Pedrícese el mundo: Capítulo IX y Epílogos

CAPÍTULO IX

1

Muchos años atrás…

Los proyectiles de la artillería determinista estaban alcanzando, por primera vez, la mismísima Plaza Principal de Pueblo Tarao. Distinto y Pedro permanecían junto a varios soldados monteños leales que mantenían la posición en la planta baja del palacio.

–          ¡Bajemos al sótano para refugiarnos del bombardeo, Distinto! – gritó Pedro para que Distinto le oyera a pesar de las explosiones.

Distinto y Pedro se separaron de los soldados y bajaron rápidamente al sótano, la inmensa sala donde se ubicaba el tomador de planos y la máquina generadora.

–          Debemos buscar más armas. Venderemos cara nuestra vida – dijo Pedro mientras rebuscaba entre los estantes de una pared, repletos de libros.

Cuando Pedro se dio la vuelta, se quedó estupefacto. Distinto le estaba apuntando con su pistola reglamentaria.

–          ¿Qué estás haciendo, Distinto?

Distinto no respondió.

Secretamente, Distinto llevaba bastante rato tratando de encontrar el momento de atrapar a Pedro. Hasta entonces no había podido pues, cuando ambos estaban en la planta baja del palacio, estaban rodeados por soldados leales a Pedro. Sin embargo, ahora que estaban en el sótano, los dos estaban solos.

Pedro sintió una punzada en su corazón. No se esperaba aquella traición.

–          ¿Vas a buscar un trato? – preguntó Pedro muy serio, tratando de no mostrar emoción en su tono de voz – ¿Te vas a vender a cambio de un hipotético pacto con los invasores? ¿Y si no te ofrecen nada? No seas estúpido. ¡Todavía podemos escapar! ¡Todavía podemos salir de ésta!

Distinto permaneció callado.

–          ¿O acaso ya tienes ese trato? – preguntó finalmente Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se decidió finalmente a hablar. Estaba furioso y le brillaban los ojos.

–          Eres un ser odioso. Sin consultarme, me sometiste a tus planes viles y retorcidos, a planes que me llevaron a ser torturado y asesinado sin fin. Jamás consideraste mi opinión. Te convertiste en un monstruo, el peor que haya visto jamás este planeta. Pero ha llegado el momento de mi venganza. No escaparás. Ayudaré a los deterministas a hacerse contigo.

Entonces Distinto narró a Pedro el control al que había sometido los movimientos de Pedro para evitar que huyera del palacio, así como el registro constante que había hecho de las actividades de la máquina generadora a través del detector que había escondido en su teclado, que le avisaba de cualquier pulsación en el mismo incluso antes de que la generación desencadenada por dicha pulsación se hubiera hecho efectiva. Gracias al dispositivo, Distinto sabía que Pedro no se había duplicado.

Pedro se lamentó porque aquello era, efectivamente, cierto. Sintió que debió planear su huída con mayor antelación.

Cuando Pedro se llevó la mano a su pistola reglamentaria, Distinto le explicó que hacía tiempo que él había cambiado las balas de dicha arma por balas de fogueo.

La paradoja de aquella situación es que Pedro comprendió en aquel mismo instante que existía una posibilidad de escapar de aquello sano y salvo.

2

Hasta que Distinto reveló su traición a Pedro, Pedro había creído que sería imposible escapar del enemigo sin ser capturado antes o después.

En realidad, Pedro sabía que salir de aquel edificio que tan bien conocía era fácil. En el mismo sótano en que se encontraban, había una rejilla que comunicaba directamente al alcantarillado, y desde allí se podía llegar a un callejón que había tras el palacio. No obstante Pedro sabía que, si huía del palacio, los deterministas llevarían a cabo un enorme despliegue de búsqueda por toda la ciudad para localizarle, y no sería factible escapar de una ciudad totalmente ocupada con controles militares en todas las calles. Peinar una ciudad casa por casa para encontrar a alguien sería una operación muy costosa para los ocupantes, dada la radical similitud entre todos sus vecinos. Habría que evaluar con precisión la edad ósea de cada habitante para compararla con la fecha de nacimiento, además de interrogarle acerca de datos que solo pudiera conocer el sujeto. También habría que hacer complejas comprobaciones de cicatrices y pequeñas imperfecciones de la piel adquiridas a lo largo de los años, aunque a las mismas se les podían sumar otras nuevas no registradas con el paso del tiempo. Sin duda, llevar a cabo dicha tarea con todos los habitantes que quedaban en la ciudad llevaría meses, e impedir a todos sus habitantes que abandonasen la urbe durante ese periodo sería muy caro. No obstante, si los deterministas estimaban que aquélla era la única manera de capturar al auténtico Pedro, lo harían. Por tanto, Pedro sabía que huir del palacio acabaría siendo, probablemente, inútil. No podría escapar de una ciudad sitiada que se empeñase con todas sus fuerzas en encontrarle.

Una alternativa de huída más sofisticada sería duplicarse con la máquina generadora en secreto y permitir que su copia fuera capturada mientras él huía. Si los deterministas creían haber capturado al auténtico Pedro, renunciarían a llevar a cabo su costosísima búsqueda en la ciudad.

El problema era que, después de todas las artimañas que Pedro había llevado a cabo durante la guerra con ayuda de las máquinas generadoras, y muy en particular su manera de tomar Presa Mos y sus dos intentos de engañar al enemigo con ayuda de Distinto Único, los deterministas probablemente esperarían dicha jugada. Así que simplemente no se fiarían de haber capturado al verdadero Pedro y llevarían a cabo su costoso despliegue de búsqueda en la ciudad en cualquier caso.

No obstante, la traición de Distinto cambiaba las cosas. Pedro razonó que, si un bando deseaba asegurarse de la lealtad de un posible espía, podrían utilizar una máquina generadora para hacer copias que permitieran contrastar su lealtad en toda situación posible. Cualquier servicio de espionaje competente lo hubiera hecho. Por tanto, Pedro podía contar con que los deterministas se fiarían plenamente de Distinto. Dado que Distinto había comprobado rigurosa y sistemáticamente (y acertadamente) que Pedro no se había duplicado para huir, los deterministas se evitarían su costosa búsqueda si finalmente le capturaban y Distinto confirmaba que el capturado era necesariamente auténtico.

