante los últimos años. Las burlas recibidas habían provocado en él un carácter rencoroso y vengativo hacia cualquiera que le ofendía. Su incipiente carácter misógino era recordado por los populares motes con los que bautizaba a las chicas de su clase que le habían despreciado, los cuales habían tenido un gran éxito para infortunio de éstas: Estropajo, Relleno y Pez Globo le estarían eternamente agradecidas.

–        No sé como podéis fumaros eso – intervino Mos.

Mos acostumbraba a mostrarse como un excéntrico paladín en contra de los vicios de moda y las drogas en general (salvo la bebida). Ni fumaba ni esnifaba, y siempre reprobaba estos comportamientos en otros. Ya nadie recordaba si su mote procedía de mosqueao o de vamos a otro sitio, debido a su aversión por las aglomeraciones. No obstante, su aspecto y su comportamiento tenían cierto punto de siniestro sociópata. Rapado al cero salvo el mechón de pelo que le colgaba del cogote, solía pasar las horas muertas buscando en Internet maneras de construir un explosivo casero, y confesaba haberse masturbado imaginando cómo explotaba el instituto. Tras su impoluto comportamiento callado y formal y sus habituales buenas notas, a veces, de repente y sin venir a cuento, sorprendía a todos delatando sus extrañas habilidades, como la de alcanzarse el pene con la boca (no probada públicamente) o la de explotarse las espinillas con unos alicates y disfrutar con el dolor provocado (sí probada).

–        ¡Joder, como pega! – intervino Tarao, elevando extasiado sus ojos hacia el techo.

–        Que panda de pringaos – dijo Mos, mientras meneaba la cabeza – Os creéis todas las paridas que dice el Chinas…

–        ¡Te digo que pega! – replicó el Tarao. Entrecerró los ojos y sonrió con gesto ido. Con la boca muy abierta, como preparado a decir o, espiró los gases de la extraña mezcla que él mismo había preparado. El olor era fundamentalmente de tabaco, si bien contenía un nuevo matiz algo repulsivo que recordaba al de las flemas.

Mos frunció el entrecejo.

–        Los bulldog no proceden de Australia, así que los aborígenes australianos nunca los criaron para fumarse sus mo…

–        ¡Toooooma! – interrumpió Fideuá cerrando el puño. Los dados ante él mostraban un 99. El tic de la ceja se aceleró visiblemente.

Tras echar un último vistazo de asco al porro de mocos, Mos volvió a centrarse en la partida. Fideuá bebió un largo trago de su vaso de whisky con ColaPlus. Observó que el vaso había dejado un redondel húmedo sobre la mesa y se encogió de hombros. Esto irritó a Zum, que estiró la camiseta de Fideuá hasta la mancha y la restregó con fuerza. Cuando Fideuá se disponía a protestar, Mos intervino.

–        A ver… doble destrucción craneal por aplastamiento – dijo mientras leía lentamente de una tabla. Solía retrasar sus veredictos para disfrutar algo más de sus diez segundos de gloria. Durante las partidas, su posición de árbitro le daba una cierta sensación de poder que le satisfacía enormemente. Observaba con una mezcla de orgullo y desprecio la expectación con la que los demás esperaban sus palabras. “Así deberían obedecerme todos los lamentables seres de este puto mundo” pensaba secretamente. Por fin intervino – Las vísceras te salpican, y son venenosas. Debes buscar un antídoto antes de 24 horas.

–        ¡¿Qué mierdas dices?! – exclamó Fideuá mientras golpeaba el tablero violentamente con su puño. Se le marcaba una vena junto a la frente – ¡Un 99! ¡Una tirada de puta madre y me vienes con eso! ¡Si deberías darme 100 puntos de experiencia por esto!

–        Hey, a lo mejor el veneno te quita los granos, tío – respondió Mos con sorna mientras hacía unas anotaciones en un papel. Después quitó un muñeco verde con una espada del tablero.

Fideuá se levantó de la silla, y se dispuso a decir algo. Apretó los dientes, lanzó una mirada recelosa a Mos, y se volvió a sentar en la silla. Mientras miraba para abajo, hacia la mesa, murmuraba en voz baja frases que sólo él entendía.

–        Bueno, Tarao, ¿tú qué haces? – dijo Mos mientras sonreía. Entonces hizo una mueca de rechazo – Jodeeeer. Deja esa revista de una puta vez….

–        ¡Diooos! ¡Qué tetas! – gritó Tarao sin levantar la vista de la revista – ¡Mejores que las de la Rocío! Aunque no sé si ésta tira tanto… – añadió. Entonces trató de pasar de página. Las dos páginas siguientes estaban pegadas.

–        Tío, deja de pasarte con Rocío… – intervino Zum bajando la voz y mirando al suelo.

–        ¡El Paco dice que le ha dicho el Rob que no tiene límite…! – dijo Tarao, mientras desistía de su intento de despegar las páginas de la revista.

–        Joder con el Rob, qué potra… Desde que tiene moto no para. Puto chulo de mierda, ni se lo cree… – opinó Fideuá. Zum puso una cara de desagrado. Se hizo el silencio.

–        Joder, Zum, no te lo tomes así… – intervino Tarao – Si la pillaras no tendrías ni para… – pasó a sonreír. Mientras se atragantaba con un amago de risa, continuó – ¿20 segundos?

Hubo risas generalizadas.

–        ¡¡¡¡Zzzzzzzzum!!! – intervino Fideuá mientras agitaba su mano ostensiblemente con el puño cerrado, para terminar elevándola y abriendo todos los dedos a la vez – No, hombre, no… Todavía no sabemos cómo reaccionará en compañía… Mmmm… ¿10 segundos?

Más risas.

–        Venga, hombre, no te pongas así y trae más whisky… – terció Tarao.

–        ¡Que no, joder! ¡Que mi vieja lo va a notar! Ya ha bajado a la mitad – dijo mientras señalaba la botella a la altura de la etiqueta.

–        Bueno, será más bien su novio el que se dará cuenta… – dijo Tarao.

Todos callaron y permanecieron inmóviles. Zum miró a Tarao con desprecio.

–        Muuuy bocazas. Te va a volver a contar algo tu puta abuela. Venga, piraos todos – señaló con el dedo la puerta de su cuarto.

–        Joder, no es para… – intervino Mos. Entonces observó el gesto grave de Zum y se levantó de la silla mientras ponía la mano en el hombro de Tarao – venga chicos, vámonos.

Fideuá tomó una última calada al porro y se levantó. Recogieron sus cosas y salieron de la habitación. Zum les acompañó a la puerta del piso. Apareció Charlie, y corrió a ponerse a dos patas sobre Fideuá.

–        Mira, Fide, a lo mejor quiere tu pus. Es un trato justo – dijo Mos.

Tarao abrió la puerta, y los tres salieron por ella. Zum se les quedó mirando mientras entraban en el ascensor.

–        Hasta mañana, Zum.

–        Hasta mañana – respondió Pedro.

Se quedó unos segundos pensativo. Justo cuando se disponía a cerrar la puerta, algo le llamó la atención. Por debajo de la puerta del vecino de enfrente salía una extraña luz azulada. Se estremeció.

Enfrente vivía Gómez, un pirado de verdad, no un amago de tarado como Tarao. Se trataba de un tipo de 150 kilos de carne que siempre entraba en su casa con bolsas llenas de yogures y cajas de clips pisapapeles. Al poco de entrar, siempre se oía RadioLé en toda la escalera. Hacía algún tiempo, Zum observó una extraña escena desde el balcón de su casa. Gómez salió muy excitado del portal y comenzó a gritar “¡No estamos solos! ¡Hay otros seres en el universo! ¡No estamos solos! ¡¡No estamos solos!!”. La gente que pasaba por la calle le ignoraba. Él siguió gritando lo mismo durante un rato. Al observar que nadie reaccionaba a sus palabras, redujo el volumen de su potente voz, hasta que finalmente se calló por completo. Entonces un tipo le tiró unas monedas. Gómez miró las monedas y luego al que las había tirado, incrédulo. Éste continuó su camino, impasible. Gómez agachó su pesado cuerpo, cogió las monedas, y cabizbajo se volvió a meter en el portal. En realidad, Zum no sabía si sentía miedo o pena por aquel hombretón.

De repente, la puerta de la casa de Gómez se abrió. Surgiendo desde la penumbra, Gómez se adentró en el descansillo con sus movimientos pesados. Zum se volvió como un resorte e hizo un movimiento rápido para cerrar la puerta y evitar saludarle.

–        ¡Chaval, espera! ¿Te llamas Pedro, no? ¡Espera!

Zum hizo una mueca de dolor mientras apretaba los dientes. Después trató de aparentar normalidad y volvió a abrir la puerta.

–        ¿Sííí…? – respondió en un susurro.

–        ¡Chaval! ¿Te gustaría ir a α Cas? Está en… bueno… – paró durante un instante, y después añadió – forma parte de… Casiopea…

Zum frunció el entrecejo y cerró la puerta de un portazo.

–        ¡Es una estrella! ¿no… no quieres? Bueno, seguiré buscando… seguiré… – oyó tras la puerta. Después oyó unos pasos pesados y el sonido de la puerta del vecino al cerrarse.

Dentro de una hora llegaría su madre.

Volvió a su cuarto y cogió el cenicero sobre su cama. Observó que había cenizas sobre la colcha de Anikilation IV: La venganza de Dogfucker que le regaló su abuela por aprobar cinco. Las quitó de un manotazo. Vio que había un agujero a la altura del brazo biónico de Anikilator.

–        Qué pedazo de cabrones.

Miró el resto de la habitación. Tenía que darse prisa en recoger.

2

Zum se concentraba en la imagen de la pantalla mientras ejercitaba su mano. Su madre golpeó la puerta de la habitación. Zum se apresuró a cerrar un par de ventanas mientras se enfundaba a toda velocidad.

–        Pedro, me voy, que he quedado. Te dejo cena para calentar en la cocina – dijo su madre al entrar.

Zum observó a su madre muy maquillada y torció el gesto.

–        Mamá, tienes que limpiar un poco – dijo Zum en todo reprobatorio, señalando las pelusas del suelo.

Su madre miró el suelo.

–        Si, cariño… Bueno, me voy – respondió distraída – ah, y ventila un poco la habitación, que huele a tigre.

–        Sí…

Su madre salió y cerró la puerta. Después Zum oyó cómo se cerraba la puerta de la casa con llave. Como tantas veces, volvía a quedarse solo en casa. En aquellos momentos, Pedro solía recordar lo que le gustaba no tener hermanos. Siempre había pensado que odiaría tener a su lado a un bicho en miniatura igual que él que le imitara en todo. Le gustaba estar solo, como estaba. Bueno, solo con su madre.

Pedro volvió a mirar la pantalla, pero decidió que se había desconcentrado. Entonces encendió la tele de su cuarto. Echaban Gran Primo. Tras un buen rato en que no ocurrió nada interesante, sintió aburrimiento, recogió unos auriculares del suelo y se los puso. Pulsó play. Comenzó a sonar Pus Day, su grupo preferido. “Tenía la edad el pavo y venía a comerle el rabo…” rezaba la letra de la canción. Extasiado, Zum se puso de pie y se puso a pegar botes mientras meneaba sus greñas hacia alante y hacia atrás. Mientras lo hacía, la caspa caía de su cabeza, lo que le daba el aspecto de un árbol de navidad. Tras la frase “La había dejado rota, y entonces… Eché la pota ¡¡¡pota, pota, pota!!!” comenzaba el solo de guitarra. Zum comenzó a menear su mano como si tocara la guitarra, mientras ponía posturas forzadas. Entonces, surgió en el monitor del ordenador una nueva ventana. Zum se acercó y comprobó que contenía un mensaje instantáneo de Mos.

Mos le pedía que le ayudara a propagar por correo electrónico un nuevo bulo que se acababa de inventar. Zum recordó el último de los bulos que había iniciado Mos. Éste advertía del peligro que se corría si se pulsaba el botón de “planta baja” de los ascensores durante más de tres segundos seguidos. Según los testimonios aportados por ciertas instituciones inventadas, esto podía provocar que el ascensor se descolgara al vacío por culpa de cierto defecto de fabricación. Un anciano y una embarazada de cierta ciudad inexistente de USA habían muerto de esa manera cayendo de un quinto y séptimo piso respectivamente. El correo finalizaba recomendando el reenvío a las personas más queridas por su propia seguridad. El día que Mos recibió ese mismo correo de un primo suyo fue uno de los días más felices de su vida. Según él mismo dijo en su habitual tono recargado, “había conseguido demostrar que la patética imbecilidad humana la hacía indigna de la existencia”.

Al otro lado del canal, Mos se afanaba en explicar su nuevo bulo. Trasmitiría el mensaje de que, si se introducen diez monedas de un euro en una máquina de refrescos, entonces ésta devuelve once. Al leer la idea, Zum se rió a grandes carcajadas y añadió que, si el bulo se trasmitía, beberían a cuenta del crédito acumulado por los pardillos durante meses. Mientras Zum reenviaba el correo escrito por Mos a toda su lista de contactos, se maravillaba de lo fácil que resultaba manipular a la gente, al menos cuando se contaba con un plan adecuado. Después Mos se despidió y cortó la comunicación.

Zum dirigió su mirada a la tele. En Gran Primo había llegado el momento de la expulsión de un participante. Zum se tumbó en la cama para verlo. Los cuatro participantes que quedaban eran la cyborg, apodada así por la audiencia porque todas las partes de su cuerpo eran artificiales, el aspirante, llamado así porque era capaz de aspirar cualquier cosa por la nariz y, como novedad de la presente edición, los dos concursantes no humanos, la cabra y el canto rodado. Mientras la presentadora hablaba de sociología, aparecía un mensaje bajo la pantalla que decía “Manda ‘Soy imbécil’ al 7577. Recuerda, ‘Soy imbécil’ al 7577”. Finalmente, la presentadora anunció que, debido a los mensajes recibidos al 7577, abandonaría la casa la cyborg. Ésta, llorando, dio un beso al aspirante, a la cabra y a la piedra, y salió de la casa. Entonces el aspirante, único superviviente humano, se sentó en un sillón mientras la cabra salía al jardín a seguir comiéndose la hierba y la piedra no hacía nada de nada. La votación del público había aclamado a la piedra como favorita. El aspirante se puso a reflexionar solo y en voz alta sobre el hecho de que el Gran Primo perfecto consistiría en una casa que contuviera diez copias sí mismo. Zum imaginó que, entonces, Gran Primo parecería más bien una narcosala. “Menudo infierno” pensó Zum, mientras se estremecía.

Entonces surgió por la ventana del dormitorio una luz azulada y se oyó una explosión. Zum se levantó sobresaltado y miró por la ventana al patio interior. El ruido procedía del piso de enfrente, el de Gómez. Zum oyó a Gómez gritar “¡Joder! ¡Los clips estaban mal colocados…! Vale… Ya sé cómo solucionarlo…”. Después se hizo el silencio de nuevo.

Zum se estremeció. Tras unos segundos de inquietud volvió a tumbarse en la cama. Aburrido, se dirigió de nuevo hacia el ordenador.

3

Zum tomaba pipas compulsivamente mientras contemplaba absorto la pequeña televisión que se encaramaba a gran altura, cerca del techo del bar. Saque de banda.

–        Joder, ¿es necesario que llevéis puestas las bufandas incluso aquí dentro? Con el calor que hace en este puto bar… – protestó Mos, que no podía ocultar su aburrimiento.

Tarao miró a Mos con indignación y besó su bufanda del Real Fútbol Club. Mientras Zum y Fideuá le imitaban, Tarao observó que su bufanda estaba empapada y olía a cerveza, posiblemente debido a pequeños derrames anteriores. Al ver que su jarra estaba vacía, se volvió a acercar la bufanda a la boca y, fingiendo volver a besarla, la chupó. El camarero se acercó.

–        Chicos, tenéis que consumir algo más. No podéis quedaros a todo el partido con una sola consumición.

Todos se miraron. Tarao seguía chupando su bufanda. Al final, Fideuá habló.

–        Vale, luego pediremos algo. Por favor, ¿podría traerme ahora un vaso de agua?