Lo que tenía que hacer ahora Pedro era duplicarse sin que Distinto llegara a saberlo.

Pero no sería fácil. Distinto tenía aquel detector que le avisaba de cualquier utilización de la máquina. Eso, y también una pistola con la que le estaba apuntando en aquel momento.

Pero todo eso podía solucionarse.

Pedro se llevó lentamente la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una libreta.

–          Echa un vistazo a esto, Distinto – dijo Pedro.

Sin dejar de apuntar a Pedro, Distinto se acercó a Pedro para coger la libreta que le ofrecía.

Distinto no se percató de que, en su camino para acercarse a coger la libreta, pisó una zona del suelo muy peculiar justo cuando alcanzó la posición de Pedro.

Pedro recordó que, pocos meses atrás, en aquel mismo lugar, él había tomado de manera encubierta un plano de Distinto Único. El propio Distinto sólo supo que Pedro había hecho tal cosa cuando él mismo se lo explicó segundos después de hacerlo. A cada copia que Pedro extrajo de Distinto a partir de dichos planos, Pedro le explicó unos planes de batalla falsos. Así, cuando después dichas copias fueran secuestradas por el enemigo en el frente, dicha información falsa les confundiría. Todo aquel plan había requerido que dichas copias no supieran que eran copias, pues solo así cada copia creería fielmente las explicaciones falsas de Pedro. Efectivamente, aquel día Distinto no supo que se estaba tomando un plano suyo. Para poder tomar dicho plano de Distinto sin que Distinto lo supiera, previamente Pedro había puesto en aquella misma sala varios mecanismos que activaban el tomador de planos de diferentes formas.

Dichos mecanismos habían permanecido en sus mismas posiciones desde aquel día, y entre ellos había algunos botones ocultos bajo algunas zonas del suelo de la sala. Una de ellas era la que Distinto había pisado mientras se acercaba a coger aquella libreta que le ofrecía Pedro en aquel momento.

Así que Distinto fue inconsciente de que, al acercase a Pedro, la máquina tomadora de planos había tomado un plano suyo. De hecho, el plano no solo incluía a Distinto, sino también a Pedro, que se encontraba en aquel momento a su lado entregándole la libreta. Pedro había planeado que él mismo debía estar también en aquel plano.

Desconocedor de todo esto, Distinto miró la libreta y comprobó que contenía diversos recordatorios de Distinto que Pedro había guardado: su partida de nacimiento en Hogar, ocurrida en aquella misma sala, el diploma militar de Destino, o incluso su nombramiento político.

Tras unos segundos, Distinto encolerizó.

–          ¡No me vengas ahora con esta mierda! – dijo con la voz quebrada mientras mantenía firme el cañón en dirección hacia Pedro.

Mientras Distinto hojeaba furioso la libreta, Pedro se giró hacia la estantería y comenzó a rebuscar frenéticamente en ella.

Al igual que antes de que Distinto revelase su traición, pero esta vez por un motivo diferente, Pedro buscaba desesperadamente un arma entre los libros de la estantería. Buscaba la pistola con la que había disparado a los primeros individuos que generó con aquella máquina generadora el mismo día que, hacía años, la recibió de la República de la que entonces Montes Tarao formaba parte. Aquel lejano día, tras utilizar dicha pistola para matar a varios individuos que vinieron al mundo diciendo exactamente las mismas palabras que decían todos los demás, hubo un individuo que dijo algo distinto, el propio Distinto Único. Como recordatorio de aquel momento, aquel mismo día Pedro decidió depositar aquel arma en esa estantería.

Distinto levantó la vista y vio a Pedro buscando en la estantería. Entonces se rió socarronamente.

–          ¿Qué estás buscando tan desesperadamente? ¡Ahí no hay nada más que libros polvorientos! – dijo sonriente.

Pedro encontró el arma.

Entonces se dio la vuelta y, para absoluta sorpresa de Distinto, le apuntó a la cabeza y disparó.

El cuerpo de Distinto se derrumbó mientras le brotaba sangre del cráneo. El arma que, de alguna manera, le había creado, había sido finalmente la que le mató.

3

Pedro se paró unos segundos para planificar el resto de su maniobra de huída.

Ahora Pedro tendría que preparar la máquina generadora para que generase una copia del plano de Distinto y de sí mismo que había tomado hacía unos segundos, y que atesoraba el momento en que Distinto apuntaba a Pedro con una pistola mientras Pedro le entregaba una libreta a Distinto. “La próxima vez que genere esa escena, no ocurrirá lo mismo” razonó Pedro. La diferencia sería que, en dicha nueva vez, su copia no encontraría la pistola escondida entre los libros, pues se la había quedado él. Por tanto, su copia no podría librarse de Distinto y quedaría prisionero hasta que llegasen los deterministas. Cuando éstos llegasen, Distinto les confirmaría que Pedro jamás se había duplicado, pues había controlado escrupulosamente la actividad de la máquina generadora. El dispositivo que llevaba Distinto en el bolsillo para controlar el uso del teclado de la máquina generadora no le avisaría de la generación de sí mismo y de Pedro, pues dicho dispositivo avisaba de cada pulsación en el teclado de la máquina, y dicha pulsación sería necesariamente anterior a la generación de la cosa generada (es decir, el propio dispositivo en el bolsillo de la copia de Distinto). Por tanto, Distinto no sabría que la máquina se había utilizado, y tampoco sabría que él era una copia. Para los deterministas, contar con una confirmación de que el Pedro capturado era auténtico, y recibir dicha confirmación por parte de un espía al leal servicio de su bando, supondría la verificación definitiva de que habían capturado al Pedro auténtico.

Así que, cuando Pedro generase dicha escena y dejase que siguiera su curso, haría creer a los deterministas que le habían capturado, y Orilla Mos no pondría a todo su ejército a realizar la costosa operación de buscarle por toda la ciudad. Con unas medidas de seguridad más relajadas, Pedro tendría por fin opciones de escapar de la ciudad.