El camarero frunció el ceño y se dio la vuelta. Los demás se sonrieron. Entonces el árbitro pitó penalty a favor del RFC. Fideuá, Tarao y Zum pegaron un bote en sus asientos y comenzaron a gritar.

–        ¡Metedlo, por Dios! – gritó Zum a la pantalla mientras se tragaba una pipa.

Mos, aburrido, pensó que eso le daba un tema de conversación.

–        ¿Creéis en Dios? – preguntó.

Todos le miraron con el habitual gesto de ¿a qué viene esto, Mos? Luego le ignoraron. Al comprobar que el lanzamiento del penalty se demoraba porque un jugador estaba siendo atendido, quizá con el objetivo de que una cámara tomara un plano corto de sus zapatillas patrocinadas, Zum respondió.

–        Bueno, yo más bien no…

El camarero trajo el vaso de agua que había pedido Fideuá. Éste se lo bebió de un trago. Después, echó un vistazo furtivo hacia atrás, se sacó sigilosamente una petaca del bolsillo y vertió su contenido en el vaso. El nuevo líquido también era trasparente, pero su olor delataba su contenido alcohólico.

–        ¿Cuál es tu motivo para no creer? – preguntó Mos a Zum.

–        Bueno… – respondió Zum, pensativo – Si hubiera cielo, ¿qué equipo ganaría la liga? Si se deben cumplir mis deseos, ganaría el Real Fútbol Club, pero otro tío podría querer que ganara el Fútbol Real Club, y, bueno, no podrían ganar los dos a la vez… El mundo perfecto de ambos sería incompatible…

Mos frunció el ceño. Decepcionado por la profundidad del argumento, se puso a mirar al techo. Al poco rato intervino Fideuá.

–        Bueno, cada uno podría tener su propio cielo – dijo -. Quiero decir, tú podrías ir a un cielo a tu medida en el que ganaría el Real Fútbol Club, y un tío del Fútbol Real Club iría a otro cielo en el que ganaría el Fútbol Real Club…

En ese momento, Zurunho, reciente fichaje del Real Fútbol Club, lanzó el penalty y marcó. El bar se convirtió un mar de gritos. Tras gritar “Gol”, Zum aprovechó el estruendo para lanzar un estrepitoso y prolongado eructo que pasó desapercibido más allá de su mesa. Tarao rió sonoramente y trató de imitarle, pero no estuvo a la altura. Al final, los gritos de celebración se apagaron.

–        Ya sabéis, comer pipas me da gases – dijo Zum en un susurro.

En ese momento, el camarero apareció junto a la mesa y cogió el vaso de Fideuá. Lo olió.

–        Fuera de aquí y no volváis – increpó con gesto grave.

Los cuatro se levantaron lentamente y salieron del bar.

–        Joder, Fide, otro bar al que no podemos volver a ir – dijo Zum una vez que se encontraba fuera -. Cada vez tenemos que irnos más lejos del barrio para ver el fútbol.

Siguieron andando por la acera en silencio. De repente Mos habló.

–        Tendríamos que volver a ese bar con un bate de béisbol cada uno y destrozarle las piernas al camarero.

Los demás se quedaron mirándolo con los ojos muy abiertos.

–        O, mejor, – añadió mientras apretaba los dientes – debería ser castigado como los dioses castigaron a Prometeo. Cada día, un águila se comería su hígado, pero dejaría el suficiente como para que éste se regenerase hasta el día siguiente. Entonces el águila regresaría para volver a comer su hígado. El castigo se repetiría un día tras otro, sin fin. Todos los días, el hombre volvería a sanar, a resurgir, con el único objetivo de volver a ser castigado.

–        Parece que nos ponemos pedantes y psicópatas a partes iguales, Mos – dijo Tarao.

–        ¡Éste es nuestro Mos! – añadió Fideuá mientras ponía su mano sobre el hombro de Mos.

Se volvió a hacer el silencio. Finalmente, Tarao intervino.

–        Bueno, al menos no nos han cobrado las cervezas – dijo mientras sonreía.

Zum volvió a eructar.

4

Mientras Zum sujetaba la bolsa de plástico del súper, Tarao vertió en ella el contenido del cartón de vino. Una vez que el cartón quedó vacío, Tarao hizo una ancha abertura en su parte superior y vertió en él una cierta cantidad de ColaPlus. Acto seguido vertió el contenido de la bolsa de plástico.

–        Proporciones perfectas – anunció Zum al probar el contenido del mini de cartón improvisado. Tarao sonrió.

–        Joder, los vasos de plástico no son tan caros. ¿Cuándo vamos a dejar de hacerlo así? – preguntó Mos. El frío hacía que le saliera vaho de la boca mientras hablaba.

–        Yo, es que esta semana estoy pelado… – respondió Fideuá.

Zum pasó el mini a Fideuá y éste bebió.

–        Qué buenos son Kakakulo y Pedopís – dijo Fideuá.

–        ¿Te acuerdas del episodio en que hacen el concurso de vómitos? – intervino Tarao con los ojos brillantes. Todos hicieron un gesto de reverencia, salvo Mos que miró hacia otro lado – ¿Recordáis cuando Kakakulo le saca el esófago a Pedopís y se lo conecta al suyo propio, para poder vomitar más y ganar el concurso?

–        ¡Qué bueno! – admitió Zum con un gesto casi místico.

–        Vaya mierdas os tragáis – interrumpió Mos.

–        No todos tenemos estómago para tragarnos más de dos páginas de Nietzsche – respondió Tarao –. Algunos le dan demasiada importancia a las gilipolleces que les cuentan en clase…

Durante un rato largo, Tarao, Zum y Fideuá rememoraron otros gloriosos momentos de Kakakulo y Pedopís. Algo después Zum comprobó que el contenido del mini estaba cercano a agotarse. Entonces tomó una botella de whisky de oferta del suelo y se dispuso a abrirla.

–        ¿Y decís que regalaban la botella de ColaPlus con el whisky? – preguntó Fideuá a los demás.

–        No, me temo que era al revés – respondió Zum.

–        Jodeeeeer…

Zum comprobó con cierto asco que la base de la botella estaba llena de las mismas cáscaras de pipas que se acumulaban en la acera, bajo el banco. Al arrancar la pegatina del sello de los impuestos con las uñas, varios restos del adhesivo se quedaron pegados a los dedos de su mano derecha. Trató de despegarlos con su mano izquierda, pero el resultado fue que ahora algunos de esos restos estaban adheridos a los dedos de su mano izquierda. Nervioso, comenzó a restregarse una mano contra la otra, lo que desembocó en una extraña masa de pedacitos de papel pegajosos y cáscaras de pipas. Ante el patetismo de la escena, Tarao arrancó la bola de adhesivos de la mano de Zum y se desprendió de ella restregando su mano contra el respaldo del banco.

–        ¡Aaaaatchíííís! – estornudó Fideuá.

–        Eso quisiera yo, y no esa mierda de mocos que fumamos – dijo Zum mientras acababa de rellenar el vaso de cartón con whisky. Después se lo pasó a Mos.

–        Joder, qué alergia tengo – respondió Fide mientras sacaba un pañuelo – Y no sé a qué…

–        Al polvo no puede ser, ¡porque eso es hereditario y sé bien que tu madre no tiene! – respondió Tarao.

Hubo una carcajada general. Entonces Mos comenzó a analizar el rostro de Fide. Después hizo una mueca de desagrado y añadió:

–        Entonces no puede ser hereditario. Sin duda, él sí que tiene alergia al polvo.

Más risas. Entonces Fide miró fijamente la camiseta de Tarao.

–        Joder, he de reconocer que tu camiseta es superrealista… – dijo mientras señalaba con el dedo al tipo recién suicidado que aparecía en ella. Tarao sonrió. Entonces Fide respiró hondo y añadió – Incluso puedo oler desde aquí que el tipo ése no se lavaba mucho.

Las carcajadas se multiplicaron. Mos bebió y le pasó el mini a Zum. Zum lo cogió y se sentó en el banco. Tarao se frotaba las manos por el frío.

–        ¿No es esa la Rocío?

Todos miraron.

–        ¡Vamos Zum, dile algo!

–        ¡Rocíííío! – gritó Fide.

Rocío se dio la vuelta. Dijo algo a sus amigas y comenzó a acercarse. Zum se estremeció. Pom, pom. Al llegar, dijo:

–        Hombre, los cuatro magníficos… – dijo burlona – El sector freak de la clase…

–        ¿Quieres un poco? – dijo Mos señalándole el mini.

–        No gracias, tenemos de sobra –  señaló a sus amigas y a un grupo de cinco o seis bolsas que tenían en el suelo.

Se hizo el silencio. Rocío miró a los cuatro, y al ver que nadie decía nada hizo gesto de despedirse.

“Tengo que decir algo…” pensó Zum. Pom, pom, pom. Zum notó cómo la sangre inundaba su cabeza. Era capaz de notar que su cara se estaba enrojeciendo.

–        ¿Qui… Quieres un poco? – dijo.

Rocío le miró con una mueca de extrañeza.

–        Acabo de decir…

“¡Mierda!” “¡¡Mierda!!”. Pom, pom, pom, pom.

–        Déjale, se le va la olla – intervino Tarao, poniendo la mano en el hombro de Zum.

–        Ya… – respondió Rocío – Bueno, me vuelvo con mis amigas – se dio la vuelta y comenzó a andar. De repente, se paró y se volvió – por cierto… ¿de dónde viene el mote de Zum?

Tarao, Mos y Fide se miraron. Al cabo de un par de segundos, rompieron en carcajadas. Rocío les miró con cara de incredulidad. Fide hizo un gesto muy explícito con la mano. Rocío le miró y se dio la vuelta, mientras decía “¡adiós, magníficos!”.

Pom, pom, pom, pom, pom, pom. “¡Mierda! ¡¡Mierda!!” pensó Zum mientras dirigía una mirada asesina a los demás. Fide le respondió con un gesto angelical. Mos dijo:

–        Mira, ahí llega Rob.

Rob se bajó de la moto y se acercó al grupo de Rocío y sus amigas.

–        Guaaaaaaarraaaa – susurró Fide en voz baja mientras concentraba su mirada en el culo de Rocío.

–        Dame ese mini – respondió Zum, quitándoselo apresuradamente de las manos a Tarao.

Zum pegó un trago muy largo.

5

La llave no entraba en la cerradura. Era un hecho. Zum se paró y se quedó mirando la cerradura con los ojos entreabiertos. Mientras se balanceaba ligeramente, pensó: “Vamos a ver. Ésta es la llave. Ésta es la cerradura”. Volvió a intentarlo. Esta vez tampoco entró. Se tambaleó.

“Val lo haría con los ojos cerrados”. Zum pensó en su personaje de la partida. Val Hancín, mitad elfo, mitad enano, y mitad orco, tenía una bonificación de +45 en la apertura de cerraduras. Pero además, pensó Zum, Val era un tipo fuerte, apuesto y decidido. “+68 en carisma y +78 en presencia”. No había fallado una tirada de “persuasión y seducción” en meses. “En cambio yo… ¿qué tendría? ¿Un +15 en mezclar ColaPlus y Tinto Ro en una bolsa de plástico de AhorraPlus?”. Cerró los ojos, apretó los dientes, y dio un puñetazo contenido contra la pared.

“Vaya mierda de día. Vaya mierda de ciudad y de planeta”. Se sentó en el suelo con cierta torpeza. La cabeza le daba vueltas. Elevó la mirada, y miró con agrado la luz de la bombilla del techo del descansillo. No conseguía enfocar la vista, y en lugar de ver un punto de luz veía todo un disco amarillo. Entrecerró los ojos y los volvío a abrir del todo. Ahora el disco amarillo estaba cruzado por la mitad por una raya horizontal. Sonrió. “Puedo cambiar todo lo que me rodea con un gesto”. Imaginó el rostro del capullo de Rob y cerró los ojos con fuerza.

En ese momento, Zum oyó algunos sonidos mecánicos procedentes del hueco del ascensor. Al cabo de unos segundos, el ascensor apareció en su planta y su puerta se abrió. Tras la puerta apareció Gómez.

“En el ascensor pone 4 personas ó 300 kilos” pensó Zum. “No saben de qué hablan”. Zum recordó que, cuando Gómez montaba en el ascensor, en ocasiones el ascensor se paraba en una planta equivocada. Esto se debía al inusual grosor de sus dedos y a su incapacidad de precisar el botón pulsado. No obstante, esta vez Gómez había acertado.

Zum lanzó una mirada risueña a Gómez. Éste se sorprendió de verle tirado en el suelo. No dijo nada, y se dispuso a abrir la puerta de su casa.

“Vaya mierda” pensó Zum. “Y ahora aguantar a mi madre. Y mañana la misma mierda”.

–        ¡Eh! – dijo antes de que Gómez cerrara su puerta – ¡Lléveme lejos de aquí! ¡Usted dice que puede!

“Al menos evitaré a mi madre un rato. Y mañana podré contar a éstos que estuve en casa del chiflado”. Se dio cuenta de que no tenía miedo, sino curiosidad. Gómez volvió a salir al descansillo.

–        ¿De veras?

Zum asintió con los ojos cerrados. Después trató de ponerse en pie.

6

Pedro se dio cuenta de que se había dormido. Al despertar, estaba sentado en un sofá en la casa de Gómez. Pensó que el salón de Gómez era más normal de lo que se esperaba… salvo por la estructura de yogures vacíos rodeando la habitación y las láminas de alambres hechas por clips colgando del techo. Gómez estaba hablándole. No sabía cuánto tiempo llevaba haciéndolo.

–        Al principio pensé que podría ser yo mismo… Pero eso no encajaba en el concepto de espécimen prototipo, ya sabes… Me sobra un poco de peso…

Pedro miró hacia otro lado con gesto distraído y trató de aguantar la risa. Entonces se dio cuenta de que su mareo y su incapacidad para enfocar la vista persistían.

–        Pero el mensaje era claro – continuó Gómez-. Para escucharlo, bastaba con tomar las palabras que suenan en RadioLé en una posición que sea un número de Fibonacci, y después darle un significado numérico a cada una de ellas…

“¿De qué coño habla este tío? Está más pirado de lo que parece…” pensó Pedro, divertido.

–        El mensaje incluía una especie de guía de aprendizaje de su cultura. Ésta comenzaba mostrando su sistema lógico-matemático. Concretamente, mostraba la notación de sus matemáticas a partir de sencillos dibujos de ejemplo de cuentas y operaciones básicas – añadió. Entonces Gómez levantó una ceja mientras elevaba la vista -. Es curioso, pues las figuras que se mostraban en esos ejemplos de aprendizaje resultaban ridículamente grotescas a los ojos humanos. Espero que ellos mismos no se parezcan a esas cosas… – añadió.

En un intento de imitar el aspecto de aquellas extrañas figuras, Gómez hinchó de aire sus carrillos y bizqueó los ojos. Pedro comenzó a reírse con estrépito.

–        ¡Jua, jua, jua, jua! ¡Dios, es la cosa más horrible que he visto nunca! – dijo Pedro entre risas. Las carcajadas le provocaron hipo. Cuándo pudo volver a hablar, exclamó  – ¡Qué pena no haber tenido a mano el móvil para hacerle una foto! – En ese momento, un amago de hipo provocó que el contenido de su estómago subiera repentinamente por su esófago hasta la boca. En el último instante logró contener el vómito cerrando la boca y tragando después el contenido acumulado. Mientras saboreaba el amargor de su boca, volvió a reírse ruidosamente –  ¡Joder, yo mismo me hubiera hecho una camiseta con ese careto! – exclamó mientras un pequeño tropezón sólido salía despedido de su boca.

Gómez permaneció callado unos segundos, algo abochornado por la burla de aquel adolescente.

–        Bueno, quizá el aspecto de aquellas figuras no fuera exactamente así… – susurró.

Entonces se dio la vuelta para hacer algunos retoques en las hileras de clips. Después se encogió de hombros. No se percató de que los ojos de Pedro se estaban entrecerrando de nuevo.