Pedro transfirió el plano de aquella escena desde el tomador de planos a la máquina generadora, e inmediatamente después lo borró del tomador de planos pulsando uno de sus botones. “Debo borrar cualquier prueba de esta maniobra. Si encontrasen el plano de esta escena en el tomador de planos, sospecharían de mi manipulación y me buscarían sin descanso” pensó Pedro. Después levantó una baldosa en la zona del suelo que contenía el mecanismo que había activado el tomador de planos, desconectó el mecanismo, y volvió a poner la baldosa en su sitio. “Cuando genere la escena en este mismo lugar y el nuevo Distinto vuelva a pisar el suelo aquí, no quiero que vuelva a guardarse otra vez un plano de dicha escena en el tomador de planos”.

Pedro abrió la trampilla del sótano que conectaba con el alcantarillado. Entonces arrastró el cadáver del Distinto que acababa de matar con su pistola y lo lanzó por la trampilla. Después regresó a la máquina generadora. Programó la máquina para que la siguiente generación de la máquina consistiera en crear la escena de Distinto y Pedro que acababa de transferir desde el tomador de planos. Configuró la máquina para que dicha escena se generase exactamente donde el tomador de planos la había tomado, aprovechando la información de posición que dicho tomador había transferido. Para que Distinto no sospechara que él era una copia, ambos protagonistas de dicha escena no debían notar ninguna discontinuidad en su entorno en el momento de ser generados.

Entonces Pedro pulsó el botón para generar la escena. Justo cuando comenzó a surgir la luz azulada, Pedro se apresuró a pulsar otro botón de la máquina para que, justo al terminar la generación, se borrase el plano de la misma escena que se estaba generando. “Para borrar mis huellas, el plano también debe borrarse en la propia máquina generadora. Si esperase a ordenar el borrado después de que Distinto ya hubiera surgido, el dispositivo que el Distinto recién generado lleva en su bolsillo se percataría de dicha pulsación y, de nuevo, Distinto podría sospechar” razonó Pedro. No obstante, al haber pulsado justo antes de que se generase el propio Distinto, dicho dispositivo todavía no existía en el momento de la pulsación. “Bueno, en realidad, el dispositivo que está en el bolsillo del otro Distinto, que antes maté y que ahora está en el corredor al alcantarillado, sí que existe. Pero de ese dispositivo ya me ocuparé luego” pensó.

Tras producirse una luz azulada, las copias de Pedro y Distinto surgieron en la sala y continuaron la escena como si nunca se hubiera interrumpido, inconscientes de haber sido generados en aquel mismo instante.

Distinto hojeaba la libreta que le había dado Pedro, y Pedro se volvió para buscar la pistola en la estantería. Entonces Distinto levantó la vista y vio a Pedro buscando en la estantería. Se rió socarronamente.

–          ¿Qué estás buscando tan desesperadamente? ¡Ahí no hay nada más que libros polvorientos! – dijo sonriente.

Aprovechando las ráfagas de explosiones que se oían de más arriba, el otro Pedro corrió agazapado por la pared del sótano hasta la trampilla del alcantarillado sin que los otros dos se percataran de su presencia. Entonces cogió la rejilla con una mano, se agazapó dentro del conducto y, mientras permanecía agarrado a la pared con la otra mano, cerró la rejilla desde dentro. Esperó a una nueva ráfaga de explosiones y se tiró por el agujero.

Mientras tanto, el otro Pedro se dio cuenta de que, efectivamente, no había ni rastro de la pistola en la estantería. ¡No estaba!

Entonces se dio la vuelta. Derrotado, vio cómo Distinto sonreía y comprendió. “Distinto la debió encontrar cuando, según él mismo ha dicho, entró en el sótano para colocar el detector en el teclado de la máquina generadora” descubrió Pedro. ¡Maldita sea, todo su plan de escape había fallado por aquello! El maldito Distinto se le había anticipado y le había quitado su única opción de escapar de aquella situación, ganándole por la mano.

No obstante, el motivo de la sonrisa de Distinto era, en verdad, lo absurdo y desesperado que le resultaba que Pedro hubiera tratado de encontrar un arma entre todos aquellos libros viejos. Como era lógico, ahí no había nada. ¿Cómo se le habría ocurrido una idea así? A los ojos de Distinto, Pedro estaba siendo presa del pánico y la desesperación.

Sin posibilidad de escape, Pedro quedó definitivamente indefenso y prisionero de Distinto. Pedro pidió a Distinto que le matara allí mismo, pero Distinto le dijo que los deterministas querían cogerle vivo.

Un rato después, los deterministas entraron en el sótano. Detuvieron a Distinto y a Pedro, y los condujeron afuera del palacio.

Al salir por la entrada principal, los soldados deterministas respondieron a la escena con gritos de júbilo y vítores.

Aquellos Distinto y Pedro jamás fueron conscientes de ser copias.

Mientras tanto, en las profundidades de las alcantarillas, el otro Pedro despedazaba el cadáver de Distinto con ayuda de una tubería y de un cuchillo encontrado en el traje del propio Distinto. Tras desnudarle, le amputó la cabeza y las extremidades, y llenó la piel de cortes aleatorios con el cuchillo. Dedicó más de dos horas para cortar a Distinto en los pedazos más pequeños que pudo. Después machacó el dispositivo que había utilizado Distinto para registrar a distancia las pulsaciones hechas en el teclado de la máquina generadora. Finalmente, esparció los pedazos de máquina y humano en conductos diferentes del alcantarillado.

Aquel tramo de alcantarillado no permitía ir más allá a no ser que uno pudiera bucear sin respirar durante más de tres kilómetros por una tubería totalmente inundada de mierda, así que había llegado el momento de salir a la superficie. Tras despojarse de toda su ropa militar y quedarse en calzoncillos y camiseta, salió a la superficie y apareció en un pequeño callejón aledaño al propio palacio.

Tras ocultarse tras una marquesina, oyó los vítores de los deterministas en la calle cercana.

“¡Camaradas! ¡Lo han cogido! ¡Lo tienen!”

“¿Es eso cierto?”