–        Bueno, – continuó – el caso es que a partir de las enseñanzas del mensaje pude aprender su física, y después todo un sencillo idioma que habían creado a propósito para comunicarse con seres de otros mundos… Entonces, por fin, pude comprender la parte de su mensaje en la que explicaban el cometido final del mismo.

Visiblemente emocionado, Gómez elevó su mirada hacia el techo de la habitación. Comenzó a caminar en círculos por el salón mientras hablaba. Sus poderosas pisotadas parecían acompañar sus palabras como si se tratara de un tambor. Lejos de sentirse contagiado por la excitación de Gómez, Pedro se sintió adormecido por aquellos golpes rítmicos. Ya apenas escuchaba nada de lo que decía Gómez.

–        En esencia, – continuó Gómez mientras le brillaban los ojos – ellos proponían un intercambio de conocimientos a quien pudiera escucharles. Según indicaban, dicho intercambio debía llevarse a cabo de una manera muy determinada. Dicha manera consistía en enviar un individuo adultos de cada especie al hogar de la otra especie. De esta forma, dicho individuo podría trasmitir allí todos los conocimientos de su propia cultura. Desgraciadamente, tal y como ellos mismos confirmaban en su mensaje, no es posible trasladar materia a la velocidad de la luz. Para que el envío de un individuo pudiera hacerse a dicha velocidad, debería llevarse a cabo de una manera diferente. En lugar de materia, aquéllos que deseáramos comunicarnos con ellos deberíamos trasmitir información. Concretamente, trasmitiríamos la posición de cada átomo del individuo a trasmitir, de tal forma que toda su estructura física pudiera reconstruirse por completo en el mundo de destino. Así se obtendría en el destino la información necesaria para crear una copia exacta del sujeto trasmitido.

Llegado este punto, Pedro había vuelto a dormirse.

Un tiempo indeterminado después, Pedro notó sobresaltado cómo Gómez le tiraba del brazo, mientras decía:

–        Bueno chaval, es tu turno. Ya sé que no eres un adulto, pero eres lo mejor que he encontrado. Ponte ahí en medio.

Agarró a Pedro y le sentó en el centro del salón. Gómez empezó a tirar de las lianas de clips. Después paró y esperó. No ocurrió nada.

–        Uy, perdón, no he subido la persiana, y claro… ¿cómo vamos a trasmitir luz a la estrella α Cas si la luz no pasa ni de la persiana…? – dijo mientras tiraba de una correa. Pedro se dio cuenta de que no era una correa, sino una serie de cordones de zapato atados entre sí –. Ahora sí… Veamos…

Gómez volvió a tirar de los clips.

Esta vez surgió de los yogures una luz azulada dirigida directamente hacia Pedro. Otro foco de luz se situaba detrás de él, y éste apuntaba hacia la ventana. Entonces, Pedro notó un ligero cosquilleo. Tras unos segundos, las luces se apagaron.

–        ¡Ahora sí! ¡Ya está!

Pedro miró a Gómez con gesto de incredulidad. Se dio cuenta de que la borrachera se le había pasado.

–        Ya está… ¿qué?

–        ¡Ya estás en α Cas! Bueno, no ahora mismo… Más bien dentro de unos miles de años, cuando esa luz llegue a su destino.

Pedro miró las manchas de grasa en el cristal de la ventana.

–        Bueno, y no llegarás tú, sino una copia de ti mismo… tal y como eras mientras te iluminaba la luz azul, hace un momento…

–        Pero… ¿qué dice?

–        Bueno, ya hemos terminado, así que ya es hora de que te vayas – respondió Gómez mientras agarraba a Pedro. Le levantó y le llevó a empujones a la puerta de la casa. En ese momento, Gómez se paró en seco – Por cierto, ¿qué te gusta comer? – preguntó.

Pedro se dio la vuelta, extrañado.

–        Bueno, da igual… – añadió Gómez antes de que Pedro pudiera abrir la boca.

Gómez dirigió la mirada en dirección a la cocina mientras se rascaba el mentón. Después, como si recordara de repente una importante tarea, volvió a dirigirse a la puerta de casa, la abrió, y dio a Pedro un último y brusco empujón que le sacó del piso.

Pedro se volvió para decir algo, pero en ese momento la puerta se cerró con un portazo. Se quedó mirando la puerta, señalándola con el dedo. Poco a poco bajó la mano, mientras se rascaba la cabeza con la otra.

“Sé que esto parece una frase de mi madre, pero… ¿me habrán echado algo en el mini?” pensó mientras fruncía el ceño. Sonrió. “¿Quién será el imbécil que te pone esas cosas sin cobrarte?”.

Esta vez atinó a introducir la llave en la cerradura.

7

–        Uy, perdón, no he subido la persiana, y claro… ¿cómo vamos a trasmitir luz a la estrella α Cas si la luz no pasa ni de la persiana…? – dijo mientras tiraba de una correa. Pedro se dio cuenta de que no era una correa, sino una serie de cordones de zapato atados entre sí –. Ahora sí… Veamos…

Gómez volvió a tirar de los clips.

Esta vez surgió de los yogures una luz azulada dirigida directamente hacia Pedro. Otro foco de luz se situaba detrás de él, y éste apuntaba hacia la ventana. Entonces, Pedro notó un ligero cosquilleo. Tras unos segundos, las luces se apagaron.

De repente, la sala cambió por completo. No había ni rastro de Gómez. Pedro se encontraba solo en el centro de una estructura metálica. Abrió mucho los ojos. Después, también la boca, en un gesto de asombro.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder!

Se levantó del suelo y comenzó a observar la sala. Enfrente había un cristal oscuro, y detrás una puerta. El olor era bastante extraño.

–        ¿Dónde pelotas estoy?

Casi como respuesta a su pregunta, el cristal se volvió claro y pudo ver unas figuras detrás de él.

No podía ser.

Había tres figuras tras el cristal. Las tres tenían aspecto clarísimamente humano. No sólo eso… Una de ellas era un tipo bastante mayor, con barba. La segunda guardaba un parecido sorprendente con su tío Ramón, el fontanero… aunque los ojos y las orejas no eran iguales. Podría haber sido perfectamente algún familiar suyo que no conocía. Pero el tercero…

Las mismas greñas. La misma nariz…

“¡Joder! ¡¡Soy yo!!”.

Antes de que pudiera decir nada, el hombre más mayor habló.

–        Bienvenido a Hogar, nuestro humilde planeta. Y, a partir de ahora, también el tuyo.

Pedro se quedó mirando muy fijamente a los tres individuos. No eran horripilantes, ni extraños, ni tampoco ridículamente grotescos. Su aspecto era, simplemente, humano.

–        ¿No estoy en… la Tierra? – preguntó.

–        No.

–        Pero… ¿cómo he llegado instantáneamente hasta aquí…?

–        No has llegado. Acabas de nacer.

Pedro se estaba poniendo nervioso. Mientras se agitaba, dijo:

–        ¿Qué mierdas dice…?

En ese momento intervino el hombre de mediana edad, que se dirigió al más mayor.

–        Este chico no deja de decir “mierdas”. Habrá que cuidar más su lenguaje.

–        Deberíamos crear un nuevo programa de educación lingüística – respondió el mayor.

Pedro pensó que era la primera vez que decía “mierdas” delante de aquellos tipos.

–        ¿De qué hablan?

Los hombres continuaron conversando entre sí, ignorándole.

–        ¿Te has fijado en que, cuando tardas dos segundos más en dirigirte a él, ocurre que no dice esa palabra hasta 47 segundos después? – dijo el mediano mientras señalaba un panel que debía estar bajo el cristal, al otro lado.

–        ¡No acabo de nacer! ¡Tengo diecisiete años! – intervino Pedro.

El más mayor le miró con gesto tierno.

–        Por más veces que lo diga, no deja de encantarme eso…

Pedro se sentía aturdido.

–        Verás – intervino el mediano, dirigiéndose por fin a Pedro –, hace muchísimos años una luz que trasmitía la información sobre toda tu composición física salió de la Tierra. Esa información llegó a Hogar hace muchos años. Y ahora mismo hemos juntado muchos átomos y les hemos dado exactamente la forma que indica esa información. Unos crean tus músculos, otros tus huesos…

–        ¡Pero qué gilipolleces dice! Hace cinco minutos estaba en mi planeta, en la casa del pirado de mi vecino…

–        …y otros tu cerebro, tus neuronas, y sus interrelaciones. Y éstas incluyen los recuerdos más lejanos, y también los más cercanos. Es decir, en tu cerebro recién creado se encuentran todos los recuerdos que tenía el modelo original a partir del cual procedes…

–        ¡Estaba en el salón de ese cabrón…!

–        …incluido ese recuerdo. Por eso lo crees.

Pedro miró a los tres tipos con gesto desolado. No podía creerse lo que oía.

–        ¿Por qué tienen aspecto humano? ¿Por qué tú te pareces a mí? –  dijo señalando al más joven de los tres – ¿Y por qué tú te pareces a mi tío? – dijo señalando al mediano – ¿Habéis copiado el aspecto humano para no darme miedo? ¡No es posible que una especie alienígena sea igual a nosotros…!

El más joven intervino por primera vez.

–        ¡Alienígena lo será tu padre!

Entonces el mayor se dirigió al joven con gesto serio.

–        Después de un mes deberías haber aprendido ya a no responder a las provocaciones – le advirtió en tono reprobatorio. Después se dirigió a Pedro – No te preocupes, dentro de un rato verás una película que te lo dejará todo muy claro. Ahora sal por esa puerta y reúnete con tus hermanos. Esperad a la señal que os dé el guía y seguidle después.

Pedro miró la puerta que tenía tras él.

–        ¡Hasta luego! – dijo el mediano. Los tres tipos recogieron unos objetos y salieron del campo de vista del cristal.

Aturdido, Pedro abrió la puerta que tenía tras él.

8

La luz del exterior cegó a Pedro en un primer momento. Después, a medida que se fue acostumbrando a la claridad, comenzó a percibir lo que le rodeaba. Ante él se desplegaba una gran explanada repleta de individuos, en torno a un centenar. Por fin, sus pupilas se adaptaron por completo a la luz.

No podía ser. Se frotó los ojos con fuerza.

Todos los individuos que había ante él eran exactamente iguales a él.

–        ¡Qué mierdas es esto! ¡¡Joder!! ¡Mierda!

Los individuos que estaban más cerca de la puerta se volvieron para mirarle.

Pedro se puso de cuclillas, mirando al suelo. Brotaron algunas lágrimas de sus ojos. Volvió a mirar al frente.

–        ¡Quiero irme de aquí! – gritó.

–        ¿Cómo…. cómo es posible? – dijo uno de los individuos que tenía más cerca. Éste tenía los ojos enrojecidos.

–        Otro igual – dijo otro. Inmediatamente después de decirlo, su rostro delató una súbita sorpresa.

Otros individuos que estaban a más distancia miraron con amargura. No sólo miraban a Pedro, sino a los otros tipos que acababan de hablar.

Al secarse las lágrimas, Pedro se dio cuenta de que cada individuo se mantenía a una distancia lo mayor posible de todos los demás. No se dirigían la palabra entre sí. Se acercó a una pared y se sentó en el suelo, tembloroso. Continuó llorando.

Pasó un rato. “Quiero irme de aquí. ¿Qué coño hago aquí? Quiero irme a casa” pensó.

Pasó más rato aún. Se calmó un poco. Miró al cielo. El sol emitía una luz verdosa. Encontró cuatro discos (¿satélites? ¿planetas?) de distintos tamaños. Uno de ellos parecía tener cráteres similares a los de la Luna. Al cabo de un rato se abrió la puerta de la que él mismo procedía.

Salió por ella otro individuo igual a él. Tenía los ojos entrecerrados. Luego los abrió más, y miró con asombro la concurrencia de la explanada. Se frotó los ojos.

–        ¡Qué mierdas es esto! ¡¡Joder!! ¡Mierda! – gritó el recién llegado.

Después se puso de cuclillas y gritó que quería irse de allí.

“Un momento… ¡Eso es exactamente lo que dije yo hace un rato!” recordó Pedro.

–        ¿Cómo… cómo es posible? – dijo entonces Pedro en voz alta.

–        ¡Otro igual! – dijo otro individuo mirando a Pedro.

El tipo recién llegado se apartó a un rincón.

Unos minutos después salió otro individuo. Al salir, gritó:

–        ¡Qué mierdas es esto! ¡¡Joder!! ¡Mierda!

El individuo que había salido por la puerta inmediatamente antes que el recién llegado se quedó mirando a este y preguntó:

–        ¿Cómo… cómo es posible?

Pedro tuvo la sensación de que la escena se estaba volviendo repetitiva.

–        ¡Otro igual! – exclamó Pedro. Entonces se sobresaltó. “¡Un momento!” pensó muy sorprendido “¡Yo mismo estoy repitiendo también el mismo patrón!”. Se sintió ridículo, y entonces decidió que en adelante permanecería en silencio.

La escena siguió repitiéndose una y otra vez a intervalos más o menos regulares. Cada nuevo individuo que salía por la puerta repetía el mismo ritual, y era recibido igualmente por los tipos que habían salido inmediatamente antes que él.

Pedro miraba a los protagonistas de cada escena con tristeza… “Otra vez lo mismo. Los tipos que salen por la puerta pasan exactamente por lo mismo que yo. Seguro que les han echado la misma charla los tipos del cristal”.

Al cabo de un rato le empezó a resultar cargante la predecibilidad de los sucesos. “¿Qué pasa? ¿No pueden decidir? ¿Por qué siempre hacen lo mismo? ¡Yo puedo hacer lo que quiera! Si me comporté de esa manera tras salir fue solamente porque no conocía la escena y no sabía que yo también la estaba repitiendo…”.

Dio una patada a una piedra del suelo. “Puedo mandar esa piedra donde quiera. No he visto a ninguno de los demás jugar con una piedra… ¡Soy libre! ¡Hago lo que quiero!”.

Acto seguido, un nuevo individuo salió por la puerta. La escena comenzó a repetirse como siempre.

–        ¡Qué mierdas es esto! ¡¡Joder!! ¡Mierda!

–        ¿Cómo… cómo es…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Pedro intervino repentinamente.

–        ¡Soy liiiibre! – gritó con toda la fuerza de sus pulmones. El recién llegado calló su frase a la mitad, muy sorprendido. Pedro sonrió. Se mostraba exultante y triunfal – ¡Esto no ha pasado nunca! ¡Hago lo que quiero!

Algunos individuos le miraron y se rieron. Aproximadamente la mitad de los que rieron rompieron a llorar inmediatamente después.

“Les he emocionado” decidió Pedro. Entonces se sentó en el suelo con un elocuente gesto de victoria en su rostro.

Las escenas en la puerta siguieron repitiéndose. Pero Pedro se sentía feliz después de haber demostrado su libertad. Al poco rato, se relajó un poco. La espera empezó a aburrirle, así que se dedicó a observar su entorno con más detenimiento. Había una torre en un lateral de la explanada. Subido a ella había un hombre que era parecido a su tío Ramón… Más bien se parecía al tipo que vio antes tras el cristal. Mejor dicho, era igual. Se fijó en que estaba comiendo algo.

¿Era eso un bocata de chopped? Pedro meneó la cabeza.

Entonces se percató de que ya no atendía a la escena repetitiva que se seguía sucediendo una y otra vez. Le daba igual. Él había demostrado que era diferente. Todo eso no iba con él.

Estornudó. Mientras sentía cómo la nariz se le llenaba de mocos, pensó “joder, estoy constipado… Seguro que el capullo del Fide estaba equivocado y no era alergia lo que tenía. Seguro que me contagió sus asquerosos bacilos…”. Entonces se entristeció y miró al suelo. No sabía si volvería a ver a Fide jamás. Ni a mamá, ni a ninguna de las personas que le importaban.

De repente, al salir un nuevo individuo por la puerta, algo le sobresaltó. Algo estaba ocurriendo de manera diferente. Un tipo situado lejos de la puerta comenzó a gritar sin que le tocara intervenir. Se dio cuenta de que ese tipo no llevaba demasiado tiempo en la explanada. Por su posición en el grupo, debía haber salido por la puerta dos o tres turnos después de que Pedro rompiera la cadena de repeticiones con su grito liberador.