“¡Los del servicio de inteligencia ha confirmado que es el auténtico!” gritaban jubilosos.

Algunos soldados sacaron unas botellas de coliol y se pusieron a brindar.

Pedro esperó a que, un par de horas después, todas las botellas se hubieran acabado. Entonces se unió a un grupo de maltrechos y hambrientos civiles que, tras la destrucción de sus casas por los bombardeos, habían aguantado a la intemperie las últimas semanas. Vestían con harapos, no mucho mejor que él mismo. Cruzó junto a ellos el grupo de distraídos soldados deterministas.

Varios grupos de soldados borrachos después, Pedro ya estaba fuera del distrito gubernamental de Pueblo Tarao.

4

Pedro deambuló durante años por toda la geografía de Hogar, aterrorizado ante la idea de ser descubierto. En cada pueblo al que llegaba, tomaba el primer empleo no cualificado en el que le admitieran y, cuando tenía la más mínima sospecha de que alguien podía haberle identificado (una mirada, un gesto, cualquier cosa), partía hacia otro pueblo sin despedirse de nadie.

Tras más de diez años de huída sin rumbo, se atrevió a regresar los pueblos recónditos de Montes Tarao. Allí conoció a muchísimos hombres que, hacía muchísimo tiempo, fueron Acecho Segundo. Durante la guerra hubo millones de ellos así que, a pesar de las bajas sufridas por su ejército, seguían quedando millones de ellos. Pero ya ninguno se llamaba Acecho Segundo. Todos se habían puesto nombres nuevos que les permitieran olvidar su pasado y, mucho más importante, ocultar dicho pasado a los demás.

En realidad, durante los primeros años después de la guerra, la gente les identificaba sin problemas, pues todo el mundo conocía su patrón de comportamiento a base de tanto presenciarlo todos los días. Todos ellos coincidían incluso en la manera en la que intentaban no ser reconocidos, usando las mismas estratagemas y tratando de inventarse los mismos falsos pasados. La gente se sonreía cuando un tipo les contaba haber sido un soldado republicano que había estado destinado en la ocupación de Montes Tarao en el puesto de artillero bajo las órdenes del general Hermano 91279127, y que procedía de un pequeño pueblo de Pedregal Fideuá, donde había sido mecánico antes de ser reclutado y enviado al frente. O la historia del marino mercante que se había criado en Costa Mamá y cuyo barco había sido confiscado por el ejército republicano para que trasladara a soldados sobre el río Pedopís en la reconquista de Ciudad. No obstante, tras algunos años más, las diferentes vidas de los antiguos soldados monteños les permitieron, por fin, divergir de una manera razonable. Las historias del artillero y del marino mercante derivaron en cientos de ramificaciones, variaciones y modificaciones, adornadas por cada individuo de diferentes maneras según las experiencias vitales diferenciadas de los últimos años.

Pedro reconoció a sus antiguos soldados en múltiples ocasiones en su recorrido por el paisaje rural de Montes Tarao. Incluso a pesar de los años de divergencia, seguía conociendo a aquel soldado con el que había pasado tanto tiempo durante la guerra. Durante años de encuentros fortuitos, Pedro no se atrevió a dirigir la palabra a su antiguo soldado.

No obstante, en unas pocas ocasiones, Pedro se insinuó ante tipos que él identificó sin género de dudas como sus antiguos soldados.

Aquel día, Pedro se acercó a un tipo que esperaba solo en una parada de autobús ubicada a las afueras del pueblo.

–          ¿No eres tú Acecho Segundo? – dijo Pedro.

–          No, no soy él. Está usted confundido.

–          Acecho, ¿no me reconoces?

–          No soy Acecho. Y no, no le reconozco.

–          ¿Seguro?

Ante la insistencia, el tipo se fijó con detenimiento en Pedro.

–          ¿No te recuerdo a alguien? – insistió Pedro. Entonces Pedro señaló las cicatrices de su rostro y su cuerpo -. ¿No reconoces estas cicatrices?

–          No, no las reconozco. El tipo al que usted me recuerda lleva muerto desde hace mucho tiempo.

–          ¿No eres tú el soldado que era fiel a Antipedro Primero?

–          Discúlpeme, debo continuar mi camino – dijo mientras se levantaba del banco de la parada.

Además de aquella vez, Acecho Segundo negó a Pedro en otras dos ocasiones.

5

Durante años, el Distinto Único que entregó a Pedro siguió teniendo pesadillas con él cuando se iba a dormir.

Al poco tiempo de ser detenido por los deterministas junto al propio Pedro, los mandos de inteligencia le identificaron, le asignaron una identidad falsa y le liberaron como agradecimiento por sus servicios prestados. Para la opinión pública, el Distinto Único que se escondió junto a Pedro en el palacio durante los últimos días de su régimen había muerto en el asalto de los deterministas al palacio. No obstante, bajo un total anonimato, Distinto trabajaba en una fábrica colectivizada en Orilla Mos. Esto sólo lo sabían los altos mandos de Río Mos, así como los máximos líderes de la República.

Existían otras copias de Distinto Único que también estaban libres en Hogar. Los Distinto Único que Pedro utilizó para que se hicieran pasar por Acecho Segundo y sobrevivieron a la investigación determinista permanecieron en una cárcel durante la guerra y fueron liberados poco después. Los Distinto Único que, siendo ya miembros del gobierno de Montes Tarao, Pedro generó para que los republicanos y los deterministas les capturasen o copiasen en sus respectivos frentes, así como las copias que ambos bandos generaron a partir de ellos para interrogarlas de diversas formas posibles, también permanecieron en prisión algunos meses. No obstante, cuando las potencias ganadoras decidieron cargar todos los crímenes de la guerra a Pedro, fueron liberados. Existían decenas de Distintos Únicos en Hogar, lo que hacía que su nombre resultase paradójico.