Lo que gritaba aquel tipo le estremeció.

–        ¡Soy liiiibre! ¡Esto no ha pasado nunca! ¡Hago lo que quiero!

Pedro reaccionó con una risa nerviosa. Otros a su alrededor rieron con estruendo. Algunos, al dejar de reír, rompieron a llorar como niños.

“Yo seré diferente. Yo no lloraré” decidió Pedro con determinación.

Aproximadamente, lloraron la mitad de los que rieron.

9

Tras una espera insoportable, el hombre de la torre desapareció de su atalaya. Poco después salió por una puerta que había en la base de la torre y se dirigió al grupo.

–        ¡Síganme todos!

Todos obedecieron a la petición, quizá por una mezcla de aturdimiento y hartazgo. Avanzaron por un camino en el suelo pintado de amarillo. La explanada era ancha, y a lo lejos en ambas direcciones sólo se vislumbraban unos muros blancos que delimitaban el recinto. A los lados del camino el suelo parecía estar compuesto únicamente por cemento blanco. No se veía ni una sola brizna de hierba. No se oían pájaros. Tampoco había brisa.

“Muy posiblemente todos estábamos en la casa de Gómez hace unas horas” dedujo Pedro. Los gestos pensativos de los demás individuos le indicaban que todos habían llegado a la misma conclusión, más o menos al mismo tiempo. Los primeros en darse cuenta eran los primeros que habían salido por la puerta.

Tras un rato llegaron a un pequeño edificio que se erigía en medio de la inmensa explanada. El guía abrió la puerta y les invitó a entrar.

Dentro había una gran sala repleta de hileras de asientos dirigidos en la misma dirección. Al fondo se veía lo que parecía una pantalla de proyección. Diversas columnas se levantaban a intervalos simétricos a lo largo de la sala. También se distribuían homogéneamente algunos megáfonos.

–        Siéntense todos, por favor – dijo el guía.

Se formaron varias hileras de individuos que esperaban junto a cada una de las filas de asientos. Pedro se unió a una de ellas. La fila fue avanzando mientras los individuos iban tomando asiento. Pedro se acomodó en el asiento que le había tocado mientras mostraba una actitud similar a la de los demás individuos, que era la de una mezcla de expectación y cansancio.

Entonces Pedro observó que tenía justo enfrente de su asiento una de las columnas de la sala. Ésta le impedía ver la pantalla de proyección. Le pareció muy frustrante. “Joder, ya es mala suerte” pensó. Miró con gesto indignado a los individuos que tenía a sus lados. Todos ellos miraban la pantalla relajadamente sin ningún obstáculo que se lo impidiera. Pedro trató de ladear la cabeza. Comprobó que si estiraba mucho el cuello podía ver la pantalla. La postura era realmente incómoda.

Cuando por fin se sentaron todos, se apagaron las luces y comenzó la proyección.

Sonó una musiquita de fondo y surgió en la pantalla una imagen en blanco y negro de un planeta en el centro de la imagen. No era una foto, más bien parecía un dibujo. Después de unos segundos la imagen desapareció y apareció un letrero que leía:

“ Bienvenidos a Hogar ”.

La musiquita resultó familiar a Pedro. Intentó recordar. Recuperó una postura más relajada en la que no veía la pantalla pero podía concentrarse mejor. Ahora que no tenía nada que mirar, cerró los ojos y recordó… “¡Ya lo tengo! Ésta es la música que sale al final de Anikilation III: Enemigos de la patria morid, la penúltima entrega de la saga, cuando el malvado Dogfucker ya había explotado en mil pedazos… Eso ocurría después de que Anikilator lo atara a una columna con sus propios intestinos y dejara que la bomba explotara… Después de salvar la Tierra, Anikilator era invitado al congreso USA y el presidente lo recibía con gafas de sol y bailando rap… y… sí… sonaba esta misma melodía…”. Pedro sonrió recordando ese gran momento. “Claro, en ningún momento se ve que el dedo gordo del pie derecho de Dogfucker se queme… Todo cuadra con el comienzo de Anikilation IV…” razonó.  Pedro recordaba que aquella misma musiquita también aparecía en Anikilation III: el videojuego, el juego de tiros al que solía jugar on-line muchas noches con Tarao, Fide y Mos. A Pedro siempre le habían llamado la atención los realistas gráficos 3D de aquel juego, así como los originales escenarios coloristas de los planetas que visitaba Anikilator en su aventura. Curiosamente, ahora que Pedro estaba en otro mundo, todo resultaba mucho menos llamativo que en aquel videojuego. Sin ir más lejos, aquella sala de proyección era bastante fea. La pintura se descascarillaba en algunos puntos de la única pared que estaba pintada, mientras que las otras tres paredes eran de ladrillo visto, ladrillos rojos de arcilla como los de toda la vida. Los propios asientos eran bastante toscos. Y el equipo de sonido que estaba emitiendo aquella musiquilla no parecía ser gran cosa, a juzgar por el ruido estático de fondo.

De repente, sintió un extraño cosquilleo… “Un momento… ¿Qué hace esta melodía sonando a miles de años luz de la Tierra?”. Se sobresaltó. “¿Y por qué suena exactamente tal y como yo mismo la suelo tararear?”. Siguió escuchando. “¿Y por qué se repite el estribillo una y otra vez?”. Pedro recordó que la canción continuaba después de manera diferente. Sin embargo, no conseguía recordar cómo… Entonces se dio cuenta de que se estaba perdiendo la película, y volvió a atender.

“ …por lo que la luz tarda 5348 años en llegar a Hogar desde la Tierra. Sin embargo, Pedro Martínez estuvo en el salón de la casa de Gómez hace 7457 años. ¿Qué ha ocurrido en el Hogar durante los últimos 2109 años? ” rezaba un letrero.

El letrero desapareció y surgió una imagen estática de Pedro (o sea, de cualquiera de los presentes). La imagen también estaba en blanco y negro. La musiquita seguía sonando.

“Un momento…” pensó Pedro. “¡Esta película es muda! ¿En una civilización extraterrestre siete mil años más avanzada que la que conozco el cine es mudo y en blanco y negro? ¿Será una licencia artística?” se preguntó. “Qué cosa más cutre…”.

Observó los individuos sentados en los asientos contiguos. De repente, la mayoría de ellos puso gesto de estar escuchando la música con gran atención. Poco a poco, todos iban poniendo gestos de sorpresa.

“¡Ahora se están dando cuenta del origen de la melodía! ¡Yo he sido el primero en darme cuenta! ¡Realmente soy diferente!” pensó exultante. El cuello le dolía, así que volvió a relajarse unos segundos en la butaca. “Maldita columna…”. Cerró los ojos mientras giraba el cuello lentamente. Tras unos segundos, abrió los ojos de nuevo y volvió a estirar el cuello.

Mientras se intercalaban imágenes cuya calidad recordaban a Pedro el vídeo de la comunión de su primo, pero en blanco y negro, la proyección iba contando la historia de Hogar. Hace más de dos mil años vivía en Hogar una especie alienígena que deseaba entrar en contacto con otros seres inteligentes del universo. Conscientes de que jamás podrían desplazarse físicamente a otra estrella, se dieron cuenta de que su contacto con otras culturas debería limitarse al intercambio de conocimientos e información.

Mandaron mensajes a otras estrellas a través de ondas de radio. Dichos mensajes trataban sobre sí mismos, sobre su cultura y su ciencia. A su vez, en ocasiones ellos mismos detectaron señales procedentes de otros mundos, señales que probablemente no habían sido emitidas intencionadamente al espacio exterior por sus emisores. Cuando esto sucedía, trataban de analizar dichas señales para conocer la cultura del emisor y le enviaban de vuelta un mensaje en su propio lenguaje. Tras cierto tiempo, llegaron a establecer diálogos con otras civilizaciones.

Aunque los diálogos fueron fructíferos, pronto se dieron cuenta de que el procedimiento resultaba rudimentario y muy lento, pues cada intervención de un interlocutor podía necesitar miles o millones de años para llegar al otro. Los diálogos resultaban muy poco fluidos y nada eficientes.

Entonces decidieron que la única manera efectiva de trasmitir información sería trasmitir un individuo de cada especie a la otra especie. Una vez que el individuo llegara al destino, se podrían establecer diálogos directos con él para acceder a sus conocimientos adquiridos. Este procedimiento resultaría mucho más rápido y fluido. Ciertos conocimientos, que al individuo le resultarían evidentes y triviales, podrían ahorrar a los científicos miles de años de espera hasta que una pregunta se trasmitiera y llegara su correspondiente respuesta.

No se podría trasmitir un individuo físicamente. Sin embargo, podría transmitirse la información suficiente para que un individuo pudiera ser construido, átomo a átomo, en el destino. Es como si se enviara un plano perfectamente detallado del individuo y después, en el destino, se creara una copia exacta siguiendo las instrucciones del plano. Dado que los pensamientos y recuerdos de cada individuo se producen y almacenan de alguna forma en su propia materia, trasmitir su plano implicaría trasmitir todos sus conocimientos. A pesar de la ingente cantidad de información que hay que trasmitir para comunicar el plano átomo a átomo de un individuo, trasmitir sus conocimientos adquiridos de esta forma resultaba más eficiente que enviando cada dato por separado. Según parecía, todos los seres inteligentes albergaban dentro de su propia naturaleza (en su cerebro, sistema nervioso, o lo que fuera) una forma de almacenar información que era más eficiente que la que esos mismos seres pudieran inventar conscientemente por medio del lenguaje, la escritura u otros métodos artificiales de almacenar sus propios conocimientos.

El individuo a trasmitir no podía ser recién nacido, pues en la mayoría de las especies el conocimiento de un individuo recién nacido era muy escaso o nulo. Por contra, debería enviarse un individuo adulto muy sabio que sobresaliera por su conocimiento global de la cultura de su civilización.

“¡Como yo mismo!” pensó Pedro orgulloso mientras observaba distraído los nudos de los cordones de sus zapatos, preguntándose indignado para qué servía el doble nudo. Después se tocó el cuello con gesto dolorido. “Qué coñazo de columna, de verdad…”. Miró las butacas contiguas. “¡Y qué morro tienen los demás!” pensó con cierto enfado. En realidad, no estaba solo en su desdicha. Otros pocos individuos adoptaban también posturas imposibles para esquivar sus respectivas columnas.

Los habitantes de Hogar desarrollaron un método de registrar y trasmitir el plano completo de un objeto cualquiera, incluyendo seres vivos, e incluyeron una descripción del método en cada trasmisión que emitían al exterior.

Esta información llegó a Gómez. Surgió en la pantalla un dibujo de Gómez en blanco y negro, deformado y mal trazado pero inconfundible, lo que hizo reír a Pedro. Y a todos los demás. “El que ha pintado eso dibuja igual de mal que yo” pensó divertido.

Gómez extrajo un plano de Pedro Martínez usando una matriz de yogures de pera de AhorraPlus forrados con papel charol azul, y envió esa información en dirección a Hogar hace más de siete mil años. Los habitantes originarios de Hogar recibieron esa información hace unos dos mil años. Entonces, produjeron la primera copia de Pedro Martínez. Nació Uno.

10

Cuando los alienígenas explicaron a Uno cómo y por qué había aparecido allí, éste se sorprendió enormemente. En torno al artilugio copiador donde nació Uno, los alienígenas habían construido un gran recinto rodeado por una cúpula. El aire dentro del recinto era apto para la respiración humana y diferente a la atmósfera de todo el planeta. Pedro se dio cuenta de que la imagen de la cúpula en la pantalla consistía en realidad en un bol puesto boca abajo con cajitas en el interior. En una de ellas podía verse incluso el nombre del fabricante: “Martínez S.L.”.

Los mensajes que los alienígenas habían difundido por el espacio para solicitar, a aquéllos que pudieran escucharles, que les transmitieran un individuo, incluían algunas instrucciones muy explícitas. En particular indicaban que, junto al plano del especímen de intercambio, sus emisores debían transmitir también planos de alimentos que pudieran nutrirlo. Al poco de enviar los planos de Pedro Martínez, Gómez envió planos de los siguientes productos: Un yogur de pera de AhorraPlus, una bolsa de pipas, media coliflor y un bocata de chopped. Esta lista es muy importante, pues Uno sería alimentado toda su vida por medio de estos productos. En cada desayuno, almuerzo o cena, los alienígenas hacían nuevas copias de estos alimentos a partir de los planos originales, y se la ofrecían a Uno. Conviene por tanto dar algunos detalles adicionales. La bolsa de pipas llevaba en su interior un cromo de la serie Kakakulo y Pedopís. Se trata del cromo 76, en que se recuerda cómo Kakakulo abre las tripas a Pedopís después de que éste se haya comido su ojo izquierdo en un desafortunado despiste. En realidad, el cromo sólo recuerda la mitad de la escena, pues la otra mitad iría en el cromo 77, que debía ponerse justo a su derecha. Por su parte, el bocata de chopped no estaba completo. Tenía un gran mordisco que, por la forma de la mandíbula, parecía deberse a Gómez.

A medida que avanzaba la descripción, Pedro iba poniéndose más y más furioso. “Gordo cutre y tacaño… menudo hijo de puta…”. Comenzó a oír los gritos iracundos de sus compañeros.

–        ¡Menudo cabrón! – gritaban unos.

–        ¡Métete la coliflor por el culo…! – gritaban otros. Pedro recordó que odiaba la coliflor.

–        ¡Tacaño! ¡Pedazo de cutre! – gritaban otros.

“Gritan cosas diferentes” pensó Pedro mientras esbozaba una sonrisa. Tras observar durante unos segundos, descubrió que había ciertos patrones en los gritos. Los de las primeras filas, impactados quizá por la inmensa imagen de la asquerosa coliflor, protestaban contra ésta. Los de las últimas filas solían criticar la tacañería de Gómez. Quizá esto se debiera a su malestar por la falta de medios de la propia sala de proyección (la pantalla estaba realmente lejos y tenían que hacer un gran esfuerzo para leer los rótulos). En las posiciones intermedias, simplemente gritaban “cabrón”.

Los pocos individuos que estaban situados justo tras una columna no gritaban nada, y se limitaban a observar con detenimiento a los demás.

La proyección continuó. Durante meses Uno fue sometido a múltiples interrogatorios sobre la cultura terrestre por parte de los alienígenas. Las primeras preguntas se centraron en conocer en detalle las figuras de Kakakulo y Pedopís, consideradas por ellos muy influyentes a juzgar por el papel que les otorgaba Uno en cada una de sus narraciones. Después trataron de averiguar qué eran en realidad el chopped y el yogur de pera.

Tras unos meses, los interlocutores alienígenas trasmitieron a Uno una extraña noticia. Una misteriosa enfermedad estaba diezmando la población de todo el planeta. Según descubrieron, un minúsculo microorganismo había penetrado en sus cuerpos y los estaba matando.

Al cabo de una semana más, Uno dejó de recibir visitas. En previsión de una posible emergencia, los alienígenas habían introducido el artilugio copiador dentro del recinto de Uno. De esta forma, Uno podía generar su propia comida autónomamente y seguir alimentándose.

Al cabo de un mes, Uno llegó a la conclusión de que estaba completamente solo en ese planeta.

11

Uno había sido provisto de todo tipo de artilugios por sus huéspedes. En poco tiempo encontró un traje presurizado con una bombona de aire y un traductor bidireccional entre su idioma y el idioma alienígena. Con dichos objetos salió de su cúpula y recorrió la ciudad alienígena que lo rodeaba.

Sin duda, los alienígenas habían desaparecido de aquella ciudad. En la soledad más absoluta y a lo largo de varios meses, Uno llegó a conocer en detalle los alrededores de la cúpula. No podía alejarse demasiado, pues tenía que volver periódicamente al artilugio copiador para alimentarse. Tras algún tiempo descubrió un inmenso dispositivo de control del clima. Aprendió que este artilugio permitía modificar la proporción de ciertos componentes de la atmósfera del planeta. Observando las especificaciones del propio aire que él respiraba dentro de su cúpula, introdujo los mismos parámetros en el artilugio. Según se describía en el aparato, los resultados no serían inmediatos, así que debía conservar su traje por el momento.

Uno aprendió a manejar las máquinas de transporte alienígenas, que estaban muy automatizadas en su mayoría. Así pudo explorar los alrededores de la ciudad. Cuando obtuvo más confianza, comenzó a realizar viajes más largos. En cada viaje generaba una gran cantidad de alimentos, los introducía en su aparato volador y se alejaba durante unas semanas para explorar los lugares más recónditos del planeta. Conoció su paisaje natural, así como otras ciudades.

Al cabo de unos quince años en la más absoluta soledad, el proceso de transformación atmosférica terminó y el aire se hizo completamente respirable, lo que le permitió deshacerse de su traje. Pasó los siguientes años aprendiendo todos los detalles posibles sobre la recientemente extinguida civilización alienígena y su cultura. A pesar de su soledad, el constante descubrimiento de las peculiaridades de un mundo tan diferente y sorprendente le mantenía entretenido. Pasaron muchos más años.

Uno se estaba haciendo mayor. Ya no podía hacer sus tareas con el mismo vigor que antes. Se apoyaba en las máquinas alienígenas todo lo que podía, pero necesitaba más ayuda.

Un día se dio cuenta de un hecho trascendental.

Él había llegado a este planeta a través del artilugio copiador. Es decir, el mismo artilugio que utilizaba para reproducir su alimento. El aparato memorizaba todos los objetos que había generado alguna vez, que eran todos los objetos cuyos planos había recibido alguna vez desde estrellas lejanas. Y entre ellos estaba…

Se acercó a sus controles. Los manipuló. Pulsó un botón. Apareció una luz azulada. A los pocos segundos y con gran estruendo, surgió una figura humana en el centro de la plataforma metálica.

–        ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy? – dijo el recién llegado.

–        Bienvenido a Hogar, mi humilde planeta. Y, a partir de ahora, también el tuyo – dijo Uno con voz orgullosa, mientras se acariciaba la barba con la mano.

–        ¿No estoy en… la Tierra?

12

De esta forma nació una nueva civilización. Uno generó a Dos, a Tres y a Cuatro. Dos generó años después a Cinco, a Seis, a Siete, a Ocho, a Nueve, a Diez y a Once. Y así sucesivamente.

Los nuevos habitantes de la ciudad se dieron cuenta pronto de que los artilugios y herramientas alienígenas no durarían mucho tiempo en correcto funcionamiento sin un adecuado mantenimiento. Este mantenimiento podría estar muy fuera de sus capacidades, tanto presentes como futuras. Por lo tanto, debían aprender a crear su propios artilugios, menos sofisticados pero comprensibles, utilizables y reproducibles.

La capacidad de copia de objetos del artilugio copiador no era infinita. Sólo permitía generar cierta cantidad de masa al día, así que la cantidad de alimentos que se podían producir cada día estaba limitada. Para aumentar la producción de alimentos, habría que desarrollar una industria agroalimentaria propia. Esto no resultaba viable con la tecnología de que disponían, pues los únicos alimentos disponibles no crecían en el suelo. Ni el bocadillo de chopped ni el yogur de pera podían plantarse, y las pipas estaban tostadas. Dada la composición tóxica del subsuelo, ni siquiera la coliflor podía plantarse de una forma económicamente viable. Otra posibilidad para obtener más alimentos sería desarrollar una industria que permitiera copiar el propio artilugio copiador, pues los nuevos artilugios copiadores permitirían generar más alimentos cada día. Desgraciadamente, los nuevos habitantes de Hogar no contaban con un plano de la máquina copiadora.

Cuando la población de la Ciudad era cercana a un millar, el individuo 567 encontró en un antiguo edificio los mensajes que los alienígenas habían enviado a otras estrellas. Entre ellos se incluían las instrucciones que proporcionaban a otras civilizaciones para que estas obtuvieran y enviaran de vuelta los planos de un objeto cualquiera. Siguiendo estas instrucciones, los habitantes de Hogar consiguieron obtener el plano del propio artilugio copiador, y acto seguido lo enviaron en forma de luz, como hiciera Gómez desde su casa muchísimo tiempo atrás, si bien esta vez el destino de dicha luz no era otro mundo, sino un colector situado en la misma sala. Entonces conectaron dicho colector con el artilugio copiador para que le trasmitiera, como plano que debía copiar, la información que codificaba dicha luz, que no era otra que propio artilugio copiador. Pulsaron el botón y… ahí estaba. Otro artilugio copiador. La capacidad de producir alimentos se había multiplicado por dos. Copiando más máquinas copiadoras, esta capacidad no tendría límites. Es más, ahora que la máquina copiadora podía utilizarse para copiar cualquier objeto, se podría producir en serie cualquier producto manufacturado sin necesidad de crear una nueva industria.

Una vez superadas las restricciones alimenticias, los individuos más mayores ya no tenían ninguna restricción para generar nuevos individuos que les ayudaran en sus tareas. En pocos años, la población de la ciudad llegó al millón de habitantes. Todos ellos Pedro Martínez, a distintas edades. Todos ellos con vivencias idénticas hasta los diecisiete años (más bien, idénticos recuerdos de vivencias). Y, a partir de entonces, vivencias diferentes.

Unas pocas generaciones más tarde, la sociedad humana de Hogar se enfrentó a un nuevo reto. Las máquinas copiadoras consumían mucha energía al producir materia, y el exceso de máquinas colapsó las existencias energéticas. Esto obligó a buscar nuevas fuentes de energía. La capacidad de generar alimentos ya no sería ilimitada nunca más. Por otro lado, la fabricación de productos manufacturados ya no podría basarse sistemáticamente en copiarlos con la máquina copiadora, pues el coste energético de dicho procedimiento era prohibitivo y la energía debía reservase para lo que era primordial y no se podía obtener de otro modo, los alimentos. En adelante, los habitantes de Hogar deberían desarrollar sus propias técnicas de fabricación de artilugios. En adelante, todos los habitantes de Hogar tendrían que trabajar duramente para obtener los recursos necesarios para sobrevivir.

Una sociedad eficiente necesita que sus individuos se especialicen. Los conocimientos específicos de cada individuo permiten a ese individuo aumentar la productividad de las labores que desarrolla. No es fácil especializar individuos que parten de ser exactamente iguales. Sin embargo, vivencias ligeramente diferentes introducen deseos y tendencias ligeramente diferentes. Después, el deseo de cada individuo de no ser igual a los demás, de diferenciarse y ser libre, anhelo que es compartido en realidad por todos los individuos, hace el resto. Unos individuos toman una decisión. Los que vienen después toman la decisión contraria para ser diferentes a los primeros y sentirse libres. Y así sucesivamente.

De esta forma, surgieron manipuladores del artilugio copiador, transportistas para la distribución de los alimentos, analistas de artilugios alienígenas, investigadores para la reconstrucción de la ciencia humana… Después, albañiles para la construcción de barracones, ingenieros para su diseño… Políticos para poner normas que coordinen las actividades de todos, policías para hacer que esas normas se cumplan… Toda una sociedad humana.

Una sociedad en la que todos los individuos creerían haber sido algún día Pedro Martínez.

“ Unos dos mil años después de que llegara Uno, la ciencia y la técnica en Hogar han alcanzado un nivel similar al de la Tierra a comienzos del siglo XX. No somos genios, y poco se puede mejorar la capacidad de aprendizaje de un individuo a partir de los diecisiete años… Pero estamos aquí y sobreviviremos. Como prueba de nuestra prosperidad, somos más de mil millones de habitantes los que poblamos Hogar en la actualidad. ¡Viva Pedro! ”

“ Fin ”.

13

Las luces se encendieron. La sala estaba en completo silencio. Los individuos se miraban entre sí con gesto incrédulo. Hasta ahora, cada uno había pensado que todos ellos eran iguales por algún tipo de broma pesada. Ahora se daban cuenta de que no había nadie diferente. En todo el planeta. En todo su mundo.

–        ¡O sea, que no hay pibas! – saltó una voz desde las primeras filas.

–        ¡Joder! ¡Mierda! – gritó otro desde atrás.

–        ¿He sido generado… he nacido sólo para cuidar viejos en un planeta asqueroso?

–        ¡Es injusto! ¿Quién vendrá a cuidarme a mi cuando sea viejo?

–        ¡Joder! ¡¡¡Joder!!!

A Pedro el cuello le dolía horrores. Miró a los demás con desprecio mientras se pasaba la mano por la nuca. “¿De qué se quejan estos gilipollas? Todos ahí, tan cómodos en sus butacas…”.

–        Acompáñenme a la salida, por favor – dijo el guía.

Fueron saliendo de la sala de proyección hacia la explanada exterior. Cuando todos estuvieron fuera, el guía se dirigió de nuevo a ellos.

–        Por favor, ahora cada uno de ustedes debe escoger el barrio de la ciudad en el que desea alojarse. Les llevaremos a todos a sus casas.

“Ya quisiera yo. Mi casa en la Tierra, no en esta mierda de sitio” pensó Pedro.

–        Los que deseen ir al barrio A, – continuó el guía – cercano a las modernas cadenas de producción de la ciudad, con grandes estructuras de sofisticado urbanismo y altos rascacielos, sigan a mi compañero – dijo señalando a un recién llegado vestido de uniforme. Éste, de mediana edad, se parecía muchísimo al propio guía. Les diferenciaba el peinado y una barba corta.

“Así que así seré yo de mayor… Como mi tío Ramón…” pensó Pedro mirando a ambos.

–        Los que deseen ir al barrio B, donde se ubican los centros de investigación de la ciudad, rodeados de bellos paisajes naturales, vayan con el otro compañero – dijo señalando a otro tipo –. Los que deseen ir al barrio C, barrio cultural y artístico de la ciudad, con gran animación diurna y nocturna, sigan a aquél – dijo señalando a otro.

De esta forma, el guía fue describiendo las diversas opciones.

Pedro miró a todos los demás individuos con cara de asco, mientras se tocaba el cuello. “Corderitos. ¡Beeee! Vamos, seguid al rebaño. ¡Vamos! ¡Al matadero! ¡Beee! Cabrones… Pedazo de cabrones…” pensó.

Terminaron las opciones. Poco a poco, todos los individuos fueron escogiendo el grupo al que deseaban unirse. Pedro no había decidido todavía. Debía reconocer que la presentación de cada opción hacía que todas ellas le resultaran casi igual de apetecibles. Sin duda, eran unas presentaciones creadas a su medida, a la medida de todos.

Entonces comenzó a decantarse por una de ellas. Echó un vistazo global a toda la escena, con casi todos los individuos ya clasificados en un grupo. Finalmente, se dirigió al grupo del barrio G, donde se ubicaban los centros de gobierno de la ciudad. Mientras se dirigía hacia ese grupo, sonreía de manera socarrona.

Al unirse al grupo, observó a los demás integrantes del mismo. Muchos de ellos se llevaban la mano a la nuca mientras emitían un gesto de dolor.

14

–        Señores, ahora todos ustedes recibirán un número identificador – dijo el guía dirigiéndose a todos los grupos -. Más adelante recibirán un nombre, que ustedes mismos escogerán…

“Yo soy Pedro Martínez. No necesito escoger nada” pensó Pedro con determinación. Después miró a los demás. Mostraban la sonrisa de quien está satisfecho con una decisión recién tomada. “Aunque quizá no sea tan buena idea…” rectificó molesto.

Los hombres uniformados comenzaron a repartir papelitos entre los presentes. Pedro recibió el número 95271105. “Genial. Ahora soy un maldito número”.

Apareció una hilera de autobuses al fondo de la explanada. Los autobuses se aproximaron a los grupos y pararon.

–        ¡Qué guay, con alerones! – gritó alguien en el grupo del barrio B.

Efectivamente, los autobuses tenían alerones. Pedro reconoció que le daban cierto aire estético. Después dirigió la mirada hacia el asfalto de la carretera. A lo largo de cada carril se extendían dos hileras paralelas de placas metálicas que corrían en la dirección del carril. Las dos hileras estaban separadas por unos metros. Pedro se dio cuenta de que todos los presentes se estaban fijando en lo mismo que él.

–        Esas hileras trasmiten energía a los vehículos – se apresuró a decir el guía de manera casi mecánica -. En Hogar no hay combustibles fósiles. Los vehículos se mueven gracias a la energía que captan de las hileras electrificadas dispuestas en el asfalto. Sólo los vehículos del ejército y de las fuerzas de seguridad utilizan baterías de energía autónomas.

Algunos miembros del grupo A se acercaron a las hileras y las contemplaron con curiosidad.

–        Ahora suban todos a los autobuses, por favor – continuó -. Éstos les conducirán a sus apartamentos. El conductor anunciará su llegada al barrio escogido.

Pedro subió a uno de ellos y se sentó junto a la ventana. Cuando el autobús estaba cercano a llenarse, otro individuo se sentó junto a él en el asiento contiguo. Finalmente, el autobús cerró las puertas y comenzó a moverse.

Pedro giró la cabeza para mirar por la ventanilla. La explanada parecía continuar indefinidamente, si bien ya no se veían muros en el horizonte. Al poco tiempo, escuchó:

–        Hola.

Pedro se dio la vuelta. Se trataba del individuo que se sentaba a su lado. Le miró con extrañeza.

–        ¿Cómo te… cuál es tu… cuál es tu número?

Pedro le devolvió una mirada de indiferencia y se dio la vuelta airadamente.

–        Yo… – continuó el individuo – yo soy 95271199… ¿Qué barrio has escogido?

Pedro frunció el ceño mientras miraba por la ventana. Se dio la vuelta bruscamente y se dirigió a su acompañante.

–        ¿Qué mierdas…? ¿qué… qué necesidad tengo yo de hablar contigo? ¿Por qué voy a hablar con… conmigo mismo? – respondió Pedro con visible enfado, mientras se pasaba la mano por la nuca. Emitió un breve gesto de dolor. Continuó – ¡Qué pérdida de tiempo! ¡Qué imbecilidad! No necesito pensar en voz alta…

Volvió a darse la vuelta. El extraño continuó hablando.

–        Yo voy al barrio B – respondió. Parecía ignorar la respuesta airada de Pedro -. ¿A qué barrio vas tú…?

Pedro se mantuvo en silencio mientras miraba por la ventana. Observó que otros pasajeros estaban estableciendo conversación entre sí. Al cabo de unos segundos, respondió con voz resignada.

–        Al barrio G.

Su compañero mantuvo silencio por un momento. Se mostró dubitativo y respondió.

–        Entonces ya no somos iguales.

Pedro frunció el entrecejo. Después se dio la vuelta para volver a mirar por la ventanilla. Notó que el asiento no era muy cómodo. Se estaba clavando unos hierros a la altura de la espalda. Volvió a mirar al compañero.

–        ¡Vaya mierda de asiento! ¿No te estás clavando algo en la espalda?

–        No… – respondió el otro con cierta sorpresa.

Pedro mostró incredulidad. Miró a los demás pasajeros. Hablaban animadamente, sin aparentar incomodidad. Cambió su gesto por la resignación. Volvió a mirar por la ventana. “¿Joder, por qué a mi otra vez?”. Sintió enfado. “¿Qué coño he hecho yo?”. Decidió concentrarse en la ventana.

Observó que en la lejanía se erigía un enorme conjunto de edificios. “Nos acercamos a la ciudad” pensó. En ese momento, un sujeto uniformado de mediana edad se puso en pie junto al asiento de conductor.

–        Vamos a proceder a ofrecerles un pequeño refrigerio.

Pedro se dio cuenta de que tenía hambre. “Bien, una buena noticia al fin”. El hombre comenzó a repartir bocadillos. Al poco tiempo llegó a su fila. Pedro cogió su bocadillo con cierta ansia. Lo mordió.

Sintió una gran felicidad al comprobar que el bocadillo contenía una compleja mezcla de sabores. “Bien, parece que han conseguido obtener nuevos alimentos”. Masticó y saboreó.

“Un momento… La carne es chopped… y la salsa… sabe a… yogur con… con… ¿pipas?”. Pedro separó el bocadillo de su boca y lo observó con detenimiento. En el extremo contrario al lugar que había mordido, había otro mordisco que no se debía a él. “Joooodeeeer…”. Cerró los ojos y trató de serenarse. Los volvió a abrir y miró a los demás.