Tras algunos años, el Distinto que entregó a Pedro decidió regresar al Montes Tarao en el que se crió. Allí siguió viviendo en el anonimato. Muchas noches se despertaba asustado imaginando que Pedro le encontraba, creaba cientos de miles de copias suyas, y fusilaba a todas ellas. Cuando se despertaba aterrorizado en su camastro, miraba de reojo una silla que había frente a su cama, donde solía colocar un montón de ropa. Durante unos segundos creía que aquel montón de ropa era Pedro, que le observaba allí sentado. El desasosiego le duraba mucho después de descubrir que estaba completamente solo en su habitación. “Maldita sea, murió hace muchísimo tiempo. ¿Por qué sigo teniéndole miedo?” se preguntaba entonces Distinto.

Como tantas veces antes, Distinto se despertó sobresaltado. Su ritmo cardiaco estaba acelerado, y estaba sudando. “Era un sueño” se repitió para consolarse.

Miró el montón de ropa en la silla, y entonces el montón de ropa habló.

–          Hola, Distinto – dijo una voz.

Distinto abrió mucho los ojos. Entonces, en la penumbra, se percató de que el montón de ropa era realmente una persona. Se trataba de un hombre mayor. En una mano tenía una pistola.

–          ¿Quién…? – logró decir aterrado mientras se preguntaba si seguía soñando.

–          ¿No me reconoces?

Distinto trató de fijarse bien. Entonces localizó en aquel rostro algunas cicatrices que conocía.

–          ¡No puede ser…! – gritó en un aullido.

–          Distinto, soy yo – dijo Pedro.

–          ¿Cómo…?

Pedro tardó unos segundos en responder.

–          Durante la guerra, conocía al menos media docena de maneras de salir del palacio de Pueblo Tarao. Después de tantos años y reformas, algunas siguen siendo sirviendo también para entrar. Como sabes, allí se custodian ahora los archivos de guerra de los territorios de Montes Tarao controlados por Ríos Mos. En esos archivos se habla mucho de ti y de lo que hiciste al terminar la guerra.

–          ¿Cómo es posible que estés… vivo?

–          El día que me entregaste, justo antes de que llegasen los deterministas, tomé un plano de ambos cuando estábamos solos en el sótano del palacio. Justo después te maté, y entonces generé dicho plano para que ambos volviéramos a surgir allí. Entonces huí. El férreo control al que habías sometido mis acciones durante las semanas anteriores me sirvió para que convencieras a los deterministas de que aquel tipo era yo, el auténtico. Sólo así pude escapar de la ciudad en aquellos días dementes. Los deterministas capturaron a una copia mía. Y tú también eres una copia.

Distinto tardó un rato en asimilar semejante cantidad de aplastante información. Se le ocurrían muchas preguntas sobre lo que Pedro acababa de contarle. Pero en aquel momento tenía una pregunta más importante.

–          ¿A qué has venido? – logró preguntar en un susurro.

–          A hacer justicia – dijo Pedro mientras movía el arma con la mano.

Distinto tragó saliva.

–          Un momento, un momento… ¡Maldita sea, un momento! ¡Joder! ¿Cómo…? ¿Cómo que hacer justicia? ¡Maldito cabrón, te lo merecías! ¿Sabes por lo que me hiciste pasar? ¡Joder, para mí eras como mi padre, y tú me lo pagaste mandándome a la tortura y la muerte una y otra vez! Además, qué cojones, yo nunca te he matado a ti. Tú escapaste. ¡Así que no te he hecho nada!

–          Pero mataste a mi copia.

–          ¡Maldito cabrón! ¿Y aquello que tú me decías cuando mandabas copias mías a la muerte y a la tortura infinitas? ¿No decías que no me estabas haciendo nada a ?

–          En cualquier caso, me traicionaste.

–          ¡A ti no! ¡A tu copia!

–          Traicionaste a Montes Tarao.

–          Pero… pero… ¡maldita sea, espera! ¿No has… no has dicho que lograste escapar gracias a la información que yo daba sobre ti? ¿No has dicho que jamás habrías escapado sin mí? ¡Mi traición fue necesaria para tu liberación! ¡Fue una traición necesaria! ¡Mi traición te mandó a la muerte para que pudieras vivir!

–          Nada de eso fue a propósito. Simplemente me traicionaste.

–          Pero… pero.. ¡espera!

–          Deja de hablar, Distinto. No te esfuerces.

Agotado, Distinto permaneció en silencio.

Pedro se acercó a Distinto. Le dio un beso en la frente y le quitó la almohada de debajo de la cabeza.

Colocó la almohada sobre el pecho de Distinto, apretó la pistola contra la almohada y disparó varias veces. La almohada amortiguó parte del sonido del disparo.

Pedro se apresuró a salir del apartamento de Distinto.

6

Aunque Distinto había vivido en el anonimato desde que entregó a Pedro a los deterministas, su asesinato hizo que su historia se desvelara a la opinión pública. Al no tener que proteger más a su antiguo espía, los deterministas consideraron que su caso ya no estaba clasificado. La República tampoco vio mal que su historia se conociera entonces. El papel de Distinto en el final de la guerra recibió la máxima atención de la prensa.

Inicialmente, la investigación del asesinato apuntó a algunos grupos marginales de nopedritas nostálgicos del antiguo régimen. No obstante, dado que la traición de Distinto se había mantenido en el más absoluto secreto y nunca había trascendido, se descartó que dichos grupos hubieran tenido un móvil para matarle. Al fin y al cabo, Distinto era un antiguo cargo de su idolatrado antiguo régimen. Por tanto, pronto la investigación derivó hacia la posibilidad de que los asesinos hubieran sido pedristas descontentos con que, al terminar la guerra, se amnistiara a todos los Distinto Único. Según la hipótesis de la investigación, un grupo de pedristas habría tratado de localizar en todo Hogar a algún Distinto para tomarse su justicia por su mano. Hacía muchos años que todos los Distinto Único que quedaban vivos habían cambiado de nombre y ocultado las huellas de pasado para evitar ser rechazados. No obstante, los pedristas debieron localizar finalmente a uno de ellos, la víctima. Desconocedores de que dicho Distinto era precisamente uno que había cambiado de bando, los pedristas decidieron asesinarle. Al quedar ésta como la única hipótesis plausible disponible, finalmente fue la explicación ofrecida al mundo. Fue entonces cuando el público pudo conocer por primera vez el cambio de bando de dicho Distinto Único durante la guerra.