Todos tenían el mismo bocadillo.

–        ¡Bien! ¡Bien! ¡Os jodéis, como yo! – dijo con satisfacción.

Varias cabezas se dieron la vuelta para mirarle. No se dio cuenta de que lo había gritado. Se acurrucó junto a la ventanilla con cierta vergüenza, y se concentró en el paisaje. Las demás cabezas se fueron reincorporando poco a poco.

Pedro se dio cuenta de que la velocidad del autobús no era muy elevada. El estruendo provocado por el motor indicaba que la velocidad nunca podría ser muy superior a la actual. “¿Entonces para qué sirven los alerones…?” se preguntó extrañado. “El caso es que quedan bien…”. Siguió observando por la ventanilla.

15

El autobús estaba adentrándose en la ciudad. Pedro observó los edificios. “¡Son como los de mi barrio! ¿Cómo es posible?”. Se trataba de bloques de pisos de ladrillo rojo de cuatro o cinco plantas. De las ventanas colgaba ropa tendida. “¿Era eso una camiseta de Kakakulo?” observó incrédulo. Había terrazas, y algunas estaban acristaladas. Por las aceras caminaban individuos. Todos ellos eran iguales a él, pero de diversas edades. Eso sí, usaban peinados diferentes, algunos estaban teñidos, y algunos tenían barba o bigote. Algunos tenían incluso tatuajes. Vestían diferente, e incluso andaban de manera diferente.

El tráfico en las calles era denso, y el autobús se paraba con mucha frecuencia.

–        Nos adentramos en el centro de Ciudad – dijo el hombre uniformado.

Pedro observó que el nombre de las calles estaba indicado en placas colgadas de las paredes.

“¿Calle Tarao?” Pedro meneó la cabeza incrédulo. Observó otra placa “¿Calle Abuela? ¿Qué es esto…?”.

El autobús giró y se adentró en una ancha avenida.

“¡Avenida Rocío!” leyó con gran sorpresa. Al poco tiempo se abrió una gran plaza. El centro de la plaza estaba coronado por una gran estatua de mármol que mostraba una extraña escena. Consistía en una chica con gesto angelical, y un tipo tendido en el suelo con gesto moribundo. El moribundo tenía a su lado un casco, y había una moto tendida sobre el suelo.

Pedro miró el rostro de los personajes. Tenían un vago parecido a… “¡Rocío y el gilipollas del Rob!”. Pedro esbozó una sonrisa cómplice. “¡Qué bueno!”.

El autobús se adentró en una calle más estrecha.

“¿Calle ‘Que le den por culo a papá’?”. Pedro cerró los ojos y se estremeció, como si esperase recibir un puñetazo por semejante osadía. Luego se fue relajando poco a poco y abrió los ojos. Su padre no estaba allí. Hacía miles de años que debía haber muerto. No tenía que temerle. “El hijo de puta se fue, y ahora me he ido yo”. Sonrió. Sintió una gran liberación. “Qué le den por culo a papá… ¡Muy bueno! ¡Ja!”.

El autobús se detuvo en otro atasco. Ante su ventanilla se ubicaba la entrada de un cine. Había el cartel de una película. “La victoria de Pedro” se titulaba. El cartel incluía una breve sinopsis de la película.

“La bella Rocío es secuestrada por el malvado Rob, que es ayudado por Gómez, el científico chiflado. El valiente Pedro decide liberarla. Para ello, recluta un comando de asalto y los entrena. Éste está formado por Fideuá y Mos”. Más abajo, otro letrero rezaba  “¡Con la participación especial de Anikilator!”.

Pedro sonrió ante semejante argumento. Luego torció el gesto. Empezaba a resultarle extraño este mundo a su medida. “Dios, este lugar parece una parodia de mí mismo. Esto empieza a ser un poco cargante…”. Miró el resto de los pasajeros en el autobús. La mayoría de ellos observaba todos estos detalles con un elocuente gesto de aprobación y una gran sonrisa.

Bajo el cartel de la película, otro letrero decía  “¡Y a todo color!”.

“¿A todo color?” pensó Pedro extrañado. “¿Y la mierda de película muda que nos pusieron antes? ¿No se supone que estábamos más atrasados? Qué raro…”. El respaldo del asiento le estaba destrozando la espalda, así que se ladeó hacia delante. Pero en esa postura el cuello le dolía más. Se estaba irritando. Miró a los demás pasajeros. Observó sus sonrisas mientras miraban por la ventanilla, y sintió cierto asco.

Volvió a mirar por la ventanilla. Había un gran bullicio en las calles. Al salir de la calle “Mamá”, Pedro pudo ver ante él la entrada de lo que parecía ser un gran centro comercial. Sobre una majestuosa entrada, se leía el siguiente texto en grandes letras amarillas:

“¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy? ¡Ahora, por fin lo sabes! ¡En PJR! ¡El Paraíso de los Juegos de Rol!”.

Pedro elevó la cabeza. El edificio parecía contar con unas nueve o diez plantas. “¿Todo este edificio sobre juegos de rol? ¡Joder, qué pasada! Con lo que me costaba encontrar tiendas…”. “Claro no éramos muchos” reflexionó. Observó el rostro maravillado de los demás pasajeros. “Aquí todo es diferente, claro”. Vio un pequeño cartel a un lateral de la entrada: “MMXXIV Campeonato Mundial de Rol, Copa Val Hancín. Con el patrocinio del Ministerio de Juegos de Rol y Cultura”.

Pedro torció el gesto. “Esto empieza a ponerse un poco desproporcionado…” pensó.

El autobús continuó su recorrido. Al cabo de un rato, el nombre de las calles comenzó a extrañar a Pedro un poco más. “¿Calle ‘Mamá II’? ¿Calle ‘Tarao IV’?”. Pedro frunció el ceño. “¿Calle ‘Qué le den por culo a papá VI’?”. Pedro se inquietó. “¿Tan poco original soy?”.

La densidad de edificios se hizo menor, y la calle comenzó una leve cuesta hacia arriba. Poco a poco el relieve se volvió más pronunciado. El autobús comenzó a deslizarse por abruptos acantilados desde los que se vislumbraba un bello panorama de la ciudad. El recorrido ascendente continuó hasta que el autobús se paró ante un edificio de extraño diseño.

–        Los que vayan al barrio B pueden bajarse – anunció el hombre uniformado.

Algunos pasajeros salieron del autobús. El compañero de Pedro dijo un breve “Ya nos veremos”, y bajó junto a los demás. Pedro aprovechó para ocupar su asiento. Apoyó la espalda contra el respaldo y se relajó un poco.

El autobús volvió a descender. Al cabo de pocos minutos, surgieron grandes edificios llenos de columnas. El autobús volvió a parar.

–        Pueden bajar los que vayan al barrio G.

Pedro bajó del autobús junto a otros pasajeros.

16

Otro hombre uniformado esperaba a los pasajeros que se bajaban del autobús.

–        Les acompañaré a sus apartamentos. Antes les daré cierta cantidad de dinero a cada uno. Hagan una fila, por favor.

Pedro se unió a ella. Cuando le llegó el turno, recibió un paquete de pequeñas cartulinas. Pedro observó detenidamente una de ellas. Contenía un extraño dibujo incompleto. “¡Ey! ¡Éste es Kakakulo!”. El dibujo mostraba una imagen parcial de Kakakulo abriendo las tripas de Pedopís. Pedro dio la vuelta a la cartulina. Estaba escrito el número 76. Luego miró las demás cartulinas. Todas eran iguales.

–        Cada billete vale 1 KP, la moneda oficial de la República del Hogar. En total, cada uno de ustedes tiene 25 KP.

“Genial. Veinticinco cromos de Kakakulo y Pedopís” pensó Pedró.

Se le acercó otro individuo que acababa de recibir su paquete. Miró a Pedro, y entre risas dijo:

–        ¡Qué mala suerte! ¡Todos repe! ¿Cambiamos…?

Pedro se le quedó mirando con gesto serio. Luego, súbitamente, rompió a carcajadas. La risa se prolongó por largo tiempo. Cuando por fin paró, tenía los ojos llorosos. Se secó las lágrimas con el brazo y miró al cielo mientras apretaba los dientes. “Todo es una mierda” pensaba. Sintió una punzada de dolor en el cuello, y volvió a mirar hacia delante. Su mirada estaba perdida.

El individuo que se había dirigido a Pedro se distanció de él con cierto miedo.

–        Mañana comenzarán sus estudios de reeducación. Ahora, acompáñenme a sus apartamentos – intervino el hombre.

Abrió un portal y entró. El grupo le siguió por el interior del edificio. Algunos se llevaban la mano al cuello con gesto dolorido. “Pero a ninguno se os estaban clavando estacas en el asiento del autobús. Hijos de puta…” pensó Pedro con rabia. Al llegar a cada puerta, el hombre daba una llave a alguno de los individuos, el cual abría la puerta y entraba con gesto de resignación.

Al cabo de cierto rato, le tocó el turno a Pedro. Tras introducirse en su apartamento, se apresuró a cerrar la puerta con llave. Se sentía feliz de estar solo.

La sala le recordaba a una habitación de hotel en la que estuvo una vez con su madre por vacaciones. Había una cama, una mesa y una tele sobre ella. “¿Una tele? Eso vino mucho después de cine mudo, ¿no?”. También había una puerta hacia el servicio. Entró. Tenía sed, y tomó un vaso sobre el lavabo para llenárselo de agua. “Espero que al menos sepan hacer agua.”. Antes de accionar el grifo, miró el vaso con detenimiento. Tenía manchas de grasa y ¿sangre? Lo dejó con asco donde lo encontró. Echó de menos una bolsa de AhorraPlus. “Incluso cuando se me olvidaba sacar el ticket de compra de la bolsa y nos lo encontrábamos después flotando, era menos asqueroso que esto” pensó. Bebió a morro del grifo. “Este agua sabe a culo” reflexionó mientras saboreaba. Pero era lo mejor que había.

Miró con detenimiento un espejo que había sobre el lavabo. Observó que la imagen de sí mismo sobre el espejo parecía estar inmóvil. “Un momento, esto no es un espejo…”. Tocó con los dedos la superficie del objeto. “¡Esto es una foto mía…!”. Se enfureció. “Muy, muy gracioso… Vaya recibimiento”.

Decidió ducharse. Tras desvestirse, entró en la ducha y accionó el grifo. El agua estaba congelada. Modificó los controles, pero no ocurría nada. “¡Mierda!”. Se dio cuenta de que no tenía a quién quejarse. Y tampoco le apetecía salir de la habitación. Ya que estaba en la ducha, decidió ducharse de todas formas. “¡Uaaaa! ¡Joooder que frrríííaaa!”. Tras dos insufribles minutos de aullidos, salió de la ducha y se secó con una toalla. Desde el baño, una ventana apuntaba a un patio interior. La abrió. Salía vapor de las demás ventanas. “Los demás hijos de puta tienen agua caliente en sus duchas. Una vez más, soy el único gilipollas”. Su pulso empezó a acelerarse mientras su ira aumentaba. “¿Todos iguales? ¡Una mierda! Soy el único imbécil al que le ocurren estas putadas. ¿Joder, por qué yo?”. Pedro razonó que a alguien le tenía que tocar la columna en el cine, el asiento roto en el autobús y la ducha sin agua caliente en la habitación. Pero, ¿cuántas casualidades tenían que darse para que le ocurrieran todas esas cosas a él?

Su odio hacia todos los demás individuos de ese inmundo planeta crecía por momentos. Volvió a la habitación. Miró la cama con más detenimiento. “Colcha de Anikilator, cómo no”. Se estaba hartando de tanta chorrada hecha a medida. “A los demás subnormales les encantará, claro”.

“Tengo que relajarme”. Encendió la televisión. Se trataba de un gran armatoste. Al salir la imagen, Pedro comprobó que era en blanco y negro. “Bueno, algo es algo” pensó.

Parecía que estaban emitiendo una serie.

“ ¡Rocío! ¡Yo te salvaré! ” gritaba el héroe. Era Pedro, claro.

“ ¡Socoooorro! ” gritaba una voz afeminada. Bueno, más bien era una voz de hombre imitando una voz de chica, y bastante mal. Pedro se fijó en el personaje. “Soy yo mismo con peluca y tetas postizas. Qué cosa más cutre y lamentable” pensó.

“ ¡Jajaja! ¡No escaparás! ” gritaba el villano desde su moto mientras agarraba al personaje de Rocío. “Ese también soy yo” reflexionó Pedro. “Menuda mierda…”.

“ ¡Pedro! ¡Yo te ayudaré! ” gritaba un nuevo personaje que apareció en escena. Estaba metido dentro de un grotesco disfraz, con una inmensa cabezota azul y dos ojos saltones. “Un momento… ¡Ése es Kakakulo! ¡Joder! ¡Esto es patético!”. Se levantó de la cama y apagó el televisor de un manotazo.

“Menudo mundo de lamentables payasos”. Sentía una profunda ira. Apagó la luz, se tumbó en la cama y cerró los ojos. Hacía ya bastante rato que era de noche y estaba agotado. Trató de relajarse, pero sintió que no podía. Entonces se dio cuenta de que una fuerte luz golpeaba sus párpados cerrados a intervalos irregulares. Incómodo, abrió los ojos y se levantó de la cama para averiguar de dónde procedía aquella luminosidad. Abrió la ventana de su habitación y asomó la cabeza. Entonces comprobó con bastante enfado que, justo al lado de su ventana, colgaba de la fachada su edificio un inmenso letrero luminoso que leía ‘Apartamentos Anikilator’. El letrero no era intermitente a propósito, sino que parecía estar estropeado y emitía un desagradable zumbido metálico. “¿También esto me ha tocado a mí?” se preguntó irritado. Pedro pegó un fuerte puñetazo contra la pared. Mientras se pasaba la otra mano sobre sus nudillos doloridos, volvió a tumbarse. “Vaya mierda. ¡Vaya mierda!” pensó iracundo. Cerró los ojos y giró su cuerpo en dirección contraria a la ventana.

Al cabo de unos minutos, oyó un gran golpe procedente de la calle. Había sonado como algo blando estampándose contra una superficie dura.

Sobresaltado, se levantó y volvió a mirar por la ventana. En el suelo de la calle yacía un individuo. Otras cabezas salieron por las ventanas.

–        ¡Ha saltado por la ventana! – gritó una voz.

–        ¡Aaaah! ¡Se ha suicidado! – le siguió otra.

Otras voces de lamentos le acompañaron.

Sin embargo, Pedro se dio cuenta de que se alegraba. “Un payaso menos”. Al principio se asustó por sentir eso. Luego meneó la cabeza. “Bah, no son yo. Son seres patéticos y lamentables. Y si mueren, mejor”.

Pedro volvió a tumbarse con una sonrisa en sus labios. Oyó cómo un vehículo con sirena llegaba con gran rapidez, y cómo sus vecinos relataban nerviosos y acalorados la escena a sus ocupantes. Las voces de los recién llegados del vehículo, sin embargo, no mostraban signos de sorpresa. Oyó cómo montaban el cuerpo dentro del vehículo y arrancaban. Al cabo de un rato, las voces temblorosas de los vecinos comenzaron a apagarse. Volvió a hacerse el silencio.

Un rato después, se oyó otro gran golpe. Esta vez Pedro no se levantó.

–        ¡Otro! ¡Ha saltado otro! – dijo alguien.

–        ¡Oh! ¡Nooo!

–        ¡No lo hagáis, hermanos! ¡Es duro, pero debemos resistir! – intervino otro vecino.

Pedro volvió a esbozar una sonrisa. Tras unos momentos de confusión, la escena del vehículo se repitió. Y otro rato más tarde los ruidos de los vecinos fueron apagándose de nuevo. Ya había entrado la noche. Pedro decidió dormirse.

Cuando Pedro estaba a punto de dormirse, se oyó otro golpe más. Se repitieron las voces de horror, miedo y aliento mutuo. Esta vez Pedro sintió que tenía que intervenir.

Sacó su cabeza por la ventana, y con una gran sonrisa comenzó a aplaudir.

Los demás vecinos callaron y le miraron con gesto incrédulo.

–        ¡Bravo! ¡Un imbécil menos! – gritó Pedro socarronamente, mientras no dejaba de aplaudir.

–        ¡Cómo puedes decir eso! – le respondió una cabeza asomada con gesto de indignación y asco.

–        Está loco… – murmuró otra cabeza más lejana en voz baja.

–        ¡Bravo! – repitió Pedro. Después dejó de aplaudir y volvió a meter la cabeza en la habitación. Las voces de indignación continuaban.

“Ya podrían tirarse todos… Así me dejarían dormir”.

Durante un rato pensó en los suicidios. Se dio cuenta de que él no quería suicidarse.

“Odio demasiado a estos anormales como para dejarles solos. Me necesitan” pensó mientras sonreía y apretaba el puño derecho con fuerza.

Pedro recordó que al día siguiente comenzaría sus “estudios de reeducación”. Sería otra soplapollez. Tenía que dormirse.

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Los cuentos se esparcen

¡Hola!

Hace ocho meses que dejé de publicar nuevas entradas en este blog, y me gustaría contaros alguna cosa.

Primero, quisiera deciros que hay algunos cuentos que saltaron desde aquí y llegaron a algunas revistas y otras webs. Podéis encontrar “Siempre contigo” (creo que es uno de los que más gustaron a todo el mundo) en la revista Axxón pulsando aquí. Además, podéis encontrar “Tierra de adictos” y “Mundo ciénaga” en dos números de la revista Sci-Fdi, aquí y aquí respectivamente. También podéis encontrar “All paths to happiness” (una versión en inglés de “Todos los caminos a la felicidad” traducida por Javier Rodríguez Laguna) en Physics Napkins, aquí. Ojo, aunque éste me gusta mucho, es sólo para valientes (ciencia ficción muy dura). Finalmente, participé con “Charlando” en un concurso. EDITO: Desde ayer, también podéis encontrar “I robot non si adattano” (una versión en italiano de “Los robots no se adaptan” traducida por Giuliana Acanfora) en Pegasus SF, aquí. EDITO: También podéis encontrar “Il test dell’ignoranza e dell’amnesia” (versión italiana de “El test de la ignorancia y la desmemoria” también traducida por Giuliana) en Pegasus SF aquí. EDITO: En Fisiones podéis encontrar “La estirpe de las tejedoras” y “La humillación de Viguray, aquí y aquí respectivamente.

Segundo, os anuncio que en breve comenzaré a publicar cuentos sobre la temática del motor en Sobre Ruedas FM. Es la primera vez que acepto el reto de escribir una serie de cuentos con una temática específica. La sección se titulará “Cuentos rodados”. EDITO: La sección ya está en funcionamiento, podéis verla aquí.

Tercero, hace unos meses Silvia N. Santalla, seguidora del blog, hizo una fantástica recopilación de todos los cuentos de este blog (los míos y los de los amigos que también tenéis algún cuento aquí). Podéis descargar todos los cuentos de este blog en un único fichero pdf aquí, y en formato odt aquí. También podéis descargarlo en formato epub aquí (pulsad con el botón derecho, “guardar como”, y tras descargarlo renombradlo para sustituir la extensión “.pdf” por la extensión “.epub”). ¡Gracias, Silvia!

Tercero, tengo la intención de publicar aquí mi primera novela, “Pedrícese el mundo”, durante este mes. A ver si os gusta. Especialmente a los que tengáis algún amigo editor. 😉

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Adiós

Estimados lectores, esta es la última entrada de este blog. Hace algunas semanas decidí que, dado el escaso público que me acompañaba, este blog terminaría al final de 2012.

Hace un año creé este blog por dos motivos: aprender y darme a conocer. Respecto a aprender, lo cierto es que sólo he tenido una comentarista asidua en el blog (¡gracias, Yohana!). Además, las puntuaciones de 0-5 estrellitas y “likes” sociales de algunos cuentos, tan útiles para saber qué os gusta más y qué os gusta menos, no se han prodigado mucho precisamente (¡gracias a los pocos que los habéis usado!). Respecto a darme a conocer, al principio la cosa no fue mal, pero a partir de mayo el público empezó a bajar drásticamente. Así que, en lugar de interesar a cada vez más gente, resultó que cada vez interesaba a menos. Mi idea original era empezar a publicar aquí mi primera (y por ahora única) novela por capítulos si el público alcanzaba determinado umbral, pero no ha sido así. (Por cierto, admito que diciembre no ha sido un mal mes; es lo que tiene haber anunciado en noviembre que iba a cerrar.)

¿Puede que vuelva? No lo sé. Sólo lo haría si viera motivos para que la cosa pudiera funcionar en un nuevo intento, motivos que ahora no veo. Si ahora continuase, todo seguiría igual: pocos lectores y aún menos opiniones para aprender, tan pocas que bien puedo obtenerlas igualmente intercambiando mails en privado en lugar de creando un blog. Hay algo que podría hacerme creer que un regreso podría tener sentido: ver que mucha gente votase su top ten de mis cuentos aquí. Votar tal cosa implica, lógicamente, haberse leído todos o casi todos mis cuentos en el blog, así que ver muchos votos ahí sí sería un buen motivo para volver a creer. Además, ver nuevos comentarios (prometo seguir respondiendo a ellos de vez en cuando si los hay), o nuevas votaciones de 0-5 estrellitas y “likes” en los cuentos, o nuevos links a algún cuento, también ayudaría, claro. En realidad, no me faltaría material para volver: en el momento de escribir estas líneas, tengo 36 cuentos que no he colgado aquí, y mi fichero de ideas para cuentos futuros tiene 129 ideas apuntadas. Lo que me falta es poder creerme que, a la segunda, sería la vencida.

Me despediré recordándoos que la ciencia ficción puede aparecer en cualquier rincón de vuestra ciudad al que miréis si lo hacéis con una mirada friki.

Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Montar en metros en huelga más allá de Príncipe Pío. He visto líneas de código C brillar en la oscuridad de un monitor, cerca del puerto en serie. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como las promesas tras las elecciones o los polvos. Es hora de morir.

Pues eso,

Isma

PD: Esta última semana también he colgado cuentos nuevos, los tenéis a continuación.

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El libro de Siseneg, el último libro

Recorro esta ciudad vacía sin un destino concreto. Veo la hamburguesería y entro. Como siempre, está vacía. Como siempre, en el mostrador hay hamburguesas hechas en el mismo día. La cámara de seguridad del techo se gira hacia mí. Me sacio y salgo.

El viento sopla entre los gigantescos rascacielos. Es extraño tener toda esta ciudad para mí. También es extraño no saber cómo llegué aquí.

Lo último que recuerdo antes de llegar es aquel extraño día en que las noticias dijeron que se habían roto definitivamente las negociaciones y que la guerra empezaría en cuestión de horas. Recuerdo a la gente saqueando los supermercados en busca de comida para llevarse a sus refugios. Teniendo en cuenta la potencia de las armas que aquella guerra iba a desplegar, llevar comida a los refugios era, en realidad, ridículo. Los propios refugios eran también ridículos.

Recuerdo haber visto una inmensa bola acercándose hacia mi casa a gran velocidad. Me pareció una asombrosa coincidencia que la bomba que convertiría a este lado del planeta en un sol fuera a caer precisamente en el jardín de mi casa. Bueno, eso haría que yo muriera unos milisegundos antes que todos los demás. Repentinamente, la bola se paró a un metro del suelo. Me sorprendí enormemente. Pensé que, justo antes de morir, vería salir una banderita de la bola donde pusiera “¡Bum!”. Los diseñadores de bombas eran conocidos por su muy particular sentido del humor, o al menos eso decían las leyendas urbanas (por cierto, ¿cómo puede haber leyendas urbanas sobre lo que uno ve antes de que una bomba destructora de mundos explote delante de tus narices?).

El caso es que no, que no explotó. Así que llegué a la conclusión de que aquello no era la bomba, sino otra cosa. Y entonces perdí el conocimiento.

Un tiempo indeterminado después lo recobré en esta extraña ciudad. Me encontraba perfectamente. Aparte de tener una extraña argolla con lucecitas rodeándome el tobillo derecho, parecida a esas que ponen a los maltratadores con una orden de alejamiento, iba vestido igual que antes de quedar inconsciente. La única diferencia es que estaba en una inmensa ciudad que no conocía. Y que yo era el único habitante de la ciudad.

Digo que está vacía porque no veo a nadie, pero pienso que alguien me observa. Siempre encuentro comida fresca en determinados lugares. Las cámaras de seguridad de las calles y plazas se giran a mi paso para enfocarme. No creo que lo hagan de manera automática, creo que alguien o algo observa lo que graban esas imágenes.

He dedicado las últimas semanas a explorar la ciudad. Es realmente grande: pasé un día entero recorriéndola en la misma dirección y los edificios no terminaron. Sin embargo, en el barrio al que llegué tras semejante caminata no encontré restaurantes con comida servida en el mostrador. Así que a la mañana siguiente regresé a la zona que conocía, la zona donde conseguía comida.

No puedo entrar en todos los edificios. De hecho, puedo entrar en muy pocos. Las tiendas están cerradas pero puedo ver sus escaparates. A veces me da la sensación de que no hay nada detrás de ellos, que en realidad no hay tienda. En una ocasión pude ver a través de un agujero que había en la decoración de un escaparate, y vi que detrás había una sala vacía. Quizás estoy en una gigantesca ciudad de attrezzo.

Ahora estoy en una calle cualquiera, una calle como todas las demás. Miro a mi alrededor. Quizás por aburrimiento, decido que quiero entrar en una tienda como sea. Selecciono una que se encuentra en un edificio con una sola planta. Quizás, si soy capaz de alcanzar el tejado, encuentre una manera de bajar por alguna ventana, chimenea o algún conducto de ventilación. Trepo una pared agarrándome a sus cornisas decorativas y alcanzo el tejado.

Entonces me resbalo y caigo del tejado. Al impactar contra el suelo, noto cómo se me rompe una pierna. Mientras grito de dolor, observo que la anilla de mi tobillo comienza a mostrar una extraña combinación de colores. Noto un pinchazo en el tobillo y pierdo el conocimiento.

*******************************************************************

Despierto un tiempo indeterminado después en una plaza cercana. No sé si han pasado minutos, horas o días. La pierna no me duele, todo parece estar en su sitio.

Definitivamente, alguien me observa y cuida de mí. No sé si eso me tranquiliza o me inquieta.

Durante las semanas siguientes, sigo explorando la ciudad en una especie de rutina aletargada. Recorro las calles al azar, a veces en círculos. Me pregunto si estaré para siempre solo. Es una pregunta que al principio ronda mi cabeza, algunas semanas después me inquieta, y otras semanas después finalmente me obsesiona.

Podría tirarme desde otro tejado para que esos extraños ángeles de la guarda tuvieran que volver a hacerme algo. Así tendría una oportunidad de verlos. Está lo de la anestesia inmediata en el tobillo, claro. Podría evitar que la anilla de mi tobillo me volviera a inyectar algo que me durmiera interponiendo algo entre mi piel y la argolla. Así, si quisieran venir a rescatarme, me encontrarían consciente y podría verles.

Pero estaría retorciéndome de dolor hasta que vinieran, claro.

Solía sopesar esta dolorosa opción de vez en cuando. También lo pensaba aquel día, el día en que algo cambió.

Fui a la hamburguesería a la que voy casi siempre para alimentarme. Estaba abierta. Ojo, no es una afirmación trivial. En el tiempo que llevo aquí (¿meses? no podría asegurarlo), no siempre me la he encontrado abierta. He observado que, cuando llevo demasiados días seguidos yendo, me encuentro la puerta bloqueada por un candado. Entonces suelo ir a un cercano restaurante de ensaladas. Parece que mis ángeles de la guarda vigilan mi peso.

El caso es que aquel día estaba abierta. Entonces, cuando me dirigí al mostrador de hamburguesas, vi que había un envoltorio de hamburguesa en la papelera. ¡En la papelera! Esto era extraño, pues yo siempre tiro los envoltorios al suelo. Desde que no hay sociedad alguna con la que convivir, he dejado de observar las convenciones sociales. No me afeito y sólo me ducho cuando mi olor me da asco a mí mismo. ¿Qué tiene de raro? ¿Ustedes lo harían diferente? ¿Durante cuánto tiempo se arreglarían ustedes diariamente, si supieran que jamás se encontrarán con nadie? ¿Se arreglarían todos los días sólo para sí mismos? ¡Venga ya!

Así que había un envoltorio de hamburguesa en la papelera. Punto uno: yo tiro los envoltorios al suelo. Punto dos: siempre, siempre, siempre me encuentro la sala impoluta cada vez que llego, siempre como nueva, siempre igual. Si un día desplazo una silla para sentarme, al día siguiente la encuentro perfectamente alineada junto a las demás, igual que todos los días. Ellos se ocupan de que absolutamente todo esté igual todos los días. ¿Hay aquí alguien más que no seamos ni ellos ni yo? (Por cierto, observen que todavía escribo ellos con la e minúscula. Si paso mucho más tiempo sin verles e idealizándolos, sospecho que en algún momento empezaré a nombrarlos en mayúsculas y a adorarles sin remedio.)

Esto es extraño, la rutina de mi mundo ha quedado rota.

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Al día siguiente llego a la misma hora, y de nuevo hay un envoltorio en la papelera.

Al día siguiente llego una hora antes, pero no hay nada en la papelera. Mi misterioso vecino parece respetar muy bien sus horarios y rutinas.

Entonces, al día siguiente lo intento media hora después. Hay envoltorio en la papelera. Lo toco. Está caliente.

Salgo corriendo del local y miro la calle. Veo una figura al fondo. Corro y grito.

Es una mujer. Se da la vuelta y me observa.

Mi corazón palpita. Creo que me he enamorado. Es inigualable.

Vale, ya sé lo que van a decirme. Siendo la única mujer que hay en este vacío lugar, por definición es inigualable. Y especial. Claro, especialísima. Quisiera intentar convencerles de que consideraría a aquella mujer única en cualquier otra circunstancia. Pero no voy a poder. Saben que mi situación es muy especial, así que piensan que mi percepción está inevitablemente condicionada y nublada, ¿eh? Así que renunciaré a intentar convencerles, no me tomarían en serio.

Cuando la alcanzo, veo que ella también tiene una anilla en su tobillo.

Sin mediar palabra, lo primero que nos sale del alma a los dos es abrazarnos.

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Hablamos mucho. Hablamos de nuestro deambular solitario en aquella ciudad vacía, en la que calculamos que podríamos llevar el mismo tiempo. Sólo hacía una semana que ella había empezado a frecuentar las mismas calles que yo. Decidió establecerse en esta zona al descubrir que los restaurantes disponibles en su área habitual anterior, situada a unos veinte minutos andando desde aquí, eran menos variados.

Después hablamos de nuestras vidas antes de que llegásemos aquí. Le expliqué que yo era soltero, aunque había tenido una novia que se quedó embarazada y que desgraciadamente perdió al bebé a los tres meses. Hacía mucho que ya no éramos pareja.

Por su parte, ella me dijo que estaba divorciada y que antes de la guerra tenía un hijo pequeño. Vi algunas lágrimas en sus ojos cuando recordó que no podría volver a verle nunca más. Nos contamos cómo vivimos aquellos últimos días de tambores de guerra, en los que todos vimos venir el fin del mundo.

Entonces recorrimos juntos nuestra ciudad vacía. Intentamos hacer un plano dibujando las calles que cada uno recordaba haber recorrido. Lo primero que marcamos fueron los restaurantes conocidos. El límite de lo que podíamos alejarnos de nuestra zona conocida lo delimitaba la disponibilidad de comida.

Realmente teníamos ganas de hablar con alguien. Hablamos de nuestros misteriosos cuidadores, de nuestras incertidumbres, de nuestros miedos. Nos servimos de consuelo mutuo, sentimiento que llevábamos meses sin conocer, desde que ambos llegamos aquí sin conocimiento del otro. Lo necesitábamos.