A muchísimos kilómetros del lugar de aquel crimen, en una lejana isla de Costa Mamá, vivía un monje pedrista que había cuidado de un muy envejecido Hermano 27351 durante su último año de vida en aquel apartado lugar. Antes de morir, Hermano solía contar al monje una y otra vez su particular interpretación de las escrituras, aquella interpretación que finalmente le condenó al ostracismo en aquella recóndita isla. Cuando, muchos años después, el monje conoció por la prensa la verdadera historia de aquel Distinto Único que había sido asesinado, rememoró lo que Hermano insistió en explicarle una y otra vez durante aquel año que convivieron juntos.

El monje recordó que Hermano 27351 había acabado en aquella isla porque, tras la muerte de Antipedro Primero, Hermano insistió ante el cónclave pedrista en que dicho individuo era el inductor de la gloria del pedrismo, es decir, el que traería la destrucción y, tras ella, el regreso a la esencia pedrista. Los demás hermanos del cónclave ya habían desechado esa idea al observar que la gloria del pedrismo no había llegado al morir Antipedro Primero. Pero Hermano insistió. Analizando el epílogo del Libro de Pedro, había descubierto que Antipedro Primero no solo sería el inductor al que se referían los capítulos anteriores del libro, sino también Gran Pedro, es decir, el Hacedor, el creador de Pedro, el creador del mundo poblado por Pedro Martínez. No llegó a dicha conclusión por la evidente coincidencia de nombres entre Antipedro Primero y el allí nombrado. No hay que olvidar que Antipedro Primero conocía cómo llamaban los pedristas al demonio, y de hecho se puso aquel nombre para provocar a los pedristas. Por el contrario, Hermano realizó dicha identificación al observar la condena a muerte de Antipedro Primero y comparar sus consecuencias con lo descrito en el epílogo del Libro de Pedro.

Identificar a Antipedro Primero con Gran Pedro había sido demasiado para los miembros del cónclave, que no tardaron en obligarle a dimitir de sus cargos políticos y en meterle en el primer barco que partiera hacia aquella isla.

Hermano 27351 era uno de los pocos pedristas que, según los documentos hacía poco desclasificados sobre la muerte de Distinto, conoció desde su puesto en el gobierno de la República la traición del propio Distinto durante el mismo final de la guerra. Por tanto, no era de extrañar que a veces Hermano dijera al joven monje que Distinto había sido una especie de inductor del inductor. Al desclasificarse y revelarse la historia de Distinto, el monje comprendió por fin a qué se refería con aquello: al traicionar y entregar a Antipedro, Distinto había permitido que Antipedro muriera, y que así se cumpliera su destino escrito en el epílogo del Libro Sagrado de Pedro. Al traicionarle y llevarle a la muerte, había hecho posible que resucitara y que finalmente se convirtiera en Gran Pedro, el creador de Pedro.

Sin embargo, había una parte del epílogo del Libro Sagrado de Pedro que Hermano no llegó nunca a descifrar. ¿Cómo podría Antipedro liberar a Gran Pedro tras su penitencia y volverle a tentar? Razonó que Antipedro podría representar una faceta maligna de Gran Pedro que volvería a tentarle, pero ¿liberarle? ¿Qué quería decir aquello?

Tampoco el monje supo nunca la respuesta a esa pregunta.

7

Muchos años después, Pedro, ya muy anciano, paseaba tranquilo por las calles de Pueblo Tarao. Su piel profundamente horadada por la edad hacía imposible que nadie le reconociera. Como era tradición en aquella época del año, todos los viandantes llevaban puestas mascarillas en la cara. Las fechas de la gripe anual se acercaban.

Entonces Pedro vio una muchedumbre que se agolpaba junto a un portal. Con gran curiosidad, se acercó para ver qué ocurría. Unos médicos trasportaban un cadáver en una camilla. “Gripe anual” dijo uno de ellos. Esto produjo varios gritos de asombro entre los presentes, pues era la primera vez que veían morir a un habitante de Hogar por la gripe anual. Los médicos tampoco podían ocultar su incredulidad.

Pedro se alejó del tumulto y siguió caminando. Tres calles más adelante, observó cómo otros médicos introducían un cadáver en una furgoneta ante la mirada de los curiosos. Algunos de los presentes comentaban nerviosos que aquél era el quinto que veían morir de aquella forma esa mañana.

Inquieto al igual que sus vecinos, Pedro se detuvo un momento a pensar. Aquello no era normal. Sin embargo, todos esos sucesos le recordaban a algo que aprendió hacía muchísimo tiempo.

Recordó algunas cosas que le enseñaron los científicos a los que, muchos años atrás, puso al frente de su sueño de crear por primera vez una mujer en Hogar. Aquellos biólogos y médicos punteros, ahora todos muertos pero no igualados desde entonces, le enseñaron, entre otras muchas cosas, que los seres vivos evolucionan más rápidamente cuando son fuertemente presionados por el entorno, pues las mutaciones que en otro caso son pequeñas ventajas pasan a decidir entre la vida o la muerte. Los demás científicos de Hogar se habían mostrado tradicionalmente poco interesados en la evolución de las especies, pues no parecía aplicarse tal cosa en Hogar: Pedro Martínez nunca cambiaría sus genes porque no se reproducía, así que las bacterias y virus que se alimentaban de él, únicos otros habitantes de Hogar, no tendrían motivo para evolucionar nunca. Pero se equivocaban: si Pedro Martínez cambiaba sus hábitos, los virus cambiarán sus genes.

Pedro se dio cuenta de que, probablemente, estaba comprendiendo el gravísimo problema que se cernía sobre Hogar en aquel momento mejor que cualquier otro habitante del planeta. Entonces razonó las consecuencias que tendría todo aquello. “Tengo que decirle a cierta persona que hemos ganado” pensó.

Con todos sus ahorros, compró un comercio muy cercano a la Plaza Principal, un taller. Ya de noche, regresó al pequeño apartamento en el que vivía solo. “Mañana será un gran día” pensó justo antes de dormirse.