Al llegar la noche, la invité a mi casa.

-Oye, no estamos obligados a que ocurra nada entre nosotros –me dijo ella.

Aquella frase me chocó. ¿Qué significa exactamente esa frase cuando se lo dice la última mujer viva conocida al último hombre vivo conocido?

-Quiero decir, que podemos hacerlo porque nos da la gana, no porque la situación sea ésta –añadió.

En un principio me extrañaron aquellas palabras. Luego entramos en mi casa (la casa más grande y lujosa en la que había visto hacía algunos meses que podía entrar) e hicimos el amor.

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Durante los días siguientes descubrí que la vida con ella se veía de otra forma. Ya no me sentía vacío y desubicado. Ya no me importaba que aquel lugar fuera tan raro. Estaba ella.

Exploramos la ciudad y recorrimos todo lo que sus creadores parecían permitirnos recorrer. Teníamos la sensación de que muchos edificios a los que era imposible entrar eran realmente decorativos, que quizás incluso estarían huecos, pero no teníamos forma de comprobarlo.

Cierto día, al pasar por una plaza llena de luminosos y pantallas gigantes de publicidad en la que había muchos restaurantes accesibles, una pantalla dejó de mostrar la imagen de un refresco de cola. Un triángulo con un ojo dentro apareció en su lugar. Nos estremecimos. Entonces el ojo habló con una voz atronadora.

-¡Pareja de humanos! ¡Bienvenidos al nuevo ecosistema de expansión de la especie humana, en adelante NEDE!

Aquella era la primera vez que nuestros misteriosos dioses se dignaban a dirigirse hacia nosotros. Nos sentimos sobrecogidos.

-Hemos recreado este ecosistema humano natural como una reserva para salvar a vuestra especie de la extinción –anunció la voz, mientras yo miraba sobrecogido las inertes moles de cemento y cristal que nos rodeaban-. Cuando conocimos vuestra inminente autodestrucción por la guerra final, tuvimos la oportunidad de salvar a dos miembros de vuestra especie, vosotros dos. Hemos tratado de crear este lugar de manera que sea óptimo para vuestra supervivencia y reproducción, con un amplio territorio y comida en abundancia. Esperamos que sea de vuestro agrado.

Hacía tiempo que sospechábamos que éramos animalillos de una especie en extinción con argollas en sus patitas. Aquella revelación confirmaba nuestras sospechas. Hace mucho, cuando todavía existían los osos panda, los humanos introducíamos a los pocos que quedaban en reservas, en inmensos bosques llenos de bambú. De manera parecida, ellos decidieron introducir a los dos últimos humanos que quedábamos en una inmensa ciudad llena de rascacielos.

-¡Pareja de humanos! ¡Podéis hacer lo que deseéis en este lugar! No obstante, tenéis una obligación: para favorecer vuestra pronta fecundación y reproducción, deberéis acudir a diario al Árbol del Instinto, situado en el parque central del NEDE. Allí encontraréis unas píldoras que os permitirán ser fértiles todos los días. Mejorarán la calidad del semen de él y permitirán que ella pueda concebir en cualquier día del mes. ¡Ésta será vuestra obligación!

Entonces la imagen del ojo dentro del triángulo desapareció, y volvió a aparecer la imagen del anuncio del refresco de cola.

Yo pensaba que lo que nos ofrecían los creadores de aquel lugar era lógico y deseable. Entonces ella me dijo bajito:

-No pienso tomarme nada de eso.

La miré extrañado.

-No quiero quedarme embarazada. Seguiremos haciendo el amor sólo en los días en que no esté fértil.

Entonces me sentí incrédulo.

-¿Cómo? ¿No estás de acuerdo con… salvar a la Humanidad?

Frunció el ceño.

-¿Por qué íbamos a hacerlo? No quiero tener hijos. ¿Por qué nuestra situación particular debería cambiar mi postura? ¿Sólo porque somos el último hombre y la última mujer? ¿Sólo porque, si no lo hacemos, la Humanidad se extinguirá?

-¡Claro! –respondí inmediatamente.

-¿Y por qué tenemos que deberle algo a nuestra especie, la que decidió autodestruirse, por cierto? ¿Simplemente porque pertenecemos a ella? ¿Tengo yo una deuda con mi especie? ¿Acaso decidí ser humana? ¿Acaso me dieron a elegir antes de nacer a qué especie quería pertenecer, y firmé un contrato que decía “me comprometo a salvar a la Humanidad si me admiten como humana”? Si los últimos que quedamos de nuestra especie somos nosotros, ¿acaso no somos nosotros toda la especie? ¡Somos los únicos con voz y voto en esta decisión! Los humanos muertos no tienen voto, y aunque votasen les daría igual, pues ya están muertos. Así que es completamente legítimo que sólo nosotros dos, que de hecho somos toda la Humanidad, seamos los únicos que decidamos. Y yo voto que no quiero tener hijos.

-¡Y yo voto que sí! –grité desesperado.

Ella me miró durante unos segundos. Finalmente habló.

-Un momento… Supongamos que tenemos hijos. ¿Con quién se emparejarán después nuestros hijos para que a su vez tengan sus propios hijos? ¿Entre ellos? ¿Con nosotros? ¿Conoces las consecuencias genéticas de eso?

-Puede que ellos sepan arreglar ese problema.

-¡Y también puede que no! Pero lo más importante es que me da igual si la supervivencia de la Humanidad es realmente factible o no. Simplemente no quiero –dijo. Entonces me miró a los ojos y continuó-. Hagamos como cualquier… pareja, o lo que sea que seamos ahora, en esta situación: una pareja no puede tener hijos si no están convencidos de ello ambos. Y si tienen posturas irreconciliables, siempre pueden romper.

Me abrumaba lo fuerte que apostaba ella. Puede que no quisiera tener hijos, pero renunciar rápidamente a su única pareja posible, a su único amante posible… y a enturbiar enormemente su relación con su único amigo y vecino posible, parecía una dura forma de ejercer presión. Pero estaba claro que ella no quería dejar que la situación particular en la que vivíamos decidiera por ella. Su deseo de ser libre pesaba por encima de todo lo demás.

Quizás cobardemente, decidí que tenía demasiado que perder con aquel ultimátum suyo. No podía arriesgarme a que lo suyo fuera sólo un farol, tenía demasiado miedo como para lanzarle otro.

Así que aceptamos implícitamente que no tendríamos hijos. Todos los días íbamos al Árbol del Instinto y cogíamos las píldoras. Luego fingíamos comerlas ante las cámaras de vigilancia. Temía desobedecer a los creadores de este lugar, pero temía más aún desobedecerla a ella.

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Semanas después, empecé a tomarme su negativa a tener hijos como algo personal. ¿No me consideraba lo suficientemente bueno como para tener un hijo mío? Entendía el dolor por haber perdido un hijo pero, si había tenido un hijo con otro hombre, ¿por qué no podía tener otro conmigo? ¿Consideraba inaceptable mezclar sus genes con los míos, gestar dicha mezcla y criarla después?

¿En qué posición me dejaba ser rechazado para ser el padre de la Humanidad, siendo de hecho el último hombre sobre la Tierra? ¿Hay algo más humillante?

Decidí para mis adentros que, si ella no me consideraba apto para tal cosa, entonces haría algo que le demostrase mi valía. Haría algo que le demostrase que soy apto para que geste mi semilla dentro de ella. Le mostraría que soy válido. Mi logro consistiría en verles a ellos. A costa de mi sufrimiento, le describiría a ella cómo son nuestros inaccesibles benefactores.

Inserté diversas placas metálicas entre mi tobillo y la anilla que lo rodeaba. Así, si en algún momento la argolla recibía la orden de inyectarme anestesia, no podría hacerlo. Entonces la anilla empezó a iluminarse. Imagino que aquel dispositivo no esperaba no poder palparme y no sentir mi pulso, así que había dado la voz de alarma por su cuenta. Tenía que darme prisa.

Entonces me subí al tejado del que me resbalé la otra vez.

Me tiré desde el tejado con la idea de caer de pie y romperme las piernas.

Desgraciadamente, me volteé en mi caída y caí de bruces, golpeándome el pecho contra el asfalto de la calle. Sin necesidad de recibir ninguna anestesia, perdí el conocimiento.

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Volví en mí en una calle cercana. No sabía cuántos días habían pasado. De nuevo, estaba curado. Junto a mi había una bolsa. La abrí.

Dentro había un hueso. Más concretamente, una costilla. Parecía como si se hubiera hecho añicos en mil pedazos y la hubieran pegado, o algo así. La reparación parecía resistente. Me palpé el pecho y noté que, efectivamente, me faltaba una costilla. Así que esa costilla era mi costilla.

Sospecho que ellos llegaron a la conclusión de que esta costilla no podría volver a reimplantárseme y finalmente decidieron dármela de recuerdo, lo que demostraba un peculiar sentido de la cortesía por su parte. Cogí la bolsa y traté de buscarla a ella.

Cuando la encontré, decidí decirle que mi caída había sido fortuita. Claramente, eso sería menos ridículo que decirle que me había tirado al asfalto para impresionarla y convencerla de que quisiera tener un hijo mío.

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Un día, sentados en un parque, ella me dijo:

-¿Te has fijado en que hay árboles, pero no pájaros? Parece que ellos no pudieron recuperar todo lo necesario para recrear nuestro ecosistema perfecto.

Ya me había dado cuenta hacía tiempo.

-Es verdad.

Ella miró hacia los árboles.

-Me da igual, el pájaro soy yo. Soy libre. No me da la gana obedecerles a ellos con su plan, y no lo hago. Soy un pájaro. Soy un ave.

-Ave –dije mientras miraba al cielo-. Supongo que sí, que eres un ave.

Ella dominaba. Ella decidía. Ella era libre. Ella era un ave.

¿En qué posición me dejaba eso a mí? Yo era un esclavo. Un rechazado.

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Decidí que ya no trataría de impresionarla para que quisiera tener un hijo mío. Por el contrario, con el paso de las semanas mi humillación y falta de autoestima empezó a tornarse en resentimiento hacia ella. ¿Cómo se atrevía a ningunearme? ¿Cómo se atrevía a rechazar como padre de sus hijos al último hombre existente? Además, ¿cómo se atrevía a decidir por su cuenta que permitiría que la Humanidad se extinguiera? ¿Quién era ella para decidir tal cosa en nombre de todas las generaciones de humanos que nos habían precedido?

Sin embargo, yo siempre ocultaba mi resentimiento. Siempre me portaba como un buen chico, como el dócil perro en que ella me había convertido. Pero, dentro de mí, el odio crecía. ¿Quién se había creído que era?

Si no quería tener hijos, su existencia no era necesaria. Si me rechazaba, su existencia era molesta.

Cierto día estábamos los dos en nuestra casa, la que antiguamente había sido mi casa. Al acercarme a ella, me rechazó porque, según su cálculo, estaba en un día fértil. Dijo que saliéramos a tomar algo.

Mientras bajábamos la escalera, no pude soportarlo más. Abrí mi mochila y cogí el primer objeto de aspecto contundente que encontré, que resultó ser mi propia costilla. Entonces la golpeé en la cabeza. Ella rodó escaleras abajo.

Corrí escaleras abajo y vi que se había roto el cuello. La había matado. ¡La había matado! ¡No! Grité.

Luego lloré. Había matado a mi preciosa ave con mi costilla.

Estaba solo.

Además, la Humanidad terminaría conmigo.

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Recorro solo esta ciudad, este nuevo ecosistema de expansión, este NEDE como lo llamaban ellos. Escribo en total soledad y patetismo las últimas páginas de la historia de la Humanidad.

Entonces recuerdo las páginas que varias religiones consideraron, precisamente, como las primeras de nuestra historia, aquel libro llamado Génesis. No deja de ser una ironía que, según aquel libro, la Humanidad comenzase en un lugar llamado Edén, y resulte que va a terminar en otro supuesto paraíso, esta vez lleno de cemento y metal, llamado exactamente al contrario, Nede. No deja de ser una ironía que entrásemos en este paraíso debido al pecado de la Humanidad, que ella desobedeciera la obligación de comer de un árbol y que yo le quitase la vida con una costilla mía. No deja de ser una ironía que nuestro final esté aconteciendo al contrario que nuestro principio según aquel libro.

No deja de ser una ironía que ella, recordando su libertad, se llamase a sí misma, precisamente, Ave.

¿En qué lugar me deja eso a mí, condenado a vagar en la soledad y la insignificancia hasta mi final? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy yo?

No soy nada. Mi nombre es Nada.

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Obsesión

1

Siéntase bienvenido, querido aventurero. Mire el patio de armas que se muestra ante sus ojos. Diga lo que desea hacer y se hará.

Los últimos que llegaron a este magnífico castillo perecieron en el intento. Pero esto no deberá hacerle desfallecer. Elija bien y logrará salir del castillo. Si lo oculto le es esquivo, puede escudriñar. Detalles imperceptibles podrían marcar la diferencia. Aquí se esconde un tesoro. O quizá nada. Si esto depende de alguien, es de usted.

Elija a dónde desea ir a continuación. Para subir al torreón vaya al 2, y para ir al salón del trono vaya al 3.

2

Sin duda, el número de escalones del torreón es un número primo. Esto podría significar algo. El creador de este castillo es conocido por su empeño en retorcer los significados y buscar dobles sentidos a las cosas, por hacerte creer lo que no es. Escalones blancos y negros se intercalan, y cada vez lo hacen a intervalos más grandes. En algún sitio debe estar el tesoro. Quizás estas escaleras escondan un lugar que está más allá de este castillo, un lugar del mundo real al que usted no sabe cómo volver. O quizás codifiquen una gran verdad que el autor desea comunicar.

Querido aventurero, no es usted capaz de alcanzar el último escalón de la torre. Para volver al patio de armas, vaya al 1.

3

El salón del trono es un lugar lleno de extrañas inscripciones. Números extraños llenan las paredes: 480 571 374 1557 490. Hay indicios por todas partes. El trono es grande, pero pequeño para lo esperable. Baldosas de múltiples colores cruzan la sala en diagonal. Todo esto debe tener un motivo. O no.

El respaldo del trono muestra unas letras: S L E S Q E P Q S I R P P P P P P…

Para volver al patio de armas, vaya al 1, y para ir a los aposentos reales, vaya al 4.

4

Qué duda cabe, la alcoba real es un lugar misterioso. Inicialmente construida en otro lugar, finalmente fue llevada piedra a piedra a éste. No huele a la reina, pero el rey no está. Todas las patas de la cama real son todas diferentes, hay cinco de ellas. Al parecer hay tantas como estancias a las que puede ir en este castillo. Éstas se recorren de una determinada manera.

Sabe que el creador de este castillo es un maléfico con usted. Tendrá que escoger bien, no le dejará escapar. Ante todo le confundirá. No dejará que se apaguen sus esperanzas de encontrar el tesoro, de resolver todos los acertijos y de resolver el acertijo que todos los acertijos encierran. Cuando usted olvide que desea escapar del castillo, estará perdido.

Intrincado será el acertijo o acertijos a resolver, si realmente los hay. Arriba o abajo, a la izquierda o a la derecha. O quizás el tesoro que busca sea únicamente una valiosa lección sobre lo peligrosa que puede ser la obsesión por buscar un tesoro, y este castillo simplemente esté diseñado para seducirle con indicios y pequeños hallazgos que, en verdad, no llevan a ningún sitio salvo a otros indicios y pequeños hallazgos, así que sólo conducen a su propia obsesión. Siempre puede salir del castillo, puede escapar de él cuando quiera. Cuando se queda, está encerrado en él. Usted será únicamente preso de su obsesión, de sus esperanzas de encontrar un tesoro cuya existencia es incierta.

Realmente, el creador del castillo jamás revelará si usted ha encontrado el tesoro o si ha resuelto el acertijo, o los acertijos, o ni tan siquiera cuántos son, si es que hay alguno. Así este castillo será, realmente, una manera maléfica de ilustrar lo que significa la obsesión, aquella esperanza recurrente que le consume sin llevarle a ningún sitio cuya existencia esté, ni tan siquiera, garantizada.

Para volver al salón del trono, vaya al 3.

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