Al día siguiente, Pedro se dirigió a la Plaza Principal. Por el camino pudo ver cómo los médicos transportaban decenas de cadáveres ante la mirada atónita de los curiosos.

Aquél era el día de la ejecución anual de Antipedro Primero. Como casi todos los años, la época de la gripe anual volvía a coincidir con esa fecha.

En la plaza se vendían gorras de soldado NP a modo de souvenir. Pedro se acercó a uno de los puestos de venta. Inicialmente se interesó en una gorra de Comandante en Jefe idéntica a la que él mismo llevara hacía mucho tiempo, pero luego cambió de idea. “Un cobarde no es digno de esta gorra” pensó. “Yo escapé y él se quedó allí, sacrificándose por mí”. Para aceptar su sumisión ante aquel valiente que iba a morir en unos minutos, finalmente se compró una gorra de cabo.

Se situó al fondo de la plaza, se puso la gorra, y esperó a que el condenado surgiera de la nada. Cuando por fin surgió un hombre sobre la plataforma del patíbulo, Pedro le saludó de forma que sólo el otro pudiera verle. El otro, muy sorprendido, le respondió con un gesto que se había percatado del saludo.

“Hola, compañero” pensó Pedro mientras miraba fijamente a ese hombre que estaba a punto de morir y que un día fue él. “Fui un cobarde, y mi castigo será no ver nuestra gloria. Sólo tú la verás. Has vencido. Enhorabuena”.

Cuando el otro ya colgaba de una cuerda, Pedro regresó al taller. Abrió una caja de alambres y la dejó sobre el mostrador. “Esto servirá para que se libere de las esposas cuando aquí ya no quede nadie. Aunque yo no estaré allí para verlo, de esta forma me ocuparé de liberarle” decidió. Después se quitó la gorra, y la dejó sobre la caja. “Esto llamará su atención sobre la caja y le recordará quién es, para que no se le olvide nunca. Le recordará que su supervivencia significará la victoria del nopedrismo”. Entonces salió a la calle y cerró la puerta sin echar la llave.

Al salir a la calle, se diluyó entre la masa. En el cielo había oscuros nubarrones.

 

 

EPÍLOGO I

“Pedro creó a Gran Pedro. Y entonces Gran Pedro fue tentado por Antipedro. Para purificar su alma pecadora, Gran Pedro, mortal, perfecto, murió ciento cuarenta y cuatro veces, y ciento cuarenta y cuatro veces resucitó. Al finalizar la penitencia, Antipedro liberó a Gran Pedro y le volvió a tentar. Sin embargo, Gran Pedro renegó de Antipedro, y como prueba de su victoria y gloria eternas, Gran Pedro creó a Pedro”.

El Libro Sagrado de Pedro, Epílogo.

 

 

EPÍLOGO II

1

En otro mundo y en otro tiempo…

Un hombre que algún día se llamó Nopedro salió de la Catedral Pedrítica. Allí había descubierto una horrible verdad: Pedro Martínez estaba en todo el universo. Los mensajes que se recibían en la extraña máquina que allí se escondía no daban lugar a dudas. Después de todo, los pedrizadores tenían razón. La extraña historia que hacía tanto tiempo le contara Instancia 98452 era cierta. Igual que la pedrización había triunfado en Casa, lo había hecho igualmente en el resto del universo.

Con rabia, Pedro se preguntó a sí mismo si todavía podría hacer algo para evitar todo aquello. Miró a su alrededor, esperando algún tipo de señal que le inspirara. Intuía, o deseaba intuir, que algo de todo aquel proceso se le escapaba. No obstante, las calles permanecieron en silencio. La noche seguía silenciosa. Una oscura masa de nubes se acumulaba sobre Urbe.

En aquel momento, una gota de lluvia cayó sobre Pedro. Pedro miró al cielo. Estaba empezando a llover.

“Esas nubes no dejan ver las estrellas” pensó Pedro. “Ojalá las nubes nunca me hubieran dejado ver las estrellas. Ojalá nunca hubiera escuchado el mensaje que las estrellas tenían que decirme”.

Entonces, Pedro pensó por un momento en todas aquellas estrellas que no había podido escuchar, en todas esas estrellas de las que no había recibido mensaje alguno. Súbitamente, su rostro se iluminó.

“Todos los mundos que trasmiten algo al universo envían a Pedro Martínez. Si usara esa máquina para trasmitir cualquier cosa, cualquier objeto, entonces no haría más que corroborar que aquí tampoco ha sido posible crear un ser vivo diferente a Pedro Martínez. Es decir, estaría mostrando al universo que tampoco Casa ha logrado escapar a la pedrización. Por eso nadie realiza tal trasmisión; es inútil. No obstante, no puedo afirmar nada acerca de los mundos que no trasmiten nada. No puedo asegurar que estén vacíos. No puedo afirmar que estén formados por sociedades carentes de tecnología. No puedo saber si Pedro Martínez los habita, ni tampoco si, en tal caso, sus habitantes han logrado crear seres diferentes a Pedro Martínez. Simplemente, no se comunican. Si impido que Casa se comunique, entonces Casa entrará en esa misma incertidumbre. Pasará a formar parte de los mundos sobre los que nada puede saberse. Su futuro no estará escrito. El futuro de Casa será libre”.

Pedro tomó unas granadas y se adentró en la catedral. Una vez en la bóveda, se acercó al artilugio que había en el centro de la sala. Separó de él la máquina generadora y empujó ésta fuera de la sala. Después regresó a la sala, extrajo las anillas de varias granadas y las dejó junto al artilugio que había en su centro. Entonces se apresuró para salir de allí.

Poco después oyó una explosión. Pedro siguió caminando hasta que volvió a encontrarse al aire libre. La lluvia caía con profusión. Pedro dejó que el agua le empapara.

“Ahora 567 no podrá descubrir la pedricidad del universo” decidió Pedro. “Por tanto, no se convertirá en el primer pedrizador de Casa y no fundará la pedrización. No puedo evitar que antes o después los habitantes de Casa averigüen cómo enviar o recibir planos del resto del universo. No obstante, acabo de garantizar que no podrán hacerlo hasta dentro de mucho tiempo. Hasta que ese día llegue, el proyecto de crear una mujer se desarrollará sin las trabas de la predización. Y, cuando llegue ese día, los habitantes de Casa, posiblemente ya conscientes de que un mundo diferente es posible, serán fuertes y podrán evitar caer en la pedricidad. Ese día, esos mismos habitantes serán libres para decidir mantener su conocimiento en secreto y guardar silencio ante el resto del universo” pensó.

Pedro miró a su alrededor mientras la lluvia comenzaba a calarle.

“No puedo garantizar que nada de todo esto sea posible. Quizá todo este razonamiento no es más que el fruto de mis deseos y mi imaginación. Quizá, después de todo, la historia de Casa vuelva a repetirse exactamente de la misma manera en que lo ha hecho siempre hasta ahora. Sé que este mundo no es diferente a los demás y que no conseguirá nada que no hayan conseguido otros muchos mundos antes. Sin embargo, precisamente por esa misma razón, mi única esperanza de que Casa pueda llegar a lograr la pluralidad se basa en que otros muchos mundos de hecho la hayan logrado antes y que, dado que nadie ha comunicado tal noticia al universo, tales mundos hayan mantenido dicha pluralidad en secreto. Aunque la destrucción del artilugio de aquella bóveda no implica en modo alguno que Casa vaya a lograr la pluralidad, la pluralidad sólo es posible si ese artilugio no existe. No puedo pretender que mis actos garanticen el éxito. Sólo puedo pretender que, al menos, no lo impidan. Eso bastará para que desee seguir viviendo”.

Muy excitado, Pedro comenzó a desarrollar un plan. “Cuando cree a Dos, le diré que hay otros mundos habitados en el universo, pero que esos mundos anhelan nuestras riquezas. Le diré que llegará el día en que todos esos mundos tratarán de engañarnos con falsos reclamos y que entonces deberemos ser fuertes. Le diré que deberemos evitar que nos encuentren, y que para eso deberemos mantener nuestra existencia en secreto. Le diré que, para que eso sea posible, deberemos abstenernos de enviar mensajes al espacio. Le diré…”.

Mientras llovía, Pedro se inventaba un nuevo futuro.

2

–          ¡Gordo chiflado! ¡Joder! ¡¡Joder!! ¡Iba en serio! ¡Joder! ¿Dónde pelotas estoy?

–          En un mundo singular – respondió Pedro.

Con gran alegría, Pedro sintió que el futuro era incierto.

 

 

Dedico esta obra a mis padres y a mis hijos.

Dedico y agradezco esta obra a Laura, Javi y Fernando por llevar tantos años leyéndose cualquier cosa de ciencia ficción que escribo al poquísimo tiempo de escribirla, tanto esta novela desde sus mismos inicios, como un centenar de relatos cortos e intentos de relatos cortos (Javi: ¿de qué otra forma podríamos llamar a los de la adolescencia?), perdonándome mi estilo literario parco y simplista, entregándome extensos y detallados comentarios, corrigiendo tantos errores de consistencia (Fernando: que sepas que muchos de esos errores no los habrían visto ni el 1% de los lectores) y, sorprendentemente, pidiéndome siempre que les mandase más (Laura: ya sé que no te quedaba otra). Sin su entusiasmo, jamás hubiera terminado de escribir esta historia. Si uno no tiene al menos un lector, ¿para qué? Pero tener tres lectores habituales e inmediatos fue más de lo que nunca imaginé.

También agradezco a otros que descubrieron este hobby mío de escribir un poco más adelante y no dudaron en leerse esta obra para darme su útil opinión antes de hacerla pública: Cipri, Manu, Yohana, David, Pablo, Iván y Edu. ¡Gracias!

Es más, también agradezco, por la innegable inspiración prestada para la elaboración de esta novela, a Adolf Hitler, Joseph Stalin, Franklin Roosevelt, Simon Wiesenthal, Jesucristo, Judas Iscariote, Simón Pedro, Francisco Franco, Vladimir Lenin, Juan José Ibarretxe, Stephen Cook, Leonid Levin, Robert Heinlein e Isaac Asimov. Sin ellos, la historia que se narra en esta obra habría sido, sin duda, diferente.

Esta historia ha intentado tratar sobre diversos temas: la adolescencia y el pesado legado que nos deja, las golpecitos que nos llevan por un camino y no por otro, los misteriosos caminos que no escogemos, la soledad entre la muchedumbre, la uniformización por cojones, las ideologías y los pactos contra natura (o no), las crueles luchas contra nosotros mismos, la religión y sus maravillosas contradicciones, los encajes de bolillos, las cosas complejas en general (y, muy puntualmente, las NP-completas en particular; lo de P y NP iba a veces con segundas), la falsa sensación de continuidad de nuestra existencia que nos provoca nuestra memoria a corto plazo, la Historia y las historias que se repiten porque no aprendemos (o sí), y algunas cosas más. Además, la propia trama ha pretendido ser reflejo de las respectivas edades de su protagonista, madurando a la par que él: chascarrillos y sensación de desubicación adolescentes; ímpetu y rebelión juvenil; claridad de objetivos de la edad adulta; y replanteamiento de toda una vida y búsqueda de cierta trascendencia en la vejez. Respecto a la tecnología hipotética narrada en la historia, ésta ha servido de excusa para llenar el mundo de espejos, para explicar la realidad desde un absurdo (peculiar tarea, dado que falso implica cualquier cosa). Siendo esto una historia de ciencia ficción, decir que esta obra va sobre tecnología hipotética sería como decir que Moby Dick va sobre barcos. Eso sí, quiero una máquina generadora para Navidad.

Esta novela se escribió entre 2004 y 2011 (desde 2011 a 2013 me limité a dejar que una versión en papel con las últimas erratas anotadas por los lectores arriba mencionados acumulase polvo en un cajón, como si así se fueran a corregir solos). El caso es que pudiera haber estado terminada en 2005 (entonces ya tenía escrita una versión de unas 110 páginas con toda la trama principal), pero qué le vamos a hacer… Es lo que tienen los caminos.

Obra hecha pública originalmente en https://npcompleto.wordpress.com

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